viernes, 31 de marzo de 2017

La luna y sus nombres (cráteres de mujeres)

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Cicatrices de
Luna que honran memorias.
Su piel, tu nombre
Está ahí. Luciano de Samósata (c. 125-195) imagina realizar un viaje a la luna (y al sol) en un barco que surque los cielos propulsado por vientos extremosos. A Kepler (1571-1630) lo ayudarían a ello demonios lunares. Plutarco (c. 46-120), por su lado, pone nombres a diversas zonas de la luna ‒llanura de Perséfone, llanura Elísea, a donde van las almas después de la muerte‒ y extiende la creencia de que contiene mares ‒lo que llamamos maria.
Dante considera a la Luna lucidora y pulida y colige que las manchas que pudieran verse en su superficie son reflejo de las irregularidades de la Tierra. Sabemos que no, que tiene numerosos cráteres, fruto de los choques con otros cuerpos celestes cuando se estaba formando (y que su atmósfera no erosiona). De los miles de huecos que luce, tanto en su cara visible como en la oculta (que no oscura) para la tierra, 1.586 han recibido nombres de gente dedicada a la filosofía y a la ciencia, entre ella quienes han dedicado su vida al espacio o a la selenografía. Y solo 28, un 1,7%, pertenecen a mujeres, comenzando por Hipatia (370-415).
A divulgar el nombre de estas se dedica el libro Las mujeres de la Luna. Historias de amor, dolor y valor (2016), de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros (a quienes también pertenece el haiku del epígrafe), los cuales incitan a que se corrija esa práctica política y sociológica con el nombramiento en femenino de equivalentes futuros, en las múltiples cicatrices que restan por bautizar. No en vano se puede acudir a alguna de las 2.500 entradas de The biographical dictionary of women in science.
Safo (c. 630/612-580 a.n.e.) no dispone de tierra alguna (según la UAI), a pesar de que la tiene presente: «Se ha ocultado la luna, / las Pléyades también, / está en su medio la noche, / la ocasión se va pasando / y yo acostada, sola» o aquello de «Las estrellas en torno de la hermosa / luna esconden de nuevo su fulgor / cuando en su plenitud llena ilumina / la tierra…».

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus campos].

sábado, 25 de marzo de 2017

Entre amigas Entre escritoras (Elena Fortún y Carmen Laforet)

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El título no me resulta atractivo. Incluso lo tengo por un poco cursi. De corazón y alma. Así se llama la obra que contiene la correspondencia habida entre Elena Fortún (1886-1952) y Carmen Laforet (1921-2004) durante los años 1947 a 1952, escritoras a las que aprecio. Además, Elena –Encarnación Aragoneses Urquijo– estudia, en su momento, biblioteconomía en la Residencia de Señoritas de Madrid, lo que le sirve en el exilio posterior a la guerra civil española para trabajar de bibliotecaria en la Municipalidad de Buenos Aires (hoy Biblioteca Mariano Moreno), puesto que le consigue Borges, ya que la escritora había coincidido años antes con Norah, hermana de este, en el Lyceum Club madrileño. Razón esta del oficio de colmar estanterías para pisar con honores la alfombra azul de nuestra bitácora. Por si fuera poco, dejó abocetada Celia bibliotecaria.
La correspondencia denota la situación vital de ambas. Una, autora de Nada, en los albores de su carrera literaria. Otra, creadora de Celia, en los ocasos. Pasión y angustia. Exilio y sosiego. (Curiosamente, conocí antes a la Premio Nadal, pues a mi pueblo no llegaban las aventuras de esa niña que vivía en los ambientes de la clase media española en la primera mitad de siglo). Decíamos que el título ronda lo sensible o efectista, aunque no dejemos de señalar que ambos elementos –corazón y alma– impregan desde el inicio la comunicación establecida entre ambas. Un entenderse desde la soledad. Un amarse desde los exilios. Un vivir creándose cada día en la presencia de las entrañas.
Escribe Carmen: «Dentro de unos días volveré a coger la novela [puede referirse a La isla y los demonios o El piano], ya para darle los arreglos finales. ¿Por qué escribirá uno? Todas las disculpas que uno se inventa para escribir son falsas. […] ¿Sabes que cuando yo iba a tener mi primera niña creía que ya no volvería a escribir? Creía que eso me serviría lo mismo. Luego resultó que no, que los hijos de carne y hueso son cosas aparte y que uno, por lo menos yo, no se puede entregar enteramente a ellos…».
Recomendable la correspondencia.
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus campos].

domingo, 19 de marzo de 2017

Altazor (desde los cielos de Huidobro)

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Los poemas extensos le iban a Vicente Huidobro (1893-1948), el poeta chileno que trajo a España (desde París) las vanguardias en 1918, plasmado en el ultraísmo del momento primero. En 1929 publica la novela fílmica Mío Cid Campeador, que goza de éxito. Y, poco después,  da a la luz Temblor de cielo (poema en prosa) y Altazor (en verso). Lo hace en la todopoderosa C.I.A.P., compañía que va aglutinando en España a buena parte de las editoriales de los años treinta del siglo pasado.
Hacía tiempo, con 25 años, comienza a escribir versos de Altazor (“Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente”), a los que va sumando nuevas contribuciones. El resultado de 1931 es un poema en un prefacio y siete cantos, en el que, al no tratarse de una narración épica (como la cidiana), resulta complicado mantener la unidad. Hay quien lo toma como un (caprichoso) juego verbal, pero el resultado no deja de ser desconcertante y admirable. De hecho es la obra con la que más se le identifica a este inquieto hombre.
Hay palabras que tienen sombra de árbol
Otras que tienen atmósfera de astros
Hay vocablos que tienen fuego de rayos
Y que incendian donde caen
Otros que se congelan en la lengua y se rompen al salir
Como esos cristales alados y fatídicos
Hay palabras con imanes que atraen los tesoros del abismo
Otras que se descargan como vagones sobre el alma
Altazor desconfía de las palabras
   Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas
            Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedra
Presintiendo el abismo a todo paso 
       Mas no temas de mí que mí lenguaje es otro
       No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
       Ni descolgar banderas de los pechos
       Ni dar anillos de planetas
       Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno
       Quiero darte una música de espíritu
       […]

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus avenidas].

lunes, 13 de marzo de 2017

¿Es necesario el sexo?

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Este es el título que James Thurber (1894-1961) y E. B. Withe (1899-1985) le ponen al libro que han escrito, para el que no encuentran editorial. Nadie quiere comprometerse con este asunto de manera abierta, pensando no solo en el casi seguro fracaso de ventas sino en los (diversos) ridículos a que se exponen, máxime cuando le acompañan unas ilustraciones de Thurber que pueden resultar algo ridículas. Al fin ve la luz en 1929… y todos los temores se muestran infundados. Pronto se convierte el libro en un superventas y el público disfruta de lo lindo con él, aunque expertos y políticos tratan de desvalorizarlo (porque sus páginas no les bailan el agua). Desde entonces pasa a ser obra de referencia, con numerosas reimpresiones y ediciones, en las que se van incorporando prólogos, proemios, introducciones, epílogos y anexos varios.
Una de estas adendas, la de John Updike en 2004, comenta que «rara vez un libro que lleve la palabra sexo en el título ha dicho cosas tan poco favorables al respecto». Y es que sus autores comentan que (en los años en que se escribe) hay dos factores de la civilización sobrevalorados: la aeronaútica y el sexo; el segundo, en principio un asunto ni difícil ni peligroso, es complicado por «sociólogos, analíticos, ginecólogos, psicólogos y diversos autores de libros de divulgación […] hasta mucho más allá de los sueños más delirantes de nuestros antepasados».
Como aquí nos dedicamos a literaturas o ciencias, no vamos a entrar en valoraciones. Sencillamente apuntar que uno de los capítulos de la reciente traducción de Panóptico, de Hans Magnus Enzensberger (ese discípulo de Montaigne), se ocupa de ello, y recuerda a quienes ofician la sexología –incluido Wolkmar Sigusch con su Neosexualidades, acuñador de la “cisexualidad”– las múltiples e insólitas formas en que el sexo se practicaba en la Antigüedad: Pasífae, mujer del rey de Creta, se enamora de un toro y encarga al ingeniero Dédalo que le construya una vaca de madera en la que se introduce y, así, copula con su enamorado (dando nacimiento al Minotauro); o el hijo de Hermes y Afrodita, que se une en un abrazo con una ninfa, cuya unión se convierte en fusión, de la que nace un ser hermafrodita; o…
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cursos].

martes, 7 de marzo de 2017

Música del Cosmos

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La música es el placer que experimenta la mente humana de contar [con números] sin ser consciente de que está contando (Gottfried Leibniz)
A estas alturas ya he renunciado a comprender los mecanismos internos de la teoría de la relatividad general y los de la mecánica cuántica. Tampoco es que me deprima. La mayoría de gente científica no las dominan en su totalidad y mucho menos son capaces de explicarlas. Ahora tratan de integrarlas en diversas teorías, la más conocida es la de las cuerdas, que presenta un mundo de partículas en continua vibración (con más de una decena de dimensiones); o en la de la gravedad cuántica de lazos, que postula que el espacio mismo es una trama de bucles; o en la de conjuntos causales, en la que la estructura del espacio se contempla como la arena de una playa. Pero a pesar de este desistimiento, continúan atrayéndome obras de divulgación científica.
Esta vez he picado en El jazz de la física, de Stephon Alexander, negro del Bronx que relata su peripecia hacia la ciencia y el jazz. La pulsión científica que siente no deja de estar tocada, en el entorno del barrio, por los múltiples encuentros que tiene con la música, vía de escape y posibilidad de esquivar al determinismo de la pobreza y la violencia. Dotado de intuición y de inteligencia, la existencia le abre puertas en los caminos que va tomando, a veces sin destinos de primera vista. Su propósito es dar con la fórmula que explique la estructura del universo, la expansión y contracción de las galaxias. Bajo la sospecha de que tienen una estructura musical –¿dónde se esconde esa fórmula (sencilla) matemática que lo muestre?–, que suenan con ritmo, cadencia, armonía, tonalidad o improvisación. Pitágoras y su música de las esferas no deja de estar presente en las Cosmologías actuales.

Además de una portentosa capacidad matemática, Alexander se vale de la improvisación y de las analogías. En su apoyo viene Einstein (que tocaba el piano) cuando explica la formulación de la teoría de la relatividad: «Se me ocurrió por intuición, y la música fue la fuerza que la impulsó. Mi descubrimiento fue el resultado de la percepción musical». Por aquí pasan John Coltrane, Margaret Geller, Brian Eno o Richard Feynman. Agradable compañía.
[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus cursos].

miércoles, 1 de marzo de 2017

Vida gallega en Terranova

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Se escribe mucho en los últimos años sobre lo postcolonial en las lenguas y, por extensión, sobre el papel de la literatura en la salvaguarda de los idiomas minoritarios. Walter Mignolo denomina gnosis al sistema que permite elaborar una teoría autónoma de la manera en que, con estos idiomas, las gentes piensan y se relacionan con el mundo.
Uno de estos es el gallego. Curiosamente, en la Edad Media fue idioma culto para la corte castellana. Las cantigas, por ejemplo, están escritas en él. Pero las alianzas que tomó la nobleza gallega en las guerras dinásticas (de Trastámara y Beltraneja-Isabel) les hizo quedar en el bando perdedor, por lo que fueron relegados de los ámbitos centrales del poder, pasando así el gallego a lo doméstico. Será la publicación de Cantares gallegos de Rosalía de Castro, en 1863 (sin que sea consciente del esplendor medieval), la que reinicie el auge del gallego como lengua culta, surgiendo de lo popular.
En esta línea se sitúa la producción literaria de Manuel Rivas (1957), escrita ella en gallego, en la que muestra un modo propio de ver la realidad, que puede resumirse en el uso de la retranca como el modo de expresar lo propio sin oponerse frontalmente a lo ajeno. Según estudia Isabel Castro-Vázquez es un modo de resilencia, que desemboca en re-existencia. Rivas realiza ecología del lenguaje. Se convierte, con ello, en alguien con peso.
Y lo hace de un modo altamente cualificado. El último día de Terranova (2016) es un mosaico del panorama cultural gallego español y argentino de los dos últimos tercios del siglo XX. Pone a prueba los conocimientos de cualquiera que lo lea (dejando entrever que no le supone mayor esfuerzo). Personajes, poesía, lenguaje, frustraciones, librerías, sueños… Es la ficción de la realidad cuando la realidad necesita ficción.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cauces].