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martes, 9 de noviembre de 2021

El Ayer de Agota Kristof

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Hace unos días me preguntaban mis sobrinas cuál es la esencia de la literaturidad –no con estas palabras–, y se me ocurrió decirles que era la forma, la manera en la que están colocadas determinadas palabras en el texto, que las diferencia del habla cotidiana, con la pretensión de provocar en quien lee una reacción emocional, reflexiva, estética, recreativa… Según decía aquel novelista, lo que más tiempo quita para escribir es ser escritor/a.

Con Agota Kristof (1935-2011) tengo siempre la sensación de estar en esa literaturidad. No sé, es como la patria, como el mar. Sabes que existe ese lugar en el que tú sucedes (al menos durante su lectura). Ayer (1995, traducida en 2021), una novela desarrollada en siete relatos, mueve a sus personajes –¡¿cómo no?!– en las circunstancias biográficas de la autora, con una prosa de relojería. Se inicia con los versos presagio: «Ayer todo era más bello / la música en los árboles / el viento en mi pelo / y en tus manos tendidas / el sol».

Puede parecer extraño que la escritura de Agota produzca sensaciones de prodigalidad e, incluso, placenteras, pues sus historias –y esta también lo hace; hay quien lo llama feroz nihilismo– presentan el desvalimiento del ser humano que se mueve en el desamparo y desconsuelo en un mundo de alienaciones. Pero no es fácil encontrar novelas que combinen con tanta coherencia estilo y contenido, argumento y narración, gelidez de la aventura y poesía.

La editorial ha decidido que uno de sus colofones sea de Pessoa: «El corazón, si pudiese pensar, se pararía».

Salud

martes, 28 de septiembre de 2021

La escuela católica (Albinati)

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 He picoteado algo en este mes de septiembre –La perra, de la chilena Pilar Quintana, una narración desoladora; Devoraluces, relatos de Ángel Olgoso, tan literarios; poemas de Jesús Aller, en su anarquismo budista; Hamnet de Maggie O’Farrel, de argumento descuidado–, pero principalmente lo he dedicado a la lectura de La educación católica del romano Edoardo Albinati (1956). Nada de extrañar este afán, pues el libro cuenta con 1282 páginas de nutrido texto en un cuerpo de letra más bien pequeño. Periodista, escritor y guionista, el autor se entrega a la elaboración de una(s) historia(s) tan en boga en la literatura actual, en la que mezcla hechos reales (biográficos) e imaginación –faena que, por otra parte, siempre se ha cultivado.

Involucrado en proyectos de refugiados, profesor en la cárcel de Rebibbia, en Roma, el autor se vale de asuntos que conoce para tramar su libro, que basa en los 7 años en que estudia en el colegio marista (privado) hasta el inicio de la juventud, muchos de cuyos personajes los recupera en la época en que escribe pasada la cincuentena –finaliza la obra en 2015–. Aunque, según él, «nueve de cada diez líneas de La escuela católica proceden de una aportación externa […] si devolviera lo que no me pertenece, me quedaría sin nada». No le preocupa ello demasiado: «ni sufro ni me avergüenzo por haber causado vergüenza y sufrimiento al tratar asuntos personales, salvo que el resultado sea juzgado mediocre».

«Es guay ser rico e imprudente», escribe para señalar ese aura de superioridad con la que cuenta la gente privilegiada, que, sobre todo, en la juventud, está convencida de que sus actos no les pasan la factura de las consecuencias que tienen para el resto de los mortales. Y se da el caso de que algunos excompañeros de colegio se ven implicados en sucesos luctuosos ocurridos en los años ochenta en el tranquilo barrio de Trieste, el suyo.

Un intento de comprender el mundo, a cuya lectura puedes abandonarte durante unas semanas.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Septiembre

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La llegada de septiembre conlleva el plantearse la temporada próxima. Desechar o renovar actividades. Por ahora, retomamos la bitácora, agostada en los días pasados.

El verano, para nosotros, ha sido de lecturas autobiográficas. Ese género tan bipolar. Denostado por quienes lo creen un ejercicio impostor. Alabado por quienes lo tienen por un acto de valentía que plasma motivaciones vitales. Puede, en fin, que sean biografías. En todo caso –nos parece–, una actividad egocéntrica, que produce beneficios a quien la practica, ya sea escribiendo o leyendo.

Con la costumbre de los últimos años de poner una obra clásica en nuestros días de estancia en el pueblo, nos hemos acompañado de Thomas Bernhard (1931-1988) y sus cinco relatos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño. Publicados entre 1975 y 1982, todavía sorprende hoy su estilo. Lo curioso de ellos es que (en especial por el estudio psicoanalítico que les hizo Louis Huguet) «son tan novelescos como autobiográficas son sus novelas». El propio autor dice en un pasaje que «si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado». Dos intenciones emergen al iniciar su lectura: leerlas completas y visitar detenidamente Salzburgo.

La otra gran autobiografía leída es la de Tove Ditlevsen (1917-1976), que también podríamos considerar clásica. Bajo el título de Trilogía de Copenhague reúne tres libros publicados entre 1967 y 1971: Infancia, Juventud y Dependencia. Poeta, en primer lugar, lo denota la frase con la que comienza estas memorias: «La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda». Muchas de sus letras están en el acervo del pueblo danés convertidas en canciones. Y también novelista o ensayista. Una vida intensa, compleja y convulsa, de escritora de raza, que acabó con una sobredosis de somníferos. Para leer.

Salud

jueves, 5 de diciembre de 2019

Diálogos literarios (desde Valdemún)

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Cuando leímos Sefarad en su primera edición, la de 2001 (que ya ese año tuvo varias reimpresiones), no existía Valdemún, un pueblo que el autor de la obra, Antonio Muñoz Molina (1956), introduce en la siguiente versión, ya que el nombre de Ademuz que figura en la primera daba pie a interpretaciones erróneas al coincidir con el de un pueblo valenciano, lo cual dificultaba tomarlo como lugar de ficción. Es así que la destreza narrativa del literato se pone de manifiesto desde las primeras líneas del capítulo correspondiente, en las que la protagonista llega por carretera a Valdemún, título a su vez del capítulo correspondiente de esta obra de memoria multidireccional del que es académico de la Real Academia Española de la Lengua y que fuera director del Instituto Cervantes de Nueva York (2004-2006).
No extraña que Valdemún sea el espacio de un libro de Elvira Lindo (1962), pues son pareja sentimental ─matrimonio, desde 1994─, en concreto de Lo que me queda por vivir (2010), obra que bascula entre memoria y ficción (según el criterio de quien la contemple), y que en ese lugar habiten, ya en 2001, personajes que cobran vida de nuevo en la novela de la autora de éxitos reconocidos.
Lo que aparece en la narración de Lindo es un estado de ánimo (que toma título de aquel bolero clásico). Incluso, sabiendo que discurre una parte notable de ella en Madrid, elude la descripción de lugares concretos y la alusión a calles o edificios. De  ahí que no resulte desconcertante el que aparezca Valdemún en sus páginas.
A quien esta anotación, algo precipitada, escribe en la bitácora, le resulta bastante más floja la segunda obra que la primera, pero… es opinión de quien no posee el empaque literario de la autora y el autor que se comentan aquí.