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viernes, 8 de marzo de 2013

¡Horror! A menos de seis grados

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Me dice la Bibliotecaria que en un cuento llamado Chains, de 1930, del escritor húngaro Frigyes Karinthy (1887-1938), autor entre otras obras de Viaje en torno de mi cráneo, se sugiere que cualquier persona en este mundo estamos conectada a otra a través de una cadena de conocidas que no tiene más de cinco intermediarias. Yo le digo, que eso ya lo había afirmado mi bisabuela Cándida al sostener que el mundo es un pañuelo. «Ya, ya –me contesta–, pero a tu bisabuela no le hicieron caso».

Es asunto es que años después, en 1967, el psicólogo estadounidense Stanley Milgram ideó una manera de probar la teoría, que denominó el problema del pequeño mundo. Algo en lo que abunda con posterioridad el sociólogo Duncan J. Watts, autor del libro Seis grados: la ciencia de una edad conectada (2003).

Pero no para ahí la cosa: la empresa Facebook, en 2001, realizó el estudio Anatomy of Facebook con todos los usuarios activos de su página en ese momento –721.000.000 miembros (alrededor del 10% de la población mundial)– y se analizó el conjunto de amistades en común, para sacar el promedio de cuántos eslabones hay entre un usuario y otro cualquiera. De esta prueba se excluyó a celebridades y famosos. Los resultados mostraron que el 99,6% de pares de usuarios estuvieron conectados por 5 grados de separación.

―O sea –le digo a la Bibliotecaria (y esto es algo que siempre me horroriza)–, que cuando me voy de vacaciones a Australia, estoy a menos de seis grados de distancia del tendero que me cuela siempre una o dos manzanas pochas y de la pescatera que me convence de que las merluzas tiene los ojos lánguidos y oscuros.

―Bueno –se ríe, con cierto balanceo de los ojos–, tómatelo por el lado positivo: también lo estás de quien tú sabes.

lunes, 24 de enero de 2011

Las manzanas en el trigo (con el descanso eterno)

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En el verano íbamos a las eras donde trillaban quienes llevaban a medias nuestras escasas fincas. Ya rondando septiembre, subían los sacos de trigo y cebada al desván, donde se hacían dos montones, esperando que llegasen los meses propicios para venderlo. Allí convivía el grano con las cajas de los muertos, las que vendían en la carpintería cuando alguien del pueblo o los alrededores moría, a las que se les daba un ligero toque de nogalina y barniz en las zonas más descascadas cuando llegaba la hora de que fenecieran bajo tierra.

En el otoño se extendían sobre el dorado fruto los racimos de uvas comprados para que se volvieran pasas, y las manzanas reinetas traídas desde el pueblo del valle, que servían para pagar en especie la reparación temporal que exigía el carro o el arado. En el trigo se conservaban durante semanas, cogiendo en los días algunas arrugas, mientras las íbamos consumiendo, cortadas en finas láminas para mejor degustarlas. Era el ritual de la merienda de las tardes escolares de invierno, entremezclada con las rebanadas de hogaza, humedecidas de vino y rociadas de azúcar.
Esta mañana he desayunado manzana reineta y nueces.