jueves, 16 de abril de 2015

Energías irracionales (Schopenhauer)

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Al salir de casa esta mañana he topado con el panadero que cruzaba la calle con un saco de papel en el que asomaban barras y panes de aceite para cargar la furgoneta de reparto «¡Hola, pana!» le ha dicho un niño desde la ventana de un segundo piso «Buenos días, rufián» le ha contestado y los dos se han sonreído. Seguro que Schopenhauer desconfiaría de estas relaciones amistosas y las atribuiría a una treta de esa energía inconmesurable y subterránea que rige nuestras vidas y la de todo el universo que él denomina Voluntad con el propósito de que la humanidad no se destruya definitivamente en los vaivenes de la Representación.
Se dice que este hombre (1788-1860), junto a Nietzsche, es uno de los filósofos más leídos en la actualidad. Difícil es Contemplar su obra desvinculada de su vida, pues muestra cómo las creaciones intelectuales van separadas de las actividades cotidianas y, al tiempo, van unidas. Es decir, logra (durante cinco años, de los 25 a los 30) elaborar un sistema filosófico original (con su gnoseología, su metafísica, su estética y su ética) y lo hace partiendo de su carácter arrogante y amargo, fruto tal vez de la crianza que tiene, en la que ni su madre ni su padre le dieron cariño. Solo era el heredero que iba a proseguir acumulando riquezas en una fortuna ya muy considerable, cuando descubrió que lo suyo era el estudio, la literatura y la música, pero la Naturaleza no le había dado valor para enfrentarse a los designios paternos.
El azar quiso que su padre muriera cuando él iniciaba la juventud, con lo que quedó liberado de su carrera comercial. Su madre, Heinrich Floris, deseando deshacerse de él (con quién mantenía constantes peleas, tal vez porque ella y él no soportaban hacerse sombra) se fue a Weimar con Goethe. Tanto Heinrich como Arthur pudieron vivir sus vidas de rentistas, cómodas, al socaire de la fortuna paterna y desarrollar una su inclinación literaria publicando novelas, y otro su tendencia filosófica y tocando la flauta.

El filósofo ha legado (además de unas frases bandera de la misoginia) un libro elaborado durante cuarenta años, El mundo como voluntad y representación, pesimista en una primera lectura, pero sabedora (por influencia de los Upanisads, Platón o Kant) de la unidad esencial de lo viviente, que deja al descubierto el engaño del egoísmo y marca el camino hacia la existencia serena y recta.

viernes, 10 de abril de 2015

Las Bibliotecarias (Homenaje)

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A las Compañeras

«Érase que se es un padre superlativo. Con arraigadas convicciones, que abandera con orgullo. Con la virtud de saber apreciar una mesa adornada y un vino de calidad. Creyente en las benefactoras fuerzas que llevarían a la sociedad por caminos de abundancia si dejáramos que la libre iniciativa, el mercado libre y el beneficio privado guiaran su devenir. Con el suficiente tino de haber sido puesto y, abundando, haber elegido el lugar que permite mirar el tráfago por la supervivencia desde cómoda altura.
»Un buen día se acercó a una biblioteca pública ‒¡horror!‒, pues le habían dicho que a su hija podrían gustarle las historias que allí se contaban. Así que, alimentando su escepticismo, se acercó al lugar, pero… olvidó (en un inexplicable error, vista su inmaculada tabla de conducta) que él no era el protagonista de aquel espacio ‒¡para qué relajarse!‒, sino que había en ese entorno otros seres acostumbrados a danzar por aquellos parajes, y eran quienes debían de construir la situación. Aquello lo enajenó y buscó palabras para olvidarlo.
»Pasados los años, recibió la noticia. Su hija, saltando de gozo, le dijo: “¡Papá, ya soy Bibliotecaria”».

martes, 7 de abril de 2015

Secretos (con Blanca Varela)

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«No hay nada que me complazca tanto como tener secretos. Especialmente cuando estoy en un lugar en el que hay gente. Me siento única. Poseedora de algo singular que, además, desconoce el resto de personas con las que estoy en contacto en ese momento». Así hablaba la mujer que estaba en la barra con la Camarera cuando entré en la cafetería. Y, haciendo caso omiso a mi presencia, continuó: «De joven me causaba angustia el que no existiera nadie a quien poder confiar lo que no puede nombrarse. Lo tomaba como la prueba definitiva de mi soledad. Pero, ya ves, ahora es todo lo contrario. Me proporciona fuerza y luz». Según pude ver, las dos se conocían en su juventud, aunque hacía bastante tiempo que no coincidían.
Después de ponerme el café con las dos tejas, la Camarera le preguntó por el libro que tenía (boca abajo) junto a ella. «Es de Blanca Varela (Lima, 1926-2009), poetisa en contacto con lo granado del mundo cultural de su época, viajada por París, España y Estados Unidos. Octavio Paz prologó su primer libro, Ese puerto existe (1959)», dijo. Por mi parte, había leído no hace mucho unos de sus últimos, El falso teclado (2000), que me resulta muy atractivo y que releo de vez en cuando. Conocía, igualmente, las palabras de Paz sobre la época que coincidieron en París, pues no estoy muy de acuerdo con algunas de sus opiniones, en especial cuando dice que rondan a quien escribe una serie de trampas, entre las que se encuentran la del “arte comprometido” (el grito o la prédica) y la de la falsa pureza (el silencio), ya que a mí todas me parecen necesarias, incluida la del éxito.
Ciertamente que Blanca Varela tiene canto. Incluso puede decirse que conserva la capacidad poética a lo largo de su existencia, algo que no siempre sucede ni es natural que así sea. (Carezco de raíces  de manos / de retoños // mi frente es sólida / como una piedra / que será arrojada / y que las aguas tornarán arena / y esa arena llenará la boca / de alguien vivo // y hasta aquí habré llegado / entre la mar y el campo / aleteando o mugiendo).

Sin puntos ni comas, con el blanco espacio y entintado. Poemas para encapuchados armados.

miércoles, 1 de abril de 2015

El vuelo de la luna llena

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Le digo a la Camarera que ahora les toca a sus fotografías subir a la bitácora. Y ello porque voy por la C. Se ríe de mi modo de realizar lecturas, pero es que me entra tal agobio ante la inmensidad de los títulos que hay en las librerías y bibliotecas, que de vez en cuando me decido por una letra (cierto que esto ya sucedía en los inicios del siglo diecinueve, cuando solo en Alemania se publicaban más de tres mil títulos de obras anuales, a los que había que añadir periódicos, revistas, boletines, etc.). Así que, en estos días, toca Camarera.

Es la temporada que estoy con Mircea Cartarescu (1956), con los inquietantes relatos de Las bellas extranjeras, que abren la sorprendente escritura de este autor rumano, ya inolvidable con El levante. Acabo de acompañar los pasados días a Jetta Carleton (1913-1999), que tuvo el acierto de dejar publicada una sola novela -¿para qué más?-, Cuatro hermanas, en 1962, y eso que se dedicó a actividades editoriales en la zona mexicana. Si me queda tiempo durante la semana, visitaré Una habitación impropia, de Natalia Carrero.

Juan Eduardo Cirlot (1916-1973) aclara mi mirada en este tiempo de toros y de velas -parece que nada hubiera cambiado en el último medio siglo- con su Libro de oraciones:

A Jesús crucificado

Estigma solitario. Joyería
crucificada al fin como crustáceo,
qué túnica de bocas y de peces
podrá servir de alfombra a tu sonido.

Oh, huevo de cristal de voces rosas,
oh, fuente de estallidos como números.

Dios para los que lloran en el fondo
del crisantemo rojo de su infierno.
Dios para los que cantan en el pájaro.
Dios para los que tienen siete labios.

Voy, contrito, de compasión a consuelo

viernes, 27 de marzo de 2015

Alergia en los papeles

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Las alergias suelen advenir en momentos inoportunos, al menos eso es lo que sucede en lo que a mí respecta, tal como ha sido esta mañana con los repetidos achís que me han llegado durante toda la entrevista que tenía para un asunto de cierta importancia. ¡En fin! Maguer la que más rabia me da es la del papel, tratándose de alguien que trabaja en bibliotecas. Hay documentos antiguos o libros compuestos de materia prima degradada (léase química) que despiden efluvios que me producen esa irritación nasal tan estruendosa. De ahí que, en casa, cada vez que hay que mover alguna estantería, suelen salir algunos ejemplares que condeno a las cajas cerradas en el desván.
Este fin de semana le ha tocado a dos a los que aprecio ‒algo que es de lo más corriente cada vez que lo hago‒: Los tónicos de la voluntad, de Ramón y Cajal, y Tratados morales, de Séneca. Los dos son de Colección Austral (comprados en mercados de segunda ocasión), aquella de los puntos de colores, editados en tiempos en los que el papel dejaba bastante que desear.
Cajal elaboró un discurso de ingreso para la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales a finales de 1897, que el científico Enrique Lluria costeó de su bolsillo para repartir entre su alumnado y gente con inquietudes académicas, pues como reza el subtítulo son Reglas y consejos sobre investigación científica, los cuales abrieron un horizonte que lo convierten en imprescindible para cualquier biblioteca personal que se precie. No en vano, además de las ediciones habidas hasta 1940 (y los de otras editoriales), en el año siguiente lo incluye Espasa Calpe en la colección susodicha, llegando ahora a la 23.ª edición. El texto previene la «creencia (desgraciadamente profesada todavía por muchos de nuestros catedráticos, ignoro si con sinceridad o a título de expediente cómodo para cohonestar la propia pereza) de que las conquistas científicas no son fruto del trabajo metódico, sino dones del cielo, gracias generosamente otorgadas por la Providencia a unos cuantos privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las naciones más laboriosas, es decir, Francia, Inglaterra, Alemania e Italia».

También de los años sesenta, cuarta edición, es el volumen que había conseguido en el Rastrillo de Séneca, en el que releo con especial satisfacción el libro tercero, De la tranquilidad del ánimo. Texto que se ha vuelto difícil para el tono de literatura que solemos leer, pero que compensan largamente el esfuerzo requerido. A los que mudan con frecuencia, «cáusales la vergüenza interiores tormentos, y los deseos que se ven encarcelados en sitio estrecho y sin salida, se ahogan: de que resulta el entristecerse y marchitarse, por estar contrastados de infinitas olas de la incierta determinación que los aflige, en que les tienen suspensos las cosas comenzadas, y tristes las lloradas».

lunes, 23 de marzo de 2015

Bocados exquisitos

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Lo habían dejado boca abajo en la mesa de novedades de la Biblioteca del barrio. Distrayéndome, levanté la parte de atrás de la cubierta al tiempo que hacía un abanico con las últimas hojas y ¡oh, sorpresa! estaban en blanco. Algo tocado, cogí el libro y las conté: cuatro hojas, ocho páginas, más las dos de cortesía, dedicadas al silencio, inmaculadas, dejadas por la editorial en ese espacio en el que suele incluir listados o publicidad de sus publicaciones. Sin dudarlo, aun sin leer el título, lo llevé en préstamo. «¿Te gusta este autor?», me dijo el que atendía el puesto al que acudí en el mostrador. «Si te digo la verdad, no he mirado de quién es», contesté, y me miró extrañado mientras lo desmagnetizaba y mientras me arrepentía de mi sinceridad. La Bibliotecaria, que estaba en el puesto de al lado atendiendo el montón de cuentos, música y películas de una familia, sonrió.
En la tienda, al tiempo que llenaba la cesta de la compra, con el libro encima, me fijé en la fotografía que destacaba entre las manzanas, el pan y las anchoas: una mesa atestada de papeles, estampas, cajitas y hasta una taza, un despertador y una bombilla. Al llegar a casa –necesitado de apartamiento– le di la vuelta y leí el título: Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumi Hrabal (1914-1997). O sea que era eso, me estaba esperando el libro del autor del que había leído hacia tiempo que afirmaba haber vivido solo para escribirlo.
«Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo…»

¿Cómo describir la existencia de Haňt’a en el sótano donde pasa la vida trabajando? Allí ve las profundidades de la sociedad y escucha a lo lejos los combates a muerte (que nunca cesarán) entre las personas, capitaneadas por gente que anula (y dirige) al resto. Las apariencias avanzan racionalmente. Haňt’a resiste con el alcohol, con la amistad y con la belleza.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Violetas de marzo

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Los colores no existen, dice la ciencia. Pero vuelvo al final de este invierno a mirar las violetas en el arriate de la Isla, como cada año. Tampoco es que sean violetas, son vincas. No importa. Al igual que los sauces, si cierras los ojos, muestran aquí los almendros de hoja verde, los cerezos en flor del Sur. Dos borrachos del barrio se recuestan en la rivera, a unos metros apenas, sabiendo que son parte de la tribu, su delirio les da personalidad y cadenas. Medea me acompaña porque supone (y acierta) que estos días tiendo a sentirme culpable del frío de estas tierras. Ovidio se acerca, se queda mirando al abejorro que liba en las pequeñas flores y, algo ensimismado en el vuelo circular, nos pregunta el camino del mar.
Soledad Zurera escribió hace un tiempo La blusa violeta, vistiéndola en el poemario de su viaje a los espacios de la infancia (que publicó la colección Barrio de Maravillas):
Me observo en el espejo tras la blusa violeta.
Yo era una muchacha pobremente vestida.
Llevaba cántaros de agua en las manos
Y cantos de perdices en las trenzas.
Ahora llego a desabrocharme la blusa violeta;
Aquí, en la tapia en que florecen los jazmines;
Recorres los botones desabrochados de la blusa violeta:
La calle que habitabas tan distinta y tan distante.
Triste tiene la mirada la mujer de la blusa violeta:
La música que suena es distinta a su música:
Retornan a ser los mismos vencejos de la infancia.
La otra tarde llevaba mi misma blusa violeta.
Queda el rastro de una rosa en el ojal de la camisa;
Sobre los botones blancos de una blusa violeta.