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sábado, 6 de marzo de 2021

La presa (de Némirovsky) entre libros no leídos

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 Ojeaba estos días las páginas de la obra en la que un profesor universitario de literatura nos remite a Cómo hablar de los libros que no se han leído (2008). Se trata –resulta evidente– de Pierre Bayard y de las argucias ingeniosas que desarrolla para hacer un recorrido por la literatura moderna –Musil, Lowell, Montaigne, Valéry o Wilde– al tiempo que muestra que eso de la lectura y la no-lectura es algo bastante similar, pues cuando se trata de hablar de libros la personalidad de quien lo hace y la de quien escucha son tanto o más importantes que el contenido de la obra en cuestión.

No voy a dar aquí gato por liebre, ya que sí he leído la novela con la que tenía intención de elaborar esta anotación: La presa, de Irene Némirovsky (1903-1942). Entre las numerosas ofertas a la última del mercado, cuesta esfuerzo reservar tiempo para la literatura precedente. Pero, en este caso, lo he hecho y como suele suceder he agradecido el abandonarme a la prosa certera de la Némirovsky. La obra se publicó en 1938 y se mueve en un ambiente contemporáneo, los años posteriores a la crisis de 1929 en Francia, con exteriores muy presentes e interiores resueltos con trazos precisos en las ambiciones, estados de ánimo y proyectos de sus personajes (incluidos los monólogos que modernizaban aquella literatura heredera de Proust).

De familia acaudalada de Kiev, logró huir a París meses después de la revolución de octubre de 1917, en donde se licenció en La Sorbona. No tuvo la misma fortuna con el dominio nazi. El régimen de Vichy –el de la Francia libre– le negó la nacionalidad, por lo que fue internada en Auschwitz, junto con su marido Michel Epstein, en donde murieron en 1942.

Triste final para literatura tan luminosa.

viernes, 24 de abril de 2015

África y sus nuestros naufragios

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Viene en el periódico que los hombres mueren menos que las mujeres y las criaturas en alta mar. Se valen de la fuerza física para sobrevivir en circunstancias adversas. Parece que las estrategias de grupo nos son fáciles de aplicar en momentos tan dramáticos como cuando la muerte está en las olas, esperando tranquilamente a que las energías vitales vayan desapareciendo de los cuerpos.
En la impotencia, deseaba esta mañana que los naufragios fueran de ambiciones, ahogadas irremisiblemente, incapaces de reproducir la farsa del mercado, la farsa de la palabrería, la farsa de las patrias. Recordaba aquella voz: «He andado muchos caminos, / he abierto muchas veredas; / he navegado en cien mares / y atracado en cien riberas»
Soñaba esta noche que las criaturas y mujeres sumergidas movían sus aletas azules y nadaban al valle submarino situado detrás de las rocas del fondo, con puertas que solo la carne desanimada puede traspasar. Seguramente, a la hora de este sueño, tenía la influencia de un cuento de Tich Nhat Hanh, ambientado en los naufragios provocados por piratas a quienes huían de Vietnam en los años setenta.
O era ese poema de Carmen Plaza (en su obra Amor en vela, Visor de Poesía, 2009) transformada en Sirena: «Siento crecer mi cola de sirena / cuando buceo a ráfagas // Navego por el mar de lo intangible / y cierro el círculo / para que no escape el universo. // Seduciré al tritón / de radiante cabeza leonada / que cabalga incansable / sobre el mar de los vivos y los muertos. // Perseguiré su sombra en cada ola».
En cualquier caso, desasosiego.

[Ilustraciones: Herida abierta, de John Clang. Y Carlos Lévano].