«Cenizas como plumas de gorrión o de fénix perseguían a la gente, aterrizando sobre la cara y el pelo». «El sol brillaba tanto que se veía la respiración de las flores y los pájaros enganchándose en el aire, emitiendo un ruido leve, como puntas de aguja batiéndose contra los rayos del sol, y a la vez claro, como estrellas que titilan en la noche». Son expresiones corrientes del libro La muerte del sol, de Yan Lianke (1958), traducido recientemente del chino por Belén Cuadra Mora y editada en Automática Editorial, que cuenta con otras obras de este autor.
Allá lejos. Tomar una obra
literaria de China es prepararte para entrar en un mundo cultural distinto al
que acostumbramos en Occidente, alimentado en la tradición judeocristiana,
clásica o artúrica. Un mundo cultural rico y complejo, que ha sustentado
durante siglos las creencias y motivaciones de unos pueblos con una civilización
–ciencia e industria– superior a la nuestra (hasta que en el siglo XIX
impusimos nuestra voluntad gracias a la aplicación de un elemento suyo: la
pólvora).
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