domingo, 20 de marzo de 2016

Mogador, tierra de mar

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Pasado el novilunio de la última luna del invierno, entro en Mogador, la blanca ciudad avistada por marineros y sirenas cuando navegan cerca de las islas Púrpuras. Alberto RuySánchez escribe que «dicen que la ciudad de Mogador no existe, que la llevamos dentro», asegurando que cuando se habla del cuerpo en Mogador, al llegar al sexo, se produce un salto extraño en la mente, y por lo tanto, en el lenguaje: la gente describe inmediatamente lo invisible del acto y del cuerpo. Así que vuelve a escribir: «Pero otros dicen que sí existe y que, justamente, la llevamos dentro».
Nueve veces el asombro (2005) es un libro adecuado para dejar apartada una floja novela y adentrarse en sus nueve capítulos y en su ofrenda preliminar, y bañarse en las historias de sus páginas, que son las de la gente de Mogador (Esauira o As-Sawira), las cuales guardan en telas bordadas, difíciles de leer para los no iniciados en sus secretos geométricos. «Son las telas de la memoria y quienes las leen nunca cuentan la misma historia dos veces. Por lo que he llegado a pensar que están vivas. Y que la memoria, como las nubes, como la Historia, no deja de moverse y tomar formas extrañas, sorprendentes».
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El autor ambienta varias desus obras en esta tierra de mar, en la que el sol (según la antigua astronomía) desacelera su paso cuando está sobre ella, permaneciendo allí unos instantes más que sobre cualquier otro lugar. Así cuentan los que ofician recortar nubes. Una isla con bibliotecas, que custodian libros que cada vez que se abren están listos para danzarnos por dentro (porque la música de allí está unida a la piel). «Y basta un parpadeo y un roce de los dedos sobre sus páginas para que alegre y veloz nos penetre […] y el número de libros conservados en la ciudad es siempre un múltiplo de sus habitantes».
Salud.

lunes, 14 de marzo de 2016

Escarcha en la mañana. Palmeras en la tarde

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Los tejados centrales de Punta Brava, junto al parque, amanecen blancos. La escarcha anda más densa en las zonas cercanas al río. «Tienes deformación lectora», me dice la Camarera, «cuando te pones a leer narraciones peculiares, después no te entusiasma nada convencional durante una temporada». Y no le falta razón. La casualidad puso en mis manos (de nuevo) hace poco Las palmeras salvajes, de Faulkner, y (por vez primera) me llevó a leer unos capítulos de Mientras agonizo, obra que contaron con detenimiento en un encuentro propiciado por la Escuela de Escritores de Burgos el pasado sábado, acompañamiento muy digno del banquete (con asado y Ribera) que suelen celebrar cada trimestre, al que hacía tiempo que no me unía.
¿Y qué le voy a hacer? Leer lo que se llama la versión (traducción) que hace Borges en 1940 de Las palmeras salvajes, un año después de su publicación en inglés, no te deja indiferente. Menos si lo condimentas con Mientras agonizo. En las dos obras Faulkner hace lo que le da la gana. Vuelve de lado lo que suponemos que debería estar de frente. Él es ella. Ella es él. Y estas situaciones a Borges ‒caballero católico‒ no le cuadran demasiado, por lo que realiza sus propias componendas sobre el texto, que, por cierto, sorprendentemente (o no) no ha tenido otra traducción al español. ¡Lástima que mi inglés no dé suficiente para leer estas obras en ese idioma sureño en el que escribe el Nobel!
Así que la Camarera me afea el que no disfrute suficientemente La rubia de ojos negros, de Benjamin Black (el negro de John Banville), y el que no realicemos fuego cruzado con las redondas frases del irlandés mientras ella pasea de lado a lado la barra atendiendo a la clientela. «Soy un profesional de perder el tiempo», declamo para ver si responde, pero percibe el artificio. «Hasta entonces había creído que Clare Cavendish podría romperme el corazón, sin darme cuenta de que ya estaba roto».

martes, 8 de marzo de 2016

Silvia y Arantxa, casas en desahucios, adiáfora y sentimientos

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A Arantxa, en su casa habitada
El jueves se me socarró el puchero de la cena. Entrevistaban a Silvia Pérez Cruz en ¡Atención, Obras! y no pude despegarme del asiento desde que Cayetana le preguntó «¿Qué nos haces [para transformarnos así]?» y ella dijo que no sabía bien, que eran cosas de la música, de la voz suspendida que sale de su cuerpo obrando el prodigio de no romperse en su transparencia. Trabajadora constante, reivindica el esfuerzo intelectual de su obra (en contra de pretendidas autorías masculinas en proyectos conjuntos), pues más bien sus acordes nacen de la fuerza creativa del sentimiento, al que Silvia se rinde poniendo diques al pretendido poder del intelecto para constituirse en guía de su vida. Con su último trabajo, Domus, desea salir de las butacas de foro y los acordes de escenario.
Menos mal que lo había dejado al 1; las algas ya estaban algo pegadas al fondo de la cazuela y el vapor se llevaba las últimas gotas de agua; con un poco de líquido pude arreglar la sopa. Al comerla, recordaba que también sentimientos, relaciones humanas y experiencia íntima son la urdimbre de la obra de Zygmunt Bauman, Ceguera moral. La pérdida de la sensibilidad en la modernidad líquida (2013, editada por Paidós en esa significativa colección Estado y Sociedad), en la que tumba el entramado intelectual del Poder y sus grandes mentiras, que tan fácilmente hacemos nuestras, hasta asumir la adiáfora: «el acto de situar ciertos actos o categorías de los seres humanos fuera del universo de evaluaciones y obligaciones morales».
La normalidad, trivialidad y aún banalidad de la existencia cotidiana (y no las guerras o situaciones de presión) es el caldo de cultivo de la ceguera moral ante el «sufrimiento de los demás, la incapacidad o el rechazo a comprenderlos y el eventual desplazamiento de la propia mirada ética». Pero no a toda la gente -sabemos- le sucede.
La cena me supo algo amarga. Menos mal que permanece Silvia con sus canciones, los zapatos junto a sus pies. Y Arantxa con sus tesoros.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Guerras en el papel de las Bibliotecas (1.000 anotaciones)

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A mis compañeras burgostecarias

Saludamos a quienes nos visitan, con motivo de esta anotación que hace la número mil de la bitácora. Y, con especial énfasis, a quienes comentan.

Llegan hasta este asiento guerras desde varios frentes en estos días en que los prados se llenan de margaritas y las garzas aparecen por el Arlanzón. Ni que decir tiene que las noticias diarias nos informan de los conflictos armados actuales. Pero, además, esta tendencia a la lectura que nos acompaña hace que hurguemos en la mesa de novedades y en las estanterías, con lo que han coincidido, al azar, en la mochila esta semana dos libros semejantes. El burgalés (nacido en Campolara en 1951) Rodolfo Hoyuelos (afincado en Barcelona desde 1971) recupera el Dietario de la Biblioteca Popular Pere Vila, escrito por la bibliotecaria Concepción Múnera entre 1933 y 1943 en Bombardeo, poca gente (Stendhal Books, 2015). En él anota con no poca sensibilidad el día a día de la biblioteca en la que trabaja durante los convulsos años de la revolución y la guerra civil, más los primeros años de la dura época franquista.
El 20 de agosto de 1938 escribe: «Després de bastant temps, avui ha tornat a la Biblioteca un lector. Quan va deixar de venir era un nen. Avui,  si bé no és nen, tampoc és home. Tot el seu cos fort i bonic, encara va creixent. Al entrar feia  la cara de sempre. Mig rient, ha anat en busca dels seus llibres preferits, però jo he sentit un soroll [ruido] estrany, com d’alguna cosa que s’arrossegués… portava una cama [pierna] de fusta».
El 5 de abril de 1940: «No pudiendo recuperar los libros dejados en tiempos de guerra, hemos acordado hacer pasar a un hombre por los respectivos domicilios».
El 14 de febrero de 1941: «Ha venido el capellán de la prisión del Pueblo Nuevo; y nos ha pedido los Autos Sacramentales de Calderón para hacerlos representar en dicho establecimiento. A pesar de no tener aún establecido el préstamo, se los hemos dejado».
El autor, R. Hoyuelos, construye un relato (o cuento) sobre cada una de estas entradas, que el tiempo vuelve impagables. Él se muestra agradecido a cuantas personas le han facilitado estos textos primarios. Y recuerda a su madre, que le contó los primeros cuentos y le enseñó a leer cuando era un mequetrefe enfermo recluido en la cocina de la casa que tenían en Silos; y a su padre, que le dejó en herencia unas cuantas palabras antiguas.

Ya no da espacio la anotación para Julius Fucík y su Reportaje al pie de la horca, escrito en la cárcel checa de Plötzsensee entre 1942 y 1943 antes de que la Gestapo lo llevara a la muerte. Pero también le saludamos.

jueves, 25 de febrero de 2016

Caminos de vida (titiriteros, poesía y filosofía)

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A ella, que no lo sabe

Quod vitae sectabor iter, se pregunta el poeta, qué camino tomaré. Algo con lo que interrogamos a la nuestra en momentos cruciales, cuando nos hallamos en encrucijadas, cada vez más numerosas en nuestro aprendizaje a lo largo de vida. Y resulta que tienen diversos recorridos unos u otros iter. Por lo que dice el escritor Óscar Esquivias en «¡Toma regaliz» (Diario de Burgos, 21-II-2016, pág. 5), el de los titiriteros no ha sido nunca regalado, pues ya las antiguas pragmáticas les asimilan a mendigos y delincuentes. «Socorrerlos una vez es un deber de humanidad; alejarlos enseguida es una ley de Administración», reglamentaba Javier de Burgos en 1833. Y bien próxima tenemos la evidencia. ¿Será que hemos olvidado que las brujas suelen morir en los escenarios de los microteatros a manos de otros títeres?

Entre los escasos papeles que dejó Descartes a su muerte, en uno de ellos estaba escrita la pregunta de turno ‒Quod vitae sectabor iter‒. Es el inicio de un verso de Ausonio (310-395) ‒el de Collige, virgo, rosas… ‒, que aparece en el tercer sueño del filósofo francés, en lo que consideró una visión cuando tenía 23 años y se encontraba el Ulm. Aquel que proviene de un conocido poema pitagórico y que el también galo Ausionio convierte en «Ex Graeco. Pythagoricon de ambiguitate eligendae vitae», inserto en Libro de églogas, que muestra la perplejidad ante la elección que ha de hacerse ‒…si plena tumultu / sunt fora… ‒. Las personas tenemos que elegir. La poesía lo atestigua.
Y la filosofía. Ortega y Gasset alude lo que antecede en varios de sus escritos, elaborados en 1934-1935, los cuales lee en sendas conferencias de Buenos Aires ‒Sobre las carreras‒ y París, esta en un congreso internacional bibliotecario, de la que sale un exquisito texto: Misión del bibliotecario. También vertido en «La vida humana como misión» en El libro de las misiones.

Caminos que conviven.
[Everything May Happens Here, de Corrado Fabbri].

viernes, 19 de febrero de 2016

Casualidades (haikus en ondas gravitacionales)

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De vez en cuando me viene la impresión de que hay actividades o disciplinas más útiles a la humanidad que las que yo suelo tener entre manos: literarias, de investigación histórica, de movimientos sociales, etc. Es esa sensación de que si tuviera una nueva vida la emplearía en aprender física o matemáticas, empeñándome en estudios que ayudaran a comprender el universo y en tecnologías que pudieran aliviar las duras condiciones de existencia de mucha de la gente que habita nuestro planeta.
Y en esas andaba estos días, así que me había imbuido en uno de los libros de José Manuel Sánchez Ron, El mundo después de la revolución. La Física de la segunda mitad del siglo XX (Pasado&Presente, 2014). No es propiamente científico, sino de historia de la ciencia, además de que sus explicaciones de Física se complementan con las que proporciona sobre las motivaciones políticas y desarrollo tecnológico que les acompañan, lo que ayuda a comprender este revolucionario fenómeno en una perspectiva amplia. No muestra, pues, la aridez de textos más profundos sobre el tema, pero, aún así, no logro entender todas sus páginas, para lo que necesitaría mayor tiempo y referencias. No obstante, disfruto leyéndolo. Me siento cercano a las mentes que conciben estas fórmulas, intentando el progreso, rompiendo barreras a lo establecido, a lo que se nos muestra impenetrable.
Pues bien, mientras consideraba la vida de Milton Humason, que comenzó trabajando de mulero en el observatorio de Monte Wilson y terminó calibrando (con Hubble) la magnitud de las nebulosas allá por 1930; y mientras leía las aportaciones de E. Orlando Lawrence en la construcción de ciclones o aceleradores de partículas, se me ocurrió elaborar la entrada anterior, la de los haiku y, curiosamente, las Gemelas del Sur -gracias- me indicaron que en la bitácora en la que participan, Versoscalados, habían colocado unos haikus del físico teórico John Archibald Wheeler (1911-2008) sobre la teoría de la relatividad, acompañado del vídeo Pixel – extraits de Adrien M y Claire B.
Son las ondas gravitacionales humanas que mantienen algo de felicidad entre la mediocridad pública.

sábado, 13 de febrero de 2016

Haikus (en febrero)

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Tal vez por su brevedad, asocio el haiku al mes de febrero. O, tal vez, porque en tan escaso número de palabras caben, al igual que en el segundo mes del año, lluvias, nieves, vendavales, sol, nubes, prados, ríos, esperanza. La calma y la tormenta mezclándose de manera desigual en los días de luz creciente. El viento racheado que nos cala debajo del paraguas. La luz de los grises en los edificios de piedra.
Recuerdo la primera vez que leí un haiku. Fue en un libro de historia de las civilizaciones (cuyo título se me ha despistado) hace unas décadas. No tenía ni idea de lo que era aquello. Tres versos que me fascinaron. De ahí comencé a buscarlos. No era fácil, pues casi nadie los conocía y eran escasos los libros que se encontraban de poesía japonesa. Hasta que una profesora que venía de Zamora, Presencia, me inundó de ellos. Eran clásicos y, tal vez, de ahí me viene el que me haya quedado algo estancado en siglos pasados cuando miro los gustos que tengo de estas composiciones:
Kabayashi Issa (1763-1828) escribe
La mariposa revolotea
como si desesperara
en este mundo
Huye el rocío.
En este mundo sucio
no hago yo nada
Y dice Yamagushi Sodo (1643-1716)
Esta primavera en mi cabaña
Absolutamente nada
Absolutamente todo
Con Watanabe Hakusen (1913-1969)
Anoche cubrí
mis hijos dormidos
y el ruido del mar
Y Shigeji Tsuboi (1898-1975), que percibe la revolución industrial
Una tormenta viene desde lejos
Limpia el calor que resta del verano.
Un azul celestial llena la atmósfera
Y nosotros
Nos preparamos para el nuevo espíritu

[En ello nos gustaría estar. Salud].

domingo, 7 de febrero de 2016

Con ojos de niña

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Quería regalarle un libro a la Camarera. El tiempo y nuestros caracteres han ido transformando la distante cortesía que se establece en una barra, llegando a una afabilidad contenida (y aun diría a una amena dulzura) en los frecuentes encuentros de las mañanas. Claro que siempre suceden en su terreno, pero al no ser dueña del Café, podemos disfrutar de esa complicidad proletaria nacida de la despreocupación de quien no posee negocios. Y me acordé de aquel libro, Con ojos de niño, de Frato, que tanto me hizo disfrutar y pensar.
Así que ‒me dije‒ seguro que funciona. Claro, adaptándolo a lo presente en Con ojos de niña (2013). Francesco Tonucci (el de La ciudad de los niños) ha vuelto a dibujar en papel transparente las viñetas que recogen frases que escuchamos en los cuentos de hadas, en nuestras casas, en la calle, en el trabajo, en las tertulias… A ellas ha unido unos textos Amparo Tomé que «evocan el pasado, miran al presente con ojos críticos y buscan un futuro libre y justo». Muchos de ellos han sido sugeridos por las mujeres con las que ella comparte la vida, por las alumnas que tiene o por los cuentos que lee.
Y ya lo creo que funciona. Hay días en que entro a la cafetería y la Camarera habla con clientes de alguna de estas viñetas. O les cuenta que las ciervas del parque de Doñana, en años de sequía, comen unas bayas que son abortivas, algo que no hacen en años de lluvia; y que las hembras del papión, al tener amigas, reducen el cortisol que debilita el sistema inmunitario; o que las leonas amamantan a las crías de sus compañeras.

A las niñas ‒con su humor‒ se dirigen estas páginas. A aquellas que saben que no existe el «príncipe azul».

viernes, 5 de febrero de 2016

La sobrecarga de información

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INFOXICACION
El término "infoxicación" lo introdujo Alfons Cornella en 1996, refiriéndose a la sobrecarga de información que recibe un usuario, en especial de internet en todas sus formas.
La expresión "sobrecarga informativa" la acuñó Alvin Toffler en su libro Future Shock (1970) y se refiere al estado de contar con demasiada información para tomar una decisión o permanecer informado sobre un determinado tema.
La sobrecarga de información puede afectar nuestro rendimiento personal y profesional. El exceso de información nos hace estar mentalmente dispersos y no prestar una atención concreta a un tema determinado. De esta forma no finalizamos una tarea empezada, porque ya nos estamos informando de otra cosa, y asi la mente se sobrecarga e incluso nos produce agotamiento y ansiedad.

En realidad un exceso de información al final sólo conduce a información vacia; perdemos la capacidad de análisis y reflexión ya que la mente se centra más en la acumulación informativa.

Para saber más de este tema:

Los riesgos de la infopolución - Joël de Rosnay
http://www.inisoc.org/rosnay65.htm

Infopolución - Campo conceptual
http://revistacaracteres.net/campoconceptual/tag/infopolucion

La infoxicación o los riesgos de la intoxicación informativa - Dardo Gómez
http://www.revistaelobservador.com/opinion/35-me-quieren-oir/8162-la-infoxicacion-o-los-riesgos-de-la-intoxicacion-informativa

¿Qué riesgos ocasiona a la salud la infoxicación ? - Raul Beneyto
https://documania20.wordpress.com/2013/09/23/que-riesgos-ocasiona-a-la-salud-la-infoxicacion/

¿Qué es la infoxicación y cómo escapar de ella? - Papeles de inteligencia
http://papelesdeinteligencia.com/que-es-la-infoxicacion/ Evitar la infoxicación:

lunes, 1 de febrero de 2016

Coplas de la infancia en digital

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Dijo a la lengua el suspiro:
échate a buscar palabras
que digan lo que yo digo
Desde la infancia tengo acostumbrado el oído a escuchar letras populares, las que antes se cantaban en los pueblos los domingos por la tarde en las meriendas del café o en las labores del campo y de la casa. En mi caso, al vivir en La Rinconada soriana del Moncayo, eran jotas aragonesas y navarras lo que se tenía a mano. Con el tiempo he comprobado que los motivos y, con frecuencia, las formas de estas coplas o estribillos son muy parecidas entre las diversas regiones y cantes.
La que encabeza esta entrada la escuché, en un encuentro casual, al poeta jerezano Juan Ruiz Peña, que, después de pasar 19 años por Burgos, vivía en Salamanca (que le dedica una calle junto a Pessoa) por motivos profesionales (añorando, claro, las bulerías y calor de su tierra), que llevaba la revista Álamo. No es que me entusiasmara su poesía, que me parecía intimista en exceso, pero me encantaban las anécdotas y letras que contaba. Por entonces, cuando le dieron el Premio Nacional de Literatura en 1975, hubo su notable polémica (que no es del caso recordar aquí). Sí que resultó sorprendente su muerte, ocurrida en el hotel de Sevilla al que había acudido a ver la Expo92.
Soy como el pájaro aquel
que va a la fuente a beber
y para no enturbiar el agua
se vuelva muerto de sed
Me han venido a la cabeza los motivos de estos párrafos porque estos días estoy consultando con cierta frecuencia las colecciones de Biblioteca Digital Hispánica, que se aloja en la Biblioteca Nacional, y escucho, para humedecer los desiertos de leyes y decretos bibliotecarios, la Lista de reproducción de sonoros y, entre ellos, el de Flamenco, con muchas de estas letras que sonaban en las aradios de mi infancia. Un lujo a nuestro alcance este de disponer del rico elenco sonoro, grabados muchos de ellos en discos de pizarra, de que dispone esta Biblioteca.
Padecía mal de amores
en la sierra una pastora
y como allí no hay doctores
ella se curaba sola
con aroma de las flores
[Las fotografías de niebla son de Manuel Carlos].

martes, 26 de enero de 2016

Pendientes (libros de mañana)

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Cada vez que paso ante el anaquel del rincón siento un pequeño escalofrío, producido por las voces recortadas que salen de los libros a la espera. Allí, el montón algo desordenado se me figura los escombros de un bombardeo, aquel sucedido en Berlín en 1945, bajo los que estuvo enterrada (junto a un perro) durante tres días Inge Müller, algo de lo que sus poesías no pudieron desprenderse (Dormí bajo el ladrido de las cañerías de hierro / ya agarrada por la mano de la tierra […] y desperté cuando en algún lugar del corazón de los / continentes / empezó a subir humo desde el mar abierto). Aquí la tengo, en el libro de ensayos En la trampa de Herta Müller, ansiando mi mano amiga.
Menos mal que goza de la compañía de Iván Illich, con La sociedad desescolarizada, en una versión que me regalaron en verano. Y de Amos y Fania Oz. Y… y… Yo distraigo al entendimiento, me tapo los ojos y consuelo la las manos con versos de Piedad Bonnett en Las herencias (2008):
Nostalgia de lo imposible
Desde la estantería
los libros no leídos me miran con la misma
herida indiferencia de una novia agraviada.
Hoy, como tantas otras veces,
su silencioso estar ahí
- en mi tarde
que rumia perezosa los instantes –
chirría como una puerta de goznes oxidados
que el viento lleva y trae, y que me impide
concentrarme en las líneas del poema.
El pajarraco del desasosiego
vuela estrellándose en las paredes.
Los libros no leídos me contemplan
con una obstinación orgullosa y distante.
Y logran inquietarme,
porque me hacen pensar en esas calles
- que jamás transité-
en donde lo esperado me esperaba.
(Y dice Inge: No me llevarás, muerte, pesaré mucho / hasta que lleguen y excaven / hasta que den conmigo / tú te irás de vacío).

miércoles, 20 de enero de 2016

Margarita y la miel (regalo sin ofensa)

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Margarita me ha regalado un broche con la imagen de la Recolectora de miel de la cueva de la Araña, cercana al río Escalona, en Bicorp, Valencia. Es una representación prehistórica única de esta actividad, que puede situarse entre 8.000 y 5.000 años atrás. Hace tiempo ‒desde que se puede copiar y pegar‒ que utilizo la imagen como elemento ilustrativo en la solapa de algunos textos que voy elaborando, incluso en los de seriedad académica, en su momento. Me gusta pensar que es posible la convivencia armónica entre seres humanos y, abundando, entre seres humanos y el entorno en el que viven. Y esta imagen ‒no sé por qué‒ me lleva a imaginar que ha habido épocas en que ello se ha dado.
Lo curioso de la situación es que Margarita (de Salamanca) conoce mi atracción por este grabado, pero desconoce que el club de lectura en el que estoy (de Burgos) se llama precisamente así, La Recolectora, y que tiene adoptada a la rampante mujer como imagen del mismo. ¿Qué otra cosa son la escritura y la lectura que abejas elaborando miel desde las flores y recolectoras saboreando sus dulces palabras?
El lunes fui con mi regalo en el jersey a la Casa Redonda de La Recolectora y la gente se moría de envidia. Ayudó a paliar el asunto del día: el comentario al libro La ofensa, de Ricardo Menéndez Salmón. Una lúcida exposición de la insensibilidad hacia el horror que se produce en las guerras ‒continuada en Derrumbe y El corrector con los estragos de la mentira y con la doxa que alimentan la mayoría de personalidades públicas que nos arengan y nos gobiernan, le pouvoir est maudit‒, la cual dio pie a una sesión memorable para quienes asistimos a ella. Lecturas a las que puede acudirse para escapar y, tal vez, paliar el vocerío presente, pues, en palabras de su autor, "un buen libro es una mala noticia para el poder".

[Las fotografías son de Chus, memoria de nuestra actividad, aunque faltan cinco].

jueves, 14 de enero de 2016

La Cautiva (Heroína en cómic)

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Ya ha llegado la cigüeña a la espadaña. (Y yo con la pequeña rama de acebo que pongo en la puerta del piso en el paso de los años, todavía sin recoger, sobre la mesa de la cocina). El barrio tiene esta nueva compañía surcando incansable los cielos al aprovisionar materiales con los que rediseñar el nido. El ave zancuda que sustituye (o sustituía) a las mujeres madres en la infancia.
Precisamente del trato recibido en la historia por estas he estado pensando estos días. Por los libros, claro. Compré no hace mucho el Crisolín número 170 (1946), que no es otro que el extenso poema argentino Martín Fierro, de José Hernández. Estaba a precio (que me parece) razonable, de 6 euros. Ese papel de oleaje, con más de cien pequeñas ilustraciones. En mi tierna juventud, sus versos, por vez primera, hicieron que me parase a considerar la condición social de la mujer, especialmente en la lectura del capítulo «La cautiva» ‒Ansí le imponía tarea / de juntar leña y sembrar / viendo a su hijito llorar; / y hasta que no terminaba / la china no le dejaba / que le diera de mamar‒ y en la lucha a muerte con el indio que la esclaviza, del siguiente capítulo, cuando la cautiva salva de una muerte segura a Martín Fierro y esta queda libre. Toda una película en versos.
Y otra heroína es Sally Heathcote, una sirvienta (o trabajadora doméstica, según la corrección verbal) que se convierte en sufragista (ya ves, aliterativo del nombre) por obra y gracia de Mary Talbot, que  le hace recibir conciencia de su señora, Emmeline Panckhurst, una de las fundadoras del movimiento. Este no lo he comprado. Está sacado de la biblioteca. La singularidad de la misma es que se desenvuelve entre viñetas, pues se trata de una novela gráfica, con sus buenas 170 páginas, que aprovecha para insertar carteles y proclamas de la época.  A mi parecer, acertadas decisiones.
Todo a la vista de la cigüeña del barrio, dueña de su cubil.

jueves, 7 de enero de 2016

Océano profundo. Tal vez cansado (Melville Stager)

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Cuando se contempla la belleza tranquila y el brillo de la piel del océano, uno se olvida del corazón felino que late por debajo, y no está dispuesto a recordar que esa zarpa aterciopelada oculta unos colmillos despiadados (escribe Herman Melville en Moby Dick)
Sucumbo al ambiente consumista de los días presentes y adquiero un (breve) bestseller, La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han, filósofo que está haciendo furor desde Alemania. Su tesis es sencilla: disponemos de tantas cosas que, utilizarlas compulsivamente, produce cansancio y depresión. Nuestro objetivo es el rendimiento, lo que lleva al cansancio por exceso de positividad. Es el signo del siglo XXI en la sociedad occidental. Para evitar las pastillas habría que recurrir a las soluciones que señalaba Nietzsche: aprender a mirar, a pensar, y a hablar y a escribir. (Y no está lejos de aquí el Bartleby, de Melville).
Parece que esos colmillos despiadados de los que habla Melville irán desapareciendo en caso de que continuemos acidificando el agua de los océanos. Esa es la opinión de la “comunidad científica”. La leo en un libro no catastrofista de Curt Stager, El futuro profundo, escrito por este paleoecólogo y paleoclimatólogo, que analiza los fenómenos del planeta con la perspectiva de miles de años hacia atrás y hacia adelante. Según él, nos estamos saltando un periodo glaciar debido al calentamiento por emisión de carbono. En principio, ello no es que sea para echarse las manos a la cabeza, pues de no haber sido así, la glaciación correspondiente se tragaría parte del hemisferio norte americano y euroasiático, desapareciendo países como Canadá dentro de unos miles de años.
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Lo significativo de esta época, iniciada en el siglo XVIII, a la que llama Antropoceno, es que podemos decidir como especie humana la incidencia de nuestra actuación sobre el planeta, rompiendo así su trayectoria natural. Aun decidiendo no emitir más dióxido de carbono, el que ya está en la atmósfera tardaría cientos de años en normalizarse.

Los tres recomendables para este sobresaliente año.

viernes, 1 de enero de 2016

Diálogos de besugos

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Una de las cosas por las que me gusta el invierno es que, de vez en cuando, muestra la primavera que lleva dentro. No me importa el frío, la niebla, la nieve en estas fechas. Él está diciendo, lanzando señales de que brotarán las hojas y el sol nos regalará la tibieza de las tardes de abril.

Leo el libro de Héloïse Guerrier y David Sánchez, Cagando leches (Astiberri, 2015), colorista en sus ilustraciones y ameno en sus textos, que son una relación de dichos utilizados con frecuencia en nuestras conversaciones. "Marear la perdiz" por un azor que da vueltas sobre ella hasta aturdirla, lo que lleva a "perdiz azorada, medio asada". O la recomendación de ingerir un trago de aguardiente para "matar el gusanillo" que nos produce hambre en el estómago. Y, claro, si nos ha tocado la lotería, revitalizar aquella costumbre que se introdujo en 1763, con la instauración de la lotería por Carlos III, de "tirar la casa por la ventana".

Pero, a lo que íbamos. Me detengo especialmente en el "Diálogo de besugos" -Dialogue of breams, Dialolgue de daurades, pues está en tres idiomas-, que es "Conversación carente de lógica y que resulta absurda. (Vamos, que no nos entendemos y continuamos erre que erre). La voz besugo comprende dos acepciones: pez o, por extensión, persona necia. Así, es recurrente en el coloquio el uso metafórico de pez -vertebrado acuático de poso seso- para personificar la majadería. Es el caso de ser un merluzo o estar pez".

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Tal vez, haya inviernos sin primaveras.

Dichoso Año.