jueves, 25 de mayo de 2017

Sic vos non vobis. Archivos

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El trabajo en archivos resulta más emocionante que el de bibliotecas (aunque solo sea por la posibilidad de documentarte sobre vidas ajenas). No hace mucho hablaba con gente de este gremio y no todo el mundo conocía el lema del cuerpo ‒Sic vos non vobis‒ y menos aún el origen de la expresión Así vosotros, no para vosotros.
Refiere Elio Donato en la Vida de Virgilio que, al amanecer, aparece una pintada (sin firma) en la puerta de palacio: «Llueve durante la noche; por la mañana se reanudan los juegos: César comparte poder con Júpiter». Alude el dístico a la influencia del emperador sobre los elementos, pues en esa jornada se iban a celebrar ejercicios circenses y, el día anterior, una tormenta furiosa amenazaba con tener que posponerlos. Augusto desea conocer a quien la haya escrito. Al no presentarse nadie, el descarado Batilo lo hace y es recompensado.
El autor, Virgilio, no queda conforme y vuelve (anónimamente) con un hexámetro y el inicios de cuatro pentámetros truncados:
Hos ego versiculos fecit; tulit alter honores:
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Sic vos non vobis…
Augusto exhorta a que se complete el poema, pero ni Batilo lo consigue. Momento en que lo hace Virgilio:
Yo hice estos versos; se alzó otro con el premio:
Así vosotras, aves, no para vosotras hacéis los nidos
Así vosotras, ovejas, no para vosotras, criáis la lana
Así vosotras, abejas, no para vosotras, fabricáis la miel
Así vosotros, bueyes, no para vosotros, arrastráis los arados
Y, con ello -¿una reivindicación de derechos de autoría?-, queda ensalzado este hermoso oficio.

[Salud. A la espera de que la vida se nutra de sus documentos].

viernes, 19 de mayo de 2017

La importancia de no entenderlo todo

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«Es probable que en la punta de la lengua hay contenida una gramática natural. Aunque parezca mentira, si dices lo que tienes en la cabeza con el lenguaje que te viene de tus padres, de la calle y de tus amigos, lo más seguro es que digas algo bonito». «Por suerte para el arte, la vida es dura, difícil de entender, inútil y misteriosa». Estas son algunas de las frases del libro La importancia de no entenderlo todo, de Grace Paley (cuyo título en inglés no parece que guarde demasiado parecido: Just as I thought), en cuyas páginas autobiográficas redobla la ácida mirada que muestra en la narrativa.
Esta mujer nacida en Nueva York como Grace Goodside, en 1922, y fallecida en Vermont en 2007, es hija de inmigrantes judíos rusos. Se hace conocida en los sesenta por sus actos de desobediencia civil, en especial de cariz pacifista frente a la guerra de Vietnam, actitud que mantiene a lo largo de su vida contra los conflictos armados que no dejan de sucederse (el último el de Irak). Aunque ya mucho antes se niega a cumplir leyes antinaturales, como la discriminación hacia las personas negras en lugares públicos o la defensa de Washington Square. Se defiende algo porque se considera justo.
Hasta sus últimos días vive así. Es curiosa la actitud que solemos tener ante personas de este calibre en su edad madura. Las miramos con cierta conmiseración cuando las vemos en marchas o movimientos reivindicativos en los que la mayoría de asistentes son gente joven. Y, por otro lado, nos acercamos a escucharlas cuando dan charlas o leen poemas, una vez que parecen inofensivas para la paz social y son acogidas por los medios de información.
Antes de saber de su vida, leí sus recopilaciones de cuentos: Batallas de amor, Enormes cambios en el último minuto y Más tarde el mismo día. Ya me resultaron singulares. («Es responsabilidad de la sociedad dejar al poeta ser poeta»).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus acciones].

sábado, 13 de mayo de 2017

Visiones e ilusiones (de los anillos)

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El anciano titán Crono, padre de Júpiter, trata de comerse a todos sus hijos (ante el augurio de que uno de ellos lo destronará), argumento que se convierte en asunto favorito de muchos pintores a lo largo de la historia. En el firmamento, el planeta que lo representa es Saturno, nombre latino, una vez que Zeus lo ha expulsado del Olimpo y se instala en el Lacio, desde donde enseña la agricultura a los hombres, estableciendo la Edad de Oro. Entre los cuadros más conocidos de su criaturafagia se encuentra el de Rubens, ejecutado en 1636, el cual tiene un curioso detalle en la parte alta, pues entre los nubarrones que aumentan el desasosiego de la escena aparecen tres estrellas, en clara alusión al planeta de los anillos.
No es que sea un capricho del pintor, sino que refleja el modo en que Galileo describe el astro cuando lo observa con su primer telescopio en 1610 –«la estrella de Saturno no es una única estrella, sino que está compuesta de tres, que casi se tocan […] el ojo desnudo no distingue ninguna de estas formas sin el telescopio»–. No parece que Rubens se enterara de que el científico vuelve a mirarlo dos años después y ya no se encuentra con las pequeñas estrellas de los lados, por lo que bromeó diciendo que ahora el Dios sí había devorado a todos sus hijos. El italiano no logra explicarse lo que ve –¿habrá sido una ilusión?– y será el holandés Huygens quien comprenda poco después que ello es debido a los anillos de que dispone, cuya posición varía con respecto al ángulo que mantenga con la tierra.
No resulta fácil comprender el mecanismo de nuestra visión. Se tardaron siglos en saber que las imágenes se crean en el cerebro, una vez que los fotoreceptores de nuestros ojos le envían incesantemente información (y este la descomprime, a manera del ordenador). La filosofía clásica desconfiaba de la vista y daba más crédito a la razón. Después, la tecnología telescópica y microscópica, nos abre la sorpresa de ver lo invisible a simple vista. Es tanta la importancia de la vista, que un 80% de las palabras de nuestro idioma relativas a los sentidos se refieren a ella. Conocemos con ella. Por mi parte, me he ayudados estos días de El ojo desnudo (2016), de Antonio Martínez Ron, para situarme mínimamente en este ámbito. Se disfruta.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus visiones].

domingo, 7 de mayo de 2017

Narraciones de otros tiempos

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Hay libros (o, al menos, eso me parece al leerlos) que denotan enseguida una escritura de otro tiempo. No digo antigua ni desfasada, sino que es distinta a la que acostumbramos a leer. Su voz narrativa tiene un aire demasiado inocente, apoyada en personajes que dejan ver las costuras. Gente de ambientes distintos me habían recomendado la lectura de Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro Vasconcelos (1820-1984),  que publicara allá por 1968 ‒año de nuestro peculiar mayo‒, y que conoció un éxito inmediato, convirtiéndolo en uno de los autores más populares de la literatura en Brasil.
Cierto que plasma una delicada atención a la naturaleza y un cuidado especial en reflejar la vida precaria de la gente desfavorecida de la sociedad. Además bebe de la tradición oral de su tierra, Bangú, lo que le lleva a transcribir en sus novelas letras de canciones o estribillos que cantan en la calle (Deixa-me fonte, dizia / a flor a chorar. / Eu fui nascida no monte / nao me leves para o mar. // E a fonte sonora e fria / com um sussurro zombador / por sobre a areia corria / corria levando a flor...). En ello no deja de tener delicadeza, lo que resalta en la versión española al dejar las letras originales. Aquellas lindezas dramáticas:
Aproveitaste ela estar assim sozinha
E não ter tempo de chamar uma vizinha…
Apunhalaste sem ter dó nem compaixão.
A pobre, pobre Fanny que tinha bom coração.
Por Deus eu juro que tambén hás de sofrer…
Numa cadeia eu hei de ver-te morrer.
La edición que he leído va por la séptima reimpresión (2014). Y presenta el siguiente colofón: «Todo niño viene al mundo con un cierto sentido del amor, pero depende de los padres, de los amigos, que ese amor salve o condene» (Graham Greene).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus plantas].

lunes, 1 de mayo de 2017

Teatro de ajedrez en Reikiavik

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Tantas novedades y tan antiguas nos hacen permanecer en un estado de tensa propensión a lo que puede venir que dura hasta que lo descubrimos habitando un lugar que habíamos desalojado. ¡Qué gusto saber que la inquietud es un trozo de piel cuyo tacto nos calma!
En Segovia se ubica la editorial La uÑa RoTa (con sus colecciones de Libros Inútiles, Libros del Apuntador y Libros Robados), en la que se halla la obra de teatro Reikiavik (2015) de Juan Mayorga, centrada en el enfrentamiento que se da en el campeonato mundial de ajedrez más famoso, el de 1972 en la ciudad (humeante) islandesa, entre Bobby Fischer y Boris Spasky. Decimos ‘centrada’, pues en realidad son dos personajes –Waterloo y Bailén– que juegan a jugar como ellos, más un Muchacho que entra en acción y que experimenta cómo puede cambiar su vida. Conocido de sobra es este evento en el que interviene un genial Fischer, pero también indómito (o más bien inaguantable, exclusivista o ambicioso), y un discreto Spasky, a la vez elegante y sensible. La trama se basa en la intención que nos acompaña de vivir la vida de los otros y de hacerlo en un duelo (con sus dos significados).
La escisión, el doble… es algo presente en la literatura desde que el Ka egipcio duplica el alma de la gente para que pueda tener garantía de su existencia en el otro mundo. Y por el Er platónico sabemos que el doble nace de una escisión de nosotras y camina al lado, lo que completa la identidad escindida –Doppelgänger–. En la sociedad del momento esta separación la propicia la Guerra Fría, actora principal de la obra, con personajes de sombra en la CIA y el KGB. Espejos. Y qué mejor re-presentación de esta dualidad que un tablero de ajedrez. (Pero, en fin, no embrollemos la acción y leamos [procedamos] los diálogos de Mayorga, para terminar en el ensayo de Fernando Broncano que le acompaña).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus tableros].

martes, 25 de abril de 2017

Lecturas compulsivas en el círculo de tiza (Azúa)

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Últimamente topo con Círculo de Tiza. Por capricho compré Japón, paisaje del alma (2016), ilustrado profusamente con imágenes de Oriente, además de que contiene textos de Kipling sobre esta cultura y la emblemática Bushido de Inazo Nitobe. Blanco y negro sobre blanco y negro. Pesa más que una Tablet, pero desliza entre los dedos aguas cristalinas en cascadas sonoras.
Ahora ‒también en el círculo blanco‒, desde la mesa de Novedades de la biblioteca del barrio, me hago por unos días con Nuevas lecturas compulsivas (2017) de Félix de Azúa (Barcelona, 1944). No ha tenido suficiente con las publicadas en 1988. Mientras tanto, han sucedido cosas… que le han hecho abandonar su tierra. Por la palabra escrita transcurre su segunda vida, así que no es de extrañar que la describa a través de esta pasión por los libros que lo absorbe, entremezclándola con sus vivencias, «en un viaje cargado de ironía y deslumbramiento».
Comienza a hablar de la poesía de Hölderlin ‒¿cuántas veces lo hemos oído?‒ en palabras novedosas, haciendo que reflexionemos sobre que es aquello de «hablar de poesía»; lo viviente y la vida son una misma cosa; el árbol en flor es la danza de la vida; cada cual somos música viviente. Continúa con más poetas, novelistas, ensayistas, lecturas del siglo XXI, etc. Me subyuga en especial el capítulo dedicado a Vértigo (2005) de Eugenia Ginzburg (1904-1977), «jeroglífico de nuestro paso por la prisión del tiempo, en cuyos límites debemos negociar con la muerte», en el que la autora narra su agonía en el gulag de Kolyma, donde tiene que negociar con la vida.
Se empeña en señalar que «hay delirios que solo pueden tener lugar en una biblioteca», pero sabe que ahí (aquí) está Internet, con la proteica vacuidad que ha existido siempre, dispuesto a terminar con el reposo necesario para la lectura. Para compensar, nos hace presente a Orwell y su liberty, facultad de que disponemos para decirle a la gente lo que no quiere oír (que podemos utilizar o dejar pudrir).

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus lecturas].

miércoles, 19 de abril de 2017

Alegría de decir no

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No han llegado todavía las golondrinas a la ciudad, cuando ya están revoloteando sobre los sembrados (sedientos). Leo al lado del trigo verde la Antología poética [1974-2014] de Manuel Ruiz de Amezcua (1952) realizada hace un par de años con el título Del lado de la vida. Andando en el sentido de los surcos atravieso las distintas respiraciones poéticas de esta cuarentona vida de versos: el yo en su guarida, el yo enamorado (que sale de sí mismo), el yo ciudadano (sabedor de las existencias ajenas, de los colapsos sociales, de los mileurismos, de los naufragios).
Me agrada la poesía que contempla, de visión periférica. Ruiz de Amezcua, además, no ha recibido ningún premio literario en la docena de libros publicados, lo que habla por sí mismo (además del ensayo corregido y aumentado El lenguaje tachado). Los años de crisis le hacen ser claro ya desde los títulos ‒La resistencia (2011) y Palabras clandestinas (2015)‒ en algo que estaba en sus palabras anteriores («En el desorden del mundo, / vengo a buscar lo que encuentro»). De este último libro es el poema «Lectura de la noche», dentro y fuera:
Para muchos de nuestros eruditos,
desde el principio de esto,
la vida de los hombres
estuvo siempre cerca de la mierda.
Me refiero a la mierda de la bestia.
A su absoluta presencia.
La mierda ha sido siempre
la verdadera entraña de la tierra,
la verdadera rueda de la Historia,
la verdadera cama que nos sueña.
Y la sangre. Mucha sangre también.
Mucha mierda y mucha sangre
ofreciéndonos sus cestas.
Por los siglos de los siglos
la Historia ha sido siempre
doblemente indigesta:
por la sangre y por la mierda.
Aunque la cosa no ha cambiado mucho,
a mí lo que me gusta de verdad
es el asunto de la duda.
Y la alegría de decir no.
Y no creer en nada.
En nada, en nada, en nada.
Absolutamente en nada.
Solo en ti, cuando me abrazas.

[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus dudas. La ilustración es "Serigrafía" de Juan Genovés (está en la antología)].

miércoles, 12 de abril de 2017

Tres Anas (y un Agustín) para Mina Loy

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No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca ó ya la frente,
silencio avisen ó amenacen miedo.
(Quevedo)
Hace unos meses Ana/Agus me enviaron un lote de libros ‒obrigado‒ que editan en La Linterna Sorda, proyecto ambicionado y ambicioso en el que empeñan notable parte de sus energías en los últimos años, que ya se acerca a la treintena de publicaciones, atinadas ellas para los tiempos salvajes que ansían. Entre ellos está Mina Loy. Futurismo Dadá Surrealismo (2016), encuadrado en la colección Guardianes del Sueño, con el que deseaba confeccionar una entrada en la bitácora, pero no me ha sido posible hacerlo hasta ahora, pues ha ido pasando de mano en mano entre mis amistades (de las que ha recibido un aprobado unánime).
Ana Cibeira, librera y poeta, realiza la apertura, en la que se ocupa de mostrar la heterogeneidad en los textos de Mina Loy aquí seleccionados ‒Manifiesto feminista, Aforismos sobre el Futurismo, etc., con sentencias, artículos, poemas, etc.‒ mostrando que nos hallamos ante una «autora todoterreno, que se mueve entre disciplinas para experimentar en el marco de una empecinada búsqueda de libertad». Habla de vida pública e íntima, ficción y realidad, las cuales se combinan sin dejar de ser denuncia (o por ello). El hacer de Loy conecta con el «feminismo de la diferencia y con el anarcafeminismo, más que con el ideario de la primera ola sufragista que le corresponde históricamente».
Ana Grandal es quien se encarga de traducir los textos y poemas de Mina Loy, aquí presentados también en copia de los manuscritos que conserva , algunos de ellos por primera vez, pues hasta ahora solo podía encontrársela en Antología poética (bilingüe, 2009) de Huerga y Fierro, o en Breve Baedeker Lunar de Torremozas.
Ana Muiña y Agustín Villalba se encargan de la edición, documentación gráfica y grafismo, que nada más abrir el libro despliega su intención con las guardas que reproducen Moving Circles de Sophie Taeuber Arp. Pasan de 150 las imágenes que ilustran las 150 páginas de la obra. Ya se sabe, es necesaria la calidad para subsistir entre tiburones. Ana, igualmente, realiza una clarificadora y extensa introducción en la que sitúa al personaje en la época. Mina Loy (1882-1966) no deja indiferente.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus dadá].

jueves, 6 de abril de 2017

Deudas morales (hacia Moncho e Isabel)

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Hay personas ajenas a los círculos familiares y sociales en los que te desenvuelves desde la infancia con las que adquieres unas llamémosles deudas morales porque tienen comportamientos que son notables para la escala de valores que vas tomando en la vida. No forman parte de tus ambientes cercanos, pero aparecen de vez en cuando, con un sello de autenticidad. Desde hace meses, desde que ha muerto, tenía intención de cumplir la deuda moral con Moncho Alpuente, dedicándole una entrada de la bitácora, pero siempre quedaba pospuesto por lecturas recientes. Ahora, al morir Isabel Escudero, me pongo a ello. A uno y otra encontraba en diversos actos; siempre acudían a jornadas que pudieras organizar, sin pretensiones, regalando su tiempo, con la consabida costumbre de abonarles viaje y estancia. Una especie de Albert Camus, indiferentes a las prebendas de la democracia, consecuentes con sus ideas.
Moncho Alpuente (1949-2015),periodista, escritor, humorista y músico no dejaba indiferente. Su hija Bárbara hizo pública una carta en la que lo retrata: «Me pasé la infancia escuchando eso de “ayer vi a tu padre en la tele”, que me decían casi a diario en el colegio […] Siento que ha salido del tiempo, pero solo un ratito, y que volverá a darme un abrazo y a contarme qué pasa al otro lado, por muy ateo que fuera, y a sentarnos en el jardín de su casa, ahora que empieza la primavera; a leer juntos, a escribir nuestras cosas y enseñarnos el trabajo según vamos avanzando […] Conocía sus fragilidades y aprendí a protegerlo, así como hicimos todos, porque mi padre, más allá de la figura mediática, también era un hombre frágil, y con un una enternecedora sensibilidad. Por eso era capaz de destrozar a Esperanza Aguirre en un soneto y luego tratarla con respeto cuando coincidían en alguna tertulia de radio». No conozco a Bárbara, pero sé que la carta también es para mí.
Isabel Escudero (1944-2017),poeta y ensayista, tampoco dejaba indiferente. Era frecuente verla en recitales poéticos, junto a Agustín García Calvo (1926-2012), con quien estaba unida y con quien escribe algún libro de pensamiento y denuncia social, así Contra el hombre (1986) o ¿Quién dice no? Y sorprendía al desgranar los poemas breves, muchos de ellos de inspiración popular ‒pues solo eso que llamamos indefinidamente pueblo es capaz de provocar lo que no se nombra, aseguraba‒, que ya recogiera en Coser y cantar (1984) y continúa elaborando hasta el final de sus días. Desde su lado de profesora, realiza igualmente experiencias que combinan juego y poesía (Cántame y Cuéntame). Isabelita llevaba la primavera en su rostro, en su aire… y a sus puertas nos deja («Yo sé que me moriré algún día / Si no lo supiera / no me moriría»).
Salud. Que la vida y la muerte transcurran por sus llanuras.

viernes, 31 de marzo de 2017

La luna y sus nombres (cráteres de mujeres)

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Cicatrices de
Luna que honran memorias.
Su piel, tu nombre
Está ahí. Luciano de Samósata (c. 125-195) imagina realizar un viaje a la luna (y al sol) en un barco que surque los cielos propulsado por vientos extremosos. A Kepler (1571-1630) lo ayudarían a ello demonios lunares. Plutarco (c. 46-120), por su lado, pone nombres a diversas zonas de la luna ‒llanura de Perséfone, llanura Elísea, a donde van las almas después de la muerte‒ y extiende la creencia de que contiene mares ‒lo que llamamos maria.
Dante considera a la Luna lucidora y pulida y colige que las manchas que pudieran verse en su superficie son reflejo de las irregularidades de la Tierra. Sabemos que no, que tiene numerosos cráteres, fruto de los choques con otros cuerpos celestes cuando se estaba formando (y que su atmósfera no erosiona). De los miles de huecos que luce, tanto en su cara visible como en la oculta (que no oscura) para la tierra, 1.586 han recibido nombres de gente dedicada a la filosofía y a la ciencia, entre ella quienes han dedicado su vida al espacio o a la selenografía. Y solo 28, un 1,7%, pertenecen a mujeres, comenzando por Hipatia (370-415).
A divulgar el nombre de estas se dedica el libro Las mujeres de la Luna. Historias de amor, dolor y valor (2016), de Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros (a quienes también pertenece el haiku del epígrafe), los cuales incitan a que se corrija esa práctica política y sociológica con el nombramiento en femenino de equivalentes futuros, en las múltiples cicatrices que restan por bautizar. No en vano se puede acudir a alguna de las 2.500 entradas de The biographical dictionary of women in science.
Safo (c. 630/612-580 a.n.e.) no dispone de tierra alguna (según la UAI), a pesar de que la tiene presente: «Se ha ocultado la luna, / las Pléyades también, / está en su medio la noche, / la ocasión se va pasando / y yo acostada, sola» o aquello de «Las estrellas en torno de la hermosa / luna esconden de nuevo su fulgor / cuando en su plenitud llena ilumina / la tierra…».

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus campos].

sábado, 25 de marzo de 2017

Entre amigas Entre escritoras (Elena Fortún y Carmen Laforet)

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El título no me resulta atractivo. Incluso lo tengo por un poco cursi. De corazón y alma. Así se llama la obra que contiene la correspondencia habida entre Elena Fortún (1886-1952) y Carmen Laforet (1921-2004) durante los años 1947 a 1952, escritoras a las que aprecio. Además, Elena –Encarnación Aragoneses Urquijo– estudia, en su momento, biblioteconomía en la Residencia de Señoritas de Madrid, lo que le sirve en el exilio posterior a la guerra civil española para trabajar de bibliotecaria en la Municipalidad de Buenos Aires (hoy Biblioteca Mariano Moreno), puesto que le consigue Borges, ya que la escritora había coincidido años antes con Norah, hermana de este, en el Lyceum Club madrileño. Razón esta del oficio de colmar estanterías para pisar con honores la alfombra azul de nuestra bitácora. Por si fuera poco, dejó abocetada Celia bibliotecaria.
La correspondencia denota la situación vital de ambas. Una, autora de Nada, en los albores de su carrera literaria. Otra, creadora de Celia, en los ocasos. Pasión y angustia. Exilio y sosiego. (Curiosamente, conocí antes a la Premio Nadal, pues a mi pueblo no llegaban las aventuras de esa niña que vivía en los ambientes de la clase media española en la primera mitad de siglo). Decíamos que el título ronda lo sensible o efectista, aunque no dejemos de señalar que ambos elementos –corazón y alma– impregan desde el inicio la comunicación establecida entre ambas. Un entenderse desde la soledad. Un amarse desde los exilios. Un vivir creándose cada día en la presencia de las entrañas.
Escribe Carmen: «Dentro de unos días volveré a coger la novela [puede referirse a La isla y los demonios o El piano], ya para darle los arreglos finales. ¿Por qué escribirá uno? Todas las disculpas que uno se inventa para escribir son falsas. […] ¿Sabes que cuando yo iba a tener mi primera niña creía que ya no volvería a escribir? Creía que eso me serviría lo mismo. Luego resultó que no, que los hijos de carne y hueso son cosas aparte y que uno, por lo menos yo, no se puede entregar enteramente a ellos…».
Recomendable la correspondencia.
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus campos].

domingo, 19 de marzo de 2017

Altazor (desde los cielos de Huidobro)

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Los poemas extensos le iban a Vicente Huidobro (1893-1948), el poeta chileno que trajo a España (desde París) las vanguardias en 1918, plasmado en el ultraísmo del momento primero. En 1929 publica la novela fílmica Mío Cid Campeador, que goza de éxito. Y, poco después,  da a la luz Temblor de cielo (poema en prosa) y Altazor (en verso). Lo hace en la todopoderosa C.I.A.P., compañía que va aglutinando en España a buena parte de las editoriales de los años treinta del siglo pasado.
Hacía tiempo, con 25 años, comienza a escribir versos de Altazor (“Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente”), a los que va sumando nuevas contribuciones. El resultado de 1931 es un poema en un prefacio y siete cantos, en el que, al no tratarse de una narración épica (como la cidiana), resulta complicado mantener la unidad. Hay quien lo toma como un (caprichoso) juego verbal, pero el resultado no deja de ser desconcertante y admirable. De hecho es la obra con la que más se le identifica a este inquieto hombre.
Hay palabras que tienen sombra de árbol
Otras que tienen atmósfera de astros
Hay vocablos que tienen fuego de rayos
Y que incendian donde caen
Otros que se congelan en la lengua y se rompen al salir
Como esos cristales alados y fatídicos
Hay palabras con imanes que atraen los tesoros del abismo
Otras que se descargan como vagones sobre el alma
Altazor desconfía de las palabras
   Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas
            Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedra
Presintiendo el abismo a todo paso 
       Mas no temas de mí que mí lenguaje es otro
       No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
       Ni descolgar banderas de los pechos
       Ni dar anillos de planetas
       Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno
       Quiero darte una música de espíritu
       […]

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus avenidas].

lunes, 13 de marzo de 2017

¿Es necesario el sexo?

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Este es el título que James Thurber (1894-1961) y E. B. Withe (1899-1985) le ponen al libro que han escrito, para el que no encuentran editorial. Nadie quiere comprometerse con este asunto de manera abierta, pensando no solo en el casi seguro fracaso de ventas sino en los (diversos) ridículos a que se exponen, máxime cuando le acompañan unas ilustraciones de Thurber que pueden resultar algo ridículas. Al fin ve la luz en 1929… y todos los temores se muestran infundados. Pronto se convierte el libro en un superventas y el público disfruta de lo lindo con él, aunque expertos y políticos tratan de desvalorizarlo (porque sus páginas no les bailan el agua). Desde entonces pasa a ser obra de referencia, con numerosas reimpresiones y ediciones, en las que se van incorporando prólogos, proemios, introducciones, epílogos y anexos varios.
Una de estas adendas, la de John Updike en 2004, comenta que «rara vez un libro que lleve la palabra sexo en el título ha dicho cosas tan poco favorables al respecto». Y es que sus autores comentan que (en los años en que se escribe) hay dos factores de la civilización sobrevalorados: la aeronaútica y el sexo; el segundo, en principio un asunto ni difícil ni peligroso, es complicado por «sociólogos, analíticos, ginecólogos, psicólogos y diversos autores de libros de divulgación […] hasta mucho más allá de los sueños más delirantes de nuestros antepasados».
Como aquí nos dedicamos a literaturas o ciencias, no vamos a entrar en valoraciones. Sencillamente apuntar que uno de los capítulos de la reciente traducción de Panóptico, de Hans Magnus Enzensberger (ese discípulo de Montaigne), se ocupa de ello, y recuerda a quienes ofician la sexología –incluido Wolkmar Sigusch con su Neosexualidades, acuñador de la “cisexualidad”– las múltiples e insólitas formas en que el sexo se practicaba en la Antigüedad: Pasífae, mujer del rey de Creta, se enamora de un toro y encarga al ingeniero Dédalo que le construya una vaca de madera en la que se introduce y, así, copula con su enamorado (dando nacimiento al Minotauro); o el hijo de Hermes y Afrodita, que se une en un abrazo con una ninfa, cuya unión se convierte en fusión, de la que nace un ser hermafrodita; o…
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cursos].

martes, 7 de marzo de 2017

Música del Cosmos

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La música es el placer que experimenta la mente humana de contar [con números] sin ser consciente de que está contando (Gottfried Leibniz)
A estas alturas ya he renunciado a comprender los mecanismos internos de la teoría de la relatividad general y los de la mecánica cuántica. Tampoco es que me deprima. La mayoría de gente científica no las dominan en su totalidad y mucho menos son capaces de explicarlas. Ahora tratan de integrarlas en diversas teorías, la más conocida es la de las cuerdas, que presenta un mundo de partículas en continua vibración (con más de una decena de dimensiones); o en la de la gravedad cuántica de lazos, que postula que el espacio mismo es una trama de bucles; o en la de conjuntos causales, en la que la estructura del espacio se contempla como la arena de una playa. Pero a pesar de este desistimiento, continúan atrayéndome obras de divulgación científica.
Esta vez he picado en El jazz de la física, de Stephon Alexander, negro del Bronx que relata su peripecia hacia la ciencia y el jazz. La pulsión científica que siente no deja de estar tocada, en el entorno del barrio, por los múltiples encuentros que tiene con la música, vía de escape y posibilidad de esquivar al determinismo de la pobreza y la violencia. Dotado de intuición y de inteligencia, la existencia le abre puertas en los caminos que va tomando, a veces sin destinos de primera vista. Su propósito es dar con la fórmula que explique la estructura del universo, la expansión y contracción de las galaxias. Bajo la sospecha de que tienen una estructura musical –¿dónde se esconde esa fórmula (sencilla) matemática que lo muestre?–, que suenan con ritmo, cadencia, armonía, tonalidad o improvisación. Pitágoras y su música de las esferas no deja de estar presente en las Cosmologías actuales.

Además de una portentosa capacidad matemática, Alexander se vale de la improvisación y de las analogías. En su apoyo viene Einstein (que tocaba el piano) cuando explica la formulación de la teoría de la relatividad: «Se me ocurrió por intuición, y la música fue la fuerza que la impulsó. Mi descubrimiento fue el resultado de la percepción musical». Por aquí pasan John Coltrane, Margaret Geller, Brian Eno o Richard Feynman. Agradable compañía.
[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus cursos].

miércoles, 1 de marzo de 2017

Vida gallega en Terranova

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Se escribe mucho en los últimos años sobre lo postcolonial en las lenguas y, por extensión, sobre el papel de la literatura en la salvaguarda de los idiomas minoritarios. Walter Mignolo denomina gnosis al sistema que permite elaborar una teoría autónoma de la manera en que, con estos idiomas, las gentes piensan y se relacionan con el mundo.
Uno de estos es el gallego. Curiosamente, en la Edad Media fue idioma culto para la corte castellana. Las cantigas, por ejemplo, están escritas en él. Pero las alianzas que tomó la nobleza gallega en las guerras dinásticas (de Trastámara y Beltraneja-Isabel) les hizo quedar en el bando perdedor, por lo que fueron relegados de los ámbitos centrales del poder, pasando así el gallego a lo doméstico. Será la publicación de Cantares gallegos de Rosalía de Castro, en 1863 (sin que sea consciente del esplendor medieval), la que reinicie el auge del gallego como lengua culta, surgiendo de lo popular.
En esta línea se sitúa la producción literaria de Manuel Rivas (1957), escrita ella en gallego, en la que muestra un modo propio de ver la realidad, que puede resumirse en el uso de la retranca como el modo de expresar lo propio sin oponerse frontalmente a lo ajeno. Según estudia Isabel Castro-Vázquez es un modo de resilencia, que desemboca en re-existencia. Rivas realiza ecología del lenguaje. Se convierte, con ello, en alguien con peso.
Y lo hace de un modo altamente cualificado. El último día de Terranova (2016) es un mosaico del panorama cultural gallego español y argentino de los dos últimos tercios del siglo XX. Pone a prueba los conocimientos de cualquiera que lo lea (dejando entrever que no le supone mayor esfuerzo). Personajes, poesía, lenguaje, frustraciones, librerías, sueños… Es la ficción de la realidad cuando la realidad necesita ficción.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cauces].

jueves, 23 de febrero de 2017

Mi amada/o entre Plumas

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Quien mucho abarca, poco aprieta, se dice, ¿no? Seguramente será lo que me suceda en esta entrada. Tenía intención de hablar de un libro cómic, pero me ha llegado una obra que no deja de pedir paso aquí. Habibi, ‘mi amado’ (también podría haber sido habibati, ‘mi amada’) es el título de una extensa novela gráfica ‒de más de 650 páginas‒ de Craig Thompson [editada en la bilbaína Astiberri] que narra las conexiones vitales entre una mujer árabe, que siendo niña padece el matrimonio concertado, y un hombre negro, que es adoptado de niño por dicha adolescente, cuando ambos llevaban cadenas de esclavitud.
Pero es mucho más que una historia, o que una historia escrita, pues su grafismo es tan variado, que en muchas ocasiones habla por sí mismo. Cuadrados, rectángulos, rombos, óvalos, líneas ondulantes diluidas en humo, suelos marmóreos, caligrafías árabes, geometrías, ríos, brebajes en los cuerpos, rayos, oscuridad-luz… son elementos que utiliza el autor para pasar de unas a otras escenas, narrando las vicisitudes de esta pareja entremezclándolas con historias religiosas conocidas. Tejido ello en torno a los nueve cuadrados (capítulos) en que se divide el panel principal, cada uno de los cuales tiene un valor numérico y una letra correspondiente.
Disfrutando estaba de este mosaico, cuando me llegan La plumas de Salim Barakat. Que recuerde, no había leído literatura kurda y a fe que me ha resultado sorpresiva y enigmática (ya que imagino que tiene claves a las que no accedo con mi cultura). Las personificaciones y metagoges están tan integradas en la escritura que cualquier elemento natural ‒nubes, lluvia, viento, etc.‒ es un personaje más de la obra. Y qué decir de la presentación de quienes son elegidos por el hado inextricable para participar en la obra: «Mem: el joven que conquistó la realidad; Tres rosales: meros arbustos; La de las botas militares: chica cuyo nombre no interesa; Nueva emisora de radio: con muchas ondas; etc.».
¡Qué voy a decir! Dos excelentes hallazgos en una semana.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cauces].

viernes, 17 de febrero de 2017

Antes del fin (Sábato y Matilde)

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Compruebo que no hemos dedicado ninguna entrada a Ernesto Sábato (1911-2011), a pesar de que el argentino es una de las personalidades más atractivas del siglo pasado. Otra mucha gente piensa así. Cuando comenzó a escribir sus memorias, a las que da el título de Antes del fin (1899), le animaban a continuarlas diciéndole «tiene el deber de terminarlas; la gente joven está desesperanzada, ansiosa y cree en usted; no puede defraudarlos». Es un científico escorado hacia la literatura. Con estudios de matemáticas y física, incluso con una beca que le permite trabajar en 1938 en el Laboratorio Curie de París, se deja arrastrar por profundas crisis personales y obedece el mandado de su interior. Será ensayista, articulista y novelista, con tres obras icónicas: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974).
Le añade, además, atractivo el compromiso social que no elude durante su vida. Lo inicia siendo estudiante en La Plata, hasta el punto de abandonar los estudios y entregarse a la actividad sindical de emancipación obrera (cuando el mundo estudiantil y el obrero confluían en las corrientes progresistas).
Sin duda que Antes del fin es uno de los regalos más apreciados que pude hacerme (y no dudo en regalarlo cuando me encuentro en el compromiso de no saber qué elegir). En sus páginas trata de expresar de la manera más delicada los «graves defectos» de los que es consciente, en su octava década, cuando los semisueños aparecen intemporales, mezclados con los recuerdos de infancia. Pero hay otros textos en los que sí aparecen «mis verdades más atroces»; es en las novelas «en mis ficciones, en esos bailes siniestros de enmascarados que, por eso, dicen o revelan verdades que no se animarían a confesar a cara descubierta. También los grandes carnavales de otros tiempos eran como un vómito colectivo, algo esencialmente sano, algo que los dejaba de nuevo aptos para soportar la vida, para sobrellevar la existencia, y hasta he llegado a pensar que si Dios existe, está enmascarado».

Junto a él, desde la adolescencia, vive Matilde Kusminsky-Richter (1916-1998), escritora y poeta que aceptó publicar lo suyo poco antes de morir.

sábado, 11 de febrero de 2017

Maquiavelo

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Cuesta imaginarse a Maquiavelo (1469-1527) sentado tranquilamente, leyendo a la luz de la vela. Al menos a mí. Pero, sin embargo, uno de los lugares comunes de la literatura, en especial cuando se habla de las virtualidades de la lectura, es una carta suya en la que se retrata de este modo, abandonado a la mudanza ética que pueden producir los textos clásicos. No es el único. Su coterráneo Petrarca (1304-1374) ya había tenido conversaciones con «los santos, los filósofos, los poetas, los oradores, los historiadores», tan fascinantes que escribe cartas ‒de tú a tú‒ a Cicerón o Virgilio, ejerciendo a la vez (según dice Francisco Rico) la introspección y el juicio moral sobre el presente. Y no digamos el Quevedo que escucha con sus ojos a los muertos.
Salido de la cárcel, en la que es torturado, a la que le llevan la vuelta de los Médicis a Florencia en 1512, se retira a una pequeña propiedad cercana que tiene en San Casciano in Val di Pesa. Allí vive años de penurias, pero extrae lo mejor de su talento y, con estilo desenvuelto, escribe lo que ha legado a la civilización. Gana el sustento con lo que le renta la leña que corta en el bosque, para lo que contrata obreros que le ayuden. Con ellos convive durante el día y con ellos está en la taberna. Así lo explica en carta a su amigo Francesco Vettori a finales de 1913. José Ángel Valente versifica (casi literalmente) esta misiva en Maquiavelo en San Casciano, poema que nos acerca al final del día:
Llega al cabo la noche.
Regreso al fin al término seguro
de mi casa y memoria.
Umbral de otras palabras,
mi habitación, mi mesa.
Allí depongo
el traje cotidiano polvoriento y ajeno.
Solemnemente me revisto
de mis ropas mejores
como el que a corte o curia acude.
Vengo a la compañía de los hombres antiguos
que en amistad me acogen
y de ellos recibo el único alimento
solo mío, para el que yo he nacido.
Con ellos hablo, de ellos tengo respuesta
acerca de la ardua o luminosa
razón de sus acciones.
Se apaciguan las horas, el afán o la pena.
Habito con pasión el pensamiento.
Tal es mi vida en ellos
que en mi oscura morada
ni la pobreza temo ni padezco la muerte.

[Salud. Esperando que la vida discurra por su cauce].

domingo, 5 de febrero de 2017

Huellas (música para el Holocausto)

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Suelen caerme en gracia las mujeres que han trabajado en bibliotecas y, al tiempo, han sido creadoras. Ahora escucho el Magnificat de Buxtehude (1637-1707), uno de mis favoritos. Ya ya, ya sé que ni es mujer ni trabajó en bibliotecas. Quien sí lo era es Ida Frank (1921-2011), estudiosa de música en el Conservatorio de Lwow hasta que los ejércitos nazis ocupan Polonia, lugar en el que vivía. Su vida cambia –¡y de qué manera!– en esa trayectoria de la historia, redobladas las desgracias al ser judía. Confinada en un gueto durante 1942, logra sobrevivir a los embates de la guerra utilizando papeles falsos. Más tarde, en 1957, se asienta en Israel y, ahí sí, se emplea en una biblioteca musical.
Ya me había embebido en su momento con El viaje, seguramente su colección de relatos más conocida. Tardó tiempo en dejarme desprendido de sus palabras. Ahora, la casuusalidad me ha puesto delante Huellas (2012 [en la serie Los Papeles de Sefarad, dirigida por Mercedes Monmany, con uno de los más hermosos colofones que he leído últimamente: una gota de agua preñada de la música de Beethoven]) y los veinte relatos que contiene vuelven a obnubilarme. Es decir, leo los periódicos y apenas comprendo cómo podemos marearnos días y días con asuntos intranscendentes, dejando de lado lo que concierne al bienestar humano, solo porque hay quienes ambicionan parcelas de poder y nos construyen fuegos fatuos.

Nada más lejos de ello la prosa de Ida Frank. Escritora tardía, maestra del silencio, ahí en sus páginas está el evento, lo cotidiano, las personas –mujeres la mayoría– que en un momento de su vida se ven invadidas, desvalijadas, abordadas… hasta la desventura, hasta el holocausto. Escasas concesiones a la vanidad. Unos versos de Boleslaw Lesbian («La oscuridad espesa en la hierba, / arrecia el frío en la tierra. / Parece que la lejanía errante / a tu puerta se aproxima…») y esa gota desbordante.
Recordamos. (Sobre su obra queda la película Primavera de 1941 de Uri Barbash).

lunes, 30 de enero de 2017

Objetos (poemas de W. Carlos Williams)

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A los pesares que llevas
La literatura, si se presta atención, comparte nuestros momentos más corrientes, nuestros gestos descuidados, nuestras nimiedades. Cada vez que paso por los versos de Williams Carlos Williams (1883-1963, que recibe el Pulitzer el año de su muerte, ya fallecido) me sorprendo idiotamente en detalles que pasan desapercibidos (“Me comí las ciruelas / que estaban / en la heladera // y que seguro / estabas / guardando / para el desayuno // perdóname / estaban riquísimas / tan dulces / y tan frías”). ¡Vaya, vaya, dulzura y frialdad! ¿Y cuántas cosas más?
Como él vivía en un lugar rural cercano a Nueva York, habla de situaciones que conocimos en nuestro pueblo (“Tantas cosas / dependen de // una carretilla / roja // lustrosa por el agua / de la lluvia // entre gallinas / blancas”). Se dice que poetas como él y otras/os norteamericanas/os ‒Marianne Moore, Hilda Doolitle “H.D.”, Pounz o Eliot, Amy y Robert Lowell, etc.‒ sacaron a la poesía inglesa de sus callejones sin salida académicos, de sus círculos viciosos metafísicos.
Ya que las cosas no pueden hacerse, están ya ahí, lo que hace el verso es imaginarlas y, cual demiurgo, crear algo que no existía. De este modo opera ‒él es médico‒ en lo que nos rodea, las palabras son objetos sensibles. Para ello puede utilizarse el verso libre, en el que prime el ritmo interno, apartando en lo posible el artificio (aunque lo sea) al hacer que los objetos vean, oigan y hablen.
“Me llaman y voy. / Es un camino helado / pasada la medianoche, una nevisca / atrapada / en las huellas rígidas de los carriles. / Se abre la puerta. / Sonrío, entro y / me sacudo el frío. / Hay una mujer corpulenta / de costado en la cama. / Está enferma, / acaso vomita, / acaso esforzándose / para dar a luz / su décimo hijo. ¡Alegría! ¡Alegría! / ¡La noche es un cuarto / oscurecido para amantes, // a través de las persianas el sol / envía una aguja dorada! / Le aparto el pelo de los ojos / y miro su dolor / con compasión”.

martes, 24 de enero de 2017

El loco de las rosas (no es Einstein)

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Leo estos días de nieve ausente (en Castilla) el tebeo Einstein, una biografía dibujada (2015), de Corinne Maier y Anne Simon, autoras que se iniciaron esta colección con la vida de Freud. Para los escasos conocimientos que tengo de física y las grandes ansias de comprender el universo que me vienen de vez en cuando, este cómic compensa en notable medida mi ignorancia. «Qué alegría la de correr tras cualquier cosa misteriosa, de la cual no percibimos más que un reflejo. / Y esa cosas se llama… / …belleza».
Y, sin pretenderlo, se ha cruzado en el camino el libro de cuentos El loco de las rosas, de Mohamed Chukri (1935-2003), que destroza los respetables cánones en los que nos movemos la gente educada [y ni quito ni pongo]. Reconozco que tiendo a valorar altamente a quienes desde una vida difícil encuentran en la literatura un cauce de expresión o casi un modo de vida. Es como si sus palabras tuvieran sangre por el simple hecho de esta autosuperación devenida en su existencia, algo sucedido al autor de El pan a secas. (Creo, por otra parte, que no solo yo procedo así; véase, por ejemplo, cómo se considera a Erri de Luca).
Chukri aprende árabe a los 20 años, cuando está en la cárcel, aprovechando las enseñanzas de otro preso. Después estudia español en Larache y retorna a Tánger, en donde lleva vida noctámbula ‒la mayoría, claro, somos gente madrugadora‒ y comienza a escribir, no se sabe si para concretar sus demonios voladores o para hablar de lo que le rodea. Porque sus relatos se pueblan de gente marginal, además sin atisbos de soluciones, de emancipación. Están ahí, juegan, tosen, recitan, matan o mueren. En un lenguaje breve, directo, en presente, que no se agota ahí, sino que intercala extensos párrafos en los que el autor se hace presente en medio de esa barahúnda de callejones o a lo largo de la arena caliente de la playa.

«La red», «Los niños no siempre están locos» o el texto que da nombre al libro tienen palabras que nos traen el dolor en una de sus expresiones desnudas; el destino de gran parte de la desproporción humana.

miércoles, 18 de enero de 2017

Las taras de la literatura

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Hace casi cien años, en 1926, la revista francesa Les Marges realizó una encuesta a literatos y académicos de la época sobre «Las taras de la literatura actual», impulsada por Ernest Tisserand. Recibió 114  contestaciones, algunas de ellas de escritores conocidos, tal Henri Barbusse (1873-1935), cuya novela El fuego (basada en sus experiencias como soldado de la primera guerra mundial, que describe los padecimientos de quienes son enviados a las trincheras para defender una idea llamada patria) tanto influye en la juventud española coetánea.
Plantea el periodista aludido que después de la primera guerra mundial se han trasladado al mundo cultural modos de actuar en los ámbitos industriales, con los que se ha transmitido a la literatura una serie de lo que considera enfermedades, las cuales serían: 1. Los premios literarios, que corrompen a escritores y editores, industrializados durante la gran guerra (el Goncourt ya es de 1903); 2. La publicidad literaria, si las editoriales no invierten en promocionar, las obras se menosprecian, tano crítica como público (a pesar de sus deseos de calidad) quedan obnubilados por este brillo; 3. Las boutiques literarias (recepciones, magazines, casas de té), en donde se comercia, que dejan obsoletos los inofensivos cenáculos y los pequeños cafés; 4. La explotación comercial de lo que se tenía por vicios abyectos (la inversión sexual y la conversión religiosa), tan abundante en muchos libros.
La contestación de Barbusse se produjo en L’Humanité, en la que, además de estar conforme con el planteamiento de Tisserand, señalaba otras taras de su consideración, entre ellas, el monopolio de la información literaria y de las críticas por ricas casas (para él reaccionarias, como Larousse, cuyo diccionario consideraba parcial en sus definiciones).

Parece que el panorama actual cuenta con raíces.
[La ilustración es de Alex Colville]