
En el otoño se extendían sobre el dorado fruto los racimos de uvas comprados para que se volvieran pasas, y las manzanas reinetas traídas desde el pueblo del valle, que servían para pagar en especie la reparación temporal que exigía el carro o el arado. En el trigo se conservaban durante semanas, cogiendo en los días algunas arrugas, mientras las íbamos consumiendo, cortadas en finas láminas para mejor degustarlas. Era el ritual de la merienda de las tardes escolares de invierno, entremezclada con las rebanadas de hogaza, humedecidas de vino y rociadas de azúcar.

Esta mañana he desayunado manzana reineta y nueces.
Qué desayuno más bueno!, a mi también me daba mi abuelo pan con vino y azúcar, lo demás no le he conocido, pero me encanta oir estas historias de los pueblos, como se vivía tan sólo hace unos años.
ResponderEliminarLa reineta en el horno se transforma en una espuma adorable, que se desborda más allá de su propio vestido como le pasa al increíble Hulk cuando se cabrea. Pero la manzana es más discreta y dulce.
ResponderEliminarQué me vas a contar a mí que viví mi infancia en una huerta.
ResponderEliminarCiruelos, nísperos, nueces, membrillos, uvas de la parra...
Cuando ya de mayor me casé y fui a comprar al mercado, me resultó extraño pagar por los frutos que de niña sólo tenía que coger del árbol.
Un beso.
Seguro que esas dulces meriendas, Ayla, te han dejado un carácter alegre.
ResponderEliminarNunca he estado con Hulk, egbe, pero del desborde de la reineta doy fe.
ResponderEliminarVaya, Elena, no me extraña que te ocurriera eso. Al menos, disfrutaste algo que mucha gente ya no conoce.
ResponderEliminarUn beso.