Al iniciarse el siglo XX, en 1901, cuando se
creía posible la implantación de la justicia social en la tierra, se escribió
como libro de lectura para las escuelas racionalistas el cuento Las aventuras de Nono por el zapatero
francés Jean Grave. Un año después fue traducido por Anselmo Lorenzo y editado
en las Publicaciones de la Escuela Moderna, impulsadas por Ferrer i Guardia,
con las que tuvo una gran difusión en el
ámbito del español durante las siguientes décadas. (Aunque en Francia no lo fue
tanto, sí dejó algunas huellas, tal el apodo adoptado por Jean Vigo; además de
estar profusamente ilustrado por Hermann-Paul, Camille Lefèvre, Luce, Mab,
Lucien Pissarro, Rysselberghe, etc.).
Sin que se diera cuenta, un niño de nueve
años, que deseaba un cuento ilustrado, es transportado al país de Autonomía.
Allí, Solidaridad le da la oportunidad de vivir sus propias aventuras,
alimentándole este placer. No pasa demasiado tiempo sin que sucumba a las
tentaciones de Monadio, rey de Argirocracia, país en el que Nono despierta a la
vida a través de los distintos paisajes sociales que atraviesa, hasta dar con
sus huesos en la cárcel. Pinzones o abejas que hablan, carrozas tiradas por
cigüeñas, barcas que naufragan, prados floridos, cumbres nevadas, criaturas que
sufren, golondrinas que le llevan una lima para seccionar los barrotes… La
sociedad se asemeja a la Naturaleza en las diversas gradaciones de la
existencia.
Leído hoy, pueden sonarnos sus páginas a
ingenuas, pero no deja de ser emocionante saber que hubo un tiempo en que, en
las escuelas, se creía que era posible la implantación de la justicia social en
la tierra.
