Con tanta literatura actual
pendiente de leer, no es fácil dedicar el tiempo ocioso a una obra del siglo
XIX, sobre todo si esta es tan voluminosa como Tiempos difíciles. Comienza, además, de una forma hosca, con una
voz narrativa incómoda en los primeros capítulos, algo que convierte en más heroica la lectura, pero que resulta ser
una virtud literaria, pues describe en el comienzo lo que sería una sociedad de
«hechos», en la que la imaginación o los sentimientos quedarían desterrados.
Atravesar esta dificultad lectora y continuar en sus páginas nos acerca a la
satisfacción (que ya dijera Byron que el placer es enemigo de la comodidad).
Ya que es una novela del siglo diecinueve, la voz que la guía intenta congraciarse con quien lee desde el capítulo segundo con ese «Dinos…». Somos parte de la obra. Algo en lo que se ocupa de que no olvidemos, por lo que de cuando en cuando vuelve a hacernos cómplices de la narración. También tiene, por supuesto, esos pasajes en los que se cuenta más de una historia, o en los que, si prestamos atención, descubrimos algo más que lo evidente: «Amablemente [James] se había apoderado de la sombrilla de Louisa y la había alzado para ella; la joven caminaba bajo su sombra, aunque allí no brillaba el sol». Sí, era un día nublado y el galán desplegaba su caballerosidad. Pero, también, el galán tenía unas segundas intenciones (ocultas) y en aquella casa, la del industrial, marido de Louisa, no había lugar para las personas sennsibles.
Y más que hay. Tres
ambientes sociales: el magnate industrial-banquero, el proletariado, el circo…

