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miércoles, 9 de julio de 2014

Enfermedad y Danzas

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La estupidez es una enfermedad extraordinaria: sólo la sufre quien no la padece, los demás.
Nos cita la Camarera, levantando algo la voz, mientras apaga el molinillo del café (sabiendo que nos resulta un ruido muy molesto), y asegura que la ocurrencia pertenece a Voltaire, según ha leído, o, al menos, se le atribuye en las páginas de frases célebres a las que acostumbra mirar de vez en cuando ‒«Es que es muy socorrido para iniciar conversaciones aquí, en la cafetería», dice satisfecha‒. Y no le falta razón, porque enseguida comenzamos a hablar de gente (pública) que se nos antoja estulta.
Me aparto de la barra y me siento junto al ventanal del paseo. La enfermedad llena nuestro cuerpo, vaticina sombras, cierra el entendimiento, nos colma de tristeza, impide que tengamos sueños grandiosos, acerca la arena hasta sepultarnos en su duna de la que escapan sonidos inciertos en la noche, convierte nuestros ojos en espejos, deja sin significado a la muerte.

La mañana abre el azul entre las nubes. Con las danzas el cuerpo mueve la enfermedad, le hace dejar espacios en cuya bóveda entra la música, el movimiento, la expresión; en cuyas paredes se hacen visibles retratos de rostros que pueblan nuestra vida; en cuyo suelo se ofrecen elementos cotidianos en los que nos apoyamos día a día. Las danzas sinfronteras hacen que la enfermedad conviva con la alegre vida que surge de nuestra belleza.