jueves, 1 de agosto de 2013

Pintar historias

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Los frutos nutritivos del árbol del conocimiento son los que llevan encerrados en su pulpa, cual una preciosa semilla (pero carente de sabor), el tiempo histórico
Así escribe Walter Benjamin (1892-1940), acomodado judío berlinés, ensayista y filósofo, interesado por la Historia y las historias, ya que tiene gran capacidad de crearnos, como bien pronto comprendió desde que su madre le contara cuentos en la niñez. El nazismo le destruye la vida, abocándolo a morir en extrema desnudez junto al mar. Nada puede desperdiciarse.


Y así pinta Eduardo Arroyo al llevar al lienzo a Constantina Pérez Martínez, rapada por la policía fascista en Sama de Langreo, Asturias [que encabeza esta anotación] en septiembre de 1963. Pintar para el presente, no para conservar el pasado. Nos lo cuenta en ese ilustrado y sugerente libro: El trío Calaveras. Goya, Benjamin, Byron-boxeador (Círculo de Lectores, 2003).
Pintar contra la cercana barbarie.

viernes, 26 de julio de 2013

Santiago

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«Era el día grande del verano. El 25 de julio. Sin duda, uno de los destacados del año para niños y jóvenes. No sabría decir cuándo se había iniciado la costumbre, pero el día de Santiago era fecha de estreno en el pueblo. Me refiero a estrenar ropa. Chicas y chicos salíamos esa mañana de casa con faldas, pantalones cortos, blusas, camisas y hasta chaquetillas (aunque el sol amenazara con caerse a cascos, algo que bien podía ocurrir) bien relucientes, todo nuevo. Incluso no le protestábamos ni poníamos malas caras al remojón de pies a cabeza en el balde con agua caliente y jabón de marsella. Cuando el campanillo tocaba la primera, una vez echada la brillantina y escuchadas las últimas advertencias –«¡a ver dónde te metes, no sea que el color se torne dolor!»–, ya se podía salir de casa. Claro que había que andar con cuidado en el juego de pelota para no llevar algún raspón antes de entrar en la iglesia y salir de procesión.

»Lo recuerdo como si fuera hoy. Mis pantalones cortos de ese año llevaban unas rayas amarillas de arriba abajo que me tenían ensimismado. Los miré cientos de veces durante la misa y, a la salida, mientras los hombres se jugaban a las cartas el vermú con dos aceitunas en un palillo, sin acertarme a imaginar de dónde podrían haber llegado hasta este rincón donde vivíamos. Volví a comer a casa y entré al hogar. «¡Fíjate, con la luz parece que desaparecen y vuelven las rayas!», decía mientras caminaba hacia atrás jugando con los rayos del ventano. Mi madre acababa de sacar las patatas del puchero y había puesto el plato de mi padre en un orillo del hogar para que se enfriara, precisamente en el sitio hacia donde yo reculaba. Topé con el frente del hogar y, automáticamente, me senté… en algo blando y cálido, que por un momento me hizo creer que se había producido el milagro. Pero no, era el plato de patatas».
Día grande.

lunes, 22 de julio de 2013

Bibliotecas voladoras

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Ahora entro en la Biblioteca desde el cuarto de estudio de mi casa, aquí, al lado de la ventana que tengo a mi izquierda, la cual cubro con visillos por no convertirla en escaparate. Y encuentro en las inclinadas baldas digitales el periódico El Motín. Extiendo sobre la pantalla el ejemplar de 23 de marzo de marzo de 1909 y en su página tercera leo la noticia «Preludios»:
“El alcalde de Bilbao ha suspendido la apertura de las bibliotecas populares creadas por el Ayuntamiento, y el gobernador de la provincia ha aprobado la conducta del alcalde. En el índice de las bibliotecas figuraban autores como Zola, Darwin, Schopenhauer y Voltaire al lado de Santa Teresa, San Agustín y fray Luis de León. Y en una nación católica –según esas autoridades– no puede consentirse que una biblioteca oficial contenga obras heréticas.
Y esto ha hecho antes de que la mezquina y reaccionaria autonomía en proyecto, haya comenzado á regir. El día que se implante, veremos á alcaldes y gobernadores quemar en la plaza pública libros y periódicos.
Y si el pueblo español permanece como hasta aquí, pasando de todo, harán perfectísimamente.
El pueblo que es esclavo, debe serlo”.
Vuelvo la cabeza hacia la ventana, la barbilla apoyada en la mano acodada sobre la mesa, y miro el vuelo chillón de las golondrinas (que no disponen de bibliotecas).

miércoles, 17 de julio de 2013

Ajedrez

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Hace muchos muchos años, bueno unos mil quinientos y pico, el rey Sheram reinaba en la India, pero su imaginación no iba muy allá por lo que se aburría sobremanera. La pequeña princesa le dijo que si mandaba tanto y era tan obedecido en extensos territorios por qué no hacía que los súbditos inventaran juegos y bailes para él. Así fue como, desde su arrogancia real, mandó publicar un bando que fue leído en todas las poblaciones del reino indicando lo que la princesita le había sugerido.
Llegaron los meses de otoño y mucha gente se acercó a palacio proponiendo entretenimientos nunca vistos, los cuales entusiasmaron al rey al conocerlos, pero los días de invierno –con sus largas noches– los volvieron aburridos. La primavera prometía ser alegre y divertida como el brotar de las plantas, pero al inicio del verano el monarca daba signos de que se iba cansando de las últimas propuestas. Hasta que en la luna llena de julio apareció por la corte el joven Sissa con un pequeño saco a la espalda. Pidió audiencia a los desganados ayudantes de palacio y le indicaron la cortina que tenía que traspasar para llegar ante su majestad, que en esos momentos dormitaba la siesta.
Fue la hija menor, precisamente, la que primero asistió a la apertura del saco, del que emergió un tablero cuadrado con sesenta y cuatro escaques, alternando en blanco y negro, sobre el que el joven puso treinta y dos pequeñas figuras de barro, la mitad de ellas en dos lados enfrentados. Y ahí comenzó la primera partida de ajedrez. La niña despertó a su padre con tal entusiasmo que éste, sin otra opción, se interesó por el extraño juego que tenía ante sus ojos, quedando prendado muy pronto de él, aunque sin dejarse llevar por la euforia, pues prefirió que pasara un tiempo prudencial antes de calificarlo, vistos los desengaños anteriores.
«Pídeme lo que desees, joven Sissa», le dijo el monarca a finales de agosto. «Majestad, me conformo con que me dé un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta… e ir doblando hasta llegar a la última». El avaro rey aceptó al instante, ante la risa contenida de sus consejeros, a los que guiñó un ojo de modo casi imperceptible mientras estos se tapaban la boca con el pañuelo, pensando lo barato que iba a salirle la ingenua petición. Llegado septiembre, después de la siega y la trilla, los silos de palacio quedaron vacíos. Los funcionarios iban de aquí para allá echándose las manos a la cabeza mientras calculaban que harían falta unos dos mil años para cumplir la promesa. Vamos, ya todos calvos. Pues eran necesarios 18.446.744.073.709.551.615 de granos para llenar el tablero.
[Es alguna de las anécdotas narradas en el libro del conocido comentarista Leontxo García, Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas. Aunque he de decir que, a pesar de sus numerosos datos, no me entusiasma tanto como los comentarios que le escucho en la radio].

sábado, 13 de julio de 2013

Manzana azul. Crear

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Ahora que el aciano contrasta con las amapolas en los ribazos y el fruto de los manzanos toma color, nos detenemos en lo pequeño, en lo que nace fuera de aglomeradas ciudades, en lo que fermenta al calor de relaciones sosegadas, en lo que sucede desde lo posible, desde lo auténtico. Donde fructifica esa manzana azul, invisible al atavismo. Donde se acurruca la creación.
Y nos trasladamos a Aranda de Duero (Burgos), a la librería Todo Libro que edita los poemas y pinturas dialogando de Ángela Gavilán (Río de Janeiro, 1959) contenidos en el libro Manzana azul (2010). En él también se realiza un breve recorrido por los catálogos de las exposiciones de esta brasileña oriunda de la emigración, afincada en el Centro de España, que remite a textos poéticos de Xulio Valcárcel, María José Madrazo, Rodrigo Juarranz del Cura, Juan C. López, Ape Rotoma, Beatriz Rodríguez, Fermín Heredero, y su gente allegada: Pablo, Clara, Mairilia… Con referencias a Emily Dickinson, Ángel González o María Zambrano.

Manzana azul

Mirar,
observar,
enamorarse.
Sentir con todo tu ser…
con el asombro de lo extraordinario
con el entusiasmo de compartir
La necesidad de contar, de expresar, de cubrir.
sin necesidad de entender, de razonar, de
explicar,
solo amar.



Manzanas azules, ¿quién no las alimenta?

martes, 9 de julio de 2013

Locura de escribir

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 Siento ansias de crear, es algo que late en mi pecho, como un pájaro que bate las alas con desesperación
le escribe Knut Hamsun a su amigo boticario Ingvar Laws, de Minneapolis en el otoño de 1888, a los veintinueve años, entonces en Copenhague, cuando está a punto de aparecer desde sus profundidades el gran escritor que se haría muy pronto. Desde joven había escrito miles de páginas. Pero era de las personas que necesitan bucear repetidas veces hasta sus profundidades, romper los diques de sus lagos interiores y correr el riesgo de la locura antes de que el genio de las letras le concediera la plasmación auténtica de sus inquietudes.
Una tarde, desgarrado, «me había esforzado al máximo trabajando durante días y noches, como un burro de carga, había leído hasta que los ojos se me salían del cráneo y había pasado hambre hasta perder el sentido. Me golpeaba contra las farolas. Un hombre que pasaba justo enfrente comenta riendo: “Debería ir a que le encierren”. Sí, claro, yo estaba loco, él tenía razón. Podría sentir la locura correr por mi sangre, notaba su celeridad en mi cerebro».
Dos años después, escribe sus conocidas palabras: «Fue en aquel tiempo cuando recorría Chistiania muerto de hambre, esa extraña ciudad que nadie abandona sin quedar marcado. Era una tarde de otoño».

Años después llegó el Premio Nobel (y, al final, su flirteo con el nazismo).

miércoles, 3 de julio de 2013

Promesas, libertad, corrupción... (palabras gastadas)

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El saúco y los rosales silvestres dan color al paseo de la mañana, ahora que ya las candelillas de los castaños convierten las flores en incipientes frutos otoñales de estufa. «Sé todos los cuentos», podríamos decir con León Felipe. Las palabras que dejan de tener sentido a fuer de escucharlas en bocas fatuas, en corazones vacíos, en pechos ambiciosos.

Por un instante, podemos calmar las ansiedades, las decepciones en los versos de Francisco Brines (Diario de un escéptico) y en el sueño del bebé, con el balanceo de los sonidos de la fuente y el ruiseñor.

El vaso quebrado

Hay veces en que el alma
se quiebra como un vaso,
y antes de que se rompa
y muera (porque las cosas mueren

también), llénalo de agua
y bebe,
            quiero decir que dejes
las palabras gastadas, bien lavadas,
en el fondo quebrado
de tu alma,
y, que si pueden, canten.

[La primera imagen es de Vladimir Kush. La segunda, La caja de los deseos de Lisa Nordstrom].

viernes, 28 de junio de 2013

La Recolectora, fin de curso en el club de lectura

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Mujer recolectando miel. Imagen de la Prehistoria. Las abejas –diligentes elaboradoras de dulzura, las llama Josep Roth– libando de las flores transforman su néctar en miel que sustraemos y utilizamos de alimento. Al igual que la literatura. Las abejas en metáforas, en poemas, en cuentos… Y La Recolectora es el nombre de uno de los clubes de lectura de la Biblioteca Pública de Burgos, que este año ha tenido una temporada más corta al esperar su inicio -allá por febrero- a la inauguración de la nueva sede. En compensación a la brevedad, ha sido un tiempo intenso en el que se han producido los encuentros con Jesús Carrasco y con Jesús Carazo.

Las lecturas del (medio) año han sido las siguientes:
La piedra de la paciencia, de Atiq Rahimi
Los sufrimientos del joven Werther, de Johan W. Goethe
Intemperie, de Jesús Carrasco
Verano y amor, de William Trevor
La cena, de Herman Koch
La boda del tío César, de Jesús Carazo
La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa
En picado, de Nick Hornby
El tiempo y el espacio que dedicamos a la lectura vinculante, al calor del fuego, en la Casa Redonda se ha poblado con textos de:
Juan Antonio González Iglesias, Nosotros no dormimos en el lecho paterno
Ada Salas, Yo sé que tienes algo que decirme (mundo)
Edgar Lee Master, Francis Turner, Sarah Brown
El tiempo de las cerezas
Giorgos Seferis, Sueño
Jean Giono, Sor Clementina (Juan azul)
Nadia Anjuman, No tengo ganas de abrir la boca
Muñoz Molina, Sefarad
Osip Mandelstam, Yo he regresado a mi ciudad
Sánchez Rosillo, Un alto en el camino
Silvina Ocampo, Autobiografía
Albert Camus, El primer hombre
José Ángel Valente, No inútilmente
Katherine Mansfield, Vida de Ma Parker
Y así, tras un paseo por la orilla del Arlanzón, hemos llegado a finales de junio, teniendo pendiente ese relato de verano para cuando nos veamos en septiembre, que comenzará con «Y en lugar de la casta y orgullosa flor de lis llevaban la más modesta de todas la flores: la violeta».

lunes, 24 de junio de 2013

Arcángeles [Descatalogados]

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Tal vez nada me es más afín que la naturalidad de la vida; que el sentido natural del deslizarse de las cosas; siempre obedecí –si no siempre contento– las indicaciones de la necesidad; es la única obediencia que no degrada.
El texto de es Juan Gil-Albert (1904-1994), poeta y escritor levantino, multifacético y fuera de todo encuadramiento generacional, lo que no le priva de su excelente calidad literaria en su abundante obra. Admirador de Gabriel Miró, aquel escritor del que Pedro Salinas decía que sus paisajes parecen una experiencia personal, algo que le hubiera pasado a una persona, «como una aventura o un amor». También lo admiraba Carmen Conde (de la que aquí hemos traído su Arcángel). Pero volvamos al texto. Pertenece al libro Los arcángeles. Parábola, publicado en 1981 en editorial Laia, aquella editorial animada por exiliados retornados. Y lo concibió Gil-Albert como homenaje a André Gide.

Es un libro de esos con el que topas como con las tabernas situadas fuera de las rutas habituales de las ciudades. Si tienes curiosidad suficiente. Además, es de los no disponibles en las librerías. Apenas se hace mención de él en los estudios sobre el autor, si exceptuamos los que hacen referencia a la puesta en escena del amor homosexual al que, con frecuencia, presenta Gil-Albert en sus libros (Razonamiento inagotable; Valentín; Heraclés). Tal vez por ello, tiene una sensualidad (mironiana) que queda lejos del alcance de muchas plumas.
Por si fuera poco, hace pensar: «es la única obediencia que no degrada». Entonces, ¿qué es de nuestra obediente vida?

miércoles, 19 de junio de 2013

Pájaros azules (reencarnación)

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Charlamos algo acaloradamente. Nos desorienta la diversidad de planteamientos que hay en las personas. Dicen que existe una zona en el cerebro en la que se asientan las creencias. Tenemos ya un trío que suele acompañar a toda realidad: cerebro, creencias, planteamientos. Y llegamos a este punto después de haber comenzado a hablar de pájaros, de pájaros azules.

La Bibliotecaria está narrándome –¡una vez más!– El pájaro azul, uno de los cuentos de Rubén Darío que más le entusiasma; aquel Garcín bohemio con la pequeña ave en el cerebro que un día echó a volar… Yo le hablo de una revista mensual ilustrada que se editaba en Vitoria entre 1928 y 1931, también llamada El pájaro azul. Pero el acaloramiento nos llega al comentar el libro de David W. Frasure, Pájaros azules, una obra que se publica en inglés –Bluebirds– en 1978 y se traduce al español en 1993, conociendo desde entonces numerosas reimpresiones.

¡Y es que habla de la reencarnación! De ahí nuestro tono de voz algo alterado. «Llegamos a la vida en el cuerpo que hemos elegido, en el ambiente que deseamos, sin que podamos juzgar al resto de personas. Solo con el objetivo de ser conscientes de nuestros errores, de vencer nuestra tendencia al mal y de comprender todo desde el amor». «¿Pero es que hay que cerrar los ojos ante las injusticias? ¿No somos sociedad?». «Si deseas algo profundamente, si lo invocas con la mente y el corazón, sucederá». «¿Pero cómo podemos dejarnos embaucar por mesías que repiten una y otra vez lo que ya sabemos y viven de maravilla a nuestra costa?».
Amy extendía los brazos mientras movía ligeramente los labios y entrecerraba los ojos. Instantes después, una bandada de pájaros azules vino a posarse en ellos y las mariposas revoloteaban alrededor de su cabello.

[El cuadro El pájaro azul es de Eduardo G. Grossi].

viernes, 14 de junio de 2013

Caballero de guante social

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Jacinto y Roberto, los del tióAnanías, eran quienes traían tebeos cuando venían en verano al pueblo. Ante ello y las historias (algo pícaras) que nos contaban de lo que ocurría en Zaragoza, nuestra admiración era unánime. El capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, y uno que me entusiasmaba: Arsenio Lupín, el ladrón de levita. Me veía saliendo por la puerta del corral –la de atrás– de mi casa en las noches en que la luna jugaba al escondite con las nubes y (transformado el escenario) desembarcaba en la arbolada plaza donde uno de sus lados estaba ocupado por un impresionante edificio al que escalaba por las bajantes de los canalones, entraba silencioso por el balcón más escondido rasgando el cristal con el diamante de la carpintería y me afanaba en desvalijar arquetas y cajones. Luego entraba en la habitación donde dormía ella y, sobre la mesilla, dejaba el broche de la roja rosa con una tarjeta: «Para tus sueños. Arsenio Lupín».

Con el tiempo, me enteré de que este personaje de Maurice Leblanc (1864-1941) estaba inspirado en el anarquista Alexander Jacob (1879-1954), organizador en 1900 de la banda de trabajadores de la noche, que optaron, ante las condiciones tan dispares de la vida entre gente privilegiada y gente sufridora, por un ilegalismo incruento que robaba a parásitos sociales (no a profesiones útiles: médicos, arquitectos, etc.). En una de sus múltiples acciones muere un policía y es arrestado; es juzgado y condenado a trabajos forzados de por vida, lo que propició que regresara a Francia cuando fue suprimido este tipo de pena. Lúcidamente, ante la próxima vejez, se suicidó en su apartamento.

Muchos son los libros, cómics (hasta un manga), películas que hablan de estos personajes –Lupin y Jacob–, relacionándolos o no, pero puede leerse su libro Por qué he robado y otros escritos (Logroño, Pepitas de calabaza, 2007) o la novela Recuerdos de un rebelde, de Bernard Thomas.

Jacob nunca renegó de sus opiniones, ni cuando lo iban a juzgar: «He preferido conservar mi libertad, mi independencia, mi dignidad de hombre, antes que hacerme artífice de la fortuna de un amo. En términos más crudos, sin eufemismos, he preferido robar antes que ser robado».
Días antes de suicidarse, en 1954, se despidió de sus amigos: «Os dejo sin desesperación, con la sonrisa en los labios y la paz en el corazón. Sois demasiado jóvenes para poder apreciar el placer que proporciona irse gozando de excelente salud, burlándose de todas las enfermedades que acechan a la vejez. Allá están todas esas asquerosas reunidas, listas para devorarme. Pero voy a defraudarlas. Yo he vivido y ya puedo morir».

lunes, 10 de junio de 2013

Crucifixión

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En el Hospital Virgen del Mirón (vulgo Antiguo) de Soria cuelga de las paredes de las habitaciones la pequeña figura de un crucificado. Ignoro si sucede lo mismo en el resto de hospitales de España y si existe alguna reglamentación o costumbre al respecto. En todo caso, parece que a nadie le llamaba la atención este hecho, que a mí me resultaba (al menos) anacrónico.

Las circunstancias me han llevado hasta allí la pasada semana. La segunda noche de esta estancia –la del miércoles–, ingresaron en la cama de al lado a una mujer de cierta edad, con todos los visos de la demencia. Mientras daba gritos de significado incoherente, le pusieron las vías de los sueros y la mascarilla del oxígeno y le encarecieron que no se los tocara. En las dos siguientes entradas que hicieron a la habitación, ante el escaso éxito de las indicaciones en que le recalcaban lo dañiño para su salud de esta conducta rebelde al desprenderse de alimento y oxígeno, decidieron atarle las manos a los barras de los costados de la cama.



Así que allí me vi entre dos crucifixiones (pues no cuento la mía), sin pegar ojo durante las dos siguientes noches en que permanecí allí.

lunes, 3 de junio de 2013

Pectora mulcet (enojo en los pechos)

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«A la verdad le gusta jugar al escondite», decía Heráclito. Y la Verdad nos tiene a mal traer. La convivencia se alimenta de avenidas, de carreteras con doble sentido, en las que la palabra es el elemento básico que podemos utilizar para conducirnos en ellas. ¿Qué hacer cuando en vez de calmarnos nos llena de ira? ¿Qué hacer cuando el enojo se instala en el pecho? ¿Qué hacer cuando lo laudatorio sustituye a lo deliberativo? ¿Qué hacer cuando la rabia dispara por la boca? Tal vez podríamos acudir a la ironía sanadora y actuar como hizo Lloyd George en el parlamento inglés al ser interrumpido por una señora que no estaba de acuerdo en sus teorías liberadoras:
―¡Si fuera usted mi marido, yo le daría veneno!
―¡Y si yo fuese su marido, señora, con gusto me lo bebería!
O, tal vez, deberíamos convertirnos en Neptunos para proceder a calmar la tormenta que Juno ha levantado con la intención de arrasar nuestras eneidas naves (según escribe Virgilio en el canto primero de la Eneida):
«Igual que cuando en medio de una gran multitud estalla a menudo un tumulto / y brama enardecido el populacho, vuelan teas y piedras / –su furia improvisa armas– si ven de pronto / alzarse un varón respetable por su virtud y mérito, / callan y permanecen con el oído atento; él va con sus palabras dominando sus ánimos / y ablandando su enojo [pectora mulcet], así todo el fragor del oleaje se reduce al instante / en que el dios tiende su mirada sobre las olas, y por el cielo, libre ya de nubes, / lanzando a la carrera maneja sus corceles y les va dando rienda / rodando con su carro volandero».
Belleza, palabras, verdad, enojo, calma.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Túnel

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Regresa de aquel tiempo. Ha llegado esta mediodía, algo aterida, porque había marchado ligera de ropa, pensando que el sol calentaría lo suficiente los cuerpos. La he encontrado despistada, somnolienta, confundiendo el sitio de las luces en la casa. La he tomado de la mano y la he llevado al jardín, donde se ha sentado en la mecedora debajo del manzano. He cortado tres pequeñas rosas. Las he colocado junto al vaso de agua en la cercana mesa de patas onduladas en la que ha posado la mano izquierda, el dedo meñique sobre un pétalo sobresaliente. Me he sentado al piano con la ventana abierta en el cuarto de estar. Y ha recitado:

Yo he visto mi alma en sueños...
En el etéreo espacio
donde los mundos giran,
un astro loco, un raudo
cometa con los rojos
cabellos incendiados...
  Yo he visto mi alma en sueños
cual río plateado,
de rizas ondas lentas
que fluyen dormitando...
  Yo he visto mi alma en sueños,
como un estrecho y largo
corredor de fondo tenebroso,
de fondo iluminado…
  Acaso mi alma tenga
risueña luz de campo,
y sus aromas lleguen
de allá, del fondo claro...
  Yo he visto mi alma en sueños...
Era un desierto llano
y un árbol seco y roto
hacia el camino blanco


[El poema es de Galerías, de Machado. El cuadro, Book tunnel, de Petr Kratochvil].

viernes, 24 de mayo de 2013

Feria del Libro

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"De todas las cosas materiales, de todos los cuerpos físicos, el libro es el objeto que le inspira a la persona una mayor confianza. Un libro colocado en el atril es comparable a una tela fijada sobre el bastidor". (Viaje a Armenia, “En torno a los naturalistas”).
Las golondrinas más valientes se atreven a salir en la fresca mañana de mayo. Los espinos blancos colorean cunetas y terraplenes. Osip Mandelstam (1891-1938) contempla el Ararat (situado en la zona turca) desde la Armenia soviética, a donde le envían en 1930 para ensalzar los logros del régimen comunista. Pero él no les baila el agua. Lo que aparece ante sus ojos son los exilios, las masacres, el lugar en el que se posó el Arca de Noé y que ahora está al otro lado de la frontera. Por ello, se acuerda del Pueblo del Libro, hermanado en la diáspora con el pueblo kurdo. Cuando publica en 1933 su percepción de las gentes de Armenia, ya vuelto a Moscú, cae en desgracia ante el stalinismo y su devenir se vuelve oscuro hasta desaparecer en el Gulag. Su escritura ya estaba tocada por la varita del genio.
“¿Qué importan los malos actos, los movimientos inútiles, las complicidades envenenadoras? ¡Hay que vivir! Y para vivir hay que trabajar. Luego trabajar es envenenar, saquear, robar, mentir a los demás hombres. Trabajar es mezclar fuchina con las bebidas, fabricar cañones, expender al por menor carne envenenada”.
Albert Libertad (1875-1908), pintoresco personaje del París escasamente glamuroso, fustiga desde tribunas montadas en plazas públicas a la gente trabajadora que aceptamos cualquier actividad con tal de que nos paguen por ello, aun sabiendo que es perniciosa. ¿Acaso no sería más loable el que existieran sindicatos y asociaciones con el fin negarse a realizar tales tareas? Necesitamos gestos que dignifiquen nuestro paso por este mundo. Es lo que decía en un libro titulado El trabajo antisocial y el trabajo útil, el cual no encontraremos en las mesas de los puestos en la Feria del Libro de hoy.
Pero seguro que damos con otros similares.

lunes, 20 de mayo de 2013

Cerezas (zarcillos en la revolución)

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Con la Encarna convenía llevarse bien. Aparte de otras consideraciones (en las que ahora no es momento de deternerse), era una de las pocas chicas de la escuela que podía permitirse comer fruta todos los días y, dentro de ello, cerezas cuando llegaba la temporada. Las traía en su cesta de lápices o las sacaba enredadas en sus dedos para la merienda. En cualquier caso –dada su generosidad–, te cambiaba dos racimos del preciado fruto por un buen puesto en los bancos del cine el domingo o por un trozo de pan con vino y azúcar (pues su madre decía que el alcohol era un atraso para las criaturas [sin que alcanzáramos a calibrar el alcance de aquello por entonces]). El asunto es que, una vez conseguidas, nos poníamos los zarcillos de cerezas y caminábamos con orgullo ante nuestro público, levantando olas de envidia, por lo que había que estar ojo avizor ante tanto depredador.

Y aquí, en esta calleja adoquinada, compro un bozo de cerezas para la Bibliotecaria que lavamos en el caño de la esquina. Nos colgamos nuestros rojos pendientes y caminamos mientras le recito de memoria –¡tanto me apasiona!– aquella letra que escribió Jean-Baptiste Climent (la que musicó Antoine Renard en 1866) y que parece que la cantó un soldado a una enfermera asesinada en la mañana del último día de la Comuna deParís (1871) en la barricada de la calle Fonteneauroi:

Cuando estemos en el tiempo de las cerezas
el alegre ruiseñor y el mirlo burlón estarán de fiesta.
Mujeres hermosas tendrán la locura en la cabeza
y los enamorados, sol en el corazón.
Cuando cantemos en el tiempo de las cerezas
silbará aún mejor el mirlo burlón.
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas
cuando vamos los dos a cortar soñando
pendientes para las orejas…
Cerezas de amor iguales que rosas
que caen bajo el follaje como gotas de sangre…
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas,
pendientes de coral que se cortan soñando.
Cuando estemos en el tiempo de las cerezas,
si acaso tememos las penas de amor,
evitemos a las hermosas mujeres.
Yo, que no les temo a los grandes dolores,
no viviré ya un día sin sufrir…
En el tiempo de las cerezas,
vosotros también penaréis de amor.
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.
Y aunque se me ofreciera la dama Fortuna,
no podría jamás calmar mi dolor.
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas,
y el recuerdo que guardo en el corazón.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Siempreviva para la Sombrerera Revolucionaria

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Los periódicos conservan noticias sorprendentes, como es la vida de María del Tránsito Caballero, nacida hacia 1879 en San Felipe (Chile) y migrada a los diez años a la capital, Santiago, donde comienza a trabajar de aprendiz en una floristería de lujo, para, después, trocarlo por el oficio de sombrerera, en una de cuyas fábricas trabajaba doce y trece horas diarias. Es lo que podemos leer en los órganos progresistas La Idea y La Luz, de la capital chilena, y en Tierra y Libertad de Casablanca (Chile).

Tanto Magno Espinoza como Luis Pardo nos relatan que María, con una instrucción escolar elemental, “por la contracción en el trabajo y la claridad de su inteligencia”, no se doblegó a su suerte y, robándole horas al descanso, se instruyó en lecturas sociológicas de Tolstoy, Kropotkin o Grave, alejándose de la situación que tenía encadenados a muchos hombres y mujeres, que “vivían fanatizados por la religión, el orgullo o la estúpida moral del día”. Desde el Centro de Propaganda Anticlerical Giordano Bruno o el Grupo Anarquista Luz o la Sociedad Artística a la que pertenecía, colaboraba en el apoyo a las reivindicaciones obreras, fabricando “una gran cantidad de ramilletes de flores artificiales que vendió, con cuyo producto llevó pan y vestidos a muchos infelices”.

Su idea era luchar por cambiar la sociedad y, como tal, asistía a las asambleas públicas (a veces era la única mujer), con el consiguiente asombro de la mayoría de mujeres y de muchos hombres, “rompiendo con las rutinas y los prejuicios impuestos a la mujer”. Al tiempo, escribía en la prensa anarquista y obrera de la época con los seudónimos de Una Sombrerera Revolucionaria y de Una Rebelde.


Pero un accidente comenzó a restarle salud y una “cruel enfermedad” le obligó a elegir entre la muerte o la amputación del brazo derecho, prefiriendo lo primero, lo cual precipitó el derrumbe del Teatro Lírico, donde murieron unas veinte personas, a donde asistía a una conferencia. Dicen las crónicas que la enterraron en el Cementerio General (19 de marzo de 1905) y que los compañeros adornaron su tumba con una siempreviva.

viernes, 10 de mayo de 2013

10 de mayo de 1933 (Aniversario Bibliocausto)

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Mayo es un mes muy esperado, según podemos ver en el refranero. La Bibliotecaria siempre me recuerda aquello de marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso; o lo de aparte de otras cosas, en abril las lilas y en mayo las rosas. A lo que yo le digo que depende…, que el buen madero para mayo lo quiero. Fíjate –dice– que hasta es la época en que sucedió por estos pagos, desde vete a saber dónde, la aparición de un delicado ser desde los mundos celestiales.

Pero vayamos a lo que aquí nos trae: Las inmensas hogueras que alumbraron los cielos de Alemania la noche del 10 de mayo de 1933, alimentadas con libros por el nazismo. Obras que previamente habían seleccionado durante la primavera y expurgado en bibliotecas y centros culturales y de enseñanza, con el remoquete común de que esos (alrededor de 25.000) títulos no deberían estar al alcance de las mentes arias. Una vez anochecido, realizaron desfiles bajo la luz de las antorchas que portaban desde librerías y bibliotecas, mientras entonaban canciones, hasta llegar a las piras.

Parece que fue la revista Times (22 de mayo de 1933) la que propuso el término Bibliocausto para definir los hechos, tan premonitorio de los hornos posteriores. En Berlín, cerca de la Universidad Humbold, podemos adentrarnos en la Biblioteca Sumergida, bajo los adoquines, obra de Micha Ullman, en la que permanecen vacíos los anaqueles que podrían contener los veinte mil libros que esa noche se quemaron en la hoguera de la ciudad.
¿Por qué algunos de los pueblos cultos y personas letradas son quienes realizan estos actos? Es lo que se pregunta el venezolano Fernando Báez en Historia universal de la destrucción de libros (Destino, 2004).

lunes, 6 de mayo de 2013

Buena gente (en el Bañuelos de Antonio Benaiges)

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La Bureba es una comarca con personalidad definida en tierras burgalesas. Subes la cuesta de la tierra de los ajos, paras en un camino entre sembrados y barbecho, y contemplas la verde meseta salpicada de termones marrones y amarillas tamarillas hasta que la vista te descansa en las blancas laderas nevadas de la sierra de la Demanda. Compadeces, en la libertad del viento en el rostro, tus días urbanos. En los campos esparcen medicina. Una calurosa mañana en la que rebuscas dentro del desordenado maletero y encuentras un sombrero de paja con el que te cubres para que el sol no te sonroje y ponga en evidencia la dermatitis facial que suele recrudecerse con sus rayos.

Este día tenemos que acercarnos a la cortada en la que se sumerge Bañuelos, uno de los pequeños pueblos de la zona, cuya peculiaridad no es la maciza iglesia que encumbra el caserío, sino la de haber contado con un singular maestro entre los años 1934-1936; la de tener una escuela (clamando un arreglo) en la parte de abajo, donde hoy se coloca una lápida en su memoria. Pues era un hombre entregado a la enseñanza (Técnica Freinet), que adquirió una imprenta en la que chicas y chicos componían textos libres y los imprimían, dejando unos cuadernos y revistillas que hoy en día alimentan nuestra nostalgia: El retratista, El mar, Folklore burgalés, Gestos, Recreo…

Un hombre que, al atardecer, abría la Academia donde pudiera acudir la gente mayor del pueblo al finalizar las tareas del día. Allí se hablaba y discutía, entre otras cosas de política, economía y, en muchas ocasiones, de religión (pues para ello el maestro se asomaba por unos instantes a misa coincidiendo con el sermón del cura «para sacarle defectos»). Lo dramático del asunto es que no quedó en un tira y afloja, sino en un tira y… a la fosa.
Antonio Benaiges y Nogués (1903-1936), maestro, fue asesinado el 25 de julio de 1936 y enterrado en los montes de La Pedraja, no habiendo sido localizado su cuerpo todavía. Su obra permanece en su alumnado aún en vida: Eladio, Lucía…; y en alguna de la buena gente que vive en estos pueblos: Manolo, Juanmi, Lucía, Chus…; (más en la de Bañuelos).

miércoles, 1 de mayo de 2013

Miradas llorosas. (Uno de los precios de la razón)

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 “¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y deseando que la tome en brazos, le tira del vestido, la detiene a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo?”
A menudo escuchamos o leemos que nuestro vocabulario se empobrece paulatinamente. El cese de actividades tradicionales y la utilización de aparatos en los que se envían mensajes con abreviaturas, síncopas o elipsis explican, en parte, esta realidad. Pero, además, se achaca a las civilizaciones occidentales (deudoras de la cultura griega, principalmente) el que desprecian a las culturas ágrafas o a las que no tienen un desarrollo tecnológico similar al europeo, caso de los pueblos esquimales o de las tribus africanas y americanas.

Ciertamente, estas culturas disponen de varias palabras para significar las distintas acciones que nuestra lengua señala con una sola (más un añadido). Por ejemplo, si se refieren a la fuerza que tiene un pez o al alimento que proporciona o a lo escurridizo que es o a su forma de dormir con los ojos abiertos. Una sola palabra para cada caso, sin que introduzcan el término pez. Sencillamente, porque no saben lo que es el pez, no han hecho esa abstracción y, por lo tanto, su lengua no lo reconoce.

Ocurría lo mismo con la lengua griega antes de que se produjera el desarrollo filosófico del siglo V a.n.e. Lo vemos en la cita de la Ilíada que encabeza esta entrada, en la que Aquiles se dirige a su amigo Patroclo (en el canto 16, 10), la cual tendríamos que leer: Lloras como una niña que quiere que su madre la tome en brazos. Pues el concepto mirar no existe todavía, y lo que se utiliza es un verbo que podríamos traducir como “emitir rayos con la mirada”, pero no desde el ojo propio (pues no hay conciencia de la función de mirar), sino desde quien está percibiendo esa mirada suplicante. (De igual manera, hay términos para “mirar con nostalgia” o “mirar alrededor por prudencia” o “mirar alrededor por miedo”, etc.).


[No es que con ello justifiquemos la pobreza del habla, pero al César lo que es del César. Y remitamos al libro de Bruno Snell, El descubrimiento del espíritu, en traducción de J. Fontcuberta (Acantilado, 2007)].