
Han desaparecido casi en su totalidad los trenes que caminaban a ritmo lento (como aquellos que pasaban por Soria) y paraban en estaciones y apeaderos de cortas distancias. A veces, alguien se acercaba a la ventanilla, bajada hasta la mitad, y pedía:
―¿Me hace el favor de leer el nombre de la estación?
―Sí, por supuesto –respondías–, Balcón de Haya pone el letrero.
―Gracias.
Un ligero escalofrío te recorría la columna vertebral. «Analfabeto». Una persona extraña, con su mundo interior conformado de forma tan distinta a la nuestra. Según recibías con voluptuosidad el aire en los párpados cerrados, pensabas en lo irregular de su situación, en las palabras escritas tan sugerentes –balcón, haya–, sin significado para algunos ojos. Pero no, lo natural es lo suyo. Lo nuestro es aprendido.
Cambian los escenarios, pero las situaciones permanen. Hace unos días, en calle Hospital de Ciegos, a última hora de la tarde, dos mujeres tocadas preguntaban por una dirección que llevaban escrita en un trozo de papel cuadriculado cortado a mano. No sabían leer y apenas balbuceaban el español. Dos líneas que ponían: «calle molinillo / residencia». Estábamos deambulando, así que nos dimos un pequeño paseo. A la vuelta, dentro del frío de este invierno, cuando bajábamos por la ribera de la Quinta, nos vino a la cabeza el poema de David González (1964-):
Mi otro abuelo
estuvo preso en Oviedo.
En la cárcel provincial.
Después de la guerra.
Todas las mañanas
colgaban una lista
en la puerta de entrada a la cárcel.
En esa lista estaban escritos
los nombres y los apellidos
de todas las personas
a las que el día anterior
habían puesto contra el paredón
o dado muerte
mediante garrote vil.
Imagínate a tu abuela,
me decía mi padre,
sin saber leer ni escribir,
conmigo en brazos,
preguntando a gritos
a las otras mujeres
si tu abuelo
se había convertido
(Puede leerse el poema, entre otros lugares, en Once poetas críticos en la poesía española reciente [Tegueste-Tenerife, Baile del Sol, 2007].)


































