¡Qué tendrá la nieve para nuestros ojos! Abrir la ventana, aparecer la blancura, acelerarse el corazón. Tal vez, preciso engaño o imprevisto regalo o lánguida seducción. Puede ser, sí, seducción. El sonriente maná que nos anima a acompañar los cimbreantes copos –«¡Ven, no temas, la lluvia se ha ido!»–. Y no nos mojamos. Después, cesa. La llanura sin mácula hasta que el arroyo abre vaporosos senderos hacia los que planea la cigüeña y el milano se ocupa en dar vueltas alrededor de las ramas habitadas.
¿Pero la nieve es como la literatura? ¿Atrayente y desgarradora? ¿Qué hay detrás de la mano que nos ofrece compañía? ¿Está ahí para contemplarla o para pisarla? Dice el haiku:
odio los cuervos,
pero esta mañana,
en la nieve...
La calidez está en nuestra piel. Más adelante, nos abandona.
Nieve azul.
