viernes, 21 de julio de 2017

La prosista poeta

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Sylvia Plath (1932-1963) es conocida por haberse quitado la vida y reconocida por Ariel, libro de poemas escrito el último año de vida, en el que se muestra poeta del género confesional, en paralelo a su compatriota estadounidense Anne Sexton (1928-1974), también suicidada. No obstante, «para mí –escribe–, la poesía es una evasión del trabajo de verdad de escribir prosa», algo que realiza con fluidez durante la adolescencia, pero que se le resiste en la edad adulta. Y eso que su deseo es llegar a ser una escritora popular, que gane ingentes cantidades de dinero, con lo que poder sentir que tiene un oficio respetable, además de que sueña con ser periodista de viajes y poder financiar los mismos con las crónicas correspondientes.
Sus cualidades literarias hacen que reciba una beca Fullbright (con la que estudia en Europa, donde se casa y muere). Comienza varias novelas, de las que solo termina La campana de cristal (como Victoria Lucas). A pesar de que lo intenta con ahínco y, a la manera flaubertiana, ensaya una y otra vez escribiendo minuciosas descripciones de lo que ve, además de volcarse por momentos en unos diarios (que permanecen sin publicarse en su totalidad, debido a la crudeza de las opiniones hacia quienes conoce), en las que hallan sentido muchos de los elementos que aparecen en su poesía. (Curiosamente, su escritura mecanografiada es de bastante mejor calidad que la escrita a pluma). Pero estaba «completamente aislada de la humanidad, en un vacío creado por mí misma: me sentía cada vez más enferma. Solo podía ser feliz como escritora y no podía ser escritora. Estaba paralizada por el miedo». Hasta el último año de vida, perdía la lucha cuerpo a cuerpo que mantenía consigo misma.
Es en el relato Jonnny Pánico y la Biblia de los Deseos, de 1958, cuando muestra esa libertad que aparece en Ariel y en los cuentos de 1963. Con ese nombre –Johnny Panic and the Bible of Dreams– se recopilan algunos de ellos, lo que es editado ahora en español como La caja de los deseos.

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

jueves, 13 de julio de 2017

Escritor Leonardo (Sciascia)

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Se dice que la literatura tiene capacidades para decir verdades que no alcanzan a reflejar la crítica o la historia. Incluso la verdad esencial de asuntos o personas. ¡Y qué más verdadero que una vida! De ahí que las biografías pueden beber de las dos partes y convertirse en obras literarias al tiempo que narran perfiles de vida. Al menos, así me está resultando la obra de Matteo Collura sobre Sciascia. El maestro de Regalpetra (2001), en la que se ha servido de los textos de este escritor culto y elegante para mostrar el hacerse de este hombre y las palabras que compuso, de forma natural, en las que retrata y denuncia la sociedad que le toca vivir, entre otras a la mafia siciliana, algo no muy corriente.
Leonardo Sciascia (1921-1989), al igual que Sthendal (al que admiraba) o Sartre rechaza al padre y prefiere al abuelo (paterno) como figura adulta con la que moverse. Se cría entre sus tías más que con su madre. En cierto modo es un niño cuidado, que puede escapar a las condiciones de muchos de sus compañeros en Racalmuto, interior de Sicilia, abocados al durísimo trabajo en las minas de solfataras. Siempre tendrá a este lugar ‒Regalpetra‒ por centro de su actividad (aunque viaja bastante, nunca está fuera más de un mes). Admirado por sus compañeros de Instituto, debido a su extensa cultura y su capacidad literaria, se diferencia de ellos en su actuación: «no bailó nunca, jamás le dio una patada a un balón, no condujo un automóvil, no subió a una barca ni se bañó nunca en el mar» (que no le atraía). Eso sí, sabía interpretar los signos de su tiempo.
Disfrutaba de la escritura, del «placer sensual, físico del hecho de escribir»; tenía «amor por los instrumentos de la escritura», cuadernos, lápices, plumas y tinta. Esta nace desde la existencia de las minas, desde su afición al cine, desde su pasión juvenil por el antifascismo, desde la opresión mafiosa. La considera una actividad moral.
Su hermano Giuseppe se suicida a los 25 años (cuando él tiene 27). Sobre su tumba elige palabras de Cátulo (en latín):
Contigo fue sepultada nuestra casa,
contigo perecieron todas las alegrías,
que cuando estabas vivo tu dulce amor sostenía.
En su propia tumba ‒Sicilia se quedó más sola‒ quiso que se leyera: «Nos acordaremos de este planeta».

[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

jueves, 6 de julio de 2017

Presocráticos (sin fin)

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«Prefiere las pérdidas a las ganancias torpes, que lo uno te dolerá una vez, lo otro siempre», dejó escrito Quilón el lacedemonio (viviendo en el siglo VI a.n.e. en Esparta contribuye a las leyes de Licurgo, pero también a la militarización de la vida civil en su región; se dice que murió de alegría en brazos de uno de sus hijos al conseguir este un premio olímpico).
Me acerco cada verano a alguna obra clásica (entendiendo por ello lo que llega hasta el siglo veinte). Estos días, imbuido de las páginas de Conversación de Gonzalo Hidalgo Bayal (ya comentada en la entrada anterior), en concreto en el (magistral) relato «Aquiles y la tortuga» (en que deja sentado que «no hay fracaso más oscuro y doloroso que el que se esconde tras los éxitos extraños, tras los disfraces de la fortuna lisonjera»), me he llegado a Los presocráticos, en compilación de Juan García Bacca, que editara Fondo de Cultura Económica. Selección en la que se atiende tanto a la forma literaria como al contenido filosófico de los textos expuestos. Inicios del razonamiento filosófico.
«A la manera como la araña desde el centro de su tela siente apenas [que] una mosca está destruyendo alguno de los hilos de ella, y hacia allá corre velozmente cual si le doliera lo que al hilo le pasa, de parecida manera el alma del hombre fluye apresurada hacia aquella parte del cuerpo que haya sido herida, cual si no pudiera soportar semejante lesión en un cuerpo con el que tan firme y proporcionalmente se halla unida», escribe Heráclito en el fragmento sexagésimo séptimo.
Aquí figura hasta la que pasar por una de las frases presocráticas más tópicas: «todas las cosas se cambian en fuego y el fuego se cambia en todas las cosas, como el oro por mercancías y las mercancías por oro». Lógos refiere tanto una noción filosófica como un concepto matemático; es cuenta y es razón, tal como lo traduce García Bacca.

[Dichosa filosofía. Salud].

viernes, 30 de junio de 2017

Conversación entre Correspondencia

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De vez en cuando vuelvo al humor de Natalia Ginzburg. En este caso ha sido a Mi querido Miguel ‒‘Caro Michele’‒, que tradujera en su momento Carmen Martín Gaite (1925-2000), en el que la autora se vale de la correspondencia entre protagonistas para enhebrar la historia, retomando la modalidad de novela epistolar. Como suele suceder en quienes dominan las entretelas literarias, fondo y forma se (con)funden. Una docena de personajes van apareciendo en las páginas y, según vamos leyendo, se acoplan entre sí. Los distintos domicilios de la ciudad donde viven (y desde los que escriben) permiten que entremos a escenarios distintos de manera natural. Y, además, la salida de Italia del personaje central, Miguel, labra el punto de fuga espacial (y vital) hacia ambientes distintos.
Una familia necesitada de relación, incrementada con seres que carecen de vínculos de sangre. Incapaces ambos de una comunicación auténtica, en parte porque los acontecimientos que suceden en su entorno arrastran a quienes se topan con ellos. Como suele decirse, al menos nos reímos.
Diferente es el modo de narrar del extremeño Gonzalo Hidalgo Bayal en Conversación. Aquí está la voz de sus protagonistas (a veces, incluso, en plural) y la de los testigos de los hechos que intrigan a los primeros en los cinco relatos que componen la obra. Ese kalé heméra con el que comienza es digno de los ‘buenos días’ con los que saludamos la jornada. La tristeza que se posa en la existencia cotidiana de tanta gente, cuando se sabe que la vida está adentro agazapada. El protagonista que cuenta con vergüenza el encuentro habido con la mujer en la mañana de la despedida.

Verecundor referens. «Prometí que nunca contaría lo que voy a contar […] lo cuento con pesadumbre […] si rompo la promesa y os lo cuento, es para que tengáis noticia de otras formas de dolor y de heroísmo».

sábado, 24 de junio de 2017

Lecturas de La Recolectora

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Una temporada más ‒y van ocho‒, el club de lectura La Recolectora, desde la Biblioteca Pública de Burgos, ha discurrido por los accidentados caminos del territorio literario de octubre a junio. Cada quince días, en la Casa Redonda, han sucedido los avatares en las voces compartidas de quienes por allí pasamos. Mares, oteros, llanuras, riscos… son visitados por nuestra percepción. De sesión a sesión, aquel vínculo invisible entre dieciocho personas leyendo las mismas palabras de un libro. Al final de cada una, voceando el texto elegido para la lectura vinculante. (Después, la charla refrescante en el bar).
El año de Gracia,  Cristina Fernández Cubas
El lector de Julio Verne, Almudena Grandes
Las hijas de Hanna, Marianne Fredriksson
La ciudad feliz, Elvira Navarro
El padre de Blancanieves, Belén Gopegui
El corazón de las tinieblas, Josep Conrad
Orgullo y prejuicio, Jane Austen
Identidades asesinas, Amin Maalouf
El túnel, Ernesto Sábato
El último día de Terranova, Manuel Rivas
El ruido y la furia, William Faulkner
Maus, Art Spielgeman
Mi planta de naranja lima, Jose Maria Vasconcelos
Zona fría, Jonathan Franzen
Especulación, Thomas Wolffe
Modos de ver, Jonh Berger
La mujer que buceó en el corazón del mundo, Sabina Berman
Además, un final en la peculiar biblioteca de Quintanalara, pequeño pueblo de Tierra de Lara, del que hablaremos en otra ocasión.

[Salud. A la espera de que quienes se arrogan la vida incorporen las lecturas].

domingo, 18 de junio de 2017

La madre de Dante

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Desde que Boccaccio (1313-1375) escribiera Vida de DanteTrattatello in laude di Dante‒, conocida es la leyenda en que se atribuye a la madre de este, Bella degli Abati (que muere cuando el niño tiene cinco o seis años), una visión premonitoria de que el hijo que va a nacer de sus entrañas realizará notoriedades. Sale a Florencia en su fantasía, vestida de novia, vaga por las calles, entra en un jardín y, allí, cercana a una fuente, al pie de un laurel habitado por un pavo real… siente el peso de su gravidez. Se dice que nadie como el poeta griego Angelos Sikelianós (1884-1951), en Epinicios, ha sabido captar tan bellamente ese momento del parto.
“Florencia parecía desierta en su sueño
al amanecer.
Lejos de sus amigas, sola,
vagaba por las calles.
Y tras ponerse el vestido nupcial de seda
y un velo de lirios,
caminó por las encrucijadas. Bajo los pies,
las calles le parecieron nuevas.
[…]
Atraída por su fragancia, le pareció acercarse
a un alto laurel,
en el que un pavo real, saltando de rama en rama,
subía hasta la copa.
Y alargando su cuello a una y otra rama,
rebosantes de bayas,
comía una, cogía otra y la arrojaba al punto
a la tierra.
Instintivamente, levantó su delantal bordado,
en la sombra, hechizada...
y al momento se sintió muy pesada,
cargada de rizadas bayas”.
******   ***         ******
Reposó un instante del esfuerzo matinal,
en una nube fresca,
y sus amigas, alrededor de la cama, esperaban
para acoger al niño.
Dante nace posiblemente en 1265 y muere en 1321. A los 9 conoce a Beatriz (que fallece en 1290), de la que asegura se enamora a primera vista y que es, sin que entable relación con ella, el motor de su vida, dando lugar al denominado amor cortés, tan influyente en los siglos posteriores. Su hija Antonia se hace monja con el nombre de Beatrice.

[El cuadro es de Heinrich Vogeler].

lunes, 12 de junio de 2017

Nada (en el despertar)

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Hay unos seis modelos de marcapáginas (que voy renovando según me llegan, principalmente de las bibliotecas municipales) en la mesa donde reposan los libros que llevo a casa en espera de ser leídos. Para algunos, ya lo elijo en el momento de empezarlo, pues me he hecho una cierta idea de cómo es desde que lo cogí en la biblioteca o en la librería. Para otros, necesito leer unas páginas antes de asignarle marcador. Y, en una tercera clase, están los que no tengo muy claro cuál es el adecuado para compartir esos días de lectura y de trasiego. Es lo que me está ocurriendo en este mes con dos obras, una de ellas ya terminada y la otra recién comenzada.
La primera es Nada, de la escritora danesa (afincada en Nueva York) Jane Teller (1964), escrita en el año 2000, una vez que la autora había dejado su trabajo en Naciones Unidas, dedicado a la resolución de conflictos humanitarios en Tanzania o Bangladesh. No solamente a mí me ha sucedido esta desorientación. La trayectoria de la obra es significativa. En la salida dio pie a encendidos debates sobre la idoneidad de su lectura en gente adolescente, debido a los asuntos que plantea. Pero supera este escollo y se convierte en libro obligado en el sistema de enseñanza de Dinamarca, además de resultar exitosa en Francia, Noruega y Alemania.
A veces me parecía estar releyendo El señor de las moscas, el cual me deja un regusto amargo. Pero aquí la crueldad no proviene del liderazgo, sino de la convivencia en la pubertad. Jane Teller asegura que es un «cuento de esperanza y luz», cuya escritura le supuso una reordenación interior, un vaciado de sus demonios, al que da gracias «porque me hizo abrir todas las ventanas del oscuro, precario y tentador desván existencial que llevaba conmigo». El protagonista –Pierre Anthon– puede abrirte los ojos a lo sorprendente de la vida, cuando no la reprimimos con artificiales y autoimpuestas reclusiones.

La segunda obra, El despertar, de la joven vietnamita (residente en Francia) Line Papin (1995), todavía está sin asignarle marcapáginas. Por de pronto, la publicidad que le han puesto (tomada de Livres-Hebdo) me resulta tan sin sustancia como la mayoría de críticas que acompañan a libros, pinturas, esculturas, etc. «seductora polifonía de hierática sensualidad».

martes, 6 de junio de 2017

La vejez entre palabras

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Con frecuencia, el inicio de las narraciones que comienzan con la vejez  suele ser una circunstancia, un modo de trabar una historia que se retrotrae a épocas anteriores de la vida de sus protagonistas. El arte de volar, de Antonio Altarriba, hecho novela gráfica con la aportación de Kim, es una muestra de ello. La persona anciana ‒algo demente, en muchas de estas ocasiones‒, mediante el recurso literario oportuno, da con los elementos con los que poder configurar el hilo de su existencia.
Por ello, decíamos en la anotación anterior que nos había sorprendido el libro Nosotros en la noche, de Ken Haruf. El protagonismo corre a cargo de Addi Moore y Louis Waters, de unos 70 años, viuda y viudo respectivamente, que han tenido vecindad durante más de media vida, sin que hubieran compartido acontecimientos de la misma, solo viéndose las veces que se cruzaban, tal como puede sucedernos con quienes habitan cerca de nuestra casa (porque, claro, es una pequeña población de Colorado y allí se suele vivir con jardín).
Una tarde (¿o mañana?), ella le hace una propuesta y él, sin meditarla demasiado, acepta. Desean tener compañía durante los momentos más interminables de los días. Ahí comienza una historia de amor sosegado, de dulzura sobrevenida, inesperada…, para la que no hay concesiones de ficción. Cada cual tiene su progenie. La independencia (aun en quien ya ha pasado por todas las cadenas) no existe. El cuerpo impone su ley.
Ken Haruf (1943-2014) escribe esta novela una vez que su médico le ha pronosticado que le resta poco tiempo de vida. Tiene 71 años y, antes de desaparecer, pone su empeño en narrar esta historia; además, de forma diáfana, en donde los diálogos se funden con la existencia, con ella y él.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus historias].

miércoles, 31 de mayo de 2017

Apoyo a Elena (o la pastora Marcela)

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Había bocetado la anotación de hoy sobre la lectura esta semana de dos libros que, en cierto modo, me han sorprendido: Nosotros en la noche, de Kent Haruf, y Madre, de Richard Ford. Pero he topado con algo que me ha sorprendido más: el artículo de R. Pérez Barredo «El rapto de Elena» (Diario de Burgos, 29-V-2017), referido a Elena Gallego, en el que abundan declaraciones de esta, en las que denuncia las amenazas que recibe desde que denunció los manejos que se dan en los montajes académicos en torno a las publicaciones sobre literatura japonesa.
Ya hemos hablado en esta bitácora de alguno de sus preciosos libros de haikus (realizados en colaboración con Seiko Ota), en concreto de Haikus en el corredor de la muerte (Hiperión, 2014), al que siguen Haikus de amor (2016) y Haikus de guerra (2017). Aunque ha de decirse que su labor intelectual sobre cultura japonesa es mucho más amplia. Ya en los noventa, junto a Montse Watkins (fallecida en 2000), funda una editorial en Japón en la que publican numerosas obras traducidas al español, pues es en el ámbito de la traducción en el que vuelca empeños y obtiene logros.
La denuncia que ha hecho del libro Claves y textos de la literatura japonesa (Taurus, 2007), haciendo oídos sordos a las recomendaciones de que no se metiera en ello, le están reportando serios contratiempos; uno de ellos la suspensión de empleo en la Universidad de Sofía, de Tokio, en la que es profesora; desde entonces recibe las amenazas aludidas y las presiones para que se retracte y se comporte según el (ambicioso y ciego) mercado. Y en esas anda, esperando la sentencia del juicio que se celebró.
No hace mucho que escuchamos a Elena una conferencia sobre Marcela, la pastora de El Quijote, que se planta ante el auditorio varonil a defender su libertad e inocencia, pues ya había sido condenada por el criterio caduco de la opinión bienpensante (y mutiladora).
Así, pues, ahí tiene nuestro apoyo.
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus valentías].

jueves, 25 de mayo de 2017

Sic vos non vobis. Archivos

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El trabajo en archivos resulta más emocionante que el de bibliotecas (aunque solo sea por la posibilidad de documentarte sobre vidas ajenas). No hace mucho hablaba con gente de este gremio y no todo el mundo conocía el lema del cuerpo ‒Sic vos non vobis‒ y menos aún el origen de la expresión Así vosotros, no para vosotros.
Refiere Elio Donato en la Vida de Virgilio que, al amanecer, aparece una pintada (sin firma) en la puerta de palacio: «Llueve durante la noche; por la mañana se reanudan los juegos: César comparte poder con Júpiter». Alude el dístico a la influencia del emperador sobre los elementos, pues en esa jornada se iban a celebrar ejercicios circenses y, el día anterior, una tormenta furiosa amenazaba con tener que posponerlos. Augusto desea conocer a quien la haya escrito. Al no presentarse nadie, el descarado Batilo lo hace y es recompensado.
El autor, Virgilio, no queda conforme y vuelve (anónimamente) con un hexámetro y el inicios de cuatro pentámetros truncados:
Hos ego versiculos fecit; tulit alter honores:
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Augusto exhorta a que se complete el poema, pero ni Batilo lo consigue. Momento en que lo hace Virgilio:
Yo hice estos versos; se alzó otro con el premio:
Así vosotras, aves, no para vosotras hacéis los nidos
Así vosotras, ovejas, no para vosotras, criáis la lana
Así vosotras, abejas, no para vosotras, fabricáis la miel
Así vosotros, bueyes, no para vosotros, arrastráis los arados
Y, con ello -¿una reivindicación de derechos de autoría?-, queda ensalzado este hermoso oficio.

[Salud. A la espera de que la vida se nutra de sus documentos].

viernes, 19 de mayo de 2017

La importancia de no entenderlo todo

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«Es probable que en la punta de la lengua hay contenida una gramática natural. Aunque parezca mentira, si dices lo que tienes en la cabeza con el lenguaje que te viene de tus padres, de la calle y de tus amigos, lo más seguro es que digas algo bonito». «Por suerte para el arte, la vida es dura, difícil de entender, inútil y misteriosa». Estas son algunas de las frases del libro La importancia de no entenderlo todo, de Grace Paley (cuyo título en inglés no parece que guarde demasiado parecido: Just as I thought), en cuyas páginas autobiográficas redobla la ácida mirada que muestra en la narrativa.
Esta mujer nacida en Nueva York como Grace Goodside, en 1922, y fallecida en Vermont en 2007, es hija de inmigrantes judíos rusos. Se hace conocida en los sesenta por sus actos de desobediencia civil, en especial de cariz pacifista frente a la guerra de Vietnam, actitud que mantiene a lo largo de su vida contra los conflictos armados que no dejan de sucederse (el último el de Irak). Aunque ya mucho antes se niega a cumplir leyes antinaturales, como la discriminación hacia las personas negras en lugares públicos o la defensa de Washington Square. Se defiende algo porque se considera justo.
Hasta sus últimos días vive así. Es curiosa la actitud que solemos tener ante personas de este calibre en su edad madura. Las miramos con cierta conmiseración cuando las vemos en marchas o movimientos reivindicativos en los que la mayoría de asistentes son gente joven. Y, por otro lado, nos acercamos a escucharlas cuando dan charlas o leen poemas, una vez que parecen inofensivas para la paz social y son acogidas por los medios de información.
Antes de saber de su vida, leí sus recopilaciones de cuentos: Batallas de amor, Enormes cambios en el último minuto y Más tarde el mismo día. Ya me resultaron singulares. («Es responsabilidad de la sociedad dejar al poeta ser poeta»).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus acciones].

sábado, 13 de mayo de 2017

Visiones e ilusiones (de los anillos)

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El anciano titán Crono, padre de Júpiter, trata de comerse a todos sus hijos (ante el augurio de que uno de ellos lo destronará), argumento que se convierte en asunto favorito de muchos pintores a lo largo de la historia. En el firmamento, el planeta que lo representa es Saturno, nombre latino, una vez que Zeus lo ha expulsado del Olimpo y se instala en el Lacio, desde donde enseña la agricultura a los hombres, estableciendo la Edad de Oro. Entre los cuadros más conocidos de su criaturafagia se encuentra el de Rubens, ejecutado en 1636, el cual tiene un curioso detalle en la parte alta, pues entre los nubarrones que aumentan el desasosiego de la escena aparecen tres estrellas, en clara alusión al planeta de los anillos.
No es que sea un capricho del pintor, sino que refleja el modo en que Galileo describe el astro cuando lo observa con su primer telescopio en 1610 –«la estrella de Saturno no es una única estrella, sino que está compuesta de tres, que casi se tocan […] el ojo desnudo no distingue ninguna de estas formas sin el telescopio»–. No parece que Rubens se enterara de que el científico vuelve a mirarlo dos años después y ya no se encuentra con las pequeñas estrellas de los lados, por lo que bromeó diciendo que ahora el Dios sí había devorado a todos sus hijos. El italiano no logra explicarse lo que ve –¿habrá sido una ilusión?– y será el holandés Huygens quien comprenda poco después que ello es debido a los anillos de que dispone, cuya posición varía con respecto al ángulo que mantenga con la tierra.
No resulta fácil comprender el mecanismo de nuestra visión. Se tardaron siglos en saber que las imágenes se crean en el cerebro, una vez que los fotoreceptores de nuestros ojos le envían incesantemente información (y este la descomprime, a manera del ordenador). La filosofía clásica desconfiaba de la vista y daba más crédito a la razón. Después, la tecnología telescópica y microscópica, nos abre la sorpresa de ver lo invisible a simple vista. Es tanta la importancia de la vista, que un 80% de las palabras de nuestro idioma relativas a los sentidos se refieren a ella. Conocemos con ella. Por mi parte, me he ayudados estos días de El ojo desnudo (2016), de Antonio Martínez Ron, para situarme mínimamente en este ámbito. Se disfruta.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus visiones].

domingo, 7 de mayo de 2017

Narraciones de otros tiempos

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Hay libros (o, al menos, eso me parece al leerlos) que denotan enseguida una escritura de otro tiempo. No digo antigua ni desfasada, sino que es distinta a la que acostumbramos a leer. Su voz narrativa tiene un aire demasiado inocente, apoyada en personajes que dejan ver las costuras. Gente de ambientes distintos me habían recomendado la lectura de Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro Vasconcelos (1820-1984),  que publicara allá por 1968 ‒año de nuestro peculiar mayo‒, y que conoció un éxito inmediato, convirtiéndolo en uno de los autores más populares de la literatura en Brasil.
Cierto que plasma una delicada atención a la naturaleza y un cuidado especial en reflejar la vida precaria de la gente desfavorecida de la sociedad. Además bebe de la tradición oral de su tierra, Bangú, lo que le lleva a transcribir en sus novelas letras de canciones o estribillos que cantan en la calle (Deixa-me fonte, dizia / a flor a chorar. / Eu fui nascida no monte / nao me leves para o mar. // E a fonte sonora e fria / com um sussurro zombador / por sobre a areia corria / corria levando a flor...). En ello no deja de tener delicadeza, lo que resalta en la versión española al dejar las letras originales. Aquellas lindezas dramáticas:
Aproveitaste ela estar assim sozinha
E não ter tempo de chamar uma vizinha…
Apunhalaste sem ter dó nem compaixão.
A pobre, pobre Fanny que tinha bom coração.
Por Deus eu juro que tambén hás de sofrer…
Numa cadeia eu hei de ver-te morrer.
La edición que he leído va por la séptima reimpresión (2014). Y presenta el siguiente colofón: «Todo niño viene al mundo con un cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que ese amor salve o condene» (Graham Greene).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus plantas].

lunes, 1 de mayo de 2017

Teatro de ajedrez en Reikiavik

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Tantas novedades y tan antiguas nos hacen permanecer en un estado de tensa propensión a lo que puede venir que dura hasta que lo descubrimos habitando un lugar que habíamos desalojado. ¡Qué gusto saber que la inquietud es un trozo de piel cuyo tacto nos calma!
En Segovia se ubica la editorial La uÑa RoTa (con sus colecciones de Libros Inútiles, Libros del Apuntador y Libros Robados), en la que se halla la obra de teatro Reikiavik (2015) de Juan Mayorga, centrada en el enfrentamiento que se da en el campeonato mundial de ajedrez más famoso, el de 1972 en la ciudad (humeante) islandesa, entre Bobby Fischer y Boris Spasky. Decimos ‘centrada’, pues en realidad son dos personajes –Waterloo y Bailén– que juegan a jugar como ellos, más un Muchacho que entra en acción y que experimenta cómo puede cambiar su vida. Conocido de sobra es este evento en el que interviene un genial Fischer, pero también indómito (o más bien inaguantable, exclusivista o ambicioso), y un discreto Spasky, a la vez elegante y sensible. La trama se basa en la intención que nos acompaña de vivir la vida de los otros y de hacerlo en un duelo (con sus dos significados).
La escisión, el doble… es algo presente en la literatura desde que el Ka egipcio duplica el alma de la gente para que pueda tener garantía de su existencia en el otro mundo. Y por el Er platónico sabemos que el doble nace de una escisión de nosotras y camina al lado, lo que completa la identidad escindida –Doppelgänger–. En la sociedad del momento esta separación la propicia la Guerra Fría, actora principal de la obra, con personajes de sombra en la CIA y el KGB. Espejos. Y qué mejor re-presentación de esta dualidad que un tablero de ajedrez. (Pero, en fin, no embrollemos la acción y leamos [procedamos] los diálogos de Mayorga, para terminar en el ensayo de Fernando Broncano que le acompaña).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus tableros].

martes, 25 de abril de 2017

Lecturas compulsivas en el círculo de tiza (Azúa)

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Últimamente topo con Círculo de Tiza. Por capricho compré Japón, paisaje del alma (2016), ilustrado profusamente con imágenes de Oriente, además de que contiene textos de Kipling sobre esta cultura y la emblemática Bushido de Inazo Nitobe. Blanco y negro sobre blanco y negro. Pesa más que una Tablet, pero desliza entre los dedos aguas cristalinas en cascadas sonoras.
Ahora ‒también en el círculo blanco‒, desde la mesa de Novedades de la biblioteca del barrio, me hago por unos días con Nuevas lecturas compulsivas (2017) de Félix de Azúa (Barcelona, 1944). No ha tenido suficiente con las publicadas en 1988. Mientras tanto, han sucedido cosas… que le han hecho abandonar su tierra. Por la palabra escrita transcurre su segunda vida, así que no es de extrañar que la describa a través de esta pasión por los libros que lo absorbe, entremezclándola con sus vivencias, «en un viaje cargado de ironía y deslumbramiento».
Comienza a hablar de la poesía de Hölderlin ‒¿cuántas veces lo hemos oído?‒ en palabras novedosas, haciendo que reflexionemos sobre que es aquello de «hablar de poesía»; lo viviente y la vida son una misma cosa; el árbol en flor es la danza de la vida; cada cual somos música viviente. Continúa con más poetas, novelistas, ensayistas, lecturas del siglo XXI, etc. Me subyuga en especial el capítulo dedicado a Vértigo (2005) de Eugenia Ginzburg (1904-1977), «jeroglífico de nuestro paso por la prisión del tiempo, en cuyos límites debemos negociar con la muerte», en el que la autora narra su agonía en el gulag de Kolyma, donde tiene que negociar con la vida.
Se empeña en señalar que «hay delirios que solo pueden tener lugar en una biblioteca», pero sabe que ahí (aquí) está Internet, con la proteica vacuidad que ha existido siempre, dispuesto a terminar con el reposo necesario para la lectura. Para compensar, nos hace presente a Orwell y su liberty, facultad de que disponemos para decirle a la gente lo que no quiere oír (que podemos utilizar o dejar pudrir).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus lecturas].

miércoles, 19 de abril de 2017

Alegría de decir no

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No han llegado todavía las golondrinas a la ciudad, cuando ya están revoloteando sobre los sembrados (sedientos). Leo al lado del trigo verde la Antología poética [1974-2014] de Manuel Ruiz de Amezcua (1952) realizada hace un par de años con el título Del lado de la vida. Andando en el sentido de los surcos atravieso las distintas respiraciones poéticas de esta cuarentona vida de versos: el yo en su guarida, el yo enamorado (que sale de sí mismo), el yo ciudadano (sabedor de las existencias ajenas, de los colapsos sociales, de los mileurismos, de los naufragios).
Me agrada la poesía que contempla, de visión periférica. Ruiz de Amezcua, además, no ha recibido ningún premio literario en la docena de libros publicados, lo que habla por sí mismo (además del ensayo corregido y aumentado El lenguaje tachado). Los años de crisis le hacen ser claro ya desde los títulos ‒La resistencia (2011) y Palabras clandestinas (2015)‒ en algo que estaba en sus palabras anteriores («En el desorden del mundo, / vengo a buscar lo que encuentro»). De este último libro es el poema «Lectura de la noche», dentro y fuera:
Para muchos de nuestros eruditos,
desde el principio de esto,
la vida de los hombres
estuvo siempre cerca de la mierda.
Me refiero a la mierda de la bestia.
A su absoluta presencia.
La mierda ha sido siempre
la verdadera entraña de la tierra,
la verdadera rueda de la Historia,
la verdadera cama que nos sueña.
Y la sangre. Mucha sangre también.
Mucha mierda y mucha sangre
ofreciéndonos sus cestas.
Por los siglos de los siglos
la Historia ha sido siempre
doblemente indigesta:
por la sangre y por la mierda.
Aunque la cosa no ha cambiado mucho,
a mí lo que me gusta de verdad
es el asunto de la duda.
Y la alegría de decir no.
Y no creer en nada.
En nada, en nada, en nada.
Absolutamente en nada.
Solo en ti, cuando me abrazas.

[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus dudas. La ilustración es "Serigrafía" de Juan Genovés (está en la antología)].

miércoles, 12 de abril de 2017

Tres Anas (y un Agustín) para Mina Loy

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No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca ó ya la frente,
silencio avisen ó amenacen miedo.
(Quevedo)
Hace unos meses Ana/Agus me enviaron un lote de libros ‒obrigado‒ que editan en La Linterna Sorda, proyecto ambicionado y ambicioso en el que empeñan notable parte de sus energías en los últimos años, que ya se acerca a la treintena de publicaciones, atinadas ellas para los tiempos salvajes que ansían. Entre ellos está Mina Loy. Futurismo Dadá Surrealismo (2016), encuadrado en la colección Guardianes del Sueño, con el que deseaba confeccionar una entrada en la bitácora, pero no me ha sido posible hacerlo hasta ahora, pues ha ido pasando de mano en mano entre mis amistades (de las que ha recibido un aprobado unánime).
Ana Cibeira, librera y poeta, realiza la apertura, en la que se ocupa de mostrar la heterogeneidad en los textos de Mina Loy aquí seleccionados ‒Manifiesto feminista, Aforismos sobre el Futurismo, etc., con sentencias, artículos, poemas, etc.‒ mostrando que nos hallamos ante una «autora todoterreno, que se mueve entre disciplinas para experimentar en el marco de una empecinada búsqueda de libertad». Habla de vida pública e íntima, ficción y realidad, las cuales se combinan sin dejar de ser denuncia (o por ello). El hacer de Loy conecta con el «feminismo de la diferencia y con el anarcafeminismo, más que con el ideario de la primera ola sufragista que le corresponde históricamente».
Ana Grandal es quien se encarga de traducir los textos y poemas de Mina Loy, aquí presentados también en copia de los manuscritos que conserva , algunos de ellos por primera vez, pues hasta ahora solo podía encontrársela en Antología poética (bilingüe, 2009) de Huerga y Fierro, o en Breve Baedeker Lunar de Torremozas.
Ana Muiña y Agustín Villalba se encargan de la edición, documentación gráfica y grafismo, que nada más abrir el libro despliega su intención con las guardas que reproducen Moving Circles de Sophie Taeuber Arp. Pasan de 150 las imágenes que ilustran las 150 páginas de la obra. Ya se sabe, es necesaria la calidad para subsistir entre tiburones. Ana, igualmente, realiza una clarificadora y extensa introducción en la que sitúa al personaje en la época. Mina Loy (1882-1966) no deja indiferente.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus dadá].

jueves, 6 de abril de 2017

Deudas morales (hacia Moncho e Isabel)

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Hay personas ajenas a los círculos familiares y sociales en los que te desenvuelves desde la infancia con las que adquieres unas llamémosles deudas morales porque tienen comportamientos que son notables para la escala de valores que vas tomando en la vida. No forman parte de tus ambientes cercanos, pero aparecen de vez en cuando, con un sello de autenticidad. Desde hace meses, desde que ha muerto, tenía intención de cumplir la deuda moral con Moncho Alpuente, dedicándole una entrada de la bitácora, pero siempre quedaba pospuesto por lecturas recientes. Ahora, al morir Isabel Escudero, me pongo a ello. A uno y otra encontraba en diversos actos; siempre acudían a jornadas que pudieras organizar, sin pretensiones, regalando su tiempo, con la consabida costumbre de abonarles viaje y estancia. Una especie de Albert Camus, indiferentes a las prebendas de la democracia, consecuentes con sus ideas.
Moncho Alpuente (1949-2015),periodista, escritor, humorista y músico no dejaba indiferente. Su hija Bárbara hizo pública una carta en la que lo retrata: «Me pasé la infancia escuchando eso de “ayer vi a tu padre en la tele”, que me decían casi a diario en el colegio […] Siento que ha salido del tiempo, pero solo un ratito, y que volverá a darme un abrazo y a contarme qué pasa al otro lado, por muy ateo que fuera, y a sentarnos en el jardín de su casa, ahora que empieza la primavera; a leer juntos, a escribir nuestras cosas y enseñarnos el trabajo según vamos avanzando […] Conocía sus fragilidades y aprendí a protegerlo, así como hicimos todos, porque mi padre, más allá de la figura mediática, también era un hombre frágil, y con un una enternecedora sensibilidad. Por eso era capaz de destrozar a Esperanza Aguirre en un soneto y luego tratarla con respeto cuando coincidían en alguna tertulia de radio». No conozco a Bárbara, pero sé que la carta también es para mí.
Isabel Escudero (1944-2017),poeta y ensayista, tampoco dejaba indiferente. Era frecuente verla en recitales poéticos, junto a Agustín García Calvo (1926-2012), con quien estaba unida y con quien escribe algún libro de pensamiento y denuncia social, así Contra el hombre (1986) o ¿Quién dice no? Y sorprendía al desgranar los poemas breves, muchos de ellos de inspiración popular ‒pues solo eso que llamamos indefinidamente pueblo es capaz de provocar lo que no se nombra, aseguraba‒, que ya recogiera en Coser y cantar (1984) y continúa elaborando hasta el final de sus días. Desde su lado de profesora, realiza igualmente experiencias que combinan juego y poesía (Cántame y Cuéntame). Isabelita llevaba la primavera en su rostro, en su aire… y a sus puertas nos deja («Yo sé que me moriré algún día / Si no lo supiera / no me moriría»).
Salud. Que la vida y la muerte transcurran por sus llanuras.

viernes, 31 de marzo de 2017

La luna y sus nombres (cráteres de mujeres)

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Cicatrices de
Luna que honran memorias.
Su piel, tu nombre
Está ahí. Luciano de Samósata (c. 125-195) imagina realizar un viaje a la luna (y al sol) en un barco que surque los cielos propulsado por vientos extremosos. A Kepler (1571-1630) lo ayudarían a ello demonios lunares. Plutarco (c. 46-120), por su lado, pone nombres a diversas zonas de la luna ‒llanura de Perséfone, llanura Elísea, a donde van las almas después de la muerte‒ y extiende la creencia de que contiene mares ‒lo que llamamos maria.
Dante considera a la Luna lucidora y pulida y colige que las manchas que pudieran verse en su superficie son reflejo de las irregularidades de la Tierra. Sabemos que no, que tiene numerosos cráteres, fruto de los choques con otros cuerpos celestes cuando se estaba formando (y que su atmósfera no erosiona). De los miles de huecos que luce, tanto en su cara visible como en la oculta (que no oscura) para la tierra, 1.586 han recibido nombres de gente dedicada a la filosofía y a la ciencia, entre ella quienes han dedicado su vida al espacio o a la selenografía. Y solo 28, un 1,7%, pertenecen a mujeres, comenzando por Hipatia (370-415).
A divulgar el nombre de estas se dedica el libro Las mujeres de la Luna. Historias de amor, dolor y valor (2016), de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros (a quienes también pertenece el haiku del epígrafe), los cuales incitan a que se corrija esa práctica política y sociológica con el nombramiento en femenino de equivalentes futuros, en las múltiples cicatrices que restan por bautizar. No en vano se puede acudir a alguna de las 2.500 entradas de The biographical dictionary of women in science.
Safo (c. 630/612-580 a.n.e.) no dispone de tierra alguna (según la UAI), a pesar de que la tiene presente: «Se ha ocultado la luna, / las Pléyades también, / está en su medio la noche, / la ocasión se va pasando / y yo acostada, sola» o aquello de «Las estrellas en torno de la hermosa / luna esconden de nuevo su fulgor / cuando en su plenitud llena ilumina / la tierra…».

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus campos].

sábado, 25 de marzo de 2017

Entre amigas Entre escritoras (Elena Fortún y Carmen Laforet)

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El título no me resulta atractivo. Incluso lo tengo por un poco cursi. De corazón y alma. Así se llama la obra que contiene la correspondencia habida entre Elena Fortún (1886-1952) y Carmen Laforet (1921-2004) durante los años 1947 a 1952, escritoras a las que aprecio. Además, Elena –Encarnación Aragoneses Urquijo– estudia, en su momento, biblioteconomía en la Residencia de Señoritas de Madrid, lo que le sirve en el exilio posterior a la guerra civil española para trabajar de bibliotecaria en la Municipalidad de Buenos Aires (hoy Biblioteca Mariano Moreno), puesto que le consigue Borges, ya que la escritora había coincidido años antes con Norah, hermana de este, en el Lyceum Club madrileño. Razón esta del oficio de colmar estanterías para pisar con honores la alfombra azul de nuestra bitácora. Por si fuera poco, dejó abocetada Celia bibliotecaria.
La correspondencia denota la situación vital de ambas. Una, autora de Nada, en los albores de su carrera literaria. Otra, creadora de Celia, en los ocasos. Pasión y angustia. Exilio y sosiego. (Curiosamente, conocí antes a la Premio Nadal, pues a mi pueblo no llegaban las aventuras de esa niña que vivía en los ambientes de la clase media española en la primera mitad de siglo). Decíamos que el título ronda lo sensible o efectista, aunque no dejemos de señalar que ambos elementos –corazón y alma– impregan desde el inicio la comunicación establecida entre ambas. Un entenderse desde la soledad. Un amarse desde los exilios. Un vivir creándose cada día en la presencia de las entrañas.
Escribe Carmen: «Dentro de unos días volveré a coger la novela [puede referirse a La isla y los demonios o El piano], ya para darle los arreglos finales. ¿Por qué escribirá uno? Todas las disculpas que uno se inventa para escribir son falsas. […] ¿Sabes que cuando yo iba a tener mi primera niña creía que ya no volvería a escribir? Creía que eso me serviría lo mismo. Luego resultó que no, que los hijos de carne y hueso son cosas aparte y que uno, por lo menos yo, no se puede entregar enteramente a ellos…».
Recomendable la correspondencia.
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus campos].

domingo, 19 de marzo de 2017

Altazor (desde los cielos de Huidobro)

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Los poemas extensos le iban a Vicente Huidobro (1893-1948), el poeta chileno que trajo a España (desde París) las vanguardias en 1918, plasmado en el ultraísmo del momento primero. En 1929 publica la novela fílmica Mío Cid Campeador, que goza de éxito. Y, poco después,  da a la luz Temblor de cielo (poema en prosa) y Altazor (en verso). Lo hace en la todopoderosa C.I.A.P., compañía que va aglutinando en España a buena parte de las editoriales de los años treinta del siglo pasado.
Hacía tiempo, con 25 años, comienza a escribir versos de Altazor (“Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente”), a los que va sumando nuevas contribuciones. El resultado de 1931 es un poema en un prefacio y siete cantos, en el que, al no tratarse de una narración épica (como la cidiana), resulta complicado mantener la unidad. Hay quien lo toma como un (caprichoso) juego verbal, pero el resultado no deja de ser desconcertante y admirable. De hecho es la obra con la que más se le identifica a este inquieto hombre.
Hay palabras que tienen sombra de árbol
Otras que tienen atmósfera de astros
Hay vocablos que tienen fuego de rayos
Y que incendian donde caen
Otros que se congelan en la lengua y se rompen al salir
Como esos cristales alados y fatídicos
Hay palabras con imanes que atraen los tesoros del abismo
Otras que se descargan como vagones sobre el alma
Altazor desconfía de las palabras
   Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas
            Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedra
Presintiendo el abismo a todo paso 
       Mas no temas de mí que mí lenguaje es otro
       No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
       Ni descolgar banderas de los pechos
       Ni dar anillos de planetas
       Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno
       Quiero darte una música de espíritu
       […]

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus avenidas].