miércoles, 22 de mayo de 2019

Frutos en el jardín de las delicias (Hrabal y Zgustová)

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Cuando, por fin, las autoridades checas permitieron publicar a Bohumil Hrabal (1914-1997) al acercarse la década de los sesenta ‒Las alondras colgadas en un hijo (1959), La perla en el fondo (1962), Trenes rigurosamente vigilados (1965), etc.‒, las ediciones de sus libros se agotaban en poco tiempo, aun llegando a tiradas de 150 000 ejemplares. Estas obras, según sabemos, servían de argumento para las películas de la Nova Vlná, Nueva Ola Checoeslovaca, significativa en calidad, que en nuestra tierra quedó eclipsada, entre otros motivos, por el deslumbramiento que producía la Nouvelle Vague.
Durante la semana pasada he estado enfrascado (cuando lo permitían las tareas y actividades) en los libros de Hrabal, que se leen tan inocentemente, en especial los Trenes… y Una soledad demasiado ruidosa ‒títulos, como dijera Bajtin, preñados de significados‒. Y, para redondear el paso por las letras de este solitario subversivo, estoy ojeando la biografía que le hizo (durante cuatro años) Monika Zgustová, la cual tituló Los frutos amargos del jardín de las delicias, que en España vio la luz en 1997, justamente el año que Hrabal murió, no se sabe muy bien si de manera accidental o voluntaria, al darle de comer a las palomas desde un piso alto del hospital en el que estaba ingresado.
Según cuenta la propia autora, una notable parte de lo que cuenta procede de las conversaciones que tuvo con Hrabal, a veces en la casa que este tenía en los bosques de Kersko, «o, más a menudo, compartía sus cotidianos ratos en las cervecerías del barrio antiguo de Praga». De estos lugares y de los distintos oficios que tuvo, sacaba este los personajes de sus novelas, antihéroes trágicos e irónicos, a los que fascinan (como a su autor) los objetos triviales y las historias banales, a las que atribuía un sentido metafísico.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Lucía Sánchez Saornil y Burgos

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Quiero en mi ley cumplirme
                  Ni la bestia ni el ángel,
                  quiero mejor la exacta medida de lo humano;
                  a través de mi carne
                  hacer tangible el soplo
                  divino que me mueve;
                  quiero mascar con gusto
                  el puñado de tierra que me llena la boca,
                  complacerme en el pan
                  que mi sudor amasa,
                  en el canto que brota de mi lado encendido
                  y, apasionadamente,
                  hacer mis días densos, de olor y sabor míos,
                  en torno a mí apretados.
                  Ni el ángel ni la bestia,
                  ni pezuñas ni alas.
                  Prefiero pies ligeros para medir andando
                  los caminos del mundo
                  y unos brazos abiertos,
                  saetas disparadas a los cuatro horizontes
                  en una incontenida efusión de ser vivo.
                  Quiero en mi ley cumplirme;
                  escuchar el obscuro redoble de la sangre,
                  sentir la escocedura de la lágrima
                  y el fresco rezumar del gozo.
                  Me complace la exacta medida de lo humano;
                  pero si la pasión desborda la medida
                  amo sentir como se trueca en fuego
                  la arcilla ordinaria.
Estaba esperando que se publicara este artículo en Culdbura,revista digital actual de Burgos, para traer aquí la primicia de este poema, aparecido en la revista Estrofa, cuaderno mensual de los artistas burgaleses, número 22, octubre de 1955, pág. 8. La razón es porque hasta hace unos meses, se ha afirmado que la conocida poeta ultraísta Lucía Sánchez Saornil (1895-1970), desde su vuelta a España en los años cuarenta, no había publicado nada durante su exilio interior; y, desde hace unos meses, se conocía el título de este poema, pero no se había encontrado la revista Estrofa.
Así que aquí está el poema, en Burgostecarios, para deleite de quien desee disfrutarlo.


miércoles, 8 de mayo de 2019

Encuentros casuales (con Caroline)

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Desde hace días, al abrir la ventana por las mañanas, se escuchan algunos ruiseñores pregonando su territorio. Camino del trabajo, los puntos blancos de margaritas cerradas se agolpan por sectores en El Parral, abiertas ya a la vuelta si el día está soleado, superadas por el amarillo de botones de oro y dientes de león. Incluso, entre los yerbales de los costados y encimeras de las tapias de la Ermita de San Amaro, se pavonean algunas amapolas. Paisaje agradable para pasear en compañía.
Llegado a las estanterías de la biblioteca, olvidé el apellido exacto de la autora que buscaba y, por aproximación, caí en Willa Carter (1876-1947), aquella mujer independiente que estudió en la Universidad de Nebraska vestida de hombre como William, y allí me quedé. Me decidí por Más allá de los cuarenta (1936), aunque tuve mis dudas de si releer la deliciosa Mi enemigo mortal, en todo caso, obras breves, tal como buscaba. Coincidimos con su afirmación de la dicha que experimentamos en ciertos momentos «todos los que hemos tenido la grandísima suerte de haber conocido a los grandes maestros por puro accidente, y no bajo la espeluznante guía de un instructor». Letraherida.
Y es que, en el primer relato de este libro, transmite la excitación que sintió al saber que una anciana con la que llevaba tratando unos días en el Grand-Hotel de Aix-les-Bains ‒Willa vivía aprovechando su economía desahogada, y allí estaba con su compañera Edith Lewis (1881-1972)‒, era Caroline Groud , la sobrina de Flaubert criada con este (y su abuela) en Croisset al morir la madre de la niña cuando ella nació, a la que el novelista dedicó una serie de cartas tiernas y vivificadoras durante veinticinco años, las cuales publicó la mujer en Lettres à sa nièce Caroline. Ella fue la albacea nombrada en el testamento y conservaba en su Villa Tanit, en Antibes, manuscritos y documentos originales e, incluso, los muebles del salón escritorio de su tío, en el que, de niña, se sentaba en una esquina de la alfombra mientras este escribía.
Algo de Flaubert hay en Willa ‒¡ah, madame Arnoux!‒. Hasta sus deficiencias.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Esclavitud. Volver a casa (Yaa Gyasi)

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Cuando regrese el sol
Y llame la primera codorniz
Sigue la calabaza para beber
Porque el viejo espera
Para llevarte a la libertad
Si sigue la calabaza para beber
La calabaza remitía de un modo simbólico a las constelaciones. Esta es una estrofa de la canción Follow the Drinking Gourd, que ofrecía instrucciones en clave para guiar hacia el norte a los esclavos que escapaban de las plantaciones del sur de Estados Unidos (El río para entre dos cerros / Sigue la calabaza para beber / Hay otro árbol del otro lado / Sigue la calabaza para beber).
La traemos a colación porque estamos leyendo el libro Volver a casa (2016), de Yaa Gyasi (1989), una mujer nacida en Ghana, trasladada tempranamente con su familia a EE. UU., en donde  lo ha publicado, después de realizar un viaje (becado) a su lugar de origen. La verdad que la obra es pretenciosa. Trata de unificar secuencialmente la existencia de dieciséis generaciones, nacidas del mismo tronco, la mitad en tierra africana, la otra mitad en suelo estadounidense.
Gran parte de la literatura que nos viene en la actualidad está cocinada en los talleres de escritura creativa de las universidades. Es difícil deshacerse de una enseñanza semejante, más cuando se escribe una novela primeriza. No escapan a ella las incoherencias, pero hemos de resaltar los valores que contiene, tal el de abarcar vidas tan distintas, mostrar costumbres tan diferentes y construir imágenes sugestivas.
Sin duda, una autora a tener en cuenta (El viejo espera / Para llevarte a la libertad / Si sigues la calabaza para beber).

jueves, 25 de abril de 2019

Anécdotas y biografías

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Cuando alguien cuenta una anécdota de su vida, por sencilla que sea, suele atraer mi atención. A veces maldigo mi pérdida de audición ‒que achaco al ruido de las máquinas de la carpintería en la que trabajé durante años‒, pues me priva de escuchar relatos en los sitios más dispares, tal los trenes o las estaciones. Tal vez por ello, me digo, me atraen tanto las biografías y las autobiografías. En estos días de fiesta, paseando por las estribaciones del Moncayo (en el que ha nevado un poco en la cumbre), en los alrededores de mi pueblo, he estado disfrutando de dos libros de estas características. No sabría con cuál quedarme.
El primero es la biografía Emmy Noether. Una matemática ideal (2011), realizada por David Blanco Laserna, que editó Nivola en la colección La matemática en sus personajes. Su condición de mujer más la de judía le complicaron bastante la vida, pero aun así ha logrado una influencia que pocos matemáticos han logrado. Entre otros logros, Noether (1882-1935) dotó de una base sólida a la teoría general de la relatividad.
El segundo también corresponde a alguien emigrado, exiliado, pero se trata de una autobiografía, la de Atiq Rahimi (1962), titulada La balada del cálamo (2018), un despliegue de recursos en los que entran caligrafías (y calimorfías) y poemas para aderezar recuerdos y reflexiones. Cuerpo y palabras devenidas en dibujos, con una sensibilidad exquisita. Para mi sorpresa, habla del místico persa del siglo XV Rajab Borsi:
Los significados de las letras se encuentran
en la Inteligencia; sus modalidades sutiles,
en el Espíritu; sus formas se hallan en el
Alma; sus huellas están en el Corazón; su
fuerza enunciadora, en la Lengua; su secreto
configurador, en la Audición.
(Así que cada vez lo tengo peor).

miércoles, 17 de abril de 2019

Con los ojos de Jonna (literatura nórdica)

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En el otoño de 2018 llegó a las bibliotecas municipales de Burgos la campaña lectora que estaban promoviendo las embajadas de Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia por España. En ella incluían el libro de una autora y el de un autor de cada país, más un libro infantil, los cuales publicitaban en unas cartelas visibles en los pasillos, en las que se hablada de las vidas de las mencionadas. Casualmente, había leído en los meses anteriores un par de ellos (los cuales reseñé en la bitácora, así Tainaron,de Leena Krohn).

Me gustaron. Así que esta vez he cogido de la mesa de novedades La pequeña Jonna, de la danesa Kirsten Thorup (1942); nacida en la isla de Fionia, hija de un librero, utiliza en sus obras las experiencias infantiles que tuvo en el campo; fue la primera de su familia en ir a la universidad, en la que se licenció en Literatura y Filología inglesa, lo que le sirvió para instalarse durante una temporada en Inglaterra; vuelta a su país, donde es una autora reconocida desde la década del setenta, vive en Copenhague, y allí escribe poesía, teatro, cuentos y novelas.
También me gusta la pequeña Jonna (publicada como Baby, 1973). No es muy corriente encontrar una voz narrativa de una niña de diez años hablando de su existencia infantil, sin que se note que está creada por una persona adulta. Y, todavía menos, dar crédito a la voz de una niña describiendo la vida de mayores, incluso cuando transgrede los umbrales de credibilidad al ocuparse de situaciones en las que no está presente. No importa, de verdad. Todo lo que narra, ocurre. Y ahí está la hermosa y laboriosa Betty, su madre, y sus tres hermanos y su padre y la galería de hombres, mujeres y criaturas que desfilan en esta historia.

La mirada de Jonna focaliza la hipocresía de tanta gente honrada, y percibe su propia pobreza como un lastre existencial.

jueves, 11 de abril de 2019

En la penumbra (al resguardo de la lluvia)

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Cuando leo alguno de los párrafos-diálogos-monólogo de un par de páginas de Juan Benet (1927-1993), me pregunto si es que me sobra el tiempo. Tengo la sensación de estar en unos momentos que no tienen utilidad, que no sé dónde colocarlos en mi existencia. Pero vuelvo de vez en cuando a su escritura. Son escasas las ocasiones en que soy consciente de tumbarme sobre palabras que existen ahí, entre la mente y la arcadia literaria, y con Benet me suele suceder.
Ahora estoy con En la penumbra, publicada en 1989, una de sus últimas obras, cuya publicación coincide con la puesta en marcha de su propia empresa ‒él era ingeniero y había trabajado en varias obras, entre ellas la construcción del pantano de Porma (que desde 1994 se denomina Embalse Benet), en el que quedó sepultado Vegamián, el pueblo de Julio Llamazares‒. Ya la ilustración de cubierta me resulta un acierto: Día de lluvia (1906), de F. W. Benson (1862-1951).
La obra, iniciada y finalizada en octubre, presenta a dos mujeres mientras reflexionan sobre su vida; una de ellas entra en la madurez; la otra tiene cercanos los años de sazón. Al tiempo, esperan a un personaje desconocido que porta un mensaje para la mujer adulta (y, a la postre, también para la joven). En otros meses del año ‒mayo, junio, agosto y septiembre‒ se van sucediendo acontecimiento paralelos, que dotan a la novela de terreno en el que caminar.
Dice la publicidad editorial que es uno de los textos mayores de la narrativa contemporánea, en el que Benet alcanza la más alta de sus cotas, hasta logar una pieza maestra. Yo no digo tanto, pero ‒según he dicho‒ la disfruto.