viernes, 27 de mayo de 2016

#Amanecer

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Y vuelve a amanecer como todos los días pero no es cierto que todos los amaneceres sean iguales, son la huella digital de cada día el ADN vital del lunes, del martes, del miércoles… lo que hará que ningún Domingo sea tampoco igual, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer … ese es el mantra que suena rítmicamente cuando respiro mientras veo salir el sol y me recuerda esa oportunidad de buscar de nuevo el amor, el que tengo, el que perdí por no cuidarlo, el que no veo porque su resplandor me ha dejado ciega,  el que me piden y no doy y el que siempre me rodea… EL AMOR.
¿Cuáles son los amaneceres más bonitos? Los que llegan llenos de nubes y a pesar de la aparente dificultad el sol siempre empuja para que se le vea bien y los colores en ese momento aparecen como una inesperada sorpresa ¿Por qué el azul, el morado, el gris, el naranja, el rojo, el rosa?  hacían falta esos nimbos, nunca estorban.
Hoy tengo todo, alba, crepúsculo, nubes, cirros, bruma y canción.
Melodía de gaviotas y olas de mar que repiten la cantinela, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer…
Ya está, terminó, qué poco dura este son. 
Vuelvo corriendo que con el ansia de capturar este crepúsculo he dejado todo “empatanao”, la cocina como una revolución, la lavadora que terminó ayer, que no se me olvide comprar pan.
Me voy en busca de mi pasión, creo que la metí en el cajón de las cosas perdidas en mi salón.

Amalia T.

domingo, 22 de mayo de 2016

Largo viaje (a los premios de poesía)

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En muchas ocasiones hacemos cosas extrañas a nuestras costumbres o a nuestras ideas. Parece un ejercicio saludable. Y hoy lo estoy haciendo. Desde que ha caído en mis manos el Premio Adonáis de poesía 2013, otorgado a Joaquín Moreno Pedrosa por Largo viaje, he ido inclinándome a traer aquí algunos de sus versos. Integrante su autor del grupo Númenor, editorial y revista del mismo nombre en la capital hispalense, creada al calor de un instituto determinado, lejano a mis actitudes vitales.
Hay en algunas tardes una esquina
que es muy fácil doblar sin darse cuenta
y seguir caminando luego un rato.
Pero entonces, si miro alrededor,
ya la ciudad es otra. […]

[…]                  Nunca supe
qué moneda de hierro en su caída
me conduce hasta aquí, lejos de todo.
Cuando llegue la noche iré a sentarme
en un bordillo sin saber qué espero.
Porque las calles hacia el horizonte
que ya busqué otras veces se extravían
y llevan siempre de regreso a mí.
No podía estar un premio de poesía, claro, alejado de la polémica (que si en el Jurado había…, que si se orna de latines…, etc.). Por mi parte, diré que tiene silencios, y eso es suficiente para que venga a asomarse a este ruidoso balcón.
Salud.

lunes, 16 de mayo de 2016

Mar de espigas (en Castilruiz)

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Vuelvo con las flores en la retina. La agricultura extensiva las arrincona cada vez más. A los márgenes de los caminos. A las zonas improductivas de ulagares y tomillos. A las cunetas (si tienen la fortuna de que no pase por allí alguna cuadrilla fumigadora de las Diputaciones). Cierro los ojos en la silla del trabajo y las veo ‒blancas, rojas, moradas, amarillas, azules…‒ disfrutar del viento, al tiempo que las golondrinas vuelan rasantes a escasos dos palmos de las incipientes espigas de las cebadas. Un espectáculo bamboleante en verde. Sin apenas amapolas.
En mi ignorancia infantil (que apenas ha mermado su volumen con los años), me preguntaba cómo es posible que de un grano sembrado, del que sale una pequeña planta con forma de hierba, de hoja plana, fuera apareciendo una espiga y, poco a poco, creciera y madurara en oro. Y cada año el mismo proceso. (A estas alturas, casi prefiero no contestarme a esa pregunta y asistir ‒maravillado‒ todas las primaveras a la creación).
Y ahí me encuentro, además, pudiendo leer a Guilles Deleuze (1925-1995) mientras paseo por los campos mesetarios de mi pueblo, que no en vano escribió Mil mesetas, y, mientras veo a lo lejos a los labradores (con los que me encontraré en el bar), a los que no les interesa demasiado la lectura, me paro a voluntad en las reflexiones del filósofo galo, que vienen a decir que escribir o pensar es liberar a la vida, que se encuentra prisionera. Claro, para él, los barrotes los pusieron las teorías platónicas, empeñadas en que solo somos copias. «¿Y las espigas?», me pregunto.
Dejo que el viento macere a su gusto el blanco de mi piel.
[El dibujo está realizado sobre una ilustración de Romero Escassi al texto de Gaspar Gómez de la Serna sobre Castilruiz en "Cuadernos de Soria", 1960].

martes, 10 de mayo de 2016

A la manera del teatro (mitos)

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Hércules visita a Atlas y le pide que realice por él uno de los doce trabajos ‒el de robar tres manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides, ese que andaba por el Atlántico‒. Claro, este tiene un pequeño problema: sobre sus hombros está el mundo, y no es cuestión de ir de aquí para allá con él a cuestas; así que Hércules se ofrece a sostenerlo mientras el titán se embarca hacia los confines. Y aquí es donde entra Jeanette Winterson (1959) con La carga (2005) y sorprende a Hércules preguntándose si su amigo volverá. ¿Acaso aprovechará para vagar libremente, incluso sin ocuparse de la promesa de las tres manzanas? ¿Y él, Hércules, cómo se las arreglará entonces con ese peso que ha asumido?
Y la prosa de Wintersson habla del siglo XXI. ¿Qué puedo contaros de las elecciones que hacemos? Que no tienen final ‒se contesta‒, pues no hay respuestas definitivas. Esta es la causa de que escriba ficción: para poder seguir contando la historia.
Margaret Atwood (1939), por su parte, se queda interrogante ante el hecho de que, a la vuelta de Ulises a Ítaca se ahorcara a las doce criadas que habían sido amantes de los doce pretendientes que tuvo Penélope durante parte de los veinte años en que el héroe de Troya estuvo fuera de casa. En Penélope y las doce criadas (2005) se pregunta por las intenciones ocultas de Penélope. Tal vez no fuera la de «irreprochables pensamientos tenía la noble», según cuenta Odisea en su canto XXIV. Atwood también desplaza el mito al siglo XXI, a modo coral de teatro clásico, y se acuerda de ellas.
«Nosotras estamos aquí, la que no tenemos nombre. Las otras sin nombre. Esas sobre las que cayó la vergüenza por culpa de otros. Las señaladas, las marcadas. Las chicas de la limpieza, las mozas de mejillas sonrosadas, las niñas risueñas y picaronas, las muchachas frívolas y descaradas, las jóvenes limpiadoras de sangre. Somos doce. Doce traseros redondos como la luna, doce apetitosas bocas, veinticuatro pechos mullidos como almohadas de plumas, y lo mejor de todo, veinticuatro temblorosos pies».

Esos pies (Odisea, canto XXII) que agitaron un rato, pero no largo tiempo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Materiales de dios (filosofar en las calles)

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Las golondrinas alegran nuestros cielos y las vincas nuestros suelos. El retorno de la espiral de los meses trae la expresión que nos ocupa, extendida en los ámbitos científicos hace unos años, especialmente cuando se habló del grafeno. Ahora parece que se ha conseguido en la producción industrial tradicional mezclarlo con plásticos, dotándolos de propiedades de conducción eléctrica y térmica, lo cual ‒dicen‒ llevará a cambios significativos en las aplicaciones de productos, que, combinados con la impresión 3D, variarían los procesos de producción y, en consecuencia, los costes. Es el mundo de los nanoaditivos, que dan paso a materiales que cambian de forma, absorben los rayos X, evitan la formación de hielo o iluminan fachadas enteras; sin pararse en otros campos a los que llegan, tal el de la salud, pudiendo activar la cicatrización de heridas o la localización de caries.
Material(es) de dios. Y aquí estamos, con los planes de estudio que lanzan la filosofía por las ventanas de las aulas. Es decir, retorna a la calle, lugar donde nació (en Grecia), con la discusión, con los enfrentamientos de las guerras entre ciudades y de la rivalidad entre concepciones diferentes del mundo. Así lo sostiene Marina Garcés (1973), filósofa en la Universidad de Zaragoza, autora de varios libros, entre ellos el que ahora leo ‒Filosofía inacabada (2015)‒, en el que hace suya la pregunta de Lyotard en 1964, ¿cómo no filosofar?, con la que nos está cayendo. Concibe la filosofía como una amplia experimentación con las ideas, el aprendizaje y las formas de intervención en nuestro mundo actual.

Y no tiene intención de callarse. Procede según lo hacía Thoreau en Walden: «No pretendo escribir una oda al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque solo sea para despertar a sus vecinos».

jueves, 28 de abril de 2016

La Casa Redonda (Violaciones y Camelias)

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Ya pasada la matraca de personalidades locales de la “cultura” recomendando el último libro que recuerdan (por aquello del Día del Libro), podemos estar de acuerdo con Baricco ‒un profesional del ramo‒ en que apenas hay nada novedoso en las novelas que salen al mercado hoy en día. Sin embargo, cuando leemos a Louise Erdrich (1954) tenemos esa certeza de que su literatura no cuadra en baremos formales. Parece que hay quien escribe para decirnos algo. Que tiene un destino en su existencia.
La casa redonda (2013) es una novela de iniciación y de remanso. De venganza y de justicia. Puede leerse como ficción real o real ficción. Literatura de raíces. Louise desciende de las tribus indias de lengua ojiwba, asentadas en la zona de los grandes lagos, entre Canadá y Estados Unidos. Es propietaria de una librería independiente, Birchbark Books, sita en Minneapolis, desde donde distribuye escritos relacionados con su pueblo. Vive en una reserva ‒«reservas naturales» las llama Reagan‒, ambiente en el que se desenvolvieron sus padres, unidos a labores educativas. Su novela más celebrada hasta ahora era Plaga de palomas. Es una de las autoras que más libros vende, dentro de la corriente en auge de las literaturas nativas en USA. Es madre.
¿Es de justicia que un hijo de 13 años y su amigo hermano asesine al violador de su madre cuando no espera reparación de la justicia ordinaria? Las camelias han llegado al barrio estos días. No recuerdo si con algo de retraso respecto a anteriores temporadas debido a las constantes lluvias de abril. Tampoco es que abunden entre el caserío. Apenas hay dos pequeños árboles con sus flores, junto a la lechera, y aun uno de ellos se las tiene crudas para subsistir.

Y lucen hermosas en esta mañana de luna menguante.

jueves, 21 de abril de 2016

Poemas en el bolsillo trasero

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«Llevo poemas para cuando nos veamos. No sabemos cuándo va a suceder. Seguramente dentro de unos meses, aunque vivamos en la misma ciudad. Ambientes distintos. Costumbres distintas. Besos distintos. Cenas distintas. Tampoco solemos llamarnos, salvo en las escasas ocasiones en que atravesamos la niebla de la voluntad. No importa. Te veo con los ojos abiertos. Así que cuando doy con esos versos que sé que son para ti, los imprimo. Si es invierno, los llevo en el bolsillo interior de la cazadora. Si es verano, en la bolsa de costado y, al anochecer, en el bolsillo trasero. Nos encontraremos ‒algo de sonrojo‒. Charlaremos deprisa. Te daré el poema…».
La calma en el mundo anterior a Bach
Tuvo que existir un mundo anterior
a la Sonata a trío en re menor, un mundo anterior a la Partita en la menor,
pero ¿qué clase de mundo?
Una Europa de vastos espacios vacíos, sin sonido,
por todas partes instrumentos dormidos
a través de cuyas teclas la Ofrenda Musical, El clave bien temperado
jamás pasaron.
Iglesias aisladas
donde el verso de la soprano en la Pasión
nunca se entrelazó  en desamparado amor
con los suaves movimientos de la flauta,
paisajes anchos y suaves
donde nada rompe la calma
sino las hachas de los viejos leñadores,
los sanos ladridos de fuertes perros en invierno
y, como una campana, los patines que muerden el hielo fresco;
las golondrinas que chillan en el aire estival,
la caracola que resuena en los oídos de un niño
y en ninguna parte Bach, en ninguna parte Bach,
el mundo en una calma de patinador  antes de Bach.

[Es de Lars Gustafsson, fallecido recientemente].