jueves, 1 de febrero de 2018

Ojos para Marianela. Fuera del mapa

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Leo la versión a historieta -Nela, 2013- de Marianela (1878) de Galdós (1843-1920) y me parece sentir que me hallo fuera del mapa, no por la adaptación de Rayco Pulido, sino por el recuerdo que me trae de los alardes retóricos en la narrativa de esta primera etapa literaria de don Benito, extendida a algunos de sus personajes. Sin embargo, todavía percibo la firmeza de su argumento y no se me olvidan esos ojos a los que les devuelven la vida que matan, esa María Manuela que va a la tumba por el beso del príncipe o esas rocas singulares del Reocín minero santanderino. Recordemos que la obra tuvo una estimable aceptación y se ha convertido en ópera; por tres veces ha sido cine; por dos, telenovela; por una, miniserie; y si Valle-Inclán desistió de mudarla a teatro, sí lo hicieron los Álvarez Quintero, con unos estrenos desde 1916 que dieron a conocer en España entera a la Xirgú -Margarita- por su papel protagonista, ya cuando Galdós había quedado ¡¡ciego!!; sin que dejemos de admirar Los ojos, con la que el argentino Pablo Messiez la ha subido a las tablas con éxito en 2011.
Tal vez ese sentir me llegue por tener estos días entre las manos el libro Fuera del mapa (2017), del londinense Alastair Bonnet (1964), subtitulado un viaje extraordinario a lugares inexplorados, que en la publicidad advierte que no es una guía de viajes. Su primer atractivo es la cuidada edición de la obra, con las guardas y páginas interiores ilustradas en colores y tono irreales. Desde sus apartados puede llegarse a lugares perdidos, es decir, que nunca existieron, tal Sandy Island, marcados en los mapas, pero que al acercarse; a geografías ocultas, esas ciudades subterráneas de Capadocia o el llamado Laberinto, los espacios urbanos cerrados o abandonados, que se han despertado el interés exploratorio del siglo XXI; a tierras de nadie, así Nahuaterique, salidas ahí cada vez que dos países deciden variar sus fronteras.
En fin, desde la mecedora, puedes desplazarte a cementerios habitados, islas artificiales, estados sin territorio, rotondas apátridas, aeropuertos ciudades, festivales edénicos o lugares efímeros. Todo un festín para esa especie que se ama los diversos territorios.
[Salud. A la espera de la Vida invite al banquete de los lugares a quienes gobiernan la res publica].

viernes, 26 de enero de 2018

30 Aniversario de Entrepueblos. Y Úrsula K. Le Guin

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Comenzaba a escribir esta entrada cuando me entero de la muerte de Úrsula Kroeber Le Guin (1929-2018) este lunes. Han sido muchos años con ella como para no dedicarle unas breves líneas aquí. Desde Los desposeídos (1974) supimos que las utopías pueden ser ambiguas y que la ciencia ficción es un territorio en el que se producen implicaciones sociales. Fueron, son, páginas de esperanza. Hasta que se produce El eterno regreso a casa. Novela, relato y hasta traducciones del chino ‒Tao Te Ching‒, del español ‒Grabiela Mistral‒ y, por supuesto, del francés. Según nuestra recurrente Wikipedia, «se consideraba a sí misma como una mujer feminista y taoísta,​ y en sus novelas aparecen a menudo ideas anarquistas». Y también poeta, claro: «Mi piel toca el viento. // Una libélula toca mi mano. / Hablo realmente lento / para que ella me entienda. // La roca caliente bajo mi mano. / Habla realmente lento / para que yo entienda. / Bebo el agua soleada».
En 1978 se conoció la insurgencia del barrio de Monimbó, en Masaya (Nicaragua), contra la dictadura de los Somoza. Aquello, en España, sirvió para encauzar los anhelos de justicia social que estaba perdiendo tanta gente al ver que la democracia que se instauraba en nuestro país (después de una ejemplar transición pacífica) iba a consistir en votar una vez cada cuatro años, dejando abierto el campo al enchufismo y la corrupción y permitiendo que el poder económico continuara en las mismas familias, con una emergencia ligera de rostros. Así es como proliferaron los comités de solidaridad con América Latina ‒no sé por qué no se tituló Iberoamérica‒ y mucha gente viajó a los países del otro lado del charco con el entusiasmo de prestar ayuda.
En las siguientes décadas salieron de estos comités diversas oenegés centrando su ímpetu en proyectos concretos (extendidos a África). Una de ellas es Entrepueblos ‒Entrepobos, Entrepobles, Herriarte‒, cooperación pueblo a pueblo, que este año cumple su 30 aniversario. Ahí caben alegrías, resistencias y rebeldías. Y se puede llegar, por ejemplo, a la obra de Rocío Silva Santisteban, Mujeres y conflictos ecoterritoriales. Impactos, estrategias, resistencias, en la que afirma que «en América Latina las mujeres vivimos en nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestros hijos e hijas, en nuestros territorios, las múltiples violencias del modelo de desarrollo del capitalismo extractivista, impuesto en los últimos 20 años en el Sur global».

[Salud. A la espera de que la Vida termine con las payasadas de quienes gobiernan la res publica].

sábado, 20 de enero de 2018

Las leyes de la frontera

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Mientras camino a la biblioteca del barrio me pregunto cuándo se sabe que una novela está terminada. No sé. Tal vez quien la escribe tiene la percepción de que ya no puede dar más de sí en ese relato. O tal vez es la historia que se está narrando la que de una u otra forma se declara completa. O quizá suceden ambas cosas.
En estas ando ya entre las estanterías y me he alargado hasta las de poesía -en el fondo de la sala, la pobre-. Allí me encuentro con libros que nadie ha llevado a casa y, de uno en uno, voy sacándolos, pues me da cierta pena que no tengan una fecha en su papeleta de préstamo. Me pagan con creces. El de hoy es un desconocido Antonio Hernández (1943), que publicó Lente de agua en 1990. La breve reseña de la parte posterior define su poesía de fascinante y contagiosa, por no decir admirable, ostentosa y esencial. Lo cierto es que la leo con el gusto de quien toma unas patatas cocidas a fuego lento: “No han de ganar la honda luz del tiempo / sino los hombres que poblaron sombras / hasta transfigurarlas: una calle del aire / por el que siempre ya transitaría / con cristales y pétalos, / ley de aquel que ha nacido para amar / y en el amor se daña”. Habla de nuestra Historia.
Pero volvamos al inicio. ¿Cuándo una novela está finalizada? Me refiero, claro está, a la que escribe quien no tiene sujeción a las exigencias del mercado, quien no depende de los anticipos de las editoriales. Es lo que quiero pensar de Javier Cercas y, en concreto, de Las leyes de la frontera, publicada en 2012. Según mi opinión, le sobrarían tranquilamente un centenar de páginas -tiene casi 400-. No del final del libro, sino sobre todo de la segunda parte. La agilidad de su prosa, el acierto de los ambientes, la capacidad de resonancia que produce, parece quedar contrarrestada por la reiteración de ciertos motivos -la diferencia entre la persona y el personaje de su protagonista, fundamentalmente-, cuya evitación podrían haber exprimido el texto y, en nuestra opinión, depurar una historia redonda.
“La literatura es una actividad de sacrificios [a las palabras]”, decía (más o menos) Flaubert.
[Salud. A la espera de que la Vida acerque sacrificios a quienes gobiernan la res publica].

domingo, 14 de enero de 2018

Imágenes en palabras. Correspondencia

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Apenas dispongo de tiempo para iniciar el viaje al mundo de las artes y de las imágenes que nos propone Marc Fumaroli (1932) en París – Nueva York – París (2010), periplo que él realizó durante 18 meses, tomando notas, con las que elabora este extenso volumen (de más de 900 páginas). A pesar de ello, procuro leerlo con detenimiento, pues es una prosa inteligente, plena de hipertextualidad, enriquecida con reflexiones. En el fondo plantea aquella observación de Cioran en Ejercicios de admiración: «Toda conquista objetiva supone un retroceso interior. Cuando el hombre haya alcanzado el objetivo que se ha propuesto, someter a la Creación, estará completamente vacío, dios y fantasma».
Lo primero que sorprende del libro es que no tiene ni una sola ilustración, a pesar de que recorre (desde París) las artes de la Vieja Europa y llega (en Nueva York) a la capital de las imágenes contemporáneas. Es, así, un quedarse en el otium clásico, actividad cultural liberadora de las energías del corazón, huyendo ‒¿inútilmente?‒ del entertaiment, considerado el objetivo de las políticas culturales y del «capitalismo cultural de crecimiento exponencial, el de los medias, de lo audiovisual, de la red mundial, revolución sin precedentes, que mercantiliza íntegramente la cultura, y culturaliza íntegramente la mercancía». Han caído los mitos, las ideologías. ¡Genial! ‒diríamos‒: tenemos libertad para movernos. Pero apenas hay sitio para darse la vuelta entre el individualismo optimista de los barrios (muy) pudientes y los diversos fanatismos de los barrios periféricos.
No vamos a finalizar la entrada con el sabor ácido de aquella Primavera silenciosa a la que nos lleva el delicado libro de Rachel Carson, en la que no hay cantos de pájaros, o con la pesadilla de Baudelaire en la que la estación ha perdido el olor. Nos quedamos, para terminar el día, y leer bajo la luz tenue de la lámpara en la mesilla de noche, la Correspondencia (2011) habida entre Chejov y Gorki durante los cinco años de vida del primero (1898-1904). Intercambian frases sublimes de personajes literarios: «La soledad es el comienzo de la sabiduría», dice uno de Herdberg, y otro añade «y de la locura». O «es un consuelo que los demás no sean mejor que nosotros», puesto en boca de quien expresa la bajeza de su alma. Y uno de ellos señala que «el oficio literario es de por sí agotador. Entre fracasos y decepciones, el tiempo pasa deprisa, no percibimos el tiempo presente, y el pasado, el tiempo en que era tan libre, me resulta ya ajeno, como de otro».
[Salud. Cualquiera de los dos libros aprovecharía a quienes gobiernan la res publica].

lunes, 8 de enero de 2018

Celebraciones de Reinas en Penumbra

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El fuego en el hogar. El agua en la playa. La lluvia en el aire. Elementos básicos. Palabras verdaderas de la poesía. La nieve que ahora baja por el aire servirá para que renazca lo hundido en la tierra hacia la primavera (aunque sería deseable que ciertas cosas que mueren no volvieran a resurgir).
“Celebremos… / los afanes de siempre: / mirar la lluvia fuera, / sentir la niebla dentro, / querer y que nos quieran”. No, no, no es eso, pienso cuando leo los sencillos versos de Rafael Juárez en Una conversación en la penumbra (2015). Precisas, recatadas, hermosas incluso sus palabras, pero no es eso de que “Estoy en esa edad en la que un hombre quiere / por encima de todo ser feliz, cada día. / Y al júbilo prefiere la callada alegría / y a la pasión que mata, la renuncia que hiere”. O, para mayor exactitud, no es solo eso. Está la vida fuera, a nuestro alrededor: gente refugiada, nieve, ira, pobreza, rebeldía, latrocinio… No se puede ser feliz sin su permiso.
Ya, ya sé que es un libro de poemas. No hay que exagerar o pedirle peras al olmo. Y, como dejó escrito Eliseo Diego en Nombrar las cosas, “un poema no es más que la felicidad, que una conversación en la penumbra” (según nos recuerda Pablo Jauralde en la jugosa introducción). Este libro -es cierto- dispone igualmente de reflexiones que ayudan a proveerse para la travesía del año que comienza: “Recoge agua, que también te espera / el camino y no vas hacia la fuente”. Y avisa de lo que nos sucederá cuando tomemos el tren de los acontecimientos y no deseemos estación alguna en la que apearnos: “Adiós una vez más a estos lugares / donde me esperan siempre y nunca llego. / Con la velocidad vuelve el sosiego”.
Abro el libro al azar y, tras el juego inocente -“Tres colorines / y dos palomas / y uno que mire / pasar las cosas”- caigo en alguno de sus sonetos -mi perdición consonante-: “Al ordenar los libros nuevamente / desordeno mis días… / Vuelvo a la inútil condición esclava / de organizar en cada estantería / mi ausencia plena y su presencia hueca”.
Salud.

[Las ilustraciones son Reinas de Fernando Vicente, y Penumbra de Paolo Nozolino].

lunes, 1 de enero de 2018

Regalo de Navidad. Ninfas

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«¿Se lo envuelvo para regalo?». «Sí, por favor», le digo a la dependienta de la librería. Por uno u otro conducto, suelen regalarme libros con cierta frecuencia, pero en fechas señaladas –verano, fin de año, etc.– me gusta obsequiarme con algún pequeño detalle, que a veces, como en esta ocasión, consiste en un libro de no demasiada extensión y de reducido formato que me llame la atención por algún detalle. Ayer fue Claudio Monteverdi. “Lamento de la Ninfa”, de Ramón Andrés. La cubierta reproduce Ninfa de espaldas de Mariano Salvador Maella (1739-1819), apunte que se halla en su cuaderno italiano; además, inserta el facsímil de la página del poema de Ottavio Rinunccini (1562-1621), que después músicara Monteverdi (1567-1643), personalidades ambas atractivas.
Con su lectura, con su visión, habito estos días, en los paseos junto al río, uno de esos mundos infinitos que existen en este mundo finito. Como le ocurriera a Rinunccini, sin apenas afinidad con ese ambiente «ocasional, de fasto, exterior, caprichoso» de los tiempos y fechas presentes. Es el pensador y poeta pamplonés Ramón Andrés (1955) quien guía mis pasos por los humedales donde se ocultan las etéreas ninfas, criaturas que gustan del movimiento, de la sugerencia y de la ocultación. Novias con velo. Que el barroco convierte en seres objeto de lascivia, de cupiditas. Y quien contextualiza el poema y la canción.
La ninfa del lamento vaga errante por el bosque, ‘pisando flores’ –calpestando fiori–, por si topara con el ingrato amado que la ha abandonado y se ha internado en la fronda. Ella busca –es decir, se interna en el bosque, según la acepción medieval del término–, sortea onagras y lentiscos, rodea fresnos y robles. Llora, riega la tierra, la cual devolverá los frutos del amor aunque las lágrimas sean derramadas por añoranza del traidor. Lleva en su interior a Circe. El amado está con otra («…nunca tan dulces besos / tendrá de aquella boca, / ni tan tiernos, ay, calla, / calla, que bien lo sabe». / Así, con llanto desdeñoso / derramaba su voz al cielo; / así en los amantes corazones / junta el amor el fuego con el hielo).

[Salud. A la espera de que la Vida conceda sensibilidad a quienes gobiernan la res publica. Las ilustraciones son la de Maella y La muerte de la ninfa de Piero di Cosimo].

jueves, 21 de diciembre de 2017

Apegos feroces. Melodías de Sevdah

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Escucho melodías bosnias al tiempo que leo un libro de emigrantes judíos del Este europeo en Estados Unidos, alojados en edificios de apartamentos ruidosos e incómodos de las ciudades industriales. Imagino a las gentes dejando escapar alguna lágrima cuando escuchan lejos de su tierra los sones de su infancia o juventud, los lamentos del violín, la guitarra o del acordeón.
Sevdah es la palabra clave. Hambre de canto ‒vulgo ‘melancolía’; ‘bilis negra’ en árabe, de donde proviene; ‘amor apasionado’ o ‘añoranza’ en turco‒. Deviene en anhelo incurable. Melodías que en Bosnia ‒el fado en Portugal, el tango en Argentina‒ se constituyen en alimento, en algo sin lo cual no podría vivirse.
Apegos feroces es el título dado (2017) a las memorias que publicara en 1987 Vivian Gornick (1935). Nacida y crecida en el Bronx, de padres europeos, logra estudiar en la universidad y convertirse, con los años, en escritora reconocida, al tiempo que despliega su activismo social y feminismo. El libro es un ir y venir con su madre, ya entrada en la madurez, por las avenidas neoyorkinas, en un habla salpicada de diálogos atravesados por una sinceridad mordaz; paseos en los que se entremezclan recuerdos, reproches y complicidades. Y, según dice Jonathan Lethen en el prólogo, estas memorias tienen esa calidad endemoniada, brillante y absoluta que tiende a elevar un libro por encima de su contexto y provoca que sea admirado como clásico.
Sin duda, su lectura me alegra los días. Como lo hacen los poemas de Aleska Santic (1868-1924), en especial ese Emina, musicado por más señas.
[Salud. A la espera de que la Vida conceda música a quienes gobiernan la res publica].

viernes, 15 de diciembre de 2017

Pintoras de la vida

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Cuando se presentaron los datos de la estructura completa del ADN en 1953 ‒ya se había aislado este en el siglo XIX‒, lo que hace que la genética sea posible entenderla a cualquiera de los mortales que se lo propongan, estos se acompañaban con la ilustración de la doble hélice, cuya forma se denomina la Mona Lisa de la Ciencia Moderna o se le asimila a la escalera de Jacob ‒recuérdese la serie de Dalí y sus explicaciones, además del Paisaje de la mariposa, que regala a Severo Ochoa‒, en la revista Nature ‒cuyo paper, por cierto, solo ocupa una página‒,  y en el posterior libro (de 1968) La doble hélice, de Francis Crick y James Watson, sus descubridores, obra que no deja de ser una de los monumentos clave del siglo XX.
La ilustración había sido realizada a mano en blanco y negro por la esposa de Crick, Odile, a partir de las explicaciones que le iba dando su marido en la sala de su casa de Cambridge. Lo hizo con tal sencillez, precisión y perfección que, hoy en día, bastantes de las reproducciones que se hacen de la doble hélice contienen errores que no estaban en el primer dibujo, el cual incluye el esencial detalle de las dos pequeñas flechas que indican la orientación contraria que llevan los dos lados de la escalera. Dígase de paso que esta simetría antiparalela la intuye Crick en base a la experimentación de la cristalógrafa de Londres Rosalind Franklin (1920-1958, de quien es la foto aquí traída, la cual muere de cáncer cuatro años antes de que su jefe, Wilkins, compartiera el Nobel con los nombrados).
Odile (Speed) Crick, artista anglo-francesa (1920-2007), estudia dibujo y pintura en Viena, París y Londres. El libro Cincuenta años de ADN. La doble hélice, dirigido por Pedro García Barreno nos habla de este entorno.

[Salud. A la espera de que la Vida conceda simetrías a quienes gobiernan la res publica].

sábado, 9 de diciembre de 2017

Nieve blanca (en las medianoches)

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No me resisto a poner la fotografía de la vega de mi pueblo y la pose del Moncayo tomada desde el Altillo, pequeño promontorio por el que discurre la carretera desde La Rinconada hasta las Tierras Altas sorianas. Dos años esperando merecen este exordio.
Pensaba comentar el Berlín del historietista Jason Lutes (1967), no el completo (que se va a componer de tres tomos con el que se publicará en 2018), sino el primero, Ciudad de piedras, que se traduce en 2005, y abarca desde el inicio de la República de Weimar, en 1918, coincidiendo con el término de la primera guerra mundial hasta 1929. Esta novela gráfica exige atención continua en su lectura (al menos a mí), por los distintos ambientes que retrata, pasando de unos a otros sin divisiones claras ‒será un reflejo de la vida, me digo‒, y por lo esquemático de muchos de sus diálogos, apoyados en los dibujos, lo que supone que sobreentiendes los silencios.
Pero en estos días de medio fiesta me decido a poner un poema (pues ya hace tiempo que no lo hacemos), está vez del cubano llegado pronto a Estados Unidos, y escritor también en inglés, Gustavo Pérez Firmat (1949), extraído del recopilatorio Sin lengua, deslenguado (2017), en el que está el poemario Cincuenta lecciones de exilio y desexilio (2000), cuyo poema 48 dice:
Mi noche no es medianoche:
es tempranera, inicial: mañana de noche.
No es la noche de los insomnes o los suicidas.
No es la noche del silencio o la ansiedad.
No es la noche del fantasma o del grito.
La mía es noche de certezas, no de dudas:
el sí de la noche.
La mía es noche de claridades, no de sombras:
la luz de la noche.
Mi noche no tiene paredes.
Mi noche vive en la garganta.
Cierro los ojos para ver la noche.
[Salud. A la espera de que la Vida conceda noches blancas a quienes gobiernan la res pública].

domingo, 3 de diciembre de 2017

Biografías, Ciencia y Patriotismo

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«Hace unos años, cuando terminé de leer Resurrección, de Tolstoi, escribí llorando en una solapa del libro: “la vida es en sí misma una tragedia”. Pero en realidad no es así, la vida no es una tragedia, es una lucha. ¿Para qué sirve la vida?, la respuesta de Romain Rolland es “para conquistarla”. Creo que es cierto». Así inicia el prólogo a su novela, en parte autobiográfica, Familia, el escritor chino Ba Jin (1904-2005).
¿Acaso es parte de esta lucha el (intentar) fabricar una bomba atómica por ser patriota? National Geographic ‒presente desde 1888‒ está impulsando la colección Ciencia, en la que se ocupa de cuidadas ediciones sobre personalidades de los campos de la física o matemática influyentes en la sociedad. Por mi parte, su lectura cumple dos de mis aficiones: las biografías y las ciencias aplicadas (aunque reconozco que no me entero de todo lo que cuentan). En este caso, he optado por ocuparme con Werner Heisenberg (1901-1976), uno de los físicos que en 1925 puso cierta claridad a las investigaciones cuánticas llevadas hasta ese momento y que, dos años más tarde, propone la formulación por la que pasa a la posteridad: el principio de incertidumbre (que tal vez sería indeterminación).
También es conocido por no querer abandonar Alemania durante la subida del nazismo y, a la postre, por incorporarse al proyecto de fabricar la bomba atómica durante la segunda guerra mundial. El libro que comentamos no simplifica el asunto y nos pone sobre otras pistas, en las que se ve que desde posiciones antinazis en la manera de considerar la ciencia, se puede dar un paso tan grave como el mencionado por dejarse involucrar en el patriotismo.
La obra de teatro Copenhague (1998), de Michael Frayn (1933), presenta redivivo a Heisenberg y a Niels Bohr (1885-1962, que trabajaría en el proyecto estadounidense) y su esposa Margrethe, con la pretensión de adivinar lo que ocurrió en el conocido paseo que dieron los dos premios nobeles en 1941 en la capital danesa (entonces ocupada), cuyo contenido permanece en la penumbra o la ambigüedad.
[Salud. A la espera de que la Vida reparta más ciencia y menos patriotismo a quienes gobiernan la res publica].

lunes, 27 de noviembre de 2017

Marta Sanz y La Recolectora (encuentros)

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El inicio de cada temporada en el club de lectura es una época especial. Desde los meses veraniegos de ausencia, bailamos en torno a la sorpresa ‒¡ay, con qué comenzaremos!‒. Este otoño, en La Recolectora, lo hicimos con Daniela Astor y la caja negra de Marta Sanz. No decepcionó. Para completar el descubrimiento (o la confirmación), el pasado martes, día 20, acudimos (quienes podíamos) a escuchar a la autora en la charla que daba en los locales del Museo de la Evolución Humana ‒tan propio‒ para presentar su último libro: Clavícula.
Se agradece el encuentro personal. En él se despliega el lenguaje no verbal. El cuerpo se mueve. Las manos (que escribieron) dibujan el aire. Las palabras cobran sentido en este escenario. Sí, es verdad, sus libros son lupas. Se resisten a las melodías de escaparate. Prefieren la variedad de registros, las armonías, las disonancias.
¿Revolución? No diríamos tanto. Esa palabra es muy seria e implica renuncias y sacrificios vitales que no se hallan aquí presentes, que no llegan a extremos (o, al menos, nos parece así). Inconformismo sí. Marta Sanz se halla en una de las literaturas del momento. Tiene voz. Sin preocupaciones por ser complaciente con lo que se lleva. Recuperando el lenguaje de calle que nombra los afanes cotidianos desde el cuidado y la precisión. Frescura que pueda tomarse ‒hay quien lo hace‒ por periodismo o ensayo. Autobiografía con la virtud de transcender lo particular, de abrir el biombo que separa fondo y forma, privado y público, cuerpo y espíritu.
A Daniela siguieron (en nuestra Casa Redonda): Tuya, de Claudia Piñeiro; Todo lo que hay, de James Salter; Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig; y estamos ahora con El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza.

[El lector (fotografiado por Chus) es un recolector. Salud. A la espera de que la Vida analice las clavículas de quienes gobiernan la res publica].

martes, 21 de noviembre de 2017

La muerte de Tolstoi

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Solo con un día de retraso llegamos al aniversario de la muerte de Tolstoi (1828-1910), ocurrida un 20 de noviembre –ya se sabe que la misma fecha en que mueren un dictador, un falangista y un anarquista de este país–. El suceso es uno de los espacios más visitados de este territorio que es la literatura (y el cine, con La última estación). Este joven pendenciero, jugador y mujeriego sufre una transformación en la cincuentena que le lleva a ser erigido poco menos que un mesías entre quienes le siguen, al denunciar las condiciones de esclavitud del campesinado ruso y la organización eclesiástica.
La madrugada del 29 de octubre escapa en secreto de su mansión de Yasnaia Polaia, convertida desde hacía años en una campana de cristal, asediada por periodistas desde que su propietario decidiera hacer públicos sus cuadernos. De ahí que, al día siguiente, la desaparición se conoce en toda Rusia y en parte del mundo. En el desgarro espiritual en que vivía, antes de salir redacta su testamento dejando al pueblo ruso como destinatario de los beneficios de sus obras (cuyo administrador será su editor V. Chetkov).
Internet posibilita acudir a páginas de gran valor documental y a otras no tan valiosas, traspasadas por opiniones personales, que suelen re-citarse como las moscas. De ahí que es normal leer en la nube que Tolstoi lo que hace en este último gesto es huir de su histérica esposa, Sofía Behrs, una vez que el amor de la pareja hace tiempo se ha difuminado. Pero no parece que haya que despachar a esta mujer con ese adjetivo. Sofía tiene 18 años cuando se casan en 1862 (como dice ella, después de leer los citados cuadernos, con un hombre que va detrás de todas las faldas) y en el transcurso de 25 años (hasta 1888) está embarazada y pare 13 veces (de quienes tienen 25 nietos). Ayuda a su marido en la corrección de su obra e, incluso, realiza copias a mano de Guerra y paz.

Stefan Zweig (1881-1942) le dedica uno de sus Momentos estelares de la humanidad (1927), completando la obra de teatro Y la luz brilla en las tinieblas, en la que Tolstoi había pre-visto las circunstancias de su muerte entre la paz interior y el desgarro espiritual que sufrió durante tantos años, ocurrida en la casa del jefe de estación de Astápovo (hoy Lev Tolstoi).

[Salud. A la espera de que la Vida muestre la última estación a quienes gobiernan la res publica].

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Arquitectura del cómic (historias dibujadas)

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No resulta fácil retomar la literatura después de convivir unos días en la depurada prosa de Salter (1925-2015) –Todo lo que hay o La última noche, es un decir–. Ahí se comprende que recursos narrativos como las analogías, oxímoron, elipsis o los tiempos redoblan su potencial al ser utilizados en los momentos precisos, o sea, en su manejo. Casi todo está inventado, pero el estilo deviene en definitivo a la hora de narrar de modo diferente a la cotidianidad situaciones de las que se espera provocar sacudidas en el alma de quien lee.
En este vacío puede echarse mano de la abundante producción de narración gráfica actual. Y, aunque no se sea entendida/o (como es mi caso), sorprende ver un lenguaje similar a la hora de trazar paisajes urbanos en obras tan dispares como las de Doyagüe, Zapico o Canales. Me digo si será influencia de Angulema. En la versión que hace el primero de los cuentos de Gogol La nariz y El retrato (cuyo trazo de los personajes no termino de asimilar); en la sorprendente La balada del Norte del segundo (con dos álbumes hasta la fecha, dignos de ser tenidos en cuenta); y en Como viaja el agua del tercero (obra que emula las series de novela negra y social) aparecen esos edificios de las calles céntricas decimonónicas de San Petesburgo, Oviedo o Madrid, reconocibles en su trazo amable y señorial (evocador de París).
Para paliar esta mi ignorancia interpretativa de los tebeos, de vez en cuando echo mano de algún texto heurístico y, en esta ocasión, llama poderosamente mi atención la reciente obra de Enrique Bordes Cómic, arquitectura narrativa (2017), la cual se centra en los decorados de estas obras, dejando a un lado la estructura del cómic en sí. En su defensa, quede la cita de R. Töpffer (1799-1846), considerado el padre moderno del género, la cual refiere que «la historia dibujada, que los críticos miran con desdén y los académicos apenas perciben, ha tenido gran influencia en todos los tiempos, quizá más que la literatura escrita». Hoy ya no puede decirse lo mismo, según podemos ver en las ilustraciones de esta entrada, que provienen de Unflattening (2015), de Nick Sousanis, una tesis doctoral presentada en formato ilustrado en la Universidad de Harvard.

[Salud. A la espera de que renueven sus «historietas» quienes gobiernan la res publica].

jueves, 9 de noviembre de 2017

Elogio del teatro (y de su posible fracaso)

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Continúo atravesando con gusto El Parral camino del trabajo; el suelo persiste en extender el otoño, si bien cada vez va tomando más color de barbecho. Desde el cambio de hora reciente, con el resplandor de la fronda, a la 8 de la mañana se ve lo suficiente como para leer las primeras líneas del día. Llevo en el bolsillo un libro manejable, de tamaño similar al de un teléfono inteligente, con letra de cuerpo 4 (más o menos), perfectamente legible. Es de la editorial Continta metienes, asentada en Carabanchel, interesada en una mezcla curiosa: feminismo, artes escénicas y conocimiento. Se titula Elogio del teatro y anuncia que se trata de un diálogo –o conversación desenfadada a orillas del Ródano– de Alan Badiou con Nicolas Truong, surgida del encuentro público habido entre filósofo y periodista en el Festival de Aviñón en 212. (Aunque más bien sea un requerimiento del segundo al primero).
Lleva un adecuado prólogo de María Folguera (1984) con el título de «El pan, la luz y la pena», ya que considera que el teatro tiene esa inmanencia, ese apego en lo cotidiano que lo hace pan; al tiempo que tiende a iluminar aspectos incomprendidos o agresivos de nuestro hacer; y –qué decir– el día a día nos muestra el obstinado fracaso del diálogo entre el pan y la luz. También en los teatros, en los que se tiende a escarmentar el mensaje en sus mensajeros.
«Si eres de los que aman el teatro no llegarás a preguntarte [por qué necesita un elogio]: a los teatreros nos encanta situar en él el origen del mundo, de lo humano y de la invención de Dios, y por ello lo consideramos una víctima de la incomprensión de los mortales, que rara vez se sientan en una butaca del mismo», escribe la prologuista. (Ya Platón criticó en profundidad lo equivocado de su vibración y prefirió la filosofía; aunque –¡oh, ironías!– la escribió en forma de diálogos, que terminaron teatralizados).
No me siento capaz de condensar aquí las opiniones y propuestas del filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou (1937), iniciado en la adolescencia en las tablas, él mismo actor en Los enredos de Scapin (de donde surgirá su Ahmed el sutil), con lo que comprendió que es un arte más de posibilidades que de ejecuciones (cerradas); es ese arte de hipótesis, ese temblor del pensamiento ante lo inexplicable, que, por muy vanguardista que se considere (y que tienda a la inmanencia-cuerpo-danza), no puede olvidar que cada obra en un pequeño velero en el mar de la inmensa producción mundial desde Esquilo a Castellucci, pasando por El alcalde de Zalamea, Rosas rojas para mí o El zapato de raso.

[Salud. A la espera de que la Vida deje sin entradas el teatro de quienes se divierten (‘desvían la atención’) en la res publica].

viernes, 3 de noviembre de 2017

Locura y Creación en esta "Litoral"

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mis admiradores creen que me he curado,
pero no, solo me he hecho poeta
(Anne Sexton)
¿Rozaban la locura Mishima o Pizarnick, al menos en algunos momentos? Sin duda que las relaciones entre demencia y literatura son variadas y cada caso puede diagnosticarse de manera propia en la multiplicidad de artistas que no escapan a los delirios. Por mi parte, me marean los ensayos dedicados al tema, pues suelo estar de acuerdo con todas las explicaciones que se dan, aun cuando resulten contradictorias. Es como si quedara atrapado en las palabras mismas, más allá del significado que les dan. Cómo no estar de acuerdo con Séneca cuando afirma que nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae –‘no hay gran fuerza imaginativa sin mezcla de locura’– (asentado en el Problema XXX de Aristóteles, que reconoce un talante melancólico común, lo que alivia a Cicerón y ya «no me mortifica el hecho de ser algo lento de comprensión»).
Con suerte, se puede hojear en las bibliotecas la revista malagueña Litoral –incluso presumir de chifladura al comprar alguno de sus monográficos y despreciar la amortización de la hipoteca–. El del presente verano, el 263 –no en vano es una de nuestras revistas más longevas, iniciada en 1926–, se dedica a «La Locura. Arte & Creación», y despliega su acostumbrado tesoro de textos e ilustraciones en una mezcla tan atractiva y sugerente que te absorve durante sus 282 páginas. Incluye reflexiones sobre la enajenación, de Hipócrates a Lacan; relatos sobre manicomios –institución que traen los tiempos modernos del XVII; Gorj escribe: «¡Corría como un loco! Detrás de sí dejaba diez años de manicomio…»–, desde Chejov (ese delicioso Pabellón n.º 6) hasta Begoña Callejón; remedios para la amencia, de Hildegarda.
…para qué continuar. Decir que no falta un extravío de la razón ni esta alteridad ni aquella tempestad de las almas ni el canto del loco ni (claro) el elogio de la locura ni (pues que también habla la pintura) soñadores de la razón perdida art brut ni (cómo a alguien se le podía pasar por la cabeza) locura de amor ni (para cualquier final) el suicidio ni la muerte y yo (es decir, tú) ni un catálogo de (locos) objetos ni (quedarnos) escuchando la locura.
[Salud. A la espera de que la Vida saque del parvulario a quienes gobiernas la res publica].
[Ilustraciones: Andrea Kowch y My heart de Yayoy Kusama].

viernes, 27 de octubre de 2017

Mapas y fechas

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Con frecuencia echo de menos un par (literal) de detalles en los libros. Uno de ellos es consignar en lugar visible en la primera ojeada las fechas de nacimiento y (en su caso) muerte de quien lo escribe. No hace mucho (re)leí Miau de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y en todo el aparato documental que acompaña a la publicación, hecha en una conocida editorial, que incluye una extensa introducción, bibliografía, etc. no venían dichos datos y tuve que echar mano del buscador de internet (que todo el mundo tenemos en boca) para averiguarlo, lo que antes hacía en la enciclopedia de casa.

Y algo parecido me sucede con la ubicación geográfica donde se desarrolla la acción de determinadas obras, sean de ficción o de ensayo, en que echo en falta un mapa en que situarme. Escribo esto porque me he llevado una grata sorpresa al comenzar la reciente edición de la novela La partida de los músicos (2016), de Per Olov Enquist (1934), el escritor sueco que fuera guionista de Ingmar Bergman (1918-2007), situada en el golfo de Botnia, entre Finlandia y Suecia, que lleva el valor añadido de estar en color, con sus peces, renos, gaviotas y ballenas. (Seguramente dediquemos una entrada a la obra).
Hablando de mapas, he tenido durante una temporada de libro de mesilla de la chilena Francisca Mattéoli, de madre escocesa, Historias y relatos de mapas, cartas y planos. Esta mujer ha conocido el exilio, la inmigración, los cambios de país, los viajes de placer, los humanitarios o los viajes para escribir sus libros. El viaje como modo de vida. La visión que proyecta sobre los lugares de los que escribe le permite vivir de ello. Viajando ha aprendido «miles de cosas; aprendí que nadie tiene la verdadera respuesta y que hay mil formas diferentes de ver la vida y las cosas. Aprendí a ser humilde, a ser menos presuntuosa y mirar a la gente y al mundo con más atención». Pero que todo nace de la misma aspiración y las mismas capacidades.

[Salud. A la espera de que la Vida haga viajeros y no viajantes a quienes gobiernan la res publica].

sábado, 21 de octubre de 2017

Aniversario Burgostecario en el Día de las Bibliotecas

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Nadie vale más que tú,
pero tampoco nadie vale menos.
(proverbio de la Amazonía)
Los chopos han puesto amarillo el suelo de El Parral. La lluvia que anuncia el viento lo dejará brillante. Elijo unas hojas sin puntos negros ni bordes decaídos y las pongo entre las páginas de ¿Quién es Alexander Grothendieck?, de Winfried Scharlau. La verdad es que lo que me gustaría es coger las que han caído de las dos moreras que están junto a la casa del antiguo albergue, en el centro del parque, pero tendría que abrir la puerta de la cerca para llegar a ellas, y el perro está plácidamente tumbado ahí. Esas sí que tienen luz. Podría distribuirlas entre la nueva edición de José Menese, biografía jonda, de Génesis García –me interesan los puntos de vista de esta mujer y las reflexiones a que me obliga–, y la de Artistas, de James, Hawthorne y Kafka ‒«nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestro cometido».
El 24, martes, es Día de la Biblioteca. Fecha en la que Burgostecarios cumple su décimo aniversario. Ya sabemos que la mayoría de quienes aparecen en las tribunas públicas no frecuentan las bibliotecas –apenas si las consideran un apéndice electoralista–. Podríamos preguntarnos si tampoco lo hacen quienes llenan las plazas. Queda claro que no cuando se lleva entrada de alabarda. Y, en los casos en que sí las pisan, cuál es la utilidad de las mismas. En las estanterías se hallan numerosos testimonios de libertad, de entendimiento comunal, de iniciación, que superan las épocas de pandillas adolescentes y aborrecen las cadenas, largas o cortas.
«Yo llevo en el bolso mi porción de coltán», escribe Carmen Camacho en Campo de fuerza. Ahí pongo pétalos de rosa de las que aún florecen. Al igual que en los dos volúmenes de la Obra poética de Elena Martín Vivaldi (1907-1998), a la que homenajea Rafael Guillén: «Siempre llegamos a destiempo. / Cada llegada es un fracaso. / Parte ya el tren y conseguimos / subir en marcha. Todo en vano. / Nos lleva. Pero ya se ha ido».

[Salud. A la espera de que la Vida instaure examen de sentido común en quienes van a gobernar la res publica].

domingo, 15 de octubre de 2017

Miau. Animales domésticos

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Para Marta Sanz (1967) la literatura es una lupa, un instrumento para hacer visible aquello que tenemos a la vista pero que dejamos de lado. Sus novelas no dejan de soliviantar conciencias y hacen que quienes las leen se planteen cuestiones sobre asuntos en lo que habían pasado de puntillas. No es que sea una innovadora total ‒según pretenden algunas críticas‒, sino que conecta con esa corriente inquieta siempre presente en las letras españolas (y en las universales; no hay más que acordarse de la cofradía del cuero), si bien bastante apaciguada por la línea de las grandes editoriales, que prefieren los escritos cómodos.
Animales domésticos (2003) es una novela de Marta Sanz, el origen de cuyo título no deja de ser sorprendente. En una reunión a la que asistía la autora con gente lectora, una mujer comentó que había dejado de leer. Ante ello se interesan por conocer las razones. La susodicha refiere entonces que cada vez que leía un libro nuevo, los miembros de su familia le iban pareciendo más insulsos y estúpidos; eran algo así como «animales domésticos». Y de ahí saca el título para esta obra de crítica a la familia entre sus espacios públicos y privados, que, a decir de algunos, se recrea reiteradamente en algunos clichés, hasta el punto de volverse tediosa en determinados apartados.
La citada novela toma su andamiaje de Miau (1888), de Benito Pérez Galdós (1843-1920), libro al que casualmente he vuelto en estos días de intermedio para disfrutar su prosa: «Cadalsito abría [la condenada Gramática] con prevención y veía las letras hormiguear sobre el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante [de la cocina]. Parecían mosquitos revoloteando en un rayo de sol. Leía algunos renglones. “¿Qué es el adverbio?” Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen a otra». Obra que nos remite a la conjuración de las palabras del autor canario, en la que el aspecto animalesco de los personajes devienen en simbólicos. El propio Galdós la consideró «obra ligera y de poca piedra», pero el tiempo ha mostrado que no es un cabo suelto o sobras de una anterior. En ella andan los males de nuestra sociedad.

[Salud. A la espera de que la Vida deje de considerar un oficio el hacer políticas en la res publica].

domingo, 8 de octubre de 2017

Buenos días, guapa

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Tal vez hoy no podría considerarse un título ‘correcto’, pero se publicó en 1977 en el Berlín oriental y su autora, Maxi Wander (1933-1977), decidió darle esa cabecera: Buenos días, guapa; e introducirlo, para aclarar el origen de este epígrafe, con un par de las Canciones gitanas («¡Buenos días, guapa! / Por una mirada tuya / mil dinares son poco. […] Si no vienes, / sacaré del pan el cuchillo, / limpiaré del cuchillo las migas / y te lo clavaré en el corazón»). Se trata de la transcripción de diecinueve historias de mujeres desde 16 a 92 años, que sorprenden por su frescura, por su profundidad, por el cuidado que desprende el texto, por la dedicación que muestra en su confección, en su montaje (incluso alterando, a veces, recuerdos o testimonios).
No es de extrañar que las mujeres de Alemania occidental, la del europeísmo, se quedaran estupefactas viendo cómo sus compatriotas del otro lado del telón estaban bastante más avanzadas que ellas en la forma de llevar las relaciones personales y familiares, con su desparpajo sexual. Utopía en vivo, ¡eso sí que es una comunidad autónoma! La misma Maxi Wander, nacida en Viena, había decidido vivir en esa zona, debido a la hipocresía de la sociedad capitalista, aun siendo consciente del inmovilismo y aporía socialistas.
Es el reportaje de entrevistas, género literario tan valioso como otro cualquiera de ficción, premiado con el Nobel a Svetlana Aleksiévich en 2015, necesitado de empatía a la hora de conseguir el material y de sensibilidad a la hora de montarlo. Wander pudo aprender de Sara Kirsch (1935-2013, cuya poesía tenemos traducida), también asentada entonces en el Berlín oriental (del que fue expulsada), y autora de Die Pantherfrau. El encargo de realizar el libro lo había recibido su marido (del que contamos con su hermosa autobiografía, La buena vida), pero este comprendió que era un reto a la medida de Maxi. Eso sí, la fortuna se le mostró esquiva: el libro fue un éxito inmediato, pero se le había declarado un tumor que le cercenó la vida; a su entierro acudieron muchas mujeres a las que ayudó a transformarse, que continuaron ayudando a su familia.

[Salud. A la espera de que la Vida disuelva los caprichos (políticos y sociales) de quienes gobiernan la res publica].

lunes, 2 de octubre de 2017

Autoras/es invisibles (traducir sin traicionar)

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No estaría de más que las grandes editoriales pagaran traducciones directas de idiomas poco conocidos aquí y que lo anunciaran en las obras. Incluso que pudiéramos conocer el currículum de quienes las hacen. No sé si el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que en estos días pasados ha promovido la campaña Autores Invisibles (aprovechando que el 30 de septiembre es el Día Internacional de la Traducción), se plantea algún tipo de iniciativa para que suceda lo que comentamos.
Por mi parte, he tenido la fortuna este verano de que me regalaran dos obras bilingües de la editorial Taiseido Shobo, japonés-español, que cuenta con la precisa labor traductora de Elena Gallego Andrada y de Masateru Ito. Se trata de Leamos Dazai Osamu en español y de Cien poetas. Un poema cada uno. El primero se corresponde a uno de los autores modernos más celebrados (y controvertidos) de Japón, Dazai Osamu (1909-1948). El segundo es una de las antologías clásicas más memorizadas del país asiático, Ogura Hyakunin Isshu, que recopila poemas desde el siglo VII al XIII («Qué solitaria esta casa / cubierta de malas hierbas. / Nadie me visita ― / solo viene el otoño abatido», Monje Egyo).
Es posible en este mundo de la traslación, puesto que se sitúa dentro de la cultura, rondar los plagios o las apropiaciones. La (polémica) filósofa Ayn Rand (Alissa Zinovievna Rosenbaum, 1905-1982) en la novela La rebelión de Atlas (1957) escribe: «Cuando adviertas que para producir necesitas la autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes trafican no con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias más que por el trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando repares que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un sacrificio personal, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte que tu sociedad está condenada».
Quedamos con la esperanza: «Como agua / del torrente del río / que se precipita hacia abajo / podemos ser partidos por una roca, / pero al final / seremos uno otra vez» (Sutoku In).
[Salud. A la espera de que la Vida conceda visión (y no visiones o delirios) a quienes gobiernan la res publica].