No dejo de sorprenderme
ante la extensión de mis ignorancias. Tan amplias como los
horizontes por los que transitaban y vivían los tabor gitanos a lo
largo y ancho de Europa. Y una de ellas –de mis ignorancias− es
la de la cultura escrita de esta etnia, ya que estoy en la creencia
de que son creadores y deudores únicamente de tradiciones orales.
Algo ha cambiado esta
suposición desde que leí Zoli,
de Colum McCann. Una historia situada en la Eslovaquia de la primera
mitad del siglo veinte, incidiendo en las situaciones generadas
durante la segunda guerra mundial y el posterior régimen socialista
de la zona. La protagonista de la obra novelada es una mujer gitana,
de nombre Zoli Novotna, que aprende a leer a instancia de su abuelo,
con el que se cría, lo que añade a su facilidad para cantar y crear
canciones de su pueblo. Las circunstancias hacen que el régimen
aproveche su figura para asentar a los numerosos grupos romaníes
errantes, lo cual lleva a su protagonista a situaciones límite (que
aquí no vamos a desvelar).
Zoli
encarna en la novela lo que fue en la realidad Bronislawa Wajs (1908
ó 1910-1987), nombre polaco de Papusza, ‘Muñeca’ (cuya historia
presenta, a su vez, Isabel Fonseca en Enterradme
de pie; y es
llevada al cine en 2013 por Joanna
Kos-Krauze
y Krzysztof
Krauze).
Sus poemas fueron publicados en varias revistas y recogidos en libros
(entre ellos, The
Roads of Roma. A PEN Anthology of Gypsy Writers,
de 1998),
llegando a ser incluida en 1962 en la Unión Polaca de Escritores.
Alguien tenía que pagar la desesperación de un pueblo cuya vida
estaba siendo extinguida por la ley.
Nadie me comprende,
sólo
el bosque y el río.
Aquello de lo que yo hablo ha pasado todo
ya,
todo, y todas las cosas se han ido con ello...
Y aquellos
años de juventud.
Los caminos, los bosques,
los ríos, los oficios… –¡qué
se yo!– se
cambian por la escolarización y los bloques de viviendas.
sábado, 30 de julio de 2016
sábado, 23 de julio de 2016
Helena o el mar de verano
En tu país no hay luz / desde que tú viniste aquí
«Ha
salido el 52», me dice la Camarera. De vez en cuando jugamos a ver
quién acierta la procedencia de la gente desconocida que entra en la
cafetería. Llevaba perdidas cinco, así que me tocaba “pagar”.
Sacamos un número del 1 al 100. Es el año del que hay que elegir un
libro para comentar (Puede ser del siglo que prefiera a quien le
toca). Como no tengo mucho tiempo libre esta temporada, elijo uno
breve, de unas cien páginas, del pasado siglo: Helena
o el mar de verano.
Es
una obra que me cautiva y, al tiempo, me sume en la contradicción.
Julián Ayesta (1919-1996) pertenece a una conocida y pudiente
familia asturiana, y colabora con el franquismo desde sus inicios,
siendo embajador de España ya en los años cuarenta. No obstante,
releyendo este delicioso texto en los tiempos presentes, pudiera
pasar por ser una crítica encubierta al oscurantismo de las
situaciones que propiciaba la dictadura, especialmente en ambientes
religiosos.
Sorprende
que sea la única obra novelada del autor, más dedicado al teatro,
pues muestra una facilidad grande al describir escenas y paisajes,
siendo capaz de pintar espaciosos lienzos con breves trazos. Es el
paso de la adolescencia, en tierras de Asturias. Con constantes
referencias a la tradición, a las canciones (Si
viviera el tu padre, que yera tan buenu, / collarinos de plata
llevares al cuellu... / agora no, mio neñu, agora no; / agora no,
mio neñu, agora no)
y a los textos clásicos, especialmente a Virgilio (Fortunate
senex! Hic inter flumina nota / et fontes sacros frigus captabis
opacum...).
Y a Helena...
Aumenta
su atractivo (para mí, al menos) el fuera Ínsula la primera
editorial que lo publicara, allá en 1952, teniendo después 61
reediciones (incluidas las traducciones), varias de la mano de Jaume
Vallcorba, así la de Sirmio, de 1987 (Paene
insularum, Sirmio, insularumque / ocelle,
según reza Cátulo).
viernes, 15 de julio de 2016
Regalo (tierra y danzas)
La llegada de julio a la
meseta castellana supone la estancia temporal en días calurosos con algunos
brotes de zigzageantes tormentas. Subiendo a las Merindades burgalesas todavía
es posible dar con la lluvia suave de las verdes montañas que rodean el pantano
de Ordunte. Allí, en Ribota, está El Tilo, la casa salón para cuerpos inquietos
para mentes interrogantes para espíritus sosegados; vergel de especies
plantadas con un gusto tal que las flores son su fruto, que los frutos son sus
flores. Cuca y Javi llevan los bailes y la comida a quienes llegan de Algeciras
a Barcelona, pasando por Murcia, o de Logroño, Valladolid, Burgos, Durango,
Madrid, Zaragoza y Soria.
Allá estuvimos el primer fin
de semana de este mes juliano reinventando las herramientas más poderosas de
que dispone la humanidad: la comunicación, el grupo, las miradas, las palabras,
la danza, el sudor, la concentración, el ejercicio, el sosiego… Tres días sin
televisión, sin apenas cobertura (hay que subir a la zona del pilón de la
aldea), sin periódicos. Con las danzas ancestrales de Grecia, con las más modernizadas
de Israel, Macedonia o Rusia, con el yoga de Marta.


Las magnolias crecían ante
nuestros ojos. Hablamos de la destrucción de la habitabilidad de la tierra, de
la regeneración unida a la fertilidad, de la unión con la naturaleza. Los versos curvos de Jesús
Lizano, los de Julian Beck sobre la violencia, los pasos ‒voy que no voy‒ unían
cuerpo mente y espíritu. En una obra de Hoffmannsthal, la muerte termina por
decir al protagonista:
Qué
maravillosos son estos seres;
que lo
que no es interpretable sin embargo interpretan;
lo que
jamás fue escrito, leen;
soberanos
ordenan lo confuso
y encuentran caminos incluso
hasta lo Eterno-Oscuro.
Son los regalos que, sin consumir, podemos hacernos.
[Continúan las Danzas sinfronteras del 13 al 20 de agosto en Navamorcuende, Toledo].
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domingo, 10 de julio de 2016
Jade

Algunas mujeres (vietnamitas) eligen las pulseras de jade como su joya. Comparable a los diamantes. Dan la medida de la calma, de la solidez dentro de la aparente fragilidad que proyecta la superficie lisa de su curva. A ella puede acudirse cuando se siente inseguridad, incluso cuando se tiene miedo. Puede que una madre decida ponerle una a su hija. La cual, fácilmente, deja que la muñeca crezca en su interior hasta el punto de que no pueda salir al hacerse mujer. Jade de por vida.
Ahí, en la piel cambiante, adquiere su tonalidad oliva joven o liquen, en un proceso único, acrisolado en los latidos de su poseedora. No se raya ni absorbe calor. Pero sabe de los amamantamientos, de ira desechada y de las manos que se acercan –tan distintas– desde el exterior.

¡Ahí: gansos salvajes, nadando lado a lado,
mirando hacia el cielo!
Plumas blancas contra un azul profundo,
pies rojos ardiendo en olas verdes.
Jade en nuestro cuerpo.
lunes, 4 de julio de 2016
Alimentos
Me cuesta pasar a la fruta
de verano. La naranja, para mí, es la reina indiscutible de los meses
invernales, acompañada de la manzana –¿adónde quedan esas reinetas que no se
echaban a perder?– y de alguna que otra pieza exótica, además de las peras o
uvas ocasionales. Pero, a partir de junio, comienzan mis titubeos delante de
los coloridos mostradores hasta decidirme hacia el melón o el melocotón, que no
saben a nada. Reconozco que ante algunos libros me sucede algo parecido.
Necesito pintarme una puerta para dejarles paso y, después, hacer un hueco
dentro de mí para que se recuesten.
Es lo que me ha sucedido con
Mãn, de Kim Thúy. Nacida en Saigón en
1968, escapa de Vietnam en una barcaza de refugiados diez años después,
terminando por asentarse en Montreal. Después de ejercer varios oficios, es
propietaria de un restaurante y crítica gastronómica. Y es precisamente esta
faceta lo que no me atraía del libro, pues la tengo por actividad bastante
superficial de la especie humana, si se dedica a ello la vida. Pero… (a pesar
de la cubierta ilustrada al efecto) le di paso. Y me gusta.
Claro que no es un texto de
sibaritismo ni de mira la guía. Es un texto de manjares. Destila la delicada energía que le
aportan los personajes que discurren por sus páginas, apenas esbozados, pues se
compone de pequeños capítulos –titulados con una palabra o expresión breve, cortos
tragos que te producen una ligera borrachera, una desorientación momentánea,
casi dulce, que alimenta un tembloroso fervor hacia sus sonidos– que van
tejiendo la trama. La realidad de alguien desplazado desentrañada en la cocina.
Los valles del lejano pueblo en el sorbo de un bol de sopa. El sigilo de los
«sabores que pasan casi desapercibidos a fuerza de permanecer en su sitio».
Según suele ser corriente en
esta literatura orientaloccidental, aparece una novela francesa: Una vida, de Guy de Maupassant. Y poesía
vietnamita: Hacia ti traigo en ofrenda / el
poema que no he escrito, / el dolor hacia el que me tiendo, / el color de la
nube que no he conocido, / los deseos del silencio.
miércoles, 29 de junio de 2016
Calor, tiempo (y suicidio)
El verano es una época
excelente para el estudio. No se tiene el agobio de las actividades
obligatorias. Puedes dedicar los esfuerzos a lo que te atrae. El resultado
suele ser un premio impagable: la belleza, envuelta en sonatas, escritos o
fórmulas científicas. La comprensión de algún aspecto de (nuestra) la
naturaleza. «Y unos ojos nuevos para ver el mundo», tal como dice Carlo Rovelli
en Siete breves lecciones de física
(2016).
Precisamente, leyendo este
libro, me entero del suicidio de Ludwig Boltzmann, allá por 1906 en Duino,
localidad cercana a Trieste, cuando se hallaba de vacaciones, después de que
nos dejara una explicación de cómo funciona el calor, la que no se tomó muy en
serio en su momento, siendo que poco después la conocida como su constante deviene
en pilar fundamental de la termodinámica. Y es que introdujo el concepto de
probabilidad para explicar por qué el calor pasa de los cuerpos más calientes a
los fríos (y no al revés); constatamos que es así, pero no conocemos por qué;
podría ser al revés.
Al desaparecer su ser, tal
vez pensara en las palabras de Einstein enviadas en una conmovedora carta a la
hermana de Michele Besso, su amigo, cuando este muere: «Michele ha partido de
este extraño mundo, un poco antes que yo. Eso no significa nada. Las personas
como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre pasado,
presente y futuro no es otra cosa que una persistente ilusión».
La ignorancia nuestra hace
que expliquemos algunos fenómenos desde la pálida imagen que captamos de la
realidad. Es, al tiempo, el ingrediente que alimenta la curiosidad, esa
cualidad que nos mantiene con vida, que nos hace atravesar la apariencia en
busca de respuestas, las cuales van cambiando conforme los hacemos también
nosotros.
jueves, 23 de junio de 2016
Hogueras de deseos en San Juan
Stare.
Estar en quietud, aunque no en inactividad.
Nocte. El
silencio, aunque no sin palabras.
En la niñez, por San Juan,
vivíamos con la hoguera de San Pedro Manrique, cercana a nuestro pueblo.
Imaginábamos las pisadas firmes sobre la alfombra de brasas. Así lo hablaban
los hombres en la fragua. Así, las mujeres en la costura del final de la tarde.
Cortaban el roble en los montes de Sarnago (evitando a las brujas). En nuestro
pueblo el fuego era de encina. A sus ascuas se arrimaban los pucheros de barro
y sobre ellas se colocaba el trébede para poner encima la cazuela de la leche (de
la que las criaturas cuidábamos de que no se saliera).
En los plenilunios suele
funcionar la antigua ecuación: quien más se da, más recibe. En los solsticios,
la antigua fórmula: escribe en un papel algo de ti de lo que deseas
desprenderte y quémalo; escribe en un papel algo de lo que deseas que florezca
y plántalo.
Escribe Clara Janés ‒enhorabuena‒:
Prisionera de un pánico
invencible,
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.
Salud.
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sábado, 18 de junio de 2016
El Paraíso perdido
¿Qué me importa que el combate se perdiera?No todo se ha perdido; la indomablevoluntad y las ansias de venganza, el odio inmortal,el valor firme que nunca es sometido ni se rinde:¿en qué consiste, pues, no ser vencido?
Perder, perderse. Vencer,
ser vencido. Palabras y conceptos que atraviesan los más de diez mil versos de El Parasíso perdido de John Milton
(1608-1674), poema al que merece la pena volver de cuando en vez (sin ir más
lejos en los ratos perdidos de este
verano). Allí encontramos un personaje reconocible: Satán, el demonio, tratado
con tal énfasis y detenimiento, que ya le hicera decir a William Blake que
Milton sentía la libertad creadora al escribir sobre el Perdedor y, por el
contrario, se encontraba entre guilletes al escribir sobre Dios.
Precisamente es a Blake a
quien creo que Pablo Auladell ha tenido en cuenta al dibujar las ilustraciones
de su novela gráfica El Paraíso perdido
(2015), proyecto en el que está inmerso durante cinco años (si bien con
dedicación intermitente, según narra el mismo autor). No son las palabras
originarias las que se reflejan en esta obra reciente, sino las imágenes
contenidas allí. Resulta adecuada la conversión, teniendo en cuenta que los
versos aludidos son una cascada, un manantial brioso, un firmamento dispar.
Milton, en su ceguera final,
recibía las palabras palabras en las noches y sus hijas redactaban el extenso
poema en el día. El renacimiento, sus aretistas, sus viajes están ahí. También
las limitaciones del momento, por ejemplo, respecto a la mujer. Sin que faltara Eva: «y me asomé a la verde
orilla / para mirar el claro y liso lago, / que a mí me parecía un firmamento.
/ Al doblarme a mirar, apareció, / justo enfrente, sobre el acuoso brillo, /
una figura que se acercaba a mí: / retrocedí y ella retrocedió, / mas, complacida,
en seguida volví, / y ella, complacida, en seguida volvió, /…».
Es nuestra imagen.
domingo, 12 de junio de 2016
La Recolectora. Club de Lectura 2015-2016
Aquella andadura lectora que
comenzó en el otoño de 2009 para el club de lectura iniciado en la Biblioteca
Pública de Burgos ‒uno de los varios que funcionan‒ va ya por la séptima
temporada. Es La Recolectora, simulando el grabado prehistórico existente en
Cuevas de Bicorp (Valencia) de una recolectora de miel, al igual que sucede en
cada sesión del club, en la que se recogen los (dulces, solo a veces) frutos de
la escritura y la lectura. En esta temporada, hemos compartido:
Un vasto y desierto paisaje, Kjell Askildsen
Nada, Carmen Laforet
El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial, Sherman Alexie
La maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Díaz
El balcón en invierno,
Luis Landero
La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón
Si te comes un limón
sin hacer muecas, Sergi Pàmies
Stoner, John Williams
Los enamoramientos, Javier Marías
La rubia de ojos negros: una novela de Philip Marlowe, Benjamin
Black
El mar, John Banville
La casa redonda, Louise Erdrich
El quinto en
discordia, Robertson Davies
La utilidad de lo
inútil, Nuccio Ordine
El azul es un color
pálido, Julie Maroh
La actividad de la abeja la completamos en cada
encuentro con la lectura vinculante, al leer en alto colectivamente textos de: Aurora
Arias, Álvaro Valverde, Carlos Olero, Cristina Morano, Eduardo García,
Fernández Flórez, Ismael Serrano, José Gutiérrez Guzmán, Juan José Millás, Juan
Manuel Roca, Lars Gustafsson, Marguerithe Duras, Mónica Alejandra Carrizo,
Piedad Bonnet y W. B. Yeats.
Salud.
lunes, 6 de junio de 2016
Tormentas entre líneas
Somos bastantes quienes
admitimos que nuestra vida no está sujeta a sobresaltos dignos de tal nombre. (No
quiere ello decir que no se cultiven a nuestro alrededor la sorpresa, las
variaciones e, incluso, el dolor profundo). Al menos, esa es la sensación con
la que salgo de ciertos libros, entre ellos el que he terminado recientemente: Tú no eres como otras madres, de
Angelika Schrobsdorff (casada con Claude Lanzmann, autor de Shoah, la
película del Holocausto), la cual toma el título del inicio de un poema que
compuso su hermano mayor a su madre. Obra aparecida ya en 1992, que ahora edita
aquí Errata Naturae y Periférica.
La madre en cuestión, Else,
nace en 1893 en Berlín y muere en los años sesenta. Vive su juventud en la
ciudad transformada y transformadora, escapando del destino que le deparaba su
posición de privilegio como hija de una familia comerciante adinerada judía y
casándose en secreto con un artista cristiano, al que ama. ¿Era posible vivir
en Berlín y no enterarse de la guerra
mundial de 1914-1918? Pues sí, ella lo hizo, al tiempo que vivía su revolución
personal ante los designios familiares. Contradicción que nos crea una
perplejidad semejante a la que asisten quienes tratan de sintonizar la teoría
de la relatividad con la de la mecánica cuántica.
Precisamente, la muerte del
hermano de Else (por la gripe española) lleva a la reconciliación familiar,
dando paso a una época de abundancia, que promete un futuro dichoso. Pero… las
aventuras amorosas del marido introducen a otras mujeres en la vida de Else, llegando
a dispensarles su amistad y su animadversión, y, lo que es más señalado, despiertan
la capacidad vital de ella. Y, después, el régimen socialfascista la reduce a
su condición más mínima, la étnica, la judía. Y aparece el sufrimiento…
Sofía, en Bulgaria, es la
otra ciudad en la que se desarrolla la acción. La autora, Angélika, nacida en
1927, apenas reside en el paraíso berlinés. Pronto conecta con los tiempos del
gran dolor.
martes, 31 de mayo de 2016
Cuernos de oro. Pues sí, son rentables las bibliotecas
Hace unas entradas
comentábamos el mazazo que supone para los barrios de Burgos la merma del
presupuesto para las bibliotecas municipales durante 2016, que ha bajado
de 250.000 euros a 150.000. Sería cómodo aducir, ante ello, que la política no
tiene en cuenta a la cultura (que no controla) e, incluso, siente un cierto
temor ante el hecho de contar con una ciudadanía crítica e informada. Pero no
lo vamos a hacer aquí. Diremos, sencillamente, que ya se cuenta con un estudio,
validado por índices reconocidos, en el que se afirma que lo invertido en
bibliotecas repercute a la sociedad entre un 3,49% y un 4,66%. Es decir, cada
euro del que disponen las bibliotecas públicas lo convierten en 4. Una mina de
oro.
Realizado con la
colaboración de la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria (MCU) y
del Servicio de Bibliotecas de la Comunidad Foral, se ha presentado El valor de las bibliotecas. Informe de resultados,
estudio de impacto socioeconómico de las bibliotecas en Navarra, en el que se
concluye lo mencionado. Por un lado se basa en la apreciación de indicadores
del método ROI (Retorno de Inversión, Return on Investment) y, por otro, en encuestas a cerca de 5.200 usuarios.
Pero no solo debe tenerse en
cuenta el lado económico. Hay otra serie de valores, señalados por quienes han
participado, que redundan en aspectos tan reseñables como la igualdad de
oportunidades en el acceso a la información, la necesaria sociabilidad, la creación
de espacios de encuentro, los grupos de lectura o escritura, el desarrollo
temprano de la infancia, la confluencia con ámbitos educativos. Todo ello en un
momento en el que un 28% de la población está en riesgo de pobreza, es decir,
no pueden hacer frente a gastos que no sean de supervivencia material.
La utilidad de lo útil. El
espíritu. La posibilidad de mejorarnos.[El rostro es del peruano Tito Monzón].
viernes, 27 de mayo de 2016
#Amanecer
Y vuelve a amanecer como todos los días pero no es cierto
que todos los amaneceres sean iguales, son la huella digital de cada día el ADN
vital del lunes, del martes, del miércoles… lo que hará que ningún Domingo sea
tampoco igual, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer … ese es el mantra que suena
rítmicamente cuando respiro mientras veo salir el sol y me recuerda esa
oportunidad de buscar de nuevo el amor, el que tengo, el que perdí por no
cuidarlo, el que no veo porque su resplandor me ha dejado ciega, el que me piden y no doy y el que siempre me
rodea… EL AMOR.
¿Cuáles son los amaneceres más bonitos? Los que llegan
llenos de nubes y a pesar de la aparente dificultad el sol siempre empuja para que se le vea bien y los colores en ese momento aparecen como una inesperada sorpresa ¿Por
qué el azul, el morado, el gris, el naranja, el rojo, el rosa? hacían falta esos nimbos, nunca estorban.
Hoy tengo todo, alba, crepúsculo, nubes, cirros, bruma y
canción.
Melodía de gaviotas y olas de mar que repiten la cantinela,
ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer…
Ya está, terminó, qué poco dura este son.
Vuelvo corriendo que con el ansia de capturar este crepúsculo he dejado todo “empatanao”, la cocina como una revolución, la lavadora que terminó ayer, que no se me olvide comprar pan.
Vuelvo corriendo que con el ansia de capturar este crepúsculo he dejado todo “empatanao”, la cocina como una revolución, la lavadora que terminó ayer, que no se me olvide comprar pan.
Me voy en busca de mi pasión, creo que la metí en el cajón
de las cosas perdidas en mi salón.
Amalia T.
domingo, 22 de mayo de 2016
Largo viaje (a los premios de poesía)
En muchas ocasiones hacemos
cosas extrañas a nuestras costumbres o a nuestras ideas. Parece un ejercicio
saludable. Y hoy lo estoy haciendo. Desde que ha caído en mis manos el Premio
Adonáis de poesía 2013, otorgado a Joaquín Moreno Pedrosa por Largo viaje, he ido inclinándome a traer
aquí algunos de sus versos. Integrante su autor del grupo Númenor, editorial y revista del mismo nombre en la capital hispalense, creada al calor de un
instituto determinado, lejano a mis actitudes vitales.
Hay en algunas tardes una
esquina
que es muy fácil doblar sin
darse cuenta
y seguir caminando luego un
rato.
Pero entonces, si miro
alrededor,
ya la ciudad es otra. […]
[…] Nunca supe
qué moneda de hierro en su
caída
me conduce hasta aquí, lejos
de todo.
Cuando llegue la noche iré a
sentarme
en un bordillo sin saber qué
espero.
Porque las calles hacia el
horizonte
que ya busqué otras veces se
extravían
y llevan siempre de regreso
a mí.
No podía estar un premio de
poesía, claro, alejado de la polémica (que si en el Jurado había…, que si se
orna de latines…, etc.). Por mi parte, diré que tiene silencios, y eso es
suficiente para que venga a asomarse a este ruidoso balcón.
Salud.
lunes, 16 de mayo de 2016
Mar de espigas (en Castilruiz)
Vuelvo con las flores en la
retina. La agricultura extensiva las arrincona cada vez más. A los márgenes de
los caminos. A las zonas improductivas de ulagares y tomillos. A las cunetas (si
tienen la fortuna de que no pase por allí alguna cuadrilla fumigadora de las
Diputaciones). Cierro los ojos en la silla del trabajo y las veo ‒blancas,
rojas, moradas, amarillas, azules…‒ disfrutar del viento, al tiempo que las
golondrinas vuelan rasantes a escasos dos palmos de las incipientes espigas de
las cebadas. Un espectáculo bamboleante en verde. Sin apenas amapolas.
En mi ignorancia infantil (que
apenas ha mermado su volumen con los años), me preguntaba cómo es posible que
de un grano sembrado, del que sale una pequeña planta con forma de hierba, de
hoja plana, fuera apareciendo una espiga y, poco a poco, creciera y madurara en
oro. Y cada año el mismo proceso. (A estas alturas, casi prefiero no
contestarme a esa pregunta y asistir ‒maravillado‒ todas las primaveras a la
creación).
Y ahí me encuentro, además,
pudiendo leer a Guilles Deleuze (1925-1995) mientras paseo por los campos
mesetarios de mi pueblo, que no en vano escribió Mil mesetas, y, mientras veo a lo lejos a los labradores (con los
que me encontraré en el bar), a los que no les interesa demasiado la lectura,
me paro a voluntad en las reflexiones del filósofo galo, que vienen a decir que
escribir o pensar es liberar a la vida, que se encuentra prisionera. Claro,
para él, los barrotes los pusieron las teorías platónicas, empeñadas en que
solo somos copias. «¿Y las espigas?», me pregunto.
Dejo que el viento macere a
su gusto el blanco de mi piel.
[El dibujo está realizado sobre una ilustración de Romero Escassi al texto de Gaspar Gómez de la Serna sobre Castilruiz en "Cuadernos de Soria", 1960].
martes, 10 de mayo de 2016
A la manera del teatro (mitos)
Hércules visita a Atlas y le
pide que realice por él uno de los doce trabajos ‒el de robar tres manzanas de
oro en el Jardín de las Hespérides, ese que andaba por el Atlántico‒. Claro,
este tiene un pequeño problema: sobre sus hombros está el mundo, y no es cuestión
de ir de aquí para allá con él a cuestas; así que Hércules se ofrece a
sostenerlo mientras el titán se embarca hacia los confines. Y aquí es donde
entra Jeanette Winterson (1959) con La
carga (2005) y sorprende a Hércules preguntándose si su amigo volverá. ¿Acaso
aprovechará para vagar libremente, incluso sin ocuparse de la promesa de las
tres manzanas? ¿Y él, Hércules, cómo se las arreglará entonces con ese peso que
ha asumido?
Y la prosa de Wintersson
habla del siglo XXI. ¿Qué puedo contaros
de las elecciones que hacemos? Que no tienen final ‒se contesta‒, pues no
hay respuestas definitivas. Esta es la
causa de que escriba ficción: para poder seguir contando la historia.
Margaret Atwood (1939), por
su parte, se queda interrogante ante el hecho de que, a la vuelta de Ulises a
Ítaca se ahorcara a las doce criadas que habían sido amantes de los doce
pretendientes que tuvo Penélope durante parte de los veinte años en que el
héroe de Troya estuvo fuera de casa. En Penélope
y las doce criadas (2005) se pregunta por las intenciones ocultas de Penélope.
Tal vez no fuera la de «irreprochables pensamientos tenía la noble», según
cuenta Odisea en su canto XXIV.
Atwood también desplaza el mito al siglo XXI, a modo coral de teatro clásico, y
se acuerda de ellas.
«Nosotras estamos aquí, la
que no tenemos nombre. Las otras sin nombre. Esas sobre las que cayó la vergüenza
por culpa de otros. Las señaladas, las marcadas. Las chicas de la limpieza, las
mozas de mejillas sonrosadas, las niñas risueñas y picaronas, las muchachas
frívolas y descaradas, las jóvenes limpiadoras de sangre. Somos doce. Doce
traseros redondos como la luna, doce apetitosas bocas, veinticuatro pechos
mullidos como almohadas de plumas, y lo mejor de todo, veinticuatro temblorosos
pies».
Esos pies (Odisea, canto XXII) que agitaron un
rato, pero no largo tiempo.
miércoles, 4 de mayo de 2016
Materiales de dios (filosofar en las calles)
Las golondrinas alegran
nuestros cielos y las vincas nuestros suelos. El retorno de la espiral de los
meses trae la expresión que nos ocupa, extendida en los ámbitos científicos
hace unos años, especialmente cuando se habló del grafeno. Ahora parece que se
ha conseguido en la producción industrial tradicional mezclarlo con plásticos,
dotándolos de propiedades de conducción eléctrica y térmica, lo cual ‒dicen‒
llevará a cambios significativos en las aplicaciones de productos, que,
combinados con la impresión 3D, variarían los procesos de producción y, en
consecuencia, los costes. Es el mundo de los nanoaditivos, que dan paso a
materiales que cambian de forma, absorben los rayos X, evitan la formación de hielo
o iluminan fachadas enteras; sin pararse en otros campos a los que llegan, tal
el de la salud, pudiendo activar la cicatrización de heridas o la localización
de caries.
Material(es) de dios. Y aquí
estamos, con los planes de estudio que lanzan la filosofía por las ventanas de las
aulas. Es decir, retorna a la calle, lugar donde nació (en Grecia), con la
discusión, con los enfrentamientos de las guerras entre ciudades y de la rivalidad
entre concepciones diferentes del mundo. Así lo sostiene Marina Garcés (1973),
filósofa en la Universidad de Zaragoza, autora de varios libros, entre ellos el
que ahora leo ‒Filosofía inacabada (2015)‒,
en el que hace suya la pregunta de Lyotard en 1964, ¿cómo no filosofar?, con la que nos está cayendo. Concibe la filosofía
como una amplia experimentación con las ideas, el aprendizaje y las formas de
intervención en nuestro mundo actual.
Y no tiene intención de
callarse. Procede según lo hacía Thoreau en Walden:
«No pretendo escribir una oda al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como
el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque solo sea para despertar a
sus vecinos».
jueves, 28 de abril de 2016
La Casa Redonda (Violaciones y Camelias)
Ya pasada la matraca de personalidades
locales de la “cultura” recomendando el último libro que recuerdan (por aquello
del Día del Libro), podemos estar de acuerdo con Baricco ‒un profesional del
ramo‒ en que apenas hay nada novedoso en las novelas que salen al mercado hoy
en día. Sin embargo, cuando leemos a Louise Erdrich (1954) tenemos esa certeza
de que su literatura no cuadra en baremos formales. Parece que hay quien escribe
para decirnos algo. Que tiene un destino en su existencia.
La
casa redonda (2013) es una novela de iniciación y de
remanso. De venganza y de justicia. Puede leerse como ficción real o real ficción. Literatura de raíces. Louise desciende de las tribus indias de
lengua ojiwba, asentadas en la zona de los grandes lagos, entre Canadá y
Estados Unidos. Es propietaria de una librería independiente, Birchbark Books,
sita en Minneapolis, desde donde distribuye escritos relacionados con su
pueblo. Vive en una reserva ‒«reservas naturales» las llama Reagan‒, ambiente
en el que se desenvolvieron sus padres, unidos a labores educativas. Su novela
más celebrada hasta ahora era Plaga de
palomas. Es una de las autoras que más libros vende, dentro de la corriente
en auge de las literaturas nativas en USA. Es madre.
¿Es de justicia que un hijo
de 13 años y su amigo hermano asesine al violador de su madre cuando no espera
reparación de la justicia ordinaria? Las camelias han llegado al barrio estos
días. No recuerdo si con algo de retraso respecto a anteriores temporadas
debido a las constantes lluvias de abril. Tampoco es que abunden entre el
caserío. Apenas hay dos pequeños árboles con sus flores, junto a la lechera, y
aun uno de ellos se las tiene crudas para subsistir.
Y lucen hermosas en esta
mañana de luna menguante.
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jueves, 21 de abril de 2016
Poemas en el bolsillo trasero
«Llevo poemas para cuando
nos veamos. No sabemos cuándo va a suceder. Seguramente dentro de unos meses,
aunque vivamos en la misma ciudad. Ambientes distintos. Costumbres distintas.
Besos distintos. Cenas distintas. Tampoco solemos llamarnos, salvo en las
escasas ocasiones en que atravesamos la niebla de la voluntad. No importa. Te veo
con los ojos abiertos. Así que cuando doy con esos versos que sé que son para
ti, los imprimo. Si es invierno, los llevo en el bolsillo interior de la
cazadora. Si es verano, en la bolsa de costado y, al anochecer, en el bolsillo
trasero. Nos encontraremos ‒algo de sonrojo‒. Charlaremos deprisa. Te daré el
poema…».
La
calma en el mundo anterior a Bach
Tuvo que existir un mundo anterior
a la Sonata a
trío en re menor, un mundo anterior a la Partita en la menor,
pero ¿qué clase de mundo?
Una Europa de vastos espacios vacíos, sin sonido,
por todas partes instrumentos dormidos
a través de cuyas teclas la Ofrenda Musical, El clave
bien temperado
jamás pasaron.
Iglesias aisladas
donde el verso de la soprano en la Pasión
nunca se entrelazó
en desamparado amor
con los suaves movimientos de la flauta,
paisajes anchos y suaves
donde nada rompe la calma
sino las hachas de los viejos leñadores,
los sanos ladridos de fuertes perros en invierno
y, como una campana, los patines que muerden el
hielo fresco;
las golondrinas que chillan en el aire estival,
la caracola que resuena en los oídos de un niño
y en ninguna parte Bach, en ninguna parte Bach,
el mundo en una calma de patinador antes de Bach.
[Es de Lars Gustafsson,
fallecido recientemente].
viernes, 15 de abril de 2016
Puentes
Largo, como cola de tigre es el deseo. Irás detrás de él,te lo aseguro. Con la lengua afuera y el corazón afilado.
(Lilian
Elphick)
Los dos ojos habitados
habitualmente bajo el puente Malatos ‒ese que hurgan las huellas peregrinas
desde hace ocho siglos‒ sobre el Arlanzón se convierten en cinco estos días.
Alguna golondrina vuela en ellos, rozando el agua, en los momentos en que el
cielo se abre en naranjas y azules. Con la lluvia racheada me recuerdan escenas
que ilustran los libros de literatura china, especialmente aquel puente bajo la
lluvia.
Leyendo a Elphick, la
escritora chilena nacida en 1959, pienso en las peregrinaciones, en las
tormentas de alta mar bamboleando las embarcaciones de gente en busca de
refugio, en Frontex y Shengen. Las Bellas
de sangre contraria me trasladan a El Salvador, a las mujeres rurales
inmersas en la maquila, el trabajo textil que explotan las industrias textiles,
en las que las protagonistas más visibles, por el contrario, son también
mujeres. Sus Monstruos y monstruas me
llevan en taxi por las esquinas de los barrios de la ciudad en las que apago la
sed.
Seguramente su literatura
está escrita desde otras vivencias. Gemma Pellicer (1972) deriva las palabras
que inician esta anotación en un microrrelato (Nadie se libra de él. / Nadie lo
ignora. / La distancia aviva su sed, / la cercanía lo colma). Pero yo ‒hoy‒
tengo mis puentes que cruzar.
Cierro los ojos y lo veo.
sábado, 9 de abril de 2016
Unión más allá de la muerte
En los castaños de Indias
del Paseo de la Isla, si te detienes con atención en los momentos cálidos del
día, puedes ver el desplegar de sus bulbos ‒impresionantes‒ y sientes que
presencias una función de la vida, sientes que eres algo de esa hoja flor que
recubre lentamente las desnudas ramas del invierno. Lo natural, lo popular, lo
intelectual se unen en múltiples momentos. Mientras lo observo, me viene a la
cabeza aquel poema y cantinela que tan conocida era, que en el pueblo nos llamaba
la atención por su título, Lux aeterna,
del que después he sabido que lo compuso en 1889 Juan Menéndez Pidal (hermano
de Ramón) y que, al igual que el follaje del castaño, se extendió rápidamente
por España, conociendo múltiples versiones.
Era la voz de lamento de la joven que muere, sospechando
que su novio la engaña con otra (No madre
mía / ¡y el pérfido juraba / que me quería!). ¡Cómo sonaba en nuestros
oídos infantiles aquel pérfido! Y,
sobre todo, las descripciones musicales (En
los robles oscuros / solloza el viento; se apagan las estrellas / del firmamento;
/ el río entre los álamos / reluce y pasa; / ni crujir una viga / se oye en la
casa; / la candileja / que ardió toda la noche / de lucir deja). En fin,
con la candileja también nos las teníamos
algo oscuras. Pero nos gustaban estas formas de recitar y cantar, mezcla de
elementos populares y pluma culta, que volvía a las calles para ser
transformada al gusto.
Algo parecido a lo sucedido en Irlanda ‒esa fecunda
tierra‒ con She moved throught the fair,
poema y canción que, desde hace algo más de cien años conoce múltiples
versiones. Aquí es él quien, después de que ella desapareciera (tal vez por su
posición social más encumbrada), con el correr de los años, siente que vuelve (Y suavemente ella entró, / Sus pies no
hicieron ningún alboroto, / Se acercó a mi lado, / Y esto es lo que ella dijo, /
No será un largo amor, / Hasta el día de nuestra boda). Unido su camino al
de los momentos convulsos de la patria gaélica, puede decirse que no hay
cantante con interés en lo folk que no la interprete. Aquí elegimos una voz ya
de los sesenta, Anne Briggs (la del delicioso Blackwaterside):
Nos vemos en la eternidad.
domingo, 3 de abril de 2016
Wearable. De agua de mar. Pagar con el corazón
Estas lluvias de marzo (y
alguna nieve) están poniendo a la primavera en su sitio. Esparcen sensación de
normalidad. Debajo del paraguas leo El
mar (2006), de John Banville. En esta ocasión me dejé atraer por una
opinión publicitaria, la de George Steiner, que asegura que «Banville es el
escritor de lengua inglesa más inteligente, el estilista más elegante». Claro
que no lo leo en inglés, pero no decepciona su prosa, a muchos de cuyos
párrafos y frases se vuelve una y otra vez por el puro placer de leerlas, ya
que la historia narrada no es precisamente el espacio en el que se pueda
disfrutar. La pérdida, la vejez y la memoria como salvación son asuntos
centrales de su argumento, adobados con los variados yoes de su protagonista.
Eso sí, la sal se pega a nuestro cuerpo saliendo de sus líneas y sentimos su
reconfortante caricia en la piel mientras caminamos en el páramo.
Vestirse de agua de mar.
En esas andaba estos días de
asueto, cuando leo la noticia de que la biometría es la candidata perfecta para
convertirse en código (pin) personal intransferible e inimitable e incopiable e
inhackeable e…, según avanzan quienes desarrollan las potencialidades de la
tecnología ‒con el propósito de hacernos
más fácil la vida‒ en los ámbitos del e-commerce. Resulta que una empresa
canadiense, de estas startupes, ha ideado una pulsera que utiliza la señal
eléctrica que emiten nuestros corazones como clave de autentificación; solo hay
que añadirle un pequeño chip y se convierte en un dispositivo único como método
de pago. ¡Vestirse ‒wearable‒ para pagar! Es ya unos de los contactless del
futuro, que, por si fuera poco, ahorra el llevar móvil o tarjeta de crédito.
Con el corazón es
suficiente.
[La Nit a Llancà pertenece a una serie de Paco e Isabel, excelentes
artistas de la cámara].
lunes, 28 de marzo de 2016
Bibliotecas de barrio, ¿a derribo?
A l@s Bibliotecari@s municipales de
Burgos
Acudo con gusto a la
Biblioteca del barrio, la Miguel de Cervantes. Es luminosa. Casi somos
contemporáneos en él. Lleva aquí diez años y está atendida por personas
agradables, conocedoras de su oficio y optimistas (aunque, a veces, no se lo
pongamos fácil). Una siempreviva, que ofrece sus espacios, sus materiales y sus
actividades adultas e infantiles para quienes demandan algo más que tabernas.
Un sitio de encuentros, proyecciones, exposiciones, lecturas… que redistribuye
la riqueza social. Creo que es la UNESCO la que afirma que las bibliotecas
devuelven a la comunidad que las sustenta sobre un 5% más de lo que ha
invertido en ellas.
Sin embargo, en el presente
año, la mesa de novedades está menos surtida, los ejemplares de los diarios han
disminuido, el revistero deja lugares vacíos o mantiene las portadas de hace
meses. Resulta que el presupuesto municipal ha reducido la cuantía destinada a
sus cuatro bibliotecas de 250.000 euros a 150.000 (a compartir con el Archivo).
En los corrillos nos extrañamos de esta medida, ahora que parecía que se estaba
remontando el vuelo y que iba a haber dinero para amueblar algunos rincones
necesitados y adquirir obras de patrimonio cultural. «Fíjate, resulta muy
extraño, pues no hay mayoría monocolor en el Ayuntamiento y, sin embargo, no se
ha oído ni una triste moción de los diversos grupos. Ni, tampoco, alguna nota
de prensa que manifestara la situación».
No es que puedan pedirse
peras al olmo. Pero cabe preguntarse qué espacios de convivencia se desean
potenciar desde la Administración local. O, bien, qué se entiende por cultura.
¿Acaso se piensa que es suficiente ofertar un sistema de préstamo electrónico
ahora que la población dispone de aparatos para descargarlos? La cultura
–creemos– se construye en la convivencia.
Las flores asoman junto al
río. Imaginemos el barrio sin biblioteca.
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