lunes, 29 de septiembre de 2014

Días únicos

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Algunos días, la Camarera, los vive igual que si fueran los únicos de su vida. Dice que los presiente al despertar. Entonces se levanta, abre el balcón y no se encuentra con preocupaciones. No importa que las golondrinas ‒hace ya un tiempo‒ hayan volado hacia el sur o que, al ir camino del trabajo, vea que han podado hasta los huesos al sauce más hermoso de la rivera. Nada de recuerdos que alteren su jornada. Yo lo veo al entrar en el café aunque esté vuelta de espaldas. Su cuerpo tiene el aura del día único. Al volverse, sus ojos inundan mis barbechos. No, no estamos enamorados. Le pregunto qué es lo que más agradece de estos días. «No sentir rencor por nada ni por nadie», me dice, y me pone tres tejas de sésamo con sus blancos dedos.
En estos días ‒para estos días‒ rebusco en mis bolsillos, colmados de papeles. Ahí está El puente que cruza la luna, el diálogo de Tess Gallagher con su marido muerto, Raymon Carver (1938-1988):
Si me quedo mucho rato junto al río
en noches de luna,
no creáis que mi atención obedece
a lo meramente estético, aunque
eso salve a la luz del día.
Sólo lo que alguna vez llamamos adoración
tiene los pies lo bastante ligeros como para transportar
a los vivos por esa brecha de fulgor.
Y quién dirá que no he cruzado el puente
porque lo haya utilizado como testigo,
para que el agua siguiera siendo agua
y las incongruencias de la luna cartografiaran
la unión de la que estaba segura.

Y es que hoy, a la Camarera, no le importa el extrañamiento.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

China, ese país... en la escritura de Mai Jia

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«Oriente es Oriente y Occidente es Occidente», expresa el dicho popular. Parece que solo por conquista o por colonización aumenta o disminuye el nivel del fluido de cada uno cuando están juntos. O en la literatura. La escritura de la mente matemática de Mai Jia (Jiang Benhu) no desorienta nuestras costumbres lectoras, si bien muestra un singular juego de voces en el desarrollo de El don (traducido en 2014), al que hemos llegado por casualidad.
[El profesor Jan Liseiwichz] delante de sus discípulos, de pie sobre su plataforma, parecía un poeta, o tal vez un general.
[El alumno Rong Jinzhen lograba desconcertarlo, ya que] a menudo los cálculos demuestran ser un método muy torpe para determinar el futuro, porque hacen pasar lo posible por imposible. Con frecuencia, las personas no se comportan con la pulcritud de los números. Pueden hacer que lo imposible se vuelva posible y que la tierra se convierta en cielo, lo que significa que, en realidad, la distancia entre la tierra y el cielo no es insalvable.
Y casi todo parece inmenso por allá. Mai Jia (que ha sido militar) pasa tres años en el Tíbet, durante los cuales lee un único libro. Después, comienza a escribir este Decoded en julio de 1991, en Pekín, y lo termina en agosto de 2002, en Chengdu. «Durante dos años pasé todas mis vacaciones en los trenes del sur de China, recorriendo el país para entrevistar a los cincuenta y un testigos, de edad media o avanzada, que habían presenciado los acontecimientos de esta historia». Después viene el éxito de ventas y, con sus posteriores novelas, supera los cinco millones de ejemplares. ¿Cómo medir algo así, cuando aquí el vender trescientos ya es motivo de notable orgullo?

Jinzhen se casa con Di Li a los tres días de conocerse, pues ella lo ama como ama a su patria. Apenas unos días después, él ya no aparece por casa y vive en un edificio cercano. Pero ella abriga la esperanza de que él albergue amor en algún espacio de su cuerpo. Así, Mai Jia le hace escribir en su libreta un pasaje del Cantar de los Cantares: «Levántate, viento del norte; ven tú también, viento del sur; soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas. Venga mi amado al jardín y coma de su dulce fruta».

viernes, 19 de septiembre de 2014

Qué hacer. Rosales

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En un rincón del mirador de casa hay un rosal. No tengo buena mano con él. Me digo que es porque lo compré en el supermercado y no sabe muy bien de estaciones. Tal vez lo aguachino en la creencia de que le viene bien el riego frecuente, pero lo cierto es que cuando la tierra está húmeda, se van secando las hojas hasta quedar completamente apocado. Entonces lo olvido a la espera de que algún día tenga tiempo de vaciar el tiesto en una bolsa y echarlo a un contenedor. Cuando han pasado días y días, incluidos los de espléndido sol, que le dan directamente, en algunas de sus ramas brotan esas pequeñas hojas que me alegran el día al contemplarlas.
Hace tiempo decíamos ‒se decía‒ que la editorial Akal estaba financiada por un partido (para dedicarse a los libros universitarios). Editaba libros que, en tiempos algo complicados, podían contraponerse a los de Rialp o cosas así. En esto que, visitando librerías, se pueden encontrar unos breves textos (de unas sesenta páginas) que hablan de educación, muerte digna, crisis ecológica, memoria histórica, fronteras, educación y otros asuntos de cada día. Tienen su línea, claro, la de la editorial y la de una fundación, pero vienen a recordar obviedades que solemos dejar en el rincón.

Por hoy, dado que esta es una bitácora bibliotecaria, apuntamos la existencia de Qué hacemos para construir un discurso disidente y transformador con aquello que hoy sirve para enmascarar la realidad y transmitir ideología: la literatura. No es que pueda hacerse mucho. La ignorancia sí que transmite. La cultura está en el rincón.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Desde nuestra aldea

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¡Qué artes no se desarrollarán por dinero, qué hazañas no llevarán a cabo los más pusilánimes por una compensación razonable! (Stig Dageman)
La Camarera nos habla de su abuelo Desiderio. De cuando vivía más allá de las montañas del oeste, en una aldea a la que llegaba un autobús dos veces por semana y en el que las veces que tenía que viajar al hospital iba en los asientos del techo entre bultos bien abrigado con la manta de lana comprada por su padre en la feria de mayo. Sin teléfono. Sin agua corriente en las casas. Se alumbraban con una bombilla colocada en el hogar que se encendía en las noches de invierno cuando la abuela Emeteria colocaba la olla trébede en medio de la mesa de la que comía todo el mundo; bombilla de luz temblorosa que podía cambiarse a lo alto de la escalera del piso de las habitaciones.
Trabajaba en la mina a cielo abierto montada con el dinero de una familia del mar ‒se comentaba‒ de las de la Caja y el Montepío. Lo hacía desde niño, como muchos de los que venían de las aldeas colindantes, y allí conoció a la abuela. Estaba aprendiendo a leer cuando ya tenía dos hijas y un hijo. «Todavía conservo ‒nos dice la Camarera‒ un folleto manoseado que él conservaba como oro en paño que le había dado el maestro. Se titula Al pueblo». Es de lo poco que trajeron a esta ciudad de mar después de ser despedido con otros por hacer una huelga en solidaridad con las obreras textiles de unas fábricas que había en los terrenos donde ahora hay unos hoteles, cinco kilómetros más arriba.
Cuando iba a preguntarle a la Camarera si me podía enseñar ese tesoro impreso, entraron en el bar su hija y su hijo con unas banderas. Venían de engrosar una cadena humana para pedir no entiendo bien qué.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La presa (con sin) esperanza

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Cuando las deidades, mejor dicho, cuando alguna de ellas te coge por la garganta y aprieta hasta que la respiración va apagándose, solo puede librarte de lo exánime que algún mortal cercene el cuello divino y, de paso, una de tus manos, la que la deidad ha puesto por reflejo delante para protegerse del tajo que le viene encima. Entonces ‒si bien la cabeza dorada rueda ya por los suelos‒ odias todo: la traición de quien intenta ahogarte aprovechando la confianza que tenías en su relación; la mirada furiosa de quien viene con la hoz y te amanca; la melancolía que puebla tu ser entero ante el mundo que ya no habitarás; el futuro.
La vida de Kenzaburo Oé (1935) en La presa transcurre, posiblemente, en la isla japonesa de Shikoku, la misma en la que él nace. Su pluma convierte la niebla en una compañía que refresca o entumece, la vegetación en alimento y sombra, el agua en diversión y erotismo. Se sirve del vuelo, de lo que atraviesa el tiempo y el espacio, de lo que pasa. Transforma la caída de lo hermoso en parábola de la existencia.

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, […] No dejes de creer que las palabras y las poesías / sí pueden cambiar el mundo. / Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. / Somos seres llenos de pasión. / La vida es desierto y oasis. / Nos derriba, nos lastima, / nos enseña, / nos convierte en protagonistas / de nuestra propia historia. Dice parte del poema de W. Whitman (1819-1892) «No te detengas» (en versión de Leandro Wolfson). La interconexión está servida. Imberbe y barbudo.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Depresión con Tristam Shandy

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Desde que la conozco, le vienen épocas de depresión. Más bien diría que la tiene dentro, tranquilamente asentada en un rincón y, de cuando en cuando, le surge ‒la depresión‒. La verdad que no es destructora. Es un estado en el que no desea que exista lo que le rodea, pero no lo odia ni lo menosprecia. Me dice que le resulta, incluso, placentero el alejarse de todo bicho viviente, el olvidarse de resolver asuntos. Se encierra; si es de día, baja la persiana hasta dejar solo visibles las rendijas entre las lamas, corre las cortinas, enciende la lámpara de luz opaca y… se pone a leer.
Inútil que llamen al timbre o que suene el teléfono. No atiende a ello. (Creo que soy la única persona que accede a ella cuando está así, una vez al año más o menos). Se deja caer sobre el amplio olmadón con el libro entre las manos y lo lee sin prisa, dejando que el tiempo corra a su gusto, hasta que los párpados se le van cayendo (en el descuido del infinito) y las manos se le posan en los muslos, resbalando al tiempo la lectura hacia un lado. Entonces duerme sin prisa, dejando que el tiempo corra a su gusto, hasta que los párpados se elevan (en la certeza de lo intemporal) y las manos recogen la lectura llevándola a los ojos.
Cuando se encuentra así, siempre lee lo mismo: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Asegura que solo el descreimiento de un clérigo ‒y llega a decir que su ateísmo‒ es capaz de describir el tiempo de engendramiento de uno mismo y la no existencia posterior durante nueve volúmenes a lo largo de ocho años (1759–1767).

Lo curioso de asunto es que me ha pegado su manía y yo, de vez en cuando, retomo la lectura de la obra de Laurence Sterne (1713-1768), que es lo que he estado haciendo este verano en los escasos momentos que deja la vida en el pueblo para estos menesteres de la letra muerta.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Agua de la vida

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El agua quedaba lejos. Había que coger una caballería y desplazarse medio kilómetro hasta llegar al pozo, convertido en fuente con la ayuda de una bomba que había que maniobrar y cargar después de que se ahogara la Dominica al intentar llenar un cántaro. Era joven, tenía veintiún años, no sabía nadar (al igual que nadie en el pueblo). A su padre lo recuerdo siempre con el brazalete negro en la manga de la chaqueta.
Los chicos teníamos nuestros quehaceres y uno de ellos era ir a por agua o guardar el turno hasta que venía nuestro padre las veces en que se llenaban los cántaros hasta arriba y se ponían las aguaderas grandes. Además de ello, había que ayudar a nuestra madre a llevar los trastos de lavar ‒estregadera y jabón‒ al lavadero y volver a tal hora para recogerlos, mientras otra de las mujeres que había por allí le ayudaba a levantar el balde encima del rollo de tela que se ponía en la cabeza. Y qué decir de los ratos que teníamos que pasar recogiendo palitroques debajo del bardal en el corral para encender el hogar, además de echar, de paso, a las gallinas. Por no hablar de que en el frontón podía llamarte un hombre y mandarte al estanco a por caldo y librillo; o una mujer se asomaba cuando ibas por la calle y te encargaba un aviso en la otra parte del pueblo o un recado a la tienda.
Las aventuras del día estaban engarzadas con la vida, devenidas en travesuras en muchas ocasiones. Aquella vez fue en el pozo ancho, que estaban limpiando, pues se decía que por debajo de allí pasaba un brazo de mar, y desde lo de la Dominica los Ayuntamientos estaban empeñados en encontrar un buen manantial para llevar el agua hasta el pueblo. A nosotros nos tenían prohibido asomarnos a él, construido su brocal apenas por una endeble valla de maderos, pero en aquella ocasión nos necesitaban. Así que, a los más enclenques, nos ataban de una soga por unas camisas que nos ponían y nos bajaban para que llenáramos un caldero con la broza que había al fondo del pozo. Íbamos de dos en dos. A mí me tocaba con el Gabriel.

En una de estas, comenzamos a remover el cenaco con la pequeña azada y fuimos notando que se abombaba como las magdalenas en el horno de leña de la tía Pilar al que íbamos a comer los mocos que nos regalaba, mientras el barrillo nos iba cubriendo los pies con suavidad placentera. De repente, aquello se abrió y brotó un chorro de agua y fango que salió despedido por la boca del pozo dejándonos en los infiernos. Los dos fornidos mozos que nos sujetaban, repuestos del susto, comenzaron a tirar de las cuerdas, ayudados por los curiosos que andaban por allí, apareciendo entre el agua dos peleles sin resuello, penitentes salidos de una larga cuaresma. Fue más el susto que otra cosa. Hasta ese momento nos habíamos ganado tres pesetas por los calderos llenados, pero alguien ‒no recuerdo bien quién‒ dijo: «Anda, dales dos duros, aunque también van a cobrar en casa».

viernes, 1 de agosto de 2014

Segadores en el calor.

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Como tiempo vacacional, esperando la reanudación del trabajo, podríamos proponer un viaje aventurero en el paquebote Oxus hacia Transoxiana, reino de la legendaria Samarcanda que era su capital, centro del imperio del Gran Tamerlán, en el que Gengis Khan tiñó de rojo su río principal con la sangre de los persas y lo llenó de cabezas cortadas. Pero no, nos quedamos en la Castilla pintada en los cuadros de Gonzalo Bilbao, con unos retales de la siega.

Y con alguno de los versos de Manuel Vilas y su poemario Calor (2008), con referencias a este nuestro tiempo de "España":

Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.
 
Más  "Alcoholismo de circunvalaciones", con guiño a notables noticias recientes:

y la gente termina perdonando al Presidente
del Gobierno y al Rey de España y al Presidente
de la Patronal y al Presidente de la Banca
porque llega el calor y ya da todo lo mismo.

Da todo lo mismo, y eso somos nosotros.

Dichosos días.

martes, 29 de julio de 2014

Investigar en la inocencia

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La de Yersin es una posición peligrosa, siempre ha querido lavarse las manos en política, ignorar la Historia y sus repugnantes festines. Es un individualista, como suelen serlo los altruistas. Sólo más tarde, a fuerza de tanto amar a los hombres, uno termina por convertirse en misántropo.
La figura despistada de las personas sabias nos ha sido transmitida como uno más de sus rasgos, de tal forma que nos viene a la cabeza su cabello alborotado o su vestimenta descuidada cuando imaginamos alguien embebido en sus investigaciones. (Existen sobrados casos de que no siempre es así, pero…). Al tiempo, la ingenuidad parece que sea también su compañía. Algo que, con frecuencia, se vuelve contra su actividad, ya que parece que les hace manipulables al entregarse a su actividad sin medir el alcance que otras personas pueden dar a sus descubrimientos. Así, alguien que no puede tolerar que se maltrate a un animal doméstico, es quien pone las bases para fabricar los gases con los que se fumigan pueblos habitados para conseguir que abandonen la tierra en la que viven, pues guarda en su vientre riquezas minerales.

La cita con la que comienza esta nuestra entrada de la salida de julio la tomamos del libro de Patrick Deville, Peste & Cólera (1914), atractiva biografía intelectual y cultural del físico y bacteriólogo Alexander Yersin (1863-1943), descubridor en 1894 del bacilo de la peste.

jueves, 24 de julio de 2014

Con desdén y oro

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No es fácil ahora que las bombas están matando criaturas en nuestros ojos, elaborar una entrada en la bitácora que no se preocupe de ello. Pero hace tiempo que tenía ganas de dedicarle unas líneas a la poetisa cubana Clarilda Oliver Labra, poeta de "lo espiritual cotidiano", y hoy es el día en que lo hago, aunque parezca una frivolidad:

Iba a verle
en cualquier sitio,
él pedía un ron para mezclarlo con mis pupilas;
yo, el crepúsculo,
y me traían una lágrima.

Iba a verle:
a las seis de la tarde,
cuando los combatientes repasan sus fusiles
y los adúlteros se acuestan con mariposas;
a las seis de la tarde,
sin luna,
cuando por los cines naufragan las divorciadas
y los obreros comienzan a bañarse.
A las seis,
con temblor y relente,
con bochorno,
ciega como leche y sed,
iba a verle.
Azogue en su mano,
una extraña,
qué poco de suerte,
subterráneo para reírme a carcajadas.
Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza

iba a verle.

Iba a verle
– he dicho en la hermosura,
mientras recupero el ala que no sirve
y llueven los nísperos,
divagan las márgenes rumorosas.

Iba a verle…
y nos desbaratábamos a besos
y el libro se quedaba a medias
y luego quién creía en los relojes
si al fin se olvidó su boca del binomio de Newton.

Son versos de Desaparece el polvo. De ella dice Agustín Acosta que "no importa que la impresión de un hecho vulgar carezca de espiritualidad: ella le comunica la suya y el hecho aparece espiritualizado. Nada es en ella deliberadamente transitorio. Un instante, en su sentir, tiene atributos de eternidad"

viernes, 18 de julio de 2014

¡Mesita, ponte!

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Connolly escribe que literatura es aquello que se lee dos veces, por lo que me siento bastante excluido del escogido mundo de las letras, ya que el tiempo o las exigencias del cotidiano devenir no me permiten repetir lecturas en la mayoría de los libros que caen a mi alcance.
Digo casi todos, porque en estos días he releído ¡Ponte, mesita!, de Anne Serre, traducido (por Javier Albiñana) a principios de año. Recordaba aquellos personajes salidos de Simsala, el país de los hermanos Grimm, transportados sobre el libro que obedece a fórmulas, los cuales hace tiempo ya que han perdido atractivo para mí, en el que aparecían la mesa, el asno y la estaca.
Pero… cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una heredera de Sade, que domina el arte de narrar atractivo, que reinterpreta esa mesita (no sé si algo forzadamente), la pervierte y la convierte en el lago donde podemos mirar nuestra íntima existencia. Difícil, bastante difícil me parece resolver la primera parte de su relato, y lo hace dejándonos un personaje adolescente con el ansia ya saciada, que tiene que abrir espacios donde habitar.

¿Cómo es la edad madura de alguien que se sabe todos los cuentos? León Felipe mostró su versión. Los demás lo intentamos. Este es un libro que hace pensar.

martes, 15 de julio de 2014

Vidas imaginarias en paraísos terrenales

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Viendo el espectáculo del devenir político y deportivo en días recientes, me viene a la cabeza El cazador de leones, de Javier Tomeo (singular narrador fallecido en 2013; libro este que leí por indicaciones de la Bibliotecaria y que, por cierto, no me entusiasmó en su momento, pero que ha quedado vivo en mi memoria). Parece que todo ocurriera fuera del ámbito vital en el que me desenvuelvo, aunque seguramente sea yo quien está orillado de las corrientes visibles de la sociedad.
Al otro lado del hilo telefónico se oye el relato de viajes fantásticos, leones únicos por cazar, tierras de promisión. Pero los paraísos construidos con bienes terrenales solo existen para la gente pudiente, tal como describe Sebald en ese libro de pérdidas que es Los anillos de Saturno cuando nos lleva al jardín encantado de Yuan Ming Yuan, cercano a Pekin, las laderas de un monte pobladas de palacios, templos, pabellones, puentes… de cedro y mármol, dispersas entre vegetación, lagos y arroyos, repletas de objetos de oro y jade, saqueadas destruidas quemadas por tropas inglesas y francesas en 1860, cuyas llamas crearon una nube de cenizas que el viento transporta a la ciudad, cayendo sobre los cuerpos como si fuera una maldición.

Aunque, tal vez, las gentes comunes tengamos una oportunidad, pues dice Jean Guitton (en El trabajo intelectual) que la privación puede resultar un estado fecundo.

miércoles, 9 de julio de 2014

Enfermedad y Danzas

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La estupidez es una enfermedad extraordinaria: sólo la sufre quien no la padece, los demás.
Nos cita la Camarera, levantando algo la voz, mientras apaga el molinillo del café (sabiendo que nos resulta un ruido muy molesto), y asegura que la ocurrencia pertenece a Voltaire, según ha leído, o, al menos, se le atribuye en las páginas de frases célebres a las que acostumbra mirar de vez en cuando ‒«Es que es muy socorrido para iniciar conversaciones aquí, en la cafetería», dice satisfecha‒. Y no le falta razón, porque enseguida comenzamos a hablar de gente (pública) que se nos antoja estulta.
Me aparto de la barra y me siento junto al ventanal del paseo. La enfermedad llena nuestro cuerpo, vaticina sombras, cierra el entendimiento, nos colma de tristeza, impide que tengamos sueños grandiosos, acerca la arena hasta sepultarnos en su duna de la que escapan sonidos inciertos en la noche, convierte nuestros ojos en espejos, deja sin significado a la muerte.

La mañana abre el azul entre las nubes. Con las danzas el cuerpo mueve la enfermedad, le hace dejar espacios en cuya bóveda entra la música, el movimiento, la expresión; en cuyas paredes se hacen visibles retratos de rostros que pueblan nuestra vida; en cuyo suelo se ofrecen elementos cotidianos en los que nos apoyamos día a día. Las danzas sinfronteras hacen que la enfermedad conviva con la alegre vida que surge de nuestra belleza.

viernes, 4 de julio de 2014

Sueños

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Esta mañana no ha salido el bullicio de las golondrinas. El cielo nublado, medio lluvioso, las mantiene altas, alejadas de la ventana. Las buscaba al levantarme algo sonámbulo, pero no están cerca. Puede soñarse con tormentas de arena y puede ser que te entierren. La Camarera no sabe bien qué decir cuando le cuento la pesadilla de la pasada noche.
Sueño es el título con el que se traduce uno de los relatos de Haruki Murakami (del que solemos toparnos con forofos), anterior a las novelas que le han hecho famoso, pues se publicó en 1990, viendo la luz dos años después en The New Yorker, periódico que ennobleció el relato largo o la novela corta en la segunda mitad del pasado siglo. La editorial incorpora las sorprendentes ilustraciones realizadas por la alemana Kat Menschik, que refuerzan (ya desde su colorido añil plata) el ambiente onírico de la obra y se muestran casi como una película inanimada, a la que podemos insuflar vida al zambullirnos en compañía de la protagonista.
Es lo que sorprende a la Camarera (que fue la que me sugirió esta lectura), la voz de la protagonista o, mejor dicho, la consciencia. «Demasiado intelectual», dice «se nota la gradación de tiralíneas de la historia». La miro abrir el grifo sobre las tazas antes de ponerlas en la bandeja del lavavajillas. «Ya ‒protesto‒, pero llevamos tres días hablando de ello. Algo tendrá.» Y tiene la doble vida, la fluidez del agua, el ímpetu hacia la libertad, la fuerza de la soledad, la atracción de lo desconocido. La bella escritura.

Tiene golondrinas.

martes, 1 de julio de 2014

Raza de patos. Economía sostenible

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En esta lluviosa mañana de primeros julio las crías de patos del Arlanzón están a punto de iniciar su vida por separado. Nadan detrás de la madre y apenas puede distinguirse ya, por tamaño, quién es quién. Me resulta curiosa la visión porque no hace mucho que leía en una revista de economía sostenible que hay comunidades con escasos recursos en países donde las desigualdades sociales son abrumadoras que emplean las ocas para la limpieza de los campos y para su abonado. Ya sé que los patos del río y las ocas de Pomerania tienen sus diferencias, pero yo no estoy muy al tanto de ellas, así que me permito mezclar unos y otras.
El asunto me ha venido a la mente al andar junto al río, porque la pasada semana, mientras ojeaba un periódico de 1935-1936 titulado ¡Campo Libre! ‒haciendo alusión el título del semanario a una corriente emancipadora del campesinado de aquellas fechas‒, leí un artículo firmado por Jesusa G. de Martínez, algo ya no muy común el que en la sección «Divulgaciones agrícolas» viniera escrito un texto por una mujer, que en este caso era avicultora en una granja de Bujedo (Burgos, localidad cercana a Miranda de Ebro, donde se encuentra un monasterio con rica biblioteca) y que el mencionado artículo lo fuera sobre «La raza de patos Khaki-Campbell».

Bueno, a lo que vamos, después de alabar a esta raza por los escasos cuidados que reclama en la cría, pues su precocidad es grande, además de que su incubación (natural o artificial) da mayor número de nacimientos que el resto, habla de que a «los treinta días daremos por terminada su crianza, dejándolos corretear por parados y rastrojeras donde encuentran ellos su alimentación, limpiando los campos de caracoles, limacos y demás bichos que tanto perjudican a la agricultura y para ellos son un gran alimento».

miércoles, 25 de junio de 2014

La Recolectora. Lectura sin vacaciones

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Nueve meses de lecturas compartidas. Comentarios cada quince días en la Casa Redonda. Mundo sin principio ni fin. Sin centro ni periferia. Sin espacio ni tiempo. Literatura. Son:
Cualquier tiempo pasado…, de Victoriano Crémer
Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald
Fiesta en el jardín, de Katherine Mansfield
Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra i Fabra
El amor de una mujer generosa, de Alice Munro
La metamorfosis, de Frank Kafka
Botchan, de Nausume Soseki
El intendente Sansho, de Ogai Mori
El país del miedo, de Isaac Rosa
Para una tumba sin nombre, de Juan Carlos Onetti
Sostiene Pereira, de Antonio Tabucci
Contrato con Dios, de Will Eisner
La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero
Las alas de mi padre, de Milena Agus
La abadesa de Castro, de Sthendal
El pentateuco de Isaac, de Ángel Wagenstein

Y las lecturas vinculantes. En torno del hogar cuando el tiempo es frío. Debajo del nogal cuando llega la primavera. Textos de: Janet Frame, Claes Andersson, E. L. Doctorow, J. M. Conget, Juana de Ibarbourou, Juan Gelman, Mo Yan, Levo Ivo, J. M. Coetze, Esperanza Ortega, Eugenio de Andrade…
Y el silencio. Y la música.

viernes, 20 de junio de 2014

Café(s)

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"el hongo la roya amenaza seriamente el modo de vida y la seguridad alimentaria de los que dependen de la industria del café, especialmente los pequeños agricultores”, reconoce la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (usaid).
Tomamos el café del viernes, edulcorado normalmente con el horizonte de libertad de cuando esperan dos días sin la obligación de los horarios laborales (aunque la Camarera tiene mucho que decir ante eso), pero hoy sabe un tanto amargo. La roya del café ‒Hemileia vastratrix‒ continúa destruyendo plantas en los cafetales de América. Tal vez un 30% de la cosecha. Afectando sobre todo a nueve países, en los que muchas familias dependen de este producto. Detectada ya en el siglo XIX, en Sri-Lanka, pasa en el XX a Brasil, Colombia, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras, Jamaica, Nicaragua, Venezuela. Los tratamientos fitosanitarios han tenido controladas las plagas, pero en los últimos años el problema se desboca: por la inmunidad que adquiere el hongo, por el cambio climático (al subir el calor en zonas altas), por la vejez de los cafetales, por dificultades para plantar variedades más resistentes…
Puede ser que unas quinientas mil personas emigren hacia el Norte rico, además de las que se vean sumidas en la necesidad. El hongo debilita a la planta, impide que madure el fruto y lo hace caer. Se propaga a través del viento.

¡Menudas metáforas para esta soleada mañana de viernes!

lunes, 16 de junio de 2014

Arte

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Después de comer un cuenco de orondas cerezas que no saben a nada, ojeo Lápiz.Revista Internacional de Arte, que va por su número 284, en el año treinta y tres de existencia (por supuesto ya disponible para iPad), y me entero de que la galería Knoedler, de Nueva York, pagó en el año 2001 a la marchante de arte Glafira Rosales 950.000 dólares por una obra atribuida a J. Pollock, Sin título, fechada en 1950. Seis años después, en 2007, el coleccionista Pierre Lagrange la compró por 17 millones (también de dólares), pero cuando quiso venderla en 2011, fue rechazada por las casas de subastas al dudar de su autenticidad (con buen ojo, pues los pigmentos resultaron ser posteriores a la muerte de Pollock). El asunto quedó en que la prestigiosa galería (activa desde 1846) cerró tras entenderse con Lagrange, descubriéndose que Glafira les había colado en los últimos años, además, unas sesenta falsificaciones de artistas de renombre universal.
¡Y yo que me quejaba de unas tristes cerezas! Pero el día está siendo provechoso, pues me he enterado igualmente (aunque no en Lápiz) que El Greco no pintaba por ser religioso ni por estar imbuido de la mística castellana ni fruslerías semejantes. Eso nos lo han contado nuestros intelectuales de principios del pasado siglo ‒Ortega, Unamuno o Cossío, e incluso la joven M. Nelken en Glosario y en El Fígaro‒ influenciados por el francés Maurice Barrès (1862-1923). Sencillamente era un pintor como la copa de un pino, que, por si fuera poco, transgredió en las formas y contornos, pero tuvo una feliz relación con los colores y con el mercado del momento. Vamos, que pintaba lo que le encargaban.

Ya que después de ver la muestra El cuerpo que me lleva del brasileño ErnestoNeto ‒que no todo son jugadores de fútbol‒ no me siento muy puesto en captar el diálogo en pie de igualdad entre su arte y el espacio en el que expone, me he provisto del libro de Saehrendt y Kittl, Arte moderno para inexpertos, y he terminado por no hacer sangre de las cerezas, pues ahí se narra una de las acciones de guerrilla cultural de Bill y James, después de que se hicieran millonarios con la banda KLF en los ochenta, en la que quemaron un millón de libras en una isla escocesa, logrando que permaneciera la ardiente pira durante una rica hora (de la que no se sabe qué pensarán ahora que se encuentran en la ruina).
[Slideshow, de Neto. San Juan, de El Greco].

miércoles, 11 de junio de 2014

Cadenas. Cartas desde la Tierra

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Memoria
Escucho siempre
tu eterno silencio
en la montaña.
Otros tiempos, otras horas,
dificultan el recuerdo.
«¡Fíjate, qué significativo, para pedir la independencia forman cadenas (humanas)!», dice Ana, la dueña del kiosko del Paseo, y en escasos minutos se forma un lío de aquí te espero en la Cafetería. En realidad, Ana es la que regentaba el kiosko en los años pasados, pues ahora está jubilada, con lo que puede tomarse el café sentada tranquilamente en el lado corto de la barra, y no llegar y salir corriendo con la taza humeante como hacía antes. A mí me resulta simpática, tiene esa visión de lo que sucede a su alrededor similar al del díscolo ángel twainiano que, desterrado por una temporada en este planeta, describía lo que aquí pasaba en las Cartas desde la Tierra que enviaba a sus celestiales compañeros (si así los podemos llamar, pues la Escolástica no consiguió discernir a qué sexo pertenecen).
La voz de la Camarera, aprovechando los respiros del personal (que le da su experiencia), nos ilustra: «Ya decía el káiser Guillermo, en 1914, que no existen proletarios en Alemania, sino el pueblo alemán. Y les contó que estaban rodeados por todas las partes, por lo que era necesario una actitud defensiva (lo cual corearon muchos intelectuales)». No estaba enterado yo de estos extremos, aunque algo me sonaba de los diálogos de Günther Anders con Hannah Arendt en La batalla de las cerezas el haber leído que varios filósofos tragaron el anzuelo.
Uno de la mesa violeta, próxima al ángulo del mostrador, pregunta a Ana: «¡Oye! ¿Por qué dices que es significativo lo de las cadenas?». Ésta apura el café con cierta pesadumbre al ver que se terminaba y dice: «Porque es un símbolo de la política. Les están señalando que, si la independencia llega, no se va a escapar ni el apuntador. Pero eso gusta al personal. Tienen empeño en que les aten corto. Es erótico». Y dijo esta última frase sonriendo y guiñando el ojo izquierdo mientras se balanceaba ligeramente en la banqueta.

[Los versos son de Salvador Espriu en Las horas. Ilustración de Kienerk, arte Liberty].

viernes, 6 de junio de 2014

Shubuti. Gozos y sufrimiento

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Cuando alguien pese mi alma en una balanza, me gustaría que encontrara solo el rastro de esa voluntad [de búsqueda]; una obsesión sin medida por desnudar algo en el corazón sombrío, atareado, perdido; por despertar al hombre único que se afana en el tiempo, que teje su tela de araña en el tiempo para cazar solo el espanto y el olvido. Recogía intuiciones por las calles ruidosas, en los rincones del templo y a la orilla del mar. Buscaba siempre, enamorado de una esperanza apenas presentida.
Shubuti es personaje de ficción real. En un monasterio birmano queda, algo mermado, el manuscrito en el que da cuenta de su vida desde que entra de niño en el recinto de piedra y tiene por maestro al Despierto hasta que sale, en la juventud, a vivir sus años de madurez en una localidad marítima, tomando un cuarto en el barrio de pescadores, acudiendo al mercado en el que trabaja de escribiente, accediendo a los goces de la amistad y de la sensualidad. Ya apagándose el deseo, retorna al lugar de la niñez y encara los afanes de los días como un juego, pues sabe que no existe lo que vemos aunque ello tiene necesidad de comenzar y terminar todos los días. En los campos de alrededor ve cómo las gentes trabajadoras tienen que soportar las exigencias abusivas de los tiranos de turno, provocando a veces revueltas, ante las que exclama:
 Cómo oponernos a la injusticia, a la ignominia de la miseria coexistiendo con el derroche. Los viejos códices nos enseñan que la historia se repite, volteando como una rueda siniestra. Los revolucionarios de hoy acaban siendo déspotas mañana, pero la rebeldía es un camino inevitable. / En el monasterio sabemos que el error fatal está en el corazón del hombre. Ahí se le debe buscar y combatir. Sin embargo, para derrocar la tiranía, la recta razón dice que las armas pueden ser necesarias también. / Y hoy hubiera deseado un cuerpo joven para lanzarlo a la batalla por un mundo con menos sufrimiento.
[Shubuti, traducción y edición de JesúsAller, Libros del Peixe, 2014. Uno de esos libros breves para días y días].

lunes, 2 de junio de 2014

Feria del Libro

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«Escribo en dos espacios –nos dice–. El primero es gozoso. Busco y reúno material que pueda servir para la historia que quiero elaborar. Es como sumergirte en la costa, en el agua turquesa atravesada por la luz, donde vas pasando junto a las rocas pobladas de coloridas algas, donde aparece una bandada de pececillos esquivos, donde te encuentras con los ojos de algo desconocido. Te dejas llevar por las invisibles corrientes que salen de lo profundo y, al tiempo, crees descubrir su sistema: su origen y su destino. Y llega el momento en que sientes que se va terminando el aire, que tienes que ascender para respirar, que tienes que ir enlazando todas esas imágenes, sucesos y sensaciones que suceden allí abajo para ti.
»Entonces entro en el segundo espacio. Este es doloroso. Solo con pensar en el volumen amontonado que espera ser puesto en orden, me nacen de diversas partes del cuerpo unas punzadas que me hacen inclinar hacia un lado y otro. Postergo el sentarme. Enciendo el portátil. Miro la hora. Lleno la lavadora como sea y la enciendo. Hasta que la Inconsciencia me sienta, me pone las manos en el teclado y van apareciendo en la pantalla palabras sin un destino específico, pero que sé que irán uniéndose hasta crear ese texto que busca terminar en unas hojas de papel.
»Después, un constante cambiar del gozo al dolor. Oasis en medio de ese trajín tan complicado que a veces resulta la vida. En ocasiones, descubrimiento de la pieza que encaja en el hueco que hace días quedó formado, y trae la explicación de lo que se creía inexplicable. Pocos momentos en la vida como estos de la iluminación; tal vez algunos del amor o de la revolución. Efímeros, pero… Encender el pabilo con mano temblorosa y dejar la palmatoria sobre la pila de documentos».

La Camarera y yo escuchamos absortas la inesperada explicación de quien la hace en la terraza, bajo los plátanos de primavera, ante las casetas de la Feria del Libro.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Tiempo para la virtud o el mérito

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Porque, ¿dónde habrá, aquí en este mundo, una materia de especulación más hermosa, una más agradable visión contemplativa, que la de una acción bella, proporcionada y apropiada? ¿Hay acaso alguna cosa que alegre más sólida y definitivamente nuestra conciencia y nuestra memoria?
Es Shaftesbury (1671-1712) una mente precoz. Al igual que lo había sido Étienne de La Boétie (1530-1563). Pronto comprende cómo está formándose la sociedad. A los 24 años manifiesta que hace ya alguno tiene redactado lo esencial de su obra Investigación sobre la virtud o el mérito, en el que señala que se avecina un vuelco de los tiempos, una coyuntura en la que el absolutismo quedará vencido, dando paso a una sociedad más comunera. Ciertamente, que se producen cambios desde entonces en Europa. El feudalismo y el totalitarismo ceden, pero a costa de instalarse el principio de la desconfianza y el de la reserva. El puritanismo deja una profunda huella.
El niño Anthony Ashley se educa desde los tres años con el filósofo Locke, que tiene buen cuidado en buscarle una nurse que le habla en griego y latín, por lo que, a los once años, se desenvuelve con soltura en los idiomas clásicos. Su abuelo es campeón de los Comunes ingleses, que protagonizan la segunda revolución inglesa en 1688, dando paso a las libertades (religiosa, de reunión, jurídicas, etc.), en la que el nuevo rey le ofrece a Shaftesbury un puesto en el Parlamento, al que el joven de dieciocho años declina, pues quiere entregarse al estudio (lo que lleva a cabo durante cinco años). Ya en el Parlamento, en 1695, vota según la idoneidad de las proposiciones y no según la disciplina de partido, pues está en política «por su amor a la justicia, a la fe, a la honradez, a la promoción de lo público».
Leer (o releer) sus 315 párrafos lleva su tiempo. Tal vez el que ya no tenemos. Para concluir que «así, pues, la sabiduría de lo que rige y es primero y principal en la Naturaleza, hizo que el trabajar por el bien general esté de acuerdo con el interés privado y el bien de cada uno».

viernes, 23 de mayo de 2014

Los puentes de Sthendal

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"Fuera de aquí, yo gobierno y ‒lo confieso para mi vergüenza‒ encuentro algún placer al hacerlo; a vos me someto como un esclavo, pero con un placer que sobrepasa con mucho al de gobernar fuera de aquí. Estoy bajo la influencia de un ser superior; aunque lo intentara, no podría obedecer a otra voluntad que a la suya, y preferiría verme durante toda la eternidad como el último de sus esclavos a ser rey lejos de sus ojos" [Le dice el joven obispo de Castro, Cittadini, a la apuesta abadesa de la Visitación, Elena, en la obra de Sthendal, La abadesa de Castro].
El blanco continúa en el verde. Los pan y quesitos de las acacias llenan el vuelo de los paseos, en los que el viento de estos días cubre el suelo con sus pequeños pétalos, aumentando la alfombra con los milanos de los chopos, renaciendo en cada claro de lluvia. Aun cuando los castaños y los espinos van apocándose, comienzan a salir las flores del saúco. Fácilmente, las preocupaciones dan respiros en los que contraer el síndrome de Sthendal.
La obra de Sthendal (1783-1842) puede hacernos transitar hacia la realidad, pues ya definió su literatura como espejo de la misma. Realidad a la que acudimos sin prejuicios, dejando que sus personajes nazcan, se desarrollen y mueran porque sí, porque el tiempo les lleva a ello. El autor, además, se permite entrar en estas historias para ahorrarnos cientos de aburridas páginas, pues la vida es elipsis, movimientos inesperados, uniones que no se encuentran, mujeres que se disfrazan de monjes, ramo de flores con sangre, madre que miente por el gobierno de la hija, bandidos admirados… Y Elena, Elena, Elena que abraza a Julio.

Detrás del cristal que para el viento de esta tarde, escucho las notas de Adams, otro puente hacia el amor de los cuentos.

lunes, 19 de mayo de 2014

Musas en el viento (con alergias)

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Canta, oh Musa, la cólera aciaga de Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.
Cada vez tengo un mayor convencimiento de que las alergias ‒tan usuales en estos modernos tiempos‒ están provocadas por las musas. Vamos, no es que nos deseen molestia alguna, sino que reaccionan ante el descuido en el que las tenemos. Como su aliado, utilizan el viento, que ha sido siempre su camino ‒pneuma‒ preferido para llegar a la mente humana. Solo hay que estar observando tranquilamente una arboleda en estos días primaverales para ver sus ramas entrecruzarse y comprobar los milanos y flores de castaño que desprenden directas hacia el suelo, hacia nuestro territorio, en diagonales racheadas.
El Canto (o la Voz), la Meditación y la Memoria fueron las tres primeras musas en llegar a este efímero mundo. No se llevaban demasiado bien con las sirenas, así que pronto partieron peras y se instalaron en los montes, bañándose en fuentes y arroyos. Desde entonces han procurado susurrarnos al oído el modo en que nuestro discurso adquiera una elegancia que lo haga presentable en cualquier foro. Pero, qué se yo, según me han dicho, no se sienten atendidas últimamente y, de ahí…, las alergias.
De ahí ‒para aplacar su irritación en lo posible‒ que llegue a las librerías la traducción (ya del 2013, por Herder) de Ilíada y Odisea, el manga, ideado y publicado en Japón por vez primera. Al parecer, les ha gustado el detalle. Recordar Reflexionar Hablar.

jueves, 15 de mayo de 2014

¿Madurar? (Paredes de Salamanca)

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Tomaba el café mañanero el pasado sábado divagando por entre los artículos contra la censura y el incorrecto uso del lenguaje de Larra (1809-1837), allá en Calle del Rector Tovar de Salamanca, delante de uno de los grandes ventanales de que dispone la cafetería de nuestro Fígaro cavilando si ‒en su honor‒ tomaría también unos churros lo que descarté al no haber pedido chocolate, cuando me llamó la atención una pintada que había en el edificio de enfrente (que comparte calle con el colegio Francisco de Vitoria), en la que simplemente se leía ¿madurar?, escrito a tiza o yesón.
Se disiparon mis deseos de acompañar el brebaje y me fijé detenidamente en el mensaje (pues así me pareció aquello), adornado con una serie de elementos: un corazón, una nube, una flor, un sol. Y debajo Lucy y. Mucha atención. Alguien hablaba públicamente a otra persona y deseaba dejar constancia ante el resto de ello. Podría haber vuelto la vista unos años atrás y “deducir” que… Pero preferí contemplarlo ‒suele obtenerse más de la contemplación que de la búsqueda o la persecución‒ como a este nuevo día. Tal vez sea de alguien que termine en la política o en la revolución. Tal vez sea la primera voz propia de una larga existencia reflexiva activa. ¿Qué te parece?
Esta otra sí que la entendí. La (madura) pareja que caminaba delante de mí traducía con mucha seguridad: «Aquí fue el señor mmmm Antonio Nebrisense muy importante que velaba para las barbaridades; bueno, más o menos».
En Calle Libreros, algo más adelante que este Vitor dedicado a Nebrija, batallador contra la ignorancia, se encuentra un tercer mensaje en lo que es un local que no acaba de cuajar como bar:

Riqueza de las paredes.

viernes, 9 de mayo de 2014

Alas de literatura

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«Pues a mí eso no me parece literatura», dice Laura, que se ha sentado conmigo en la cafetería esta mañana. «¿Qué quieres que te diga?», interviene la Camarera, «no hay reglas para dictaminar si algo es literatura o no lo es». «Ya, pero, fíjate, en las treinta páginas que llevo leídas aparece trece veces la palabra magia, lo cual no me resulta muy elegante en la narración de un texto. Creo que magia es de esos vocablos de los que no hay que abusar; se ha convertido en un término comodín; cuando escuchas programas de televisión o radio para niños o en los cuentacuentos, todo es mágico. De tanto utilizarla, pierde sentido y valor». «¡Mujer!», vuelve la Camarera, «hay que tener en cuenta que es una historia en la que se da por sentado que quien narra es una preadolescente, y tiene que darle un aire”. “¡Ya, preadolescente!”, salta Laura, «y habla de Leibniz o de Walter Benjamin como si desayunara con ellos todos los días. O cuando cita frases de su abuelo; ¡mira esta de la página 40!: “Dice que son heroicos oponiéndose a su modelo familiar y encarnan la diversidad necesaria para que el mundo mantenga el equilibrio”. Ni yo misma me suelto con semejante discurso. ¡Para que luego digan que la gente joven adolece de comprensión lectora!».
La verdad que a mi el libro no me disgusta (ni la compañía de la que disfruto ahora, lo que creo que adivinan aunque no diga nada). Está lleno de imaginaciones y, si te abres, sientes que te recorre una corriente marina que deposita caracolas sobre la piel, una brisa azul que sosiega. A todo esto, se trata de Las alas de mi padre, de Milena Agus. Lo demás, eso de si sus páginas son literatura o no lo son, no me interesa demasiado en esta época en que me asomo a la ventana por las mañanas y en los atardeceres para escuchar a las golondrinas.
Son las preguntas de nunca acabar. ¿Qué es literatura de calidad? ¿Qué hace que un libro tenga éxito? ¿Es necesario el reconocimiento?