lunes, 14 de enero de 2019

Benaiges, Bañuelos de Bureba, Freinet

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Acaba de publicarse Escritos de vida. Publicaciones de los niños y niñas de la Escuela de Bañuelos de Bureba 1935-1936, facsímil de los trece cuadernos que se elaboraron e imprimieron en la citada escuela durante año y medio. En un lugar que no disponía de luz eléctrica ni de agua corriente ni de comercio estable, con un camino que lo unía al pueblo cabecera de comarca de Briviesca tras una caminata de dos horas, de pronto se formó un manantial de agua clara y un generador, que, inesperadamente, continúa expandiendo un fresco resplandor que renueva a cuantas personas se acercan a él.
La Asociación Escuela Benaiges, creada en 2013, lleva unos años laborando en Bañuelos de Bureba (Burgos) en la remodelación de la escuela del pueblo, algo que casi tiene finalizado, y en la recuperación de los trabajos que con la técnica Freinet de la imprenta se realizaron en la misma en los cursos escolares de 1934-1935 y 1935-1936. En este caso, bajo la promoción de J. Viadas y J. A. Abella, se han realizado estos facsímiles que respetan el color del papel original y el diseño de los cuerpos y tonos de las letras. Una joya. Corresponden a seis ejemplares de la revista Recreo; tres ejemplares de la revista Gestos (la de parvulario); y cuatro ejemplares de cuadernos exentos: El mar, El retratista, Sueños y Folklore burgalés.
El impulsor de aquella obra fue un maestro ─torturado y asesinado en julio de 1936─, Antonio Benaiges Nogués, sobre el que la Asociación ha editado hace apenas unos meses un pequeño folleto debido a la pluma de Ignacio Soriano.
Imposible resulta recoger en unas páginas tanta vida, pero ahí queda para abrir nuestra existencia hacia…

martes, 8 de enero de 2019

Pop-art (de mujeres)

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Cuando estudiábamos la asignatura de arte, Renata, una chilena (de la que creo recordar que su padre era diplomático), trajo al grupo de estudio nocturno ─o lo que fuéramos─ un álbum en inglés de dicha tendencia pictórica. Con respecto a los manuales que manejábamos, la particularidad de aquella obra es que dedicaba un capítulo a mujeres pintoras, las cuales se quejaban ya en su tiempo de que no había demasiado espacio para la mujer en el pop art, excepto la repetición de Jackies o Marilynes, además de las asimiladas a las tecnologías del hogar o las contracepciones.
En dicho libro figuraba la artista belga Evelyne Axell (1935-1972), fallecida no hacía mucho, de la que fotocopié el cuadro El hermoso mes de mayo (1970), el cual puse (bajo plástico) en la cubierta de la carpeta que utilizaba para llevar los apuntes. Ahora, al tener entre mis manos el reciente Pop Art (2018) de Claudia Frigeri, he recordado aquellos detalles, además de volver a ver a otras artistas del momento, entre las que destacaría a Martha Rosler, que en la serie “Body Beautifull o la belleza no conoce el dolor” se atrevió a denunciar la mercantilización que hacía Playboy ─tan en candelero entonces─ del cuerpo femenino.
También estaba allí Eulàlia Grau, artista española, con la serie “Etnografies”, denuncia de los excesos sociales, de lo que nos sorprendíamos. Y la profusión de “Objetos” de Jana Zelibská, tan perturbadores. Con la visión (no feminista) de Rosalyn Drexler al mostrar la violencia masculina sobre lo femenino, y las figuras aisladas de Marisol en La Fiesta (1965-1966) y su crítica al vacío de la moda.

martes, 1 de enero de 2019

La bisnieta (cuatro generaciones)

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Águeda, Armonía, Rosa y Carmen conforman una saga hereditaria contra la anhedonia en este relato inaugural de 2019:
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«Ha cantado como los ángeles. Las compañeras de voz han sentido ese temblor en el coro. ¡Vaya!, y Carmen es aún tan joven. Ella no sabía que la templanza expansiva provenía de las cuatro generaciones.
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»No se movió. El dolor era caliente. Amparada en su rostro aniñado, Águeda había desobedecido la orden de que las mujeres abandonaran el frente y, ahora, la aciaga fortuna le alcanzó en el muslo izquierdo con la metralla de un obús.
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»Desde niña aguantó las burlas del vecindario. La cojera de su madre le impedía permanecer en las colas de racionamiento, por lo que era ella, Armonía, quien lo hacía, y allí apreciaba los rechazos. Por lo mismo, apenas pudo, dejó la escuela.
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»Rosa nació con la libertad en las calles. Su madre se empeñó en que ella sí estudiara en serio, lo que no le supuso gran esfuerzo, pues disfrutaba en las clases de la universidad. Ahora, a su hija, le gusta cantar».

domingo, 23 de diciembre de 2018

Mano con mano (contra el dolor)

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Salud.
Escribe Almudena Guzmán (1964) en El príncipe rojo (2005):
Quien hace del dolor ajeno
impasible,
rentable y vanidosa inspiración,
no debería pasar a la historia
ni como hombre ni como poeta.
Hombres y poetas hay pocos.
Raposas entre las viñas los más.
Pero no nos asomemos al solsticio de invierno solo con bagaje pesimista. Alentemos (como hace Márcio Faraco ahora en Brasil, con la que les está cayendo) venturas para los días venideros.
Más Salud.

lunes, 17 de diciembre de 2018

El peregrino querúbico en Borges

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Se me han vuelto a cruzar dos libros (al igual que en la anotación anterior). Llevo un tiempo con una selección de El peregrino querubínico (o querúbico) de Angelus Silesius (1624-1677), poeta y místico germánico (aunque Breslau, hoy sea polaca), que ya de estudiante publicó unos poemas con su seudónimo. Después, en las universidades de Estrasburgo y Leiden, estudió medicina y otras ciencias, y se introdujo en la mística judía o Cábala, en la alquimia y el hermetismo, en un ambiente en que los Países Bajos recibían a grupos disidentes perseguidos en Europa. Terminó de licenciarse en Padua en 1648. Vuelto a su ciudad, se le nombró médico de la corte, la que tuvo que abandonar cuando comenzó a tener visiones y criticar el luteranismo, lo que le volcó a convertirse al catolicismo y hacerse franciscano (con el nombre adoptado). Trabajó para el príncipe-obispo y, tras 1671, se retiró, legando sus bienes a orfanatos al morir. Su obra más conocida es El peregrino querubínico (1657), colección de 1676 epigramas en pareados alejandrinos, que exploran la mística y el quietismo, y cierto panteísmo. Admirado por Schopenhauer, Wittgenstein, Heidegger o Cioran, además de Goethe, Rilke y Borges.
Precisamente, el segundo libro mencionado es El Aleph, relación de cuentos que Borges (1899-1986) publicara en 1969. El argentino, ya en su juventud, supo de Silesius ‒a través de una mención de Schopenhauer‒ y adoptó su (cierto) panteísmo y su tendencia a la mística, lo que reflejan repetidamente sus obras y (en su momento) las numerosas conferencias en las que intervenía. En estos cuentos, por ejemplo, Asterión recibe sin apenas oposición la muerte o el poeta David Jerusalem nace en Breslau o aparecen las monedas (del alma) o…
Borges alabaría en múltiples ocasiones la noción de poesía del silesio: «La rosa es sin porqué / florece porque florece. / No se cuida de sí misma / no pregunta si se le ve». Y gustaba de finalizar sus intervenciones con el epigrama final: « Amigo, ya basta. En caso de que quieras seguir leyendo, sé tú mismo el libro y tú mismo la esencia».
Confluencias de la estética de la inteligencia.

martes, 11 de diciembre de 2018

Del Libro Rojo a Sprinters (de Centroeuropa a Chile)

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Comienzo a leer El libro rojo (o Liber novus)de Carl Gustav Jung (1875-1963), texto (inédito) ampliamente citado, que no ve la luz hasta cien años después de escrito ─lo fue entre 1913 y 1930─. No dispongo de tiempo para dedicarme a él con detenimiento. Tampoco sé hasta dónde estaría dispuesto a emplearlo, pues su contenido es críptico para una mente del siglo veintiuno. El atractivo lo tiene en que trae a mi presencia aquel Recuerdos, sueños y pensamientos (1964, elaborado con Aniela Jaffé), que tan sugerente fuera al caer en nuestras manos. Antes, cuando este psicólogo escribió Liber novus ya era una personalidad reconocida. Pero, en ese tiempo, la literatura y la psicología no habían establecido límites precisos entre ellas, y eran objeto de experimentaciones continuas (al igual que sucedía en las artes visuales). Se trataba de explorar y describir la gama completa de experiencias internas, aparecidas en sueños, visiones y fantasías. De ahí que necesite su lectura una dosis notable de paciencia y voluntad.
Esta pereza hacia lo pasado ─a dialogar con el mago Filemón─ es lo que me ha inclinado a leer Sprinters (2018), de la chilena Claudia Larraguibel (1968). Tampoco es que se salga indemne de la aventura por este libro, al atravesar las diversas épocas de Colonia Dignidad, establecida en Chile en 1961 por alemanes, que llegó a ser poderosa (con su propio aeródromo), envuelta en negocios ilegales, y que se haría tristemente famosa durante la Dictadura de Pinochet, pues albergó un campo de internamiento y torturas. Presentado como novela, contiene elementos de no ficción, como testimonios de quienes vivieron en esta colonia, y otros intermedios, como el guión de varias escenas de cine que la autora había escrito con el propósito de que se rodara una película (abandonada, a la postre, por la productora).
Al haberse escrito en varias ocasiones sobre la actuación de los jerarcas de la colonia en tiempos dictatoriales, C. Larraguibel intenta una narración desde el interior de la misma, apoyada en personajes que pudieran vivir en la disciplina de esa comunidad, en cuya cúspide se hallaba el todopoderoso promotor ─el tío Paul (Schäfer)─, al que servían día y noche un grupo de niños (llamados sprinters), que utilizaba para saciar su pedofilia en los abusos sexuales (de lo que se rodó en 2013 el documental Los niños de Paul Schäfer).

miércoles, 5 de diciembre de 2018

El libro de los libros (Buchholz)

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Sabía que llegaría el día en que me pusiera a escribir sobre él. Me lo enseñó una amiga alemana, hará unos veinte años, en Madrid. A ella se lo habían regalado por Navidad; recuerdo la época porque la asocié con la ilustración del camarero con la bandeja de libros en un paisaje de nieve; nunca había visto un dibujo así (frente a tantos en que aparecen esparcidos los libros por agua, hierba, cielo, carreteras, etc.). No entendí el texto porque estaba en alemán (a pesar de que tiempo atrás, por trabajos veraniegos, había aprendido algo de este idioma); ahora veo que es el escrito por Michel Tournier, referido a «El último día de George Simenon».
Se trata de El libro de los libros. Historia de imágenes, publicado hace un par de años en español, sobre la edición príncipe de 1997, realizada en Múnich. Un año antes, el escritor Michael Krüger distribuyó entre colegas de cierto renombre de diversos países cuarenta y seis ilustraciones (diferentes) del reputado dibujante Quint Buchholz con el fin de que elaboraran un breve texto sobre ellas. La temática de las mismas era común: el libro. Para su sorpresa, pasado un tiempo, recibió cuarenta y seis contestaciones con los encargos cumplidos, que muestran ─¿cómo no?─ aspectos de la escritura y la lectura.
Por España, si no hierro, hablan Ana María Matute, José Agustín Goytisolo (en poesía), Ana María Moix (en poesía), Javier Tomeo, Carmen Martín Gaite, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Gustavo Martín Garzo y Javier Marías.
El conjunto es un tentador volumen de imágenes y palabras, que finalizan en el descubrimiento de la luz, el lugar esencial donde nace un cuadro ─no en la inspiración que llega de no se sabe dónde, según nos cuentan, ni en la genialidad de quien lo pinta─ y donde desaparece un artista.