martes, 23 de junio de 2020

Café dulce (en el solsticio)

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Solsticio. Verano boreal en la luna de miel. Bebida refrescante, dulce. El Sol permanece quieto durante unos días. Creo que esta vez lo hace para leer con tranquilidad la novela que tengo entre las manos, Un café muy dulce, de la periodista italiana María Luisa Magagnoli (1948), publicada a finales del siglo pasado en Buenos Aires.
Un libro para reflexionar sobre la condición humana y para explicarse la organización social ─tal vez, la batalla más valiosa que ha ganado el neocapitalismo es hacernos creer a la gente que gobernamos nuestros países─. Narra la historia de un expropiador,Severino di Giovanni (1901-1931), llegado a Argentina desde Italia, casado con su prima Teresa, tienen tres hijos. Un personaje de vida intensa, idealista de la violencia que dejó sus huellas marcadas en el camino de la insurrección. La cuestión social. Se enfrentó con armas a quienes detentan los poderes.
Pero lo que me interesaba al retomar este libro es el devenir de América Scarfó (1913-2006), que, adolescente, se enamora de Severino y él de ella. Terminan viviendo juntos, entre la discusión de los grupos obreros de su tiempo, pues hay quien no comparte que él deje a su familia para unirse a una joven. El hombre más buscado de Argentina -traje negro impecable, ojos ardientes- termina en la cárcel en 1930. En las situaciones en que se separan, se escriben hasta tres cartas diarias. Cuando América tiene 17 años, Severino es fusilado (a pesar de que no existía la pena de muerte en el país).
Durante toda su vida, América se negó a vender su historia a Hollywood. Su nombre da título a la editorial Américalee. Hasta cumplir 86 años no logró que el gobierno le devolviera las cartas que le escribió a prisión, incautadas por la policía. Su testimonio es el que guía a Magagnoli en un café muy dulce, y su vida transcurre en los fotogramas de Los ojos de América (2016).
Salud.

sábado, 13 de junio de 2020

Seda celebra la lectura (en San Antonio)

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Las coplas populares aluden al día de San Antonio, 13 de junio, como el momento álgido de la primavera, es decir, del año silvestre, de la floración de tallos en los bosques y la anidación de aves de envergadura. Hoy tendremos experiencias en nuestros cuerpos que la memoria recordará durante las 365 jornadas venideras.
Así que hoy traemos aquí la celebración que el Club de Lectura Seda ha realizado en el cierre de su temporada segunda. La lectura (al igual que la historia o la memoria) no es saludable en sí misma, pues pueden devenir en trauma, moraleja o dogma. Le conviene recibir la visita de El huésped, de Paul Celan, para dejarnos en una calma inquieta. Eso es el club de lectura. Eso es Seda.
Hemos comentado en nuestras sesiones las siguientes lecturas:
El informe de Brodeck, de Philippe Claudel
Shifu, harías cualquier cosa por divertirte, de Mo Yan
La cocinera de Himmler, de Franz-Olivier Giesbert
Cualquier tiempo pasado…, de Victoriano Crémer
La cena, de Herman Koch
La hija del optimista, de Eudora Welty
La ley del menor, de Ian McEwan
Y aquí nos pilló el confinamiento, así que decidimos vernos en videoconferencia semanal, trucando la novela por el cuento, de los que hemos comentado:
Felicidad clandestina, de Clarice Lispector
Vida de Ma Parker, de Katherine Mansfield
Pecado de omisión y Paraíso inhabitado (el inicio), de Ana María Matute
El regreso, de Carmen Laforet
La dama del perrito, de Antón Chéjov
La cosecha y Un hombre bueno es difícil de encontrar, de Flannery O’Connor
Bette Davis en el cuarto de baño, de Cristina Civale
Esperando, de Amos Oz
Ya sabemos, con Al Mutanabi, que en el vino se halla una fuerza que no se encuentra en las uvas. En el círculo. En la casa común. En Seda.
Salud.

miércoles, 3 de junio de 2020

El regreso (garras de coronavirus). Laforet

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En estos tiempos del ingreso mínimo vital, que viene para aliviar situaciones de precariedad agravadas con lo que se nos ha presentado arriba, abajo y alrededor, recuerdo el cuento El regreso de Carmen Laforet (1920- 2004). Puede que no sea uno de los más recordados de nuestra literatura. Puede que esté elaborado con algo de precipitación, aunque esto es una opinión que, a buen seguro, no sea compartida por gentes más dotadas para la crítica literaria que el que esto escribe. (Sí que es cierto, según comenta su hija Cristina Cerezales [la cual publica ese estupendo libro sobre las relaciones que tiene con su madre los últimos años de vida de esta, cuando pierde el habla, titulado Música blanca]; sí que es cierto, decimos, que comenta que Carmen Laforet no acostumbraba a corregir sus textos).
En El regreso, cuya acción se sitúa en los años cincuenta del pasado siglo en España, un hombre está a punto de salir del manicomio; ha estado ingresado dos años en él, debido a la crisis extrema que padeció cuando perdió el empleo ─era chófer y vino el racionamiento de gasolina─. Es Navidad y le espera su familia. Él no quiere salir, pues tendrá que asumir de nuevo la responsabilidad de sustentarla. Madre, esposa, hija e hijo viven relativamente bien al haber sido atendidos en esos dos años por las señoras de la Beneficencia.
Sube las escaleras, de paredes desconchadas, hasta el piso que habitan, con la maleta en una mano y una tarta que ha comprado en la otra. El relato ─¿son un símbolo las escaleras ascendentes?─ parece que le insufla fuerzas para su misión futura, hasta que pronuncia la frase «A toda aquella familia que se agrupaba a su alrededor venía él, Julián, a salvarla de las garras de la Beneficencia».
Me hizo pensar lo suyo, en su momento, la expresión garras de la Beneficencia, y dar pábulo a cierto tipo de soluciones. Parece que ahora tendríamos que reflexionar para evitar cualquier ergástula.

lunes, 25 de mayo de 2020

Auto de fe (Canetti y el coronavirus)

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«… aunque no hay espíritu que medre con novelas. El placer que acaso puedan ofrecernos se paga muy caro: acaban por erosionar el carácter más firme. Aprendemos a identificarnos con todo tipo de personas. Le cogemos el gusto a ese vaivén continuo y nos diluimos en los personajes que nos gustan. Cualquier punto de vista nos resulta concebible. Nos lanzamos con fruición tras objetivos ajenos y perdemos de vista los nuestros. Las novelas son cuñas que el escritor, ese histrión de la pluma, va clavando en la hermética personalidad de sus lectores. Cuanto mejor calcule la capacidad de penetración de la cuña y la resistencia por vencer, más escindida dejará a su víctima. El Estado debería prohibir las novelas».
Es uno de los párrafos de Auto de fe, esa novela abundante que Elías Canetti (1905-1994) elaboró, salido de la juventud, a los 26 años, en Viena, después de haberse licenciado en Química. Procedía de una familia sefardí de apellido Cañete, y el ladino fue su lengua infantil (según narra en la autobiografía liminal La lengua absuelta). El pasaje aludido es uno de los monólogos de Peter Klein, el hombre-libro, inadaptado social hasta límites cervantinos, que raya los límites de la locura, cercano al Mendel de Zweig o el Baterbly de Melville. Para su autor, era uno de los siete personajes con los que pretendía realizar un retrato de la comedia humana de la locura, al que acompañarían un fanático religioso, un soñador técnico que sólo vivía haciendo planes cósmicos, un coleccionista, un poseído por la verdad, un despilfarrador y un enemigo de la muerte.
En 1934, Canetti se casa con la escritora sefardí Venetiana (Veza) Täubner-Calderón. Escritor de su tiempo, pensador, Premio Nobel en 1981, sus diarios se publicarán en 2024 (según dispuso en su testamento).
Auto de fe es parte de lo que un amante de las letras ─no un letraherido─ puede pedir.

domingo, 17 de mayo de 2020

Casualidades y Versiones (en tiempos de coronavirus)

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Escucho esta mañana la canción “Ai, ai, ai”, que canta Silvia Pérez Cruz en la película Cerca de tu casa (que no he visto, pues no me agradan demasiado los musicales, con la que ganó un Goya en 2017). Resulta que se incorpora a la película de casualidad, pues estaba prevista una canción de una cantante famosa para que acompañara el baile de una niña, pero no había presupuesto para pagar los derechos ─Y déjame volar / Montar a caballo para escapar […] Llevaré una capa / Montar a caballo para escapar / ¡Ai, ai, ai, ai! / Con un mapa secreto / Para mamá y papá─. Sí que conozco el disco Domus, que surgió de aquella película musical, en el que la cantante se ocupa de la gente sometida a deshaucios, en especial en “No hay tanto pan” ─Mentiras, sonrisas y amapolas, discursos, periódicos, banqueros y trileros. Canciones, manos y pistolas, bolsos, confeti, cruceros y puteros. Te roban y te gritan, te roban y te gritan. Te roban y te gritan, y lo que no tienes también te lo quitan. No hay tanto pan, pan, pan… Y es indecente, es indecente, gente sin casa, casas sin gente.
De casualidad, también, se ha colado esta mañana la canción No quisiera quererte…, con letra de Juan Piatelli y música de Horacio Guarany ─No quisiera quererte, pero te quiero / Ese castigo tiene la vida mía / Por tenerte conmigo me desespero / Pero si te acercaras me alejaría─. En su trayectoria, ha conocido versiones variadas, pero me ha venido al cuerpo mi preferida, la de María Ostiz (que le añadió una estrofa ─No quisiera llamarte, pero te llamo / Siento mi sangre nueva que te respira / Si naciera mil veces por ti naciera / y si tú me olvidaras yo te amaría─). La voz.
Son las idas y venidas de esta temporada de coronavirus.

viernes, 8 de mayo de 2020

Sueños (en coronavirus)

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Calderón de la Barca (1600-1681) estrena en 1635 La vida es sueño. En ella, Rosaura camina hacia el futuro y se niega a aceptar la traición; la lucha por el mañana es su horizonte; el destino escrito en los astros o en la voluntad absolutista no determina su existencia; es el símbolo del ansiado cambio social. En la obra, el más famoso confinado de nuestro teatro, Segismundo, habla al final del segundo acto:
… y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
[…]
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Salud. Venturosos días (ahora que ya han llegado las golondrinas).

miércoles, 29 de abril de 2020

Incertidumbres (Mansfield y coronavirus)

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Hace cien años era frecuente la muerte inesperada. Katherine Mansfield (1888-1923) tuvo conciencia de ello cuando los síntomas de un catarro se alargaban demasiado y le diagnosticaron tuberculosis, allá por 1917; en su pañuelo quedaban rastros de sangre y, como es lógico, se asustó; recorrió Europa buscando remedio, pero no lo había. Dos años antes, su hermano Leslie había muerto en los campos de la guerra. Ambos hechos la deprimieron, pero dieron comienzo a su época creativa más fructífera y meritoria. Pietro Citati, el escritor italiano, ha elaborado una hermosa biografía de ella, La vida breve de Katherine Mansfiel (2106). Asegura que quienes la conocían terminaban por convencerse de que era una persona especial.
Frágil, sensible, inteligente, enferma…, pero rebelde a su manera ─con amante mujer y marido al tiempo─ y firme con las palabras para componer unos cuentos que han pasado a la historia de la literatura. Era ─dice Citati─ una «cerámica oriental» que las corrientes oceánicas habían traído a nuestras costas (pues ella nació en Nueva Zelanda). Sí, tuvo la fortuna de ser hija de una familia colonial de banqueros solventes. Pero ya no reparamos en ello cuando leemos Vida de Ma Parker, Felicidad, Fiesta en el jardín, La señora Brill… o bastantes de los 73 relatos que escribió (reunidos en cinco libros).
Wirginia Wolf anotó en su diario unas notas descarnadas el día de la muerte de Katherine. Por un lado, dejaba de existir la que consideraba su mayor rival literario ─"el único texto del que he sentido celos", dijo sobre Preludio─; por otro, dejaba de existir la lectora más valiosa de sus escritos, la que le hacía mantener la tensión que le hacía esforzarse por conseguir una obra acabada.

lunes, 20 de abril de 2020

La Caverna y el Coronavirus

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Hay personas a las que la Historia les ofrece, una vez en la vida, oportunidades insospechadas. Si las autoridades hubieran encarado a su tiempo la pandemia que nos penetra, alguien pasaría a los anales de la historia de España como gran estratega; se le recordaría por los años de los años. En cambio, ahora tienen que lidiar con medidas implementadas entre cifras de mareo, ni más ni menos de lo que haríamos cualquiera de los mortales a los que nos gobiernan. También los enjaularíamos para que la Innombrable no les alcanzara con la guadaña (aunque tengan la ventaja de contar con jardines en los que solazarse).
Un grupo de personas se halla encadenado adentro de la caverna. En la pared del fondo ven figuras que se mueven, y escuchan sonidos que no se sabe muy bien de dónde proceden. Son reflejos de quienes se mueven alrededor de la fogata de la entrada. Las sombras son la realidad. En esta temporada, nuestro lienzo, claro, no es la pared, sino las pantallas de los aparatos que abundan en los domicilios que habitamos: televisiones, smartphones, tabletas, ordenadores, etc. Por ahí pasa una notable parte de la realidad a la que accedemos. Cada cual la elige según sus creencias, gustos, inclinaciones, amistades, necesidades…
Es Platón que vuelve, según suele hacer, aunque sirviera al tirano y nos donara la esclavitud hacia las ideas. Ya sabemos que uno de los encadenados logró zafarse de los grilletes, salió a la luz del día y vio lo que había. Entusiasmado, volvió a la caverna y narró lo que sucedía. Pero… no le creyeron.
Aunque no hay que desesperar; tiempo después, inventamos la organización, los colectivos independientes (para traspasar las cuatro fases del mito).
Salud.

viernes, 10 de abril de 2020

Lo absurdo (coronavirus)

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La situación que vivimos abre varias vías de agua en nuestra civilización y en nuestras seguridades, que tanto una como otras se nos aparecen cada vez más frágiles. Es la vida. Sin más. Lo que ocurre es que lo olvidamos. O necesitamos olvidarlo para vivir. Paradojas. Por una de estas vías se cuela lo absurdo, esa cualidad que escapa a la razón y que en tantas ocasiones acompaña a nuestros actos.
El absurdo, precisamente, preside la novela Alguien bajo los párpados (2017) de Cristina Sánchez-Andrade (1968), escritora gallega que desde hace años está inmersa en ese mundo intangible del absurdo, y que ha sido galardonada en otras tierras, en especial, por Las inviernas (2014). Ciertamente, muestra un equilibrio entre ternura y ferocidad en su relato. Puede decir que cuenta con el ascendente de Cunqueiro, Castelao o Flannery O'Connor cuando hace rodar a sus personajes por las rúas de Santiago o los campos de sus alrededores.
La novela (o el esperpento) la concibió en Hawthornden Castle, residencia para escritores de Escocia, que le acogió durante un mes. Ambiente silencioso, rodeado de austeridad, entre vegetación exuberante, en el que no faltaban las veladas junto a la chimenea con el resto de escritores, deliciosas cenas y ausencia de internet iniciaron a la señora Olvido Fandiño y a Bruna, su criada, unidas desde años y años, en un viaje que finaliza en… El viaje del héroe. Lo sensorial. Familia no hay más que una, y única, ciertamente, no puede negarse después de haber leído (y buscado) alguien bajo los párpados.

viernes, 3 de abril de 2020

Ruta de la Seda (coronavirus)

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Es uno de los caminos míticos desde hace siglos, ya conocido en años anteriores a nuestra era (cuyo nombre nos dejó Richthofen en Viejas y nuevas aproximaciones a la Ruta de la Seda, de 1877). Desde China a Europa o África, pasando por Mongolia, Persia y Cercano Oriente. Lugares que había transitado la Ruta de Jade. Ciudades de cuentos y leyendas: Xi’an, Karakorum, Kashgar, Samarcanda, Cachemira, Tabriz, Astracán, Constantinopla… Las Etimologías de Isidoro de Sevilla, Los viajes de Marco Polo o los relatos de Ibn Battuta contribuyeron a tejer la maraña de cuentos y leyendas de los pueblos que habitaban a su vera (del que beben historias recientes como Seda de Baricco). Comerciantes, peregrinos, salteadores, monjes, ladrones, pilluelos... Importar piedras preciosas, marfil, cristal, perfumes, tintes o telas. Exportar seda, pieles, cerámica, porcelana, especias, jade, bronce, laca o hierro.
Comprar a bajo precio en China, vender a precios desorbitados en Europa; esa era la práctica de los mercaderes islamistas durante siglos, que tenían en la Ruta de la Seda su principal fuentes de ingresos, por lo que no dejaban que nadie se entrometiera en su recorrido. Tal vez, nos suene ello con lo realizado en estos tiempos por parte de la industria occidental, asentada en salarios de miseria; sin más, por alguna de las marcas conocidas de ropa en España. Eslabones de la Ruta de la Seda.
Cuando Estados Unidos entró en liza en la primera guerra mundial, estaba devolviendo a Europa las ayudas humanas y tecnológicas que había recibido; a cambio, se convirtió en líder; Nueva York fue eclipsando a París, Berlín o Londres. China fue primera potencia mundial durante siglos, hasta que la industrializada Europa –Inglaterra– encontró la forma de emplear la pólvora de una manera muy persuasiva. Desde entonces, China es utilizada por Occidente o sirve con sus macrogranjas para proveer de carne a Rusia. Ahora, con el coronavirus, puede estar cobrándose ese papel de sirviente y, tras la crisis, alzarse como líder.

viernes, 27 de marzo de 2020

Zona de confort (y coronavirus)

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La Psicología recomienda encarecidamente que, de tanto en tanto, salgamos de nuestra zona de confort. Habitualmente, entendemos por ello el salir de nuestros ambientes cotidianos, viajar, conocer gente, etc. Pero, mira por dónde, con el coronavirus, resulta que una gran parte de la población está saliendo de su zona de confort al estar confinada en casa, está realizando una actividad inusual. ¿Cambiará de algún modo nuestra persona en esta temporada? La respuesta tendría que ser . Sería lo que llaman en las técnicas orientales una práctica de calidad elevada, realizada con movimientos pequeños, imperceptibles a veces si son hechos con la intención.
En estos días, podemos hacernos preguntas sencillas: ¿costará un café lo mismo que antes cuando volvamos a las cafeterías?, ¿tendrá el mismo valor económico la casa que habitamos?, ¿de qué manera nos saludaremos en los primeros días? Y, también, preguntas más complejas: ¿cuánta gente se verá afectada en su capacidad adquisitiva por esta crisis?, ¿aumentarán los suicidios?, ¿cómo encararemos la convivencia?, ¿tendremos capacidad de integrar a las distintas capas sociales, en la certeza de que la gente común vamos a terminar con una precariedad más acusada?, ¿cómo  despediremos a quienes han muerto?
Otra parte de la población está saliendo de su zona de confort en su espacio de trabajo, cuando este se dirige al cuidado de la gente afectada. La sensación de realizar una hazaña tiene que influir necesariamente en su vida, en la percepción de la gente que le rodea. Tal vez, esa obligación heroica haga que personas que antes eran miedosas o indecisas terminen por ser más valientes y decididas. No sé. Tal vez, la adrenalina que les produce la conciencia de su misión les ayude a estirar los límites de su resistencia. Tal vez, con ello, perciban la inmensidad de su ser.
Otra gente, claro, está llevando la peor parte. Quienes se están viendo afectados, desde casa o desde el hospital, tendrán la sensación de ser arrollados por un ciclón. Por lo desconocido. ¿Qué será de mí? ¿Qué será de mi gente? ¿Qué será de la gente?
No es indiferente, tampoco, el que esta situación de aislamiento se esté produciendo sin que lo hayamos querido. No puede dejarnos incólumes el saber que somos rebaño, el saber que hay pastores.
2020 iba a ser un año redondo. Quisiera equivocarme, pero la clase política que nos representa no parece que vaya a estar a la altura de los hechos; ya comienzan a tirarse los trastos a la cabeza (y a ocupar la ciencia). Una vez más, tendremos que apañarnos por nuestra cuenta. ¡Ojalá!

Salud.

jueves, 19 de marzo de 2020

Respuestas al amanecer (Anthony de Mello y el coronavirus)

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En estos días de estancia casera, ha aparecido encima de unas cajas el libro de Anthony de Mello (1931-1987) ¿Quién puede hacer que amanezca? (1985). Es de esos encuentros que, cuando suceden, no tienes conciencia de haberte apartado alguna vez de esa persona. Ha estado ahí, en la mezcla de los objetos que coges y dejas diariamente, mimetizado con la luz de ese rincón del hogar, mirando a su alrededor. Hablando en silencio. En todo caso, amable su presencia.
Me digo que no está de más el transcribir aquí un par de pasajes del mismo ─de los más de doscientos que tiene─, pues ese número es suficiente para quedarse con él cada vez que lo convocas. Van ahí:
Evolución
Al día siguiente dijo el Maestro: «Desgraciadamente, es más fácil viajar que detenerse».
Los discípulos quisieron saber por qué.
«Porque, mientras viajas a una meta, puedes aferrarte a un sueño; pero, cuando te detienes, tienes que hacer frente a la realidad».
«Pero, entonces, ¿cómo vamos a poder cambiar si no teneos metas ni sueños?», preguntaron perplejos los discípulos.
«Para que un cambio sea real, tiene que darse sin pretenderlo. Haced frente a la realidad y, sin quererlo, se producirá el cambio».
Profundidad
Le dijo el Maestro al hombre de negocios: «Del mismo modo que el pez perece en tierra firme, así también pereces tú cuando te dejas enredar por el mundo. El pez necesita volver al agua… y tú necesitas volver a la soledad».
El hombre de negocios no salía de su asombro: «¿Debo, pues, renunciar a mis negocios e ingresar en un monasterio?».
«No, nada de eso, sigue con tus negocios y entra en tu corazón».
Salud y rebeldía.

jueves, 5 de marzo de 2020

Varias vidas en una (Ernesto Cardenal)

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Hay personas que desarrollan varias vidas durante su existencia (aunque algo de ello tengamos la mayoría, no son tan plenas). El nicaragüense Ernesto Cardenal (1925-2020) es una de ellas. Nacido en Nicaragua, tierra en la que Rubén Darío pasa por ser héroe nacional. Él se define como poeta, sacerdote y revolucionario. De familia acomodada, estudia en la Universidad Autónoma de México y en Estados Unidos. Tras el fracaso de la revolución de abril de 1954 contra Somoza, ingresa en la comunidad trapense de Getsemaní, en la que conoce a su mentor, Thomas Merton. Ya publicados sus epigramas (1961), vuelve a Nicaragua y, ordenado sacerdote en 1965, funda la Comunidad de Solentiname, en las islas del Lago de Nicaragua, donde se unen pescadores y artistas (por allí pasan Gioconda Belli, Cortázar, etc.); entonces escribe el conocido El evangelio de Solentiname. Al defender la teología de la liberación y participar en la revolución sandinista y su gobierno, fue suspendido de su sacerdocio por Juan Pablo II en 1984, algo que enmendaría el actual Papa Francisco en 2019. Su Oración por Marilyn Monroe (1965) o sus Salmos (1964, des que aquí mostramos el 1) forman parte de la educación sentimental rebelde de alguna generación.
Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido ni
asiste a sus mítines
ni se sienta a la mesa con los gánsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus slogans
Será como un árbol plantado junto a una fuente.
Salud, Ernesto, que la tierra te sea leve.

jueves, 27 de febrero de 2020

Tú eres el producto

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En tiempo reciente, me he topado con un par de libros de temática similar. Concuerdan con afirmaciones que leemos o escuchamos con frecuencia en ocasiones distintas, lo que hace que sea un comentario sabido y que, por ello, no llaman demasiado nuestra atención, máxime cuando chocan con nuestras prácticas diarias. Se trata de la escasa libertad que tenemos en internet, en concreto en la utilización de las redes sociales. Un tópico. Pero que, en los casos que nos ocupan, se asientan en experiencias personales de quienes están dentro del sistema y conocen sus bases.
El primero es la autobiografía de Edward Snowden (1983), Vigilancia permanente (2019). Formado en ingeniería de sistemas, sirvió como agente de la CIA y trabajó como experto informático para la NSA. Su inicio, la verdad que no me agradó demasiado; me parecía algo pretensioso: «Me llamo Edward Snowden. Antes trabajaba para el gobierno, pero ahora trabajo para el pueblo». No obstante, al leerlo, te sumerges en su vida cuando estaba ayudando a crear un sistema que permite al Gobierno de Estados Unidos entrometerse en los rincones de la vida privada de cada uno de los ciudadanos del mundo. Ello le condujo a una crisis personal, pues su idea de internet era de libertad, y le llevó en 2013 a destaparlo todo y poner en jaque al sistema. El resultado fue el inició de una caza y captura internacional que a día de hoy sigue abierta.
El segundo (que no he leído completo) nos toca más de cerca. Me lo han pasado en la biblioteca del barrio. Es El enemigo conoce el sistema (2019), de la periodista Marta Peirano, ubicada entre Madrid y Berlín, activa en debates de radio y televisión. Su charla TED “Por qué me vigilan si no soynadie”, va camino de los tres millones de visitas (y, precisamente, su obra El pequeño libro rojo del activista en la red lleva prólogo de E. Snowden). Ella es contundente: la red no es libre ni abierta ni democrática. Es un conjunto de hardware controlado por un número pequeño de empresas, en las que opera un software críptico, bajo algoritmos dirigidos, en bases de datos ocultas. Lo que nos permite es asomarnos (y discutir, si nos place) al interfaz, al escenario que hay entre el público y las bambalinas, pero que nos impiden llegar al sistema de fondo, porque sencillamente no lo conocemos.
Ahí tenemos que vivir. Lo demás es cuestión nuestra.

jueves, 20 de febrero de 2020

Adopciones (Piel color de miel, Sik Jun Jung)

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En esta temporada, ha coincidido el hablar varias veces sobre adopciones en círculos distintos en los que he estado. Y se ha hablado de las difíciles situaciones que se plantean en muchos de los casos al llegar las chicas o los chicos a la adolescencia. Pasando desde ahí a cuestionar la viabilidad de esta práctica que, en principio, parece tan aconsejable para ambas partes.
En las ocasiones que comento, he mencionado el último cómic (o novela gráfica) que he leído: Piel color de miel (2008), de Sik Jun Jung (1965), en dos tomos (en la edición conjunta), llevada al cine en 2012. Presenta el valor añadido de que el autor fue un niño coreano adoptado cuando contaba con cinco años y estaba en un orfanato, después de que fuera abandonado y estuviera un tiempo vagando, algo que fue muy común en Corea del Sur en los años setenta del siglo pasado, después de la guerra.
Lo adopta una familia belga, que tiene ya un hijo y dos hijas, en la que se integra en la infancia. Pero la llegada de la adolescencia le hace preguntarse por su identidad y por aquella madre que lo abandonó o tuvo que hacerlo (por lo que no le guarda rencor), a cuyo encuentro ansía ir. Con ello, las relaciones familiares se tornan difíciles, a lo que se suma las preguntas sin respuesta que a todo el mundo nos rondan en la juventud y madurez.
En 2007, ya adulto, decide internarse en ese complejo mundo interior suyo, mediante la herramienta con la que trabaja: la ilustración. La obra no deja indiferente a quien la mira y la lee.

jueves, 13 de febrero de 2020

El maldito

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Después de releer La familia de Pascual Duarte, podíamos elaborar una entrada sobre esa mente distorsionada socialmente, pero el escenario ha quedado algo desfasado en esta nuestra España (si bien el texto continúa sorprendiendo con el ritmo y la música que consiguió Cela a sus 26 años, algo así como en un ejercicio literario que desbordó el pupitre). De ahí que nos animemos más a volver la mirada al maldito de los malditos en la literatura: el poeta François Villon (1431 / ¿?).
«Soy Francisco y el nombre me duele, / nacido en Pontoise, cerca de París, / y balanceándose al cabo de la cuerda / sentirá mi cuello lo que mi culo pesa». Muchacho “flaco y pelado como nabo”, según él mismo se describe, estudia Letras en La Sorbonne, y vive la vida golfa de la capital entre tabernas, meretrices y escándalos. En un lance con un fraile, por un amor, le propina unas puñaladas y lo mata. El canónigo Guillaume de Villon, su padrino, lo libera, pero é reincide en un robo con los Coquillards, y huye; recorre Francia vendiendo sus poemas hasta ser arrestado, por obra del obispo Thibaut, en Blois, en cuya cárcel compone su obra más famosa: El testamento. Liberado y vuelto a encarcelar repetidas veces, en noviembre de 1462 se le condena a ser “colgado y estrangulado”, momentos en que compone Balada de los ahorcados (que aquí traemos); pero la suerte le soníe de nuevo y es conmutado el 5 de enero de 1463 ─¿Reyes?─, con la promesa de no volver a París en diez años. Ya no se sabe de él.
Apiadaos de nosotros, hermanos.
Vednos aquí atados y colgados,
mordidos y podridos:
esqueletos ya en espera
de volverse polvo.
Nos empapa la lluvia,
nos seca y ennegrece el sol,
los cuervos nos sacan los ojos,
nos arrancan barba, pestañas y cejas,
nos dejan más picados que dedales,
y el viento sin cesar nos azota.
Hermanos, no es cosa de risa.
Rogad a Dios por nosotros,
y por vosotros también.
Salud.

jueves, 6 de febrero de 2020

Bla bla bla

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He tardado en decidirme a poner título a la entrada (e, incluso, a elaborarla). Me ha venido la idea al recordar que hay una corriente psicológica que, cuando te dicen que hables «aquí y ahora» y tú comienzas a explicar que tienes depresión porque te abandonó hace un año tu pareja, lo cual te destrozó, puesto que fue…, entonces, quien conduce la sesión te corta al tiempo que dice «Bla bla bla». Es decir, no sirven las racionalizaciones. No sé si tiene demasiado sentido la conexión entre esto y lo que deseo contar aquí, pero… ya está escrito.
Y Bla bla bla es lo que resulta la novela a la que me refiero, la cual acabo de leer, mejor dicho, acabo de intentar leer (pues la he dejado a las tres páginas), mejor dicho, se me ha caído de las manos. La ha escrito una persona conocida en el mundo del periodismo ─qué es hoy un(a) periodista si no escribe una novela─ y del lenguaje. Con un currículo envidiable, en el que no faltan premios y másteres. Es decir, alguien con recursos y perspicacia. Según dice, las palabras nos definen y éstas (en un asunto policíaco) pueden ser el camino para identificar a alguien.
Además, dispone de una editorial con prestigio para publicar. Llegado hasta aquí, me formulo algunas preguntas: cuando se está en las alturas, ¿no hay nadie que nos pueda dar una opinión sincera sobre lo que escribimos?, ¿acaso nos parece que podemos con todo?, ¿perdemos el norte a la hora de juzgar nuestra obra?
Claro que también puede suceder que yo esté en un error, que no sepa apreciar el ritmo y la música del texto, y la novela en cuestión sea la de un futuro Premio Nobel de Literatura. Al final del libro, hay una "Nota de autor" en la que agradece a una docena de personas (varias de ellas del mundo de la cultura) el haberse leído en texto y haberle hecho sugerencias. (Por si acaso, no diré cuál es).

jueves, 30 de enero de 2020

Monólogos con el amigo (mentor, perro) o Diálogos

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La ficción, la autoficción literaria se arropa en maneras de narrar, artificios formales que la hacen creíble, al tiempo que la revalorizan. Es lo que ensaya la escritora neoyorquina Sigrid Nunez (1951) en El amigo (2018), relato dirigido al amigo amante muerto, más propiamente, suicidado, lo que permite a la autora disgresiones variadas en torno al asunto, pobladas de erudición en muchas de las ocasiones en que lo hace.
La escritura ─tan omnipresente en quien escribe; ¿recuerdo alguna novela en la que no se hable de ello?─ también es uno de los temas de este libro que transita sin esfuerzo de lo vivido a lo sentido e imaginado. Casualmente, se conecta con la anotación anterior de esta bitácora ─caminar, también aquí aparece Kundera─, pues el destinatario de los monólogos, en vida, fue profesor escritor y repetía «si no puedo caminar, no puedo escribir»; el ritmo, alma de todo relato, lo adquiría cuando había dado un paseo satisfactorio. Plantea la autora, además, el sentido de la escritura al presentarla como la posibilidad de dar voz a quienes no la tienen, tal como hace la premio nobel Svetlana Alexievich.
Pero no olvidemos al personaje central de la novela: Apollo, el perro (enorme y artrítico gran danés) que había pertenecido al amante mentor escritor y del que ahora se hace cargo la narradora protagonista. Aquí está el fondo del relato: la amistad que se establece entre ella y él, que, cargado de años, va dando signos de decaimiento, lo que mantiene alerta a ambos.
¿Es novela?, ¿diario íntimo?, ¿dietario?, ¿ensayo? Para qué clasificarla. En todo caso, una narración hermosa y comedida que ilustra y hace reflexionar.

jueves, 23 de enero de 2020

El cuerpo camina en la literatura

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Lo cojo lo dejo, lo cojo lo dejo…, así unas cuantas veces hasta que decidí tomarlo en préstamo. Es Caminar, las ventajas de descubrir el mundo a pie (2019), de Erling Kagge (1963), escritor, explorador, abogado, coleccionista de arte y editor, y… caminante, tenían que señalar en su biografía. Tal vez, ello ─la mezcla de oficios─ me animó a llevar el libro. Pequeño formato, que trasciende la flanerie y cuenta con sobrados ejemplos literarios de el arte de caminar.
El autor transmite la satisfacción que se experimenta al dar un paso después de otro cuando se camina hasta que se disfruta el instante ─«El paraíso está aquí»─, al transformar las prisas en conciencia, al airear el abortagamiento sedentario con unos minutos de movimiento. Según señala el título, una pradera, un río, una ciudad…  se nos muestran  de manera distinta si las recorremos a pie ─«El paraíso está aquí»─ que si las vemos desde un vehículo. Y no digamos lo refrescante que es extraviarse, no saber dónde estamos. Y la posibilidad de mirar a la gente ─«La faz de todo aquel que pasa junto a mí es un misterio», escribía W. Wordsworth─ Incluso defiende los deportes de aventura (una vez que se hayan preparado concienzudamente), pues el peligro surgido nos conecta con un instante de vida ─«El paraíso está aquí».
Atractiva es, igualmente, la erudición del texto. No podía faltar, claro, El paseo de Robert Walser, y la conversación que mantiene su protagonista anónimo con el inspector de Hacienda, empeñado en hacerle más sedentario para que pueda pagar impuestos a su hora, en la que le dice que necesita pasear para poder escribir ─«con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea hasta la más pequeña de las cosas…»─. Al igual que tampoco Antonio Machado o Milán Kundera, en La lentitud. Así hasta llegar al abuelo del autor, que también fue andando ─qué pensaría─ hasta el lugar en que un pelotón nazi lo fusiló.
[La ilustración es de Tihomir Cirkvenvic].

jueves, 16 de enero de 2020

De Santiago de Chile a Beirut (de Nona Fernández a Pilar Salamanca)

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En estos días iniciales de año nuevo, no tengo cuerpo para sumergirme en un novelón, así que me paseo con relatos cortos. Los dos últimos me han llevado de Santiago de Chile a Beirut. Se trata de Chilean Electric, de NonaFernández (1971), y de Beirut “mish huna”, de Pilar Salamanca.
Chilean Electric ─apenas 106 páginas, en formato de bolsillo─ comienza cuando la Plaza de Armas de la capital chilena es iluminada por vez primera, lo que sucede en 1883, según le contaba su abuela a la autora. Lo curioso es que aquella aseguraba que estuvo en la inauguración (pues su padre era uno de los ingenieros alemanes de la compañía eléctrica), sin que le diera importancia al hecho de que había nacido en 1908, es decir, quince años después del acto. Ahí es donde Nona Fernández se pregunta qué es lo que pretendía transmitirle su abuela, qué iluminación podía extraerse del relato familiar. Comienza, entonces, un recorrido por la historia del pasado siglo en Chile, tan transida de oscuridad, de desapariciones, y de aquel presidente que clamaba por «más pasión y más cariño». Todo ello, dentro del ambiente familiar, en el que la abuela mencionada trabajó de secretaria con su máquina de escribir, y en una sociedad en la que el reverso de los recibos de la luz llevan rostros de “locos”, de se busca.
Distinto escenario es al que viajamos en Beirut “mish huna”, una ciudad que ya no existe, arrasada por la guerra que se inició en 1975 y se extendió hasta 1989, reconstruida, o así se asegura, pero que ha servido para llevarse por delante más edificios tradicionales que los que derribó el conflicto armado. Pilar Salamanca iba en busca de la ciudad que ella había conocido antes de los bombardeos, y va de decepción en decepción, pues esta desapareció. Pero nos deja (al igual que tantos relatos de viajes escritos por mujeres) la reescritura de sus estancias, el antes y el ahora, con pinceladas inesperadas, con apuntes de lugares cercanos ─Biblos, Batroun, Mar Antonios al-Kabir, etc.─, que nos remiten al pasado cultural de la zona, a su importancia y a la grandeza que se nos escapa. Claro, y también los cedros..., el mar... El libro se completa con ilustraciones de Pedro Sainz Guerra, en diálogo con las palabras, que por sí mismas merecen mención destacada.
Recomendables.