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lunes, 16 de junio de 2014

Arte

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Después de comer un cuenco de orondas cerezas que no saben a nada, ojeo Lápiz.Revista Internacional de Arte, que va por su número 284, en el año treinta y tres de existencia (por supuesto ya disponible para iPad), y me entero de que la galería Knoedler, de Nueva York, pagó en el año 2001 a la marchante de arte Glafira Rosales 950.000 dólares por una obra atribuida a J. Pollock, Sin título, fechada en 1950. Seis años después, en 2007, el coleccionista Pierre Lagrange la compró por 17 millones (también de dólares), pero cuando quiso venderla en 2011, fue rechazada por las casas de subastas al dudar de su autenticidad (con buen ojo, pues los pigmentos resultaron ser posteriores a la muerte de Pollock). El asunto quedó en que la prestigiosa galería (activa desde 1846) cerró tras entenderse con Lagrange, descubriéndose que Glafira les había colado en los últimos años, además, unas sesenta falsificaciones de artistas de renombre universal.
¡Y yo que me quejaba de unas tristes cerezas! Pero el día está siendo provechoso, pues me he enterado igualmente (aunque no en Lápiz) que El Greco no pintaba por ser religioso ni por estar imbuido de la mística castellana ni fruslerías semejantes. Eso nos lo han contado nuestros intelectuales de principios del pasado siglo ‒Ortega, Unamuno o Cossío, e incluso la joven M. Nelken en Glosario y en El Fígaro‒ influenciados por el francés Maurice Barrès (1862-1923). Sencillamente era un pintor como la copa de un pino, que, por si fuera poco, transgredió en las formas y contornos, pero tuvo una feliz relación con los colores y con el mercado del momento. Vamos, que pintaba lo que le encargaban.

Ya que después de ver la muestra El cuerpo que me lleva del brasileño ErnestoNeto ‒que no todo son jugadores de fútbol‒ no me siento muy puesto en captar el diálogo en pie de igualdad entre su arte y el espacio en el que expone, me he provisto del libro de Saehrendt y Kittl, Arte moderno para inexpertos, y he terminado por no hacer sangre de las cerezas, pues ahí se narra una de las acciones de guerrilla cultural de Bill y James, después de que se hicieran millonarios con la banda KLF en los ochenta, en la que quemaron un millón de libras en una isla escocesa, logrando que permaneciera la ardiente pira durante una rica hora (de la que no se sabe qué pensarán ahora que se encuentran en la ruina).
[Slideshow, de Neto. San Juan, de El Greco].