lunes, 15 de septiembre de 2014

Desde nuestra aldea

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¡Qué artes no se desarrollarán por dinero, qué hazañas no llevarán a cabo los más pusilánimes por una compensación razonable! (Stig Dageman)
La Camarera nos habla de su abuelo Desiderio. De cuando vivía más allá de las montañas del oeste, en una aldea a la que llegaba un autobús dos veces por semana y en el que las veces que tenía que viajar al hospital iba en los asientos del techo entre bultos bien abrigado con la manta de lana comprada por su padre en la feria de mayo. Sin teléfono. Sin agua corriente en las casas. Se alumbraban con una bombilla colocada en el hogar que se encendía en las noches de invierno cuando la abuela Emeteria colocaba la olla trébede en medio de la mesa de la que comía todo el mundo; bombilla de luz temblorosa que podía cambiarse a lo alto de la escalera del piso de las habitaciones.
Trabajaba en la mina a cielo abierto montada con el dinero de una familia del mar ‒se comentaba‒ de las de la Caja y el Montepío. Lo hacía desde niño, como muchos de los que venían de las aldeas colindantes, y allí conoció a la abuela. Estaba aprendiendo a leer cuando ya tenía dos hijas y un hijo. «Todavía conservo ‒nos dice la Camarera‒ un folleto manoseado que él conservaba como oro en paño que le había dado el maestro. Se titula Al pueblo». Es de lo poco que trajeron a esta ciudad de mar después de ser despedido con otros por hacer una huelga en solidaridad con las obreras textiles de unas fábricas que había en los terrenos donde ahora hay unos hoteles, cinco kilómetros más arriba.
Cuando iba a preguntarle a la Camarera si me podía enseñar ese tesoro impreso, entraron en el bar su hija y su hijo con unas banderas. Venían de engrosar una cadena humana para pedir no entiendo bien qué.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La presa (con sin) esperanza

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Cuando las deidades, mejor dicho, cuando alguna de ellas te coge por la garganta y aprieta hasta que la respiración va apagándose, solo puede librarte de lo exánime que algún mortal cercene el cuello divino y, de paso, una de tus manos, la que la deidad ha puesto por reflejo delante para protegerse del tajo que le viene encima. Entonces ‒si bien la cabeza dorada rueda ya por los suelos‒ odias todo: la traición de quien intenta ahogarte aprovechando la confianza que tenías en su relación; la mirada furiosa de quien viene con la hoz y te amanca; la melancolía que puebla tu ser entero ante el mundo que ya no habitarás; el futuro.
La vida de Kenzaburo Oé (1935) en La presa transcurre, posiblemente, en la isla japonesa de Shikoku, la misma en la que él nace. Su pluma convierte la niebla en una compañía que refresca o entumece, la vegetación en alimento y sombra, el agua en diversión y erotismo. Se sirve del vuelo, de lo que atraviesa el tiempo y el espacio, de lo que pasa. Transforma la caída de lo hermoso en parábola de la existencia.

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, […] No dejes de creer que las palabras y las poesías / sí pueden cambiar el mundo. / Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. / Somos seres llenos de pasión. / La vida es desierto y oasis. / Nos derriba, nos lastima, / nos enseña, / nos convierte en protagonistas / de nuestra propia historia. Dice parte del poema de W. Whitman (1819-1892) «No te detengas» (en versión de Leandro Wolfson). La interconexión está servida. Imberbe y barbudo.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Depresión con Tristam Shandy

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Desde que la conozco, le vienen épocas de depresión. Más bien diría que la tiene dentro, tranquilamente asentada en un rincón y, de cuando en cuando, le surge ‒la depresión‒. La verdad que no es destructora. Es un estado en el que no desea que exista lo que le rodea, pero no lo odia ni lo menosprecia. Me dice que le resulta, incluso, placentero el alejarse de todo bicho viviente, el olvidarse de resolver asuntos. Se encierra; si es de día, baja la persiana hasta dejar solo visibles las rendijas entre las lamas, corre las cortinas, enciende la lámpara de luz opaca y… se pone a leer.
Inútil que llamen al timbre o que suene el teléfono. No atiende a ello. (Creo que soy la única persona que accede a ella cuando está así, una vez al año más o menos). Se deja caer sobre el amplio olmadón con el libro entre las manos y lo lee sin prisa, dejando que el tiempo corra a su gusto, hasta que los párpados se le van cayendo (en el descuido del infinito) y las manos se le posan en los muslos, resbalando al tiempo la lectura hacia un lado. Entonces duerme sin prisa, dejando que el tiempo corra a su gusto, hasta que los párpados se elevan (en la certeza de lo intemporal) y las manos recogen la lectura llevándola a los ojos.
Cuando se encuentra así, siempre lee lo mismo: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Asegura que solo el descreimiento de un clérigo ‒y llega a decir que su ateísmo‒ es capaz de describir el tiempo de engendramiento de uno mismo y la no existencia posterior durante nueve volúmenes a lo largo de ocho años (1759–1767).

Lo curioso de asunto es que me ha pegado su manía y yo, de vez en cuando, retomo la lectura de la obra de Laurence Sterne (1713-1768), que es lo que he estado haciendo este verano en los escasos momentos que deja la vida en el pueblo para estos menesteres de la letra muerta.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Agua de la vida

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El agua quedaba lejos. Había que coger una caballería y desplazarse medio kilómetro hasta llegar al pozo, convertido en fuente con la ayuda de una bomba que había que maniobrar y cargar después de que se ahogara la Dominica al intentar llenar un cántaro. Era joven, tenía veintiún años, no sabía nadar (al igual que nadie en el pueblo). A su padre lo recuerdo siempre con el brazalete negro en la manga de la chaqueta.
Los chicos teníamos nuestros quehaceres y uno de ellos era ir a por agua o guardar el turno hasta que venía nuestro padre las veces en que se llenaban los cántaros hasta arriba y se ponían las aguaderas grandes. Además de ello, había que ayudar a nuestra madre a llevar los trastos de lavar ‒estregadera y jabón‒ al lavadero y volver a tal hora para recogerlos, mientras otra de las mujeres que había por allí le ayudaba a levantar el balde encima del rollo de tela que se ponía en la cabeza. Y qué decir de los ratos que teníamos que pasar recogiendo palitroques debajo del bardal en el corral para encender el hogar, además de echar, de paso, a las gallinas. Por no hablar de que en el frontón podía llamarte un hombre y mandarte al estanco a por caldo y librillo; o una mujer se asomaba cuando ibas por la calle y te encargaba un aviso en la otra parte del pueblo o un recado a la tienda.
Las aventuras del día estaban engarzadas con la vida, devenidas en travesuras en muchas ocasiones. Aquella vez fue en el pozo ancho, que estaban limpiando, pues se decía que por debajo de allí pasaba un brazo de mar, y desde lo de la Dominica los Ayuntamientos estaban empeñados en encontrar un buen manantial para llevar el agua hasta el pueblo. A nosotros nos tenían prohibido asomarnos a él, construido su brocal apenas por una endeble valla de maderos, pero en aquella ocasión nos necesitaban. Así que, a los más enclenques, nos ataban de una soga por unas camisas que nos ponían y nos bajaban para que llenáramos un caldero con la broza que había al fondo del pozo. Íbamos de dos en dos. A mí me tocaba con el Gabriel.

En una de estas, comenzamos a remover el cenaco con la pequeña azada y fuimos notando que se abombaba como las magdalenas en el horno de leña de la tía Pilar al que íbamos a comer los mocos que nos regalaba, mientras el barrillo nos iba cubriendo los pies con suavidad placentera. De repente, aquello se abrió y brotó un chorro de agua y fango que salió despedido por la boca del pozo dejándonos en los infiernos. Los dos fornidos mozos que nos sujetaban, repuestos del susto, comenzaron a tirar de las cuerdas, ayudados por los curiosos que andaban por allí, apareciendo entre el agua dos peleles sin resuello, penitentes salidos de una larga cuaresma. Fue más el susto que otra cosa. Hasta ese momento nos habíamos ganado tres pesetas por los calderos llenados, pero alguien ‒no recuerdo bien quién‒ dijo: «Anda, dales dos duros, aunque también van a cobrar en casa».

viernes, 1 de agosto de 2014

Segadores en el calor.

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Como tiempo vacacional, esperando la reanudación del trabajo, podríamos proponer un viaje aventurero en el paquebote Oxus hacia Transoxiana, reino de la legendaria Samarcanda que era su capital, centro del imperio del Gran Tamerlán, en el que Gengis Khan tiñó de rojo su río principal con la sangre de los persas y lo llenó de cabezas cortadas. Pero no, nos quedamos en la Castilla pintada en los cuadros de Gonzalo Bilbao, con unos retales de la siega.

Y con alguno de los versos de Manuel Vilas y su poemario Calor (2008), con referencias a este nuestro tiempo de "España":

Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.
 
Más  "Alcoholismo de circunvalaciones", con guiño a notables noticias recientes:

y la gente termina perdonando al Presidente
del Gobierno y al Rey de España y al Presidente
de la Patronal y al Presidente de la Banca
porque llega el calor y ya da todo lo mismo.

Da todo lo mismo, y eso somos nosotros.

Dichosos días.

martes, 29 de julio de 2014

Investigar en la inocencia

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La de Yersin es una posición peligrosa, siempre ha querido lavarse las manos en política, ignorar la Historia y sus repugnantes festines. Es un individualista, como suelen serlo los altruistas. Sólo más tarde, a fuerza de tanto amar a los hombres, uno termina por convertirse en misántropo.
La figura despistada de las personas sabias nos ha sido transmitida como uno más de sus rasgos, de tal forma que nos viene a la cabeza su cabello alborotado o su vestimenta descuidada cuando imaginamos alguien embebido en sus investigaciones. (Existen sobrados casos de que no siempre es así, pero…). Al tiempo, la ingenuidad parece que sea también su compañía. Algo que, con frecuencia, se vuelve contra su actividad, ya que parece que les hace manipulables al entregarse a su actividad sin medir el alcance que otras personas pueden dar a sus descubrimientos. Así, alguien que no puede tolerar que se maltrate a un animal doméstico, es quien pone las bases para fabricar los gases con los que se fumigan pueblos habitados para conseguir que abandonen la tierra en la que viven, pues guarda en su vientre riquezas minerales.

La cita con la que comienza esta nuestra entrada de la salida de julio la tomamos del libro de Patrick Deville, Peste & Cólera (1914), atractiva biografía intelectual y cultural del físico y bacteriólogo Alexander Yersin (1863-1943), descubridor en 1894 del bacilo de la peste.

jueves, 24 de julio de 2014

Con desdén y oro

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No es fácil ahora que las bombas están matando criaturas en nuestros ojos, elaborar una entrada en la bitácora que no se preocupe de ello. Pero hace tiempo que tenía ganas de dedicarle unas líneas a la poetisa cubana Clarilda Oliver Labra, poeta de "lo espiritual cotidiano", y hoy es el día en que lo hago, aunque parezca una frivolidad:

Iba a verle
en cualquier sitio,
él pedía un ron para mezclarlo con mis pupilas;
yo, el crepúsculo,
y me traían una lágrima.

Iba a verle:
a las seis de la tarde,
cuando los combatientes repasan sus fusiles
y los adúlteros se acuestan con mariposas;
a las seis de la tarde,
sin luna,
cuando por los cines naufragan las divorciadas
y los obreros comienzan a bañarse.
A las seis,
con temblor y relente,
con bochorno,
ciega como leche y sed,
iba a verle.
Azogue en su mano,
una extraña,
qué poco de suerte,
subterráneo para reírme a carcajadas.
Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza

iba a verle.

Iba a verle
– he dicho en la hermosura,
mientras recupero el ala que no sirve
y llueven los nísperos,
divagan las márgenes rumorosas.

Iba a verle…
y nos desbaratábamos a besos
y el libro se quedaba a medias
y luego quién creía en los relojes
si al fin se olvidó su boca del binomio de Newton.

Son versos de Desaparece el polvo. De ella dice Agustín Acosta que "no importa que la impresión de un hecho vulgar carezca de espiritualidad: ella le comunica la suya y el hecho aparece espiritualizado. Nada es en ella deliberadamente transitorio. Un instante, en su sentir, tiene atributos de eternidad"