miércoles, 29 de junio de 2016

Calor, tiempo (y suicidio)

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El verano es una época excelente para el estudio. No se tiene el agobio de las actividades obligatorias. Puedes dedicar los esfuerzos a lo que te atrae. El resultado suele ser un premio impagable: la belleza, envuelta en sonatas, escritos o fórmulas científicas. La comprensión de algún aspecto de (nuestra) la naturaleza. «Y unos ojos nuevos para ver el mundo», tal como dice Carlo Rovelli en Siete breves lecciones de física (2016).
Precisamente, leyendo este libro, me entero del suicidio de Ludwig Boltzmann, allá por 1906 en Duino, localidad cercana a Trieste, cuando se hallaba de vacaciones, después de que nos dejara una explicación de cómo funciona el calor, la que no se tomó muy en serio en su momento, siendo que poco después la conocida como su constante deviene en pilar fundamental de la termodinámica. Y es que introdujo el concepto de probabilidad para explicar por qué el calor pasa de los cuerpos más calientes a los fríos (y no al revés); constatamos que es así, pero no conocemos por qué; podría ser al revés.
Al desaparecer su ser, tal vez pensara en las palabras de Einstein enviadas en una conmovedora carta a la hermana de Michele Besso, su amigo, cuando este muere: «Michele ha partido de este extraño mundo, un poco antes que yo. Eso no significa nada. Las personas como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre pasado, presente y futuro no es otra cosa que una persistente ilusión».

La ignorancia nuestra hace que expliquemos algunos fenómenos desde la pálida imagen que captamos de la realidad. Es, al tiempo, el ingrediente que alimenta la curiosidad, esa cualidad que nos mantiene con vida, que nos hace atravesar la apariencia en busca de respuestas, las cuales van cambiando conforme los hacemos también nosotros.

jueves, 23 de junio de 2016

Hogueras de deseos en San Juan

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Stare. Estar en quietud, aunque no en inactividad.
Nocte. El silencio, aunque no sin palabras.
En la niñez, por San Juan, vivíamos con la hoguera de San Pedro Manrique, cercana a nuestro pueblo. Imaginábamos las pisadas firmes sobre la alfombra de brasas. Así lo hablaban los hombres en la fragua. Así, las mujeres en la costura del final de la tarde. Cortaban el roble en los montes de Sarnago (evitando a las brujas). En nuestro pueblo el fuego era de encina. A sus ascuas se arrimaban los pucheros de barro y sobre ellas se colocaba el trébede para poner encima la cazuela de la leche (de la que las criaturas cuidábamos de que no se saliera).
En los plenilunios suele funcionar la antigua ecuación: quien más se da, más recibe. En los solsticios, la antigua fórmula: escribe en un papel algo de ti de lo que deseas desprenderte y quémalo; escribe en un papel algo de lo que deseas que florezca y plántalo.
Escribe Clara Janés ‒enhorabuena‒:
Prisionera de un pánico invencible,
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.

Salud.

sábado, 18 de junio de 2016

El Paraíso perdido

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¿Qué me importa que el combate se perdiera?No todo se ha perdido; la indomablevoluntad y las ansias de venganza, el odio inmortal,el valor firme que nunca es sometido ni se rinde:¿en qué consiste, pues, no ser vencido?
Perder, perderse. Vencer, ser vencido. Palabras y conceptos que atraviesan los más de diez mil versos de El Parasíso perdido de John Milton (1608-1674), poema al que merece la pena volver de cuando en vez (sin ir más lejos en los ratos perdidos de este verano). Allí encontramos un personaje reconocible: Satán, el demonio, tratado con tal énfasis y detenimiento, que ya le hicera decir a William Blake que Milton sentía la libertad creadora al escribir sobre el Perdedor y, por el contrario, se encontraba entre guilletes al escribir sobre Dios.
Precisamente es a Blake a quien creo que Pablo Auladell ha tenido en cuenta al dibujar las ilustraciones de su novela gráfica El Paraíso perdido (2015), proyecto en el que está inmerso durante cinco años (si bien con dedicación intermitente, según narra el mismo autor). No son las palabras originarias las que se reflejan en esta obra reciente, sino las imágenes contenidas allí. Resulta adecuada la conversión, teniendo en cuenta que los versos aludidos son una cascada, un manantial brioso, un firmamento dispar.
Milton, en su ceguera final, recibía las palabras palabras en las noches y sus hijas redactaban el extenso poema en el día. El renacimiento, sus aretistas, sus viajes están ahí. También las limitaciones del momento, por ejemplo, respecto a la mujer. Sin que faltara Eva: «y me asomé a la verde orilla / para mirar el claro y liso lago, / que a mí me parecía un firmamento. / Al doblarme a mirar, apareció, / justo enfrente, sobre el acuoso brillo, / una figura que se acercaba a mí: / retrocedí y ella retrocedió, / mas, complacida, en seguida volví, / y ella, complacida, en seguida volvió, /…».

Es nuestra imagen.

domingo, 12 de junio de 2016

La Recolectora. Club de Lectura 2015-2016

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Aquella andadura lectora que comenzó en el otoño de 2009 para el club de lectura iniciado en la Biblioteca Pública de Burgos ‒uno de los varios que funcionan‒ va ya por la séptima temporada. Es La Recolectora, simulando el grabado prehistórico existente en Cuevas de Bicorp (Valencia) de una recolectora de miel, al igual que sucede en cada sesión del club, en la que se recogen los (dulces, solo a veces) frutos de la escritura y la lectura. En esta temporada, hemos compartido:
Un vasto y desierto paisaje,  Kjell Askildsen
Nada, Carmen Laforet
El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial, Sherman Alexie
La maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Díaz
El balcón en  invierno, Luis Landero
La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón
Si te comes un limón sin hacer muecas, Sergi Pàmies
Stoner, John Williams
Los enamoramientos, Javier Marías
La rubia de ojos negros: una novela de Philip Marlowe,  Benjamin Black
El mar, John Banville
La casa redonda, Louise Erdrich
El quinto en discordia, Robertson Davies
La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine
El azul es un color pálido, Julie Maroh
La actividad de la abeja la completamos en cada encuentro con la lectura vinculante, al leer en alto colectivamente textos de: Aurora Arias, Álvaro Valverde, Carlos Olero, Cristina Morano, Eduardo García, Fernández Flórez, Ismael Serrano, José Gutiérrez Guzmán, Juan José Millás, Juan Manuel Roca, Lars Gustafsson, Marguerithe Duras, Mónica Alejandra Carrizo, Piedad Bonnet y W. B. Yeats.

Salud.

lunes, 6 de junio de 2016

Tormentas entre líneas

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Somos bastantes quienes admitimos que nuestra vida no está sujeta a sobresaltos dignos de tal nombre. (No quiere ello decir que no se cultiven a nuestro alrededor la sorpresa, las variaciones e, incluso, el dolor profundo). Al menos, esa es la sensación con la que salgo de ciertos libros, entre ellos el que he terminado recientemente: Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff (casada con Claude Lanzmann, autor de Shoah, la película del Holocausto), la cual toma el título del inicio de un poema que compuso su hermano mayor a su madre. Obra aparecida ya en 1992, que ahora edita aquí Errata Naturae y Periférica.
La madre en cuestión, Else, nace en 1893 en Berlín y muere en los años sesenta. Vive su juventud en la ciudad transformada y transformadora, escapando del destino que le deparaba su posición de privilegio como hija de una familia comerciante adinerada judía y casándose en secreto con un artista cristiano, al que ama. ¿Era posible vivir en Berlín y no enterarse de la guerra mundial de 1914-1918? Pues sí, ella lo hizo, al tiempo que vivía su revolución personal ante los designios familiares. Contradicción que nos crea una perplejidad semejante a la que asisten quienes tratan de sintonizar la teoría de la relatividad con la de la mecánica cuántica.
Precisamente, la muerte del hermano de Else (por la gripe española) lleva a la reconciliación familiar, dando paso a una época de abundancia, que promete un futuro dichoso. Pero… las aventuras amorosas del marido introducen a otras mujeres en la vida de Else, llegando a dispensarles su amistad y su animadversión, y, lo que es más señalado, despiertan la capacidad vital de ella. Y, después, el régimen socialfascista la reduce a su condición más mínima, la étnica, la judía. Y aparece el sufrimiento…

Sofía, en Bulgaria, es la otra ciudad en la que se desarrolla la acción. La autora, Angélika, nacida en 1927, apenas reside en el paraíso berlinés. Pronto conecta con los tiempos del gran dolor.