domingo, 16 de septiembre de 2018

Sobrevivir con la muerte de Charlie Hebdo (Levedad)

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Una joven ilustradora de 25 años, Catherine Meurisse, es contratada, ante su asombro, para la plantilla de la revista que admiraba, Charlie Hebdo. Diez años más tarde, la mañana del 7 de enero de 2015, después de pasar una noche en vela a causa de un desengaño amoroso, se levanta desoyendo al despertador y llega con bastante retraso a la reunión del equipo de redacción de los miércoles. En el intermedio, los hermanos Kouachi han entrado en el local y perpetrado un atentado (que ella llama matanza).
Para quienes, de una u otra forma, salvaron la vida, les cayó plomo en las alas; al modo de Pompeya, la existencia les quedó petrificada. A partir de ese momento comenzaban los días negros, al lado de una escolta permanente y sometiéndose a diversos tipos de terapias. Aunque solo la voluntad de cada cual, entre la ayuda mutua, irá abriendo pequeñas ventanas de luz. Fundamentalmente, con la búsqueda de la belleza ─«Soy hermosa, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra», les decía Baudelaire─, en un camino contrario al de Stendhal («Primero el desvanecimiento interior, debido al shock del atentado […] Alejado ya el caos, la razón se reanima y se recupera el equilibrio junto con la percepción […] Esa belleza que me salva, devolviéndome la levedad»).
En febrero de 2016, Catherine termina el álbum que acabo de ver y leer, en el que dibuja y escribe el devenir de ese tiempo. La amistad y la cultura o, lo que es lo mismo, la belleza, les hacen llevadero el peso de los mil años que, en un instante, les habían caído.
En realidad, es hermoso este libro.

lunes, 10 de septiembre de 2018

El guardia, el poeta y el prisionero (Yun Dong-Ju)

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Lo cojo lo dejo lo retomo lo orillo levemente… Así he estado con este libro del surcoreano Lee Jung-Myung, El guardia, el poeta y el prisionero (2014), construido sobre tópicos ‒la quema de libros, el guardia cruel que se humaniza con la poesía, la memorización de textos, los palimpsestos, etc.‒ y, al tiempo, engranado sobre unos personajes definidos, que en muchos momentos muestran profundidad, además de ambientarlo en la cárcel japonesa de Fukuoka en los años 1944 y 1945. Entre sus temas, el de la lucha del pueblo coreano por zafarse del yugo imperialista japonés.
Una notable parte de la trama la sustentan un guardián, carcelero despiadado ‒obediente‒ que será asesinado en circunstancias oscuras, y el poeta coreano Yun Dong-ju (1917-1945), el cual había estudiado en universidades japonesas, para lo que tuvo que cambiarse de nombre, lo que le producía una vergüenza tal, que impregnará sus poemas. A causa de experimentos médicos con sustancias químicas, el poeta fallece en febrero de 1945. No había publicado nada en vida, pero en 1948 se editaron juntos, bajo el título Cielo, viento, estrellas y poesía, los tres manuscritos que había dejado (que vieron la luz en español en el año 2000).
Sus poemas tuvieron un gran impacto. Combinaban ingenuidad, belleza y resistencia.  La otra patria: «La noche de mi regreso a casa / mi sombra me sigue y se acuesta a mi lado. // Mi habitación oscura conduce al universo / y el viento me sopla en la cara desde algún sitio, desde algún cielo. // Contemplo la sombra que se marchita dulcemente en la oscuridad. // ¿Soy yo el que llora? // ¿O la sombra? / ¿O mi alma bella? // El perro fiel / ladra toda la noche a la oscuridad. // El perro que ladra a la oscuridad / debe de perseguirme a mí. // Corre, corre, / corre como un fugitivo. / Huye de la sombra, / ve en busca de otra patria hermosa».

martes, 4 de septiembre de 2018

Migrantes en el pueblo (tierra adentro)

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He estado unos días en el pueblo (Castilruiz, Soria). Cada vez que voy allí por estas fechas, me pregunto por qué llaman así a los girasoles, pues sus cabezas amarillas siempre están mirando al este, sin moverse. Sea como sea, son un regalo para la vista, al igual que las golondrinas rondando los montones de trigo en los alrededores del silo, las campánulas entre los juncos, los ciervos acercándose al barranco húmedo, las espigas despistadas en las laderas de los ribazos o las mariposas volando entre la hierba.
Pero ni aun allí podemos evitar los ecos de la migración, de su tragedia. Leo en los caminos el libro Tierra adentro. Vida y muerte en la ruta libia hacia Europa (2018), del periodista Karlos Zurutuza (1971), que lleva viajando a Libia desde los momentos de la primavera árabe de 2011. El panorama actual del país no puede ser más desalentador. Una serie de ciudades-estado se disputan este comercio humano en el triángulo de Lampedusa (con Misrata y Sabrata).
Un mundo cambiante, al que el propio periodista no se atreve a poner reglas, pues las empalizadas en las que se asientan pueden variar ‒de hecho, lo hacen‒ en cualquier movimiento interno o externo. Las ramificaciones de la actividad costera llegan (o provienen) hasta las ciudades de desierto (Sabha o Gatroun), controladas por tuaregs o por tubus, a los que se unen los bereberes del norte o el ISIS.
Aquí me entero de que subirse a una patera es la menor de las adversidades que enfrentan durante meses (o años) quienes vienen en ellas.
[La pintura es del escritor sirio Omar Delawer].

miércoles, 29 de agosto de 2018

La paloma, cartas desde la ciudad (Leena Krohn)

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Una paloma ha anidado en el aféizar de la ventana de la biblioteca en este mes de agosto. Inusual. La primera vez que ocurre algo semejante en este mundo de estanterías. Ello me remite a uno de los libros que leo este verano: Tainaron, cartas desde otra ciudad (1988) de la finlandesa Leena Krohn (Helsinki, 1947), autora reconocida en su tierra de novelas, cuentos, literatura infantil y ensayos, que elige un dístico de Angelus Silesius (1624-1677) para encabezar la obra: «No estás tú en el lugar, el lugar está en ti».
Como suelo hacer con cierta frecuencia, elegí al azar el libro en la estantería de novedades de la biblioteca (en este caso del centro de la ciudad), pensando que sería una lectura ligera, veraniega, algo fantasiosa ─elegante, por lo que pude ojear─, que me entretendría los días que iba a pasar en el pueblo frente a la seriedad del Moncayo, pero el texto ha resultado ser una reflexión sobre el modo en que se estructura la sociedad, con el toque de ironía que permite la descripción de escenas ilusorias.
Y es que se trata (a la manera que hiciera Mark Twain en Cartas desde la tierra) de las misivas (no electrónicas, y sin respuesta) que envía un personaje desconocido que ha llegado (de visita o para vivir) a una ciudad habitada por insectos, trasmutada en un lugar con alma, desde el que va revelando situaciones que no son otro asunto sino propuestas sobre la muerte, la soledad, el amor o la sabiduría. Por momentos, parece que estamos ante los coros de una obra griega clásica o la fantasía romántica.
Atrás queda el océano arqueado. La paloma ya tiene polluelos.

jueves, 16 de agosto de 2018

Felicidad (urbana)

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Parece que la felicidad nos viene cuando vivimos alguna de las variadas situaciones con las que disfrutamos (momentáneamente). Por lo general después de algunos esfuerzos (para contar con seguidores en las redes, para llegar a la arena soleada, para sentarnos a la mesa...). Poco que ver con las enseñanzas antiguas que cifraban lo estados felices con la templanza y el desprendimiento, con la capacidad que adquiriéramos de no poseer, de no necesitar poseer.
Seguramente tiene ello que ver con habernos hecho personas urbanas. Georg Simmel, en su breve estudio La metrópolis y la vida del espíritu (1903), trata de entender las mutaciones que sufrimos en los espacios de las ciudades -que heredan las que la misma ciudad sufre- y nos define como homme blasé, es decir, individuos envueltos en gran variedad de estímulos y acontecimientos ante los que nos es conveniente anestesiarnos si deseamos sobrevivir. O sea, la riqueza nos lleva a la pobreza. Somos Ulrich asomadas a la ventana en las páginas de Musil.
Nos lo dice Wislawa Szymborska en Vida al instante:
Mal preparada para el honor de vivir,
soporto con dificultad el ritmo impuesto por la acción.
Improviso, aunque deteste improvisar.
Tropiezo a cada paso en mi ignorancia.
Mi manera de hacer sabe de provincias
Mis instintos son los del diletante.
La agitación, que me disculpa, tanto más me humilla.
Siento como crueles los atenuantes.
Salud.

lunes, 6 de agosto de 2018

Wanderlust. Deleite de viajar sin destino ni rumbo

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Neb Raj Bathia nace en Pakistán hacia 1924 y, algo antes de su independencia, se trasladó a la India, asentándose en Nueva Delhi. Traductor de varias lenguas –trabajó con Indira Gandhi‒. En 1994 se pudieron escuchar sus poemas en español por las calles y plazas de Medellín (Colombia) ante un público entregado, según suele ser costumbre en este Festival. Este spanish profesor, como gusta llamarse, elabora la antología El wanderlust y otros poemas” de la que extraemos «Wanderlust. Deleite de viajar sin destino ni rumbo»:
Otra vez tengo la misma locura.
Otra vez tengo el mismo Wanderlust.
Otra vez voy con mi estado trascendental.
No sé a dónde va a llevarme mi vida.
Al salir del desierto de mis frustraciones,
me reveló que estaba siempre el destino
de mis esperanzas y mis aspiraciones
más allá de estos espejismos.
Al perderse en las nieblas de las distancias
los bellos paisajes de los caminos,
se apreció de repente la luz ligera
de tus recuerdos.
Cuando no había ni desierto ni río,
ni tierra, ni océano, ni cielo, ni Vía Láctea,
cuando tampoco existía Dios mismo, yo existía solo en el universo
de mi amor propio.
Todavía tengo el polvo del viaje en el cuerpo
y todavía estoy muy cansado,
pero otra vez tengo la misma locura en el espíritu
de lograr mi destino
y otra vez tengo el mismo Wanderlust en el alma
para viajar sin destino.
[Salud. A la espera de que la Vida nos conserve este deleite].

jueves, 26 de julio de 2018

Marcha a la dignidad y libertad John Lewis

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Sabemos que las historietas gráficas tienen la virtualidad de transmitir experiencias personales de vida. Son un cauce autobiográfico solvente, tal como podemos apreciar en Persépolis de Marjane Satrapi o Maus de Art Spiegelman. Incluso en situaciones en que priman las conductas colectivas. De ahí que no he tenido inconveniente en sumergirme en estos días en la historia de las luchas por la libertad ‒aplastando el segregacionismo a que estaba sometido el pueblo negro en Estados Unidos en bares, cines, trabajos, etc.‒ que iniciaron diversos colectivos en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, de los que, según suele ser habitual, solo quedan en la memoria pública algunos nombres, tal el de Martir Luther King (1929-1968).
El 2010 el recientemente electo Barack Obama entregaba la Medalla de la Libertad a John Lewis (1940), senador negro, único superviviente de aquellos oradores ‒diez‒ que intervinieron en la marcha por el trabajo y la libertad sobre Washington el 28 de agosto de 1963. Este se había fogeado en el Comité Coordinador Estudiantil por la No Violencia (SNCC), pues practicó y defendió con firmeza este modo de ser y de vivir, con el que soportó palizas, insultos y encarcelamientos durante años de los segregacionistas, la policía o el ku kux klan. Todo ello es lo que ha volcado en March. Una crónica por la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, auxiliado en ello por su asesor Andrew Aydin y el novelista gráfico Nate Powell.
No decepciona. Lo asombroso del relato es que no hay rencor, sí dignidad.
Según comenta J. Lewis, los letreros de “solo blancos” y “solo negros” ahora han quedado en libros, documentales o museos, pero permanecen otros “letreros invisibles”: pobreza, hambre, cárceles…
[Salud. A la espera de que la Vida destierre el segregacionismo de quienes gobiernan la res publica].