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viernes, 9 de marzo de 2018

Libros: Rosas Muros (de Lucía Sánchez Saornil)

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Buscando por la prensa histórica, he dado con un florilegio del libro para el 23 de abril de 1933 en La Voz de Aragón. Una de sus frases elogiosas estaba firmada por Luciano de San Saor: «Un libro es un milagro perenne que puede convertir en rosas las llagas de los leprosos». Y me dije ¡vaya! me suena. Así que me puse a rebuscar en el montón de fotocopias que se va acumulado en el estudio de casa sobre lectura bibliotecas libros… y ¡eureka! en una de la página 14 del número 99 de La Gaceta Literaria de 15 de febrero de 1931 está el artículo «El autor y ellector frente al libro», firmado por Luciano de San Saor, y en el sexto párrafo aparece la flor transcrita. Está precedida (en el quinto) por «Un libro es una azada que va removiendo nuestra arcilla, desmigándola y trabajándola para convertirla en tierra fértil». Y seguida (en el séptimo) por «Y una profunda intuición nos decía que un libro puede empujarnos violentamente del otro lado de las cosas, y encontrarnos de nuevo con una fórmula nueva de vida, con una inversión de valores que no habíamos sospechado».
El texto tiene miga, porque ese empuje violento y esa inversión de valores se estaba produciendo en una adolescente que se llamaba Lucía Sánchez Saornil (1895-1970, que utilizará el seudónimo de Luciano de San Saor). Ya desde niña tenía un «ardor literario insaciable», empleaba el escasísimo dinero de que disponía en libros de ocasión comprados en los polvorientos cuchitriles libreros de la calle de San Bernardo madrileña y adyacentes (que convivían con las meretrices). Y, en los años de inocencia, le llegaba la intuición de que su nimia biblioteca de hogar iba levantando un muro a las estrechas perspectivas domésticas, a lo que su familia y quienes la rodeaban esperaban de ella.
No decepcionó a su destino. Es una de las personalidades más significativas del siglo XX (aunque también una de las más desconocidas). Poeta ultraísta, no vamos aquí a defender su poesía, pero sí a señalar la transgresión que supuso. Luchadora por las mujeres, no era sufragista ni feminista sin sombrero, sino creyente en la cultura, en que las asociaciones de mujeres enseñarían a estas a saber lo que son (lejos del misticismo hacia los hombres), en librarla de la triple cadena: de la ignorancia, de hembra, de proletaria. De ahí surgió un potente movimiento llamado Mujeres Libres.
[Salud. A la espera de que la Vida remueva a quienes gobiernas la res publica].

martes, 24 de enero de 2017

El loco de las rosas (no es Einstein)

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Leo estos días de nieve ausente (en Castilla) el tebeo Einstein, una biografía dibujada (2015), de Corinne Maier y Anne Simon, autoras que se iniciaron esta colección con la vida de Freud. Para los escasos conocimientos que tengo de física y las grandes ansias de comprender el universo que me vienen de vez en cuando, este cómic compensa en notable medida mi ignorancia. «Qué alegría la de correr tras cualquier cosa misteriosa, de la cual no percibimos más que un reflejo. / Y esa cosas se llama… / …belleza».
Y, sin pretenderlo, se ha cruzado en el camino el libro de cuentos El loco de las rosas, de Mohamed Chukri (1935-2003), que destroza los respetables cánones en los que nos movemos la gente educada [y ni quito ni pongo]. Reconozco que tiendo a valorar altamente a quienes desde una vida difícil encuentran en la literatura un cauce de expresión o casi un modo de vida. Es como si sus palabras tuvieran sangre por el simple hecho de esta autosuperación devenida en su existencia, algo sucedido al autor de El pan a secas. (Creo, por otra parte, que no solo yo procedo así; véase, por ejemplo, cómo se considera a Erri de Luca).
Chukri aprende árabe a los 20 años, cuando está en la cárcel, aprovechando las enseñanzas de otro preso. Después estudia español en Larache y retorna a Tánger, en donde lleva vida noctámbula ‒la mayoría, claro, somos gente madrugadora‒ y comienza a escribir, no se sabe si para concretar sus demonios voladores o para hablar de lo que le rodea. Porque sus relatos se pueblan de gente marginal, además sin atisbos de soluciones, de emancipación. Están ahí, juegan, tosen, recitan, matan o mueren. En un lenguaje breve, directo, en presente, que no se agota ahí, sino que intercala extensos párrafos en los que el autor se hace presente en medio de esa barahúnda de callejones o a lo largo de la arena caliente de la playa.

«La red», «Los niños no siempre están locos» o el texto que da nombre al libro tienen palabras que nos traen el dolor en una de sus expresiones desnudas; el destino de gran parte de la desproporción humana.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Qué hacer. Rosales

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En un rincón del mirador de casa hay un rosal. No tengo buena mano con él. Me digo que es porque lo compré en el supermercado y no sabe muy bien de estaciones. Tal vez lo aguachino en la creencia de que le viene bien el riego frecuente, pero lo cierto es que cuando la tierra está húmeda, se van secando las hojas hasta quedar completamente apocado. Entonces lo olvido a la espera de que algún día tenga tiempo de vaciar el tiesto en una bolsa y echarlo a un contenedor. Cuando han pasado días y días, incluidos los de espléndido sol, que le dan directamente, en algunas de sus ramas brotan esas pequeñas hojas que me alegran el día al contemplarlas.
Hace tiempo decíamos ‒se decía‒ que la editorial Akal estaba financiada por un partido (para dedicarse a los libros universitarios). Editaba libros que, en tiempos algo complicados, podían contraponerse a los de Rialp o cosas así. En esto que, visitando librerías, se pueden encontrar unos breves textos (de unas sesenta páginas) que hablan de educación, muerte digna, crisis ecológica, memoria histórica, fronteras, educación y otros asuntos de cada día. Tienen su línea, claro, la de la editorial y la de una fundación, pero vienen a recordar obviedades que solemos dejar en el rincón.

Por hoy, dado que esta es una bitácora bibliotecaria, apuntamos la existencia de Qué hacemos para construir un discurso disidente y transformador con aquello que hoy sirve para enmascarar la realidad y transmitir ideología: la literatura. No es que pueda hacerse mucho. La ignorancia sí que transmite. La cultura está en el rincón.

viernes, 10 de febrero de 2012

Temblor y rosa

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Durante la vida de Isaac Newton (1624-1726) no se le conocieron relaciones amorosas ni carnales con mujer (o persona) alguna. Su dedicación a la Ciencia fue tal, que orilló cuestiones y vivencias que para los humanos algo más mortales nos resultan fundamentales. Solitario, escasamente hablador, no encontraba placer en el roce humano, y, sin embargo, pasaba días y noches jugando con las conchas que tenía en las manos –él imaginaba que el universo era un inmenso océano (desconocido), ante el que sus conocimientos solo le hacían gozar de unas sencillas conchas cogidas en la playa−. Pero, habremos de exclamar −como el Fausto− si no fue un dios quien escribió la capital Philosophiae naturalis principia mathematica (1687). Podemos decir que acercó la verdad a la belleza, expresadas ambas en fórmulas matemáticas que explican el comportamiento de la materia, lo cual nos abre el horizonte de la existencia.

Inmanuel Kant (1724-1804) consideraba los principios de Newton como irrefutables y en su Crítica de la razón pura (1781) intentó plasmarlos y extraer conclusiones de ello (deduciendo, por ejemplo, que el sistema solar procedía de una nebulosa); en su primera parte se ocupaba de la estética, esa filosofía de la belleza. Si bien apreciaba la compañía y era hablador, pasó casi diez años en aislamiento antes de que publicase la obra. Pero es que, además, al igual que a Newton, tampoco se le conocen relaciones amorosas. En su casa, solamente había un cuadro: un retrato de Rousseau. Se dice que, poco antes de morir, una mujer le ofreció una rosa y Kant se estremeció. Con frecuencia nos hemos preguntado si lo hizo por el gesto de mujer o porque sintió esa extraña emoción de la belleza (a la que se refería Huxley) ante la rosa.

De lo intrincado de la obra de Kant, se libra su estudio sobre Pedagogía (1803), que comienza con las palabras: El hombre es la única criatura que ha de ser educada. Recomendable.

lunes, 23 de mayo de 2011

La calle florecida en la Literatura

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Vemos estos días, en Burgos, nacer las rosas en los jardines de la ciudad. Los lirios amarillos flanquear el cauce del río debajo del puente de San Pablo. La gente echarse indignada a las calles, llenarlas, sentarse en ellas, pedir la palabra, hablar. Los ojos, acostumbrados a mirar a puntos fijos, se resisten a ver a quienes están al lado. Pero sienten el impulso de salir de sus órbitas de cemento, de vagar libres por los rostros vecinos, de contemplar… Es tiempo de conocerse y de inmiscuirse en una sociedad habitable.

Leyendo Matrimonio de conveniencia (1885), de Marquesa Colombi, entramos en la ciudad apagada. Contemplamos la tragedia vital de miles de mujeres, encerradas entre el hogar, la iglesia y las convenciones, esperando que llegue ese matrimonio que les permita esa escasa autonomía del hogar, en la que dispondrán (si hay suerte) el color de la tapicería y el modo en que ha de cocinarse. Contemplamos la tragedia vital de miles de hombres, vagando entre la calle, la iglesia y las convenciones (sabiéndose hidalgos), dejando pasar los días hasta que llegue ese matrimonio que les convertirá en reyes-esclavos de destinos ajenos.
Cada generación debería tener acceso a sus rosas y lirios.

martes, 4 de enero de 2011

Pompas, Rosas... Aguinaldo

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Los cónsules romanos tomaron la costumbre de enviar aguinaldos, a principios de año, a personas cercanas o relevantes de la sociedad de su tiempo. Para ello se elaboraban unas tablillas rectangulares de marfil con grabados; constituyendo un artículo de lujo, según puede apreciarse en la que mostramos aquí (de Aerobindus, una de las más célebres). Se unían dos tabletas por uno de sus lados y formaban un díptico, el cual se cerraba como las tapas de un libro. Dichas tabellae, en madera o metal, también eran usadas por gente menos pudiente con el mismo objetivo (y siguieron utilizándose hasta el siglo XV, con motivos religiosos y nombres de santos y difuntos; un inicio del memento). Por otro lado, estas pugillares, tabulae o cerae (pues también se recubrían de cera para escribir sobre ellas como cuaderno de notas) parece que son el antecedente del formato del libro actual.
Aquí no vamos a enviar nada tan sofisticado, pero sí deseamos ofrecer un aguinaldo y hemos pensado que nada mejor que un cuadro de la joven pintora mexicana Mariana Palova, Balklova, con rosas desgarradas y pompas por palabras. Pero con luz y ojos claros para emerger de las grietas.

Salud.