miércoles, 18 de enero de 2017

Las taras de la literatura

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Hace casi cien años, en 1926, la revista francesa Les Marges realizó una encuesta a literatos y académicos de la época sobre «Las taras de la literatura actual», impulsada por Ernest Tisserand. Recibió 114  contestaciones, algunas de ellas de escritores conocidos, tal Henri Barbusse (1873-1935), cuya novela El fuego (basada en sus experiencias como soldado de la primera guerra mundial, que describe los padecimientos de quienes son enviados a las trincheras para defender una idea llamada patria) tanto influye en la juventud española coetánea.
Plantea el periodista aludido que después de la primera guerra mundial se han trasladado al mundo cultural modos de actuar en los ámbitos industriales, con los que se ha transmitido a la literatura una serie de lo que considera enfermedades, las cuales serían: 1. Los premios literarios, que corrompen a escritores y editores, industrializados durante la gran guerra (el Goncourt ya es de 1903); 2. La publicidad literaria, si las editoriales no invierten en promocionar, las obras se menosprecian, tano crítica como público (a pesar de sus deseos de calidad) quedan obnubilados por este brillo; 3. Las boutiques literarias (recepciones, magazines, casas de té), en donde se comercia, que dejan obsoletos los inofensivos cenáculos y los pequeños cafés; 4. La explotación comercial de lo que se tenía por vicios abyectos (la inversión sexual y la conversión religiosa), tan abundante en muchos libros.
La contestación de Barbusse se produjo en L’Humanité, en la que, además de estar conforme con el planteamiento de Tisserand, señalaba otras taras de su consideración, entre ellas, el monopolio de la información literaria y de las críticas por ricas casas (para él reaccionarias, como Larousse, cuyo diccionario consideraba parcial en sus definiciones).

Parece que el panorama actual cuenta con raíces.
[La ilustración es de Alex Colville]

jueves, 12 de enero de 2017

Inversión narrativa

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Me balanceo estos primeros días de enero, mientras paseo por el monte, entre la prosa de Bohumil Hrabal (1914-1997) y la de Sarah Waters (1966). Entre personajes hombres y personajes mujeres –¿acaso no es social toda literatura?–. Entre autor y autora. Entre un decir implícito, simbólico y un expresarse explícito, cercano (siempre con la frescura de lo literal a lo literario). Entre poco más de cien páginas y casi quinientas. Entre párrafos generosos que incluyen diálogos sin señales tipográficas y pequeños párrafos que acompañan a abundantes conversaciones señaladas en líneas aparte con su guión largo.
Tierno bárbaro fue escrito por Hrabal en 1973, después de que su autor fuera aislado por las autoridades que terminaron con la primavera de Praga. Es un canto al genio del pintor y amigo V. Boutník, que se quita la vida meses después de la ocupación de los tanques. «Y Vladimír seguía emocionado ante el árbol solitario y hablaba tiernamente: Igual que este árbol, todo en mis hojas está conectado a la tierra… este árbol para mí es de cristal, veo cómo la savia sube por el vidrio del tronco… observo exactamente adónde van las raíces y los vasos capilares, veo también todas sus fases en cualquier época del año… un poco de imaginación y todo se hace más claro y, por tanto, más humano». Por entonces, Hrabal vive solo en su casa en el bosque de Kersko.
El lustre de la perla, título dado aquí a Tipping the Velvet, está escrito en 1998 y narra la peripecia de una mujer, Nancy, cien años antes, entre sus 18 y 25 abriles –y ya conocemos el verso más famoso del siglo XX, «Abril es el mes más cruel»–. Mi vida no dio para tanto en esa edad, por lo que me rindo ante los abismos vitales en que se sumergen otras personas. Aquí, la protagonista ha crecido en un tranquilo lugar de la costa inglesa, pero es ese raro fruto de alguna ostra, y en un instante queda seducida por una cantante de mussic-hall, con la que inicia su vida independiente. Claro, es una novela, y por lo tanto hay traiciones. Buena vida, esclavitud, pobreza. De ese modo puede pasar a ser amante de las despreocupadas damas de la burguesía y aristocracia, sáficas en sus salones, Y de las avanzadas de la vanguardia obrera.
Ambas obras son exaltaciones de la extravagancia, negaciones de lo convencional, desesperadas bocanadas de libertad.
[Habrá quien haya visto la miniserie Tipping the Velvet].

viernes, 6 de enero de 2017

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Ya ha comenzado.
Con nieblas en los valles. Heladas en las noches. Sol en el mediodía.
Con ese anciano temblor de miedo en el descuido.
Con la mano extendida -hacia arriba- sin anillos, sin muescas.
Con la última lágrima derramada entonces.
Ligero, ligero, ligero...

Salud y dichosos días.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Dolor Placer (Armonía en la época del artificio)

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Despedimos el año con margaritas. La madre tierra nos las proporciona. A pesar de que la sometemos al extractivismo ‒término que acuñara en los 60, al describir los conflictos que enfrentaban a empresas mineras con comunidades andinas, el novelista peruano Manuel Scorza (1928-1983), editor de populibros, autor de poemarios como El vals de los reptiles, novelas como Redoble por Rancas en que se une el realismo social y la fantasía poética‒. En el buzón está el número de invierno de la revista Entrepueblos. Sí, recuerdo perfectamente cuando en julio eran asesinadas Lesbia Yaneth, en Honduras, y Gloria Capitán, en Filipinas, por ser activistas de sus pueblos frente a proyectos extractivos de corporaciones transnacionales, amparadas por gobiernos de turno, que utilizan la violencia. El metabolismo neocapitalista necesita de la transformación masiva de bienes naturales en productos de consumo o, simplemente, en objetos de especulación de los mercados financieros. (Además, en el caso de la mujer rebelde al defender su tierra, no solo desafía las normas, sino que transgrede los estereotipos).
Para estos días tenía reservado un libro bien distinto a estos asuntos. Que se balancea entre el placer de su exquisita prosa y la reflexión a que conduce su decir. Se trata de Lecturas y lectores, de Andrés Soria Olmedo. De Editorial Alhulia, ubicada en Salobreña, en la colección Mirto Academia (de Buenas Letras de Granada) ‒que ya sabemos: «Silencio de cal y mirto. / Malvas en las hierbas finas.», escribe Lorca en La monja gitana‒. Partidario como soy de escribir libertad con minúscula, puedo afirmar que esta es una obra magistral. Pues va de profesores/as y discípulas/os. «Prácticamente nada de lo que quiero decir hoy es original. Al contrario, se trata de propagar el virus saludable de la letra impresa; de repetir los beneficios y placeres ‒que en mi opinión son intensos y prolongados‒ de comprar libros, leerlos y recordarlos».

Llevaré la revista y llevaré el libro para trasladarme a 2017 por las laderas del Moncayo. Salud.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Regalo en La Recolectora (voces narrativas)

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Hablábamos el lunes pasado en el club de lectura de la variedad de voces narrativas que suelen tener los textos literarios modernos en una misma obra, según hemos comprobado este trimestre en los libros leídos. Así ocurre en Las hijas de Hanna de Marianne Fredriksson, en cuya historia la autora narra el devenir de una saga familiar ‒léase también el de Suecia‒ a través de tres mujeres, en distintos registros. Igualmente Elvira Navarro en La ciudad feliz se acerca a la vida de la inmigración china y a la de la adolescencia desde la visión de un niño venido del país asiático y una niña de barrio medio que contacta con un indigente (con los detalles de bisoñez que muestra en la desmedida utilización del su). Y en la misma línea se sitúa El padre de Blancanieves de Belén Gopegui, que concede un diario al personaje que más se mueve ‒Manuela‒ y empareja al resto en diversas secuencias.
Estábamos, también, con poemas de Stephen Dunn extractados de En otro momento (obra ganadora del Pulitzer en 2001), así Frotar: «Una vez vi a una pintora untar pintura negra / en un mal cielo azul, / después restregarlo hasta que esa mentira suya // desapareció. He visto hombres encerar coches / con tanto empeño que despedían luz. / Cuando era niño llevaba una piedra siempre en mi bolsillo, // pulgar e índice en complicidad / con el agua y el viento, acariciándolo día y noche […] Pero pocas cosas humanas pueden soportar / el ser frotadas demasiado ‒sé esto // y no puedo parar‒. Si la belleza acude / será sobresaltada, escondiendo cicatrices, / hecha de lo que apenas puede perdurar». Introducido con la frase de Jim Opinsky «Cualquier cosa que frotes lo suficiente / se vuelve bella».
Entonces abrió Casilda su bolsa y dijo «os he traído un regalo». Y ahí nos obsequió -abrió nuestra sorpresa, frotó nuestras manos vacías- con la figura alada de claro cerebro dulce corazón golera dorada y delicado frufrú. Agasajo contra la rutina y el desaliento.

Gracias.
[Composición de Luis Jiménez Ridruejo]

lunes, 19 de diciembre de 2016

El peor libro del año (encuesta)

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Leía ayer La Campana de Palo, periódico de Bellas Artes y Polémica, editado en Buenos Aires entre 1925 y 1927. Atractiva publicación, de estilo fresco, que ofrecía algunos textos inéditos, tal ¿En qué consiste la libertad verdadera?, de Tolstoy, en traducción de Alejo Abutcov (conocido compositor y concertista, con su violín de 1650, que logra escapar milagrosamente de las cárceles bolcheviques y se asienta en Argentina, donde pone todo su caudal al servicio de una colonia tolstoiana). Este quincenario, dirigido por Atalaya y Carlos Giambiagi, con textos de Álvaro Yunque y de León Felipe, como conocidos por aquí, publica alguna encuesta que resulta curiosa. No sé si hoy tendrían sentido.
La primera es al finalizar 1926, en que pregunta a una quincena de personalidades de las letras argentinas ¿Cuál es, a su juicio, el peor libro del año? A lo que contesta Alfonsina Storni: «Zogoibi, como toda novela solo para señoritas es francamente incoloro. No concibo de qué manera se han podido acumular tantas idioteces en un solo libro, superiores en cantidad y calidad a a las acumuladas durante cinco años de misticismo por mi querida amiga Raquel Adler». Y Jorge Luis Borges: «¡Amalaya con estas encuestas de Juicio Final! Pero la pregunta es linda y acogedora como sombrilla de alero, y me le voy a atrever. Zogoibi es un libro sobre el cual pesa la fatalidad del sino de su autor, hombre leído que ha escrito páginas llenas de hostiles zonceras, en las que no se encuentra ni un chelín de ingenio. Páginas baldías, huérfanas de la claridad de los patios. Páginas zumbadoras y pesadas como moscardón de campo a mediodía».
Más de una docena nombran a Zogoibi [o el desventurado, de Enrique Larreta, apodo con el que se conoce a Boabdil después de la pérdida de Granada], aunque no falta quien dice «En “prosiverso” los libros de Jorge Luis Borges», caso de Ernesto Mario Barreda.

La Campana de Palo [¿símil de nuestra bitácora?], una vez callado el «bronce armonioso y fúlgido de los remotos tiempos ‒mezcla alquitarada de metales nobles‒, convertida en insonoro y apolillado leño».
[Ilustración de Standstill]

martes, 13 de diciembre de 2016

El padre de Blancanieves (Belén Gopegui y otras fantasías)

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No hace mucho tiempo, en una ciudad mediana del Levante, se me acerca una mujer de aspecto agradable, con algo de misterioso descuido, y me pregunta de manos a boca «¿Has visto a mi esposo?,  hombre, ¿dónde puede estar ahora?». En medio de la sorpresa de la situación, de modo formal, le contesto «Señora, creo que se equivoca. Ni la conozco a usted ni conozco a su esposo». Con gesto enigmático, inclinándose ligeramente hacia mí, dice «Claro que lo conoces. Mi esposo es el zar de Rusia y está aquí de incógnito, esperando su momento. Y también sabrás de la familia imperial. Ella es la que me odia y persigue por ser yo tan hermosa, y quieren…».
En esa misma localidad, hace ya bastantes años ‒las dos únicas veces que he estado allí‒, conocí por breves momentos a una chica hermosa. Era novia de uno de los que trabajábamos en los hoteles en época veraniega. Por cualesquiera fatuidad de juventud, hice de Cyrano en alguna ocasión, pues este chico quería impresionarla con las pretendidas lecturas de las que se pavoneaba ante ella. Su incuria llegaba a que me pasaba las cartas de Isabela ‒que así se llamaba, y no voy a decir dónde vivía‒ para que le diera ideas al contestarla y no se ocupaba de que se las devolviera. Conservo cinco. En una de ellas escribe: «¿Tú sueñas? Yo sueño despierta… ¡Si fuera verdad todo lo que sueño!... Pero, como si fuera; me compenetro tanto con mis sueños que los creo verdad y vivo feliz…». Todavía no sé lo que hacía esta cenicienta con aquel adoquín.
El caso es que me proponía elaborar la entrada sobre el libro El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui (algo premonitorio en algunos aspectos al estar escrito cuando aún no había llegado la crisis), en el que nos plantea la posición que vivimos ante la marcha de la sociedad y si es posible y viable tomar alguna postura de compromiso.
Algo ha hecho que uniera a la mujer del zar a Isabela y a Belén. Tal vez aquellos versos de Eça de Queirós: «Sobre a nudez forte da Verdade / o manto diaphano de Fantasía».

Salud.