
Durante meses, soy lluvia y sol vivificando sus ramas, tronco y raíces, todo por que suceda el fugaz roce mañanero de unos días de abril.

“Nos han abandonado aquí, en este planeta regido por unos cabrones mentirosos de capacidad cerebral modesta, sin sentido, sin un ápice de buenas intenciones” (W. Burroughs, Diarios, 1997)
“Nuestro tiempo es, para mí, una época de barbarie total”. “Hay dos tipos de economistas: los que hacen más ricos a los ricos y los que tratamos de hacer menos pobres a los que menos tienen”. (José Luis Sampedro. In memoriam)
Siento demasiado que con este gran poeta ha muerto una parte de mí mismo; células de mi cerebro quedarán inactivas, de ahora en adelante, porque solo trabajaban para el placer de coincidir con él.
Su olor era delicioso, no el de la gente que usa perfume, sino el de los bebés limpitos que huelen a jabón, a talco. Yo [niña] la miraba con la mayor discreción posible, temerosa de importunarla y de aburrirla. ¿Cómo podía interesarle a ella una chica como yo? ¿Cómo hubiera podido tomarme en cuenta? Yo hubiera querido decirle: «No sabés lo linda que sos. Sos lo más lindo que he visto en el mundo».Paseo con la Bibliotecaria comprobando la crecida del Arlanzón en su caminar por Burgos estos días de lluvias abundantes que desbordan las riveras (y no puedo dejar de añorar el Tormes de Salamanca). La vista del agua extendida en el suelo proporciona una entidad distinta a nuestros cuerpos. Los emociona.
«Demasiados elementos llamativos en el título», dirá quien esto lea, «narcisos, violetas y luna llena». Pero así sucede en esta época, y aun podríamos añadir: primavera, lluvia, rocío…, que dejamos para otras ocasiones. Si nombramos a los narcisos, ya se sabe que no podemos descuidarnos, pues su estancia en nuestros campos no se prolonga demasiado. Con las violetas es distinto, llegan hasta los meses de canícula. Y la luna llena viene con las pascuas.
Hay, además, ahora otra flor ‒la vinca major o hierba doncella‒ que nos lleva a confusión con las violetas, pues nace medio oculta entre el follaje rastrero de esta planta. Así sucede en uno de los arriates del paseo de la Isla (aquí en Burgos) y, por ello, solemos dedicarle una entrada estacional cada año. Los cinco pétalos de esta flor se regalan para ofrecer amistad duradera, señalando además que es sentida la ausencia de la persona querida cuando esta se produce. Hay zonas en las que se recubren los pies del altar con vinca al ir a celebrarse bodas. Lo que no conviene es consumir sus hojas, pues son tóxicas. (Una de sus variedades ‒vinca rosae‒ se ha utilizado para combatir leucemias y tumores, por sus alcaloides).
En cambio, las violetas podemos colocarlas en la boca, y sus pétalos, escarchados con azúcar, semejan caramelos naturales perfumados y gustosos. Se encuentra entre las flores que más nos hipnotizan, ya que el perfume que desprenden (sobre todo si las acunamos entre las manos) conecta con sensaciones antiguas en nuestro cerebro. Belleza. Intensidad. Modestia y Seducción.
Hay quien sostiene que los poderes los extraen estas flores violetas del cambiante color azul-violeta de los atardeceres primaverales. Un azar que difícilmente descubriremos.
«El sonido con el que resuena toda criatura», escribe Hildegarda de Bingen (mejor dicho, santa Hildegarda, pues va para un año que elevaron a los altares a esta beguina que vivió entre 1098-1177). Y es algo que suele acompañarme. Una vibración serena que aparece en el vientre o asciende –sobrecogiéndome– por la columna o se instala en alguna de las dependencias del pecho. ¡Cómo agradezco su sorpresiva llegada en épocas de abatimiento!
Hace unos diez años, en la primitiva sede web de poesía salvaje, topé con un relato titulado Nuestra propia canción. Se le atribuía a una poeta africana, Tolba Phanem, de quien no he conseguido más noticias, hasta el punto de pensar que sea un nombre supuesto. A veces la he visto como La canción de tu alma o La canción de los hombres. Y aquí vienen las obsesiones. Es un relato que leo en cualquier reunión (informal) literaria de las que surgen con las amistades o en cuentacuentos o que envío por correo a la menor ocasión. Así que, después de cuatro años en esta bitácora, ya le llega el turno:
«Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres, y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción de la criatura. Saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito. »Las mujeres entonan la canción y la cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás.
»Cuando nace la criatura, la comunidad se junta y le cantan su canción. Luego, cuando comienza su educación, el pueblo se junta y le canta su canción. Cuando se inicia en la edad adulta, la gente se junta nuevamente y canta. Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción. Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama e igual que para su nacimiento, le cantan su canción para acompañarlo en la transición.
»En esta tribu de África hay otra ocasión en la cual los pobladores cantan la canción. Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se lo lleva al centro del poblado y la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces le cantan su canción.
»La tribu reconoce que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo; es el amor y el recuerdo de su verdadera identidad. Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otras personas.
»Tus amistades conocen tu canción y te la cantan cuando la olvidaste. Quienes te aman no pueden llevarse a engaño por los errores que cometes o las oscuras imágenes que muestras a los demás. Quienes te rodean recuerdan tu belleza cuando te sientes feo; tu totalidad cuando estás quebrado; tu inocencia cuando te sientes culpable y tu propósito cuando estás confundido.
»No necesito una garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y sopla en mi alma como el viento, refresca mi corazón como la lluvia y limpia mi mente como el humo del fuego sagrado».
No es frecuente en las ciudades pequeñas y medianas la visita de fenómenos culturales del momento. Por ello, cuando suceden, se viven con intensidad y dejan recuerdo duradero. Es lo que sucede estos días en Burgos con la llegada del escritor Jesús Carrasco, a cuya novela Intemperie nos referíamos en la entrada anterior.
En el Club de Lectura La Recolectora, ubicado en la Biblioteca Pública del Estado (con hermoso edificio de nueva planta) con otros tres más, habíamos tenido la fortuna de leer y comentar el libro en sesión reciente. Así que ayer nos dirigimos a la librería del Museo de la Evolución Humana, que es donde tenía lugar el encuentro con el autor. La primera impresión fue satisfactoria al poder saludar a Carrasco, persona cercana e interesada en las opiniones ajenas, además de exhaustiva a la hora de ofrecer explicaciones.
La prosa fresca del texto, su cuidado de las palabras y el modo narrativo tienen la explicación de haber sido elaborada la obra a lo largo de varios años (con lógicas interrupciones) y ser sometida, al final, a un proceso de condensación. El detallismo y las descripciones prolijas están al servicio de la historia, del ambiente sobrecogedor, violento, solidario e iniciático que construye. Y todo ello en el campo, aportando una mirada no urbana, con la pretensión de abrir camino propio en una literatura demasiado centrada en la ciudad. Sus raíces literarias están en la narrativa estadounidense contemporánea, especialmente en Cormac McCarty y su Meridiano de sangre (y no tanto en La carretera), siendo insignificante la que pudiera haber de autoría patria, caso de Delibes.
No tiene empacho el escritor en reconocerse –algo que se agradece– novelista novel y primerizo, lo cual le ha llevado a elaborar pasajes que necesitan mayor depuración. Por lo que entiende que la excesiva precisión, a veces, pueda resultar algo pesada y pueda tomarse como ejercicio literario.
Desde aquí le saludamos.
Por circunstancias diversas, esta vez no he podido atender a la primera de las recomendaciones prácticas del ensayista y filósofo R. W. Emerson sobre lecturas: «Nunca leas un libro que no tenga un año o más» (La tercera, que también suelo seguir, es «No leas nada que no te guste», o, como escribiera Shakespeare: «No hay beneficio si no hay placer»). Y –lo que resulta más infiel– me he saltado a la torera mi (única) regla de oro: no leer un superventas hasta transcurridos diez años. ¡La de cantidad de tiempo que me revierte!
Pero, en esta ocasión, he leído Intemperie, de Jesús Carrasco, novela prima que desde mediados del pasado año está en candelero de la crítica literaria y, como caja de resonancia, del periodismo. Es sus crónicas y comentarios se resaltan las virtudes del libro –que las tiene–: ritmo, arquetipos, tránsito iniciático en los personajes, valiosas imágenes, maneras poéticas de desenvolverse, integración del paisaje… Y todo ello sustentado en la prosa y en el vocabulario inusual que expande por sus páginas. Como debe ser la literatura.
Hasta aquí todo sobre ruedas. Lo que ocurre es que me ha costado lo mío el terminar algunas páginas, el llegar al final de algunos pasajes sin saltarme unos cuantos párrafos. Tanta precisión hace farragosa la lectura. Incluso diría que es innecesario semejante detallismo o ensimismamiento –pero ello no es a mí a quien corresponde decidirlo–, pues se nos antoja un ejercicio de redacción. Ello me ha llevado a un estadio de desorientación, al no coincidir con las opiniones oficiosas (del oficio). Y en este punto he de agradecer la existencia de bitácoras en las que aparecen reseñadas y comentadas obras por parte de quienes empleamos buena parte de nuestro tiempo en leer, sin más. Por ello, agradezco a Isabel o a Iván –entre otras varias personas– sus opiniones sobre esta nominada obra, ya que hemos experimentado parecidas sensaciones.
Por otro lado, sobre el vocabulario, considero que es una obligación de quien escribe el apoyarse en él y preocuparse de su cultivo. En el caso que nos ocupa, no me ha resultado tan impactante como se indica en otros lugares, tal vez porque soy de pueblo y conozco la mayoría de los términos utilizados.
Lo dicho: hay literatura, pero espera fluidez. ¡Ánimo!
«Se empeñan en que nos enteremos, queramos o no, de esto del Papa», me suelta la Bibliotecaria nada más aparecer yo por allí, al tiempo que muestra su desconcierto ante la expectativa que levanta una reunión de señores de cierta edad, sin que se halle allí ninguna mujer. Ella habla a veces con el Deme, un cura casado del barrio que pasa algunos días por la Biblioteca, dejando allí revistas y libros que tienen relación con movimientos por el celibato dentro de la Iglesia. Incluso –según me cuenta la Bibliotecaria– da misa a un grupo de homosexuales de la ciudad, «fuera de la parroquia, claro». Ayer mismo dejó allí la revista Tiempo de hablar y el libro Curas casados. Historias de fe y ternura.
«¡Que casualidad de asunto! –le digo– dentro de los últimos placeres literarios a los que he tenido acceso últimamente se encuentra el libro de Adolphe (o Adolfo) Retté, Del diablo a Dios». En el momento de su publicación, en 1907 (traducido por el presbítero Ramón Picabea y publicado en Irún en 1908), se convierte en una obra de amplia difusión, gracias a que el autor había sido en los años anteriores un contumaz publicista anticatólico, escribiendo numerosos artículos en periódicos anticlericales franceses. Y cultivaba relaciones como la de Clemenceau, político que influye en la laicización de las instituciones oficiales de Francia, iniciada con decisión a partir de 1898, lo que hacía que la Iglesia lanzase al estrado toda su batería de armas defensivas y ofensivas, entre las que se encontraba la de las conversiones.
Retté (1863-1930), persona culta, es conocedor de la literatura mística española, por lo que plantea el libro como una senda de iniciación hasta llegar a la iluminación final. Todo con prosa ágil, encadenada, rica.
Se ponga como se ponga la Bibliotecaria, dentro de pocos días, Habebunt Papam (sin la participación de las mujeres).
Me dice la Bibliotecaria que en un cuento llamado Chains, de 1930, del escritor húngaro Frigyes Karinthy (1887-1938), autor entre otras obras de Viaje en torno de mi cráneo, se sugiere que cualquier persona en este mundo estamos conectada a otra a través de una cadena de conocidas que no tiene más de cinco intermediarias. Yo le digo, que eso ya lo había afirmado mi bisabuela Cándida al sostener que el mundo es un pañuelo. «Ya, ya –me contesta–, pero a tu bisabuela no le hicieron caso».
Es asunto es que años después, en 1967, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram ideó una manera de probar la teoría, que denominó el problema del pequeño mundo. Algo en lo que abunda con posterioridad el sociólogo Duncan J. Watts, autor del libro Seis grados: la ciencia de una edad conectada (2003).
Pero no para ahí la cosa: la empresa Facebook, en 2001, realizó el estudio Anatomy of Facebook con todos los usuarios activos de su página en ese momento –721.000.000 miembros (alrededor del 10% de la población mundial)– y se analizó el conjunto de amistades en común, para sacar el promedio de cuántos eslabones hay entre un usuario y otro cualquiera. De esta prueba se excluyó a celebridades y famosos. Los resultados mostraron que el 99,6% de pares de usuarios estuvieron conectados por 5 grados de separación.
―O sea –le digo a la Bibliotecaria (y esto es algo que siempre me horroriza)–, que cuando me voy de vacaciones a Australia, estoy a menos de seis grados de distancia del tendero que me cuela siempre una o dos manzanas pochas y de la pescatera que me convence de que las merluzas tiene los ojos lánguidos y oscuros.
―Bueno –se ríe, con cierto balanceo de los ojos–, tómatelo por el lado positivo: también lo estás de quien tú sabes.
Parece que la crisis no llega a la imaginación y a la acción (o, al menos, no la agudiza), por lo que en estos primeros días de marzo tenemos eventos suficientes para regalar la nieve de los campos y olvidarnos del frío febrero.
I Congreso Burgos Despierta es una iniciativa a celebrar los días 2 y 3 de marzo, cuya finalidad es promover las miradas interiores, la espiritualidad –que afirman– todo el mundo lleva dentro. Una llamada a la consciencia de la propia experiencia y el conocimiento subsiguiente en un ámbito donde quien participa aprende de quien está al lado, sin pretendidos magisterios.
III Congreso Iberoamericano sobre Redes Sociales, previsto para los días 7 y 8 de marzo. Su pretensión es analizar los cauces digitales en que circula la información, ahora posicionada en redes sociales. Se asienta en personalidades públicas de cierto reconocimiento. Cuenta con apoyos oficiales y se lleva a cabo en el nuevo palacio congresual burgalés.
Festival de Cine Anarquista de Burgos discurre desde el día 1 al día 10 de este mes. Además de la presentación de documentales y proyección de películas, cuenta con un Taller de cortometraje documental de guerrilla. Se ubica en diversos lugares de la ciudad: Centro Social Zaragalla (Pisones), Biblioteca La Maldita, Espacio Tangente, Sede CNT, Local Gacela (Inmaculada).
Homenaje a Mujeres Libres, a celebrar el 8 de marzo, Día Mundial de la Mujer Trabajadora, es organizado por CGT y se lleva a cabo en su local. Según indica el título, es un reconocimiento a la organización Mujeres Libres, nacida en 1935, con el objetivo de liberar a las mujeres de la triple esclavitud a la que estaban sometidas: esclavitud de la ignorancia, esclavitud del sexo y esclavitud del trabajo. Además, editan una antología de la jugosa revista que editaron. [El chiste es de El Roto. La imagen, de Lobo, portada de una de las revistas de 1936].
¡Qué tendrá la nieve para nuestros ojos! Abrir la ventana, aparecer la blancura, acelerarse el corazón. Tal vez, preciso engaño o imprevisto regalo o lánguida seducción. Puede ser, sí, seducción. El sonriente maná que nos anima a acompañar los cimbreantes copos –«¡Ven, no temas, la lluvia se ha ido!»–. Y no nos mojamos. Después, cesa. La llanura sin mácula hasta que el arroyo abre vaporosos senderos hacia los que planea la cigüeña y el milano se ocupa en dar vueltas alrededor de las ramas habitadas.
¿Pero la nieve es como la literatura? ¿Atrayente y desgarradora? ¿Qué hay detrás de la mano que nos ofrece compañía? ¿Está ahí para contemplarla o para pisarla? Dice el haiku:
odio los cuervos,
pero esta mañana,
en la nieve...
La calidez está en nuestra piel. Más adelante, nos abandona.
Nieve azul.
La Bibliotecaria se pirra por el inabarcable Ítalo Calvino, de quien está releyendo ahora sus Cuentos populares italianos (vertidos de los Fiabe italiane, de Mondadori [1993]). «¡Escucha este!», me dice. «Hoy me duelen algo los oídos», respondo, mientras acerco torpemente las manos a los costados de la cabeza, por si pudiera conseguir continuar con mi entretenimiento. Según camina hacia mí, por el modo en que acoge el libro sobre el seno, al igual que Lesbia acurrucara al gorrión –passer, deliciae meae puellae,–, sé que no tengo modo de escape. Así que me resigno a ser una víctima más del fomento de la lectura y dejo abiertas las entendederas a las sáficas palabras que bajan con el carro de Afrodita de la mano de estas avecillas.
La Bibliotecaria sabe de sobra que yo sé el cuento de El príncipe canario, por lo que después de unas breves explicaciones que nos sitúan en escena, se detiene en los párrafos que le interesan. La niña ya está presa en el castillo rodeado de espesura arbórea, adorando desde la ventana a su príncipe, sin que este pueda subir. Entonces, la bruja (buena) le ofrece la solución: «Este libro es mágico. Si pasas las páginas en la dirección adecuada, el hombre se transforma en pájaro. Si las pasas en dirección contraria, el pájaro vuelve a ser hombre». Poco tarda la niña en convertirlo en canario, que vuela y entra por la ventana, transformándolo después en hombre. «Todos los días hojeaba el libro para que el príncipe volara hasta la ventana más alta de la torre, y volvía a hojearlo para darle forma humana, y lo hojeaba de nuevo para que él saliera volando, y lo hojeaba otra vez para que regresara a casa».
La mujer se metamorfosea en Lectora y, después, en amante. «¿Y no sería más sencillo –le comento– que utilizara el libro el príncipe, volviera canario (hembra) a la mujer y así escapara de la torre, pasando después a su aspecto humano?».

Hablo con la Bibliotecaria sobre la reducción de costes de los libros electrónicos y su facilidad de difusión, y le digo que las editoriales lo tienen más chupado. Y me dice que de eso nada o algo menos, pues ahora (salvo en las novelas) los libros digitales están enriqueciendo su contenido con imágenes, sonidos, interactividad, etc., con lo cual la figura editora está variando y necesita integrar conocimientos informáticos, aplicaciones para dispositivos móviles y otra serie de elementos que convierten al libro en un elemento complejo, lo cual redunda en su precio final. («Y ya veremos –me dice– lo que tarda la novela en incorporar estos atractivos»).
Entonces, me acuerdo de los libros y de la Biblioteca pública que nos describe El primer hombre, de A. Camus (1913-1960), montada en Argel hacia 1920 en los aledaños del barrio pobre junto al puerto, y de los libros allí contenidos, que los dos pequeños amigos elegían de corrido en los anaqueles (siempre que no fueran novelas, reservadas estas a mayores de 15 años), los cuales sacaban después de rellenar la ficha azul de pedido y de que la Bibliotecaria (voluntaria) hiciera constar en la ficha de que disponían al haber mostrado un recibo de casa y pagado un mínimo. Le leo a la Bibliotecaria:
«Lo que contuvieran esos libros, en el fondo poco importaba. Lo que importaba era lo que sentían ante todo al entrar en la biblioteca, donde no veían las paredes de libros negros sino un espacio y unos horizontes múltiples que, no bien pasada la puerta, los arrancaban de la vida estrecha del barrio. Después venía el momento en que, provistos de los dos volúmenes a los que cada uno tenía derecho, los apretaban con el codo contra el costado, se deslizaban en el bulevar oscuro a esa hora, aplastando con los pies las bayas de los grandes plátanos y calculando las delicias que podrían extraer de sus libros, comparándolos con los de la semana precedente, hasta que, al llegar a la calle principal, empezaban a abrirlos bajo la luz incierta del primer reverbero para sacar alguna frase (por ej. «era de un vigor poco común») que los fortaleciera en su alegre y ávida esperanza. Se separaban rápidamente y corrían hacia el comedor para abrir el libro sobre el hule, bajo la luz de la lámpara de petróleo. Un fuerte olor de cola subía de la grosera encuadernación que raspaba los dedos.
»La forma en que el libro estaba impreso informaba ya al lector del placer que le proporcionaría. A Pierre y a Jacques no les gustaba la composición ancha, con grandes márgenes, en que se complacen los autores y los lectores refinados, sino las páginas llenas de caracteres pequeños, alineados en renglones poco separados, llenas hasta el borde de palabras y de frases, como esos enormes platos rústicos donde pueden comer varios a la vez y durante largo rato sin agotarlos jamás, y que son los únicos capaces de calmar ciertos apetitos enormes. De nada les serviría el refinamiento, no conocían nada y querían saberlo todo. Poco importaba que el libro estuviera mal escrito y groseramente compuesto, con tal de que la escritura fuera clara y llena de vida violenta; esos libros y sólo ésos les daban el alimento de sueños que les permitiría dormir después profundamente».
¡Qué difícil es representar la niñez! Al menos, con cierta soltura. Es en la pintura donde más se echa en falta la destreza del artista: cabezas adultas, brazos desproporcionados, pies sobresalientes, cuerpos algo deformes. Parece como si fueran incapaces de contener una imagen infantil en la mente. Cuando observo cuadros de este tipo, pienso, a menudo, que uno de los favores que ha hecho Picasso a la pintura moderna es no tener que esforzarse en desarrollar la destreza de dibujar figurativamente criaturas (aunque les haya metido en otros bretes).
En cambio, la literatura toca otros timbres en sus descripciones. La palabra puede dar más el pego. No obstante, hay libros que atraviesan todas las pruebas. Tal es el caso de El primer hombre, de Albert Camus (1913-1960), autobiografía sobre la infancia, que deja inacabada aquel día en que muere en accidente de automóvil en Villeblerin (Francia), llevando en el bolsillo el billete de tren que había comprado para viajar y que no utilizó al venir unos amigos y ofrecerle viajar con ellos. Nacido para la miseria, muerto el padre en 1914, vive con su madre y su hermano en casa de su abuela en Argel. Esta es quien se encarga de administrar hasta los castigos físicos a los niños. Su inteligencia natural y voluntad, más un comprensivo maestro de primaria que le consigue una beca, hace que emerja, contra todo pronóstico, de las cloacas sociales.
En silencio, él adora a su madre, obediente, sumisa, distante, radiante. Y ansía que ella le corresponda. Así, escribe: «Estuvo por decir: “Estás muy bonita” y se detuvo. Siempre lo había pensado de su madre y nunca se había atrevido a decírselo. No porque temiera un rechazo o porque dudara de que ese cumplido le gustase. Sino porque hubiera sido franquear la barrera invisible detrás de la cual siempre la había visto parapetada —dulce, cortés, conciliadora, incluso pasiva, y sin embargo jamás conquistada por nada ni por nadie, aislada en su semisordera, en su dificultad de lenguaje, bella seguramente pero casi inaccesible, tanto más cuanto más sonriente parecía y cuanto más se volcaba hacia ella su corazón—, sí, toda la vida había tenido el mismo aire…»
En Francia, Camus se atreve a denunciar públicamente el estalinismo en 1951, echando sobre sí la ira de la intelectualidad de izquierdas, con Beauvoir y Sartre a la cabeza. Por ello, va ganando enteros con el tiempo. Es lo que nos cuenta M. Onfray en L’ordre libertaire: la vie philosophique d’Albert Camus (2011). Pero ello es una historia para otro día.
[El cuadro es Retrato de niños (Niñas de Caillebote), de Renoir].
«La Bibliotecaria lee en la tersura de mi rostro. “¿Has estado con ella, verdad?”, me dice nada más verme esta mañana. “Sí, hemos estado juntas”, le respondo, “sabes que no puedo evitarlo”. No tiene remedio, en cuanto me sueltan alguna cita, sea de alguien que ha escrito hace siglos sea de alguien con tintes de oscuridad, me desarbolan. Me abandono a las olas con la música de las sirenas, acoplando las entrañas a la gloria o magullada en la arena apenas cubierta con los jirones de la vela. Pero, qué le voy a hacer: las páginas de Francesca se atreven con el Paraíso de Dante, con las Moralia de Gregorio Magno, con El amante de lady Chatterley de Lawrence, con Maná del alma de Segneri, con el Timeo de Platón, con Informe secreto sobre el mesmerismo, con El rizo robado de Pope, con La muerte y la doncella de Claudius…
»Las palabras de Francesca llaman a esos ancestrales códigos que nos llegan al nacer (y aun antes), que desean regir nuestro destino, que desoyen los púlpitos, que abren en nuestro cuerpo prados en los que nos tumbamos desnudas al sol.
»”Fíjate”, le digo a la Bibliotecaria, “cómo comienza el libro de Francesca Serra, Las buenas chicas no leen novelas (Ediciones Península, 2013)”. Tan animal: “Tal vez ustedes no lo sepan, pero todas somos pornolectoras. Todas las lectoras lo somos, sin excepción, incluidas las solteronas y las monjas. Cuando una niña de cualquier lugar del mundo tiene en las manos su primer libro, se convierte de inmediato en pornolectora, lo quiera o no. Probablemente lo ignorará toda la vida; sin embargo, nadie le devolverá la inocencia. A través del libro, caerá dentro de una historia mucho mayor que ella, relacionada con el arte y la cultura. Y también con la sexualidad. Y con la economía y el comercio”.
Que ya lo dejara escrito J. J. Rousseau en su novela de gran éxito, por entregas, Julia o la nueva Eloísa (1765): Jamás una virgen ‒fille caste‒ ha leído una novela».
¡Literatura!
[Fotografía tomada de Comunidad El País. Cuadro de Francisco Vidal, Lectora]
Por diversos avatares, en los últimos tiempos, he coincidido en el espacio virtual con escritoras por encargo o correctoras de estilo. Es decir, con mujeres que se toman la escritura como oficio. No (solo) una afición o una necesidad (interior) o un divertimento o un desafío. Un quehacer. Conozco, desde hace tiempo, en el espacio de a pie, a mujeres y hombres que, cual Velázquez o Goyas, se dedican a ello, con gran contento, lo que ha provocado que se diluyera en mí ese pensamiento que albergaba en la mocedad sobre la escritura gloriosa. «No somos nada», me dice la Bibliotecaria cuando hablo de esto con ella. Supongo que se refiere a que somos mortales.
Una de ellas es Concha Baeza, la cual se define «escritora por encargo. Domo palabras. Las pongo al servicio de las organizaciones para que marquen estilo, identifiquen servicios, definan contornos». No se limita a corregir un texto, sino que realiza las investigaciones necesarias para elaborarlo. Tiene la suerte de radicar en Valencia (lo digo por estar junto al mar). Y, a mi vez, he tenido la fortuna que me regalara su último trabajo: Muro, libro sobre Juan Pérez del Muro (1895-1949), ilustrador, cartelista, tebeísta, periodista… (editado por la Diputación de Valencia).
Otra es Mónica Alejandra Carrizo, «Redactora, biógrafa, correctora, lectora editorial. Me gustaría compartir contigo un viaje, en el cual tú aportarías recuerdos y yo les daría forma». Vive en una isla de las de verdad, rodeada de agua. A veces, leo historias en una de sus bitácoras: Cuentera personal.
¡Feliz travesía!
Me lo dice la Bibliotecaria, que en estos días está bastante desazonada. «Toda esta gente mangante ha pasado por ellas», me suelta, sin darme tiempo a asimilar lo que me habla, y se pierde en los pasillos estantes camino del Depósito.
Me digo que puede tener su razón, que quien más quien menos de quienes acaparan primeras planas han tenido sus épocas estudiantiles. Cierto que no es que hayan dado muchos palos al agua en oficios del vulgo (digamos vulgares), pero es que tampoco han tenido tiempo para ello, pues de bien cachorros han emprendido la senda del servicio al pueblo. Admitamos, también, que no se han distinguido durante sus años juveniles por su desprendimiento en reivindicar mejoras para el bien común, pero concedámosles que ello les hubiera distraído de sus propósitos serviciales.
¿Así es que para qué demonios necesitamos una Biblioteca en el Centro de paseo de la Ciudad, si, con lo mismo, corremos el peligro de que aumenten exponencialmente quienes agostan nuestras cosechas. Y, con lo mismo, nos quitamos de en medio unos puestos ordinarios de trabajo que podemos emplear en otro lugar a horas intempestivas?
[La ilustración es de Rob Gonsalvea].