miércoles, 29 de junio de 2016

Calor, tiempo (y suicidio)

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El verano es una época excelente para el estudio. No se tiene el agobio de las actividades obligatorias. Puedes dedicar los esfuerzos a lo que te atrae. El resultado suele ser un premio impagable: la belleza, envuelta en sonatas, escritos o fórmulas científicas. La comprensión de algún aspecto de (nuestra) la naturaleza. «Y unos ojos nuevos para ver el mundo», tal como dice Carlo Rovelli en Siete breves lecciones de física (2016).
Precisamente, leyendo este libro, me entero del suicidio de Ludwig Boltzmann, allá por 1906 en Duino, localidad cercana a Trieste, cuando se hallaba de vacaciones, después de que nos dejara una explicación de cómo funciona el calor, la que no se tomó muy en serio en su momento, siendo que poco después la conocida como su constante deviene en pilar fundamental de la termodinámica. Y es que introdujo el concepto de probabilidad para explicar por qué el calor pasa de los cuerpos más calientes a los fríos (y no al revés); constatamos que es así, pero no conocemos por qué; podría ser al revés.
Al desaparecer su ser, tal vez pensara en las palabras de Einstein enviadas en una conmovedora carta a la hermana de Michele Besso, su amigo, cuando este muere: «Michele ha partido de este extraño mundo, un poco antes que yo. Eso no significa nada. Las personas como nosotros, que creen en la física, saben que la distinción entre pasado, presente y futuro no es otra cosa que una persistente ilusión».

La ignorancia nuestra hace que expliquemos algunos fenómenos desde la pálida imagen que captamos de la realidad. Es, al tiempo, el ingrediente que alimenta la curiosidad, esa cualidad que nos mantiene con vida, que nos hace atravesar la apariencia en busca de respuestas, las cuales van cambiando conforme los hacemos también nosotros.

jueves, 23 de junio de 2016

Hogueras de deseos en San Juan

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Stare. Estar en quietud, aunque no en inactividad.
Nocte. El silencio, aunque no sin palabras.
En la niñez, por San Juan, vivíamos con la hoguera de San Pedro Manrique, cercana a nuestro pueblo. Imaginábamos las pisadas firmes sobre la alfombra de brasas. Así lo hablaban los hombres en la fragua. Así, las mujeres en la costura del final de la tarde. Cortaban el roble en los montes de Sarnago (evitando a las brujas). En nuestro pueblo el fuego era de encina. A sus ascuas se arrimaban los pucheros de barro y sobre ellas se colocaba el trébede para poner encima la cazuela de la leche (de la que las criaturas cuidábamos de que no se saliera).
En los plenilunios suele funcionar la antigua ecuación: quien más se da, más recibe. En los solsticios, la antigua fórmula: escribe en un papel algo de ti de lo que deseas desprenderte y quémalo; escribe en un papel algo de lo que deseas que florezca y plántalo.
Escribe Clara Janés ‒enhorabuena‒:
Prisionera de un pánico invencible,
y aunque sé de la inutilidad de todo sueño,
desde esa cárcel torturante que es la vida,
pido la autonomía total del hombre
y el derecho a no justificar para nada
su existencia.

Salud.

sábado, 18 de junio de 2016

El Paraíso perdido

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¿Qué me importa que el combate se perdiera?No todo se ha perdido; la indomablevoluntad y las ansias de venganza, el odio inmortal,el valor firme que nunca es sometido ni se rinde:¿en qué consiste, pues, no ser vencido?
Perder, perderse. Vencer, ser vencido. Palabras y conceptos que atraviesan los más de diez mil versos de El Parasíso perdido de John Milton (1608-1674), poema al que merece la pena volver de cuando en vez (sin ir más lejos en los ratos perdidos de este verano). Allí encontramos un personaje reconocible: Satán, el demonio, tratado con tal énfasis y detenimiento, que ya le hicera decir a William Blake que Milton sentía la libertad creadora al escribir sobre el Perdedor y, por el contrario, se encontraba entre guilletes al escribir sobre Dios.
Precisamente es a Blake a quien creo que Pablo Auladell ha tenido en cuenta al dibujar las ilustraciones de su novela gráfica El Paraíso perdido (2015), proyecto en el que está inmerso durante cinco años (si bien con dedicación intermitente, según narra el mismo autor). No son las palabras originarias las que se reflejan en esta obra reciente, sino las imágenes contenidas allí. Resulta adecuada la conversión, teniendo en cuenta que los versos aludidos son una cascada, un manantial brioso, un firmamento dispar.
Milton, en su ceguera final, recibía las palabras palabras en las noches y sus hijas redactaban el extenso poema en el día. El renacimiento, sus aretistas, sus viajes están ahí. También las limitaciones del momento, por ejemplo, respecto a la mujer. Sin que faltara Eva: «y me asomé a la verde orilla / para mirar el claro y liso lago, / que a mí me parecía un firmamento. / Al doblarme a mirar, apareció, / justo enfrente, sobre el acuoso brillo, / una figura que se acercaba a mí: / retrocedí y ella retrocedió, / mas, complacida, en seguida volví, / y ella, complacida, en seguida volvió, /…».

Es nuestra imagen.

domingo, 12 de junio de 2016

La Recolectora. Club de Lectura 2015-2016

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Aquella andadura lectora que comenzó en el otoño de 2009 para el club de lectura iniciado en la Biblioteca Pública de Burgos ‒uno de los varios que funcionan‒ va ya por la séptima temporada. Es La Recolectora, simulando el grabado prehistórico existente en Cuevas de Bicorp (Valencia) de una recolectora de miel, al igual que sucede en cada sesión del club, en la que se recogen los (dulces, solo a veces) frutos de la escritura y la lectura. En esta temporada, hemos compartido:
Un vasto y desierto paisaje,  Kjell Askildsen
Nada, Carmen Laforet
El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial, Sherman Alexie
La maravillosa vida breve de Oscar Wao, Junot Díaz
El balcón en  invierno, Luis Landero
La ofensa, Ricardo Menéndez Salmón
Si te comes un limón sin hacer muecas, Sergi Pàmies
Stoner, John Williams
Los enamoramientos, Javier Marías
La rubia de ojos negros: una novela de Philip Marlowe,  Benjamin Black
El mar, John Banville
La casa redonda, Louise Erdrich
El quinto en discordia, Robertson Davies
La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine
El azul es un color pálido, Julie Maroh
La actividad de la abeja la completamos en cada encuentro con la lectura vinculante, al leer en alto colectivamente textos de: Aurora Arias, Álvaro Valverde, Carlos Olero, Cristina Morano, Eduardo García, Fernández Flórez, Ismael Serrano, José Gutiérrez Guzmán, Juan José Millás, Juan Manuel Roca, Lars Gustafsson, Marguerithe Duras, Mónica Alejandra Carrizo, Piedad Bonnet y W. B. Yeats.

Salud.

lunes, 6 de junio de 2016

Tormentas entre líneas

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Somos bastantes quienes admitimos que nuestra vida no está sujeta a sobresaltos dignos de tal nombre. (No quiere ello decir que no se cultiven a nuestro alrededor la sorpresa, las variaciones e, incluso, el dolor profundo). Al menos, esa es la sensación con la que salgo de ciertos libros, entre ellos el que he terminado recientemente: Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff (casada con Claude Lanzmann, autor de Shoah, la película del Holocausto), la cual toma el título del inicio de un poema que compuso su hermano mayor a su madre. Obra aparecida ya en 1992, que ahora edita aquí Errata Naturae y Periférica.
La madre en cuestión, Else, nace en 1893 en Berlín y muere en los años sesenta. Vive su juventud en la ciudad transformada y transformadora, escapando del destino que le deparaba su posición de privilegio como hija de una familia comerciante adinerada judía y casándose en secreto con un artista cristiano, al que ama. ¿Era posible vivir en Berlín y no enterarse de la guerra mundial de 1914-1918? Pues sí, ella lo hizo, al tiempo que vivía su revolución personal ante los designios familiares. Contradicción que nos crea una perplejidad semejante a la que asisten quienes tratan de sintonizar la teoría de la relatividad con la de la mecánica cuántica.
Precisamente, la muerte del hermano de Else (por la gripe española) lleva a la reconciliación familiar, dando paso a una época de abundancia, que promete un futuro dichoso. Pero… las aventuras amorosas del marido introducen a otras mujeres en la vida de Else, llegando a dispensarles su amistad y su animadversión, y, lo que es más señalado, despiertan la capacidad vital de ella. Y, después, el régimen socialfascista la reduce a su condición más mínima, la étnica, la judía. Y aparece el sufrimiento…

Sofía, en Bulgaria, es la otra ciudad en la que se desarrolla la acción. La autora, Angélika, nacida en 1927, apenas reside en el paraíso berlinés. Pronto conecta con los tiempos del gran dolor.

martes, 31 de mayo de 2016

Cuernos de oro. Pues sí, son rentables las bibliotecas

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Hace unas entradas comentábamos el mazazo que supone para los barrios de Burgos la merma del presupuesto para las bibliotecas municipales durante 2016, que ha bajado de 250.000 euros a 150.000. Sería cómodo aducir, ante ello, que la política no tiene en cuenta a la cultura (que no controla) e, incluso, siente un cierto temor ante el hecho de contar con una ciudadanía crítica e informada. Pero no lo vamos a hacer aquí. Diremos, sencillamente, que ya se cuenta con un estudio, validado por índices reconocidos, en el que se afirma que lo invertido en bibliotecas repercute a la sociedad entre un 3,49% y un 4,66%. Es decir, cada euro del que disponen las bibliotecas públicas lo convierten en 4. Una mina de oro.
Realizado con la colaboración de la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria (MCU) y del Servicio de Bibliotecas de la Comunidad Foral, se ha presentado El valor de las bibliotecas. Informe de resultados, estudio de impacto socioeconómico de las bibliotecas en Navarra, en el que se concluye lo mencionado. Por un lado se basa en la apreciación de indicadores del método ROI (Retorno de Inversión, Return on Investment) y, por otro, en encuestas a cerca de 5.200 usuarios.
Pero no solo debe tenerse en cuenta el lado económico. Hay otra serie de valores, señalados por quienes han participado, que redundan en aspectos tan reseñables como la igualdad de oportunidades en el acceso a la información, la necesaria sociabilidad, la creación de espacios de encuentro, los grupos de lectura o escritura, el desarrollo temprano de la infancia, la confluencia con ámbitos educativos. Todo ello en un momento en el que un 28% de la población está en riesgo de pobreza, es decir, no pueden hacer frente a gastos que no sean de supervivencia material.
La utilidad de lo útil. El espíritu. La posibilidad de mejorarnos.
[El rostro es del peruano Tito Monzón].

viernes, 27 de mayo de 2016

#Amanecer

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Y vuelve a amanecer como todos los días pero no es cierto que todos los amaneceres sean iguales, son la huella digital de cada día el ADN vital del lunes, del martes, del miércoles… lo que hará que ningún Domingo sea tampoco igual, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer … ese es el mantra que suena rítmicamente cuando respiro mientras veo salir el sol y me recuerda esa oportunidad de buscar de nuevo el amor, el que tengo, el que perdí por no cuidarlo, el que no veo porque su resplandor me ha dejado ciega,  el que me piden y no doy y el que siempre me rodea… EL AMOR.
¿Cuáles son los amaneceres más bonitos? Los que llegan llenos de nubes y a pesar de la aparente dificultad el sol siempre empuja para que se le vea bien y los colores en ese momento aparecen como una inesperada sorpresa ¿Por qué el azul, el morado, el gris, el naranja, el rojo, el rosa?  hacían falta esos nimbos, nunca estorban.
Hoy tengo todo, alba, crepúsculo, nubes, cirros, bruma y canción.
Melodía de gaviotas y olas de mar que repiten la cantinela, ama, nacer, ama, nacer, ama, nacer…
Ya está, terminó, qué poco dura este son. 
Vuelvo corriendo que con el ansia de capturar este crepúsculo he dejado todo “empatanao”, la cocina como una revolución, la lavadora que terminó ayer, que no se me olvide comprar pan.
Me voy en busca de mi pasión, creo que la metí en el cajón de las cosas perdidas en mi salón.

Amalia T.

domingo, 22 de mayo de 2016

Largo viaje (a los premios de poesía)

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En muchas ocasiones hacemos cosas extrañas a nuestras costumbres o a nuestras ideas. Parece un ejercicio saludable. Y hoy lo estoy haciendo. Desde que ha caído en mis manos el Premio Adonáis de poesía 2013, otorgado a Joaquín Moreno Pedrosa por Largo viaje, he ido inclinándome a traer aquí algunos de sus versos. Integrante su autor del grupo Númenor, editorial y revista del mismo nombre en la capital hispalense, creada al calor de un instituto determinado, lejano a mis actitudes vitales.
Hay en algunas tardes una esquina
que es muy fácil doblar sin darse cuenta
y seguir caminando luego un rato.
Pero entonces, si miro alrededor,
ya la ciudad es otra. […]

[…]                  Nunca supe
qué moneda de hierro en su caída
me conduce hasta aquí, lejos de todo.
Cuando llegue la noche iré a sentarme
en un bordillo sin saber qué espero.
Porque las calles hacia el horizonte
que ya busqué otras veces se extravían
y llevan siempre de regreso a mí.
No podía estar un premio de poesía, claro, alejado de la polémica (que si en el Jurado había…, que si se orna de latines…, etc.). Por mi parte, diré que tiene silencios, y eso es suficiente para que venga a asomarse a este ruidoso balcón.
Salud.

lunes, 16 de mayo de 2016

Mar de espigas (en Castilruiz)

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Vuelvo con las flores en la retina. La agricultura extensiva las arrincona cada vez más. A los márgenes de los caminos. A las zonas improductivas de ulagares y tomillos. A las cunetas (si tienen la fortuna de que no pase por allí alguna cuadrilla fumigadora de las Diputaciones). Cierro los ojos en la silla del trabajo y las veo ‒blancas, rojas, moradas, amarillas, azules…‒ disfrutar del viento, al tiempo que las golondrinas vuelan rasantes a escasos dos palmos de las incipientes espigas de las cebadas. Un espectáculo bamboleante en verde. Sin apenas amapolas.
En mi ignorancia infantil (que apenas ha mermado su volumen con los años), me preguntaba cómo es posible que de un grano sembrado, del que sale una pequeña planta con forma de hierba, de hoja plana, fuera apareciendo una espiga y, poco a poco, creciera y madurara en oro. Y cada año el mismo proceso. (A estas alturas, casi prefiero no contestarme a esa pregunta y asistir ‒maravillado‒ todas las primaveras a la creación).
Y ahí me encuentro, además, pudiendo leer a Guilles Deleuze (1925-1995) mientras paseo por los campos mesetarios de mi pueblo, que no en vano escribió Mil mesetas, y, mientras veo a lo lejos a los labradores (con los que me encontraré en el bar), a los que no les interesa demasiado la lectura, me paro a voluntad en las reflexiones del filósofo galo, que vienen a decir que escribir o pensar es liberar a la vida, que se encuentra prisionera. Claro, para él, los barrotes los pusieron las teorías platónicas, empeñadas en que solo somos copias. «¿Y las espigas?», me pregunto.
Dejo que el viento macere a su gusto el blanco de mi piel.
[El dibujo está realizado sobre una ilustración de Romero Escassi al texto de Gaspar Gómez de la Serna sobre Castilruiz en "Cuadernos de Soria", 1960].

martes, 10 de mayo de 2016

A la manera del teatro (mitos)

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Hércules visita a Atlas y le pide que realice por él uno de los doce trabajos ‒el de robar tres manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides, ese que andaba por el Atlántico‒. Claro, este tiene un pequeño problema: sobre sus hombros está el mundo, y no es cuestión de ir de aquí para allá con él a cuestas; así que Hércules se ofrece a sostenerlo mientras el titán se embarca hacia los confines. Y aquí es donde entra Jeanette Winterson (1959) con La carga (2005) y sorprende a Hércules preguntándose si su amigo volverá. ¿Acaso aprovechará para vagar libremente, incluso sin ocuparse de la promesa de las tres manzanas? ¿Y él, Hércules, cómo se las arreglará entonces con ese peso que ha asumido?
Y la prosa de Wintersson habla del siglo XXI. ¿Qué puedo contaros de las elecciones que hacemos? Que no tienen final ‒se contesta‒, pues no hay respuestas definitivas. Esta es la causa de que escriba ficción: para poder seguir contando la historia.
Margaret Atwood (1939), por su parte, se queda interrogante ante el hecho de que, a la vuelta de Ulises a Ítaca se ahorcara a las doce criadas que habían sido amantes de los doce pretendientes que tuvo Penélope durante parte de los veinte años en que el héroe de Troya estuvo fuera de casa. En Penélope y las doce criadas (2005) se pregunta por las intenciones ocultas de Penélope. Tal vez no fuera la de «irreprochables pensamientos tenía la noble», según cuenta Odisea en su canto XXIV. Atwood también desplaza el mito al siglo XXI, a modo coral de teatro clásico, y se acuerda de ellas.
«Nosotras estamos aquí, la que no tenemos nombre. Las otras sin nombre. Esas sobre las que cayó la vergüenza por culpa de otros. Las señaladas, las marcadas. Las chicas de la limpieza, las mozas de mejillas sonrosadas, las niñas risueñas y picaronas, las muchachas frívolas y descaradas, las jóvenes limpiadoras de sangre. Somos doce. Doce traseros redondos como la luna, doce apetitosas bocas, veinticuatro pechos mullidos como almohadas de plumas, y lo mejor de todo, veinticuatro temblorosos pies».

Esos pies (Odisea, canto XXII) que agitaron un rato, pero no largo tiempo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Materiales de dios (filosofar en las calles)

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Las golondrinas alegran nuestros cielos y las vincas nuestros suelos. El retorno de la espiral de los meses trae la expresión que nos ocupa, extendida en los ámbitos científicos hace unos años, especialmente cuando se habló del grafeno. Ahora parece que se ha conseguido en la producción industrial tradicional mezclarlo con plásticos, dotándolos de propiedades de conducción eléctrica y térmica, lo cual ‒dicen‒ llevará a cambios significativos en las aplicaciones de productos, que, combinados con la impresión 3D, variarían los procesos de producción y, en consecuencia, los costes. Es el mundo de los nanoaditivos, que dan paso a materiales que cambian de forma, absorben los rayos X, evitan la formación de hielo o iluminan fachadas enteras; sin pararse en otros campos a los que llegan, tal el de la salud, pudiendo activar la cicatrización de heridas o la localización de caries.
Material(es) de dios. Y aquí estamos, con los planes de estudio que lanzan la filosofía por las ventanas de las aulas. Es decir, retorna a la calle, lugar donde nació (en Grecia), con la discusión, con los enfrentamientos de las guerras entre ciudades y de la rivalidad entre concepciones diferentes del mundo. Así lo sostiene Marina Garcés (1973), filósofa en la Universidad de Zaragoza, autora de varios libros, entre ellos el que ahora leo ‒Filosofía inacabada (2015)‒, en el que hace suya la pregunta de Lyotard en 1964, ¿cómo no filosofar?, con la que nos está cayendo. Concibe la filosofía como una amplia experimentación con las ideas, el aprendizaje y las formas de intervención en nuestro mundo actual.

Y no tiene intención de callarse. Procede según lo hacía Thoreau en Walden: «No pretendo escribir una oda al abatimiento, sino jactarme con tanto brío como el gallo encaramado a su palo por la mañana, aunque solo sea para despertar a sus vecinos».

jueves, 28 de abril de 2016

La Casa Redonda (Violaciones y Camelias)

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Ya pasada la matraca de personalidades locales de la “cultura” recomendando el último libro que recuerdan (por aquello del Día del Libro), podemos estar de acuerdo con Baricco ‒un profesional del ramo‒ en que apenas hay nada novedoso en las novelas que salen al mercado hoy en día. Sin embargo, cuando leemos a Louise Erdrich (1954) tenemos esa certeza de que su literatura no cuadra en baremos formales. Parece que hay quien escribe para decirnos algo. Que tiene un destino en su existencia.
La casa redonda (2013) es una novela de iniciación y de remanso. De venganza y de justicia. Puede leerse como ficción real o real ficción. Literatura de raíces. Louise desciende de las tribus indias de lengua ojiwba, asentadas en la zona de los grandes lagos, entre Canadá y Estados Unidos. Es propietaria de una librería independiente, Birchbark Books, sita en Minneapolis, desde donde distribuye escritos relacionados con su pueblo. Vive en una reserva ‒«reservas naturales» las llama Reagan‒, ambiente en el que se desenvolvieron sus padres, unidos a labores educativas. Su novela más celebrada hasta ahora era Plaga de palomas. Es una de las autoras que más libros vende, dentro de la corriente en auge de las literaturas nativas en USA. Es madre.
¿Es de justicia que un hijo de 13 años y su amigo hermano asesine al violador de su madre cuando no espera reparación de la justicia ordinaria? Las camelias han llegado al barrio estos días. No recuerdo si con algo de retraso respecto a anteriores temporadas debido a las constantes lluvias de abril. Tampoco es que abunden entre el caserío. Apenas hay dos pequeños árboles con sus flores, junto a la lechera, y aun uno de ellos se las tiene crudas para subsistir.

Y lucen hermosas en esta mañana de luna menguante.

jueves, 21 de abril de 2016

Poemas en el bolsillo trasero

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«Llevo poemas para cuando nos veamos. No sabemos cuándo va a suceder. Seguramente dentro de unos meses, aunque vivamos en la misma ciudad. Ambientes distintos. Costumbres distintas. Besos distintos. Cenas distintas. Tampoco solemos llamarnos, salvo en las escasas ocasiones en que atravesamos la niebla de la voluntad. No importa. Te veo con los ojos abiertos. Así que cuando doy con esos versos que sé que son para ti, los imprimo. Si es invierno, los llevo en el bolsillo interior de la cazadora. Si es verano, en la bolsa de costado y, al anochecer, en el bolsillo trasero. Nos encontraremos ‒algo de sonrojo‒. Charlaremos deprisa. Te daré el poema…».
La calma en el mundo anterior a Bach
Tuvo que existir un mundo anterior
a la Sonata a trío en re menor, un mundo anterior a la Partita en la menor,
pero ¿qué clase de mundo?
Una Europa de vastos espacios vacíos, sin sonido,
por todas partes instrumentos dormidos
a través de cuyas teclas la Ofrenda Musical, El clave bien temperado
jamás pasaron.
Iglesias aisladas
donde el verso de la soprano en la Pasión
nunca se entrelazó  en desamparado amor
con los suaves movimientos de la flauta,
paisajes anchos y suaves
donde nada rompe la calma
sino las hachas de los viejos leñadores,
los sanos ladridos de fuertes perros en invierno
y, como una campana, los patines que muerden el hielo fresco;
las golondrinas que chillan en el aire estival,
la caracola que resuena en los oídos de un niño
y en ninguna parte Bach, en ninguna parte Bach,
el mundo en una calma de patinador  antes de Bach.

[Es de Lars Gustafsson, fallecido recientemente].

viernes, 15 de abril de 2016

Puentes

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Largo, como cola de tigre es el deseo. Irás detrás de él,te lo aseguro. Con la lengua afuera y el corazón afilado.
(Lilian Elphick)
Los dos ojos habitados habitualmente bajo el puente Malatos ‒ese que hurgan las huellas peregrinas desde hace ocho siglos‒ sobre el Arlanzón se convierten en cinco estos días. Alguna golondrina vuela en ellos, rozando el agua, en los momentos en que el cielo se abre en naranjas y azules. Con la lluvia racheada me recuerdan escenas que ilustran los libros de literatura china, especialmente aquel puente bajo la lluvia.
Leyendo a Elphick, la escritora chilena nacida en 1959, pienso en las peregrinaciones, en las tormentas de alta mar bamboleando las embarcaciones de gente en busca de refugio, en Frontex y Shengen. Las Bellas de sangre contraria me trasladan a El Salvador, a las mujeres rurales inmersas en la maquila, el trabajo textil que explotan las industrias textiles, en las que las protagonistas más visibles, por el contrario, son también mujeres. Sus Monstruos y monstruas me llevan en taxi por las esquinas de los barrios de la ciudad en las que apago la sed.
Seguramente su literatura está escrita desde otras vivencias. Gemma Pellicer (1972) deriva las palabras que inician esta anotación en un microrrelato (Nadie se libra de él. / Nadie lo ignora. / La distancia aviva su sed, / la cercanía lo colma). Pero yo ‒hoy‒ tengo mis puentes que cruzar.

Cierro los ojos y lo veo.

sábado, 9 de abril de 2016

Unión más allá de la muerte

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 En los castaños de Indias del Paseo de la Isla, si te detienes con atención en los momentos cálidos del día, puedes ver el desplegar de sus bulbos ‒impresionantes‒ y sientes que presencias una función de la vida, sientes que eres algo de esa hoja flor que recubre lentamente las desnudas ramas del invierno. Lo natural, lo popular, lo intelectual se unen en múltiples momentos. Mientras lo observo, me viene a la cabeza aquel poema y cantinela que tan conocida era, que en el pueblo nos llamaba la atención por su título, Lux aeterna, del que después he sabido que lo compuso en 1889 Juan Menéndez Pidal (hermano de Ramón) y que, al igual que el follaje del castaño, se extendió rápidamente por España, conociendo múltiples versiones.
            Era la voz de lamento de la joven que muere, sospechando que su novio la engaña con otra (No madre mía / ¡y el pérfido juraba / que me quería!). ¡Cómo sonaba en nuestros oídos infantiles aquel pérfido! Y, sobre todo, las descripciones musicales (En los robles oscuros / solloza el viento; se apagan las estrellas / del firmamento; / el río entre los álamos / reluce y pasa; / ni crujir una viga / se oye en la casa; / la candileja / que ardió toda la noche / de lucir deja). En fin, con la candileja también nos las teníamos algo oscuras. Pero nos gustaban estas formas de recitar y cantar, mezcla de elementos populares y pluma culta, que volvía a las calles para ser transformada al gusto.
            Algo parecido a lo sucedido en Irlanda ‒esa fecunda tierra‒ con She moved throught the fair, poema y canción que, desde hace algo más de cien años conoce múltiples versiones. Aquí es él quien, después de que ella desapareciera (tal vez por su posición social más encumbrada), con el correr de los años, siente que vuelve (Y suavemente ella entró, / Sus pies no hicieron ningún alboroto, / Se acercó a mi lado, / Y esto es lo que ella dijo, / No será un largo amor, / Hasta el día de nuestra boda). Unido su camino al de los momentos convulsos de la patria gaélica, puede decirse que no hay cantante con interés en lo folk que no la interprete. Aquí elegimos una voz ya de los sesenta, Anne Briggs (la del delicioso Blackwaterside):

Nos vemos en la eternidad.

domingo, 3 de abril de 2016

Wearable. De agua de mar. Pagar con el corazón

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Estas lluvias de marzo (y alguna nieve) están poniendo a la primavera en su sitio. Esparcen sensación de normalidad. Debajo del paraguas leo El mar (2006), de John Banville. En esta ocasión me dejé atraer por una opinión publicitaria, la de George Steiner, que asegura que «Banville es el escritor de lengua inglesa más inteligente, el estilista más elegante». Claro que no lo leo en inglés, pero no decepciona su prosa, a muchos de cuyos párrafos y frases se vuelve una y otra vez por el puro placer de leerlas, ya que la historia narrada no es precisamente el espacio en el que se pueda disfrutar. La pérdida, la vejez y la memoria como salvación son asuntos centrales de su argumento, adobados con los variados yoes de su protagonista. Eso sí, la sal se pega a nuestro cuerpo saliendo de sus líneas y sentimos su reconfortante caricia en la piel mientras caminamos en el páramo.
Vestirse de agua de mar.
En esas andaba estos días de asueto, cuando leo la noticia de que la biometría es la candidata perfecta para convertirse en código (pin) personal intransferible e inimitable e incopiable e inhackeable e…, según avanzan quienes desarrollan las potencialidades de la tecnología ‒con el propósito de hacernos más fácil la vida‒ en los ámbitos del e-commerce. Resulta que una empresa canadiense, de estas startupes, ha ideado una pulsera que utiliza la señal eléctrica que emiten nuestros corazones como clave de autentificación; solo hay que añadirle un pequeño chip y se convierte en un dispositivo único como método de pago. ¡Vestirse ‒wearable‒ para pagar! Es ya unos de los contactless del futuro, que, por si fuera poco, ahorra el llevar móvil o tarjeta de crédito.
Con el corazón es suficiente.
[La Nit a Llancà pertenece a una serie de Paco e Isabel, excelentes artistas de la cámara].

lunes, 28 de marzo de 2016

Bibliotecas de barrio, ¿a derribo?

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A l@s Bibliotecari@s municipales de Burgos
 Acudo con gusto a la Biblioteca del barrio, la Miguel de Cervantes. Es luminosa. Casi somos contemporáneos en él. Lleva aquí diez años y está atendida por personas agradables, conocedoras de su oficio y optimistas (aunque, a veces, no se lo pongamos fácil). Una siempreviva, que ofrece sus espacios, sus materiales y sus actividades adultas e infantiles para quienes demandan algo más que tabernas. Un sitio de encuentros, proyecciones, exposiciones, lecturas… que redistribuye la riqueza social. Creo que es la UNESCO la que afirma que las bibliotecas devuelven a la comunidad que las sustenta sobre un 5% más de lo que ha invertido en ellas.
Sin embargo, en el presente año, la mesa de novedades está menos surtida, los ejemplares de los diarios han disminuido, el revistero deja lugares vacíos o mantiene las portadas de hace meses. Resulta que el presupuesto municipal ha reducido la cuantía destinada a sus cuatro bibliotecas de 250.000 euros a 150.000 (a compartir con el Archivo). En los corrillos nos extrañamos de esta medida, ahora que parecía que se estaba remontando el vuelo y que iba a haber dinero para amueblar algunos rincones necesitados y adquirir obras de patrimonio cultural. «Fíjate, resulta muy extraño, pues no hay mayoría monocolor en el Ayuntamiento y, sin embargo, no se ha oído ni una triste moción de los diversos grupos. Ni, tampoco, alguna nota de prensa que manifestara la situación».
No es que puedan pedirse peras al olmo. Pero cabe preguntarse qué espacios de convivencia se desean potenciar desde la Administración local. O, bien, qué se entiende por cultura. ¿Acaso se piensa que es suficiente ofertar un sistema de préstamo electrónico ahora que la población dispone de aparatos para descargarlos? La cultura –creemos– se construye en la convivencia.

Las flores asoman junto al río. Imaginemos el barrio sin biblioteca.

domingo, 20 de marzo de 2016

Mogador, tierra de mar

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Pasado el novilunio de la última luna del invierno, entro en Mogador, la blanca ciudad avistada por marineros y sirenas cuando navegan cerca de las islas Púrpuras. Alberto RuySánchez escribe que «dicen que la ciudad de Mogador no existe, que la llevamos dentro», asegurando que cuando se habla del cuerpo en Mogador, al llegar al sexo, se produce un salto extraño en la mente, y por lo tanto, en el lenguaje: la gente describe inmediatamente lo invisible del acto y del cuerpo. Así que vuelve a escribir: «Pero otros dicen que sí existe y que, justamente, la llevamos dentro».
Nueve veces el asombro (2005) es un libro adecuado para dejar apartada una floja novela y adentrarse en sus nueve capítulos y en su ofrenda preliminar, y bañarse en las historias de sus páginas, que son las de la gente de Mogador (Esauira o As-Sawira), las cuales guardan en telas bordadas, difíciles de leer para los no iniciados en sus secretos geométricos. «Son las telas de la memoria y quienes las leen nunca cuentan la misma historia dos veces. Por lo que he llegado a pensar que están vivas. Y que la memoria, como las nubes, como la Historia, no deja de moverse y tomar formas extrañas, sorprendentes».
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El autor ambienta varias desus obras en esta tierra de mar, en la que el sol (según la antigua astronomía) desacelera su paso cuando está sobre ella, permaneciendo allí unos instantes más que sobre cualquier otro lugar. Así cuentan los que ofician recortar nubes. Una isla con bibliotecas, que custodian libros que cada vez que se abren están listos para danzarnos por dentro (porque la música de allí está unida a la piel). «Y basta un parpadeo y un roce de los dedos sobre sus páginas para que alegre y veloz nos penetre […] y el número de libros conservados en la ciudad es siempre un múltiplo de sus habitantes».
Salud.

lunes, 14 de marzo de 2016

Escarcha en la mañana. Palmeras en la tarde

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Los tejados centrales de Punta Brava, junto al parque, amanecen blancos. La escarcha anda más densa en las zonas cercanas al río. «Tienes deformación lectora», me dice la Camarera, «cuando te pones a leer narraciones peculiares, después no te entusiasma nada convencional durante una temporada». Y no le falta razón. La casualidad puso en mis manos (de nuevo) hace poco Las palmeras salvajes, de Faulkner, y (por vez primera) me llevó a leer unos capítulos de Mientras agonizo, obra que contaron con detenimiento en un encuentro propiciado por la Escuela de Escritores de Burgos el pasado sábado, acompañamiento muy digno del banquete (con asado y Ribera) que suelen celebrar cada trimestre, al que hacía tiempo que no me unía.
¿Y qué le voy a hacer? Leer lo que se llama la versión (traducción) que hace Borges en 1940 de Las palmeras salvajes, un año después de su publicación en inglés, no te deja indiferente. Menos si lo condimentas con Mientras agonizo. En las dos obras Faulkner hace lo que le da la gana. Vuelve de lado lo que suponemos que debería estar de frente. Él es ella. Ella es él. Y estas situaciones a Borges ‒caballero católico‒ no le cuadran demasiado, por lo que realiza sus propias componendas sobre el texto, que, por cierto, sorprendentemente (o no) no ha tenido otra traducción al español. ¡Lástima que mi inglés no dé suficiente para leer estas obras en ese idioma sureño en el que escribe el Nobel!
Así que la Camarera me afea el que no disfrute suficientemente La rubia de ojos negros, de Benjamin Black (el negro de John Banville), y el que no realicemos fuego cruzado con las redondas frases del irlandés mientras ella pasea de lado a lado la barra atendiendo a la clientela. «Soy un profesional de perder el tiempo», declamo para ver si responde, pero percibe el artificio. «Hasta entonces había creído que Clare Cavendish podría romperme el corazón, sin darme cuenta de que ya estaba roto».