Poco a poco unos cuantos nos fuimos animando, al principio con miedo, temor a lo desconocido y por qué no decirlo vergüenza al qué dirán, a ver si meto la pata…, que nadie sepa quién soy yo..
En un par de meses el hielo estaba roto, y de vergüenza ni rastro, qué bien lo hemos pasado, algunos post tenían hasta 60 comentarios, ¡como nos hemos reído!
Con el paso del tiempo el asunto se ha ido enfriando, las redes sociales nos han traído nuevas aportaciones y los blogs se han ido quedando en el olvido.Ya somos pocos los que seguimos comentando, aunque seguro que muchos más los que nos siguen día a día.
Pero gracias a la frescura de Lavela y a sus valiosas aportaciones ahí seguimos con tres añitos de andadura y listos para empezar el cole. Ah no eso no, es que parece que va acompañado a lo de los tres años, no?
Felicidades
El blog no sólo nos ha aportado buenos ratos ante el ordenador, también nos ha permitido conocer a gente muy especial, con la que hemos podido compartir algún ratillo fuera de la pantalla. Hoy uno de nuestros más fieles seguidores nos ha traído un regalo y, de ahí, esta reflexión.
Gracias Miguel
Llegamos −sin saber muy bien cómo− al trabajo. Nos preguntan en el mostrador por algo sobre nanociencia. Sin vacilar, nos levantamos, vamos a la tercera estantería, tomamos uno de sus volúmenes y se lo prestamos mientras le decimos (bajo su acogedor asombro) que este libro enseña igual que las hojas de otoño.

Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo /
La ligera brisa que entraba por una de las ventanas que había quedado entreabierta en el lado sur de la biblioteca la estremeció ligeramente, y –perezosa– se acurrucó un poco más dentro del delicado organdí que la cubría en esa tibia noche de otoño».
El abuelo materno de Winétt −políglota y gramático− era irlandés; traducía a Safo y Ovidio; tenía un puesto técnico aceptable en las minas del norte de Chile (explotadas por capital extranjero). Él fue quien le inculcó a su nieta el amor a la literatura. En reciprocidad, ella lo recuerda en Oniromancia:
[Historias que nos cuenta María Inés Zaldívar en Winétt de Rokha, Fotografía en oscuro. Selección poética, Madrid, Colección Torremozas, 2008].
Como aquí, en la bitácora, apreciamos los libros, pues nos sumergimos en este amor recorriendo las estanterías de una librería.

Narran las crónicas que en el tardofranquismo existían grandes ansias por conocer, por saber cómo se vivía en otros lugares en los que había libertad, por leer lo que se publicaba en países en los que no existía la censura. Por ello, al iniciarse la Transición, en determinadas ciudades se montaron varias librerías en las que había un rincón con sillones e, incluso, existía la posibilidad de tomarse un café o una infusión mientras se debatía sobre tal o cual libro o se comentaban los últimos acontecimientos. Se trataba de formarse críticamente. Política –en el sentido de la polis– y cultura tenían una conexión tal, que no podía hablarse de la una sin la otra.
Con el paso de los años fueron despareciendo los espacios de solaz, puesto que la economía se fue imponiendo al conocimiento. Pero no fue eso lo más preocupante. Lo evidente es que se ha desembocado en una sociedad especuladora, donde saber es igual a tener. No pinta nada (no tiene prestigio) quien tiene cultura si no tiene posición. Por ello, nos preguntamos a veces: ¿tienen las bibliotecas alguna incidencia en la sociedad?, ¿saldrán de ellas gente que valora la vida de manera culta? 
Ernst Lissauer (1882-1937), judío prusiano, compuso Canto de odio a Inglaterra (conocida también como Himno del odio) en 1914, la cual fue celebrada en todos los ámbitos alemanes durante la primera guerra mundial, al punto que el emperador le concedió la Cruz del Águila Roja. Pasó de ser un desconocido a gozar de gran reconocimiento popular. Dicen que era una persona bonachona, pero que fue tragado por el ambiente de euforia guerrera que se creó en Alemania y Austria al inicio de la primera guerra mundial. Pero en 1918, al perderse la guerra, estas palabras se convirtieron en su túnica de Neso. La industria y el comercio necesitaba hacer negocios con Inglaterra; la política tenía que lavar su cara para seguir en el Poder. Así que Lissauer, amante de su patria, fue desterrado y murió en el mayor dolor que le podían infligir.
Después de estos fugaces e íntimos momentos, torna la vista y camina hacia adentro. Pronto los rutinarios quehaceres la devuelven a la vida, borrándole la desazón primera. Podría decirse que es feliz. Bueno, también están los inconvenientes, especialmente de incomunicación, pero la velocidad del día se los traga. Digamos, entonces, que se siente dichosa entre las risas, la suave piel, las miradas reconfortantes, los besos, las pequeñas manos. La máquina, joven, comienza a andar con lavados, peinados y desayunos.
Escas afluencia en la biblioteca. Alguien estudiando, que desespera de su suerte mientras recuerda que hoy tampoco podrá ir a la piscina. Los bancos junto al puente comienzan a llenarse de jubilados, así que no vendrán muchos por aquí a leer el periódico. Hay quien se acercará a devolver o recoger películas y música, y a mirar internet. Los horarios de apertura, por otra parte, se reducen y se concentra mayor número de gente trabajando en el mismo turno. «Tal vez hoy pueda despistarme de la rigidez del trabajo», piensa la bibliotecaria, «tal vez pueda atreverme con la libertad». Ella, que pasa por cumplidora ecuánime de sus tareas, se asusta un poco al reconocerse con este pensamiento. Por no caer en absurdas querencias, se levanta para colocar una enciclopedia recién incorporada a los fondos de consulta. Cuando está haciendo hueco en la estantería, se desentiende de los volúmenes del suelo, se incorpora y comienza a andar. Allá, al fondo del pasillo, ha creído ver…; no, no, tiene la seguridad de haber visto…»
José Ortega y Gasset (1883-1955), que tenía un sentido de la observación y reflexión poco común, comenzó a escribir en 1929 (en El Sol) los artículos que darían paso a La rebelión de las masas. Había entrevisto que la masa se estaba adueñando de la esfera pública; la masa sin moral, necesitada de heroicidades. Los sentimientos: esas pequeñas criaturas… (tan manipulables).
Pero también hace cien años, en grandes espacios públicos –plazas de toros, teatros, etc.– se hablaba a la gente desde otra perspectiva: desde el pensamiento. Se le decía: «¿Quién construye los edificios?, ¿quién pone los ladrillos en las frías mañanas de invierno? Y, entonces, ¿por qué no puedes acceder a una vivienda digna y, en el caso de que lo hagas, es con un sacrificio de años? Cultívate, lee, discute, no dejes la sociedad en manos ajenas. Tú eres tu única heroína, tu único héroe». Y no se le pedía que hiciera profesión de nada.
Aprovechando uno de los escasos momentos en que sale a colocar por las estanterías, figuro despistarme, nos encontramos y le digo que estoy con Mendel, el de los libros y… apenas esboza una mueca de deferencia. Ella, que en cualquier otro momento tremolaría ante título tan sugerente y me hubiera hablado de no se qué novedad fantasiosa para camelarme y forzar que le contara lo que ocurre en esas páginas, para que le hablara de cómo van cayendo dentro de mí las palabras que estoy leyendo.
La abeja, desde la antigüedad, es un elemento poético. Liba por las flores para elaborar su propio fruto, su texto. De ahí que hallamos elegido la pintura rupestre (Bicorp, Valencia) de una mujer recolectando miel para representarnos. Hemos estado Noemí, Juliana, Nati, Isabel, Merche, Nati, Chus, Ignacio, Lola, Margarita, Pilar, Sara, César, Elena, Belén y Elisa.,+Valencia.gif)
Pero el boxeo es golpearse mutuamente, de consenso, ¿es ello ético? Hay quien lo defiende como un deporte más, como cultura, incluso se lleva a las Olimpíadas, ese evento que se supone es la máxima expresión de la limpieza competidora de las personas. Además de ello, mueve todo un océano de corrupción, apuestas, sobornos… Y, sobre todo, a una multitud que chilla y desborda sus instintos con la sangre.
Personas que matan por la orden de un Gobierno, para defender una patria. Personas que mueren por ello. Y la literatura ¿qué hace? ¿Crea ficciones fundacionales como sostenía Doris Sommer? ¿Crea heroínas y héroes con pensamientos y propósitos que se identifican con esos Estados, con estas naciones? Michel Foucoult (1926-1984), filósofo y sociólogo estricto, cuando escribía Historia de la sexualidad, afirmó que el deseo sexual podía ser la explicación de todo. ¿Tanto potencial erótico tienen los territorios y los gobiernos como para ser seguidos ciegamente?