Pero ahora sé que la vida de cada uno es demasiado corta para ocuparla en vivir las vidas de otros, aunque sean estos aquéllos a los que amas y por los que darías la única vida que tienes...El miércoles día 3 de junio, el novelista asturiano Fulgencio Argüelles acudía al Club (o Taller) de Lectura del Colegio Arturo Soria de Madrid ‒al que, por suerte afín, me habían invitado‒ para comentar su libro Elpalacio azul de los ingenieros belgas (Acantilado, 2003, ya por la séptima reimpresión).
De entrada, fascinó al auditorio
mostrando sus cartas de escritor. El libro se sustenta en una idea principal:
es posible (y saludable) vivir sin rencor en una sociedad igualitaria. En la
traducción de la realidad que supone la escritura, suceden los momentos en un
espacio ‒Asturias‒ y un tiempo ‒hacia octubre de 1934, revolución UHP‒ en el
que los personajes interactúan, obedeciendo y creando, en un lenguaje de
sugerentes suaves y soberbios sustantivos, desplegados a la manera de la
tradición oral (femenina, en este caso). Cada cual en su revolución,
interpretando las señales, nadando en los desequilibrios.
Esa tarde, en el invisible
calor, respondíamos a la convocatoria de la rutina y a la del deseo y, además,
a la de nuestra historia, la de cada cual, que nos había depositado allí por
razones anteriores. Si nos hubieran encargado construir el mundo, habríamos abierto
lugares para la montaña y el mar, para el trabajo y el descanso, para las
mariposas y las flores, para las desilusiones y los fracasos, para el pincel y
la pluma, para el martillo y las teclas, para el apoyo mutuo y la revolución, para los caballos y el tren, para la ética y la estética, para la
lluvia y las golondrinas, para las auroras y los ocasos, para el silencio y para ti, para…
O, tal vez, sí lo construimos.
Gracias, Fulgencio.
(Cierto que terminó el encuentro
sin hacerle la pregunta que me ronda desde hace tiempo: ya que has estado en
múltiples encuentros comentando este libro, ¿crees que entendemos lo que has
querido decir?).


