
Con regular frecuencia, llegan a la biblioteca los catálogos de Librería Pórtico, de Zaragoza. En principio, no podemos suponer que detrás de ese nombre se encuentra la historia de José Alcrudo Quintana (1918-2010), que inició esta andadura cultural en 1945 en un kiosco de libros y refrescos ubicado en los soportales (de ahí su nombre, que traspasó al grupo de arte abstracto) del Paseo de la Independencia zaragozano, en donde repartía literatura clandestina (llegada de Hispanoamérica). José era hijo y sobrino de dos afamados médicos −José y Moisés− que fueron asesinados en 1936, una vez fuera delatado su paradero. En cierta ocasión, un investigador amigo le dijo al librero José, que se había topado (haciendo un estudio) con el nombre de la persona que delatara a su padre. Éste, de genio alegre, se puso serio en ese momento y le contestó que desde el principio sabía quién era el delator, pero que no le odiaba, pues había decidido que su energía la emplearía en actividades constructivas.
Una excelente lección. La resilencia −esa cualidad de los materiales para doblarse y no romperse− deviene en la capacidad que tenemos para sobreponernos al dolor, incluso al maltrato, y para tomar una decisión madura, en vez de actuar de forma destructiva hacia lo que nos rodea.

[La fotografía de José Alcrudo es de GEA, Gran Enciclopedia Aragonesa]
Comparto la máxima de José, ésa de emplear el tiempo en cosas constructivas, pero a veces no hay que emplear ningún tiempo en el odio, se siente aunque luchemos contra él.
ResponderEliminarPor eso nunca entenderé a quien perdona al etarra que mató a su marido, por ejemplo.
Un abrazo.
Bueno, Elena, todo está en si el odio te deja vivir o no (pero no soy nadie para dar consejos).
ResponderEliminarUn abrazo para ti. Ignacio.
Una postura envidiable desde luego, emplear la energía sólo en actividades constructivas. Difícil de conseguir pero envidiable y admirable.
ResponderEliminar¿Ya has escogido las lecturas para tus vacaciones, Lavela?
ResponderEliminarDisfruta de ellas...
Un fuerte abrazo
Sí, Ayla, era un hombre singular, de esos con los que te gusta charlar un rato.
ResponderEliminarBueno, Isabel, le tengo echado el ojo a algunas: El libro de San Marcos, de Victoriano Crémer, y los artículos que escribió en Solidadridad Obrera, de La Coruña, en los años 1930-1933.
ResponderEliminarAunque me temo que no tendré demasiado tiempo para la lectura.
Un abrazo a ti, Isabel.