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lunes, 17 de marzo de 2014

Luna llena

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Anoche volvía a casa y estaba apareciendo la luna llena. No crucé el puente Malatos y caminé río arriba por la margen izquierda. Delante del faro redondo pasaban las ramas de los árboles de la rivera, todavía desnudas en Burgos (salvo los de los sauces llorones). Entonces comencé a escribir (en la mente) esta anotación, pues tenía pensado haber escrito sobre el silencio, pero el momento me arrastraba con plenitud. Cuando di la vuelta para volver al puente románico, el cielo conservaba un tímido resplandor de la tarde en el horizonte.
Venía de estar con mi padre. «¿A dónde vas María?», «Voy a mi casa, que ya es hora», «Ahora esta es tu casa, mujer; ya pronto vamos a cenar y, después, a la cama», le dice una residente que siempre está al tanto de lo que se cuece en la sala de estar. María es una mujer de aspecto dulce, tranquila, de unos 85 años, que camina despacio, algo encogida de hombros pero con la vista hacia delante. Cuando la noche va cayendo y los ventanales se iluminan levemente con el brillo de la luna llena, se levanta del sillón en el que pasa la tarde, con la vista en el infinito, y se dirige a su casa.
Mi padre se queda tranquilo al verme llegar. Estaba preocupado por cómo se las apañaría para subir a la habitación a dormir y su mente ya ha solucionado el problema. No le apetece hablar y se recuesta. Yo aprovecho para leer unas páginas de este curioso libro que ha caído en mis manos estos días: La trabajadora, de Elvira Navarro (2013), en el que las jóvenes Elisa y Susana conviven con los trastornos mentales de cada una, mientras trabajan (precariamente), en un modo de vida en que la patología resulta normal en una sociedad sin proyectos comunes.
Al entrar en calle Emperador, la luna se encaramaba en el mudéjar Arco de San Martín.