Involucrado en proyectos de
refugiados, profesor en la cárcel de Rebibbia, en Roma, el autor se vale de asuntos que
conoce para tramar su libro, que basa en los 7 años en que estudia en el
colegio marista (privado) hasta el inicio de la juventud, muchos de cuyos
personajes los recupera en la época en que escribe pasada la cincuentena
–finaliza la obra en 2015–. Aunque, según él, «nueve de cada diez líneas de La escuela católica proceden de una
aportación externa […] si devolviera lo que no me pertenece, me quedaría sin
nada». No le preocupa ello demasiado: «ni sufro ni me avergüenzo por haber
causado vergüenza y sufrimiento al tratar asuntos personales, salvo que el
resultado sea juzgado mediocre».
«Es guay ser rico e
imprudente», escribe para señalar ese aura de superioridad con la que cuenta la
gente privilegiada, que, sobre todo, en la juventud, está convencida de que sus
actos no les pasan la factura de las consecuencias que tienen para el resto de
los mortales. Y se da el caso de que algunos excompañeros de colegio se ven
implicados en sucesos luctuosos ocurridos en los años ochenta en el tranquilo barrio
de Trieste, el suyo.


