viernes, 27 de marzo de 2015

Alergia en los papeles

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Las alergias suelen advenir en momentos inoportunos, al menos eso es lo que sucede en lo que a mí respecta, tal como ha sido esta mañana con los repetidos achís que me han llegado durante toda la entrevista que tenía para un asunto de cierta importancia. ¡En fin! Maguer la que más rabia me da es la del papel, tratándose de alguien que trabaja en bibliotecas. Hay documentos antiguos o libros compuestos de materia prima degradada (léase química) que despiden efluvios que me producen esa irritación nasal tan estruendosa. De ahí que, en casa, cada vez que hay que mover alguna estantería, suelen salir algunos ejemplares que condeno a las cajas cerradas en el desván.
Este fin de semana le ha tocado a dos a los que aprecio ‒algo que es de lo más corriente cada vez que lo hago‒: Los tónicos de la voluntad, de Ramón y Cajal, y Tratados morales, de Séneca. Los dos son de Colección Austral (comprados en mercados de segunda ocasión), aquella de los puntos de colores, editados en tiempos en los que el papel dejaba bastante que desear.
Cajal elaboró un discurso de ingreso para la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales a finales de 1897, que el científico Enrique Lluria costeó de su bolsillo para repartir entre su alumnado y gente con inquietudes académicas, pues como reza el subtítulo son Reglas y consejos sobre investigación científica, los cuales abrieron un horizonte que lo convierten en imprescindible para cualquier biblioteca personal que se precie. No en vano, además de las ediciones habidas hasta 1940 (y los de otras editoriales), en el año siguiente lo incluye Espasa Calpe en la colección susodicha, llegando ahora a la 23.ª edición. El texto previene la «creencia (desgraciadamente profesada todavía por muchos de nuestros catedráticos, ignoro si con sinceridad o a título de expediente cómodo para cohonestar la propia pereza) de que las conquistas científicas no son fruto del trabajo metódico, sino dones del cielo, gracias generosamente otorgadas por la Providencia a unos cuantos privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las naciones más laboriosas, es decir, Francia, Inglaterra, Alemania e Italia».

También de los años sesenta, cuarta edición, es el volumen que había conseguido en el Rastrillo de Séneca, en el que releo con especial satisfacción el libro tercero, De la tranquilidad del ánimo. Texto que se ha vuelto difícil para el tono de literatura que solemos leer, pero que compensan largamente el esfuerzo requerido. A los que mudan con frecuencia, «cáusales la vergüenza interiores tormentos, y los deseos que se ven encarcelados en sitio estrecho y sin salida, se ahogan: de que resulta el entristecerse y marchitarse, por estar contrastados de infinitas olas de la incierta determinación que los aflige, en que les tienen suspensos las cosas comenzadas, y tristes las lloradas».

lunes, 23 de marzo de 2015

Bocados exquisitos

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Lo habían dejado boca abajo en la mesa de novedades de la Biblioteca del barrio. Distrayéndome, levanté la parte de atrás de la cubierta al tiempo que hacía un abanico con las últimas hojas y ¡oh, sorpresa! estaban en blanco. Algo tocado, cogí el libro y las conté: cuatro hojas, ocho páginas, más las dos de cortesía, dedicadas al silencio, inmaculadas, dejadas por la editorial en ese espacio en el que suele incluir listados o publicidad de sus publicaciones. Sin dudarlo, aun sin leer el título, lo llevé en préstamo. «¿Te gusta este autor?», me dijo el que atendía el puesto al que acudí en el mostrador. «Si te digo la verdad, no he mirado de quién es», contesté, y me miró extrañado mientras lo desmagnetizaba y mientras me arrepentía de mi sinceridad. La Bibliotecaria, que estaba en el puesto de al lado atendiendo el montón de cuentos, música y películas de una familia, sonrió.
En la tienda, al tiempo que llenaba la cesta de la compra, con el libro encima, me fijé en la fotografía que destacaba entre las manzanas, el pan y las anchoas: una mesa atestada de papeles, estampas, cajitas y hasta una taza, un despertador y una bombilla. Al llegar a casa –necesitado de apartamiento– le di la vuelta y leí el título: Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumi Hrabal (1914-1997). O sea que era eso, me estaba esperando el libro del autor del que había leído hacia tiempo que afirmaba haber vivido solo para escribirlo.
«Hace treinta y cinco años que trabajo con papel viejo y ésta es mi love story. Hace treinta y cinco años que prenso libros y papel viejo, treinta y cinco años que me embadurno con letras, hasta el punto de parecer una enciclopedia, una más entre las muchas de las cuales, durante todo este tiempo, habré comprimido alrededor de treinta toneladas, soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo…»

¿Cómo describir la existencia de Haňt’a en el sótano donde pasa la vida trabajando? Allí ve las profundidades de la sociedad y escucha a lo lejos los combates a muerte (que nunca cesarán) entre las personas, capitaneadas por gente que anula (y dirige) al resto. Las apariencias avanzan racionalmente. Haňt’a resiste con el alcohol, con la amistad y con la belleza.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Violetas de marzo

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Los colores no existen, dice la ciencia. Pero vuelvo al final de este invierno a mirar las violetas en el arriate de la Isla, como cada año. Tampoco es que sean violetas, son vincas. No importa. Al igual que los sauces, si cierras los ojos, muestran aquí los almendros de hoja verde, los cerezos en flor del Sur. Dos borrachos del barrio se recuestan en la rivera, a unos metros apenas, sabiendo que son parte de la tribu, su delirio les da personalidad y cadenas. Medea me acompaña porque supone (y acierta) que estos días tiendo a sentirme culpable del frío de estas tierras. Ovidio se acerca, se queda mirando al abejorro que liba en las pequeñas flores y, algo ensimismado en el vuelo circular, nos pregunta el camino del mar.
Soledad Zurera escribió hace un tiempo La blusa violeta, vistiéndola en el poemario de su viaje a los espacios de la infancia (que publicó la colección Barrio de Maravillas):
Me observo en el espejo tras la blusa violeta.
Yo era una muchacha pobremente vestida.
Llevaba cántaros de agua en las manos
Y cantos de perdices en las trenzas.
Ahora llego a desabrocharme la blusa violeta;
Aquí, en la tapia en que florecen los jazmines;
Recorres los botones desabrochados de la blusa violeta:
La calle que habitabas tan distinta y tan distante.
Triste tiene la mirada la mujer de la blusa violeta:
La música que suena es distinta a su música:
Retornan a ser los mismos vencejos de la infancia.
La otra tarde llevaba mi misma blusa violeta.
Queda el rastro de una rosa en el ojal de la camisa;
Sobre los botones blancos de una blusa violeta.

viernes, 13 de marzo de 2015

Las meninas (en cómic)

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Resulta bastante difícil hoy en día pararse a contemplar Las Meninas. Nos referimos a poder mirarlas con detenimiento, esperando que el cuadro ‒el espejo, la llave‒ nos vaya mostrando lo que contiene, su verdad, algo que requiere lentitud, complejidad y memoria, y que, en compensación, reporta libertad y capacidad de elección. Pero, como escribe Argullol, ver arte se está pareciendo a leer libros. La sala del Prado dedicada a Velázquez es un avispero del que entra y sale continuamente gente deseosa de sonreír con el cuadro detrás para que les recuerden en ese momento tan “especial”. Nadie que desee permanecer en silencio, en soledad frente al pintor, el perro, las infantas y demás elementos verá satisfecho su deseo.
Por ello, se agradecen iniciativas como las de los ilustradores Santiago García y Javier Olivares, que elaboran la novela gráfica Las meninas (Astiberri, 2014) y la comienzan con aquella frase de Gracián en Oráculo manual y arte de prudencia: «Todo necio es persuadido y todo persuadido es necio». Un cómic en el que se intenta explicar el nacimiento de esta obra perenne en la que se hace un recorrido por la vida del pintor sevillano, aposentador del palacio real en Madrid, cuyo genio le mantuvo en una insulsa corte, al pensar que el arte ennoblece y proporciona dignidad a las personas y no al revés.
¿Es nombre de mujer el apellido Velázquez? No nos lo parecía, pero Helen Velázquez Chase así se llamó, después de que lo decidiera su padre, el pintor William Merritt Chase (1849-1916), gran admirador del español, a cuya hija pintó en varias ocasiones de menina. Y no han podido librarse de su influjo Dalí, Alonso Cano, los Madrazo y hasta el mismísimo Picasso. Por no hablar de pensadores como Foucault o escritores como nuestro apreciado Buero Vallejo (que, precisamente, escribe una obra de teatro Las meninas).

Trazos sugestivos, variados y sugerentes los de esta obra.

lunes, 9 de marzo de 2015

El Santero de San Saturio (Gaya Nuño sobre el río)

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Ayer mañana paseábamos por la orilla del río. Una pareja de garzas ‒las primeras que hemos visto en este año‒ jugaban contra la corriente. Según andábamos, Daniela leía Medea, de Eurípides, en el pasaje de los monólogos dialogados que esta y Jasón mantienen sobre el modo de vivir conforme a tus intereses o a tus principios, mientras el agua sonaba rumorosa en los suaves desniveles del cauce. De pronto, la figura de una lámina rodante transparente sobre la piedra lisa y alargada en la que había posado una de las garzas me recordó uno de los dibujos que sobre su estancia en el ejército republicano realizó Juan Antonio Gaya Nuño hacia 1937 en la zona de Guadalajara.
Seguramente fue por afinidad, pues Gaya Nuño también es de un pueblo de Soria, en su caso de Tardelcuende, donde nace en 1913. Al inicio de la guerra, en 1936, ya ha presentado su tesis doctoral sobre el románico en Soria, en la universidad madrileña. Allí se entera de que los sublevados han asesinado a su padre, que era médico. Terminada la contienda, pasa por diversos penales, entre ellos el deValdenoceda, al norte de Burgos, lugar donde mueren 150 presos de hambre y frío. Allí, junto a otros treinta, realiza un gesto de valentía al negarse a comulgar obligatoriamente ante los jesuitas que venían a catequizarlos desde Oña. Sería enviado a Las Palmas.
Miembro de la Hispanic Society de Nueva York y del Instituto de Coimbra, Gaya fue paradigma de eruditos, críticos e historiadores apasionados por el arte español. Monografista de Murillo, Goya, Velázquez, Zurbarán, Morales, Fernando Gallego, Cossío, Picasso, etc., y creador de una prolífica obra multidisciplinar con 70 libros, y más de 700 publicaciones breves, folletos, separatas, artículos, prólogos, ensayos y decenas de ediciones, entre ellas la más cualificada Historia del Arte español publicada en nuestro país.

Ayer, en esa mañana, con las garzas y la corriente, recordé la impresión que me quedó al leer por primera vez El santero de San Saturio, pues le tiraba mucho escribir obras de ficción. (En realidad iba a hablar en esta entrada de ello, pero me he liado con asuntos paralelos, así que lo dejamos para otra). Juan Antonio Gaya Nuño falleció en 1976. En palabras de su esposa, Concha de Marco, «Nuño significa la imposibilidad absoluta de doblegarse ante nada ni ante nadie».

miércoles, 4 de marzo de 2015

El momento de la muerte en los haikus y en Japón

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La literatura es pródiga con la muerte. Quien escribe, en numerosas ocasiones, no tiene más remedio que llevar a sus personajes de la mano hasta su final. Y ahí aparecen algunas discrepancias, reveladoras del ser de cada cual. A Madame Bobary Flaubert le hace, sencillamente, “dejar de existir”. Milton muestra a la Parca cortando el hilo de la vida con las tijeras en El paraíso perdido, en consonancia con las creencias populares. Iván Ilich ve luz al final del túnel, pues Tolstoi es un creyente en el más allá. El realismo mágico suprime la frontera entre vida y muerte, entre tiempo y espacio, ofertando con la palabra (escrita) lo que no proporciona la vida; no otra cosa vemos en Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Pero lo sorprendente para una mente occidental es la costumbre japonesa de los jisei o palabras de despedida o haikus de muerte (que también pueden ser tankas), compuestos por condenados a muerte antes de que la horca les siegue la vida. Siguiendo la indicación de las antiguas enseñanzas: «¿Estás preocupado porque te hallas a punto de morir dejando tantas cosas inacabadas? Entonces sé valeroso, y compón un poema sobre la muerte».
Uichi, ejecutado a los 27 años, escribe:
Carta de madre.
El cúmulo
Empieza a derrumbarse.
Sookan Yakamazi (muerto hacia 1450), por su parte, dice:
Si alguien preguntara
adónde ha ido Sookan,
decid tan solo:
«Tenía cosas que hacer
en el otro mundo»
Y Nishi Takeo, ejecutado a los 61 años, que insistió en su inocencia hasta el último día:
Quisiera gritar
como si rompiera
la luna llena de kan (período frío entre invierno y primavera).
El conmovedor aliento de estos poemas lo transmiten Elena Gallego y Seiko Ota en Haikus en el corredor de la muerte (Poesía Hiperión, 2014), incluido el epílogo y notas que acompañan a la edición.

[La pena de muerte en Japón es legal y se ejecuta en la horca].

viernes, 27 de febrero de 2015

Amores (sexo) y estimulantes (adicciones) en la poesía de Edna St. Vincent

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Ni siquiera es pregunta de concurso televisivo. Poca gente tiene en la memoria que la primera mujer en recibir el Pulitzer (instituido en 1917) es una poeta, Edna St. Vincent Millay (1892-1950), en 1923, la cual era muy apreciada por el público y gozó de la fama y sus secuelas como pocas, pues hacia 1930 ganaba 20.000 dólares anuales solo de los beneficios de su poesía, a lo que hay que añadir en determinadas épocas otros ingresos, como el proporcionado por el libreto de la ópera The King’s Hencman, que le reportaba unos 100 dólares diarios.
Olvidada hoy y apocada en sus últimos años. Desde la universidad (a la que llega por el patrocinio de una dama, pues ella es de origen humilde), allá por donde pasa, va dejando un puñado de amantes y un montón de admiradores. Los años veinte le son propicios para sumergirse en una vida del momento, de las sensaciones, de los anhelos, que va llenando en las fiestas y en los amaneceres. Así que escribe:
Mi vela arde por ambos lados;
No durará toda la noche;
Pero, ah, mis amigos, y ah, mis enemigos:
¡da una luz tan hermosa!
Desde hace cincuenta años consumimos literatura sociable (que no social), nacida de la estética y el desahogo personal (que no digo que no sean válidos), falta de ese punto canalla, de ese hacer «desde la vida gestos desesperados para existir en la escritura» (como decía Valente sobre Panero), en donde no se sabe si la literatura lleva a la realidad o la realidad a la literatura. Edna, que estuvo unos días presa por oponerse a la ejecución de los anarquistas Sacco y Vanzetti en 1927, se meció en esta corriente. Tal vez sus pulsiones, tal vez su rebeldía, tal vez su debilidad… el asunto es que en su última década (cuando escribía versos contra el nazismo) necesitaba suministrarse tales dosis de morfina, de alcohol y de tabaco que ya no suscitaba suficiente admiración como para conseguir fácilmente amantes y tranquilidad.
Solo su marido, el empresario Eugene Jan Boissevain, aporta calma a su existencia, sin preocuparse de las relaciones de ella. Pero muere de enfermedad en 1949 y, un año después, el corazón maltrecho puede con la poeta.
Seguras sobre la firme roca se levantan las feas casuchas:
¡acercaos a ver el brillante palacio que alcé sobre la arena!

[Agradecemos el artículo sobre ella de Andrés Catalán en Clarín, núm. 115].