martes, 19 de septiembre de 2017

Un amor imposible (para Chistine Angot)

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Recurrir a experiencias personales para tramar una obra de ficción es algo muy común, según sabemos. En la que ahora nos ocupa, el nombre de la protagonista coincide con el de la autora, Chistine Angot (1959, incluso en su primitivo apellido, el materno, Schwartz, antes de que su padre la reconociera legalmente). Es de suponer que la urdimbre también guarda parecido con la vida de quien escribe la novela, en cuyo caso supone un relato vívido, una expresión (a veces descarnada) de las relaciones con su madre, con el fondo del padre Guadiana, que la lleva a contactos incestuosas en la adolescencia.
Un amor imposible (2017) puede impactar. Y más pensando en que tiene base concreta en una persona que nos lo está contando. Poco hay que esforzarse para imaginar la base real de estas situaciones. Sucedidas en nuestro entorno de forma más frecuente de lo que suponemos quienes no estamos sometidos a esas existencias. Ya se había referido la autora a estos hechos en El incesto (1999) y en Una semana de vacaciones (2012), ambas obras polémicas, y ahora se centra más en la convivencia que mantiene con su madre, en donde pasa por la admiración, el rechazo y la reconciliación. (C. Angot no se corta demasiado; incluso, ha sido denunciada [y condenada] por airear la vida privada de personas de su entorno).
No puede decirse que disponga de una literatura brillante. Digamos que es práctica. Es opinión común que no llega al estilismo de la que puede ser considerada su maestra en el escribir: Annie Ernaux (1940). Pero Un amor imposible -el de su madre y su padre, de clase social diferente- va ganando en complejidad según avanzan las páginas. Y, al final, seguramente agradeces el haberlo leído.
[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

martes, 12 de septiembre de 2017

Amistad antes de la muerte

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La pintora Paula Becker (1876-1907) muere después de dar a luz, tras una hemorragia, y al expirar susurra «¡Qué lástima». La convención literaria nos ha legado un poema de Rilke como muestra de amistad con la fallecida, un hermoso requiem for a friend («Tengo muertos y los dejé partir / […] tan solo tú regresas, / me rozas, me rondas, quieres topar con algo / que a ti suene y te delate».)
Pero Adrienne Rich (1929), escritora y poeta (acostumbrada a «oir y escuchar a los demás, guardando dentro de mí el lenguaje de experiencias distintas a las mías […] he sido transformada, mi poesía ha ido transformándose, en este proceso sin fin»), reescribe los hechos (al igual que otras hacen con la mujer ideal de Becker o la paciente espera de Penélope). Para ella, la amistad, profunda amistad, de Paula se daba con la mujer de Rilke, Clara Westhoff (1878-1954). Ambas se conocen en Worpswede, colonia de artistas cercana a Bremen, en el verano de 1899; después viven en París el primer medio año de 1900, tiempo en que Clara asiste a clases de escultura con Rodin –«¡Qué bien trabajábamos juntas!»–; en el verano vuelven a Alemania; en 1901 es cuando Clara y Rilke se casan y, poco después, Paula lo hace con el también pintor Otto Modersohn (1865-1943).
A. Rich escribe entre 1975 y 1976 Paula Becker a Clara Westhoff, un poema, simulando el tiempo del embarazo y el sueño de su muerte –«No quería este hijo. / Eres la única persona a la que se lo he dicho […] Siento que avanzo / con paciencia, e impaciencia, dentro / de mi soledad […] Sé y no sé bien / lo que busco»–. Habla de las relaciones entre las dos mujeres y el poeta, del que Paula está celosa por separarla de Clara, razón por la que la primera también se casa, pero «el matrimonio es más solitario que la soledad». Termina recordándole sus primitivas conversaciones y propósitos, fundamentados en su ser de mujeres, «nuestra vieja promesa de no sentirnos culpables», en la lucha por la verdad.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) estrecha(s) nación(es)].
[Las pinturas corresponden a Clara Westhoft y Autorretrato a las camelias de Paula].

martes, 5 de septiembre de 2017

La reina de los Apaches

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La primera vez que oi el término apache aplicado fuera del contexto que conocía, el indio, me dejó algo descolocado, pero no pregunté lo que significaba por no quedar en entredicho, pues se suponía que tenía que estar al tanto de ello. Pasados unos años volví a leerlo en las memorias de un exiliado español de la Semana Trágica (1909) a Francia cuando narra que viajaba en tren sin billete y, una vez pillado, le acusan de apache. Es así que me puse manos a la obra y quedó desechada mi ignorancia en este punto, lo cual me ha permitido entender el porqué del nombre dado a un servidor de internet llamado Apache, pues la red de redes tiene mucho de libertad en su construcción desde sus orígenes –la contracultura estadounidense de los setenta la toma como cauce, sin controles, para comunicarse– y ello queda patente en muchas de sus denominaciones.
Viene a cuenta lo anterior porque acaban de traducir (2017) las Mémoires de Casque d’Or, bajo el título Los apaches de París. Hacía tiempo que no me divertía tanto con un libro. Fueron escritas en su momento por Amélie Élie (1878-1933), llamada la Reina de los apaches por haber sido compañera amante de varios de los líderes de las cuadrillas de jóvenes que campaban por sus respetos en el París de finales del siglo XIX y principios del XX –«Si vas a París, papá, / cuidado con los apaches…»–, las cuales solían buscar refugio en los depauperados barrios obreros.
Las publicó seriadas el periódico Fin di Siècle en 1902. A pesar de que el texto pasó por el tamiz del periodista Henri Frémont, conserva la frescura de alguien que vivía la vida según le venía y de alguien que tenía inteligencia natural y valentía para moverse en ámbitos tan intensos como peligrosos y cambiantes. Quienes amen el cine, posiblemente conozcan la Casque d’Or de Jacques Becker, con Simone Signoret, en la que se puede apreciar ese casco de cabello rubio que la coronaba.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) estrecha(s) nación(es)].

lunes, 28 de agosto de 2017

Cigüeñas para Arsenio en Castilruiz

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Entre los libros seleccionados para este verano puse Más allá, Tánger, del extremeño Álvaro Valverde (1959), en el que la narradora vuelve, en poemas, a la ciudad donde nació –«Cualquier calle da al mar. / Cualquiera, en consecuencia, / da al morir»–, sin saber todavía que en mi pueblo, Castilruiz, se iba a celebrar un acto en homenaje a nuestro poeta, ArsenioGállego Hernández (1886-1969), nacido aquí y fallecido en Cáceres, en donde pasó buena parte de su existencia, pues allí ejercía de catedrático de Matemáticas en el Instituto. Tras su muerte, se editó un libro de urgencia, Soria y Cáceres, mis amores (1971, por cierto, impreso en Burgos); después, por mediación del catedrático Eugenio Frutos Cortés, Mis dos vidas (1973). En ambas ciudades tiene calle.
Bajo el impulso del alcalde de turno y lo llevado a cabo por las asociaciones que existen, el pueblo salva el tipo como puede (y conserva todavía ráfagas de ese antiguo perfume a cochinos que en otro tiempo trajo prosperidad), enfrentándose a la creciente despoblación, al consiguiente deterioro de edificios vacíos y al descuido administrativo.
El lunes, 21, a las 19:00 horas, estábamos convocados en lo que fue la casa del maestro, que, tras años de ruina cabalgante, se ha convertido, por empeño del actual regidor, en un coqueto Rincón del Poeta. A media tarde la gente comenzó a mirar al cielo y, entre exclamaciones, a avisar a quienes estaban en casa. Unos centenares de cigüeñas sobrevolaban el pueblo. Sobrecogedor. En la calma calurosa del espacio, el impacto oscilaba entre la gozosa nueva inédita y el presagio difuso de vaya usted a saber qué puede ocurrir –en los años que tengo no he visto nada parecido; nacerá una criatura por cada una de ellas…–. Unas doscientas se posaron en la torre y el tejado de la iglesia, mirando al este, como los girasoles; el resto por las eras del tío Juanito.
La mujer de Arsenio desconocía que su marido escribiera poesía; al morir, apareció en un armario un montón de cuadernos perfectamente ordenados. Coincidió en destino con Antonio Machado en Baeza, cuando este ya venía de Soria, una vez fallecida Leonor. Las cigüeñas escuchaban desde lo alto –¿era ese el motivo de su venida?– y, en el posterior concierto de jazz, con saxo y guitarra, aportaron la percusión.
[Salud. Nos van hurtando la alegría de ser de una tierra a cambio del deber de pertenecer a una (o dos) pequeña(s) nación(es)].

lunes, 7 de agosto de 2017

La Isla de los Ratones (veranear)

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Me aburre un poco encontrarme con gente conocida esta temporada. La conversación posible es si viajas a algún sitio ¿A dónde vas este verano? De paso, te cuentan su proyecto o, en caso de haberlo ya realizado, lo estupendamente que lo han disfrutado ¡Tienes que ir, es sorprendente! Lo engorroso llega cuando dices que no tienes nada pensado ¡Aprovecha a vida!
¿Qué decir? Es así que he optado por aventurar que estoy interesado en la Isla de los Ratones (poniendo suspense a su geografía, gastronomía y paisanaje). Cierto que con ese nombre se conoce popularmente a unislote –Isla Marnay– de la bahía de Santander, aunque aquí viene a colación porque con ese nombre se publicó una revista de poesía entre 1948 y 1955, a cargo de Manuel Arce (1928), y como editorial fungió hasta 1985 (de la mano de Teresa Arce y Julio Neira). El primer poema –que visito una y otra vez– que publica la revista es de José Luis Hidalgo (1919-1947), compuesto en 1938, en plena guerra:
Sin llamarte,
porque ya no me oías.
Con la boca mordiendo sangre y tierra.
Sin decirte siquiera:
aquí estoy,
aquí he venido
para saber de cierto que te has muerto…
Nada.
No dije una palabra,
ni un nombre;
nada que pudiera romper tu mansedumbre.
Pero yo di a tu sueño
lo mejor que tenía.
[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

viernes, 28 de julio de 2017

¡Buen Camino!

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Unir realidad y literatura es una de las misiones de las bibliotecas; un empeño que a veces no las libra de bipolaridades. El boletín Entrepueblos.Cooperación pueblo a pueblo, número 67, de verano 2017, inserta en primera plana una foto de Las Patronas asistiendo con alimentos a migrantes hacia EEUU a su paso por México ‒señalemos que es la imagen elegida por Arturo González Villaseñor para la promoción de su documental Llévate mis amores‒. Este grupo de mujeres actúa en la localidad deGuadalupe, ‘La Patrona’ (Veracruz), desde 1995, al paso del ferrocarril La Bestia. La revista citada, en el texto «Centroamérica: sobrevivir al desarrollo», hace balance de tres décadas de cooperación internacional al desarrollo dada en la zona, concluyendo que ha sido un éxito del desarrollo y un pinchazo de la cooperación; es decir, se ha progresado en la concentración de la riqueza, en la financiarización, en la deslocalización, en la especialización territorial y en la acumulación por desposesión.
Emil Kraepelin (1856-1926), padre o abuelo de la psiquiatría moderna, desarrolla su vida interior a través de la pintura, la música y la poesía. Al morir se le descubren poemas como el soneto Discordia:
Cuando la existencia me impone su desmesurado yugo,
hueste de relumbrantes destellos asoma ante mí:
es un tornasol tropel de rutilantes sueños y anhelos
que ferazmente florece y me embarga del todo.
Sin embargo, el día en que yo acabe cediendo jamás llega:
sujeto estoy, no lo ignoro, por mil férreos grilletes.
Lucho por la luz, busco gozoso albedrío,
pero ocultas fuerzas en perpetua pugna me confinan.
¿Tiene algún significado esta discordia?
¡Cómo rebosa de hiel el cáliz de la vida ante mí!
Y, sin embargo, mi ser más auténtico ama esta agonía.
Sin esta rebelión interior me odiaría a mí mismo.
¿Cómo disiparse la grisura de los días podría
sino a través de los redivivos anhelos de mi corazón?
[La ilustración es de Angelica Paez].

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

viernes, 21 de julio de 2017

La prosista poeta (Sylvia Plath)

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Sylvia Plath (1932-1963) es conocida por haberse quitado la vida y reconocida por Ariel, libro de poemas escrito el último año de vida, en el que se muestra poeta del género confesional, en paralelo a su compatriota estadounidense Anne Sexton (1928-1974), también suicidada. No obstante, «para mí –escribe–, la poesía es una evasión del trabajo de verdad de escribir prosa», algo que realiza con fluidez durante la adolescencia, pero que se le resiste en la edad adulta. Y eso que su deseo es llegar a ser una escritora popular, que gane ingentes cantidades de dinero, con lo que poder sentir que tiene un oficio respetable, además de que sueña con ser periodista de viajes y poder financiar los mismos con las crónicas correspondientes.
Sus cualidades literarias hacen que reciba una beca Fullbright (con la que estudia en Europa, donde se casa y muere). Comienza varias novelas, de las que solo termina La campana de cristal (como Victoria Lucas). A pesar de que lo intenta con ahínco y, a la manera flaubertiana, ensaya una y otra vez escribiendo minuciosas descripciones de lo que ve, además de volcarse por momentos en unos diarios (que permanecen sin publicarse en su totalidad, debido a la crudeza de las opiniones hacia quienes conoce), en las que hallan sentido muchos de los elementos que aparecen en su poesía. (Curiosamente, su escritura mecanografiada es de bastante mejor calidad que la escrita a pluma). Pero estaba «completamente aislada de la humanidad, en un vacío creado por mí misma: me sentía cada vez más enferma. Solo podía ser feliz como escritora y no podía ser escritora. Estaba paralizada por el miedo». Hasta el último año de vida, perdía la lucha cuerpo a cuerpo que mantenía consigo misma.
Es en el relato Jonnny Pánico y la Biblia de los Deseos, de 1958, cuando muestra esa libertad que aparece en Ariel y en los cuentos de 1963. Con ese nombre –Johnny Panic and the Bible of Dreams– se recopilan algunos de ellos, lo que es editado ahora en español como La caja de los deseos.

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

jueves, 13 de julio de 2017

Escritor Leonardo (Sciascia)

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Se dice que la literatura tiene capacidades para decir verdades que no alcanzan a reflejar la crítica o la historia. Incluso la verdad esencial de asuntos o personas. ¡Y qué más verdadero que una vida! De ahí que las biografías pueden beber de las dos partes y convertirse en obras literarias al tiempo que narran perfiles de vida. Al menos, así me está resultando la obra de Matteo Collura sobre Sciascia. El maestro de Regalpetra (2001), en la que se ha servido de los textos de este escritor culto y elegante para mostrar el hacerse de este hombre y las palabras que compuso, de forma natural, en las que retrata y denuncia la sociedad que le toca vivir, entre otras a la mafia siciliana, algo no muy corriente.
Leonardo Sciascia (1921-1989), al igual que Sthendal (al que admiraba) o Sartre rechaza al padre y prefiere al abuelo (paterno) como figura adulta con la que moverse. Se cría entre sus tías más que con su madre. En cierto modo es un niño cuidado, que puede escapar a las condiciones de muchos de sus compañeros en Racalmuto, interior de Sicilia, abocados al durísimo trabajo en las minas de solfataras. Siempre tendrá a este lugar ‒Regalpetra‒ por centro de su actividad (aunque viaja bastante, nunca está fuera más de un mes). Admirado por sus compañeros de Instituto, debido a su extensa cultura y su capacidad literaria, se diferencia de ellos en su actuación: «no bailó nunca, jamás le dio una patada a un balón, no condujo un automóvil, no subió a una barca ni se bañó nunca en el mar» (que no le atraía). Eso sí, sabía interpretar los signos de su tiempo.
Disfrutaba de la escritura, del «placer sensual, físico del hecho de escribir»; tenía «amor por los instrumentos de la escritura», cuadernos, lápices, plumas y tinta. Esta nace desde la existencia de las minas, desde su afición al cine, desde su pasión juvenil por el antifascismo, desde la opresión mafiosa. La considera una actividad moral.
Su hermano Giuseppe se suicida a los 25 años (cuando él tiene 27). Sobre su tumba elige palabras de Cátulo (en latín):
Contigo fue sepultada nuestra casa,
contigo perecieron todas las alegrías,
que cuando estabas vivo tu dulce amor sostenía.
En su propia tumba ‒Sicilia se quedó más sola‒ quiso que se leyera: «Nos acordaremos de este planeta».

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

jueves, 6 de julio de 2017

Presocráticos (sin fin)

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«Prefiere las pérdidas a las ganancias torpes, que lo uno te dolerá una vez, lo otro siempre», dejó escrito Quilón el lacedemonio (viviendo en el siglo VI a.n.e. en Esparta contribuye a las leyes de Licurgo, pero también a la militarización de la vida civil en su región; se dice que murió de alegría en brazos de uno de sus hijos al conseguir este un premio olímpico).
Me acerco cada verano a alguna obra clásica (entendiendo por ello lo que llega hasta el siglo veinte). Estos días, imbuido de las páginas de Conversación de Gonzalo Hidalgo Bayal (ya comentada en la entrada anterior), en concreto en el (magistral) relato «Aquiles y la tortuga» (en que deja sentado que «no hay fracaso más oscuro y doloroso que el que se esconde tras los éxitos extraños, tras los disfraces de la fortuna lisonjera»), me he llegado a Los presocráticos, en compilación de Juan García Bacca, que editara Fondo de Cultura Económica. Selección en la que se atiende tanto a la forma literaria como al contenido filosófico de los textos expuestos. Inicios del razonamiento filosófico.
«A la manera como la araña desde el centro de su tela siente apenas [que] una mosca está destruyendo alguno de los hilos de ella, y hacia allá corre velozmente cual si le doliera lo que al hilo le pasa, de parecida manera el alma del hombre fluye apresurada hacia aquella parte del cuerpo que haya sido herida, cual si no pudiera soportar semejante lesión en un cuerpo con el que tan firme y proporcionalmente se halla unida», escribe Heráclito en el fragmento sexagésimo séptimo.
Aquí figura hasta la que pasar por una de las frases presocráticas más tópicas: «todas las cosas se cambian en fuego y el fuego se cambia en todas las cosas, como el oro por mercancías y las mercancías por oro». Lógos refiere tanto una noción filosófica como un concepto matemático; es cuenta y es razón, tal como lo traduce García Bacca.

[Dichosa filosofía. Salud].

viernes, 30 de junio de 2017

Conversación entre Correspondencia

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De vez en cuando vuelvo al humor de Natalia Ginzburg. En este caso ha sido a Mi querido Miguel ‒‘Caro Michele’‒, que tradujera en su momento Carmen Martín Gaite (1925-2000), en el que la autora se vale de la correspondencia entre protagonistas para enhebrar la historia, retomando la modalidad de novela epistolar. Como suele suceder en quienes dominan las entretelas literarias, fondo y forma se (con)funden. Una docena de personajes van apareciendo en las páginas y, según vamos leyendo, se acoplan entre sí. Los distintos domicilios de la ciudad donde viven (y desde los que escriben) permiten que entremos a escenarios distintos de manera natural. Y, además, la salida de Italia del personaje central, Miguel, labra el punto de fuga espacial (y vital) hacia ambientes distintos.
Una familia necesitada de relación, incrementada con seres que carecen de vínculos de sangre. Incapaces ambos de una comunicación auténtica, en parte porque los acontecimientos que suceden en su entorno arrastran a quienes se topan con ellos. Como suele decirse, al menos nos reímos.
Diferente es el modo de narrar del extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal en Conversación. Aquí está la voz de sus protagonistas (a veces, incluso, en plural) y la de los testigos de los hechos que intrigan a los primeros en los cinco relatos que componen la obra. Ese kalé heméra con el que comienza es digno de los ‘buenos días’ con los que saludamos la jornada. La tristeza que se posa en la existencia cotidiana de tanta gente, cuando se sabe que la vida está adentro agazapada. El protagonista que cuenta con vergüenza el encuentro habido con la mujer en la mañana de la despedida.

Verecundor referens. «Prometí que nunca contaría lo que voy a contar […] lo cuento con pesadumbre […] si rompo la promesa y os lo cuento, es para que tengáis noticia de otras formas de dolor y de heroísmo».

sábado, 24 de junio de 2017

Lecturas de La Recolectora

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Una temporada más ‒y van ocho‒, el club de lectura La Recolectora, desde la Biblioteca Pública de Burgos, ha discurrido por los accidentados caminos del territorio literario de octubre a junio. Cada quince días, en la Casa Redonda, han sucedido los avatares en las voces compartidas de quienes por allí pasamos. Mares, oteros, llanuras, riscos… son visitados por nuestra percepción. De sesión a sesión, aquel vínculo invisible entre dieciocho personas leyendo las mismas palabras de un libro. Al final de cada una, voceando el texto elegido para la lectura vinculante. (Después, la charla refrescante en el bar).
El año de Gracia,  Cristina Fernández Cubas
El lector de Julio Verne, Almudena Grandes
Las hijas de Hanna, Marianne Fredriksson
La ciudad feliz, Elvira Navarro
El padre de Blancanieves, Belén Gopegui
El corazón de las tinieblas, Josep Conrad
Orgullo y prejuicio, Jane Austen
Identidades asesinas, Amin Maalouf
El túnel, Ernesto Sábato
El último día de Terranova, Manuel Rivas
El ruido y la furia, William Faulkner
Maus, Art Spielgeman
Mi planta de naranja lima, Jose Maria Vasconcelos
Zona fría, Jonathan Franzen
Especulación, Thomas Wolffe
Modos de ver, Jonh Berger
La mujer que buceó en el corazón del mundo, Sabina Berman
Además, un final en la peculiar biblioteca de Quintanalara, pequeño pueblo de Tierra de Lara, del que hablaremos en otra ocasión.

[Salud. A la espera de que quienes se arrogan la vida incorporen las lecturas].

domingo, 18 de junio de 2017

La madre de Dante

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Desde que Boccaccio (1313-1375) escribiera Vida de DanteTrattatello in laude di Dante‒, conocida es la leyenda en que se atribuye a la madre de este, Bella degli Abati (que muere cuando el niño tiene cinco o seis años), una visión premonitoria de que el hijo que va a nacer de sus entrañas realizará notoriedades. Sale a Florencia en su fantasía, vestida de novia, vaga por las calles, entra en un jardín y, allí, cercana a una fuente, al pie de un laurel habitado por un pavo real… siente el peso de su gravidez. Se dice que nadie como el poeta griego Angelos Sikelianós (1884-1951), en Epinicios, ha sabido captar tan bellamente ese momento del parto.
“Florencia parecía desierta en su sueño
al amanecer.
Lejos de sus amigas, sola,
vagaba por las calles.
Y tras ponerse el vestido nupcial de seda
y un velo de lirios,
caminó por las encrucijadas. Bajo los pies,
las calles le parecieron nuevas.
[…]
Atraída por su fragancia, le pareció acercarse
a un alto laurel,
en el que un pavo real, saltando de rama en rama,
subía hasta la copa.
Y alargando su cuello a una y otra rama,
rebosantes de bayas,
comía una, cogía otra y la arrojaba al punto
a la tierra.
Instintivamente, levantó su delantal bordado,
en la sombra, hechizada...
y al momento se sintió muy pesada,
cargada de rizadas bayas”.
******   ***         ******
Reposó un instante del esfuerzo matinal,
en una nube fresca,
y sus amigas, alrededor de la cama, esperaban
para acoger al niño.
Dante nace posiblemente en 1265 y muere en 1321. A los 9 conoce a Beatriz (que fallece en 1290), de la que asegura se enamora a primera vista y que es, sin que entable relación con ella, el motor de su vida, dando lugar al denominado amor cortés, tan influyente en los siglos posteriores. Su hija Antonia se hace monja con el nombre de Beatrice.

[El cuadro es de Heinrich Vogeler].

lunes, 12 de junio de 2017

Nada (en el despertar)

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Hay unos seis modelos de marcapáginas (que voy renovando según me llegan, principalmente de las bibliotecas municipales) en la mesa donde reposan los libros que llevo a casa en espera de ser leídos. Para algunos, ya lo elijo en el momento de empezarlo, pues me he hecho una cierta idea de cómo es desde que lo cogí en la biblioteca o en la librería. Para otros, necesito leer unas páginas antes de asignarle marcador. Y, en una tercera clase, están los que no tengo muy claro cuál es el adecuado para compartir esos días de lectura y de trasiego. Es lo que me está ocurriendo en este mes con dos obras, una de ellas ya terminada y la otra recién comenzada.
La primera es Nada, de la escritora danesa (afincada en Nueva York) Jane Teller (1964), escrita en el año 2000, una vez que la autora había dejado su trabajo en Naciones Unidas, dedicado a la resolución de conflictos humanitarios en Tanzania o Bangladesh. No solamente a mí me ha sucedido esta desorientación. La trayectoria de la obra es significativa. En la salida dio pie a encendidos debates sobre la idoneidad de su lectura en gente adolescente, debido a los asuntos que plantea. Pero supera este escollo y se convierte en libro obligado en el sistema de enseñanza de Dinamarca, además de resultar exitosa en Francia, Noruega y Alemania.
A veces me parecía estar releyendo El señor de las moscas, el cual me deja un regusto amargo. Pero aquí la crueldad no proviene del liderazgo, sino de la convivencia en la pubertad. Jane Teller asegura que es un «cuento de esperanza y luz», cuya escritura le supuso una reordenación interior, un vaciado de sus demonios, al que da gracias «porque me hizo abrir todas las ventanas del oscuro, precario y tentador desván existencial que llevaba conmigo». El protagonista –Pierre Anthon– puede abrirte los ojos a lo sorprendente de la vida, cuando no la reprimimos con artificiales y autoimpuestas reclusiones.

La segunda obra, El despertar, de la joven vietnamita (residente en Francia) Line Papin (1995), todavía está sin asignarle marcapáginas. Por de pronto, la publicidad que le han puesto (tomada de Livres-Hebdo) me resulta tan sin sustancia como la mayoría de críticas que acompañan a libros, pinturas, esculturas, etc. «seductora polifonía de hierática sensualidad».

martes, 6 de junio de 2017

La vejez entre palabras

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Con frecuencia, el inicio de las narraciones que comienzan con la vejez  suele ser una circunstancia, un modo de trabar una historia que se retrotrae a épocas anteriores de la vida de sus protagonistas. El arte de volar, de Antonio Altarriba, hecho novela gráfica con la aportación de Kim, es una muestra de ello. La persona anciana ‒algo demente, en muchas de estas ocasiones‒, mediante el recurso literario oportuno, da con los elementos con los que poder configurar el hilo de su existencia.
Por ello, decíamos en la anotación anterior que nos había sorprendido el libro Nosotros en la noche, de Ken Haruf. El protagonismo corre a cargo de Addi Moore y Louis Waters, de unos 70 años, viuda y viudo respectivamente, que han tenido vecindad durante más de media vida, sin que hubieran compartido acontecimientos de la misma, solo viéndose las veces que se cruzaban, tal como puede sucedernos con quienes habitan cerca de nuestra casa (porque, claro, es una pequeña población de Colorado y allí se suele vivir con jardín).
Una tarde (¿o mañana?), ella le hace una propuesta y él, sin meditarla demasiado, acepta. Desean tener compañía durante los momentos más interminables de los días. Ahí comienza una historia de amor sosegado, de dulzura sobrevenida, inesperada…, para la que no hay concesiones de ficción. Cada cual tiene su progenie. La independencia (aun en quien ya ha pasado por todas las cadenas) no existe. El cuerpo impone su ley.
Ken Haruf (1943-2014) escribe esta novela una vez que su médico le ha pronosticado que le resta poco tiempo de vida. Tiene 71 años y, antes de desaparecer, pone su empeño en narrar esta historia; además, de forma diáfana, en donde los diálogos se funden con la existencia, con ella y él.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus historias].

miércoles, 31 de mayo de 2017

Apoyo a Elena (o la pastora Marcela)

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Había bocetado la anotación de hoy sobre la lectura esta semana de dos libros que, en cierto modo, me han sorprendido: Nosotros en la noche, de Kent Haruf, y Madre, de Richard Ford. Pero he topado con algo que me ha sorprendido más: el artículo de R. Pérez Barredo «El rapto de Elena» (Diario de Burgos, 29-V-2017), referido a Elena Gallego, en el que abundan declaraciones de esta, en las que denuncia las amenazas que recibe desde que denunció los manejos que se dan en los montajes académicos en torno a las publicaciones sobre literatura japonesa.
Ya hemos hablado en esta bitácora de alguno de sus preciosos libros de haikus (realizados en colaboración con Seiko Ota), en concreto de Haikus en el corredor de la muerte (Hiperión, 2014), al que siguen Haikus de amor (2016) y Haikus de guerra (2017). Aunque ha de decirse que su labor intelectual sobre cultura japonesa es mucho más amplia. Ya en los noventa, junto a Montse Watkins (fallecida en 2000), funda una editorial en Japón en la que publican numerosas obras traducidas al español, pues es en el ámbito de la traducción en el que vuelca empeños y obtiene logros.
La denuncia que ha hecho del libro Claves y textos de la literatura japonesa (Taurus, 2007), haciendo oídos sordos a las recomendaciones de que no se metiera en ello, le están reportando serios contratiempos; uno de ellos la suspensión de empleo en la Universidad de Sofía, de Tokio, en la que es profesora; desde entonces recibe las amenazas aludidas y las presiones para que se retracte y se comporte según el (ambicioso y ciego) mercado. Y en esas anda, esperando la sentencia del juicio que se celebró.
No hace mucho que escuchamos a Elena una conferencia sobre Marcela, la pastora de El Quijote, que se planta ante el auditorio varonil a defender su libertad e inocencia, pues ya había sido condenada por el criterio caduco de la opinión bienpensante (y mutiladora).
Así, pues, ahí tiene nuestro apoyo.
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus valentías].

jueves, 25 de mayo de 2017

Sic vos non vobis. Archivos

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El trabajo en archivos resulta más emocionante que el de bibliotecas (aunque solo sea por la posibilidad de documentarte sobre vidas ajenas). No hace mucho hablaba con gente de este gremio y no todo el mundo conocía el lema del cuerpo ‒Sic vos non vobis‒ y menos aún el origen de la expresión Así vosotros, no para vosotros.
Refiere Elio Donato en la Vida de Virgilio que, al amanecer, aparece una pintada (sin firma) en la puerta de palacio: «Llueve durante la noche; por la mañana se reanudan los juegos: César comparte poder con Júpiter». Alude el dístico a la influencia del emperador sobre los elementos, pues en esa jornada se iban a celebrar ejercicios circenses y, el día anterior, una tormenta furiosa amenazaba con tener que posponerlos. Augusto desea conocer a quien la haya escrito. Al no presentarse nadie, el descarado Batilo lo hace y es recompensado.
El autor, Virgilio, no queda conforme y vuelve (anónimamente) con un hexámetro y el inicios de cuatro pentámetros truncados:
Hos ego versiculos fecit; tulit alter honores:
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Augusto exhorta a que se complete el poema, pero ni Batilo lo consigue. Momento en que lo hace Virgilio:
Yo hice estos versos; se alzó otro con el premio:
Así vosotras, aves, no para vosotras hacéis los nidos
Así vosotras, ovejas, no para vosotras, criáis la lana
Así vosotras, abejas, no para vosotras, fabricáis la miel
Así vosotros, bueyes, no para vosotros, arrastráis los arados
Y, con ello -¿una reivindicación de derechos de autoría?-, queda ensalzado este hermoso oficio.

[Salud. A la espera de que la vida se nutra de sus documentos].

viernes, 19 de mayo de 2017

La importancia de no entenderlo todo

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«Es probable que en la punta de la lengua hay contenida una gramática natural. Aunque parezca mentira, si dices lo que tienes en la cabeza con el lenguaje que te viene de tus padres, de la calle y de tus amigos, lo más seguro es que digas algo bonito». «Por suerte para el arte, la vida es dura, difícil de entender, inútil y misteriosa». Estas son algunas de las frases del libro La importancia de no entenderlo todo, de Grace Paley (cuyo título en inglés no parece que guarde demasiado parecido: Just as I thought), en cuyas páginas autobiográficas redobla la ácida mirada que muestra en la narrativa.
Esta mujer nacida en Nueva York como Grace Goodside, en 1922, y fallecida en Vermont en 2007, es hija de inmigrantes judíos rusos. Se hace conocida en los sesenta por sus actos de desobediencia civil, en especial de cariz pacifista frente a la guerra de Vietnam, actitud que mantiene a lo largo de su vida contra los conflictos armados que no dejan de sucederse (el último el de Irak). Aunque ya mucho antes se niega a cumplir leyes antinaturales, como la discriminación hacia las personas negras en lugares públicos o la defensa de Washington Square. Se defiende algo porque se considera justo.
Hasta sus últimos días vive así. Es curiosa la actitud que solemos tener ante personas de este calibre en su edad madura. Las miramos con cierta conmiseración cuando las vemos en marchas o movimientos reivindicativos en los que la mayoría de asistentes son gente joven. Y, por otro lado, nos acercamos a escucharlas cuando dan charlas o leen poemas, una vez que parecen inofensivas para la paz social y son acogidas por los medios de información.
Antes de saber de su vida, leí sus recopilaciones de cuentos: Batallas de amor, Enormes cambios en el último minuto y Más tarde el mismo día. Ya me resultaron singulares. («Es responsabilidad de la sociedad dejar al poeta ser poeta»).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus acciones].

sábado, 13 de mayo de 2017

Visiones e ilusiones (de los anillos)

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El anciano titán Crono, padre de Júpiter, trata de comerse a todos sus hijos (ante el augurio de que uno de ellos lo destronará), argumento que se convierte en asunto favorito de muchos pintores a lo largo de la historia. En el firmamento, el planeta que lo representa es Saturno, nombre latino, una vez que Zeus lo ha expulsado del Olimpo y se instala en el Lacio, desde donde enseña la agricultura a los hombres, estableciendo la Edad de Oro. Entre los cuadros más conocidos de su criaturafagia se encuentra el de Rubens, ejecutado en 1636, el cual tiene un curioso detalle en la parte alta, pues entre los nubarrones que aumentan el desasosiego de la escena aparecen tres estrellas, en clara alusión al planeta de los anillos.
No es que sea un capricho del pintor, sino que refleja el modo en que Galileo describe el astro cuando lo observa con su primer telescopio en 1610 –«la estrella de Saturno no es una única estrella, sino que está compuesta de tres, que casi se tocan […] el ojo desnudo no distingue ninguna de estas formas sin el telescopio»–. No parece que Rubens se enterara de que el científico vuelve a mirarlo dos años después y ya no se encuentra con las pequeñas estrellas de los lados, por lo que bromeó diciendo que ahora el Dios sí había devorado a todos sus hijos. El italiano no logra explicarse lo que ve –¿habrá sido una ilusión?– y será el holandés Huygens quien comprenda poco después que ello es debido a los anillos de que dispone, cuya posición varía con respecto al ángulo que mantenga con la tierra.
No resulta fácil comprender el mecanismo de nuestra visión. Se tardaron siglos en saber que las imágenes se crean en el cerebro, una vez que los fotoreceptores de nuestros ojos le envían incesantemente información (y este la descomprime, a manera del ordenador). La filosofía clásica desconfiaba de la vista y daba más crédito a la razón. Después, la tecnología telescópica y microscópica, nos abre la sorpresa de ver lo invisible a simple vista. Es tanta la importancia de la vista, que un 80% de las palabras de nuestro idioma relativas a los sentidos se refieren a ella. Conocemos con ella. Por mi parte, me he ayudados estos días de El ojo desnudo (2016), de Antonio Martínez Ron, para situarme mínimamente en este ámbito. Se disfruta.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus visiones].

domingo, 7 de mayo de 2017

Narraciones de otros tiempos

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Hay libros (o, al menos, eso me parece al leerlos) que denotan enseguida una escritura de otro tiempo. No digo antigua ni desfasada, sino que es distinta a la que acostumbramos a leer. Su voz narrativa tiene un aire demasiado inocente, apoyada en personajes que dejan ver las costuras. Gente de ambientes distintos me habían recomendado la lectura de Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro Vasconcelos (1820-1984),  que publicara allá por 1968 ‒año de nuestro peculiar mayo‒, y que conoció un éxito inmediato, convirtiéndolo en uno de los autores más populares de la literatura en Brasil.
Cierto que plasma una delicada atención a la naturaleza y un cuidado especial en reflejar la vida precaria de la gente desfavorecida de la sociedad. Además bebe de la tradición oral de su tierra, Bangú, lo que le lleva a transcribir en sus novelas letras de canciones o estribillos que cantan en la calle (Deixa-me fonte, dizia / a flor a chorar. / Eu fui nascida no monte / nao me leves para o mar. // E a fonte sonora e fria / com um sussurro zombador / por sobre a areia corria / corria levando a flor...). En ello no deja de tener delicadeza, lo que resalta en la versión española al dejar las letras originales. Aquellas lindezas dramáticas:
Aproveitaste ela estar assim sozinha
E não ter tempo de chamar uma vizinha…
Apunhalaste sem ter dó nem compaixão.
A pobre, pobre Fanny que tinha bom coração.
Por Deus eu juro que tambén hás de sofrer…
Numa cadeia eu hei de ver-te morrer.
La edición que he leído va por la séptima reimpresión (2014). Y presenta el siguiente colofón: «Todo niño viene al mundo con un cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que ese amor salve o condene» (Graham Greene).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus plantas].

lunes, 1 de mayo de 2017

Teatro de ajedrez en Reikiavik

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Tantas novedades y tan antiguas nos hacen permanecer en un estado de tensa propensión a lo que puede venir que dura hasta que lo descubrimos habitando un lugar que habíamos desalojado. ¡Qué gusto saber que la inquietud es un trozo de piel cuyo tacto nos calma!
En Segovia se ubica la editorial La uÑa RoTa (con sus colecciones de Libros Inútiles, Libros del Apuntador y Libros Robados), en la que se halla la obra de teatro Reikiavik (2015) de Juan Mayorga, centrada en el enfrentamiento que se da en el campeonato mundial de ajedrez más famoso, el de 1972 en la ciudad (humeante) islandesa, entre Bobby Fischer y Boris Spasky. Decimos ‘centrada’, pues en realidad son dos personajes –Waterloo y Bailén– que juegan a jugar como ellos, más un Muchacho que entra en acción y que experimenta cómo puede cambiar su vida. Conocido de sobra es este evento en el que interviene un genial Fischer, pero también indómito (o más bien inaguantable, exclusivista o ambicioso), y un discreto Spasky, a la vez elegante y sensible. La trama se basa en la intención que nos acompaña de vivir la vida de los otros y de hacerlo en un duelo (con sus dos significados).
La escisión, el doble… es algo presente en la literatura desde que el Ka egipcio duplica el alma de la gente para que pueda tener garantía de su existencia en el otro mundo. Y por el Er platónico sabemos que el doble nace de una escisión de nosotras y camina al lado, lo que completa la identidad escindida –Doppelgänger–. En la sociedad del momento esta separación la propicia la Guerra Fría, actora principal de la obra, con personajes de sombra en la CIA y el KGB. Espejos. Y qué mejor re-presentación de esta dualidad que un tablero de ajedrez. (Pero, en fin, no embrollemos la acción y leamos [procedamos] los diálogos de Mayorga, para terminar en el ensayo de Fernando Broncano que le acompaña).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus tableros].

martes, 25 de abril de 2017

Lecturas compulsivas en el círculo de tiza (Azúa)

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Últimamente topo con Círculo de Tiza. Por capricho compré Japón, paisaje del alma (2016), ilustrado profusamente con imágenes de Oriente, además de que contiene textos de Kipling sobre esta cultura y la emblemática Bushido de Inazo Nitobe. Blanco y negro sobre blanco y negro. Pesa más que una Tablet, pero desliza entre los dedos aguas cristalinas en cascadas sonoras.
Ahora ‒también en el círculo blanco‒, desde la mesa de Novedades de la biblioteca del barrio, me hago por unos días con Nuevas lecturas compulsivas (2017) de Félix de Azúa (Barcelona, 1944). No ha tenido suficiente con las publicadas en 1988. Mientras tanto, han sucedido cosas… que le han hecho abandonar su tierra. Por la palabra escrita transcurre su segunda vida, así que no es de extrañar que la describa a través de esta pasión por los libros que lo absorbe, entremezclándola con sus vivencias, «en un viaje cargado de ironía y deslumbramiento».
Comienza a hablar de la poesía de Hölderlin ‒¿cuántas veces lo hemos oído?‒ en palabras novedosas, haciendo que reflexionemos sobre que es aquello de «hablar de poesía»; lo viviente y la vida son una misma cosa; el árbol en flor es la danza de la vida; cada cual somos música viviente. Continúa con más poetas, novelistas, ensayistas, lecturas del siglo XXI, etc. Me subyuga en especial el capítulo dedicado a Vértigo (2005) de Eugenia Ginzburg (1904-1977), «jeroglífico de nuestro paso por la prisión del tiempo, en cuyos límites debemos negociar con la muerte», en el que la autora narra su agonía en el gulag de Kolyma, donde tiene que negociar con la vida.
Se empeña en señalar que «hay delirios que solo pueden tener lugar en una biblioteca», pero sabe que ahí (aquí) está Internet, con la proteica vacuidad que ha existido siempre, dispuesto a terminar con el reposo necesario para la lectura. Para compensar, nos hace presente a Orwell y su liberty, facultad de que disponemos para decirle a la gente lo que no quiere oír (que podemos utilizar o dejar pudrir).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus lecturas].