Salvadora Medina Onrubia (1894-1972), argentina, es poeta, dramaturga, directora del periódico "Crítica" (de 1946 a 1951), además de haber sido la primera mujer argentina encarcelada por motivos políticos (en 1931), ante lo que una parte de la intelectualidad bonaerense solicitó su excarcelación al general Uriburu, por su "triple condición de mujer, poeta y madre", lo que ella rechazó.
Se nos figura adecuada la lectura veraniega de sus sonetos, entre los que se encuentra
Transmigración
Yo soy la hierofántica de la Melancolía
custodio en sus altares grandes vasos votivos
mi voz grave, ennoblece, serena, los motivos
piadosos de los salmos que canto cada día.
En los divinos tiempos que Grecia florecía
yo los fuegos sagrados mantuve siempre vivos
y ya sola en el templo con mis dioses esquivos
de un tajo abrí mis venas... En mi larga agonía
de las turbas cristianas yo escuchaba las voces
¡fui la última pagana que murió con sus dioses!
Hoy mi alma rediviva presiente que como antes
al templo que custodia llega la turba ansiosa...
Volveré a abrir mis venas, y a los pies de la diosa
las gotas de mi sangre serán como diamantes.
Mantuvo siempre una actitud crítica del matrimonio y a favor del amor libre.
jueves, 11 de julio de 2019
miércoles, 3 de julio de 2019
El mar será... (el Maestro en el páramo)
La literatura social cumple su papel a la
hora de acercarse a la realidad. En épocas de opresión, difunde mensajes
prohibidos, tal como sucedió en España en las dos últimas dictaduras con las
novelitas ideales que circulaban en tiempos de Primo de Rivera, y los versos en
poemas y canciones en tiempos de Franco. En épocas de libertad, posibilitan
difundir acontecimientos o vidas memorables dirigidas a un público que no suele
detenerse en los ensayos o las biografías.
Así nace El
mar será… (2018), de Sebastián Gertrudix (1951) y Sergi Bernal (1973), para
difundir la historia de los últimos años de un maestro freinetista, Antonio
Benaiges Nogés (1903-1936), que transcurrieron en Bañuelos de Bureba, en el
páramo cerealístico burgalés, y la de las criaturas que asistían a la escuela
del pueblo -hoy Asociación Escuela Benaige-. El título afortunado (ideado por Gema Marchamalo, correctora de las
primeras versiones, que sustituye a Els vaig prometre el mar) alude a la promesa hecha por el maestro de llevar al mar a
las alumnas y alumnos en el verano de 1936 (en concreto, a su pueblo natal,
Montroig, en Tarragona), motivo por el cual elaboran en la escuela mediante la
imprenta ─práctica conocida de la técnica Freinet─ el cuadernillo El mar, la visión de unos niños que no lo
han visto nunca y comienzan muchos de sus textos con la expresión «el mar
será».
No hay duda de que la profesión de maestro de
Gertrudis contribuye a buscar el tono que precisa el relato y que la dedicación
de Bernal a esta historia, desde 2010, proporciona elementos con los que construirlo.
Ambos lo insuflan de entusiasmo. Para ello, se han servido de documentos
originales del maestro Benaiges, de los cuadernillos de la escuela 1935-1936 y
de algunas contribuciones de los más modernas, que presentan en esta extensa
obra que se acerca a las quinientas páginas.
miércoles, 26 de junio de 2019
Club de Lectura La Recolectora (fin de temporada)
Al igual que en los diez
años anteriores, llega junio y tenemos que despedir la temporada del Club de
Lectura La Recolectora, ubicado en la Biblioteca Pública de Burgos. En esta
ocasión, el encuentro último lo hemos realizado en compañía de la escritora
local Esther Pardiñas, con énfasis en su libro de relatos La mirada del tiempo, que incluye algunos ambientados en lugares de
la ciudad, en épocas más o menos remotas; así que, en una tarde agradable,
hemos paseado con ella rincones en torno al castillo y la iglesia de San
Esteban, para finalizar en un bar de las Llanas.
Aquí ‒como en los diez años
anteriores‒, dejamos constancia de nuestras lecturas quincenales:
El perseguidor y otros
relatos, Julio Cortázar
Neverhome. (Ella era más
fuerte), Laird Hunt
El beso de la mujer araña, Manuel Puig
También esto pasará, Milena Busquets
El Aleph, Jorge Luis Borges
Los restos del día, Kazuo Ishiguro
Primavera con una esquina
rota, Mario Benedetti
Dulce hogar, Dorothy Canfield Fisher
Madre e hija, Jenn Díaz
Fruta prohibida, Jeanette Winterson
El coleccionista de sonidos, Fernando Trías de Bes
Los combates cotidianos (cómic), Manu Larcenet
Volver a casa, Yaa Gyasi
Trenes rigurosamente
vigilados, Bohumil Hrabal
Las bicicletas son para el
verano, Fernando Fernán Gómez
Tres días y una vida, Pierre Lemaitre
Y siempre con un homenaje a
nuestra recolectora de miel, nuestra antecesora.
Salud.
miércoles, 19 de junio de 2019
Retorno (desde Costa Rica)
Desde hace un mes, aproximadamente, leo a
ratos una novela de la que no tenía ni idea hasta que se encontró en mis manos.
La cogí de las estanterías de una zona de cruce de libros de intercambio
situada en el pueblo de Quintanalara, llamada Entre libros, una iniciativa de
la Asociación de este lugar, que se encuadra entre las concebidas para el
desarrollo de Tierra de Lara, comarca natural en la que hay lugares tan
emblemáticos como San Pedro de Arlanza (bastante en ruinas, que se está rehabilitando),
con entidad histórica y literaria, según se aprecia en aquel conocido poema de
los siete infantes. Por supuesto, el ejemplar tiene su BCID: 196-13912431.
Se trata de Retorno, obra de Zeneida Fernández de Gil (1926-2003), que Trejo
Hermanos editaron e imprimieron en San José de Costa Rica en 1954. Por
entonces, desconocía que Zeneida fuera una autora ligada al campo espiritual,
que deja patente en el resto de obra literaria que produjo (según señala la valoraciónhecha por Benedicto Víquez Guzmán). La verdad es que ya no estoy acostumbrado a
leer este tipo de obras, con una puesta en escena parecida al teatro, con
cambios bruscos de un párrafo a otro, con personajes estereotipados, que
conforman dos triángulos amorosos, en los que, a la par de los tiempos actuales, el centro está
ocupado por mujeres.
Por una asociación, cuyo motivo desconozco,
se me figura que esta novela ha quedado desfasada tanto como Viaje al fin de la noche. Tienen algo
antiguo en las formas, en los personajes, en las reacciones.
miércoles, 12 de junio de 2019
Narrativas precarias
La crisis económica que atravesamos y
padecemos, ya camino de la docena de años, puede ser motivo central en la
ficción literaria o simple decorado, pero de una u otra forma condiciona parte
de la producción narrativa de nuestros días en España. De ahí los estudios que
se realizan en Narrativas precarias
(2019), que cuenta con la coordinación de Christian Claesson y está publicada
por una de esas editoriales que se nutren o denuncian (o ambas cosas) de las
características sociales de estos años: crisis griega, copyright, femen,
democracy now!, etc.
Con anterioridad, existían novelistas que se
ocupaban de la realidad inmediata ─ya sabemos, Gopegui, Rosa, Sanz, Riechmann, etc.─,
la llamada creación crítica, que en la década actual se han incrementado con
plumas que reflejan el repliegue individualista a que nos impele la crisis,
para guarecernos de ella, abandonando los espacios colectivos que, en
principio, ayudarían a superarla más fácilmente. La supervivencia, que genera
las individualidades nómadas globalizadas, que huyen de sus lugares de origen
en busca de una vida distinta, pero que suelen terminar reproduciendo los
valores que habían rechazado.
Aparecen, así, nombres como los de Blanca
Riestra, con la distopía Greta en su
laberinto (2016) o el tratamiento del feminismo y la inserción laboral en Pregúntale al bosque (2013). Aparte de
Iván Repila, que recrea una sociedad violenta en Prólogo para una guerra (2017), pueden leerse los relatos de Miguel
Serrano Larraz en Réplica (2017),
entre los que se encuentra «Frontera», en la que discurre la experiencia de una
chica inmigrante llegada a España, que recala en una familia que, a su vez, fue
emigró a Europa.
Tiene algo de esperanza el libro. La que
proporciona la política literaria frente a la política literal. La segunda nos
atrapa en las leyes de mercado, en las obviedades de quien las hace. La primera
─la literaria─ nos desdobla, permite que experimentemos la posibilidad de ser
otras personas y, desde ese momento, generamos efectos de realidad. Según
Rancière, la ficción política realiza tres operaciones: crea un nombre o
personaje colectivo, produce nueva realidad e interrumpe la que hay.
miércoles, 5 de junio de 2019
Enciclopedistas en la Vida
Por circunstancias algo conturbadoras,
me ha llegado el cuento Así es la vida(de Ana-Luisa Ramírez y Carmen Ramírez), que viene a restañar la herida de una
ausencia. La lectura, y mucho más la lectura en grupo, conmueve nuestro ser o
condiciona nuestros días o disuelve la bruma del pesar o rompe el círculo que entretiene
nuestros pensamientos o abre la jaula que abarrota
nuestra actividad. Va por ella.
Hoy traía la luz de una
época, la que se desprende del tebeo Los
enciclopedistas (de José A. Pérez Ledo, por el guion, y Alex Orbe, por los
dibujos y el color). La época en la que una parte de la sociedad francesa
intentaba hacerse mayor (y mejor), liberarse del opresor yugo de la ignorancia,
propiciada por la religión. La ficción introduce a Mary, una joven ilustradora,
intrépida a la postre, que se codea con Diderot, D’Alembert, Hume o el barón d’Holbach
y que aumenta la nómina de participación femenina en esta aventura del
pensamiento, en la que estaban mujeres como Madame Naigeon o Madame Pompadour.
La trama incluye una
organización reaccionaria, Los Cruzados, que no dudan en utilizar la violencia
hasta llegar al asesinato de algunos ilustrados, y dejan la firma de la cruz
cristiana. Lo terrible de quienes masacran (o incitan a ello) es que lo hacen para preservar la esencia de la humanidad.
Tenemos aquí la estética
franco-belga, a la que se le añade la intriga y la actuación de personajes
históricos conocidos, referentes del pensamiento occidental. Hay gente a la que
le arrebataron la vida por crear una obra que compendiara el conocimiento
humano, a margen de los dictados monárquicos y religiosos, sabiendo que ello
estaba perseguido.
miércoles, 29 de mayo de 2019
Alma rusa (gulag)
Ahora que ya dejan de oírse los ruiseñores al
abrir la ventana por las mañanas, pueden verse los narcisos en la orilla del
Arlanzón. Trazos de belleza que conviven a nuestro alrededor, a los que es
fácil acercarse en uno u otro momento del día que sea tranquilo. Algo más
difícil es hacerlo en condiciones complicadas, de ahí que me está sorprendiendo
el libro testimonio Vestidas para un
baile en la nieve (2017), elaborado por Monika Zgustová a partir de las
entrevistas que tuvo con una serie de mujeres rusas que estuvieron presas,
durante los años cincuenta, en el sistema de campos de trabajo forzado de la
Unión Soviética.
Yo mismo me he sorprendido al iniciar y
continuar con estas memorias, pues estaba con algunos de los ensayos sobre
escritura de Steiner -Pasión intacta-, lo cual me resultaba muy atractivo, pero lo he aparcado.
La narración de Zgustová es simple, lejos de la densidad del filósofo, y además
puede parecer oportunista, basada en dolores mediáticos, que cuentan con salida
editorial segura, y no obstante la he leído. Se trata de mujeres entonces
jóvenes, casi adolescentes, hijas de padres que habían sido purgados en los
años treinta, y cuyas madres también estaban presas.
Varios aspectos llaman la atención en estas
páginas, pues están presentes en la mayoría de los testimonios de la época del
gulag. El primero es que no son relatos angustiosos ni denuncian directamente
que se cometiera con ellas una injusticia. El segundo, a diferencia de lo que
yo creía, es que la supervivencia de ellas era mayor en el caso de las mujeres
con cultura que procuraban mantenerla viva; es decir, darse cuenta de la
belleza natural que las rodeaba, cuidar su aspecto después de doce horas de
trabajo y mantener vivos en la memoria poemas o escritos. Por último, afirman
que su vida sería incompleta si no hubieran vivido esos años en los campos de
trabajo en condiciones tan penosas; allí encontraron lo más auténtico de sí
mismas y de las personas que les rodeaban.
¿Será el alma rusa?
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miércoles, 22 de mayo de 2019
Frutos en el jardín de las delicias (Hrabal y Zgustová)
Cuando, por fin, las
autoridades checas permitieron publicar a Bohumil Hrabal (1914-1997) al
acercarse la década de los sesenta ‒Las alondras
colgadas en un hijo (1959), La perla
en el fondo (1962), Trenes
rigurosamente vigilados (1965), etc.‒, las ediciones de sus libros se agotaban
en poco tiempo, aun llegando a tiradas de 150 000 ejemplares. Estas obras,
según sabemos, servían de argumento para las películas de la Nova Vlná, Nueva
Ola Checoeslovaca, significativa en calidad, que en nuestra tierra quedó
eclipsada, entre otros motivos, por el deslumbramiento que producía la Nouvelle
Vague.
Durante la semana pasada he
estado enfrascado (cuando lo permitían las tareas y actividades) en los libros
de Hrabal, que se leen tan inocentemente, en especial los Trenes… y Una soledad
demasiado ruidosa ‒títulos, como dijera Bajtin, preñados de significados‒.
Y, para redondear el paso por las letras de este solitario subversivo, estoy
ojeando la biografía que le hizo (durante cuatro años) Monika Zgustová, la cual
tituló Los frutos amargos del jardín de
las delicias, que en España vio la luz en 1997, justamente el año que
Hrabal murió, no se sabe muy bien si de manera accidental o voluntaria, al
darle de comer a las palomas desde un piso alto del hospital en el que estaba
ingresado.
Según cuenta la propia
autora, una notable parte de lo que cuenta procede de las conversaciones que
tuvo con Hrabal, a veces en la casa que este tenía en los bosques de Kersko, «o,
más a menudo, compartía sus cotidianos ratos en las cervecerías del barrio
antiguo de Praga». De estos lugares y de los distintos oficios que tuvo, sacaba
este los personajes de sus novelas, antihéroes trágicos e irónicos, a los que
fascinan (como a su autor) los objetos triviales y las historias banales, a las
que atribuía un sentido metafísico.
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miércoles, 15 de mayo de 2019
Lucía Sánchez Saornil y Burgos
Quiero en mi ley cumplirme
Ni la bestia
ni el ángel,
quiero mejor
la exacta medida de lo humano;
a través de
mi carne
hacer
tangible el soplo
divino que me
mueve;
quiero mascar
con gusto
el puñado de
tierra que me llena la boca,
complacerme
en el pan
que mi sudor
amasa,
en el canto
que brota de mi lado encendido
y,
apasionadamente,
hacer mis
días densos, de olor y sabor míos,
en torno a mí
apretados.
Ni el ángel
ni la bestia,
ni pezuñas ni
alas.
Prefiero pies
ligeros para medir andando
los caminos
del mundo
y unos brazos
abiertos,
saetas
disparadas a los cuatro horizontes
en una
incontenida efusión de ser vivo.
Quiero en mi
ley cumplirme;
escuchar el
obscuro redoble de la sangre,
sentir la
escocedura de la lágrima
y el fresco
rezumar del gozo.
Me complace
la exacta medida de lo humano;
pero si la
pasión desborda la medida
amo sentir
como se trueca en fuego
la arcilla ordinaria.
Estaba esperando que se
publicara este artículo en Culdbura,revista digital actual de Burgos, para traer aquí la primicia de este poema, aparecido
en la revista Estrofa, cuaderno mensual de los artistas burgaleses,
número 22, octubre de 1955, pág. 8. La razón es porque hasta hace unos meses,
se ha afirmado que la conocida poeta ultraísta Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), desde su vuelta a España en los
años cuarenta, no había publicado nada durante su exilio interior; y, desde hace unos meses, se conocía el
título de este poema, pero no se había encontrado la revista Estrofa.
Así que aquí está el poema,
en Burgostecarios, para deleite de quien desee disfrutarlo.
miércoles, 8 de mayo de 2019
Encuentros casuales (con Caroline)
Desde hace días, al abrir la ventana por las
mañanas, se escuchan algunos ruiseñores pregonando su territorio. Camino del
trabajo, los puntos blancos de margaritas cerradas se agolpan por sectores en
El Parral, abiertas ya a la vuelta si el día está soleado, superadas por el
amarillo de botones de oro y dientes de león. Incluso, entre los yerbales de
los costados y encimeras de las tapias de la Ermita de San Amaro, se pavonean
algunas amapolas. Paisaje agradable para pasear en compañía.
Llegado a las estanterías de la biblioteca,
olvidé el apellido exacto de la autora que buscaba y, por aproximación, caí en
Willa Carter (1876-1947), aquella mujer independiente que estudió en la
Universidad de Nebraska vestida de hombre como William, y allí me quedé. Me
decidí por Más allá de los cuarenta
(1936), aunque tuve mis dudas de si releer la deliciosa Mi enemigo mortal, en todo caso, obras breves, tal como buscaba.
Coincidimos con su afirmación de la dicha que experimentamos en ciertos momentos
«todos los que hemos tenido la grandísima suerte de haber conocido a los
grandes maestros por puro accidente, y no bajo la espeluznante guía de un
instructor». Letraherida.
Y es que, en el primer relato de este libro,
transmite la excitación que sintió al saber que una anciana con la que llevaba
tratando unos días en el Grand-Hotel de Aix-les-Bains ‒Willa vivía aprovechando
su economía desahogada, y allí estaba con su compañera Edith Lewis (1881-1972)‒,
era Caroline Groud , la sobrina de Flaubert criada con este (y su abuela) en
Croisset al morir la madre de la niña cuando ella nació, a la que el novelista
dedicó una serie de cartas tiernas y vivificadoras durante veinticinco años,
las cuales publicó la mujer en Lettres à
sa nièce Caroline. Ella fue la albacea nombrada en el testamento y conservaba
en su Villa Tanit, en Antibes, manuscritos y documentos originales e, incluso,
los muebles del salón escritorio de su tío, en el que, de niña, se sentaba en
una esquina de la alfombra mientras este escribía.
Algo de Flaubert hay en Willa ‒¡ah, madame
Arnoux!‒. Hasta sus deficiencias.
miércoles, 1 de mayo de 2019
Esclavitud. Volver a casa (Yaa Gyasi)
Cuando
regrese el sol
Y
llame la primera codorniz
Sigue
la calabaza para beber
Porque
el viejo espera
Para
llevarte a la libertad
Si sigue la calabaza para
beber
La calabaza remitía de un
modo simbólico a las constelaciones. Esta es una estrofa de la canción Follow the Drinking Gourd, que ofrecía
instrucciones en clave para guiar hacia el norte a los esclavos que escapaban
de las plantaciones del sur de Estados Unidos (El río para entre dos cerros / Sigue
la calabaza para beber / Hay otro árbol del otro lado / Sigue la calabaza para
beber).
La traemos a colación porque
estamos leyendo el libro Volver a casa
(2016), de Yaa Gyasi (1989), una mujer nacida en Ghana, trasladada
tempranamente con su familia a EE. UU., en donde lo ha publicado, después de realizar un viaje
(becado) a su lugar de origen. La verdad que la obra es pretenciosa. Trata de
unificar secuencialmente la existencia de dieciséis generaciones, nacidas del
mismo tronco, la mitad en tierra africana, la otra mitad en suelo estadounidense.
Gran parte de la literatura
que nos viene en la actualidad está cocinada en los talleres de escritura
creativa de las universidades. Es difícil deshacerse de una enseñanza
semejante, más cuando se escribe una novela primeriza. No escapan a ella las
incoherencias, pero hemos de resaltar los valores que contiene, tal el de
abarcar vidas tan distintas, mostrar costumbres tan diferentes y construir
imágenes sugestivas.
Sin duda, una autora a tener
en cuenta (El viejo espera / Para llevarte a la libertad / Si sigues la
calabaza para beber).
jueves, 25 de abril de 2019
Anécdotas y biografías
Cuando alguien cuenta una
anécdota de su vida, por sencilla que sea, suele atraer mi atención. A veces
maldigo mi pérdida de audición ‒que achaco al ruido de las máquinas de la
carpintería en la que trabajé durante años‒, pues me priva de escuchar relatos
en los sitios más dispares, tal los trenes o las estaciones. Tal vez por ello,
me digo, me atraen tanto las biografías y las autobiografías. En estos días de
fiesta, paseando por las estribaciones del Moncayo (en el que ha nevado un poco
en la cumbre), en los alrededores de mi pueblo, he estado disfrutando de dos
libros de estas características. No sabría con cuál quedarme.
El primero es la biografía Emmy Noether. Una matemática ideal (2011),
realizada por David Blanco Laserna, que editó Nivola en la colección La
matemática en sus personajes. Su condición de mujer más la de judía le
complicaron bastante la vida, pero aun así ha logrado una influencia que pocos
matemáticos han logrado. Entre otros logros, Noether (1882-1935) dotó de una
base sólida a la teoría general de la relatividad.
El segundo también
corresponde a alguien emigrado, exiliado, pero se trata de una autobiografía,
la de Atiq Rahimi (1962), titulada La
balada del cálamo (2018), un despliegue de recursos en los que entran
caligrafías (y calimorfías) y poemas para aderezar recuerdos y reflexiones. Cuerpo
y palabras devenidas en dibujos, con una sensibilidad exquisita. Para mi
sorpresa, habla del místico persa del siglo XV Rajab Borsi:
Los
significados de las letras se encuentran
en la
Inteligencia; sus modalidades sutiles,
en
el Espíritu; sus formas se hallan en el
Alma;
sus huellas están en el Corazón; su
fuerza
enunciadora, en la Lengua; su secreto
configurador, en la
Audición.
(Así que cada vez lo tengo
peor).
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miércoles, 17 de abril de 2019
Con los ojos de Jonna (literatura nórdica)
En el otoño de 2018 llegó a las bibliotecas municipales de Burgos la campaña lectora que estaban promoviendo las embajadas de Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia por España. En ella incluían el libro de una autora y el de un autor de cada país, más un libro infantil, los cuales publicitaban en unas cartelas visibles en los pasillos, en las que se hablada de las vidas de las mencionadas. Casualmente, había leído en los meses anteriores un par de ellos (los cuales reseñé en la bitácora, así Tainaron,de Leena Krohn).
Me gustaron. Así que esta vez he cogido de la mesa de novedades La pequeña Jonna, de la danesa Kirsten Thorup (1942); nacida en la isla de Fionia, hija de un librero, utiliza en sus obras las experiencias infantiles que tuvo en el campo; fue la primera de su familia en ir a la universidad, en la que se licenció en Literatura y Filología inglesa, lo que le sirvió para instalarse durante una temporada en Inglaterra; vuelta a su país, donde es una autora reconocida desde la década del setenta, vive en Copenhague, y allí escribe poesía, teatro, cuentos y novelas.
También me gusta la pequeña Jonna (publicada como Baby, 1973). No es muy corriente encontrar una voz narrativa de una niña de diez años hablando de su existencia infantil, sin que se note que está creada por una persona adulta. Y, todavía menos, dar crédito a la voz de una niña describiendo la vida de mayores, incluso cuando transgrede los umbrales de credibilidad al ocuparse de situaciones en las que no está presente. No importa, de verdad. Todo lo que narra, ocurre. Y ahí está la hermosa y laboriosa Betty, su madre, y sus tres hermanos y su padre y la galería de hombres, mujeres y criaturas que desfilan en esta historia.
La mirada de Jonna focaliza la hipocresía de tanta gente honrada, y percibe su propia pobreza como un lastre existencial.
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jueves, 11 de abril de 2019
En la penumbra (al resguardo de la lluvia)
Cuando leo alguno de los
párrafos-diálogos-monólogo de un par de páginas de Juan Benet (1927-1993), me
pregunto si es que me sobra el tiempo. Tengo la sensación de estar en unos
momentos que no tienen utilidad, que no sé dónde colocarlos en mi existencia.
Pero vuelvo de vez en cuando a su escritura. Son escasas las ocasiones en que soy
consciente de tumbarme sobre palabras que existen ahí, entre la mente y la
arcadia literaria, y con Benet me suele suceder.
Ahora estoy con En la penumbra, publicada en 1989, una
de sus últimas obras, cuya publicación coincide con la puesta en marcha de su
propia empresa ‒él era ingeniero y había trabajado en varias obras, entre ellas
la construcción del pantano de Porma (que desde 1994 se denomina Embalse Benet),
en el que quedó sepultado Vegamián, el pueblo de Julio Llamazares‒. Ya la
ilustración de cubierta me resulta un acierto: Día de lluvia (1906), de F. W. Benson (1862-1951).
La obra, iniciada y
finalizada en octubre, presenta a dos mujeres mientras reflexionan sobre su
vida; una de ellas entra en la madurez; la otra tiene cercanos los años de
sazón. Al tiempo, esperan a un personaje desconocido que porta un mensaje para
la mujer adulta (y, a la postre, también para la joven). En otros meses del año
‒mayo, junio, agosto y septiembre‒ se van sucediendo acontecimiento paralelos,
que dotan a la novela de terreno en el que caminar.
Dice la publicidad editorial
que es uno de los textos mayores de la narrativa contemporánea, en el que Benet
alcanza la más alta de sus cotas, hasta logar una pieza maestra. Yo no digo
tanto, pero ‒según he dicho‒ la disfruto.
viernes, 5 de abril de 2019
Las montañas de la mente (o fascinación cultural)
La fascinación actual por las
montañas es, en notable medida, cultural. Eso es lo que viene a decir el británico Robert Macfarlane (1976) en Las
montañas de la mente (2005), libro que combina erudición y aventura. Apenas
hace tres siglos, eran consideradas lugares de peligro, inhóspitos, aptos para
refugio de gente bandolera o perseguida. Sería Thomas Burnet el iniciador de
una visión nueva sobre las alturas impactantes en The Sacred Theory of the Earth (1681), continuada por Lyell en los Principles of Geology (1830) o Ruskin en
Of Mountain Beauty (1856), quienes
extendieron la belleza de estos paisajes, debido a que descubrieron que tenían
un pasado, que su forma actual proviene de miles y miles de años en los que la
Naturaleza ha escrito su libro. Y, por supuesto, el Nueva Elosía (1761) de Rousseau.
(En Oriente ‒digamos de paso‒,
obras como la de Kuo Shi, Essay of
Landscape Painting, ya habían afirmado que estos paisajes «alimentan la
naturaleza del hombre»).
Después de tres siglos de
excursiones geológicas y románticas (con su dosis, en numerosos casos, de
intereses económicos), pudo George Mallory (1886-1924) escribir a Ruth turner, su
mujer, desde la base del Everest, «Querida mía […], no tengo palabras para
describir hasta qué punto me posee», tres años antes de que muriera en sus
crestas. O Hergoz (1919-2012), en el Annapurna, cuando se le estaban congelando
los dedos (que después le amputaron), «Aquel paisaje diáfano, aquella
quintaesencia de la pureza […], aquéllas no eran las montañas que yo conocía;
eran las montañas de mis sueños».
Alfred Tennyson (1809-1892)
escribe en su elegía de la estasis: «Las montañas son sombras y fluctúan / de
forma a forma, y nada queda en pie; / se disuelven como bruma, las tierras
sólidas, / como nubes toman cuerpo y se van». Si eso les sucede a ellas ‒majestuosas‒,
¿qué no nos sucederá a la gente mortal?
Claro que no todo el mundo
se siente atraído por ellas. Ya los escribía Blake (1757-1827): «El árbol, que
a algunos conmueve hasta lágrimas de dicha, es, a ojos de otros, solo un
estorbo verde que se interpone en el camino».
Salud.
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sábado, 30 de marzo de 2019
el abate Pierre (Emaús)
Cambian los referentes con
el tiempo. Hace años ‒en el siglo pasado‒, una de las personalidades más
admiradas, por su compromiso social, era el Abate Pierre, nombre que había
adoptado en la Resistencia de la segunda guerra mundial el francés Henri Grouès(1912-2007). Hombre inquieto, indignado ante las situaciones de exclusión y
pobreza, crea en 1949 el Movimiento Emaús (que aquí conocemos como Traperos de
Emaús), desde el que cobija a la gente desfavorecida y, al tiempo, denuncia la
sociedad que fabrica y permite la penuria en su seno. De ahí que estuviera
presente su figura en los grupos de adolescentes y jóvenes que deseaban cambiar
el mundo.
Ahora, he topado con un
cómic (de 2011) que dibuja su personalidad, partiendo de una serie de visitas
que sus autores realizaron sucesivamente a Esteville, en la región de Alta
Normandía, donde el movimiento tiene su sede. Se titula así, el abate Pierre ‒con minúscula inicial‒,
pues sobra cualquier subtítulo. La autoría principal corresponde a Edmond
Baudoin, al que auxilian Georges Carpentier y Alain Royer. A lo largo de la
obra, Baudoin expresa las dudas y dificultades con las que se encontró a la
hora de plasmar la vida de este hombre simple, que repasó y dio el visto bueno
a la historia aquí narrada.
Se trata de la vida de «un
hombre que comprendió que la única riqueza que cuenta es la que está en el
encuentro con el otro, sea quien sea, y que permite sentir que existes y que te
aprecian». Y consiguió que muchas mujeres y hombres no solo recobraran la
dignidad, sino que se pusieran manos a la obra, ya que les proponía: “ven,
ayúdame a ayudar”. Era un subversivo y un delincuente del orden social injusto.
sábado, 23 de marzo de 2019
Seda. Ha nacido un club de lectura
Ha nacido, en el mes de
febrero, un club de lectura, propiciado por el Ampa de un colegio burgalés. Derivado
del primer libro leído ‒Seda, de
Alexandro Baricco‒, ha tomado el título del mismo. Después, ha sido el turno de
Una lectora nada común (con la que
hemos degustado la magdalena de Proust), de Alan Bennett. Y, ahora, estamos con
Arte, de Yasmina Reza, con algo de
vértigo por tener que subir a las tablas.
Nos gusta decir que Seda es
un espacio en el que se habla de literatura. Su tejido flexible exime de tener
conocimientos previos académicos para intervenir. Su hechura firme anuncia que
solo precisa de invertir entusiasmo y voluntad en las lecturas.
Seda se construye en cada
sesión por quienes participamos en su espacio. A veces, descorremos su velo y
se nos muestra ese libro que no habíamos sospechado. A veces, cada cual teje un
regalo en palabras a quienes le escuchan. A veces, nos desconciertan sus
colores, y su tacto sacude brevemente nuestras ideas.
Seda es un territorio singular,
único. Quienes lo habitan en esas tardes del viernes en el local del Ampa
sienten que la existencia es generosa con ellas. Saben que existe la suavidad.
[La fotografía es del día en que se proyectó el club. Ahora, ya con la docena, el grupo ha aumentado, así que, en la próxima, la pose será más numerosa].
sábado, 16 de marzo de 2019
Fruta prohibida (Jeantette Winterson)
A una chica de 16 años su
madre le pregunta “por qué”; ella le contesta “por qué qué”; la madre no tiene
ganas de repetir, pero vuelve a decirle “por qué lo haces”; la chica le dice “porque
soy feliz”; la madre queda en suspenso un momento, parece que la situación pueda
reconducirse, pero al fin sentencia “¿por qué ser feliz cuando puedes ser
normal?” y la echa de casa. Es Jeanette Winterson ‒la hija‒, que tiene
relaciones sentimentales con una amiga de la misma iglesia. Había sido adoptada
a las seis semanas de nacer. La madre es Loui Winterson, volcada en la causa de
las Almas Perdidas de la iglesia evangélica en el condado de Lancashire. Son
los años setenta del siglo pasado.
Años después, Jeanette (1959)
elige la frase Por qué ser feliz cuando
puedes ser normal (2011) para título de su autobiografía, una vez ya ha
muerto su madre (y su padre) y es lo suficientemente conocida en la literatura
como para publicarlas. Por entonces, ha conocido a su madre biológica.
Un cuarto de siglo antes,
algo perdida en Londres, escribe su primera novela, Fruta prohibida (1985), en la que recoge muchos rasgos biográficos.
A los ocho años era predicadora en su comunidad. Su talento y voluntad la
libraron de ser carne de cañón de una educación en la que recibía maltrato en
casa y era sometida a los dicterios de la religión familiar.
Sorprende que tan solo
tuviera 24 años cuando termina esta obra (que fue premiada y seriada en
televisión). En ella incorpora tres tradiciones fundamentales de occidente: la
bíblica (incluida en la estructura), la mítica (de cuentos) y la artúrica.
Y sorprende que, después
de lo vivido, no manifieste rencor, sino que deje abierta la puerta del perdón.
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Lesbianas,
lvb
domingo, 10 de marzo de 2019
Lluvia de haikus (Sendas de Oku)
Esta mañana llueve lentamente
en la ciudad. Hay quienes van sin paraguas. El ruido del tráfico se ensordece
y, sobre él, se escucha el gorjeo de los pájaros desde los árboles próximos. Pareciera
una lluvia oriental. En la ciudad vegetal, todavía de invierno, sobresale el
verde de los sauces llorones y, aquí o allá, el blanco de algunos arbustos.
También los haikus se han
extendido en nuestra civilización occidental. Escribe la poeta Luisa Castro (1966):
Como
rama en invierno
así amanezco,
deshojada.
No sé apreciar en su
vertiente formal estos poemas (pues desconozco, por ejemplo, la utilización correcta del kigo
u otros elementos del mismo), pero he tenido la suerte de que me hayan regalado
un ejemplar de la primorosa edición de Sendas
de Oku, de Matsuo Basho (1644-1694), traducido por Masateru Ito y revisado
por Elena Gallego Andrada ‒obra que tuviera una conocida versión de Octavio Paz
y Eikichi Hayashiya en 1957‒, publicado en Japón en edición bilingüe por la
editorial Taiseido.
Los peregrinos japoneses
solían escribían sobre su sombrero: "No hay tierra tranquila para vivir en
la tierra. Solo mi compañero de ruta y yo". Basho, en uno de sus conocidos
viajes (del que dejó este diario, Sendas
de Oku), estuvo acompañado por Kawai Sora hasta que este enfermó. En el
momento en que Sora lo dejó, le regaló este haiku:
Viajando
he de caer,
viajando.
Mas con todo
será sobre tréboles.
Se ve que Sora se tomaba la
existencia con alegría. Basho, afectado por la ausencia del amigo, escribió:
Desde
hoy,
el
rocío borrará
lo escrito en mi sombrero.
(Son las lágrimas, la lluvia
y la impermanencia. ¿Por qué tanto empeño en marcar los territorios?).
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lunes, 4 de marzo de 2019
Leer lo que vemos o lo que queremos
Al leer el libro Madre
e hija (2016) de Jenn Díaz (1988), se me ha ocurrido buscar en internet comentarios
a la obra. Los hay variados, desde aquellos que afirman sentirse algo
decepcionados, después de haber leído con gusto la producción anterior de la
autora, puesto que es una repetición sin pretensiones de intentar dar más
profundidad a los personajes, los cuales, con mínimas diferencias, ya han
aparecido antes, hasta los que se congratulan que haber encontrado una forma de
escribir que les llena, con lo que han disfrutado en la lectura de la misma.
Al tiempo, están quienes dicen que dibuja unos personajes
femeninos anticuados, dependientes de los hombres; que la mujer moderna ya no
se sustenta en el apoyo que le supone el tener una figura masculina en la
cercanía. Argumentan que no les resulta un texto adecuado para los tiempos que
corren y se extrañan de que sea una mujer joven ‒tenía 27 años cuando publicó
la novela‒ la que la ha escrito.
Por mi parte, estoy disfrutando la lectura de estos personajes (salidos de La tía Tula, Niebla o Entre visillos), por la gracilidad
que tiene al narrar las situaciones, las cuales van poniendo sobre la página
las múltiples versiones que hay de nuestras vidas. Con la facilidad que le da
esa tercera persona para desparramarse -que ya lo dice el título-. ¡Tantas maneras diferentes de vivirla! No hay personajes
importantes que desempeñen papeles relevantes en la sociedad, pero están esas casas
algo oscuras ‒tal vez húmedas‒ con las habitaciones para sus habitantes y las
casas con jardín. ¡Hasta una iglesia!
Eso sí, lo que no queda muy claro es lo de la traducción,
pues la obra se editó un año antes en catalán. ¿La escribió en español?
Y, parece que después de esto, llegó Mefistóteles.
Y, parece que después de esto, llegó Mefistóteles.
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