jueves, 25 de mayo de 2017

Sic vos non vobis. Archivos

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El trabajo en archivos resulta más emocionante que el de bibliotecas (aunque solo sea por la posibilidad de documentarte sobre vidas ajenas). No hace mucho hablaba con gente de este gremio y no todo el mundo conocía el lema del cuerpo ‒Sic vos non vobis‒ y menos aún el origen de la expresión Así vosotros, no para vosotros.
Refiere Elio Donato en la Vida de Virgilio que, al amanecer, aparece una pintada (sin firma) en la puerta de palacio: «Llueve durante la noche; por la mañana se reanudan los juegos: César comparte poder con Júpiter». Alude el dístico a la influencia del emperador sobre los elementos, pues en esa jornada se iban a celebrar ejercicios circenses y, el día anterior, una tormenta furiosa amenazaba con tener que posponerlos. Augusto desea conocer a quien la haya escrito. Al no presentarse nadie, el descarado Batilo lo hace y es recompensado.
El autor, Virgilio, no queda conforme y vuelve (anónimamente) con un hexámetro y el inicios de cuatro pentámetros truncados:
Hos ego versiculos fecit; tulit alter honores:
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Augusto exhorta a que se complete el poema, pero ni Batilo lo consigue. Momento en que lo hace Virgilio:
Yo hice estos versos; se alzó otro con el premio:
Así vosotras, aves, no para vosotras hacéis los nidos
Así vosotras, ovejas, no para vosotras, criáis la lana
Así vosotras, abejas, no para vosotras, fabricáis la miel
Así vosotros, bueyes, no para vosotros, arrastráis los arados
Y, con ello -¿una reivindicación de derechos de autoría?-, queda ensalzado este hermoso oficio.

[Salud. A la espera de que la vida se nutra de sus documentos].

viernes, 19 de mayo de 2017

La importancia de no entenderlo todo

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«Es probable que en la punta de la lengua hay contenida una gramática natural. Aunque parezca mentira, si dices lo que tienes en la cabeza con el lenguaje que te viene de tus padres, de la calle y de tus amigos, lo más seguro es que digas algo bonito». «Por suerte para el arte, la vida es dura, difícil de entender, inútil y misteriosa». Estas son algunas de las frases del libro La importancia de no entenderlo todo, de Grace Paley (cuyo título en inglés no parece que guarde demasiado parecido: Just as I thought), en cuyas páginas autobiográficas redobla la ácida mirada que muestra en la narrativa.
Esta mujer nacida en Nueva York como Grace Goodside, en 1922, y fallecida en Vermont en 2007, es hija de inmigrantes judíos rusos. Se hace conocida en los sesenta por sus actos de desobediencia civil, en especial de cariz pacifista frente a la guerra de Vietnam, actitud que mantiene a lo largo de su vida contra los conflictos armados que no dejan de sucederse (el último el de Irak). Aunque ya mucho antes se niega a cumplir leyes antinaturales, como la discriminación hacia las personas negras en lugares públicos o la defensa de Washington Square. Se defiende algo porque se considera justo.
Hasta sus últimos días vive así. Es curiosa la actitud que solemos tener ante personas de este calibre en su edad madura. Las miramos con cierta conmiseración cuando las vemos en marchas o movimientos reivindicativos en los que la mayoría de asistentes son gente joven. Y, por otro lado, nos acercamos a escucharlas cuando dan charlas o leen poemas, una vez que parecen inofensivas para la paz social y son acogidas por los medios de información.
Antes de saber de su vida, leí sus recopilaciones de cuentos: Batallas de amor, Enormes cambios en el último minuto y Más tarde el mismo día. Ya me resultaron singulares. («Es responsabilidad de la sociedad dejar al poeta ser poeta»).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus acciones].

sábado, 13 de mayo de 2017

Visiones e ilusiones (de los anillos)

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El anciano titán Crono, padre de Júpiter, trata de comerse a todos sus hijos (ante el augurio de que uno de ellos lo destronará), argumento que se convierte en asunto favorito de muchos pintores a lo largo de la historia. En el firmamento, el planeta que lo representa es Saturno, nombre latino, una vez que Zeus lo ha expulsado del Olimpo y se instala en el Lacio, desde donde enseña la agricultura a los hombres, estableciendo la Edad de Oro. Entre los cuadros más conocidos de su criaturafagia se encuentra el de Rubens, ejecutado en 1636, el cual tiene un curioso detalle en la parte alta, pues entre los nubarrones que aumentan el desasosiego de la escena aparecen tres estrellas, en clara alusión al planeta de los anillos.
No es que sea un capricho del pintor, sino que refleja el modo en que Galileo describe el astro cuando lo observa con su primer telescopio en 1610 –«la estrella de Saturno no es una única estrella, sino que está compuesta de tres, que casi se tocan […] el ojo desnudo no distingue ninguna de estas formas sin el telescopio»–. No parece que Rubens se enterara de que el científico vuelve a mirarlo dos años después y ya no se encuentra con las pequeñas estrellas de los lados, por lo que bromeó diciendo que ahora el Dios sí había devorado a todos sus hijos. El italiano no logra explicarse lo que ve –¿habrá sido una ilusión?– y será el holandés Huygens quien comprenda poco después que ello es debido a los anillos de que dispone, cuya posición varía con respecto al ángulo que mantenga con la tierra.
No resulta fácil comprender el mecanismo de nuestra visión. Se tardaron siglos en saber que las imágenes se crean en el cerebro, una vez que los fotoreceptores de nuestros ojos le envían incesantemente información (y este la descomprime, a manera del ordenador). La filosofía clásica desconfiaba de la vista y daba más crédito a la razón. Después, la tecnología telescópica y microscópica, nos abre la sorpresa de ver lo invisible a simple vista. Es tanta la importancia de la vista, que un 80% de las palabras de nuestro idioma relativas a los sentidos se refieren a ella. Conocemos con ella. Por mi parte, me he ayudados estos días de El ojo desnudo (2016), de Antonio Martínez Ron, para situarme mínimamente en este ámbito. Se disfruta.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus visiones].

domingo, 7 de mayo de 2017

Narraciones de otros tiempos

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Hay libros (o, al menos, eso me parece al leerlos) que denotan enseguida una escritura de otro tiempo. No digo antigua ni desfasada, sino que es distinta a la que acostumbramos a leer. Su voz narrativa tiene un aire demasiado inocente, apoyada en personajes que dejan ver las costuras. Gente de ambientes distintos me habían recomendado la lectura de Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro Vasconcelos (1820-1984),  que publicara allá por 1968 ‒año de nuestro peculiar mayo‒, y que conoció un éxito inmediato, convirtiéndolo en uno de los autores más populares de la literatura en Brasil.
Cierto que plasma una delicada atención a la naturaleza y un cuidado especial en reflejar la vida precaria de la gente desfavorecida de la sociedad. Además bebe de la tradición oral de su tierra, Bangú, lo que le lleva a transcribir en sus novelas letras de canciones o estribillos que cantan en la calle (Deixa-me fonte, dizia / a flor a chorar. / Eu fui nascida no monte / nao me leves para o mar. // E a fonte sonora e fria / com um sussurro zombador / por sobre a areia corria / corria levando a flor...). En ello no deja de tener delicadeza, lo que resalta en la versión española al dejar las letras originales. Aquellas lindezas dramáticas:
Aproveitaste ela estar assim sozinha
E não ter tempo de chamar uma vizinha…
Apunhalaste sem ter dó nem compaixão.
A pobre, pobre Fanny que tinha bom coração.
Por Deus eu juro que tambén hás de sofrer…
Numa cadeia eu hei de ver-te morrer.
La edición que he leído va por la séptima reimpresión (2014). Y presenta el siguiente colofón: «Todo niño viene al mundo con un cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que ese amor salve o condene» (Graham Greene).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus plantas].

lunes, 1 de mayo de 2017

Teatro de ajedrez en Reikiavik

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Tantas novedades y tan antiguas nos hacen permanecer en un estado de tensa propensión a lo que puede venir que dura hasta que lo descubrimos habitando un lugar que habíamos desalojado. ¡Qué gusto saber que la inquietud es un trozo de piel cuyo tacto nos calma!
En Segovia se ubica la editorial La uÑa RoTa (con sus colecciones de Libros Inútiles, Libros del Apuntador y Libros Robados), en la que se halla la obra de teatro Reikiavik (2015) de Juan Mayorga, centrada en el enfrentamiento que se da en el campeonato mundial de ajedrez más famoso, el de 1972 en la ciudad (humeante) islandesa, entre Bobby Fischer y Boris Spasky. Decimos ‘centrada’, pues en realidad son dos personajes –Waterloo y Bailén– que juegan a jugar como ellos, más un Muchacho que entra en acción y que experimenta cómo puede cambiar su vida. Conocido de sobra es este evento en el que interviene un genial Fischer, pero también indómito (o más bien inaguantable, exclusivista o ambicioso), y un discreto Spasky, a la vez elegante y sensible. La trama se basa en la intención que nos acompaña de vivir la vida de los otros y de hacerlo en un duelo (con sus dos significados).
La escisión, el doble… es algo presente en la literatura desde que el Ka egipcio duplica el alma de la gente para que pueda tener garantía de su existencia en el otro mundo. Y por el Er platónico sabemos que el doble nace de una escisión de nosotras y camina al lado, lo que completa la identidad escindida –Doppelgänger–. En la sociedad del momento esta separación la propicia la Guerra Fría, actora principal de la obra, con personajes de sombra en la CIA y el KGB. Espejos. Y qué mejor re-presentación de esta dualidad que un tablero de ajedrez. (Pero, en fin, no embrollemos la acción y leamos [procedamos] los diálogos de Mayorga, para terminar en el ensayo de Fernando Broncano que le acompaña).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus tableros].

martes, 25 de abril de 2017

Lecturas compulsivas en el círculo de tiza (Azúa)

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Últimamente topo con Círculo de Tiza. Por capricho compré Japón, paisaje del alma (2016), ilustrado profusamente con imágenes de Oriente, además de que contiene textos de Kipling sobre esta cultura y la emblemática Bushido de Inazo Nitobe. Blanco y negro sobre blanco y negro. Pesa más que una Tablet, pero desliza entre los dedos aguas cristalinas en cascadas sonoras.
Ahora ‒también en el círculo blanco‒, desde la mesa de Novedades de la biblioteca del barrio, me hago por unos días con Nuevas lecturas compulsivas (2017) de Félix de Azúa (Barcelona, 1944). No ha tenido suficiente con las publicadas en 1988. Mientras tanto, han sucedido cosas… que le han hecho abandonar su tierra. Por la palabra escrita transcurre su segunda vida, así que no es de extrañar que la describa a través de esta pasión por los libros que lo absorbe, entremezclándola con sus vivencias, «en un viaje cargado de ironía y deslumbramiento».
Comienza a hablar de la poesía de Hölderlin ‒¿cuántas veces lo hemos oído?‒ en palabras novedosas, haciendo que reflexionemos sobre que es aquello de «hablar de poesía»; lo viviente y la vida son una misma cosa; el árbol en flor es la danza de la vida; cada cual somos música viviente. Continúa con más poetas, novelistas, ensayistas, lecturas del siglo XXI, etc. Me subyuga en especial el capítulo dedicado a Vértigo (2005) de Eugenia Ginzburg (1904-1977), «jeroglífico de nuestro paso por la prisión del tiempo, en cuyos límites debemos negociar con la muerte», en el que la autora narra su agonía en el gulag de Kolyma, donde tiene que negociar con la vida.
Se empeña en señalar que «hay delirios que solo pueden tener lugar en una biblioteca», pero sabe que ahí (aquí) está Internet, con la proteica vacuidad que ha existido siempre, dispuesto a terminar con el reposo necesario para la lectura. Para compensar, nos hace presente a Orwell y su liberty, facultad de que disponemos para decirle a la gente lo que no quiere oír (que podemos utilizar o dejar pudrir).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus lecturas].

miércoles, 19 de abril de 2017

Alegría de decir no

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No han llegado todavía las golondrinas a la ciudad, cuando ya están revoloteando sobre los sembrados (sedientos). Leo al lado del trigo verde la Antología poética [1974-2014] de Manuel Ruiz de Amezcua (1952) realizada hace un par de años con el título Del lado de la vida. Andando en el sentido de los surcos atravieso las distintas respiraciones poéticas de esta cuarentona vida de versos: el yo en su guarida, el yo enamorado (que sale de sí mismo), el yo ciudadano (sabedor de las existencias ajenas, de los colapsos sociales, de los mileurismos, de los naufragios).
Me agrada la poesía que contempla, de visión periférica. Ruiz de Amezcua, además, no ha recibido ningún premio literario en la docena de libros publicados, lo que habla por sí mismo (además del ensayo corregido y aumentado El lenguaje tachado). Los años de crisis le hacen ser claro ya desde los títulos ‒La resistencia (2011) y Palabras clandestinas (2015)‒ en algo que estaba en sus palabras anteriores («En el desorden del mundo, / vengo a buscar lo que encuentro»). De este último libro es el poema «Lectura de la noche», dentro y fuera:
Para muchos de nuestros eruditos,
desde el principio de esto,
la vida de los hombres
estuvo siempre cerca de la mierda.
Me refiero a la mierda de la bestia.
A su absoluta presencia.
La mierda ha sido siempre
la verdadera entraña de la tierra,
la verdadera rueda de la Historia,
la verdadera cama que nos sueña.
Y la sangre. Mucha sangre también.
Mucha mierda y mucha sangre
ofreciéndonos sus cestas.
Por los siglos de los siglos
la Historia ha sido siempre
doblemente indigesta:
por la sangre y por la mierda.
Aunque la cosa no ha cambiado mucho,
a mí lo que me gusta de verdad
es el asunto de la duda.
Y la alegría de decir no.
Y no creer en nada.
En nada, en nada, en nada.
Absolutamente en nada.
Solo en ti, cuando me abrazas.

[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus dudas. La ilustración es "Serigrafía" de Juan Genovés (está en la antología)].