viernes, 27 de marzo de 2020

Zona de confort (y coronavirus)

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La Psicología recomienda encarecidamente que, de tanto en tanto, salgamos de nuestra zona de confort. Habitualmente, entendemos por ello el salir de nuestros ambientes cotidianos, viajar, conocer gente, etc. Pero, mira por dónde, con el coronavirus, resulta que una gran parte de la población está saliendo de su zona de confort al estar confinada en casa, está realizando una actividad inusual. ¿Cambiará de algún modo nuestra persona en esta temporada? La respuesta tendría que ser . Sería lo que llaman en las técnicas orientales una práctica de calidad elevada, realizada con movimientos pequeños, imperceptibles a veces si son hechos con la intención.
En estos días, podemos hacernos preguntas sencillas: ¿costará un café lo mismo que antes cuando volvamos a las cafeterías?, ¿tendrá el mismo valor económico la casa que habitamos?, ¿de qué manera nos saludaremos en los primeros días? Y, también, preguntas más complejas: ¿cuánta gente se verá afectada en su capacidad adquisitiva por esta crisis?, ¿aumentarán los suicidios?, ¿cómo encararemos la convivencia?, ¿tendremos capacidad de integrar a las distintas capas sociales, en la certeza de que la gente común vamos a terminar con una precariedad más acusada?, ¿cómo  despediremos a quienes han muerto?
Otra parte de la población está saliendo de su zona de confort en su espacio de trabajo, cuando este se dirige al cuidado de la gente afectada. La sensación de realizar una hazaña tiene que influir necesariamente en su vida, en la percepción de la gente que le rodea. Tal vez, esa obligación heroica haga que personas que antes eran miedosas o indecisas terminen por ser más valientes y decididas. No sé. Tal vez, la adrenalina que les produce la conciencia de su misión les ayude a estirar los límites de su resistencia. Tal vez, con ello, perciban la inmensidad de su ser.
Otra gente, claro, está llevando la peor parte. Quienes se están viendo afectados, desde casa o desde el hospital, tendrán la sensación de ser arrollados por un ciclón. Por lo desconocido. ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mi gente? ¿Qué será de la gente?
No es indiferente, tampoco, el que esta situación de aislamiento se esté produciendo sin que lo hayamos querido. No puede dejarnos incólumes el saber que somos rebaño, el saber que hay pastores.
2020 iba a ser un año redondo. Quisiera equivocarme, pero la clase política que nos representa no parece que vaya a estar a la altura de los hechos; ya comienzan a tirarse los trastos a la cabeza (y a ocupar la ciencia). Una vez más, tendremos que apañarnos por nuestra cuenta. ¡Ojalá!

Salud.

jueves, 19 de marzo de 2020

Respuestas al amanecer (Anthony de Mello y el coronavirus)

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En estos días de estancia casera, ha aparecido encima de unas cajas el libro de Anthony de Mello (1931-1987) ¿Quién puede hacer que amanezca? (1985). Es de esos encuentros que, cuando suceden, no tienes conciencia de haberte apartado alguna vez de esa persona. Ha estado ahí, en la mezcla de los objetos que coges y dejas diariamente, mimetizado con la luz de ese rincón del hogar, mirando a su alrededor. Hablando en silencio. En todo caso, amable su presencia.
Me digo que no está de más el transcribir aquí un par de pasajes del mismo ─de los más de doscientos que tiene─, pues ese número es suficiente para quedarse con él cada vez que lo convocas. Van ahí:
Evolución
Al día siguiente dijo el Maestro: «Desgraciadamente, es más fácil viajar que detenerse».
Los discípulos quisieron saber por qué.
«Porque, mientras viajas a una meta, puedes aferrarte a un sueño; pero, cuando te detienes, tienes que hacer frente a la realidad».
«Pero, entonces, ¿cómo vamos a poder cambiar si no teneos metas ni sueños?», preguntaron perplejos los discípulos.
«Para que un cambio sea real, tiene que darse sin pretenderlo. Haced frente a la realidad y, sin quererlo, se producirá el cambio».
Profundidad
Le dijo el Maestro al hombre de negocios: «Del mismo modo que el pez perece en tierra firme, así también pereces tú cuando te dejas enredar por el mundo. El pez necesita volver al agua… y tú necesitas volver a la soledad».
El hombre de negocios no salía de su asombro: «¿Debo, pues, renunciar a mis negocios e ingresar en un monasterio?».
«No, nada de eso, sigue con tus negocios y entra en tu corazón».
Salud y rebeldía.

jueves, 5 de marzo de 2020

Varias vidas en una (Ernesto Cardenal)

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Hay personas que desarrollan varias vidas durante su existencia (aunque algo de ello tengamos la mayoría, no son tan plenas). El nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020) es una de ellas. Nacido en Nicaragua, tierra en la que Rubén Darío pasa por ser héroe nacional. Él se define como poeta, sacerdote y revolucionario. De familia acomodada, estudia en la Universidad Autónoma de México y en Estados Unidos. Tras el fracaso de la revolución de abril de 1954 contra Somoza, ingresa en la comunidad trapense de Getsemaní, en la que conoce a su mentor, Thomas Merton. Ya publicados sus epigramas (1961), vuelve a Nicaragua y, ordenado sacerdote en 1965, funda la Comunidad de Solentiname, en las islas del Lago de Nicaragua, donde se unen pescadores y artistas (por allí pasan Gioconda Belli, Cortázar, etc.); entonces escribe el conocido El evangelio de Solentiname. Al defender la teología de la liberación y participar en la revolución sandinista y su gobierno, fue suspendido de su sacerdocio por Juan Pablo II en 1984, algo que enmendaría el actual Papa Francisco en 2019. Su Oración por Marilyn Monroe (1965) o sus Salmos (1964, des que aquí mostramos el 1) forman parte de la educación sentimental rebelde de alguna generación.
Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido ni
asiste a sus mítines
ni se sienta a la mesa con los gánsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus slogans
Será como un árbol plantado junto a una fuente.
Salud, Ernesto, que la tierra te sea leve.

jueves, 27 de febrero de 2020

Tú eres el producto

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En tiempo reciente, me he topado con un par de libros de temática similar. Concuerdan con afirmaciones que leemos o escuchamos con frecuencia en ocasiones distintas, lo que hace que sea un comentario sabido y que, por ello, no llaman demasiado nuestra atención, máxime cuando chocan con nuestras prácticas diarias. Se trata de la escasa libertad que tenemos en internet, en concreto en la utilización de las redes sociales. Un tópico. Pero que, en los casos que nos ocupan, se asientan en experiencias personales de quienes están dentro del sistema y conocen sus bases.
El primero es la autobiografía de Edward Snowden (1983), Vigilancia permanente (2019). Formado en ingeniería de sistemas, sirvió como agente de la CIA y trabajó como experto informático para la NSA. Su inicio, la verdad que no me agradó demasiado; me parecía algo pretensioso: «Me llamo Edward Snowden. Antes trabajaba para el gobierno, pero ahora trabajo para el pueblo». No obstante, al leerlo, te sumerges en su vida cuando estaba ayudando a crear un sistema que permite al Gobierno de Estados Unidos entrometerse en los rincones de la vida privada de cada uno de los ciudadanos del mundo. Ello le condujo a una crisis personal, pues su idea de internet era de libertad, y le llevó en 2013 a destaparlo todo y poner en jaque al sistema. El resultado fue el inició de una caza y captura internacional que a día de hoy sigue abierta.
El segundo (que no he leído completo) nos toca más de cerca. Me lo han pasado en la biblioteca del barrio. Es El enemigo conoce el sistema (2019), de la periodista Marta Peirano, ubicada entre Madrid y Berlín, activa en debates de radio y televisión. Su charla TED “Por qué me vigilan si no soynadie”, va camino de los tres millones de visitas (y, precisamente, su obra El pequeño libro rojo del activista en la red lleva prólogo de E. Snowden). Ella es contundente: la red no es libre ni abierta ni democrática. Es un conjunto de hardware controlado por un número pequeño de empresas, en las que opera un software críptico, bajo algoritmos dirigidos, en bases de datos ocultas. Lo que nos permite es asomarnos (y discutir, si nos place) al interfaz, al escenario que hay entre el público y las bambalinas, pero que nos impiden llegar al sistema de fondo, porque sencillamente no lo conocemos.
Ahí tenemos que vivir. Lo demás es cuestión nuestra.

jueves, 20 de febrero de 2020

Adopciones (Piel color de miel, Sik Jun Jung)

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En esta temporada, ha coincidido el hablar varias veces sobre adopciones en círculos distintos en los que he estado. Y se ha hablado de las difíciles situaciones que se plantean en muchos de los casos al llegar las chicas o los chicos a la adolescencia. Pasando desde ahí a cuestionar la viabilidad de esta práctica que, en principio, parece tan aconsejable para ambas partes.
En las ocasiones que comento, he mencionado el último cómic (o novela gráfica) que he leído: Piel color de miel (2008), de Sik Jun Jung (1965), en dos tomos (en la edición conjunta), llevada al cine en 2012. Presenta el valor añadido de que el autor fue un niño coreano adoptado cuando contaba con cinco años y estaba en un orfanato, después de que fuera abandonado y estuviera un tiempo vagando, algo que fue muy común en Corea del Sur en los años setenta del siglo pasado, después de la guerra.
Lo adopta una familia belga, que tiene ya un hijo y dos hijas, en la que se integra en la infancia. Pero la llegada de la adolescencia le hace preguntarse por su identidad y por aquella madre que lo abandonó o tuvo que hacerlo (por lo que no le guarda rencor), a cuyo encuentro ansía ir. Con ello, las relaciones familiares se tornan difíciles, a lo que se suma las preguntas sin respuesta que a todo el mundo nos rondan en la juventud y madurez.
En 2007, ya adulto, decide internarse en ese complejo mundo interior suyo, mediante la herramienta con la que trabaja: la ilustración. La obra no deja indiferente a quien la mira y la lee.

jueves, 13 de febrero de 2020

El maldito

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Después de releer La familia de Pascual Duarte, podíamos elaborar una entrada sobre esa mente distorsionada socialmente, pero el escenario ha quedado algo desfasado en esta nuestra España (si bien el texto continúa sorprendiendo con el ritmo y la música que consiguió Cela a sus 26 años, algo así como en un ejercicio literario que desbordó el pupitre). De ahí que nos animemos más a volver la mirada al maldito de los malditos en la literatura: el poeta François Villon (1431 / ¿?).
«Soy Francisco y el nombre me duele, / nacido en Pontoise, cerca de París, / y balanceándose al cabo de la cuerda / sentirá mi cuello lo que mi culo pesa». Muchacho “flaco y pelado como nabo”, según él mismo se describe, estudia Letras en La Sorbonne, y vive la vida golfa de la capital entre tabernas, meretrices y escándalos. En un lance con un fraile, por un amor, le propina unas puñaladas y lo mata. El canónigo Guillaume de Villon, su padrino, lo libera, pero é reincide en un robo con los Coquillards, y huye; recorre Francia vendiendo sus poemas hasta ser arrestado, por obra del obispo Thibaut, en Blois, en cuya cárcel compone su obra más famosa: El testamento. Liberado y vuelto a encarcelar repetidas veces, en noviembre de 1462 se le condena a ser “colgado y estrangulado”, momentos en que compone Balada de los ahorcados (que aquí traemos); pero la suerte le soníe de nuevo y es conmutado el 5 de enero de 1463 ─¿Reyes?─, con la promesa de no volver a París en diez años. Ya no se sabe de él.
Apiadaos de nosotros, hermanos.
Vednos aquí atados y colgados,
mordidos y podridos:
esqueletos ya en espera
de volverse polvo.
Nos empapa la lluvia,
nos seca y ennegrece el sol,
los cuervos nos sacan los ojos,
nos arrancan barba, pestañas y cejas,
nos dejan más picados que dedales,
y el viento sin cesar nos azota.
Hermanos, no es cosa de risa.
Rogad a Dios por nosotros,
y por vosotros también.
Salud.

jueves, 6 de febrero de 2020

Bla bla bla

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He tardado en decidirme a poner título a la entrada (e, incluso, a elaborarla). Me ha venido la idea al recordar que hay una corriente psicológica que, cuando te dicen que hables «aquí y ahora» y tú comienzas a explicar que tienes depresión porque te abandonó hace un año tu pareja, lo cual te destrozó, puesto que fue…, entonces, quien conduce la sesión te corta al tiempo que dice «Bla bla bla». Es decir, no sirven las racionalizaciones. No sé si tiene demasiado sentido la conexión entre esto y lo que deseo contar aquí, pero… ya está escrito.
Y Bla bla bla es lo que resulta la novela a la que me refiero, la cual acabo de leer, mejor dicho, acabo de intentar leer (pues la he dejado a las tres páginas), mejor dicho, se me ha caído de las manos. La ha escrito una persona conocida en el mundo del periodismo ─qué es hoy un(a) periodista si no escribe una novela─ y del lenguaje. Con un currículo envidiable, en el que no faltan premios y másteres. Es decir, alguien con recursos y perspicacia. Según dice, las palabras nos definen y éstas (en un asunto policíaco) pueden ser el camino para identificar a alguien.
Además, dispone de una editorial con prestigio para publicar. Llegado hasta aquí, me formulo algunas preguntas: cuando se está en las alturas, ¿no hay nadie que nos pueda dar una opinión sincera sobre lo que escribimos?, ¿acaso nos parece que podemos con todo?, ¿perdemos el norte a la hora de juzgar nuestra obra?
Claro que también puede suceder que yo esté en un error, que no sepa apreciar el ritmo y la música del texto, y la novela en cuestión sea la de un futuro Premio Nobel de Literatura. Al final del libro, hay una "Nota de autor" en la que agradece a una docena de personas (varias de ellas del mundo de la cultura) el haberse leído en texto y haberle hecho sugerencias. (Por si acaso, no diré cuál es).

jueves, 30 de enero de 2020

Monólogos con el amigo (mentor, perro) o Diálogos

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La ficción, la autoficción literaria se arropa en maneras de narrar, artificios formales que la hacen creíble, al tiempo que la revalorizan. Es lo que ensaya la escritora neoyorquina Sigrid Nunez (1951) en El amigo (2018), relato dirigido al amigo amante muerto, más propiamente, suicidado, lo que permite a la autora disgresiones variadas en torno al asunto, pobladas de erudición en muchas de las ocasiones en que lo hace.
La escritura ─tan omnipresente en quien escribe; ¿recuerdo alguna novela en la que no se hable de ello?─ también es uno de los temas de este libro que transita sin esfuerzo de lo vivido a lo sentido e imaginado. Casualmente, se conecta con la anotación anterior de esta bitácora ─caminar, también aquí aparece Kundera─, pues el destinatario de los monólogos, en vida, fue profesor escritor y repetía «si no puedo caminar, no puedo escribir»; el ritmo, alma de todo relato, lo adquiría cuando había dado un paseo satisfactorio. Plantea la autora, además, el sentido de la escritura al presentarla como la posibilidad de dar voz a quienes no la tienen, tal como hace la premio nobel Svetlana Alexievich.
Pero no olvidemos al personaje central de la novela: Apollo, el perro (enorme y artrítico gran danés) que había pertenecido al amante mentor escritor y del que ahora se hace cargo la narradora protagonista. Aquí está el fondo del relato: la amistad que se establece entre ella y él, que, cargado de años, va dando signos de decaimiento, lo que mantiene alerta a ambos.
¿Es novela?, ¿diario íntimo?, ¿dietario?, ¿ensayo? Para qué clasificarla. En todo caso, una narración hermosa y comedida que ilustra y hace reflexionar.

jueves, 23 de enero de 2020

El cuerpo camina en la literatura

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Lo cojo lo dejo, lo cojo lo dejo…, así unas cuantas veces hasta que decidí tomarlo en préstamo. Es Caminar, las ventajas de descubrir el mundo a pie (2019), de Erling Kagge (1963), escritor, explorador, abogado, coleccionista de arte y editor, y… caminante, tenían que señalar en su biografía. Tal vez, ello ─la mezcla de oficios─ me animó a llevar el libro. Pequeño formato, que trasciende la flanerie y cuenta con sobrados ejemplos literarios de el arte de caminar.
El autor transmite la satisfacción que se experimenta al dar un paso después de otro cuando se camina hasta que se disfruta el instante ─«El paraíso está aquí»─, al transformar las prisas en conciencia, al airear el abortagamiento sedentario con unos minutos de movimiento. Según señala el título, una pradera, un río, una ciudad…  se nos muestran  de manera distinta si las recorremos a pie ─«El paraíso está aquí»─ que si las vemos desde un vehículo. Y no digamos lo refrescante que es extraviarse, no saber dónde estamos. Y la posibilidad de mirar a la gente ─«La faz de todo aquel que pasa junto a mí es un misterio», escribía W. Wordsworth─ Incluso defiende los deportes de aventura (una vez que se hayan preparado concienzudamente), pues el peligro surgido nos conecta con un instante de vida ─«El paraíso está aquí».
Atractiva es, igualmente, la erudición del texto. No podía faltar, claro, El paseo de Robert Walser, y la conversación que mantiene su protagonista anónimo con el inspector de Hacienda, empeñado en hacerle más sedentario para que pueda pagar impuestos a su hora, en la que le dice que necesita pasear para poder escribir ─«con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea hasta la más pequeña de las cosas…»─. Al igual que tampoco Antonio Machado o Milán Kundera, en La lentitud. Así hasta llegar al abuelo del autor, que también fue andando ─qué pensaría─ hasta el lugar en que un pelotón nazi lo fusiló.
[La ilustración es de Tihomir Cirkvenvic].

jueves, 16 de enero de 2020

De Santiago de Chile a Beirut (de Nona Fernández a Pilar Salamanca)

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En estos días iniciales de año nuevo, no tengo cuerpo para sumergirme en un novelón, así que me paseo con relatos cortos. Los dos últimos me han llevado de Santiago de Chile a Beirut. Se trata de Chilean Electric, de NonaFernández (1971), y de Beirut “mish huna”, de Pilar Salamanca.
Chilean Electric ─apenas 106 páginas, en formato de bolsillo─ comienza cuando la Plaza de Armas de la capital chilena es iluminada por vez primera, lo que sucede en 1883, según le contaba su abuela a la autora. Lo curioso es que aquella aseguraba que estuvo en la inauguración (pues su padre era uno de los ingenieros alemanes de la compañía eléctrica), sin que le diera importancia al hecho de que había nacido en 1908, es decir, quince años después del acto. Ahí es donde Nona Fernández se pregunta qué es lo que pretendía transmitirle su abuela, qué iluminación podía extraerse del relato familiar. Comienza, entonces, un recorrido por la historia del pasado siglo en Chile, tan transida de oscuridad, de desapariciones, y de aquel presidente que clamaba por «más pasión y más cariño». Todo ello, dentro del ambiente familiar, en el que la abuela mencionada trabajó de secretaria con su máquina de escribir, y en una sociedad en la que el reverso de los recibos de la luz llevan rostros de “locos”, de se busca.
Distinto escenario es al que viajamos en Beirut “mish huna”, una ciudad que ya no existe, arrasada por la guerra que se inició en 1975 y se extendió hasta 1989, reconstruida, o así se asegura, pero que ha servido para llevarse por delante más edificios tradicionales que los que derribó el conflicto armado. Pilar Salamanca iba en busca de la ciudad que ella había conocido antes de los bombardeos, y va de decepción en decepción, pues esta desapareció. Pero nos deja (al igual que tantos relatos de viajes escritos por mujeres) la reescritura de sus estancias, el antes y el ahora, con pinceladas inesperadas, con apuntes de lugares cercanos ─Biblos, Batroun, Mar Antonios al-Kabir, etc.─, que nos remiten al pasado cultural de la zona, a su importancia y a la grandeza que se nos escapa. Claro, y también los cedros..., el mar... El libro se completa con ilustraciones de Pedro Sainz Guerra, en diálogo con las palabras, que por sí mismas merecen mención destacada.
Recomendables.

martes, 7 de enero de 2020

Regalos de enero

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Pues sí, aunque ya han pasado las fechas de los regalos, no vamos a desvelar todavía la identidad de la Mary Poppins envuelta en rojo que tomamos de la biblioteca del barrio. En cambio, lo vamos a hacer con otro de los libros que nos llevamos, una vez que nos volvió a picar la curiosidad. Este decía en su envoltorio: «Leer una novela de esta autora es como salir de excursión en un automóvil impecable, en el que todo ─el motor, la carrocería, el interior─ inspira confianza, hasta que  recorridos unos pocos kilómetros, va uno y tira el volante por la ventana».
Se trata de A la deriva, de Penélope Fitzgerald (1916-), personaje que cuenta con el atractivo de entrada de ser hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Todo un mundo de conocimientos que parecieran flotar a su alrededor desde la infancia. Para mí, cuenta con el plus de ser una escritora tardía, pues no publica hasta los 58 años. Después, en los setenta, da a la luz unas novelas, con base autobiográfica, entre las que se encuentra A la deriva, tal vez la más conseguida literariamente (que se hizo con el  Booker Prize), si bien es La librería la más conocida.
Narra en la novela el tiempo en que una madre y sus dos hijas viven en una barcaza en el Támesis, junto a otras familias que no tienen recursos para instalarse en tierra firme o que desean una vida sobre el agua. Algo que la autora hizo. Puede tomarse como un homenaje a quienes en los años sesenta comenzaron existencias azarosas, para cumplir sueños o ideales, aunque fueran después arrollados por las condiciones del consumo.
Sin duda, una prosa atractiva, que despierta perplejidad, sin que se sepa en concreto de dónde proviene su encanto.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Lecturas sorprendentes

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Es necesario amar para saber escuchar las mil lenguas del Silencio.
Ayer por la mañana me acerqué a la biblioteca Cervantes, del barrio, a devolver un libro que caducaba ya. En el mostrador, me entretuve charlando con las bibliotecarias solventes (y, con frecuencia, ilustradoras) que allí hay. Entonces, me indicaron el centro de interés que han montado para estas fechas. Según puede verse en la fotografía, han elegido libros y los han envuelto en papeles de colores, a los que han incorporado un detalle floral o alado (realizado también en papel tintado). Completan la adehala propuesta con una frase que vela y desvela el contenido de la obra literaria vestida.
Así, leemos: «En este libro / no aparece nunca / la palabra amor / o cualquier / combinación / que lleve esas / letras», «Este es el libro / más difícil de / escribir, / que habrás leído / jamás, porque / quien lo escribe / no sabe escribir», «Microhistorias / que crepitan. / Un escalofrío / te recorrerá la / espalda», «Un marido podrido, / un padre asqueroso, / una pésima fuente de ingresos, / un fracaso total / y para colmo se topa con / un perro idiota», «Otra historia de / infidelidad, solo que / esta da lugar a / una novela perfecta / con la que encima / te reirás», «Evoca el lugar / que ocupan en nuestra / vida los libros… / o una relación epistolar».
Me llevaría unos cuantos, pero decido quedarme con este: «Una Mary Poppins / muy inquietante». Todavía no lo he abierto, prefiero prolongar la emoción, al igual que hace la protagonista de Felicidad clandestina, aquel delicioso cuento de Clarisse Lispector.
(La cita del inicio está tomada de un entrefilete de Tierra y Libertad, diciembre de 1931, sin que recuerde ahora la fecha exacta ni el número).

Salud (y venturosos días).

jueves, 12 de diciembre de 2019

Asuntos reiterativos en literatura (o Kurt Vonnegut)

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Entre los libros con candidatura a ingresar en esta anotación ─es decir, los que tengo entre manos ahora─, se ha llevado la palma Madre Noche de Kurt Vonnegut (1922-2007), que nos llegó traducido allá por los años ochenta del siglo pasado, aunque ya había visto la luz, como Mother Night, en 1961, es decir, ocho años antes que su novela más celebrada, Matadero cinco o La cruzada de los niños. Ambas obras, al igual que otras de este autor, abundan en la descripción de situaciones en torno a la segunda guerra mundial, pues sabido es que sobrevivió (cuando estaba preso del ejército nazi) al bombardeo indiscriminado de Dresde, en febrero de 1945, en el que murieron abrasadas unas ciento treinta y cinco mil personas, y él fue uno de los que les tocó desenterrar los cadáveres.
Abrumador, pero la literatura de Vonnegut tiene la calidad y el humor suficiente para presentarnos una galería de tipos que cobran una dimensión especial, y nos introduce en sus historias, donde reina el desconcierto. Según su autor, el protagonista «sirvió a la causa del mal excesivamente a la vista de todos, y a la del bien demasiado en secreto, crimen de su época». Puede decirse que es un canalla secretamente honrado o un antisemita en el que se esconde un héroe. Son escasos los asideros a los que poder agarrarse, pues «todo el mundo está loco. Todos harían cualquier cosa en cualquier momento, y que Dios ayude al que quiera buscar las razones».
Su modo de escribir es de gran economía de medios, con capítulos y párrafos cortos, diálogos certeros, descripciones chispeantes; elementos con los que hilvana ironía tras ironía y consigue un discurso eficaz, al alcance de plumas como la suya. Se le dice precursor del posmodernismo literario. Hace sonreír. Pero… asegura que, cuando se produce la locura colectiva, suele llegar como solución la barbarie organizada.
Salud.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Diálogos literarios (desde Valdemún)

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Cuando leímos Sefarad en su primera edición, la de 2001 (que ya ese año tuvo varias reimpresiones), no existía Valdemún, un pueblo que el autor de la obra, Antonio Muñoz Molina (1956), introduce en la siguiente versión, ya que el nombre de Ademuz que figura en la primera daba pie a interpretaciones erróneas al coincidir con el de un pueblo valenciano, lo cual dificultaba tomarlo como lugar de ficción. Es así que la destreza narrativa del literato se pone de manifiesto desde las primeras líneas del capítulo correspondiente, en las que la protagonista llega por carretera a Valdemún, título a su vez del capítulo correspondiente de esta obra de memoria multidireccional del que es académico de la Real Academia Española de la Lengua y que fuera director del Instituto Cervantes de Nueva York (2004-2006).
No extraña que Valdemún sea el espacio de un libro de Elvira Lindo (1962), pues son pareja sentimental ─matrimonio, desde 1994─, en concreto de Lo que me queda por vivir (2010), obra que bascula entre memoria y ficción (según el criterio de quien la contemple), y que en ese lugar habiten, ya en 2001, personajes que cobran vida de nuevo en la novela de la autora de éxitos reconocidos.
Lo que aparece en la narración de Lindo es un estado de ánimo (que toma título de aquel bolero clásico). Incluso, sabiendo que discurre una parte notable de ella en Madrid, elude la descripción de lugares concretos y la alusión a calles o edificios. De  ahí que no resulte desconcertante el que aparezca Valdemún en sus páginas.
A quien esta anotación, algo precipitada, escribe en la bitácora, le resulta bastante más floja la segunda obra que la primera, pero… es opinión de quien no posee el empaque literario de la autora y el autor que se comentan aquí.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Calma vital en Los libros muertos

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Hace unos años me encontré con Subhuti, libro curioso, que recoge la traducción de un viejo manuscrito custodiado en el monasterio Maha Gandaion de Amarapura, en Birmania, y me resultó agradable su compañía (y, por supuesto, su lectura). Así que, al ver la pasada semana en la mesa de novedades de la biblioteca del Teatro Principal otro libro del que fuera su traductor, Jesús Aller (Gijón, 1956), lo tomé prestado, y me encuentro en estos días mariposeando entre sus versos en los distintos momentos de la jornada ─«Que el miedo no te quiebre por el medio», «Ciegos en el sopor de la mentira, / nos enreda el hechizo de una sombra / que obliga a crecer y a acumular»─. Cuenta, además, para mí, el aliciente de ser sonetos la mayoría, un metro del que me encanta su música, que cuenta con una tradición dilatada en nuestra literatura y, al tiempo, se muestra versátil y joven.
Una de las particularidades de este autor, geólogo e investigador, es que dispone de un sitio web, jesusaller.com, en el que ofrece ahí sus libros (en pdf), tanto para leerlos o para descargarlos. Quien reseña Los libros muertos dice que en su obra «busca el encaje de una higiene psicológica aprendida del budismo con las ideas libertarias de transformación social». El libro presta oídos a quienes la historia derrota, a las formas en que declinamos la libertad en favor del consumismo, a la manera en que la razón se queda sin argumentos. Pero no nos deja en el desamparo, también nombra las señales de la esperanza: la reflexión, las palabras y la naturaleza (en la que se hallan muchas respuestas).
Por si no fuera suficiente lo dicho para entrar en su construcción virtual, digamos que, además de ofrecer reseñas y artículos, ofrece una galería de imágenes de los lugares a los que ha visitado, casi todas en blanco y negro, que cautivan.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Mujeres obreras en el Salón de Té

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Entre las obras literarias recuperadas en el presente siglo se encuentra Tea Rooms. Mujeres obreras (novela-reportaje), que se editara en 1934, en Madrid, por Juan Pueyo, dentro de la que se considera Edad de Oro de la literatura femenina. Pertenece a Luisa Carnés (1905-1964), nacida en la capital de España y fallecida un 8 de marzo en Ciudad de México (cuando era D. F.), en un accidente de tráfico (en el que resultaron ilesos su marido y su hijo), después de salir de un mitin o conferencia que había dirigido a un grupo de mujeres. Hija de familia venida a menos, a los once años tuvo que emplearse en un taller de costura, desde donde fue reflexionando sobre la existencia que le rodeaba y ante la que tenía necesidad de escribir, lo que la convirtió en autodidacta, pues no disponía de medios con los que costearse una educación. La vida le llevó, en aquellos tiempos convulsos, a afiliarse al partido comunista (que todo el mundo tenemos algún momento equivocado en la vida).
Inteligente y voluntariosa, se colocó de mecanógrafa, en 1928, en la editorial CIAP, la multinacional del sector en esos años, y consiguió publicar su primer libro, Peregrinos del calvario. Casada con el ilustrador de fama Ramón Pujol, con quien tiene un hijo, se separa y vuelve a Madrid, trabaja de camarera y escribe este Tea Rooms, ejemplo de literatura vivencial y, por lo tanto, testimonio de las condiciones laborales y de existencia de un grupo de mujeres que, al inicio de cada, turno cambian su vestimenta en un cuchitril, para realizar su trabajo, ante la vista constante de la encargada.
Es un libro que se inicia con rasgos de estilo vanguardista, tomados del mundo del film (cuyo ambiente conserva toda la obra), tan grato al ultraísmo, que enseguida pasa a descripciones de realismo tradicional, pues no en vano pretende emitir un mensaje, dirigido ─creemos─ a la juventud obrera, la cual no está para demasiadas florituras. Los personajes tienen la previsión de lo intencionado, pero salvan el formalismo estereotipado y están dotados de ciertos recovecos que los humanizan.
Después de ochenta y cinco años de su publicación, Mujeres obreras conserva bastante de su frescura inicial (y, por desgracia, de su actualidad), y puede leerse con aprovechamiento.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Dos patrias, dos lenguas, una vida

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Entro en la librería para cargar el bonobús y, según tengo costumbre, compro alguno de los volúmenes de formato pequeño que están en los estantes móviles junto al mostrador. No conocía a su autor, Theodor Kallifatides (1938), pero cuando leo la página de créditos, veo que va por la cuarta reimpresión (que la industria denomina “edición”); prácticamente, desde mayo, a una por mes.
Se trata de Otra vida por vivir (2019, con traducción de Selma Ancira). Autobiográfico, sin ser autobiografía, en cuyo texto el autor se enfrenta al envejecimiento. Kallifatides emigró de Grecia en 1964, por cuestiones de falta de futuro ─trabajo, sociales, etc.─. Llegó a Suecia y, en Estocolmo, fue fraguando su existencia. Aprendió el idioma y escribió en él, con la fortuna de ser autor de éxito, hasta dar a la luz más de cuarenta obras, entre ficción, ensayo y poesía. Además, tradujo al sueco a autores griegos ─Theodorakis, Ritsos, etc.─ y al griego a autores suecos ─Bergman, Strinberg, etc.
En este sencillo texto (¿o no?), enfrenta una situación vital de cierta angustia. Se ha quedado sin inspiración. Y, al tiempo, no se encuentra cómodo sin escribir. Con su esposa, Gunilla, realiza un viaje a Grecia, al pueblo de su infancia, en el lado sur del Peloponeso.
Tal vez, lo fundamental del texto no es el trance que plantea, el estancamiento, sino las palabras en las que viajamos, la barquichuela que nos lleva donde sopla el viento.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Resistencias (la de Sarajlic en Sarajevo)

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Después de la heroicidad de intentar leer completo un libro de A. Palomas ─Un amor─, le doy unas últimas ojeadas a Después de mil balas, de Izet Sarajlic (1930-2002), antes de devolverlo a la biblioteca:
Te libero de la tristeza por mí, mujer, cuando te abandone.
Te libero de la tristeza por mí, mujer, cuando te visite
solo en la forma de un recuerdo endeble.
Sé una mujer alegre
como en los tiempos de nuestras buenas fiestas nocturnas.
A veces, solo a veces, lee mis libros. Y grita.
No sé si hoy pueden tomarse como algo pretenciosos estos versos escritos en 1964 por este hombre nacido en Doboj (Bosnia) y fallecido en Sarajevo, ciudad en la que se instaló en 1945, y en cuya universidad se graduó en filosofía y literatura, además de ejercer como periodista.
Viajaba con frecuencia (según suele hacer la gente conocida a la que se asocia con un lugar determinado) y disfrutaba de amistades en medio mundo, pero no quiso dejar Sarajevo durante el período de sitio que sufrió entre 1992 y 1996. La gente se alegraba de verlo por la calle y, en las noches, asistía a recitales en los que se declamaban sus poemas. Dice en Después de haber sido herido:
Esta noche en sueños
ha venido Slobodan Markovic
para pedirme perdón por mis heridas.
Ha sido la única disculpa de un serbio en todo este tiempo,
y por si fuera poco ha sucedido solo en sueños
y por parte de un poeta muerto.
Sentía que pertenecía siglo XX; llegado el XXI, fechaba sus cartas como 1999+1, 1999+2.

martes, 29 de octubre de 2019

Aves ante las fronteras

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Cojo en la biblioteca del barrio Aves del paraíso (2019), de Luisa Etxenike (con ilustraciones de James Ellsworth), porque las guardas están llenas de golondrinas en vuelo, y porque muchas de sus páginas están ilustradas con aves diversas y tienen texto holgado, a veces de una sola línea («Pasa las páginas [de la guía] con cuidado», «Parece que ningún ave es de un solo color»). Parecía una distracción poética, pero nada de eso. La autora desarrolla una situación de vigilancia, de ambiente opresivo e incierto, que va ovillando hasta desembocar en un desenlace sorprendente.
Lo había cogido para quitar hierro a la lectura de Frontera, un viaje al borde de Europa (2017), de Kapka Kassobova (1973), nacida en Bulgaria y residente en las Highlands escocesas. Libro denso, que puede tomarse como reportaje narrativo, en el que la autora vuelve a su lugar de origen veinticinco años después de haberlo dejado y recorre la frontera que Bulgaria tiene con Grecia y Turquía, en la que ahora, a sus pobladores griegos, búlgaros, turcos gitanos, musulmanes de los Balcanes, se les une la ola de refugiados que huyen de Siria.
A pesar de su letra diminuta ─al contrario de las Aves─ y de sus más de cuatrocientas páginas ─al contrario del paraíso─, te sumerges sin mayor esfuerzo en la lectura de estas historias que se inician a lo largo de la Vía Póntica, y se van trasladando en dirección al oeste, hacia Ródope y la línea Metaxás, para retornar a la Tracia.
Se pueden ver, con los ojos de Kapka, los bosques de Strandja; escuchar los testimonios de quienes habitan estos lugares degradados tras el comunismo; o escuchar sus canciones ─«Nos atrapó una tormenta. Arrastrados y esparcidos en el mar. Nuestro reencuentro será al día siguiente de nuestra muerte. Envejecí esperando. Mis ojos se apagaron mi carne desapareció. Nuestro reencuentro será al día siguiente de nuestra muerte»─ en el transistor de un pastor de Capadocia.
La frontera es algo que llevas dentro sin saberlo.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Rebeliones (esta con Tatiana Tibuleac)

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En estos días en que las rebeliones están teledirigidas y se acude a ellas desde las órdenes recibidas a través de redes ocultas, prefiero agarrarme al papel y contemplar la rebelión de Aleksy, personaje protagonista de una de las novelas de la joven escritora moldava Tatiana Tibuleac (1978). Esta mujer se dio a conocer muy tempranamente en el mundo cultural de su país, pues mientras estudiaba Periodismo y Comunicación, ya empezó a colaborar en diversos medios en calidad de traductora, correctora y reportera; en 1999, llevaba la columna “Historias verdaderas” en el periódico Flux, uno de los más significativos en lengua rumana.
La obra a la que me refiero es El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes y narra las difíciles relaciones entre un hijo y su madre, lo que encuadra en la casa a la que llegan en un pueblo de veraneo. Allí se reflejan los resentimientos, las fragilidades o las impotencias de las relaciones maternofiliales. Y, también, las luces del amor y del perdón, esenciales para que la paz se instale en el interior de la persona y que esta pueda sentir que la vida está instalada en ella.
En definitiva, se trata del camino recorrido hasta llegar a la situación en que se hace inevitable bajar las armas para firmar la paz. Todo ello ante la superación de situaciones dolorosas, tal la pérdida (muerte de la hermana) o el rechazo (de la madre hacia el hijo).
Una escritura joven ─lo cual se nota─, pero vigorosa.
"Siempre hay tiempo para hacer las paces"