Desconocemos por qué se ha
tomado el nombre ‘Juan’ como término para designar una colectividad
determinada, incluso cuando es muy numerosa, tal como sucede con la gente
desposeída ‒Juan sin Tierra‒ o con quienes se mantienen alejados del poder ‒Juan
Pueblo‒. Igualmente, personas concretas lo han adoptado para seudónimo,
anexionándole un gentilicio de mayúscula con valor patronímico (como hiciera
aquel manchego), lo cual sucede en el caso que nos ocupa, que es Juan de Easo,
autor del artículo comentado aquí.
En la sección Páginas Infantiles
de Mundo Gráfico, núm. 66 (29 de
enero de 1913), bajo el epígrafe «Una hermosa iniciativa», se da cuenta del
proyecto del Ayuntamiento de San Sebastián, cuya Comisión de Fomento ha estado
durante un tiempo recogiendo libros donados por gente amante de la cultura, con
los que ha organizado una biblioteca ambulante destinada a las criaturas que
reciben enseñanza en las escuelas municipales.
El articulista informa de que la
biblioteca infantil «se ha creado por obra y gracia del civismo, del altruismo
de unos cuantos ciudadanos amantes de su patria chica, para el engrandecimiento
y esplendor de la gran patria, de la patria común, que es la Humanidad sin distinción
de razas y exenta de castas; de unos cuantos hombres modernos que se han compenetrado
íntimamente con el sentido de esas hermosas palabras pronunciadas por ese gran
maestro del periodismo español contemporáneo que se llama Antonio Zozaya: “Nada
más estúpido que el orgullo de raza. Por atrasada que esté Rusia y adelantada
Inglaterra, siempre habrá diferencia entre un sabio de San Petesburgo y un
imbécil de Londres”».
En el Congreso Nacional
Pedagógico de 1882, Bartolomé Cossío habla de bibliotecas escolares, pero el
mundo escolar tardará años en contar con ellas, a pesar de iniciativas como la
de Altamira en 1912 de crear bibliotecas circulantes. Por ello, la biblioteca
donostiarra no deja de ser pionera.

