sábado, 23 de julio de 2016

Helena o el mar de verano

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En tu país no hay luz / desde que tú viniste aquí
«Ha salido el 52», me dice la Camarera. De vez en cuando jugamos a ver quién acierta la procedencia de la gente desconocida que entra en la cafetería. Llevaba perdidas cinco, así que me tocaba “pagar”. Sacamos un número del 1 al 100. Es el año del que hay que elegir un libro para comentar (Puede ser del siglo que prefiera a quien le toca). Como no tengo mucho tiempo libre esta temporada, elijo uno breve, de unas cien páginas, del pasado siglo: Helena o el mar de verano.
Es una obra que me cautiva y, al tiempo, me sume en la contradicción. Julián Ayesta (1919-1996) pertenece a una conocida y pudiente familia asturiana, y colabora con el franquismo desde sus inicios, siendo embajador de España ya en los años cuarenta. No obstante, releyendo este delicioso texto en los tiempos presentes, pudiera pasar por ser una crítica encubierta al oscurantismo de las situaciones que propiciaba la dictadura, especialmente en ambientes religiosos.
Sorprende que sea la única obra novelada del autor, más dedicado al teatro, pues muestra una facilidad grande al describir escenas y paisajes, siendo capaz de pintar espaciosos lienzos con breves trazos. Es el paso de la adolescencia, en tierras de Asturias. Con constantes referencias a la tradición, a las canciones (Si viviera el tu padre, que yera tan buenu, / collarinos de plata llevares al cuellu... / agora no, mio neñu, agora no; / agora no, mio neñu, agora no) y a los textos clásicos, especialmente a Virgilio (Fortunate senex! Hic inter flumina nota / et fontes sacros frigus captabis opacum...). Y a Helena...

Aumenta su atractivo (para mí, al menos) el fuera Ínsula la primera editorial que lo publicara, allá en 1952, teniendo después 61 reediciones (incluidas las traducciones), varias de la mano de Jaume Vallcorba, así la de Sirmio, de 1987 (Paene insularum, Sirmio, insularumque / ocelle, según reza Cátulo).

viernes, 15 de julio de 2016

Regalo (tierra y danzas)

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La llegada de julio a la meseta castellana supone la estancia temporal en días calurosos con algunos brotes de zigzageantes tormentas. Subiendo a las Merindades burgalesas todavía es posible dar con la lluvia suave de las verdes montañas que rodean el pantano de Ordunte. Allí, en Ribota, está El Tilo, la casa salón para cuerpos inquietos para mentes interrogantes para espíritus sosegados; vergel de especies plantadas con un gusto tal que las flores son su fruto, que los frutos son sus flores. Cuca y Javi llevan los bailes y la comida a quienes llegan de Algeciras a Barcelona, pasando por Murcia, o de Logroño, Valladolid, Burgos, Durango, Madrid, Zaragoza y Soria.
Allá estuvimos el primer fin de semana de este mes juliano reinventando las herramientas más poderosas de que dispone la humanidad: la comunicación, el grupo, las miradas, las palabras, la danza, el sudor, la concentración, el ejercicio, el sosiego… Tres días sin televisión, sin apenas cobertura (hay que subir a la zona del pilón de la aldea), sin periódicos. Con las danzas ancestrales de Grecia, con las más modernizadas de Israel, Macedonia o Rusia, con el yoga de Marta.
                                                
Las magnolias crecían ante nuestros ojos. Hablamos de la destrucción de la habitabilidad de la tierra, de la regeneración unida a la fertilidad, de la unión con la naturaleza. Los versos curvos de Jesús Lizano, los de Julian Beck sobre la violencia, los pasos ‒voy que no voy‒ unían cuerpo mente y espíritu. En una obra de Hoffmannsthal, la muerte termina por decir al protagonista:
Qué maravillosos son estos seres;
que lo que no es interpretable sin embargo interpretan;
lo que jamás fue escrito, leen;
soberanos ordenan lo confuso
y encuentran caminos incluso hasta lo Eterno-Oscuro.
Son los regalos que, sin consumir, podemos hacernos.
[Continúan las Danzas sinfronteras del 13 al 20 de agosto en Navamorcuende, Toledo].

domingo, 10 de julio de 2016

Jade

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Las palabras pueden medirse, olerse, pesarse… Podemos levantar el libro, volcarlo y, entonces, extender las palmas de las manos esperando que caigan sobre ella. En breves instantes van llegando, bien como plumas que se posan en la piel alegre bien como tallos de rosal silvestre dejando rasguños inevitables. Nada sucede en nuestras vidas que no esté presagiado en la pizarra del espacio. La ceguera nos ayuda a conocerlo.
Algunas mujeres (vietnamitas) eligen las pulseras de jade como su joya. Comparable a los diamantes. Dan la medida de la calma, de la solidez dentro de la aparente fragilidad que proyecta la superficie lisa de su curva. A ella puede acudirse cuando se siente inseguridad, incluso cuando se tiene miedo. Puede que una madre decida ponerle una a su hija. La cual, fácilmente, deja que la muñeca crezca en su interior hasta el punto de que no pueda salir al hacerse mujer. Jade de por vida.

Ahí, en la piel cambiante, adquiere su tonalidad oliva joven o liquen, en un proceso único, acrisolado en los latidos de su poseedora. No se raya ni absorbe calor. Pero sabe de los amamantamientos, de ira desechada y de las manos que se acercan –tan distintas– desde el exterior.
En Vietnam nace su poesía cuando nace la nación, en un río (de la boca de Li Chueh y Do Phap Thuan; una historia para contar en otro momento):
¡Ahí: gansos salvajes, nadando lado a lado,
mirando hacia el cielo!
Plumas blancas contra un azul profundo,
pies rojos ardiendo en olas verdes.

Jade en nuestro cuerpo.

lunes, 4 de julio de 2016

Alimentos

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Me cuesta pasar a la fruta de verano. La naranja, para mí, es la reina indiscutible de los meses invernales, acompañada de la manzana –¿adónde quedan esas reinetas que no se echaban a perder?– y de alguna que otra pieza exótica, además de las peras o uvas ocasionales. Pero, a partir de junio, comienzan mis titubeos delante de los coloridos mostradores hasta decidirme hacia el melón o el melocotón, que no saben a nada. Reconozco que ante algunos libros me sucede algo parecido. Necesito pintarme una puerta para dejarles paso y, después, hacer un hueco dentro de mí para que se recuesten.
Es lo que me ha sucedido con Mãn, de Kim Thúy. Nacida en Saigón en 1968, escapa de Vietnam en una barcaza de refugiados diez años después, terminando por asentarse en Montreal. Después de ejercer varios oficios, es propietaria de un restaurante y crítica gastronómica. Y es precisamente esta faceta lo que no me atraía del libro, pues la tengo por actividad bastante superficial de la especie humana, si se dedica a ello la vida. Pero… (a pesar de la cubierta ilustrada al efecto) le di paso. Y me gusta.
Claro que no es un texto de sibaritismo ni de mira la guía. Es un texto de manjares. Destila la delicada energía que le aportan los personajes que discurren por sus páginas, apenas esbozados, pues se compone de pequeños capítulos –titulados con una palabra o expresión breve, cortos tragos que te producen una ligera borrachera, una desorientación momentánea, casi dulce, que alimenta un tembloroso fervor hacia sus sonidos– que van tejiendo la trama. La realidad de alguien desplazado desentrañada en la cocina. Los valles del lejano pueblo en el sorbo de un bol de sopa. El sigilo de los «sabores que pasan casi desapercibidos a fuerza de permanecer en su sitio».

Según suele ser corriente en esta literatura orientaloccidental, aparece una novela francesa: Una vida, de Guy de Maupassant. Y poesía vietnamita: Hacia ti traigo en ofrenda / el poema que no he escrito, / el dolor hacia el que me tiendo, / el color de la nube que no he conocido, / los deseos del silencio.

miércoles, 29 de junio de 2016

Calor, tiempo (y suicidio)

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El verano es una época excelente para el estudio. No se tiene el agobio de las actividades obligatorias. Puedes dedicar los esfuerzos a lo que te atrae. El resultado suele ser un premio impagable: la belleza, envuelta en sonatas, escritos o fórmulas científicas. La comprensión de algún aspecto de (nuestra) la naturaleza. «Y unos ojos nuevos para ver el mundo», tal como dice Carlo Rovelli en Siete breves lecciones de física (2016).
Precisamente, leyendo este libro, me entero del suicidio de Ludwig Boltzmann, allá por 1906 en Duino, localidad cercana a Trieste, cuando se hallaba de vacaciones, después de que nos dejara una explicación de cómo funciona el calor, la que no se tomó muy en serio en su momento, siendo que poco después la conocida como su constante deviene en pilar fundamental de la termodinámica. Y es que introdujo el concepto de probabilidad para explicar por qué el calor pasa de los cuerpos más calientes a los fríos (y no al revés); constatamos que es así, pero no conocemos por qué; podría ser al revés.
Al desaparecer su ser, tal vez pensara en las palabras de Einstein enviadas en una conmovedora carta a la hermana de Michele Besso, su amigo, cuando este muere: «Michele ha partido de este extraño mundo, un poco antes que yo. Eso no significa nada. Las personas como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre pasado, presente y futuro no es otra cosa que una persistente ilusión».

La ignorancia nuestra hace que expliquemos algunos fenómenos desde la pálida imagen que captamos de la realidad. Es, al tiempo, el ingrediente que alimenta la curiosidad, esa cualidad que nos mantiene con vida, que nos hace atravesar la apariencia en busca de respuestas, las cuales van cambiando conforme los hacemos también nosotros.

jueves, 23 de junio de 2016

Hogueras de deseos en San Juan

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Stare. Estar en quietud, aunque no en inactividad.
Nocte. El silencio, aunque no sin palabras.
En la niñez, por San Juan, vivíamos con la hoguera de San Pedro Manrique, cercana a nuestro pueblo. Imaginábamos las pisadas firmes sobre la alfombra de brasas. Así lo hablaban los hombres en la fragua. Así, las mujeres en la costura del final de la tarde. Cortaban el roble en los montes de Sarnago (evitando a las brujas). En nuestro pueblo el fuego era de encina. A sus ascuas se arrimaban los pucheros de barro y sobre ellas se colocaba el trébede para poner encima la cazuela de la leche (de la que las criaturas cuidábamos de que no se saliera).
En los plenilunios suele funcionar la antigua ecuación: quien más se da, más recibe. En los solsticios, la antigua fórmula: escribe en un papel algo de ti de lo que deseas desprenderte y quémalo; escribe en un papel algo de lo que deseas que florezca y plántalo.
Escribe Clara Janés ‒enhorabuena‒:
Prisionera de un pánico invencible,
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.

Salud.

sábado, 18 de junio de 2016

El Paraíso perdido

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¿Qué me importa que el combate se perdiera?No todo se ha perdido; la indomablevoluntad y las ansias de venganza, el odio inmortal,el valor firme que nunca es sometido ni se rinde:¿en qué consiste, pues, no ser vencido?
Perder, perderse. Vencer, ser vencido. Palabras y conceptos que atraviesan los más de diez mil versos de El Parasíso perdido de John Milton (1608-1674), poema al que merece la pena volver de cuando en vez (sin ir más lejos en los ratos perdidos de este verano). Allí encontramos un personaje reconocible: Satán, el demonio, tratado con tal énfasis y detenimiento, que ya le hicera decir a William Blake que Milton sentía la libertad creadora al escribir sobre el Perdedor y, por el contrario, se encontraba entre guilletes al escribir sobre Dios.
Precisamente es a Blake a quien creo que Pablo Auladell ha tenido en cuenta al dibujar las ilustraciones de su novela gráfica El Paraíso perdido (2015), proyecto en el que está inmerso durante cinco años (si bien con dedicación intermitente, según narra el mismo autor). No son las palabras originarias las que se reflejan en esta obra reciente, sino las imágenes contenidas allí. Resulta adecuada la conversión, teniendo en cuenta que los versos aludidos son una cascada, un manantial brioso, un firmamento dispar.
Milton, en su ceguera final, recibía las palabras palabras en las noches y sus hijas redactaban el extenso poema en el día. El renacimiento, sus aretistas, sus viajes están ahí. También las limitaciones del momento, por ejemplo, respecto a la mujer. Sin que faltara Eva: «y me asomé a la verde orilla / para mirar el claro y liso lago, / que a mí me parecía un firmamento. / Al doblarme a mirar, apareció, / justo enfrente, sobre el acuoso brillo, / una figura que se acercaba a mí: / retrocedí y ella retrocedió, / mas, complacida, en seguida volví, / y ella, complacida, en seguida volvió, /…».

Es nuestra imagen.