lunes, 26 de julio de 2010

Ella y el día

«Comienza el día con las golondrinas. La bibliotecaria se despereza al tiempo que corre las cortinas, abre la ventana y los sonidos relampagueantes de fuera le ayudan a echar a un lado el regusto amargo que le incomoda al despertar, fruto tal vez de los caóticos sueños que ha tenido durante la noche, fruto tal vez de esa tendencia –que ella cree heredada– a imaginar futuros catastróficos; imaginaciones que le recorren con su filo cortante los pasadizos del cuerpo en los momentos que preceden a la consciencia del día. El vuelo de las pequeñas aves surcando el cielo azul le trae la alegría de la jornada, la misma que experimentaba en la niñez al salir de casa en las mañanas de verano. Después de estos fugaces e íntimos momentos, torna la vista y camina hacia adentro. Pronto los rutinarios quehaceres la devuelven a la vida, borrándole la desazón primera. Podría decirse que es feliz. Bueno, también están los inconvenientes, especialmente de incomunicación, pero la velocidad del día se los traga. Digamos, entonces, que se siente dichosa entre las risas, la suave piel, las miradas reconfortantes, los besos, las pequeñas manos. La máquina, joven, comienza a andar con lavados, peinados y desayunos. Escas afluencia en la biblioteca. Alguien estudiando, que desespera de su suerte mientras recuerda que hoy tampoco podrá ir a la piscina. Los bancos junto al puente comienzan a llenarse de jubilados, así que no vendrán muchos por aquí a leer el periódico. Hay quien se acercará a devolver o recoger películas y música, y a mirar internet. Los horarios de apertura, por otra parte, se reducen y se concentra mayor número de gente trabajando en el mismo turno. «Tal vez hoy pueda despistarme de la rigidez del trabajo», piensa la bibliotecaria, «tal vez pueda atreverme con la libertad». Ella, que pasa por cumplidora ecuánime de sus tareas, se asusta un poco al reconocerse con este pensamiento. Por no caer en absurdas querencias, se levanta para colocar una enciclopedia recién incorporada a los fondos de consulta. Cuando está haciendo hueco en la estantería, se desentiende de los volúmenes del suelo, se incorpora y comienza a andar. Allá, al fondo del pasillo, ha creído ver…; no, no, tiene la seguridad de haber visto…»

[Como no puede ser menos…, continuará].

8 comentarios:

  1. JOooo, eso no se hace Lavela, qué ha visto? nos has dejado con el caramelo en la boca.

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  2. yo lo se, yo lo se, la bibliotecaria dolorida después de haber tenido que mover las estanterías de la sala para que los pintores cumplan su misión de sanear las paredes en ocre y amarillo limón, descubre en el suelo lo que parece ser una hoja de cuaderno de cuadrícula doblada en cuatro, no puede agacharse a recogerla para descubrir su contenido ya que se intuye a simple vista los surcos azulados que marcan el secreto de su interior... no puedo... maldición, ante su mirada fatigada un usuario amablemente lo recoge y deposita en la papelera, nooooooooooooo

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  3. ¡Frío, frío, Mafi! ¿Te vas haciendo ya una idea, Ayla?

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  4. Algún usuario macizorro???? si???? eso no es frío eh? es caliente, caliente XD

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  5. Pues no sé, no será un décimo de lotería, un incunable, algún escritor famoso, o su gran amor de la adolescencia???, jolín, continua, por favor!!!!!

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  6. Pues no, no pilla nada, nunca se me han dado bien los misterios. Anda no seas malo....

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  7. Bueno, no hay que desesperar... Volverán las oscuras golondrinas

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