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lunes, 1 de mayo de 2017

Teatro de ajedrez en Reikiavik

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Tantas novedades y tan antiguas nos hacen permanecer en un estado de tensa propensión a lo que puede venir que dura hasta que lo descubrimos habitando un lugar que habíamos desalojado. ¡Qué gusto saber que la inquietud es un trozo de piel cuyo tacto nos calma!
En Segovia se ubica la editorial La uÑa RoTa (con sus colecciones de Libros Inútiles, Libros del Apuntador y Libros Robados), en la que se halla la obra de teatro Reikiavik (2015) de Juan Mayorga, centrada en el enfrentamiento que se da en el campeonato mundial de ajedrez más famoso, el de 1972 en la ciudad (humeante) islandesa, entre Bobby Fischer y Boris Spasky. Decimos ‘centrada’, pues en realidad son dos personajes –Waterloo y Bailén– que juegan a jugar como ellos, más un Muchacho que entra en acción y que experimenta cómo puede cambiar su vida. Conocido de sobra es este evento en el que interviene un genial Fischer, pero también indómito (o más bien inaguantable, exclusivista o ambicioso), y un discreto Spasky, a la vez elegante y sensible. La trama se basa en la intención que nos acompaña de vivir la vida de los otros y de hacerlo en un duelo (con sus dos significados).
La escisión, el doble… es algo presente en la literatura desde que el Ka egipcio duplica el alma de la gente para que pueda tener garantía de su existencia en el otro mundo. Y por el Er platónico sabemos que el doble nace de una escisión de nosotras y camina al lado, lo que completa la identidad escindida –Doppelgänger–. En la sociedad del momento esta separación la propicia la Guerra Fría, actora principal de la obra, con personajes de sombra en la CIA y el KGB. Espejos. Y qué mejor re-presentación de esta dualidad que un tablero de ajedrez. (Pero, en fin, no embrollemos la acción y leamos [procedamos] los diálogos de Mayorga, para terminar en el ensayo de Fernando Broncano que le acompaña).
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus tableros].

martes, 8 de diciembre de 2015

Ajedrez, una de las bellas artes

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¿Saben? El arte es algo artificial, como la religión y la filosofía […] un timo. El ajedrez, en cambio, es la batalla. Se le tiene por deporte. Un brutal deporte […] Si es algo, es lucha.
Así decía Duchamp a sus amigos Octavio Paz, Truman Capote o Man Ray para provocarles cuando hablaban de ajedrez. Ray, por su parte, opinaba que «el ajedrez es un juego en que se desarrolla una inmensa actividad, pero que no deja huella alguna». Y Capote tampoco veía la profundidad que el primero le atribuye. Pero son artistas opinando sobre ajedrez. Nada más. Lo de Duchamp es distinto porque dejó aparcado el arte durante unos años para dedicarse al estudio y al juego de los escaques.
Otra mucha gente creativa ha hecho algo parecido. En las Confesiones de Rousseau puede leerse: «He vivido de mis pasiones, y mis pasiones me han matado; pequeñeces, las cosas más pueriles del mundo, pero que me afectaban como si se hubiese tratado de la posesión de Elena o del trono del universo». Una de ellas era las conquistas femeninas ‒«cuando hube poseído una, mis sentidos estuvieron tranquilos, pero mi corazón jamás»‒. Otra, la música ‒«menos fogosa, pero no me dañaba menos por el ardor con que a ella me dedicaba, por el tenaz estudio de las obras de Rameau, por mi obstinación de recargar mi memoria».
Y le llegó el turno al ajedrez cuando, en 1736, el ginebrino Bagueret le enseñó a jugar. «Eso fue bastante para que este juego absorbiese todo mi espíritu. Me proporcioné un tablero y compré el Calabrois ‒conocido manual de la época‒; me encerré en mi cuarto, en donde pasaba días y noches empeñado en aprender de memoria todas las partidas». Para salir al cabo de tres meses, «delgado, amarillo y atontado», y dirigirse al café donde se reunían jugadores de ajedrez.

Chaplin, Lauren Bacall, Bogart o Kubrick son personajes que aparecen en el libro de Hugo Vargas (al que nos referimos en la anterior anotación): Fianchetto. El ajedrez como una de las bellas artes (2015), aludiendo el título a un estilo de juego del alfil.

miércoles, 17 de julio de 2013

Ajedrez

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Hace muchos muchos años, bueno unos mil quinientos y pico, el rey Sheram reinaba en la India, pero su imaginación no iba muy allá por lo que se aburría sobremanera. La pequeña princesa le dijo que si mandaba tanto y era tan obedecido en extensos territorios por qué no hacía que los súbditos inventaran juegos y bailes para él. Así fue como, desde su arrogancia real, mandó publicar un bando que fue leído en todas las poblaciones del reino indicando lo que la princesita le había sugerido.
Llegaron los meses de otoño y mucha gente se acercó a palacio proponiendo entretenimientos nunca vistos, los cuales entusiasmaron al rey al conocerlos, pero los días de invierno –con sus largas noches– los volvieron aburridos. La primavera prometía ser alegre y divertida como el brotar de las plantas, pero al inicio del verano el monarca daba signos de que se iba cansando de las últimas propuestas. Hasta que en la luna llena de julio apareció por la corte el joven Sissa con un pequeño saco a la espalda. Pidió audiencia a los desganados ayudantes de palacio y le indicaron la cortina que tenía que traspasar para llegar ante su majestad, que en esos momentos dormitaba la siesta.
Fue la hija menor, precisamente, la que primero asistió a la apertura del saco, del que emergió un tablero cuadrado con sesenta y cuatro escaques, alternando en blanco y negro, sobre el que el joven puso treinta y dos pequeñas figuras de barro, la mitad de ellas en dos lados enfrentados. Y ahí comenzó la primera partida de ajedrez. La niña despertó a su padre con tal entusiasmo que éste, sin otra opción, se interesó por el extraño juego que tenía ante sus ojos, quedando prendado muy pronto de él, aunque sin dejarse llevar por la euforia, pues prefirió que pasara un tiempo prudencial antes de calificarlo, vistos los desengaños anteriores.
«Pídeme lo que desees, joven Sissa», le dijo el monarca a finales de agosto. «Majestad, me conformo con que me dé un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta… e ir doblando hasta llegar a la última». El avaro rey aceptó al instante, ante la risa contenida de sus consejeros, a los que guiñó un ojo de modo casi imperceptible mientras estos se tapaban la boca con el pañuelo, pensando lo barato que iba a salirle la ingenua petición. Llegado septiembre, después de la siega y la trilla, los silos de palacio quedaron vacíos. Los funcionarios iban de aquí para allá echándose las manos a la cabeza mientras calculaban que harían falta unos dos mil años para cumplir la promesa. Vamos, ya todos calvos. Pues eran necesarios 18.446.744.073.709.551.615 de granos para llenar el tablero.
[Es alguna de las anécdotas narradas en el libro del conocido comentarista Leontxo García, Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas. Aunque he de decir que, a pesar de sus numerosos datos, no me entusiasma tanto como los comentarios que le escucho en la radio].