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martes, 15 de julio de 2014

Vidas imaginarias en paraísos terrenales

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Viendo el espectáculo del devenir político y deportivo en días recientes, me viene a la cabeza El cazador de leones, de Javier Tomeo (singular narrador fallecido en 2013; libro este que leí por indicaciones de la Bibliotecaria y que, por cierto, no me entusiasmó en su momento, pero que ha quedado vivo en mi memoria). Parece que todo ocurriera fuera del ámbito vital en el que me desenvuelvo, aunque seguramente sea yo quien está orillado de las corrientes visibles de la sociedad.
Al otro lado del hilo telefónico se oye el relato de viajes fantásticos, leones únicos por cazar, tierras de promisión. Pero los paraísos construidos con bienes terrenales solo existen para la gente pudiente, tal como describe Sebald en ese libro de pérdidas que es Los anillos de Saturno cuando nos lleva al jardín encantado de Yuan Ming Yuan, cercano a Pekin, las laderas de un monte pobladas de palacios, templos, pabellones, puentes… de cedro y mármol, dispersas entre vegetación, lagos y arroyos, repletas de objetos de oro y jade, saqueadas destruidas quemadas por tropas inglesas y francesas en 1860, cuyas llamas crearon una nube de cenizas que el viento transporta a la ciudad, cayendo sobre los cuerpos como si fuera una maldición.

Aunque, tal vez, las gentes comunes tengamos una oportunidad, pues dice Jean Guitton (en El trabajo intelectual) que la privación puede resultar un estado fecundo.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Anillos de melancolía (con Sebald)

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A lo largo de días y semanas uno se devana inútilmente los sesos, no sabría −si se le preguntara por ello− si se sigue escribiendo por costumbre, o por afán de prestigio, o porque no se ha aprendido otra cosa, o por asombro ante la vida, por amor a la verdad, por desesperación o indignación, así como tampoco sería capaz de decir si mediante la escritura uno se vuelve más inteligente o más loco. Tal vez cada uno de nosotros pierda la perspectiva en la medida en que sigue construyendo su propia obra, y tal vez por este motivo tendemos a confundir la complejidad creciente de nuestras construcciones espirituales con un paso adelante en el conocimiento, mientras que, al mismo tiempo, ya intuimos que nunca vamos a poder comprender los imprevistos que ciertamente determinan nuestra carrera.
Así escribe W. G. Sebald (1944-2001), en Los anillos de Saturno (traducción corregida en 2008), autor del que si no hemos leído nada, no podemos aparecer en los círculos culturales de nuestros días con cierta prestancia. A decir de Susan Sontag iba para futuro Nobel, cuando la muerte se le cruzó en la carretera. Alemán, nacido en plena guerra mundial, desarrolla su vida profesional en Inglaterra (aunque escribe en su idioma natal).
Ciertamente la suya es una escritura impactante. Que produce filias y fobias a quien recorre sus libros. Para una gente es como leer el Espasa. Para otra, un bocado exquisito. Seguramente es ambas cosas. Su virtualidad es convertir la enciclopedia en novela, en vida. Y, una vez allí, en el terreno de la realidad-ficción, lograr momentos de emoción como se encuentran en pocos de los libros que se escriben con ese objetivo. Emoción alejada de sensiblería, claro. No vayamos a calificarlo de original, pus ya Horacio nos habla del Ut pictura poesis, y Charlotte Brontë practica (entre muchos/as) la pintura de palabras, describiendo largamente cual si pintara con detalle un paisaje o actividad, simulando luces y sombras. Páginas o líneas por las que suspiras al elegir cualquier lectura.
Letras, imágenes, idiomas… Todo en uno.