miércoles, 4 de marzo de 2015

El momento de la muerte en los haikus y en Japón

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La literatura es pródiga con la muerte. Quien escribe, en numerosas ocasiones, no tiene más remedio que llevar a sus personajes de la mano hasta su final. Y ahí aparecen algunas discrepancias, reveladoras del ser de cada cual. A Madame Bobary Flaubert le hace, sencillamente, “dejar de existir”. Milton muestra a la Parca cortando el hilo de la vida con las tijeras en El paraíso perdido, en consonancia con las creencias populares. Iván Ilich ve luz al final del túnel, pues Tolstoi es un creyente en el más allá. El realismo mágico suprime la frontera entre vida y muerte, entre tiempo y espacio, ofertando con la palabra (escrita) lo que no proporciona la vida; no otra cosa vemos en Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Pero lo sorprendente para una mente occidental es la costumbre japonesa de los jisei o palabras de despedida o haikus de muerte (que también pueden ser tankas), compuestos por condenados a muerte antes de que la horca les siegue la vida. Siguiendo la indicación de las antiguas enseñanzas: «¿Estás preocupado porque te hallas a punto de morir dejando tantas cosas inacabadas? Entonces sé valeroso, y compón un poema sobre la muerte».
Uichi, ejecutado a los 27 años, escribe:
Carta de madre.
El cúmulo
Empieza a derrumbarse.
Sookan Yakamazi (muerto hacia 1450), por su parte, dice:
Si alguien preguntara
adónde ha ido Sookan,
decid tan solo:
«Tenía cosas que hacer
en el otro mundo»
Y Nishi Takeo, ejecutado a los 61 años, que insistió en su inocencia hasta el último día:
Quisiera gritar
como si rompiera
la luna llena de kan (período frío entre invierno y primavera).
El conmovedor aliento de estos poemas lo transmiten Elena Gallego y Seiko Ota en Haikus en el corredor de la muerte (Poesía Hiperión, 2014), incluido el epílogo y notas que acompañan a la edición.

[La pena de muerte en Japón es legal y se ejecuta en la horca].

viernes, 27 de febrero de 2015

Amores (sexo) y estimulantes (adicciones) en la poesía de Edna St. Vincent

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Ni siquiera es pregunta de concurso televisivo. Poca gente tiene en la memoria que la primera mujer en recibir el Pulitzer (instituido en 1917) es una poeta, Edna St. Vincent Millay (1892-1950), en 1923, la cual era muy apreciada por el público y gozó de la fama y sus secuelas como pocas, pues hacia 1930 ganaba 20.000 dólares anuales solo de los beneficios de su poesía, a lo que hay que añadir en determinadas épocas otros ingresos, como el proporcionado por el libreto de la ópera The King’s Hencman, que le reportaba unos 100 dólares diarios.
Olvidada hoy y apocada en sus últimos años. Desde la universidad (a la que llega por el patrocinio de una dama, pues ella es de origen humilde), allá por donde pasa, va dejando un puñado de amantes y un montón de admiradores. Los años veinte le son propicios para sumergirse en una vida del momento, de las sensaciones, de los anhelos, que va llenando en las fiestas y en los amaneceres. Así que escribe:
Mi vela arde por ambos lados;
No durará toda la noche;
Pero, ah, mis amigos, y ah, mis enemigos:
¡da una luz tan hermosa!
Desde hace cincuenta años consumimos literatura sociable (que no social), nacida de la estética y el desahogo personal (que no digo que no sean válidos), falta de ese punto canalla, de ese hacer «desde la vida gestos desesperados para existir en la escritura» (como decía Valente sobre Panero), en donde no se sabe si la literatura lleva a la realidad o la realidad a la literatura. Edna, que estuvo unos días presa por oponerse a la ejecución de los anarquistas Sacco y Vanzetti en 1927, se meció en esta corriente. Tal vez sus pulsiones, tal vez su rebeldía, tal vez su debilidad… el asunto es que en su última década (cuando escribía versos contra el nazismo) necesitaba suministrarse tales dosis de morfina, de alcohol y de tabaco que ya no suscitaba suficiente admiración como para conseguir fácilmente amantes y tranquilidad.
Solo su marido, el empresario Eugene Jan Boissevain, aporta calma a su existencia, sin preocuparse de las relaciones de ella. Pero muere de enfermedad en 1949 y, un año después, el corazón maltrecho puede con la poeta.
Seguras sobre la firme roca se levantan las feas casuchas:
¡acercaos a ver el brillante palacio que alcé sobre la arena!

[Agradecemos el artículo sobre ella de Andrés Catalán en Clarín, núm. 115].

lunes, 23 de febrero de 2015

La inmortalidad de Shoshana Spinoza

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La novela de Gabi Gleichmann, El elixir de la inmortalidad (2012), a pesar de que le ha gozado de notable éxito, no nos resulta algo excepcional desde la literatura, recurrente en demasía a lugares comunes, a situaciones estereotipadas; tal vez en la cultura nórdica, donde se crea la obra, no se tomen así los trucos que aquí nos parecen tales.
No obstante, las más de seiscientas páginas que la componen resultan de un valor muy apreciable cuando la adjetivamos y pasa a ser novela histórica, pues contiene un caudal de datos sobre personalidades de 37 generaciones a lo largo de casi un milenio correspondientes a la familia judía Spinoza, sobrada de gente consagrada a la medicina, las matemáticas, la filosofía o la física. Una estirpe que sale de Espinosa (más tarde de los Monteros), Burgos, en el siglo XII, cuando Baruj, hijo del rabino, marcha de su casa hacia Lisboa convirtiéndose en Baruj de Espinosa, llegando a ser médico del monarca Alfonso Enríquez.
Además del reconocido filósofo Baruch o Benito o Benjamín (1632-1677), nacido en Amsterdam, a esta estirpe pertenece Shoshana Spinoza, notable física, que se atrevió a cuestionar las teorías de Newton, cuyos Principia ya leía en la pubertad; a esa edad hablaba seis idiomas fluidamente y, poco después, traducía dramas griegos al francés, uno de los cuales ‒Antígona, de Sófocles‒ se representó en la Comédie-Française a instancias de Voltaire, el cual, por una serie de curiosas circunstancias (entre  ellas la muerte de su padre, Héctor, coautor de un libro sobre la masturbación en la Atenas clásica, que se vendió profusamente) se había convertido en tutor de la niña, en su palacio de Ferney; por entonces escribe a la madre de esta: «tiene un gran talento, un latín que agradaría a Cicerón y un griego que sonaría hermoso en el Areópago. Lo único que es de lamentar es su pertenencia al género femenino».
Dice Gleichmann que Shoshana estaba perdidamente enamorada de Voltaire, pero que este la rechazó al llevarle mucha edad, por lo que ella se quitó la vida en enero 1769; tres años después se realizó una fiesta de fuegos artificiales para celebrar la aceptación de la física, a título póstumo, como miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia, la universidad más antigua de Europa.

[Ilustración: Mujer en azul leyendo una carta, de Alirio Palacios].

miércoles, 18 de febrero de 2015

Tierra baldía

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«Ha sido el poema que más ha influido en la literatura en el siglo veinte, al menos en la de habla inglesa», dice la librera de al lado mientras aplasta con la cucharilla la bolsita de té rojo en la pequeña tetera de cerámica, refiriéndose a La tierra baldía, de T. S. Eliot (1888-1965). Llueve amablemente en el paseo, visible solo a ratos, cuando las ráfagas de viento hacen pasar algunos haces de agua delante del ventanal de la cafetería, por lo que la mayoría de gente lleva los paraguas abiertos y los carritos van cubiertos de plástico.
El resto de los que escuchamos sus palabras en la barra no tenemos la seguridad de comprender hasta el fondo lo que dice. La Camarera habla de que Eliot fue un personaje con cierto pedigrí, bastante intelectual, que gustaba de ambientes selectos. Y poco más. Ah, claro, que había sido Premio Nobel en 1948. Pero la Librera ‒que toma a pequeños sorbos el humeante líquido burdeos‒ nos saca de nuestra crasa ignorancia. Después de asegurar que es un poema oscuro, a cuyo significado no se puede acceder a la primera ni a la segunda lectura, da por sentado que es bello, inquietante e imprescindible (además de largo, pues se compone de 433 versos).
«Los mitos antiguos, las creencias no sirven para nuestro tiempo. Hemos construido una sociedad urbana que se alimenta de la destrucción, del consumo y de la soledad. Eso es lo que dice La tierra baldía, aunque de una forma muy bella. Ahí está Tiresias, el adivino griego, hombre-mujer; y el Rey Pescador, devenido infértil, en busca del Grial; y Sosostris, echadora de cartas del tarot; y la Biblia; y…».

La nubes pasan deprisa y el intenso azul del cielo se muestra entre ella, con algunos rayos dorados que bajan hasta los árboles.

viernes, 13 de febrero de 2015

Vida y muerte en la basura

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Había esta mañana dos parejas rebuscando en el contenedor de basura de mi calle. Tenían al lado unas bolsas de plástico en las que iban echando lo que consideraban útil de lo que allí había tirado. Era una pareja de mediana edad y otra de edad avanzada. No miraban a su alrededor. Atendían su faena con celo casi profesional. He continuado andando mientras pensaba que los factores pasionales y subjetivos son los que en mayor medida mueven nuestro mundo. Porque, si utilizáramos la razón, ¿existiría lo que acababa de ver?
Al llegar al parque (con la nieve ya prácticamente derretida y la hierba húmeda), llevaba en la cabeza el rostro de la anciana, y me ha venido a la memoria la fábula de Esopo de El viejo y la muerte: «En cierta ocasión un viejo que había ido a cortar leña recorría un largo camino cargando con ella. Tras dejar la carga en el suelo a causa de la fatiga, llamó a la muerte ‒”Una, dos y tres  veces”, dice Samaniego en su versión‒. Cuando esta se le apareció y le preguntó por qué le llamaba, el viejo dijo: "Para que me lleves la carga"».
Pocas palabras tengo ganas de entrecruzar con nadie. Como hago últimamente, escucho a Silvia Pérez Cruz (descalzándose):

Dichosos días.

lunes, 9 de febrero de 2015

Alcohol y literatura

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Hay épocas en la escritura asociadas al consumo de alcohol y estupefacientes, tal la de la generación beat en Estados Unidos en el tercer tercio del siglo veinte. Parece que las musas estuvieran muy a gusto en los vapores etílicos y que la capacidad creadora fuera pareja con la capacidad consumidora de sustancias estimulantes.
Ahora, sin embargo, estamos en el puritanismo del cuidado de la salud. No queda bien visto airear costumbres insanas. Las generaciones jóvenes se forman entre comidas sin excesos y a base de patearse el campo y la montaña para respirar aires puros. La inspiración se sienta a la mesa de trabajo frente a la ventana abierta.
Así que releo con gusto La leyenda del Santo Bebedor, de Joseph Roth (1894-1939), tenido por uno de los escritores centroeuropeos más consistentes del siglo veinte (junto a Musil y a Broch), en la que el protagonista se ve continuamente impelido por los efectos de la absenta a retrasar el cumplimiento de una promesa: devolver a Santa Teresita de Lisieux, en París, una cierta cantidad de dinero que le han regalado. El autor, por supuesto, escribe con conocimiento de causa, pues es dado a las tertulias hasta la madrugada llegando a ese límite en que no queda clara la línea en la que se sitúa la ebriedad. (También es cierto que escribía por la mañana, sin beber nunca).

Carlos Barral, que confiesa «mi respeto cultural a la embriaguez y mi asco a los abstemios», realiza un pequeño prólogo a este texto que se reedita constantemente desde que se tradujo en 1981 (la original es de 1939), en el que se posiciona contra el apostolado de la temperancia, pues «Todos sabemos, sin necesidad de reclamar la asistencia de los ángeles o de los dioses, que el borracho hace cosas imposibles. ¿Quién no ha traducido, con exactitud y con gracia, lenguas que ignora por completo? ¿Quién no ha reconocido como hermosísima a una persona que la ceguera del vulgo señala como fea? ¿Quién no ha dialogado, y con provecho, con estatuas inexistentes que nunca han sido y jamás serán esculpidas?».

jueves, 5 de febrero de 2015

Poesía confesional (¿Reality?)

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Abundan los espectáculos alimentados por vidas personales o, tal vez sea mejor decir, por escabrosos sucesos de la existencia de gentes del famoseo. Discutimos con frecuencia sobre dónde están los límites y, siempre, damos vueltas alrededor de parecidos argumentos. Al final, todo queda como estaba.
En literatura ocurre algo parecido. Hay quienes opinan que no es ético convertir las interioridades propias en asunto literario. En cambio, hay quienes opinan que ello es secundario, pues el tiempo se encarga de borrar a las personas y lo que permanece es la obra e, incluso, dicen que, bien mirado, nos podemos preguntar si hay algún texto que no sea autobiográfico. El caso es que hay plumas sobre las que se proyecta el remoquete de confesional, como le sucediera ya durante su vida a Anne Sexton (1928-1974).
Mujer de marcada personalidad, comenzó a tener serios problemas depresivos después de tener a su primera hija ‒Linda Gray Sexton, hoy novelista, que en 1994 publica un libro autobiográfico sobre la controvertida relación de su madre con ella‒ en 1953, por lo que inicia una serie de entradas en un sanatorio psiquiátrico, repetidas en años posteriores. El doctor que la atiende la convence para que escriba poesía, algo que hace después de inscribirse en un curso (en el que conoce a la también poeta Maxine Kumin, con la que mantiene una estrecha relación hasta su muerte). Pero Anne desborda lo bien visto, lo esperado y toma como asunto principal de sus versos las vivencias que tiene con las depresiones y los remedios del sanatorio. Es una poetisa confesional, a la que no le importa hablar de la menstruación, del útero, del aborto, de la drogadicción o de la clínica.
El éxito es espectacular desde la publicación de su primer libro en 1960 ‒Al manicomio y casi de vuelta‒, especialmente por el recibimiento que tiene entre las mujeres (pues muchos de los críticos hombres no aguantan este descaro). Premio Pulitzer en 1967. Clases en la Universidad de Boston. Talleres de poesía. Lecturas públicas ante miles de espectadores en las que Anne luce todo su esplendor. Cierto que la poesía no la curó, solo la hizo poeta. Un buen día decidió irse de este mundo.

[Notable es la edición que hace Linteo (Orense) en 2013 de su obra, traducida por Reina Palazón].