Quería regalarle un libro a
la Camarera. El tiempo y nuestros caracteres han ido transformando la distante
cortesía que se establece en una barra, llegando a una afabilidad contenida (y
aun diría a una amena dulzura) en los frecuentes encuentros de las mañanas.
Claro que siempre suceden en su terreno, pero al no ser dueña del Café, podemos
disfrutar de esa complicidad proletaria nacida de la despreocupación de quien
no posee negocios. Y me acordé de aquel libro, Con ojos de niño, de Frato, que tanto me hizo disfrutar y pensar.
Así que ‒me dije‒ seguro que
funciona. Claro, adaptándolo a lo presente en Con ojos de niña (2013). Francesco Tonucci (el de La ciudad de los niños) ha vuelto a
dibujar en papel transparente las viñetas que recogen frases que escuchamos en
los cuentos de hadas, en nuestras casas, en la calle, en el trabajo, en las
tertulias… A ellas ha unido unos textos Amparo Tomé que «evocan el pasado,
miran al presente con ojos críticos y buscan un futuro libre y justo». Muchos
de ellos han sido sugeridos por las mujeres con las que ella comparte la vida,
por las alumnas que tiene o por los cuentos que lee.
Y ya lo creo que funciona.
Hay días en que entro a la cafetería y la Camarera habla con clientes de alguna
de estas viñetas. O les cuenta que las ciervas del parque de Doñana, en años de
sequía, comen unas bayas que son abortivas, algo que no hacen en años de
lluvia; y que las hembras del papión, al tener amigas, reducen el cortisol que
debilita el sistema inmunitario; o que las leonas amamantan a las crías de sus
compañeras.
A las niñas ‒con su humor‒
se dirigen estas páginas. A aquellas que saben que no existe el «príncipe azul».

