domingo, 2 de octubre de 2016

Sonetos expansivos (elección)

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¿Qué autor/a no desea que su obra salga de sus libros, se derrame por caminos, pechos o recuerdos? Aunque fuera en recorrido silente. En la bibliografía francesa hay intentos múltiples de ello. Rabelais con sus Gargantúa y Pantagruel; Voltaire con la obsesión creadora; Mallarmé, emulando a este su maestro. Pero es Raimond Quenau quien consigue la obra más extensa de la literatura al componer en 1961 Cent mille milliard de poèmesCien mil millones de poemas‒, en la que incluye 10 sonetos troquelando sus versos uno a uno, con lo que pueden combinarse todos con todos (o sea, 10 al 14).
            No es broma. Una persona que leyera un verso por minuto (sin descansos para comer, beber o dormir) tardaría no menos de doscientos millones de años en ello. Son alejandrinos, con sus hemistiquios, sus cesuras, sus sinalefas. Cuyo sentido se renueva en la conexión universal que circula por sus venas.
            Precisamente, es Mallarmé el que dice que quien lleva a cabo una idea innovadora por primera vez es un genio, y quien lo hace por segunda es un imbécil. No hay para tanto, claro. En el cincuentenario de la publicación que nos ocupa, se elabora otra obra similar en español, en este caso coral, que invita también a la combinación de sus versos. Son tres autoras ‒Adón, Agudo y Valero‒ y siete autores ‒Doce, Reig, Aramburu, Irazoki, Auserón, Azpeitia, Molina Foix‒, quienes componen un soneto (editado por Demipage y apoyado por Hotel Kafka). Cien mil millones de poemas. Con la invitación a que quien lo lee para que elija su propio soneto. El mío es:
Hay música de lobo en las calles de enero
Sus letras son de un hombre que en mi mente camina
La sangre riega el torso la luz ríe y declina
Mestizo el malestar, deviene en aguacero
Ahora me pregunto si acaso es el dinero
El alma es solo hierba, granos de arena fina
El cuerpo, pan mojado, se ha vuelto luz mezquina
Se esparce el fruto amargo en forma de aguacero
Acercarse, con prisa huir de lo adyacente
Las torres de vigía propagan la advertencia
Como el ritmo del mar, contrario al continente
Si solo fuera helada la fraterna indolencia
El regalo forzoso al bello indiferente
No está en venta el paisaje que inventó la carencia

lunes, 26 de septiembre de 2016

Esperanza (sin optimismo)

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La esperanza fluye eterna en el pecho humano;el hombre nunca es, pero siempre espera ser dichoso
No hay quien se dedique a la filosofía, ensayo o psicología –a teorizar, claro–, que no se ocupe de la esperanza. Ya las obras literarias de la antigua Grecia la contemplan y, por lo general, la tienen como una calamidad, lo que recoge una parte del pensamiento moderno. Si Platón considera que puede extraviarnos o Eurípides la tiene por maldición para la humanidad, Tomás de Aquino señala que abunda en los jóvenes, los borrachos y los locos incapaces de razonar, y Byron la considera una prostituta demacrada. Será, pues, una agradable compañía, pero deficiente consejera; una delicia con la capacidad de inocularnos la amnesia suficiente como para olvidar la frustración y vacuidad que nos deja, proceso al que denominamos existencia humana.
Falsedad fecunda. Tan distinta del deseo. Tan distina de la convicción, de la fe («un creyente es alguien que está enamorado», escribe Kierkegard). Tan distinta del optimismo (una forma de fatalismo, en la misma medida que el pesimismo). Conlleva ambigüedad: un objeto en el horizonte (ya conocemos la definición de Paul Ricoeur, «esperanza es la pasión por lo posible»); una dosis de autoengaño, impulsora de tantas acciones en nuestras vidas, a las cuales sustenta como si estuvieran en la realidad. Lo único que hay cierto es su existencia. El resto se confía a lo que llegue, a lo que traigan los días, en notable medida porque participa de la creencia paulina de que la esperanza «penetra más allá del velo».
Terry Eagleton en el recomendable Esperanza sin optimismo (2016) clama contra la construcción a la que nos somete la industria del pensamiento al sustituir el témino esperanza por el de optimismo, dejándonos en manos de la ingenuidad, la jovialidad, el idealismo o la adhesión a la doctrina del progreso (a lo que contribuyen las teorías de autoayuda y el actual cristianismo). Y propone la esperanza surgida de la reflexión y el compromiso, surgida de la racionalidad, cultivada mediante la práctica y la autodisciplina, que reconoce el fracaso y la derrota pero se niega a capitular ante ellos.
¿Es posible la esperanza? ¿O solo es nostalgia del pasado? Karl Kraus escribe que «el mundo es simplemente una senda errónea, tortuosa, desviada de vuelta al paraíso». Aquí, no obstante, continuamos escribiendo

martes, 20 de septiembre de 2016

Umbrales (cambios en los caminos)

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¿Cómo olvidar esa mañana
en que asaltaron mi pecho
las mariposas?
Aunque no sea muy frecuente, sí que es posible toparse con textos literarios que son concebidos en un estado especial. Pareciera que las autoras o autores fueran tocadas por alguna musa que transportara a su hacedor a espacios desconocidos hasta entonces y que le dictara las palabras a escribir, o bien que despertara una facultad creadora inusual en ellas/os, que les lleva a elaborar obras de un tirón.
Es el caso de Alma, de Manuel Machado (¡Que las olas me traigan y las olas me lleven, / y que jamás me obliguen el camino a elegir!), o de El guardador de rebaños, de Alberto Caeiro, es decir, Fernando Pessoa, en lo que se tiene por uno de los momentos de gracia de la poesía (Yo nunca guardé rebaños / pero es como si los guardara). Y lo mismo le sucedió a Claribel Alegría (1924) con Umbrales, el libro al que le pertenecen los versos que inician esta anotación.
Claribel estaba muy unida a su marido, el escritor y periodista Darwin J. Flakoll, Bud, incluso firmaban colaboraciones como Claribud. En una época en la que este se recuperaba de una enfermedad, en 1992 ‒él muere tres años más tarde‒, Claribel siente una alucinación al entrar la noche y comienza a dictar el largo poema de Umbrales, en el que suceden los cambios que desgarran nuestra vida. Durante unas horas habla los poemas y Bud los va transcribiendo. El resultado es un libro duro y entrañable, en el que logra su pretensión literaria: ser transparente sin resultar banal.
Aquí está su compromiso con lo que le rodea (Vallejo, España, Hiroshima, El Mozote, Tenancingo, etc.) y su mundo mítico (Deirdre, Lilith, Kukulkán), incluido Merlín, que extrayendo de la manga su varita
dibujó en el polvo
un pajarito renco.
«Es como tú»
me dijo
«si aprendes a volar
vas a morir mejor»

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Caligrafías en la mañana (Arquitectura)

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Las golondrinas se han marchado y las garzas, de camino, mojan sus patas en el Arlanzón. La furiosa lluvia de la tormenta ha lavado las hojas de los árboles, todavía con los milanos de julio, y ha dejado regueros de paja en las sendas de El Parral. ‒«Poco a poco me enamoré de ti», canta el picapedrero de la tapia‒. En la rotonda de los tilos, la compañía ambulante está montando la carpa, algo sorprendida por esta fría mañana. Al abrir la ventana de la sala de lectura, se agradece el saludo del gallo. Hay que encender el ordenador.
Múltiples segmentos de día, pues. La mañana se asemeja a los variados  volúmenes arquitectónicos asimétricos que confluyen en una unidad reconocible, en lo que puede llamarse poética de la arquitectura. Así en Resonancias orientales en la obra de Juan Navarro Baldeweg (2014), de Ramón Rodríguez Llera se aprecian sus geometrías desplegadas en la naturaleza conformando una topografía singular, en la que no faltan las atalayas interiores desde las que otear el panorama exterior, cromadas las superficies por luces que buscan su puesto. Caligrafías constructivas.
Hiroshige (1797-1858), maestro pintor del mundo flotante, vuelve en las creaciones pictóricas y arquitectónicas de Baldeweg (1939). Los paisajes del ukiyoe, los kimonos orlados, la delicadeza del grabado xilográfico, que interpreta la naturaleza a través de la madera, llenando los objetos de matices, en el que siempre está el ser humano presente. (Conocida es la influencia de este artista sobre el impresionismo y el modernismo occidental a través del japonismo).

L’Empire des Signes (1970), de Barthes, puede ser una de las obras más lúcidas sobre la cultura japonesa. El autor occidental afirma la incapacidad nuestra de comprender lo oriental. En todo caso, lo único que nos es dado percibir es «un imperio de los signos que proporciona una emocionante desorientación mental».

jueves, 8 de septiembre de 2016

Yelena. Servidumbre de la gleba

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Se dice que la serie Relatos de un cazador, iniciada por Turguénev en 1847 en la revista El Contemporáneo, influyó en la decisión del zar de Rusia Alejandro II de emancipar a los siervos de la gleba (lo que sucede en 1861, en lo que tuvo que ver algo la industrialización pendiente). Es demasiado hermoso como para no prestarle nuestros oídos. La literatura influyendo en la sociedad de esa forma es algo que no se nos ha dado conocer. La gleba, la tierra cultivada, el terrón levantado ligaba a estas fincas a quienes trabajaban en ella ‒descendientes de los primitivos abrigados altomedievales y, hacia atrás, de la esclavitud‒, impidiendo su emigración, para salvaguardar los intereses de la aristocracia terrateniente.
No es que Iván S.(erguéyevich) Turguénev (1818-1883) fuera un revolucionario, pero había estudiado en Europa, empapándose de liberalismo y, además, poseía el don del realismo descriptivo, por lo que su obra reflejaba la dura situación de lo que veía.
Leo ahora En vísperas, su tercera novela, de 1860, y me complace saborear la figura de Yelena, protagonista de este relato, que «a veces no se comprendía; incluso se temía»; que, observando la miseria de su alrededor, se conmovía y «la angustia de su alma agitada se ponía de manifiesto en su calma externa»; que no disminuían sus exigencias ante nadie, «incluso en sus oraciones más de una vez incluía algún reproche»; que no guardaba la sumisión que se le suponía, ya que «se había criado de un modo extraño: al principio adoraba a su padre, después se encariñó apasionadamente de su madre y, más tarde, se enfrió con ambos». Era alta, tenía el rostro pálido y moreno, ojos grandes y grises rodeados de pecas diminutas bajo… «En todo su ser, en la expresión de su cara, atenta y un poco temerosa, en su mirada clara pero cambiante…».

Hubo críticos que saludaron la salida de la novela, señalando que Yelena era esa joven Rusia que estaba por llegar. Literatura rusa del diecinueve.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Rastrojos de fuego en Castilruiz

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Deambulo en el arrebol de las tardes por los caminos de Castilruiz en estos días del pasado agosto. Las golondrinas llegan hasta los rastrojos y sobrevuelan a lo largo de los riachuelos que se forman en el barranco y en el abrevadero de las ovejas para beber, pues la balsa se ha secado este verano, seguramente porque los arcaduces se han deteriorado en algún tramo subterráneo desde el manantial. Por la carretera se ven grupos de mujeres andando ligeras, atendiendo al consejo médico de cuidar el colesterol.
En el bolsillo llevo la historia de Adama, la adolescente que, acompañando a dos de sus amigas, han provocado fuego en uno de los edificios del extrarradio en el que vive, por una de esas circunstancias banales que suelen aparecer en la vida de quienes no tienen fácil la supervivencia. Vino al continente con su padre, recién nacida, escapando de una masacre y ha quedado encerrada en un negro futuro. Su padre, paciente luchador, sabe que muere con ella, ahora sí abocado hacia el cementerio de su alma.
Fuego por fuego es el libro que más huella me ha dejado de los leídos en este verano. Su autora, Carole Zalberg (París, 1964), ha construido dos voces que, «transformadas por una energía al filo de la navaja, expresan el abismo que las separa». Una redacción concisa, un estilo preciso, un modo que busca sorprender, sacarnos del placer de la lectura, sumiéndonos en eso.
Dichoso septiembre.

viernes, 12 de agosto de 2016

Gente menuda

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Estos días son distraídos, sin concentración. Los tiempos de lectura, cortos y, además, los libros cambiantes dependiendo de los momentos, aunque sin criterio especial. Así que me acerco a la biblioteca del barrio para ver qué puedo llevarme. En la mesa de novedades resalta uno ante mis ojos: Fuego por fuego. No es voluminoso: 76 páginas, letra de tamaño notable para lo que suele ser habitual «al menos un cuerpo 14», me digo. No conozco a su autora, Carole Zalberg, leo en la solapa que es una poeta, letrista y novelista francesa nacida en 1964, impulsora de talleres de escritura en el ámbito escolar y de proyectos teatrales. Esta es su séptima novela, las cuales comienza a publicar en 2005, iniciada la cuarentena, así que es una candidata perfecta.

El segundo –…Y más allá de mi vidaserán poesías de un escritor de la tierra, Jaime Alejandre, nacido en Las Huelgas (Burgos), en 1963. También novelista, escritor de teatro e, incluso, de un libro infantil y de otro de calambures. Está unido a varios proyectos editoriales –Evohé, El Periscopio, Cuadernos del Laberinto–, entre ellos alguno de literatura heterodoxa (pues si no, quién vende en este país). Lo completo con otro y, para ir sobre seguro, tomo La sombra del otro mar, de Joan Margarit, con ilustraciones (también “poemáticas”) de Josep M. Subirachs, (Ni en la literatura ni en la música / tiene su origen mi romanticismo: / más bien en la humildad / de los buques correo y mercantes).

Vaya también en el equipaje algo desenfadado. El cómic El Bosco, de Marcel Ruijters, lleno de agradecimientos a fundaciones neerlandesas y personas varias, por lo que parece que ha tenido una cuidada investigación del pintor y de su época. El siguiente me ha hecho estar un rato dudando, pero al final he picado: Mr Smith y el paraíso, de Georg von Wallwitz. Digo que dudaba, pues es algo sesudo. No obstante, no me resisto a leer algunas líneas este mes sobre la invención del estado de bienestar. Tal vez aclare algunos asuntos. En todo caso, me da que merece la pena.

Y finalizo con Umbrales, de Claribel Alegría. Releer «La ceiba», «El río» u «Ojo de cuervo» cabe en cualquiera de los momentos de las pausadas horas de agosto.

Ya veremos a final de mes cómo vuelven las palabras de estos desahogados libros.

viernes, 5 de agosto de 2016

Improvisación de agosto

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Cuenta las almendras,
Cuenta lo que era amargo y te tuvo en vela,
Cuéntame en medio de todo aquello.
Había pensado elaborar esta entrada con el libro Muerte de un silencio, de Clémence Boulouque, pero no me ha enganchado lo suficiente como para disolverme en sus páginas, y eso que la (su) historia es merecedora de atención. No entro aquí a explicar las razones de esta actitud mía (pues la de la autora ha merecido el elogio de la crítica de los medios). Sencillamente, en el protocolo, aporto a esta bitácora la cita con la que se inicia el libro, de Paul Celan, y dejo igualmente la de Ósip Mandelstam, con la que concluye (El paso que nos lleva quedará demasiado lejos. / Inmortales, las flores. El cielo permanece entero. Y lo que ocurrirá no es más que una promesa).
Del mismo modo procedo ante los textos teatrales de Angélica Liddell, El matrimonio Palavrakis, y ese epílogo esclarecedor que inserta como Lesiones incompatibles con la vida, ante las que me siento demasiado débil en esta temporada para afrontar con entereza o lucidez (Mi cuerpo es la crítica y el compromiso con el dolor humano. / Quiero que mi cuerpo sea estéril, como mi sufrimiento. / Mi cuerpo es mi protesta. / Mi cuerpo es mi pesimismo. / Gracias al pesimismo puedo hacerme preguntas. / Las familias se comportan con soberbia, pensando que su prole va a ser distinta, que sus hijos nunca van a traicionar como nosotros hemos sido traicionados, que sus hijos nunca van a dañar y a ser dañados, que los reveses de la vida sin duda van a ser menores y que sus hijos jamás van a ser culpables de nada. / Mi cuerpo es mi protesta contra las grandes esperanzas de los padres, contra las grandes pretensiones de los padres. / …).
Pero es demasiada derrota para estos días luminosos. Escuché el sábado en vivo una hermosa versión de Ständchen, de Schubert. No está (tal vez, por fortuna) en la red, pero quede esta:

Salud.

sábado, 30 de julio de 2016

Gitana romaní (Zoli, Papusza)

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No dejo de sorprenderme ante la extensión de mis ignorancias. Tan amplias como los horizontes por los que transitaban y vivían los tabor gitanos a lo largo y ancho de Europa. Y una de ellas –de mis ignorancias− es la de la cultura escrita de esta etnia, ya que estoy en la creencia de que son creadores y deudores únicamente de tradiciones orales.

Algo ha cambiado esta suposición desde que leí Zoli, de Colum McCann. Una historia situada en la Eslovaquia de la primera mitad del siglo veinte, incidiendo en las situaciones generadas durante la segunda guerra mundial y el posterior régimen socialista de la zona. La protagonista de la obra novelada es una mujer gitana, de nombre Zoli Novotna, que aprende a leer a instancia de su abuelo, con el que se cría, lo que añade a su facilidad para cantar y crear canciones de su pueblo. Las circunstancias hacen que el régimen aproveche su figura para asentar a los numerosos grupos romaníes errantes, lo cual lleva a su protagonista a situaciones límite (que aquí no vamos a desvelar).

Zoli encarna en la novela lo que fue en la realidad Bronislawa Wajs (1908 ó 1910-1987), nombre polaco de Papusza, ‘Muñeca’ (cuya historia presenta, a su vez, Isabel Fonseca en Enterradme de pie; y es llevada al cine en 2013 por Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze). Sus poemas fueron publicados en varias revistas y recogidos en libros (entre ellos, The Roads of Roma. A PEN Anthology of Gypsy Writers, de 1998), llegando a ser incluida en 1962 en la Unión Polaca de Escritores. Alguien tenía que pagar la desesperación de un pueblo cuya vida estaba siendo extinguida por la ley.

Nadie me comprende,
sólo el bosque y el río.
Aquello de lo que yo hablo ha pasado todo ya,
todo, y todas las cosas se han ido con ello...
Y aquellos años de juventud.



Los caminos, los bosques, los ríos, los oficios… –¡qué se yo!– se cambian por la escolarización y los bloques de viviendas.

sábado, 23 de julio de 2016

Helena o el mar de verano

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En tu país no hay luz / desde que tú viniste aquí
«Ha salido el 52», me dice la Camarera. De vez en cuando jugamos a ver quién acierta la procedencia de la gente desconocida que entra en la cafetería. Llevaba perdidas cinco, así que me tocaba “pagar”. Sacamos un número del 1 al 100. Es el año del que hay que elegir un libro para comentar (Puede ser del siglo que prefiera a quien le toca). Como no tengo mucho tiempo libre esta temporada, elijo uno breve, de unas cien páginas, del pasado siglo: Helena o el mar de verano.
Es una obra que me cautiva y, al tiempo, me sume en la contradicción. Julián Ayesta (1919-1996) pertenece a una conocida y pudiente familia asturiana, y colabora con el franquismo desde sus inicios, siendo embajador de España ya en los años cuarenta. No obstante, releyendo este delicioso texto en los tiempos presentes, pudiera pasar por ser una crítica encubierta al oscurantismo de las situaciones que propiciaba la dictadura, especialmente en ambientes religiosos.
Sorprende que sea la única obra novelada del autor, más dedicado al teatro, pues muestra una facilidad grande al describir escenas y paisajes, siendo capaz de pintar espaciosos lienzos con breves trazos. Es el paso de la adolescencia, en tierras de Asturias. Con constantes referencias a la tradición, a las canciones (Si viviera el tu padre, que yera tan buenu, / collarinos de plata llevares al cuellu... / agora no, mio neñu, agora no; / agora no, mio neñu, agora no) y a los textos clásicos, especialmente a Virgilio (Fortunate senex! Hic inter flumina nota / et fontes sacros frigus captabis opacum...). Y a Helena...

Aumenta su atractivo (para mí, al menos) el fuera Ínsula la primera editorial que lo publicara, allá en 1952, teniendo después 61 reediciones (incluidas las traducciones), varias de la mano de Jaume Vallcorba, así la de Sirmio, de 1987 (Paene insularum, Sirmio, insularumque / ocelle, según reza Cátulo).

viernes, 15 de julio de 2016

Regalo (tierra y danzas)

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La llegada de julio a la meseta castellana supone la estancia temporal en días calurosos con algunos brotes de zigzageantes tormentas. Subiendo a las Merindades burgalesas todavía es posible dar con la lluvia suave de las verdes montañas que rodean el pantano de Ordunte. Allí, en Ribota, está El Tilo, la casa salón para cuerpos inquietos para mentes interrogantes para espíritus sosegados; vergel de especies plantadas con un gusto tal que las flores son su fruto, que los frutos son sus flores. Cuca y Javi llevan los bailes y la comida a quienes llegan de Algeciras a Barcelona, pasando por Murcia, o de Logroño, Valladolid, Burgos, Durango, Madrid, Zaragoza y Soria.
Allá estuvimos el primer fin de semana de este mes juliano reinventando las herramientas más poderosas de que dispone la humanidad: la comunicación, el grupo, las miradas, las palabras, la danza, el sudor, la concentración, el ejercicio, el sosiego… Tres días sin televisión, sin apenas cobertura (hay que subir a la zona del pilón de la aldea), sin periódicos. Con las danzas ancestrales de Grecia, con las más modernizadas de Israel, Macedonia o Rusia, con el yoga de Marta.
                                                
Las magnolias crecían ante nuestros ojos. Hablamos de la destrucción de la habitabilidad de la tierra, de la regeneración unida a la fertilidad, de la unión con la naturaleza. Los versos curvos de Jesús Lizano, los de Julian Beck sobre la violencia, los pasos ‒voy que no voy‒ unían cuerpo mente y espíritu. En una obra de Hoffmannsthal, la muerte termina por decir al protagonista:
Qué maravillosos son estos seres;
que lo que no es interpretable sin embargo interpretan;
lo que jamás fue escrito, leen;
soberanos ordenan lo confuso
y encuentran caminos incluso hasta lo Eterno-Oscuro.
Son los regalos que, sin consumir, podemos hacernos.
[Continúan las Danzas sinfronteras del 13 al 20 de agosto en Navamorcuende, Toledo].

domingo, 10 de julio de 2016

Jade

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Las palabras pueden medirse, olerse, pesarse… Podemos levantar el libro, volcarlo y, entonces, extender las palmas de las manos esperando que caigan sobre ella. En breves instantes van llegando, bien como plumas que se posan en la piel alegre bien como tallos de rosal silvestre dejando rasguños inevitables. Nada sucede en nuestras vidas que no esté presagiado en la pizarra del espacio. La ceguera nos ayuda a conocerlo.
Algunas mujeres (vietnamitas) eligen las pulseras de jade como su joya. Comparable a los diamantes. Dan la medida de la calma, de la solidez dentro de la aparente fragilidad que proyecta la superficie lisa de su curva. A ella puede acudirse cuando se siente inseguridad, incluso cuando se tiene miedo. Puede que una madre decida ponerle una a su hija. La cual, fácilmente, deja que la muñeca crezca en su interior hasta el punto de que no pueda salir al hacerse mujer. Jade de por vida.

Ahí, en la piel cambiante, adquiere su tonalidad oliva joven o liquen, en un proceso único, acrisolado en los latidos de su poseedora. No se raya ni absorbe calor. Pero sabe de los amamantamientos, de ira desechada y de las manos que se acercan –tan distintas– desde el exterior.
En Vietnam nace su poesía cuando nace la nación, en un río (de la boca de Li Chueh y Do Phap Thuan; una historia para contar en otro momento):
¡Ahí: gansos salvajes, nadando lado a lado,
mirando hacia el cielo!
Plumas blancas contra un azul profundo,
pies rojos ardiendo en olas verdes.

Jade en nuestro cuerpo.

lunes, 4 de julio de 2016

Alimentos

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Me cuesta pasar a la fruta de verano. La naranja, para mí, es la reina indiscutible de los meses invernales, acompañada de la manzana –¿adónde quedan esas reinetas que no se echaban a perder?– y de alguna que otra pieza exótica, además de las peras o uvas ocasionales. Pero, a partir de junio, comienzan mis titubeos delante de los coloridos mostradores hasta decidirme hacia el melón o el melocotón, que no saben a nada. Reconozco que ante algunos libros me sucede algo parecido. Necesito pintarme una puerta para dejarles paso y, después, hacer un hueco dentro de mí para que se recuesten.
Es lo que me ha sucedido con Mãn, de Kim Thúy. Nacida en Saigón en 1968, escapa de Vietnam en una barcaza de refugiados diez años después, terminando por asentarse en Montreal. Después de ejercer varios oficios, es propietaria de un restaurante y crítica gastronómica. Y es precisamente esta faceta lo que no me atraía del libro, pues la tengo por actividad bastante superficial de la especie humana, si se dedica a ello la vida. Pero… (a pesar de la cubierta ilustrada al efecto) le di paso. Y me gusta.
Claro que no es un texto de sibaritismo ni de mira la guía. Es un texto de manjares. Destila la delicada energía que le aportan los personajes que discurren por sus páginas, apenas esbozados, pues se compone de pequeños capítulos –titulados con una palabra o expresión breve, cortos tragos que te producen una ligera borrachera, una desorientación momentánea, casi dulce, que alimenta un tembloroso fervor hacia sus sonidos– que van tejiendo la trama. La realidad de alguien desplazado desentrañada en la cocina. Los valles del lejano pueblo en el sorbo de un bol de sopa. El sigilo de los «sabores que pasan casi desapercibidos a fuerza de permanecer en su sitio».

Según suele ser corriente en esta literatura orientaloccidental, aparece una novela francesa: Una vida, de Guy de Maupassant. Y poesía vietnamita: Hacia ti traigo en ofrenda / el poema que no he escrito, / el dolor hacia el que me tiendo, / el color de la nube que no he conocido, / los deseos del silencio.

miércoles, 29 de junio de 2016

Calor, tiempo (y suicidio)

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El verano es una época excelente para el estudio. No se tiene el agobio de las actividades obligatorias. Puedes dedicar los esfuerzos a lo que te atrae. El resultado suele ser un premio impagable: la belleza, envuelta en sonatas, escritos o fórmulas científicas. La comprensión de algún aspecto de (nuestra) la naturaleza. «Y unos ojos nuevos para ver el mundo», tal como dice Carlo Rovelli en Siete breves lecciones de física (2016).
Precisamente, leyendo este libro, me entero del suicidio de Ludwig Boltzmann, allá por 1906 en Duino, localidad cercana a Trieste, cuando se hallaba de vacaciones, después de que nos dejara una explicación de cómo funciona el calor, la que no se tomó muy en serio en su momento, siendo que poco después la conocida como su constante deviene en pilar fundamental de la termodinámica. Y es que introdujo el concepto de probabilidad para explicar por qué el calor pasa de los cuerpos más calientes a los fríos (y no al revés); constatamos que es así, pero no conocemos por qué; podría ser al revés.
Al desaparecer su ser, tal vez pensara en las palabras de Einstein enviadas en una conmovedora carta a la hermana de Michele Besso, su amigo, cuando este muere: «Michele ha partido de este extraño mundo, un poco antes que yo. Eso no significa nada. Las personas como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre pasado, presente y futuro no es otra cosa que una persistente ilusión».

La ignorancia nuestra hace que expliquemos algunos fenómenos desde la pálida imagen que captamos de la realidad. Es, al tiempo, el ingrediente que alimenta la curiosidad, esa cualidad que nos mantiene con vida, que nos hace atravesar la apariencia en busca de respuestas, las cuales van cambiando conforme los hacemos también nosotros.

jueves, 23 de junio de 2016

Hogueras de deseos en San Juan

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Stare. Estar en quietud, aunque no en inactividad.
Nocte. El silencio, aunque no sin palabras.
En la niñez, por San Juan, vivíamos con la hoguera de San Pedro Manrique, cercana a nuestro pueblo. Imaginábamos las pisadas firmes sobre la alfombra de brasas. Así lo hablaban los hombres en la fragua. Así, las mujeres en la costura del final de la tarde. Cortaban el roble en los montes de Sarnago (evitando a las brujas). En nuestro pueblo el fuego era de encina. A sus ascuas se arrimaban los pucheros de barro y sobre ellas se colocaba el trébede para poner encima la cazuela de la leche (de la que las criaturas cuidábamos de que no se saliera).
En los plenilunios suele funcionar la antigua ecuación: quien más se da, más recibe. En los solsticios, la antigua fórmula: escribe en un papel algo de ti de lo que deseas desprenderte y quémalo; escribe en un papel algo de lo que deseas que florezca y plántalo.
Escribe Clara Janés ‒enhorabuena‒:
Prisionera de un pánico invencible,
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.

Salud.

sábado, 18 de junio de 2016

El Paraíso perdido

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¿Qué me importa que el combate se perdiera?No todo se ha perdido; la indomablevoluntad y las ansias de venganza, el odio inmortal,el valor firme que nunca es sometido ni se rinde:¿en qué consiste, pues, no ser vencido?
Perder, perderse. Vencer, ser vencido. Palabras y conceptos que atraviesan los más de diez mil versos de El Parasíso perdido de John Milton (1608-1674), poema al que merece la pena volver de cuando en vez (sin ir más lejos en los ratos perdidos de este verano). Allí encontramos un personaje reconocible: Satán, el demonio, tratado con tal énfasis y detenimiento, que ya le hicera decir a William Blake que Milton sentía la libertad creadora al escribir sobre el Perdedor y, por el contrario, se encontraba entre guilletes al escribir sobre Dios.
Precisamente es a Blake a quien creo que Pablo Auladell ha tenido en cuenta al dibujar las ilustraciones de su novela gráfica El Paraíso perdido (2015), proyecto en el que está inmerso durante cinco años (si bien con dedicación intermitente, según narra el mismo autor). No son las palabras originarias las que se reflejan en esta obra reciente, sino las imágenes contenidas allí. Resulta adecuada la conversión, teniendo en cuenta que los versos aludidos son una cascada, un manantial brioso, un firmamento dispar.
Milton, en su ceguera final, recibía las palabras palabras en las noches y sus hijas redactaban el extenso poema en el día. El renacimiento, sus aretistas, sus viajes están ahí. También las limitaciones del momento, por ejemplo, respecto a la mujer. Sin que faltara Eva: «y me asomé a la verde orilla / para mirar el claro y liso lago, / que a mí me parecía un firmamento. / Al doblarme a mirar, apareció, / justo enfrente, sobre el acuoso brillo, / una figura que se acercaba a mí: / retrocedí y ella retrocedió, / mas, complacida, en seguida volví, / y ella, complacida, en seguida volvió, /…».

Es nuestra imagen.

domingo, 12 de junio de 2016

La Recolectora. Club de Lectura 2015-2016

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Aquella andadura lectora que comenzó en el otoño de 2009 para el club de lectura iniciado en la Biblioteca Pública de Burgos ‒uno de los varios que funcionan‒ va ya por la séptima temporada. Es La Recolectora, simulando el grabado prehistórico existente en Cuevas de Bicorp (Valencia) de una recolectora de miel, al igual que sucede en cada sesión del club, en la que se recogen los (dulces, solo a veces) frutos de la escritura y la lectura. En esta temporada, hemos compartido:
Un vasto y desierto paisaje,  Kjell Askildsen
Nada, Carmen Laforet
El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial, Sherman Alexie
La maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Díaz
El balcón en  invierno, Luis Landero
La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón
Si te comes un limón sin hacer muecas, Sergi Pàmies
Stoner, John Williams
Los enamoramientos, Javier Marías
La rubia de ojos negros: una novela de Philip Marlowe,  Benjamin Black
El mar, John Banville
La casa redonda, Louise Erdrich
El quinto en discordia, Robertson Davies
La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine
El azul es un color pálido, Julie Maroh
La actividad de la abeja la completamos en cada encuentro con la lectura vinculante, al leer en alto colectivamente textos de: Aurora Arias, Álvaro Valverde, Carlos Olero, Cristina Morano, Eduardo García, Fernández Flórez, Ismael Serrano, José Gutiérrez Guzmán, Juan José Millás, Juan Manuel Roca, Lars Gustafsson, Marguerithe Duras, Mónica Alejandra Carrizo, Piedad Bonnet y W. B. Yeats.

Salud.

lunes, 6 de junio de 2016

Tormentas entre líneas

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Somos bastantes quienes admitimos que nuestra vida no está sujeta a sobresaltos dignos de tal nombre. (No quiere ello decir que no se cultiven a nuestro alrededor la sorpresa, las variaciones e, incluso, el dolor profundo). Al menos, esa es la sensación con la que salgo de ciertos libros, entre ellos el que he terminado recientemente: Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff (casada con Claude Lanzmann, autor de Shoah, la película del Holocausto), la cual toma el título del inicio de un poema que compuso su hermano mayor a su madre. Obra aparecida ya en 1992, que ahora edita aquí Errata Naturae y Periférica.
La madre en cuestión, Else, nace en 1893 en Berlín y muere en los años sesenta. Vive su juventud en la ciudad transformada y transformadora, escapando del destino que le deparaba su posición de privilegio como hija de una familia comerciante adinerada judía y casándose en secreto con un artista cristiano, al que ama. ¿Era posible vivir en Berlín y no enterarse de la guerra mundial de 1914-1918? Pues sí, ella lo hizo, al tiempo que vivía su revolución personal ante los designios familiares. Contradicción que nos crea una perplejidad semejante a la que asisten quienes tratan de sintonizar la teoría de la relatividad con la de la mecánica cuántica.
Precisamente, la muerte del hermano de Else (por la gripe española) lleva a la reconciliación familiar, dando paso a una época de abundancia, que promete un futuro dichoso. Pero… las aventuras amorosas del marido introducen a otras mujeres en la vida de Else, llegando a dispensarles su amistad y su animadversión, y, lo que es más señalado, despiertan la capacidad vital de ella. Y, después, el régimen socialfascista la reduce a su condición más mínima, la étnica, la judía. Y aparece el sufrimiento…

Sofía, en Bulgaria, es la otra ciudad en la que se desarrolla la acción. La autora, Angélika, nacida en 1927, apenas reside en el paraíso berlinés. Pronto conecta con los tiempos del gran dolor.

martes, 31 de mayo de 2016

Cuernos de oro. Pues sí, son rentables las bibliotecas

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Hace unas entradas comentábamos el mazazo que supone para los barrios de Burgos la merma del presupuesto para las bibliotecas municipales durante 2016, que ha bajado de 250.000 euros a 150.000. Sería cómodo aducir, ante ello, que la política no tiene en cuenta a la cultura (que no controla) e, incluso, siente un cierto temor ante el hecho de contar con una ciudadanía crítica e informada. Pero no lo vamos a hacer aquí. Diremos, sencillamente, que ya se cuenta con un estudio, validado por índices reconocidos, en el que se afirma que lo invertido en bibliotecas repercute a la sociedad entre un 3,49% y un 4,66%. Es decir, cada euro del que disponen las bibliotecas públicas lo convierten en 4. Una mina de oro.
Realizado con la colaboración de la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria (MCU) y del Servicio de Bibliotecas de la Comunidad Foral, se ha presentado El valor de las bibliotecas. Informe de resultados, estudio de impacto socioeconómico de las bibliotecas en Navarra, en el que se concluye lo mencionado. Por un lado se basa en la apreciación de indicadores del método ROI (Retorno de Inversión, Return on Investment) y, por otro, en encuestas a cerca de 5.200 usuarios.
Pero no solo debe tenerse en cuenta el lado económico. Hay otra serie de valores, señalados por quienes han participado, que redundan en aspectos tan reseñables como la igualdad de oportunidades en el acceso a la información, la necesaria sociabilidad, la creación de espacios de encuentro, los grupos de lectura o escritura, el desarrollo temprano de la infancia, la confluencia con ámbitos educativos. Todo ello en un momento en el que un 28% de la población está en riesgo de pobreza, es decir, no pueden hacer frente a gastos que no sean de supervivencia material.
La utilidad de lo útil. El espíritu. La posibilidad de mejorarnos.
[El rostro es del peruano Tito Monzón].

viernes, 27 de mayo de 2016

#Amanecer

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Y vuelve a amanecer como todos los días pero no es cierto que todos los amaneceres sean iguales, son la huella digital de cada día el ADN vital del lunes, del martes, del miércoles… lo que hará que ningún Domingo sea tampoco igual, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer … ese es el mantra que suena rítmicamente cuando respiro mientras veo salir el sol y me recuerda esa oportunidad de buscar de nuevo el amor, el que tengo, el que perdí por no cuidarlo, el que no veo porque su resplandor me ha dejado ciega,  el que me piden y no doy y el que siempre me rodea… EL AMOR.
¿Cuáles son los amaneceres más bonitos? Los que llegan llenos de nubes y a pesar de la aparente dificultad el sol siempre empuja para que se le vea bien y los colores en ese momento aparecen como una inesperada sorpresa ¿Por qué el azul, el morado, el gris, el naranja, el rojo, el rosa?  hacían falta esos nimbos, nunca estorban.
Hoy tengo todo, alba, crepúsculo, nubes, cirros, bruma y canción.
Melodía de gaviotas y olas de mar que repiten la cantinela, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer…
Ya está, terminó, qué poco dura este son. 
Vuelvo corriendo que con el ansia de capturar este crepúsculo he dejado todo “empatanao”, la cocina como una revolución, la lavadora que terminó ayer, que no se me olvide comprar pan.
Me voy en busca de mi pasión, creo que la metí en el cajón de las cosas perdidas en mi salón.

Amalia T.