Con la Encarna convenía llevarse bien. Aparte de otras
consideraciones, era una de las pocas chicas de la escuela que podía permitirse
comer fruta todos los días y, dentro de ello, cerezas cuando llegaba la
temporada. Las traía en su cesta de lápices o las sacaba enredadas en sus dedos
para la merienda. En cualquier caso –dada su generosidad–, te cambiaba dos
racimos del preciado fruto por un buen puesto en los bancos del cine el domingo
o por un trozo de pan con vino y azúcar (pues su madre decía que el alcohol era
un atraso para las criaturas [sin que alcanzáramos a calibrar el alcance de
aquello por entonces]). El asunto es que, una vez conseguidas, nos poníamos los
zarcillos de cerezas y caminábamos con orgullo ante nuestro público, levantando
olas de envidia, por lo que había que estar ojo avizor ante tanto depredador.
Y aquí, en esta calleja adoquinada, compro un bozo de
cerezas para la Bibliotecaria. Nos ponemos nuestros rojos pendientes y caminamos mientras le recito
de memoria –¡tanto me apasiona!– aquella letra que escribió Jean-Baptiste
Climent (la que musicó Antoine Renard en 1866) y que parece que la cantó un
soldado a una enfermera asesinada en la mañana del último día de la Comuna deParís (1871) en la barricada de la calle Fonteneauroi:
Cuando estemos en el tiempo de las cerezas
el alegre ruiseñor y el mirlo burlón estarán de fiesta.
Mujeres hermosas tendrán la locura en la cabeza
y los enamorados, sol en el corazón.
Cuando cantemos en el tiempo de las cerezas
silbará aún mejor el mirlo burlón.
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas
cuando vamos los dos a cortar soñando
pendientes para las orejas…
Cerezas de amor iguales que rosas
que caen bajo el follaje como gotas de sangre…
Pero es muy corto el tiempo de las cerezas,
pendientes de coral que se cortan soñando.
Cuando estemos en el tiempo de las cerezas,
si acaso tememos las penas de amor,
evitemos a las hermosas mujeres.
Yo, que no les temo a los grandes dolores,
no viviré ya un día sin sufrir…
En el tiempo de las cerezas,
vosotros también penaréis de amor.
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas.
Es de ese tiempo del que guardo en el corazón
una herida abierta.
Y aunque se me ofreciera la dama Fortuna,
no podría jamás calmar mi dolor.
Por siempre amaré el tiempo de las cerezas,
y el recuerdo que guardo en el corazón.











