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miércoles, 1 de mayo de 2013

Miradas llorosas. (Uno de los precios de la razón)

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 “¿Por qué lloras, Patroclo, como una niña que va con su madre y deseando que la tome en brazos, le tira del vestido, la detiene a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo?”
A menudo escuchamos o leemos que nuestro vocabulario se empobrece paulatinamente. El cese de actividades tradicionales y la utilización de aparatos en los que se envían mensajes con abreviaturas, síncopas o elipsis explican, en parte, esta realidad. Pero, además, se achaca a las civilizaciones occidentales (deudoras de la cultura griega, principalmente) el que desprecian a las culturas ágrafas o a las que no tienen un desarrollo tecnológico similar al europeo, caso de los pueblos esquimales o de las tribus africanas y americanas.

Ciertamente, estas culturas disponen de varias palabras para significar las distintas acciones que nuestra lengua señala con una sola (más un añadido). Por ejemplo, si se refieren a la fuerza que tiene un pez o al alimento que proporciona o a lo escurridizo que es o a su forma de dormir con los ojos abiertos. Una sola palabra para cada caso, sin que introduzcan el término pez. Sencillamente, porque no saben lo que es el pez, no han hecho esa abstracción y, por lo tanto, su lengua no lo reconoce.

Ocurría lo mismo con la lengua griega antes de que se produjera el desarrollo filosófico del siglo V a.n.e. Lo vemos en la cita de la Ilíada que encabeza esta entrada, en la que Aquiles se dirige a su amigo Patroclo (en el canto 16, 10), la cual tendríamos que leer: Lloras como una niña que quiere que su madre la tome en brazos. Pues el concepto mirar no existe todavía, y lo que se utiliza es un verbo que podríamos traducir como “emitir rayos con la mirada”, pero no desde el ojo propio (pues no hay conciencia de la función de mirar), sino desde quien está percibiendo esa mirada suplicante. (De igual manera, hay términos para “mirar con nostalgia” o “mirar alrededor por prudencia” o “mirar alrededor por miedo”, etc.).


[No es que con ello justifiquemos la pobreza del habla, pero al César lo que es del César. Y remitamos al libro de Bruno Snell, El descubrimiento del espíritu, en traducción de J. Fontcuberta (Acantilado, 2007)].

lunes, 31 de enero de 2011

La mirada en la nieve

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La nieve tiene, como muchos otros elementos, valores diversos según va cayendo. Puede nevar sobre los campos recién sembrados, sobre el verde recién nacido, sobre el barbecho. Puede nevar sobre los señeros robles, sobre los angulosos pinos, sobre las rocas desnudas. Lo contemplamos desde los balcones, limpiando el vaho que van acumulando los cristales, con la sensación de que durante unos días −al igual que las cercanas carrascas− permaneceremos en la inactividad. Quedaremos en sosiego.

O puede nevar sobre las pistas en las que iremos a llenar el (temido) vacío de los días de descanso, haciendo familia o cultivando amistades. En este caso, la nieve sacará la adrenalina almacenada durante tantas horas cotidianas. Nos lanzará por las laderas, dentro de la burbuja de nuestra risa, codo a codo con otras libertades enfundadas de etiquetas. (No nos atrevemos a decir, como Gamoneda, «arráncate la luz de la mirada»). Quedaremos en euforia.

Al igual que en tus ojos la mirada, no es lo mismo una nieve que otra.