martes, 10 de septiembre de 2019

Seda en el Ampa (2019-2020)

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Saludos

En los inicios del año, comenzamos una actividad (mejor diríamos una experiencia) en el Ampa, de la que nos intrigaba su resultado: un club de lectura. Nuestra sencilla sala acogía un viernes de cada mes, a las 16:30 h, a quienes nos apuntamos a ello. Lo hemos llamado Seda (por el primer libro leído) y su resultado no ha podido ser más satisfactorio. El último encuentro lo tuvimos en el pueblo de Quintanalara, que tiene una biblioteca sorprendente, abierta las veinticuatro horas del día.

Aquí señalamos las fechas y lecturas que hemos realizado:


25/I/2019 Sesión inaugural
15/II/2019 Seda, de Alexandro Baricco
15/III/2019 Una lectora nada común, de Alan Bennett
29/III/2019 Arte, de Yasmina Rezza
26/IV/2019 Cuentos de los días raros, de José María Merino
24/V/2019 El olvido que seremos, de Héctor Abad Fanciolince
07/VI/2019 Tuya, de Claudia Piñeiro (en Quintanalara)

En este curso que ya camina, deseamos continuar con el club. Al quedar algunas plazas libres, puedes animarte y asistir a la sesión inaugural, que será el día 20 de septiembre, viernes, a las 16:30 h en nuestra sede. Ya sabéis, nos proporcionan el libro y, al mes, nos reunimos y manifestamos nuestros pareceres. Una hora de charla y contrastes, más lo que se prolongue, entre infusiones, café, risas, pastas (a veces, de chocolate), etc.

Hay alguna floración
que nadie ve
un roble interno en los bosques
(Sonome, poetisa japonesa de principios del siglo XVIII)

lunes, 2 de septiembre de 2019

Tesoros en el país de las rana (Pina Rita Fo)

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«Una joya secreta de la literatura rural italiana», reza la propaganda editorial, y podemos decir que, por esta vez, no nos engaña. Por lo demás, termina diciendo que es «un bello y luminoso relato de gran sencillez y, al mismo tiempo, hondura». Se trata de El país de las ranas, de Pina Rita Fo (1907-1990). Novela autobiográfica ─si bien, coral─, redactada en la década de los cincuenta del pasado siglo, en la que asistimos al devenir de una familia rural, de ocho miembros, que describe las duras condiciones de vida que acompaña a cada uno de sus componentes, en especial a las mujeres.

La autora, que no será escritora, en el sentido fatuo del término, pues esta es la única obra que tiene publicada, sí fue lectora desde la niñez y observadora atenta del entorno, presenta la particularidad de ser madre de un Premio Nobel ─el de 1997─, Darío Fo. Sin duda, trasvase generacional. El paisaje de fondo es una granja (compleja) entre los arrozales de Lomellina, entre Piamonte y Lombardía, con el Po como canal que transporta las vidas del campo a la ciudad, de agro a la fábrica, de padres y madres a hijas e hijos. El paisaje cercano queda representado en el progenitor, de carácter fuerte y socarrón; en la madre, que ejerce el trabajo de amar; en las hijas, que salen del hogar; en los hijos, que se van enfrentando a la autoridad. Dos guerras mundiales, fascismo, socialismo…
P. D.: pensaba haber dedicado esta entrada a El chal, de Cynthia Ozick, tremenda (y literaria) descripción de la tragedia vital de una Rosa, pero… se han cruzado otras nieblas menos espesas.

Salud.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Aniversario. In memoriam. Carmen Jodra

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En un día de agosto de 1980 nacía Carmen Jodra Davó, la que sería la ganadora más joven de Premio de Poesía Hiperión en 1999 con Moras agraces, libro ya descatalogado, al que siguió en 2004 Rincones sucios. Un cáncer ha podido con ella en julio de este año. En "Conócete defínete a ti mismo" decía que "intentaré publicar artefactos (arte+hacer) en que los sentimientos que no son nada nuevo puedan aparecer como objetos de belleza". Y publicaba haikus: ¿Por qué sonríes? / Porque hay sol en las hojas / ¿Por qué sonríes?

Aquí le dejamos un homenaje -"Oremos"- con sus versos

Líbranos de la pena porque ella
destroza el corazón larvadamente
y trae sombra a los ojos de los niños.

Líbranos de la dicha porque a ella
le siguen siempre penas que la hacen
aún más amarga que las penas mismas.

Líbranos del dolor que nos reduce
a tristes bestias de ojos humillados
que solo buscan un rincón caliente.

Líbranos del placer que nos obliga
a creer que este mundo es dulce y bueno
justo hasta que salimos del encanto.

Líbranos del mal hado y la pobreza
que no azotan con mano invisible
hasta que maldecimos nuestros nombres.

[...]

Salud.

jueves, 25 de julio de 2019

Lecturas ligeras

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Buscaba en la Biblioteca del barrio una lectura acorde con este tiempo caluroso, en el que el entendimiento está relajado, algo que puede que incorporemos al organismo ─se me ocurre─ al igual que nos sucede con el ritmo circadiano. En estas que vi en la mesa de novedades un libro con una ilustración de Remedios Varo, Papilla estelar (1958), pintora que me resulta sugerente. Sin pensármelo mucho más, lo cogí. Se trata de Las mil caras de la luna (2019), de Eva Villaver, doctora en Astrofísica, que trabaja en el estudio de cómo se apagan lentamente las estrellas más comunes y cómo su muerte afecta a sistemas planetarios como el nuestro.

Pero no son las páginas de este (entretenido) trabajo divulgativo las que acaparan la atención de mis horas a la sombra, sino una ficción ilustrada: El legado de Catherine Elliot (2018), con texto de Gemma Camblor e ilustraciones de Esther Gili. Abunda en la rehabilitación de la memoria de esas mujeres que escribieron bajo seudónimo masculino o cuyas obras quedaron sepultadas en los almacenes del tiempo. En este caso, al tratarse de una supuesta novela, El legado, se inicia la acción en una casona de la campiña inglesa en las primeras décadas del siglo diecinueve y, tras nueve capítulos, finaliza en una librería de la Malasaña madrileña en nuestros días.
Los capítulos, titulados con sentido, indican la capacidad que tiene El legado al transformar el ánimo de mujeres con diversos oficios: la institutriz, la viuda, la modernista, la coleccionista, la nieta de la encuadernadora, la saqueadora, la bibliotecaria, la investigadora y la librera.

Terminamos la lectura deseando que fuera tan simple.

Salud.

jueves, 18 de julio de 2019

El coste de vivir (Deborah Levy)

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No soy escritor(a), a pesar de que me prodigue en estas anotaciones, de que me estire en textos biográficos o de que, de vez en cuando, me embarque en alguna microficción. Lo sé cuando leo a quienes sí lo son.
En esta ocasión, hablo de El coste de la vida (2019), de Deborah Levy (1959), autora nacida en Johannesburgo, dramaturga, novelista, cuentista y poeta, que, en el caso de la obra que nos ocupa, aborda la segunda parte de su autobiografía ─la primera es Cosas que no quiero saber (que no he leído)─, y que anuncia la continuación en una tercera próxima. La comienza con una cita de Marguerite Duras (de La vida material): «Siempre te resultas más irreal que los demás».
Puede decirse que el libro trata de la libertad, del esfuerzo que supone el conquistarla y de los sacrificios que exige el mantenerla. Puede decirse que trata de literatura o, mejor, de escritura, del proceso de madurez que se produce al describir la subjetividad, del momento en que puede utilizarse con propiedad la palabra yo, sabiendo que es algo cercano a ti, pero que no eres tú. Puede decirse que trata de la vida (y, por tanto, de literatura; ahora sí), de descubrir la conexión entre puntos distantes. Puede decirse que trata de ser mujer, un interrogante de su esencia y circunstancias. Puede decirse que trata de nombres: «Si no tenemos nombre, ¿quiénes somos?».
Del libro, me quedan fotografías mentales de algunos de sus pasajes. Creo, además, acertada la fórmula fondo-forma que se le ha impuesto a la autora: ¿cómo describir una etapa desestructura de una vida que tiene que reinventarse?, pues a trozos, a párrafos con interlineados amplios, a capítulos breves, a citas en cuerpo diez, a símbolos de calor frío, de cobertizos y sextos pisos, a…
Salud.

jueves, 11 de julio de 2019

Salvadora, en versos, cárceles y periódicos

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Salvadora Medina Onrubia (1894-1972), argentina, es poeta, dramaturga, directora del periódico "Crítica" (de 1946 a 1951), además de haber sido la primera mujer argentina encarcelada por motivos políticos (en 1931), ante lo que una parte de la intelectualidad bonaerense solicitó su excarcelación al general Uriburu, por su "triple condición de mujer, poeta y madre", lo que ella rechazó.

Se nos figura adecuada la lectura veraniega de sus sonetos, entre los que se encuentra

Transmigración

Yo soy la hierofántica de la Melancolía
custodio en sus altares grandes vasos votivos
mi voz grave, ennoblece, serena, los motivos
piadosos de los salmos que canto cada día.

En los divinos tiempos que Grecia florecía
yo los fuegos sagrados mantuve siempre vivos
y ya sola en el templo con mis dioses esquivos
de un tajo abrí mis venas... En mi larga agonía

de las turbas cristianas yo escuchaba las voces
¡fui la última pagana que murió con sus dioses!
Hoy mi alma rediviva presiente que como antes

al templo que custodia llega la turba ansiosa...
Volveré a abrir mis venas, y a los pies de la diosa
las gotas de mi sangre serán como diamantes.
Mantuvo siempre una actitud crítica del matrimonio y a favor del amor libre.

miércoles, 3 de julio de 2019

El mar será... (el Maestro en el páramo)

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La literatura social cumple su papel a la hora de acercarse a la realidad. En épocas de opresión, difunde mensajes prohibidos, tal como sucedió en España en las dos últimas dictaduras con las novelitas ideales que circulaban en tiempos de Primo de Rivera, y los versos en poemas y canciones en tiempos de Franco. En épocas de libertad, posibilitan difundir acontecimientos o vidas memorables dirigidas a un público que no suele detenerse en los ensayos o las biografías.
Así nace El mar será… (2018), de Sebastián Gertrudix (1951) y Sergi Bernal (1973), para difundir la historia de los últimos años de un maestro freinetista, Antonio Benaiges Nogés (1903-1936), que transcurrieron en Bañuelos de Bureba, en el páramo cerealístico burgalés, y la de las criaturas que asistían a la escuela del pueblo -hoy Asociación Escuela Benaige-. El título afortunado (ideado por Gema Marchamalo, correctora de las primeras versiones, que sustituye a Els vaig prometre el mar) alude a la promesa hecha por el maestro de llevar al mar a las alumnas y alumnos en el verano de 1936 (en concreto, a su pueblo natal, Montroig, en Tarragona), motivo por el cual elaboran en la escuela mediante la imprenta ─práctica conocida de la técnica Freinet─ el cuadernillo El mar, la visión de unos niños que no lo han visto nunca y comienzan muchos de sus textos con la expresión «el mar será».
No hay duda de que la profesión de maestro de Gertrudis contribuye a buscar el tono que precisa el relato y que la dedicación de Bernal a esta historia, desde 2010, proporciona elementos con los que construirlo. Ambos lo insuflan de entusiasmo. Para ello, se han servido de documentos originales del maestro Benaiges, de los cuadernillos de la escuela 1935-1936 y de algunas contribuciones de los más modernas, que presentan en esta extensa obra que se acerca a las quinientas páginas.

miércoles, 26 de junio de 2019

Club de Lectura La Recolectora (fin de temporada)

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Al igual que en los diez años anteriores, llega junio y tenemos que despedir la temporada del Club de Lectura La Recolectora, ubicado en la Biblioteca Pública de Burgos. En esta ocasión, el encuentro último lo hemos realizado en compañía de la escritora local Esther Pardiñas, con énfasis en su libro de relatos La mirada del tiempo, que incluye algunos ambientados en lugares de la ciudad, en épocas más o menos remotas; así que, en una tarde agradable, hemos paseado con ella rincones en torno al castillo y la iglesia de San Esteban, para finalizar en un bar de las Llanas.
Aquí ‒como en los diez años anteriores‒, dejamos constancia de nuestras lecturas quincenales:
El perseguidor y otros relatos, Julio Cortázar
Neverhome. (Ella era más fuerte), Laird Hunt
El beso de la mujer araña, Manuel Puig
También esto pasará, Milena Busquets
El Aleph, Jorge Luis Borges
Los restos del día, Kazuo Ishiguro
Primavera con una esquina rota, Mario Benedetti
Dulce hogar, Dorothy Canfield Fisher
Madre e hija, Jenn Díaz
Fruta prohibida, Jeanette Winterson
El coleccionista de sonidos, Fernando Trías de Bes
Los combates cotidianos (cómic), Manu Larcenet
Volver a casa, Yaa Gyasi
Trenes rigurosamente vigilados, Bohumil Hrabal
Las bicicletas son para el verano, Fernando Fernán Gómez
Tres días y una vida, Pierre Lemaitre
Y siempre con un homenaje a nuestra recolectora de miel, nuestra antecesora.
Salud.

miércoles, 19 de junio de 2019

Retorno (desde Costa Rica)

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Desde hace un mes, aproximadamente, leo a ratos una novela de la que no tenía ni idea hasta que se encontró en mis manos. La cogí de las estanterías de una zona de cruce de libros de intercambio situada en el pueblo de Quintanalara, llamada Entre libros, una iniciativa de la Asociación de este lugar, que se encuadra entre las concebidas para el desarrollo de Tierra de Lara, comarca natural en la que hay lugares tan emblemáticos como San Pedro de Arlanza (bastante en ruinas, que se está rehabilitando), con entidad histórica y literaria, según se aprecia en aquel conocido poema de los siete infantes. Por supuesto, el ejemplar tiene su BCID: 196-13912431.
Se trata de Retorno, obra de Zeneida Fernández de Gil (1926-2003), que Trejo Hermanos editaron e imprimieron en San José de Costa Rica en 1954. Por entonces, desconocía que Zeneida fuera una autora ligada al campo espiritual, que deja patente en el resto de obra literaria que produjo (según señala la valoraciónhecha por Benedicto Víquez Guzmán). La verdad es que ya no estoy acostumbrado a leer este tipo de obras, con una puesta en escena parecida al teatro, con cambios bruscos de un párrafo a otro, con personajes estereotipados, que conforman dos triángulos amorosos, en los que, a la par de los tiempos actuales, el centro está ocupado por mujeres.
Por una asociación, cuyo motivo desconozco, se me figura que esta novela ha quedado desfasada tanto como Viaje al fin de la noche. Tienen algo antiguo en las formas, en los personajes, en las reacciones.

miércoles, 12 de junio de 2019

Narrativas precarias

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La crisis económica que atravesamos y padecemos, ya camino de la docena de años, puede ser motivo central en la ficción literaria o simple decorado, pero de una u otra forma condiciona parte de la producción narrativa de nuestros días en España. De ahí los estudios que se realizan en Narrativas precarias (2019), que cuenta con la coordinación de Christian Claesson y está publicada por una de esas editoriales que se nutren o denuncian (o ambas cosas) de las características sociales de estos años: crisis griega, copyright, femen, democracy now!, etc.
Con anterioridad, existían novelistas que se ocupaban de la realidad inmediata ─ya sabemos, Gopegui, Rosa, Sanz, Riechmann, etc.─, la llamada creación crítica, que en la década actual se han incrementado con plumas que reflejan el repliegue individualista a que nos impele la crisis, para guarecernos de ella, abandonando los espacios colectivos que, en principio, ayudarían a superarla más fácilmente. La supervivencia, que genera las individualidades nómadas globalizadas, que huyen de sus lugares de origen en busca de una vida distinta, pero que suelen terminar reproduciendo los valores que habían rechazado.
Aparecen, así, nombres como los de Blanca Riestra, con la distopía Greta en su laberinto (2016) o el tratamiento del feminismo y la inserción laboral en Pregúntale al bosque (2013). Aparte de Iván Repila, que recrea una sociedad violenta en Prólogo para una guerra (2017), pueden leerse los relatos de Miguel Serrano Larraz en Réplica (2017), entre los que se encuentra «Frontera», en la que discurre la experiencia de una chica inmigrante llegada a España, que recala en una familia que, a su vez, fue emigró a Europa.
Tiene algo de esperanza el libro. La que proporciona la política literaria frente a la política literal. La segunda nos atrapa en las leyes de mercado, en las obviedades de quien las hace. La primera ─la literaria─ nos desdobla, permite que experimentemos la posibilidad de ser otras personas y, desde ese momento, generamos efectos de realidad. Según Rancière, la ficción política realiza tres operaciones: crea un nombre o personaje colectivo, produce nueva realidad e interrumpe la que hay.

miércoles, 5 de junio de 2019

Enciclopedistas en la Vida

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Por circunstancias algo conturbadoras, me ha llegado el cuento Así es la vida(de Ana-Luisa Ramírez y Carmen Ramírez), que viene a restañar la herida de una ausencia. La lectura, y mucho más la lectura en grupo, conmueve nuestro ser o condiciona nuestros días o disuelve la bruma del pesar o rompe el círculo que entretiene nuestros pensamientos o abre la jaula que abarrota nuestra actividad. Va por ella.
Hoy traía la luz de una época, la que se desprende del tebeo Los enciclopedistas (de José A. Pérez Ledo, por el guion, y Alex Orbe, por los dibujos y el color). La época en la que una parte de la sociedad francesa intentaba hacerse mayor (y mejor), liberarse del opresor yugo de la ignorancia, propiciada por la religión. La ficción introduce a Mary, una joven ilustradora, intrépida a la postre, que se codea con Diderot, D’Alembert, Hume o el barón d’Holbach y que aumenta la nómina de participación femenina en esta aventura del pensamiento, en la que estaban mujeres como Madame Naigeon o Madame Pompadour.
La trama incluye una organización reaccionaria, Los Cruzados, que no dudan en utilizar la violencia hasta llegar al asesinato de algunos ilustrados, y dejan la firma de la cruz cristiana. Lo terrible de quienes masacran (o incitan a ello) es que lo hacen para preservar la esencia de la humanidad.
Tenemos aquí la estética franco-belga, a la que se le añade la intriga y la actuación de personajes históricos conocidos, referentes del pensamiento occidental. Hay gente a la que le arrebataron la vida por crear una obra que compendiara el conocimiento humano, a margen de los dictados monárquicos y religiosos, sabiendo que ello estaba perseguido.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Alma rusa (gulag)

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Ahora que ya dejan de oírse los ruiseñores al abrir la ventana por las mañanas, pueden verse los narcisos en la orilla del Arlanzón. Trazos de belleza que conviven a nuestro alrededor, a los que es fácil acercarse en uno u otro momento del día que sea tranquilo. Algo más difícil es hacerlo en condiciones complicadas, de ahí que me está sorprendiendo el libro testimonio Vestidas para un baile en la nieve (2017), elaborado por Monika Zgustová a partir de las entrevistas que tuvo con una serie de mujeres rusas que estuvieron presas, durante los años cincuenta, en el sistema de campos de trabajo forzado de la Unión Soviética.
Yo mismo me he sorprendido al iniciar y continuar con estas memorias, pues estaba con algunos de los ensayos sobre escritura de Steiner -Pasión intacta-, lo cual me resultaba muy atractivo, pero lo he aparcado. La narración de Zgustová es simple, lejos de la densidad del filósofo, y además puede parecer oportunista, basada en dolores mediáticos, que cuentan con salida editorial segura, y no obstante la he leído. Se trata de mujeres entonces jóvenes, casi adolescentes, hijas de padres que habían sido purgados en los años treinta, y cuyas madres también estaban presas.
Varios aspectos llaman la atención en estas páginas, pues están presentes en la mayoría de los testimonios de la época del gulag. El primero es que no son relatos angustiosos ni denuncian directamente que se cometiera con ellas una injusticia. El segundo, a diferencia de lo que yo creía, es que la supervivencia de ellas era mayor en el caso de las mujeres con cultura que procuraban mantenerla viva; es decir, darse cuenta de la belleza natural que las rodeaba, cuidar su aspecto después de doce horas de trabajo y mantener vivos en la memoria poemas o escritos. Por último, afirman que su vida sería incompleta si no hubieran vivido esos años en los campos de trabajo en condiciones tan penosas; allí encontraron lo más auténtico de sí mismas y de las personas que les rodeaban.
¿Será el alma rusa?

miércoles, 22 de mayo de 2019

Frutos en el jardín de las delicias (Hrabal y Zgustová)

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Cuando, por fin, las autoridades checas permitieron publicar a Bohumil Hrabal (1914-1997) al acercarse la década de los sesenta ‒Las alondras colgadas en un hijo (1959), La perla en el fondo (1962), Trenes rigurosamente vigilados (1965), etc.‒, las ediciones de sus libros se agotaban en poco tiempo, aun llegando a tiradas de 150 000 ejemplares. Estas obras, según sabemos, servían de argumento para las películas de la Nova Vlná, Nueva Ola Checoeslovaca, significativa en calidad, que en nuestra tierra quedó eclipsada, entre otros motivos, por el deslumbramiento que producía la Nouvelle Vague.
Durante la semana pasada he estado enfrascado (cuando lo permitían las tareas y actividades) en los libros de Hrabal, que se leen tan inocentemente, en especial los Trenes… y Una soledad demasiado ruidosa ‒títulos, como dijera Bajtin, preñados de significados‒. Y, para redondear el paso por las letras de este solitario subversivo, estoy ojeando la biografía que le hizo (durante cuatro años) Monika Zgustová, la cual tituló Los frutos amargos del jardín de las delicias, que en España vio la luz en 1997, justamente el año que Hrabal murió, no se sabe muy bien si de manera accidental o voluntaria, al darle de comer a las palomas desde un piso alto del hospital en el que estaba ingresado.
Según cuenta la propia autora, una notable parte de lo que cuenta procede de las conversaciones que tuvo con Hrabal, a veces en la casa que este tenía en los bosques de Kersko, «o, más a menudo, compartía sus cotidianos ratos en las cervecerías del barrio antiguo de Praga». De estos lugares y de los distintos oficios que tuvo, sacaba este los personajes de sus novelas, antihéroes trágicos e irónicos, a los que fascinan (como a su autor) los objetos triviales y las historias banales, a las que atribuía un sentido metafísico.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Lucía Sánchez Saornil y Burgos

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Quiero en mi ley cumplirme
                  Ni la bestia ni el ángel,
                  quiero mejor la exacta medida de lo humano;
                  a través de mi carne
                  hacer tangible el soplo
                  divino que me mueve;
                  quiero mascar con gusto
                  el puñado de tierra que me llena la boca,
                  complacerme en el pan
                  que mi sudor amasa,
                  en el canto que brota de mi lado encendido
                  y, apasionadamente,
                  hacer mis días densos, de olor y sabor míos,
                  en torno a mí apretados.
                  Ni el ángel ni la bestia,
                  ni pezuñas ni alas.
                  Prefiero pies ligeros para medir andando
                  los caminos del mundo
                  y unos brazos abiertos,
                  saetas disparadas a los cuatro horizontes
                  en una incontenida efusión de ser vivo.
                  Quiero en mi ley cumplirme;
                  escuchar el obscuro redoble de la sangre,
                  sentir la escocedura de la lágrima
                  y el fresco rezumar del gozo.
                  Me complace la exacta medida de lo humano;
                  pero si la pasión desborda la medida
                  amo sentir como se trueca en fuego
                  la arcilla ordinaria.
Estaba esperando que se publicara este artículo en Culdbura,revista digital actual de Burgos, para traer aquí la primicia de este poema, aparecido en la revista Estrofa, cuaderno mensual de los artistas burgaleses, número 22, octubre de 1955, pág. 8. La razón es porque hasta hace unos meses, se ha afirmado que la conocida poeta ultraísta Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), desde su vuelta a España en los años cuarenta, no había publicado nada durante su exilio interior; y, desde hace unos meses, se conocía el título de este poema, pero no se había encontrado la revista Estrofa.
Así que aquí está el poema, en Burgostecarios, para deleite de quien desee disfrutarlo.


miércoles, 8 de mayo de 2019

Encuentros casuales (con Caroline)

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Desde hace días, al abrir la ventana por las mañanas, se escuchan algunos ruiseñores pregonando su territorio. Camino del trabajo, los puntos blancos de margaritas cerradas se agolpan por sectores en El Parral, abiertas ya a la vuelta si el día está soleado, superadas por el amarillo de botones de oro y dientes de león. Incluso, entre los yerbales de los costados y encimeras de las tapias de la Ermita de San Amaro, se pavonean algunas amapolas. Paisaje agradable para pasear en compañía.
Llegado a las estanterías de la biblioteca, olvidé el apellido exacto de la autora que buscaba y, por aproximación, caí en Willa Carter (1876-1947), aquella mujer independiente que estudió en la Universidad de Nebraska vestida de hombre como William, y allí me quedé. Me decidí por Más allá de los cuarenta (1936), aunque tuve mis dudas de si releer la deliciosa Mi enemigo mortal, en todo caso, obras breves, tal como buscaba. Coincidimos con su afirmación de la dicha que experimentamos en ciertos momentos «todos los que hemos tenido la grandísima suerte de haber conocido a los grandes maestros por puro accidente, y no bajo la espeluznante guía de un instructor». Letraherida.
Y es que, en el primer relato de este libro, transmite la excitación que sintió al saber que una anciana con la que llevaba tratando unos días en el Grand-Hotel de Aix-les-Bains ‒Willa vivía aprovechando su economía desahogada, y allí estaba con su compañera Edith Lewis (1881-1972)‒, era Caroline Groud , la sobrina de Flaubert criada con este (y su abuela) en Croisset al morir la madre de la niña cuando ella nació, a la que el novelista dedicó una serie de cartas tiernas y vivificadoras durante veinticinco años, las cuales publicó la mujer en Lettres à sa nièce Caroline. Ella fue la albacea nombrada en el testamento y conservaba en su Villa Tanit, en Antibes, manuscritos y documentos originales e, incluso, los muebles del salón escritorio de su tío, en el que, de niña, se sentaba en una esquina de la alfombra mientras este escribía.
Algo de Flaubert hay en Willa ‒¡ah, madame Arnoux!‒. Hasta sus deficiencias.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Esclavitud. Volver a casa (Yaa Gyasi)

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Cuando regrese el sol
Y llame la primera codorniz
Sigue la calabaza para beber
Porque el viejo espera
Para llevarte a la libertad
Si sigue la calabaza para beber
La calabaza remitía de un modo simbólico a las constelaciones. Esta es una estrofa de la canción Follow the Drinking Gourd, que ofrecía instrucciones en clave para guiar hacia el norte a los esclavos que escapaban de las plantaciones del sur de Estados Unidos (El río para entre dos cerros / Sigue la calabaza para beber / Hay otro árbol del otro lado / Sigue la calabaza para beber).
La traemos a colación porque estamos leyendo el libro Volver a casa (2016), de Yaa Gyasi (1989), una mujer nacida en Ghana, trasladada tempranamente con su familia a EE. UU., en donde  lo ha publicado, después de realizar un viaje (becado) a su lugar de origen. La verdad que la obra es pretenciosa. Trata de unificar secuencialmente la existencia de dieciséis generaciones, nacidas del mismo tronco, la mitad en tierra africana, la otra mitad en suelo estadounidense.
Gran parte de la literatura que nos viene en la actualidad está cocinada en los talleres de escritura creativa de las universidades. Es difícil deshacerse de una enseñanza semejante, más cuando se escribe una novela primeriza. No escapan a ella las incoherencias, pero hemos de resaltar los valores que contiene, tal el de abarcar vidas tan distintas, mostrar costumbres tan diferentes y construir imágenes sugestivas.
Sin duda, una autora a tener en cuenta (El viejo espera / Para llevarte a la libertad / Si sigues la calabaza para beber).

jueves, 25 de abril de 2019

Anécdotas y biografías

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Cuando alguien cuenta una anécdota de su vida, por sencilla que sea, suele atraer mi atención. A veces maldigo mi pérdida de audición ‒que achaco al ruido de las máquinas de la carpintería en la que trabajé durante años‒, pues me priva de escuchar relatos en los sitios más dispares, tal los trenes o las estaciones. Tal vez por ello, me digo, me atraen tanto las biografías y las autobiografías. En estos días de fiesta, paseando por las estribaciones del Moncayo (en el que ha nevado un poco en la cumbre), en los alrededores de mi pueblo, he estado disfrutando de dos libros de estas características. No sabría con cuál quedarme.
El primero es la biografía Emmy Noether. Una matemática ideal (2011), realizada por David Blanco Laserna, que editó Nivola en la colección La matemática en sus personajes. Su condición de mujer más la de judía le complicaron bastante la vida, pero aun así ha logrado una influencia que pocos matemáticos han logrado. Entre otros logros, Noether (1882-1935) dotó de una base sólida a la teoría general de la relatividad.
El segundo también corresponde a alguien emigrado, exiliado, pero se trata de una autobiografía, la de Atiq Rahimi (1962), titulada La balada del cálamo (2018), un despliegue de recursos en los que entran caligrafías (y calimorfías) y poemas para aderezar recuerdos y reflexiones. Cuerpo y palabras devenidas en dibujos, con una sensibilidad exquisita. Para mi sorpresa, habla del místico persa del siglo XV Rajab Borsi:
Los significados de las letras se encuentran
en la Inteligencia; sus modalidades sutiles,
en el Espíritu; sus formas se hallan en el
Alma; sus huellas están en el Corazón; su
fuerza enunciadora, en la Lengua; su secreto
configurador, en la Audición.
(Así que cada vez lo tengo peor).

miércoles, 17 de abril de 2019

Con los ojos de Jonna (literatura nórdica)

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En el otoño de 2018 llegó a las bibliotecas municipales de Burgos la campaña lectora que estaban promoviendo las embajadas de Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia por España. En ella incluían el libro de una autora y el de un autor de cada país, más un libro infantil, los cuales publicitaban en unas cartelas visibles en los pasillos, en las que se hablada de las vidas de las mencionadas. Casualmente, había leído en los meses anteriores un par de ellos (los cuales reseñé en la bitácora, así Tainaron,de Leena Krohn).

Me gustaron. Así que esta vez he cogido de la mesa de novedades La pequeña Jonna, de la danesa Kirsten Thorup (1942); nacida en la isla de Fionia, hija de un librero, utiliza en sus obras las experiencias infantiles que tuvo en el campo; fue la primera de su familia en ir a la universidad, en la que se licenció en Literatura y Filología inglesa, lo que le sirvió para instalarse durante una temporada en Inglaterra; vuelta a su país, donde es una autora reconocida desde la década del setenta, vive en Copenhague, y allí escribe poesía, teatro, cuentos y novelas.
También me gusta la pequeña Jonna (publicada como Baby, 1973). No es muy corriente encontrar una voz narrativa de una niña de diez años hablando de su existencia infantil, sin que se note que está creada por una persona adulta. Y, todavía menos, dar crédito a la voz de una niña describiendo la vida de mayores, incluso cuando transgrede los umbrales de credibilidad al ocuparse de situaciones en las que no está presente. No importa, de verdad. Todo lo que narra, ocurre. Y ahí está la hermosa y laboriosa Betty, su madre, y sus tres hermanos y su padre y la galería de hombres, mujeres y criaturas que desfilan en esta historia.

La mirada de Jonna focaliza la hipocresía de tanta gente honrada, y percibe su propia pobreza como un lastre existencial.

jueves, 11 de abril de 2019

En la penumbra (al resguardo de la lluvia)

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Cuando leo alguno de los párrafos-diálogos-monólogo de un par de páginas de Juan Benet (1927-1993), me pregunto si es que me sobra el tiempo. Tengo la sensación de estar en unos momentos que no tienen utilidad, que no sé dónde colocarlos en mi existencia. Pero vuelvo de vez en cuando a su escritura. Son escasas las ocasiones en que soy consciente de tumbarme sobre palabras que existen ahí, entre la mente y la arcadia literaria, y con Benet me suele suceder.
Ahora estoy con En la penumbra, publicada en 1989, una de sus últimas obras, cuya publicación coincide con la puesta en marcha de su propia empresa ‒él era ingeniero y había trabajado en varias obras, entre ellas la construcción del pantano de Porma (que desde 1994 se denomina Embalse Benet), en el que quedó sepultado Vegamián, el pueblo de Julio Llamazares‒. Ya la ilustración de cubierta me resulta un acierto: Día de lluvia (1906), de F. W. Benson (1862-1951).
La obra, iniciada y finalizada en octubre, presenta a dos mujeres mientras reflexionan sobre su vida; una de ellas entra en la madurez; la otra tiene cercanos los años de sazón. Al tiempo, esperan a un personaje desconocido que porta un mensaje para la mujer adulta (y, a la postre, también para la joven). En otros meses del año ‒mayo, junio, agosto y septiembre‒ se van sucediendo acontecimiento paralelos, que dotan a la novela de terreno en el que caminar.
Dice la publicidad editorial que es uno de los textos mayores de la narrativa contemporánea, en el que Benet alcanza la más alta de sus cotas, hasta logar una pieza maestra. Yo no digo tanto, pero ‒según he dicho‒ la disfruto.

viernes, 5 de abril de 2019

Las montañas de la mente (o fascinación cultural)

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La fascinación actual por las montañas es, en notable medida, cultural. Eso es lo que viene a decir el británico Robert Macfarlane (1976) en Las montañas de la mente (2005), libro que combina erudición y aventura. Apenas hace tres siglos, eran consideradas lugares de peligro, inhóspitos, aptos para refugio de gente bandolera o perseguida. Sería Thomas Burnet el iniciador de una visión nueva sobre las alturas impactantes en The Sacred Theory of the Earth (1681), continuada por Lyell en los Principles of Geology (1830) o Ruskin en Of Mountain Beauty (1856), quienes extendieron la belleza de estos paisajes, debido a que descubrieron que tenían un pasado, que su forma actual proviene de miles y miles de años en los que la Naturaleza ha escrito su libro. Y, por supuesto, el Nueva Elosía (1761) de Rousseau.
(En Oriente ‒digamos de paso‒, obras como la de Kuo Shi, Essay of Landscape Painting, ya habían afirmado que estos paisajes «alimentan la naturaleza del hombre»).
Después de tres siglos de excursiones geológicas y románticas (con su dosis, en numerosos casos, de intereses económicos), pudo George Mallory (1886-1924) escribir a Ruth turner, su mujer, desde la base del Everest, «Querida mía […], no tengo palabras para describir hasta qué punto me posee», tres años antes de que muriera en sus crestas. O Hergoz (1919-2012), en el Annapurna, cuando se le estaban congelando los dedos (que después le amputaron), «Aquel paisaje diáfano, aquella quintaesencia de la pureza […], aquéllas no eran las montañas que yo conocía; eran las montañas de mis sueños».
Alfred Tennyson (1809-1892) escribe en su elegía de la estasis: «Las montañas son sombras y fluctúan / de forma a forma, y nada queda en pie; / se disuelven como bruma, las tierras sólidas, / como nubes toman cuerpo y se van». Si eso les sucede a ellas ‒majestuosas‒, ¿qué no nos sucederá a la gente mortal?
Claro que no todo el mundo se siente atraído por ellas. Ya los escribía Blake (1757-1827): «El árbol, que a algunos conmueve hasta lágrimas de dicha, es, a ojos de otros, solo un estorbo verde que se interpone en el camino».
Salud.