jueves, 20 de febrero de 2020

Adopciones (Piel color de miel, Sik Jun Jung)

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En esta temporada, ha coincidido el hablar varias veces sobre adopciones en círculos distintos en los que he estado. Y se ha hablado de las difíciles situaciones que se plantean en muchos de los casos al llegar las chicas o los chicos a la adolescencia. Pasando desde ahí a cuestionar la viabilidad de esta práctica que, en principio, parece tan aconsejable para ambas partes.
En las ocasiones que comento, he mencionado el último cómic (o novela gráfica) que he leído: Piel color de miel (2008), de Sik Jun Jung (1965), en dos tomos (en la edición conjunta), llevada al cine en 2012. Presenta el valor añadido de que el autor fue un niño coreano adoptado cuando contaba con cinco años y estaba en un orfanato, después de que fuera abandonado y estuviera un tiempo vagando, algo que fue muy común en Corea del Sur en los años setenta del siglo pasado, después de la guerra.
Lo adopta una familia belga, que tiene ya un hijo y dos hijas, en la que se integra en la infancia. Pero la llegada de la adolescencia le hace preguntarse por su identidad y por aquella madre que lo abandonó o tuvo que hacerlo (por lo que no le guarda rencor), a cuyo encuentro ansía ir. Con ello, las relaciones familiares se tornan difíciles, a lo que se suma las preguntas sin respuesta que a todo el mundo nos rondan en la juventud y madurez.
En 2007, ya adulto, decide internarse en ese complejo mundo interior suyo, mediante la herramienta con la que trabaja: la ilustración. La obra no deja indiferente a quien la mira y la lee.

jueves, 13 de febrero de 2020

El maldito

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Después de releer La familia de Pascual Duarte, podíamos elaborar una entrada sobre esa mente distorsionada socialmente, pero el escenario ha quedado algo desfasado en esta nuestra España (si bien el texto continúa sorprendiendo con el ritmo y la música que consiguió Cela a sus 26 años, algo así como en un ejercicio literario que desbordó el pupitre). De ahí que nos animemos más a volver la mirada al maldito de los malditos en la literatura: el poeta François Villon (1431 / ¿?).
«Soy Francisco y el nombre me duele, / nacido en Pontoise, cerca de París, / y balanceándose al cabo de la cuerda / sentirá mi cuello lo que mi culo pesa». Muchacho “flaco y pelado como nabo”, según él mismo se describe, estudia Letras en La Sorbonne, y vive la vida golfa de la capital entre tabernas, meretrices y escándalos. En un lance con un fraile, por un amor, le propina unas puñaladas y lo mata. El canónigo Guillaume de Villon, su padrino, lo libera, pero é reincide en un robo con los Coquillards, y huye; recorre Francia vendiendo sus poemas hasta ser arrestado, por obra del obispo Thibaut, en Blois, en cuya cárcel compone su obra más famosa: El testamento. Liberado y vuelto a encarcelar repetidas veces, en noviembre de 1462 se le condena a ser “colgado y estrangulado”, momentos en que compone Balada de los ahorcados (que aquí traemos); pero la suerte le soníe de nuevo y es conmutado el 5 de enero de 1463 ─¿Reyes?─, con la promesa de no volver a París en diez años. Ya no se sabe de él.
Apiadaos de nosotros, hermanos.
Vednos aquí atados y colgados,
mordidos y podridos:
esqueletos ya en espera
de volverse polvo.
Nos empapa la lluvia,
nos seca y ennegrece el sol,
los cuervos nos sacan los ojos,
nos arrancan barba, pestañas y cejas,
nos dejan más picados que dedales,
y el viento sin cesar nos azota.
Hermanos, no es cosa de risa.
Rogad a Dios por nosotros,
y por vosotros también.
Salud.

jueves, 6 de febrero de 2020

Bla bla bla

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He tardado en decidirme a poner título a la entrada (e, incluso, a elaborarla). Me ha venido la idea al recordar que hay una corriente psicológica que, cuando te dicen que hables «aquí y ahora» y tú comienzas a explicar que tienes depresión porque te abandonó hace un año tu pareja, lo cual te destrozó, puesto que fue…, entonces, quien conduce la sesión te corta al tiempo que dice «Bla bla bla». Es decir, no sirven las racionalizaciones. No sé si tiene demasiado sentido la conexión entre esto y lo que deseo contar aquí, pero… ya está escrito.
Y Bla bla bla es lo que resulta la novela a la que me refiero, la cual acabo de leer, mejor dicho, acabo de intentar leer (pues la he dejado a las tres páginas), mejor dicho, se me ha caído de las manos. La ha escrito una persona conocida en el mundo del periodismo ─qué es hoy un(a) periodista si no escribe una novela─ y del lenguaje. Con un currículo envidiable, en el que no faltan premios y másteres. Es decir, alguien con recursos y perspicacia. Según dice, las palabras nos definen y éstas (en un asunto policíaco) pueden ser el camino para identificar a alguien.
Además, dispone de una editorial con prestigio para publicar. Llegado hasta aquí, me formulo algunas preguntas: cuando se está en las alturas, ¿no hay nadie que nos pueda dar una opinión sincera sobre lo que escribimos?, ¿acaso nos parece que podemos con todo?, ¿perdemos el norte a la hora de juzgar nuestra obra?
Claro que también puede suceder que yo esté en un error, que no sepa apreciar el ritmo y la música del texto, y la novela en cuestión sea la de un futuro Premio Nobel de Literatura. Al final del libro, hay una "Nota de autor" en la que agradece a una docena de personas (varias de ellas del mundo de la cultura) el haberse leído en texto y haberle hecho sugerencias. (Por si acaso, no diré cuál es).

jueves, 30 de enero de 2020

Monólogos con el amigo (mentor, perro) o Diálogos

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La ficción, la autoficción literaria se arropa en maneras de narrar, artificios formales que la hacen creíble, al tiempo que la revalorizan. Es lo que ensaya la escritora neoyorquina Sigrid Nunez (1951) en El amigo (2018), relato dirigido al amigo amante muerto, más propiamente, suicidado, lo que permite a la autora disgresiones variadas en torno al asunto, pobladas de erudición en muchas de las ocasiones en que lo hace.
La escritura ─tan omnipresente en quien escribe; ¿recuerdo alguna novela en la que no se hable de ello?─ también es uno de los temas de este libro que transita sin esfuerzo de lo vivido a lo sentido e imaginado. Casualmente, se conecta con la anotación anterior de esta bitácora ─caminar, también aquí aparece Kundera─, pues el destinatario de los monólogos, en vida, fue profesor escritor y repetía «si no puedo caminar, no puedo escribir»; el ritmo, alma de todo relato, lo adquiría cuando había dado un paseo satisfactorio. Plantea la autora, además, el sentido de la escritura al presentarla como la posibilidad de dar voz a quienes no la tienen, tal como hace la premio nobel Svetlana Alexievich.
Pero no olvidemos al personaje central de la novela: Apollo, el perro (enorme y artrítico gran danés) que había pertenecido al amante mentor escritor y del que ahora se hace cargo la narradora protagonista. Aquí está el fondo del relato: la amistad que se establece entre ella y él, que, cargado de años, va dando signos de decaimiento, lo que mantiene alerta a ambos.
¿Es novela?, ¿diario íntimo?, ¿dietario?, ¿ensayo? Para qué clasificarla. En todo caso, una narración hermosa y comedida que ilustra y hace reflexionar.

jueves, 23 de enero de 2020

El cuerpo camina en la literatura

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Lo cojo lo dejo, lo cojo lo dejo…, así unas cuantas veces hasta que decidí tomarlo en préstamo. Es Caminar, las ventajas de descubrir el mundo a pie (2019), de Erling Kagge (1963), escritor, explorador, abogado, coleccionista de arte y editor, y… caminante, tenían que señalar en su biografía. Tal vez, ello ─la mezcla de oficios─ me animó a llevar el libro. Pequeño formato, que trasciende la flanerie y cuenta con sobrados ejemplos literarios de el arte de caminar.
El autor transmite la satisfacción que se experimenta al dar un paso después de otro cuando se camina hasta que se disfruta el instante ─«El paraíso está aquí»─, al transformar las prisas en conciencia, al airear el abortagamiento sedentario con unos minutos de movimiento. Según señala el título, una pradera, un río, una ciudad…  se nos muestran  de manera distinta si las recorremos a pie ─«El paraíso está aquí»─ que si las vemos desde un vehículo. Y no digamos lo refrescante que es extraviarse, no saber dónde estamos. Y la posibilidad de mirar a la gente ─«La faz de todo aquel que pasa junto a mí es un misterio», escribía W. Wordsworth─ Incluso defiende los deportes de aventura (una vez que se hayan preparado concienzudamente), pues el peligro surgido nos conecta con un instante de vida ─«El paraíso está aquí».
Atractiva es, igualmente, la erudición del texto. No podía faltar, claro, El paseo de Robert Walser, y la conversación que mantiene su protagonista anónimo con el inspector de Hacienda, empeñado en hacerle más sedentario para que pueda pagar impuestos a su hora, en la que le dice que necesita pasear para poder escribir ─«con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea hasta la más pequeña de las cosas…»─. Al igual que tampoco Antonio Machado o Milán Kundera, en La lentitud. Así hasta llegar al abuelo del autor, que también fue andando ─qué pensaría─ hasta el lugar en que un pelotón nazi lo fusiló.
[La ilustración es de Tihomir Cirkvenvic].

jueves, 16 de enero de 2020

De Santiago de Chile a Beirut (de Nona Fernández a Pilar Salamanca)

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En estos días iniciales de año nuevo, no tengo cuerpo para sumergirme en un novelón, así que me paseo con relatos cortos. Los dos últimos me han llevado de Santiago de Chile a Beirut. Se trata de Chilean Electric, de NonaFernández (1971), y de Beirut “mish huna”, de Pilar Salamanca.
Chilean Electric ─apenas 106 páginas, en formato de bolsillo─ comienza cuando la Plaza de Armas de la capital chilena es iluminada por vez primera, lo que sucede en 1883, según le contaba su abuela a la autora. Lo curioso es que aquella aseguraba que estuvo en la inauguración (pues su padre era uno de los ingenieros alemanes de la compañía eléctrica), sin que le diera importancia al hecho de que había nacido en 1908, es decir, quince años después del acto. Ahí es donde Nona Fernández se pregunta qué es lo que pretendía transmitirle su abuela, qué iluminación podía extraerse del relato familiar. Comienza, entonces, un recorrido por la historia del pasado siglo en Chile, tan transida de oscuridad, de desapariciones, y de aquel presidente que clamaba por «más pasión y más cariño». Todo ello, dentro del ambiente familiar, en el que la abuela mencionada trabajó de secretaria con su máquina de escribir, y en una sociedad en la que el reverso de los recibos de la luz llevan rostros de “locos”, de se busca.
Distinto escenario es al que viajamos en Beirut “mish huna”, una ciudad que ya no existe, arrasada por la guerra que se inició en 1975 y se extendió hasta 1989, reconstruida, o así se asegura, pero que ha servido para llevarse por delante más edificios tradicionales que los que derribó el conflicto armado. Pilar Salamanca iba en busca de la ciudad que ella había conocido antes de los bombardeos, y va de decepción en decepción, pues esta desapareció. Pero nos deja (al igual que tantos relatos de viajes escritos por mujeres) la reescritura de sus estancias, el antes y el ahora, con pinceladas inesperadas, con apuntes de lugares cercanos ─Biblos, Batroun, Mar Antonios al-Kabir, etc.─, que nos remiten al pasado cultural de la zona, a su importancia y a la grandeza que se nos escapa. Claro, y también los cedros..., el mar... El libro se completa con ilustraciones de Pedro Sainz Guerra, en diálogo con las palabras, que por sí mismas merecen mención destacada.
Recomendables.

martes, 7 de enero de 2020

Regalos de enero

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Pues sí, aunque ya han pasado las fechas de los regalos, no vamos a desvelar todavía la identidad de la Mary Poppins envuelta en rojo que tomamos de la biblioteca del barrio. En cambio, lo vamos a hacer con otro de los libros que nos llevamos, una vez que nos volvió a picar la curiosidad. Este decía en su envoltorio: «Leer una novela de esta autora es como salir de excursión en un automóvil impecable, en el que todo ─el motor, la carrocería, el interior─ inspira confianza, hasta que  recorridos unos pocos kilómetros, va uno y tira el volante por la ventana».
Se trata de A la deriva, de Penélope Fitzgerald (1916-), personaje que cuenta con el atractivo de entrada de ser hija del editor de Punch, Edmund Knox, y sobrina del teólogo y novelista Ronald Knox, del criptógrafo Dilly Knox y del estudioso de la Biblia Wilfred Knox. Todo un mundo de conocimientos que parecieran flotar a su alrededor desde la infancia. Para mí, cuenta con el plus de ser una escritora tardía, pues no publica hasta los 58 años. Después, en los setenta, da a la luz unas novelas, con base autobiográfica, entre las que se encuentra A la deriva, tal vez la más conseguida literariamente (que se hizo con el  Booker Prize), si bien es La librería la más conocida.
Narra en la novela el tiempo en que una madre y sus dos hijas viven en una barcaza en el Támesis, junto a otras familias que no tienen recursos para instalarse en tierra firme o que desean una vida sobre el agua. Algo que la autora hizo. Puede tomarse como un homenaje a quienes en los años sesenta comenzaron existencias azarosas, para cumplir sueños o ideales, aunque fueran después arrollados por las condiciones del consumo.
Sin duda, una prosa atractiva, que despierta perplejidad, sin que se sepa en concreto de dónde proviene su encanto.