domingo, 19 de marzo de 2017

Altazor (desde los cielos de Huidobro)

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Los poemas extensos le iban a Vicente Huidobro (1893-1948), el poeta chileno que trajo a España (desde París) las vanguardias en 1918, plasmado en el ultraísmo del momento primero. En 1929 publica la novela fílmica Mío Cid Campeador, que goza de éxito. Y, poco después,  da a la luz Temblor de cielo (poema en prosa) y Altazor (en verso). Lo hace en la todopoderosa C.I.A.P., compañía que va aglutinando en España a buena parte de las editoriales de los años treinta del siglo pasado.
Hacía tiempo, con 25 años, comienza a escribir versos de Altazor (“Soy yo Altazor el doble de mí mismo / El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente”), a los que va sumando nuevas contribuciones. El resultado de 1931 es un poema en un prefacio y siete cantos, en el que, al no tratarse de una narración épica (como la cidiana), resulta complicado mantener la unidad. Hay quien lo toma como un (caprichoso) juego verbal, pero el resultado no deja de ser desconcertante y admirable. De hecho es la obra con la que más se le identifica a este inquieto hombre.
Hay palabras que tienen sombra de árbol
Otras que tienen atmósfera de astros
Hay vocablos que tienen fuego de rayos
Y que incendian donde caen
Otros que se congelan en la lengua y se rompen al salir
Como esos cristales alados y fatídicos
Hay palabras con imanes que atraen los tesoros del abismo
Otras que se descargan como vagones sobre el alma
Altazor desconfía de las palabras
   Desconfía del ardid ceremonioso
Y de la poesía
Trampas
            Trampas de luz y cascadas lujosas
Trampas de perla y de lámpara acuática
Anda como los ciegos con sus ojos de piedra
Presintiendo el abismo a todo paso 
       Mas no temas de mí que mí lenguaje es otro
       No trato de hacer feliz ni desgraciado a nadie
       Ni descolgar banderas de los pechos
       Ni dar anillos de planetas
       Ni hacer satélites de mármol en torno a un talismán ajeno
       Quiero darte una música de espíritu
       […]

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus avenidas].

lunes, 13 de marzo de 2017

¿Es necesario el sexo?

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Este es el título que James Thurber (1894-1961) y E. B. Withe (1899-1985) le ponen al libro que han escrito, para el que no encuentran editorial. Nadie quiere comprometerse con este asunto de manera abierta, pensando no solo en el casi seguro fracaso de ventas sino en los (diversos) ridículos a que se exponen, máxime cuando le acompañan unas ilustraciones de Thurber que pueden resultar algo ridículas. Al fin ve la luz en 1929… y todos los temores se muestran infundados. Pronto se convierte el libro en un superventas y el público disfruta de lo lindo con él, aunque expertos y políticos tratan de desvalorizarlo (porque sus páginas no les bailan el agua). Desde entonces pasa a ser obra de referencia, con numerosas reimpresiones y ediciones, en las que se van incorporando prólogos, proemios, introducciones, epílogos y anexos varios.
Una de estas adendas, la de John Updike en 2004, comenta que «rara vez un libro que lleve la palabra sexo en el título ha dicho cosas tan poco favorables al respecto». Y es que sus autores comentan que (en los años en que se escribe) hay dos factores de la civilización sobrevalorados: la aeronaútica y el sexo; el segundo, en principio un asunto ni difícil ni peligroso, es complicado por «sociólogos, analíticos, ginecólogos, psicólogos y diversos autores de libros de divulgación […] hasta mucho más allá de los sueños más delirantes de nuestros antepasados».
Como aquí nos dedicamos a literaturas o ciencias, no vamos a entrar en valoraciones. Sencillamente apuntar que uno de los capítulos de la reciente traducción de Panóptico, de Hans Magnus Enzensberger (ese discípulo de Montaigne), se ocupa de ello, y recuerda a quienes ofician la sexología –incluido Wolkmar Sigusch con su Neosexualidades, acuñador de la “cisexualidad”– las múltiples e insólitas formas en que el sexo se practicaba en la Antigüedad: Pasífae, mujer del rey de Creta, se enamora de un toro y encarga al ingeniero Dédalo que le construya una vaca de madera en la que se introduce y, así, copula con su enamorado (dando nacimiento al Minotauro); o el hijo de Hermes y Afrodita, que se une en un abrazo con una ninfa, cuya unión se convierte en fusión, de la que nace un ser hermafrodita; o…
[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cursos].

martes, 7 de marzo de 2017

Música del Cosmos

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La música es el placer que experimenta la mente humana de contar [con números] sin ser consciente de que está contando (Gottfried Leibniz)
A estas alturas ya he renunciado a comprender los mecanismos internos de la teoría de la relatividad general y los de la mecánica cuántica. Tampoco es que me deprima. La mayoría de gente científica no las dominan en su totalidad y mucho menos son capaces de explicarlas. Ahora tratan de integrarlas en diversas teorías, la más conocida es la de las cuerdas, que presenta un mundo de partículas en continua vibración (con más de una decena de dimensiones); o en la de la gravedad cuántica de lazos, que postula que el espacio mismo es una trama de bucles; o en la de conjuntos causales, en la que la estructura del espacio se contempla como la arena de una playa. Pero a pesar de este desistimiento, continúan atrayéndome obras de divulgación científica.
Esta vez he picado en El jazz de la física, de Stephon Alexander, negro del Bronx que relata su peripecia hacia la ciencia y el jazz. La pulsión científica que siente no deja de estar tocada, en el entorno del barrio, por los múltiples encuentros que tiene con la música, vía de escape y posibilidad de esquivar al determinismo de la pobreza y la violencia. Dotado de intuición y de inteligencia, la existencia le abre puertas en los caminos que va tomando, a veces sin destinos de primera vista. Su propósito es dar con la fórmula que explique la estructura del universo, la expansión y contracción de las galaxias. Bajo la sospecha de que tienen una estructura musical –¿dónde se esconde esa fórmula (sencilla) matemática que lo muestre?–, que suenan con ritmo, cadencia, armonía, tonalidad o improvisación. Pitágoras y su música de las esferas no deja de estar presente en las Cosmologías actuales.

Además de una portentosa capacidad matemática, Alexander se vale de la improvisación y de las analogías. En su apoyo viene Einstein (que tocaba el piano) cuando explica la formulación de la teoría de la relatividad: «Se me ocurrió por intuición, y la música fue la fuerza que la impulsó. Mi descubrimiento fue el resultado de la percepción musical». Por aquí pasan John Coltrane, Margaret Geller, Brian Eno o Richard Feynman. Agradable compañía.
[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus cursos].

miércoles, 1 de marzo de 2017

Vida gallega en Terranova

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Se escribe mucho en los últimos años sobre lo postcolonial en las lenguas y, por extensión, sobre el papel de la literatura en la salvaguarda de los idiomas minoritarios. Walter Mignolo denomina gnosis al sistema que permite elaborar una teoría autónoma de la manera en que, con estos idiomas, las gentes piensan y se relacionan con el mundo.
Uno de estos es el gallego. Curiosamente, en la Edad Media fue idioma culto para la corte castellana. Las cantigas, por ejemplo, están escritas en él. Pero las alianzas que tomó la nobleza gallega en las guerras dinásticas (de Trastámara y Beltraneja-Isabel) les hizo quedar en el bando perdedor, por lo que fueron relegados de los ámbitos centrales del poder, pasando así el gallego a lo doméstico. Será la publicación de Cantares gallegos de Rosalía de Castro, en 1863 (sin que sea consciente del esplendor medieval), la que reinicie el auge del gallego como lengua culta, surgiendo de lo popular.
En esta línea se sitúa la producción literaria de Manuel Rivas (1957), escrita ella en gallego, en la que muestra un modo propio de ver la realidad, que puede resumirse en el uso de la retranca como el modo de expresar lo propio sin oponerse frontalmente a lo ajeno. Según estudia Isabel Castro-Vázquez es un modo de resilencia, que desemboca en re-existencia. Rivas realiza ecología del lenguaje. Se convierte, con ello, en alguien con peso.
Y lo hace de un modo altamente cualificado. El último día de Terranova (2016) es un mosaico del panorama cultural gallego español y argentino de los dos últimos tercios del siglo XX. Pone a prueba los conocimientos de cualquiera que lo lea (dejando entrever que no le supone mayor esfuerzo). Personajes, poesía, lenguaje, frustraciones, librerías, sueños… Es la ficción de la realidad cuando la realidad necesita ficción.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cauces].

jueves, 23 de febrero de 2017

Mi amada/o entre Plumas

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Quien mucho abarca, poco aprieta, se dice, ¿no? Seguramente será lo que me suceda en esta entrada. Tenía intención de hablar de un libro cómic, pero me ha llegado una obra que no deja de pedir paso aquí. Habibi, ‘mi amado’ (también podría haber sido habibati, ‘mi amada’) es el título de una extensa novela gráfica ‒de más de 650 páginas‒ de Craig Thompson [editada en la bilbaína Astiberri] que narra las conexiones vitales entre una mujer árabe, que siendo niña padece el matrimonio concertado, y un hombre negro, que es adoptado de niño por dicha adolescente, cuando ambos llevaban cadenas de esclavitud.
Pero es mucho más que una historia, o que una historia escrita, pues su grafismo es tan variado, que en muchas ocasiones habla por sí mismo. Cuadrados, rectángulos, rombos, óvalos, líneas ondulantes diluidas en humo, suelos marmóreos, caligrafías árabes, geometrías, ríos, brebajes en los cuerpos, rayos, oscuridad-luz… son elementos que utiliza el autor para pasar de unas a otras escenas, narrando las vicisitudes de esta pareja entremezclándolas con historias religiosas conocidas. Tejido ello en torno a los nueve cuadrados (capítulos) en que se divide el panel principal, cada uno de los cuales tiene un valor numérico y una letra correspondiente.
Disfrutando estaba de este mosaico, cuando me llegan La plumas de Salim Barakat. Que recuerde, no había leído literatura kurda y a fe que me ha resultado sorpresiva y enigmática (ya que imagino que tiene claves a las que no accedo con mi cultura). Las personificaciones y metagoges están tan integradas en la escritura que cualquier elemento natural ‒nubes, lluvia, viento, etc.‒ es un personaje más de la obra. Y qué decir de la presentación de quienes son elegidos por el hado inextricable para participar en la obra: «Mem: el joven que conquistó la realidad; Tres rosales: meros arbustos; La de las botas militares: chica cuyo nombre no interesa; Nueva emisora de radio: con muchas ondas; etc.».
¡Qué voy a decir! Dos excelentes hallazgos en una semana.

[Salud. A la espera de que la vida transcurra por sus cauces].

viernes, 17 de febrero de 2017

Antes del fin (Sábato y Matilde)

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Compruebo que no hemos dedicado ninguna entrada a Ernesto Sábato (1911-2011), a pesar de que el argentino es una de las personalidades más atractivas del siglo pasado. Otra mucha gente piensa así. Cuando comenzó a escribir sus memorias, a las que da el título de Antes del fin (1899), le animaban a continuarlas diciéndole «tiene el deber de terminarlas; la gente joven está desesperanzada, ansiosa y cree en usted; no puede defraudarlos». Es un científico escorado hacia la literatura. Con estudios de matemáticas y física, incluso con una beca que le permite trabajar en 1938 en el Laboratorio Curie de París, se deja arrastrar por profundas crisis personales y obedece el mandado de su interior. Será ensayista, articulista y novelista, con tres obras icónicas: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974).
Le añade, además, atractivo el compromiso social que no elude durante su vida. Lo inicia siendo estudiante en La Plata, hasta el punto de abandonar los estudios y entregarse a la actividad sindical de emancipación obrera (cuando el mundo estudiantil y el obrero confluían en las corrientes progresistas).
Sin duda que Antes del fin es uno de los regalos más apreciados que pude hacerme (y no dudo en regalarlo cuando me encuentro en el compromiso de no saber qué elegir). En sus páginas trata de expresar de la manera más delicada los «graves defectos» de los que es consciente, en su octava década, cuando los semisueños aparecen intemporales, mezclados con los recuerdos de infancia. Pero hay otros textos en los que sí aparecen «mis verdades más atroces»; es en las novelas «en mis ficciones, en esos bailes siniestros de enmascarados que, por eso, dicen o revelan verdades que no se animarían a confesar a cara descubierta. También los grandes carnavales de otros tiempos eran como un vómito colectivo, algo esencialmente sano, algo que los dejaba de nuevo aptos para soportar la vida, para sobrellevar la existencia, y hasta he llegado a pensar que si Dios existe, está enmascarado».

Junto a él, desde la adolescencia, vive Matilde Kusminsky-Richter (1916-1998), escritora y poeta que aceptó publicar lo suyo poco antes de morir.

sábado, 11 de febrero de 2017

Maquiavelo

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Cuesta imaginarse a Maquiavelo (1469-1527) sentado tranquilamente, leyendo a la luz de la vela. Al menos a mí. Pero, sin embargo, uno de los lugares comunes de la literatura, en especial cuando se habla de las virtualidades de la lectura, es una carta suya en la que se retrata de este modo, abandonado a la mudanza ética que pueden producir los textos clásicos. No es el único. Su coterráneo Petrarca (1304-1374) ya había tenido conversaciones con «los santos, los filósofos, los poetas, los oradores, los historiadores», tan fascinantes que escribe cartas ‒de tú a tú‒ a Cicerón o Virgilio, ejerciendo a la vez (según dice Francisco Rico) la introspección y el juicio moral sobre el presente. Y no digamos el Quevedo que escucha con sus ojos a los muertos.
Salido de la cárcel, en la que es torturado, a la que le llevan la vuelta de los Médicis a Florencia en 1512, se retira a una pequeña propiedad cercana que tiene en San Casciano in Val di Pesa. Allí vive años de penurias, pero extrae lo mejor de su talento y, con estilo desenvuelto, escribe lo que ha legado a la civilización. Gana el sustento con lo que le renta la leña que corta en el bosque, para lo que contrata obreros que le ayuden. Con ellos convive durante el día y con ellos está en la taberna. Así lo explica en carta a su amigo Francesco Vettori a finales de 1913. José Ángel Valente versifica (casi literalmente) esta misiva en Maquiavelo en San Casciano, poema que nos acerca al final del día:
Llega al cabo la noche.
Regreso al fin al término seguro
de mi casa y memoria.
Umbral de otras palabras,
mi habitación, mi mesa.
Allí depongo
el traje cotidiano polvoriento y ajeno.
Solemnemente me revisto
de mis ropas mejores
como el que a corte o curia acude.
Vengo a la compañía de los hombres antiguos
que en amistad me acogen
y de ellos recibo el único alimento
solo mío, para el que yo he nacido.
Con ellos hablo, de ellos tengo respuesta
acerca de la ardua o luminosa
razón de sus acciones.
Se apaciguan las horas, el afán o la pena.
Habito con pasión el pensamiento.
Tal es mi vida en ellos
que en mi oscura morada
ni la pobreza temo ni padezco la muerte.

[Salud. Esperando que la vida discurra por su cauce].

domingo, 5 de febrero de 2017

Huellas (música para el Holocausto)

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Suelen caerme en gracia las mujeres que han trabajado en bibliotecas y, al tiempo, han sido creadoras. Ahora escucho el Magnificat de Buxtehude (1637-1707), uno de mis favoritos. Ya ya, ya sé que ni es mujer ni trabajó en bibliotecas. Quien sí lo era es Ida Frank (1921-2011), estudiosa de música en el Conservatorio de Lwow hasta que los ejércitos nazis ocupan Polonia, lugar en el que vivía. Su vida cambia –¡y de qué manera!– en esa trayectoria de la historia, redobladas las desgracias al ser judía. Confinada en un gueto durante 1942, logra sobrevivir a los embates de la guerra utilizando papeles falsos. Más tarde, en 1957, se asienta en Israel y, ahí sí, se emplea en una biblioteca musical.
Ya me había embebido en su momento con El viaje, seguramente su colección de relatos más conocida. Tardó tiempo en dejarme desprendido de sus palabras. Ahora, la casuusalidad me ha puesto delante Huellas (2012 [en la serie Los Papeles de Sefarad, dirigida por Mercedes Monmany, con uno de los más hermosos colofones que he leído últimamente: una gota de agua preñada de la música de Beethoven]) y los veinte relatos que contiene vuelven a obnubilarme. Es decir, leo los periódicos y apenas comprendo cómo podemos marearnos días y días con asuntos intranscendentes, dejando de lado lo que concierne al bienestar humano, solo porque hay quienes ambicionan parcelas de poder y nos construyen fuegos fatuos.

Nada más lejos de ello la prosa de Ida Frank. Escritora tardía, maestra del silencio, ahí en sus páginas está el evento, lo cotidiano, las personas –mujeres la mayoría– que en un momento de su vida se ven invadidas, desvalijadas, abordadas… hasta la desventura, hasta el holocausto. Escasas concesiones a la vanidad. Unos versos de Boleslaw Lesbian («La oscuridad espesa en la hierba, / arrecia el frío en la tierra. / Parece que la lejanía errante / a tu puerta se aproxima…») y esa gota desbordante.
Recordamos. (Sobre su obra queda la película Primavera de 1941 de Uri Barbash).

lunes, 30 de enero de 2017

Objetos (poemas de W. Carlos Williams)

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A los pesares que llevas
La literatura, si se presta atención, comparte nuestros momentos más corrientes, nuestros gestos descuidados, nuestras nimiedades. Cada vez que paso por los versos de Williams Carlos Williams (1883-1963, que recibe el Pulitzer el año de su muerte, ya fallecido) me sorprendo idiotamente en detalles que pasan desapercibidos (“Me comí las ciruelas / que estaban / en la heladera // y que seguro / estabas / guardando / para el desayuno // perdóname / estaban riquísimas / tan dulces / y tan frías”). ¡Vaya, vaya, dulzura y frialdad! ¿Y cuántas cosas más?
Como él vivía en un lugar rural cercano a Nueva York, habla de situaciones que conocimos en nuestro pueblo (“Tantas cosas / dependen de // una carretilla / roja // lustrosa por el agua / de la lluvia // entre gallinas / blancas”). Se dice que poetas como él y otras/os norteamericanas/os ‒Marianne Moore, Hilda Doolitle “H.D.”, Pounz o Eliot, Amy y Robert Lowell, etc.‒ sacaron a la poesía inglesa de sus callejones sin salida académicos, de sus círculos viciosos metafísicos.
Ya que las cosas no pueden hacerse, están ya ahí, lo que hace el verso es imaginarlas y, cual demiurgo, crear algo que no existía. De este modo opera ‒él es médico‒ en lo que nos rodea, las palabras son objetos sensibles. Para ello puede utilizarse el verso libre, en el que prime el ritmo interno, apartando en lo posible el artificio (aunque lo sea) al hacer que los objetos vean, oigan y hablen.
“Me llaman y voy. / Es un camino helado / pasada la medianoche, una nevisca / atrapada / en las huellas rígidas de los carriles. / Se abre la puerta. / Sonrío, entro y / me sacudo el frío. / Hay una mujer corpulenta / de costado en la cama. / Está enferma, / acaso vomita, / acaso esforzándose / para dar a luz / su décimo hijo. ¡Alegría! ¡Alegría! / ¡La noche es un cuarto / oscurecido para amantes, // a través de las persianas el sol / envía una aguja dorada! / Le aparto el pelo de los ojos / y miro su dolor / con compasión”.

martes, 24 de enero de 2017

El loco de las rosas (no es Einstein)

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Leo estos días de nieve ausente (en Castilla) el tebeo Einstein, una biografía dibujada (2015), de Corinne Maier y Anne Simon, autoras que se iniciaron esta colección con la vida de Freud. Para los escasos conocimientos que tengo de física y las grandes ansias de comprender el universo que me vienen de vez en cuando, este cómic compensa en notable medida mi ignorancia. «Qué alegría la de correr tras cualquier cosa misteriosa, de la cual no percibimos más que un reflejo. / Y esa cosas se llama… / …belleza».
Y, sin pretenderlo, se ha cruzado en el camino el libro de cuentos El loco de las rosas, de Mohamed Chukri (1935-2003), que destroza los respetables cánones en los que nos movemos la gente educada [y ni quito ni pongo]. Reconozco que tiendo a valorar altamente a quienes desde una vida difícil encuentran en la literatura un cauce de expresión o casi un modo de vida. Es como si sus palabras tuvieran sangre por el simple hecho de esta autosuperación devenida en su existencia, algo sucedido al autor de El pan a secas. (Creo, por otra parte, que no solo yo procedo así; véase, por ejemplo, cómo se considera a Erri de Luca).
Chukri aprende árabe a los 20 años, cuando está en la cárcel, aprovechando las enseñanzas de otro preso. Después estudia español en Larache y retorna a Tánger, en donde lleva vida noctámbula ‒la mayoría, claro, somos gente madrugadora‒ y comienza a escribir, no se sabe si para concretar sus demonios voladores o para hablar de lo que le rodea. Porque sus relatos se pueblan de gente marginal, además sin atisbos de soluciones, de emancipación. Están ahí, juegan, tosen, recitan, matan o mueren. En un lenguaje breve, directo, en presente, que no se agota ahí, sino que intercala extensos párrafos en los que el autor se hace presente en medio de esa barahúnda de callejones o a lo largo de la arena caliente de la playa.

«La red», «Los niños no siempre están locos» o el texto que da nombre al libro tienen palabras que nos traen el dolor en una de sus expresiones desnudas; el destino de gran parte de la desproporción humana.

miércoles, 18 de enero de 2017

Las taras de la literatura

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Hace casi cien años, en 1926, la revista francesa Les Marges realizó una encuesta a literatos y académicos de la época sobre «Las taras de la literatura actual», impulsada por Ernest Tisserand. Recibió 114  contestaciones, algunas de ellas de escritores conocidos, tal Henri Barbusse (1873-1935), cuya novela El fuego (basada en sus experiencias como soldado de la primera guerra mundial, que describe los padecimientos de quienes son enviados a las trincheras para defender una idea llamada patria) tanto influye en la juventud española coetánea.
Plantea el periodista aludido que después de la primera guerra mundial se han trasladado al mundo cultural modos de actuar en los ámbitos industriales, con los que se ha transmitido a la literatura una serie de lo que considera enfermedades, las cuales serían: 1. Los premios literarios, que corrompen a escritores y editores, industrializados durante la gran guerra (el Goncourt ya es de 1903); 2. La publicidad literaria, si las editoriales no invierten en promocionar, las obras se menosprecian, tano crítica como público (a pesar de sus deseos de calidad) quedan obnubilados por este brillo; 3. Las boutiques literarias (recepciones, magazines, casas de té), en donde se comercia, que dejan obsoletos los inofensivos cenáculos y los pequeños cafés; 4. La explotación comercial de lo que se tenía por vicios abyectos (la inversión sexual y la conversión religiosa), tan abundante en muchos libros.
La contestación de Barbusse se produjo en L’Humanité, en la que, además de estar conforme con el planteamiento de Tisserand, señalaba otras taras de su consideración, entre ellas, el monopolio de la información literaria y de las críticas por ricas casas (para él reaccionarias, como Larousse, cuyo diccionario consideraba parcial en sus definiciones).

Parece que el panorama actual cuenta con raíces.
[La ilustración es de Alex Colville]

jueves, 12 de enero de 2017

Inversión narrativa

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Me balanceo estos primeros días de enero, mientras paseo por el monte, entre la prosa de Bohumil Hrabal (1914-1997) y la de Sarah Waters (1966). Entre personajes hombres y personajes mujeres –¿acaso no es social toda literatura?–. Entre autor y autora. Entre un decir implícito, simbólico y un expresarse explícito, cercano (siempre con la frescura de lo literal a lo literario). Entre poco más de cien páginas y casi quinientas. Entre párrafos generosos que incluyen diálogos sin señales tipográficas y pequeños párrafos que acompañan a abundantes conversaciones señaladas en líneas aparte con su guión largo.
Tierno bárbaro fue escrito por Hrabal en 1973, después de que su autor fuera aislado por las autoridades que terminaron con la primavera de Praga. Es un canto al genio del pintor y amigo V. Boutník, que se quita la vida meses después de la ocupación de los tanques. «Y Vladimír seguía emocionado ante el árbol solitario y hablaba tiernamente: Igual que este árbol, todo en mis hojas está conectado a la tierra… este árbol para mí es de cristal, veo cómo la savia sube por el vidrio del tronco… observo exactamente adónde van las raíces y los vasos capilares, veo también todas sus fases en cualquier época del año… un poco de imaginación y todo se hace más claro y, por tanto, más humano». Por entonces, Hrabal vive solo en su casa en el bosque de Kersko.
El lustre de la perla, título dado aquí a Tipping the Velvet, está escrito en 1998 y narra la peripecia de una mujer, Nancy, cien años antes, entre sus 18 y 25 abriles –y ya conocemos el verso más famoso del siglo XX, «Abril es el mes más cruel»–. Mi vida no dio para tanto en esa edad, por lo que me rindo ante los abismos vitales en que se sumergen otras personas. Aquí, la protagonista ha crecido en un tranquilo lugar de la costa inglesa, pero es ese raro fruto de alguna ostra, y en un instante queda seducida por una cantante de mussic-hall, con la que inicia su vida independiente. Claro, es una novela, y por lo tanto hay traiciones. Buena vida, esclavitud, pobreza. De ese modo puede pasar a ser amante de las despreocupadas damas de la burguesía y aristocracia, sáficas en sus salones, Y de las avanzadas de la vanguardia obrera.
Ambas obras son exaltaciones de la extravagancia, negaciones de lo convencional, desesperadas bocanadas de libertad.
[Habrá quien haya visto la miniserie Tipping the Velvet].

viernes, 6 de enero de 2017

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Ya ha comenzado.
Con nieblas en los valles. Heladas en las noches. Sol en el mediodía.
Con ese anciano temblor de miedo en el descuido.
Con la mano extendida -hacia arriba- sin anillos, sin muescas.
Con la última lágrima derramada entonces.
Ligero, ligero, ligero...

Salud y dichosos días.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Dolor Placer (Armonía en la época del artificio)

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Despedimos el año con margaritas. La madre tierra nos las proporciona. A pesar de que la sometemos al extractivismo ‒término que acuñara en los 60, al describir los conflictos que enfrentaban a empresas mineras con comunidades andinas, el novelista peruano Manuel Scorza (1928-1983), editor de populibros, autor de poemarios como El vals de los reptiles, novelas como Redoble por Rancas en que se une el realismo social y la fantasía poética‒. En el buzón está el número de invierno de la revista Entrepueblos. Sí, recuerdo perfectamente cuando en julio eran asesinadas Lesbia Yaneth, en Honduras, y Gloria Capitán, en Filipinas, por ser activistas de sus pueblos frente a proyectos extractivos de corporaciones transnacionales, amparadas por gobiernos de turno, que utilizan la violencia. El metabolismo neocapitalista necesita de la transformación masiva de bienes naturales en productos de consumo o, simplemente, en objetos de especulación de los mercados financieros. (Además, en el caso de la mujer rebelde al defender su tierra, no solo desafía las normas, sino que transgrede los estereotipos).
Para estos días tenía reservado un libro bien distinto a estos asuntos. Que se balancea entre el placer de su exquisita prosa y la reflexión a que conduce su decir. Se trata de Lecturas y lectores, de Andrés Soria Olmedo. De Editorial Alhulia, ubicada en Salobreña, en la colección Mirto Academia (de Buenas Letras de Granada) ‒que ya sabemos: «Silencio de cal y mirto. / Malvas en las hierbas finas.», escribe Lorca en La monja gitana‒. Partidario como soy de escribir libertad con minúscula, puedo afirmar que esta es una obra magistral. Pues va de profesores/as y discípulas/os. «Prácticamente nada de lo que quiero decir hoy es original. Al contrario, se trata de propagar el virus saludable de la letra impresa; de repetir los beneficios y placeres ‒que en mi opinión son intensos y prolongados‒ de comprar libros, leerlos y recordarlos».

Llevaré la revista y llevaré el libro para trasladarme a 2017 por las laderas del Moncayo. Salud.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Regalo en La Recolectora (voces narrativas)

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Hablábamos el lunes pasado en el club de lectura de la variedad de voces narrativas que suelen tener los textos literarios modernos en una misma obra, según hemos comprobado este trimestre en los libros leídos. Así ocurre en Las hijas de Hanna de Marianne Fredriksson, en cuya historia la autora narra el devenir de una saga familiar ‒léase también el de Suecia‒ a través de tres mujeres, en distintos registros. Igualmente Elvira Navarro en La ciudad feliz se acerca a la vida de la inmigración china y a la de la adolescencia desde la visión de un niño venido del país asiático y una niña de barrio medio que contacta con un indigente (con los detalles de bisoñez que muestra en la desmedida utilización del su). Y en la misma línea se sitúa El padre de Blancanieves de Belén Gopegui, que concede un diario al personaje que más se mueve ‒Manuela‒ y empareja al resto en diversas secuencias.
Estábamos, también, con poemas de Stephen Dunn extractados de En otro momento (obra ganadora del Pulitzer en 2001), así Frotar: «Una vez vi a una pintora untar pintura negra / en un mal cielo azul, / después restregarlo hasta que esa mentira suya // desapareció. He visto hombres encerar coches / con tanto empeño que despedían luz. / Cuando era niño llevaba una piedra siempre en mi bolsillo, // pulgar e índice en complicidad / con el agua y el viento, acariciándolo día y noche […] Pero pocas cosas humanas pueden soportar / el ser frotadas demasiado ‒sé esto // y no puedo parar‒. Si la belleza acude / será sobresaltada, escondiendo cicatrices, / hecha de lo que apenas puede perdurar». Introducido con la frase de Jim Opinsky «Cualquier cosa que frotes lo suficiente / se vuelve bella».
Entonces abrió Casilda su bolsa y dijo «os he traído un regalo». Y ahí nos obsequió -abrió nuestra sorpresa, frotó nuestras manos vacías- con la figura alada de claro cerebro dulce corazón golera dorada y delicado frufrú. Agasajo contra la rutina y el desaliento.

Gracias.
[Composición de Luis Jiménez Ridruejo]

lunes, 19 de diciembre de 2016

El peor libro del año (encuesta)

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Leía ayer La Campana de Palo, periódico de Bellas Artes y Polémica, editado en Buenos Aires entre 1925 y 1927. Atractiva publicación, de estilo fresco, que ofrecía algunos textos inéditos, tal ¿En qué consiste la libertad verdadera?, de Tolstoy, en traducción de Alejo Abutcov (conocido compositor y concertista, con su violín de 1650, que logra escapar milagrosamente de las cárceles bolcheviques y se asienta en Argentina, donde pone todo su caudal al servicio de una colonia tolstoiana). Este quincenario, dirigido por Atalaya y Carlos Giambiagi, con textos de Álvaro Yunque y de León Felipe, como conocidos por aquí, publica alguna encuesta que resulta curiosa. No sé si hoy tendrían sentido.
La primera es al finalizar 1926, en que pregunta a una quincena de personalidades de las letras argentinas ¿Cuál es, a su juicio, el peor libro del año? A lo que contesta Alfonsina Storni: «Zogoibi, como toda novela solo para señoritas es francamente incoloro. No concibo de qué manera se han podido acumular tantas idioteces en un solo libro, superiores en cantidad y calidad a a las acumuladas durante cinco años de misticismo por mi querida amiga Raquel Adler». Y Jorge Luis Borges: «¡Amalaya con estas encuestas de Juicio Final! Pero la pregunta es linda y acogedora como sombrilla de alero, y me le voy a atrever. Zogoibi es un libro sobre el cual pesa la fatalidad del sino de su autor, hombre leído que ha escrito páginas llenas de hostiles zonceras, en las que no se encuentra ni un chelín de ingenio. Páginas baldías, huérfanas de la claridad de los patios. Páginas zumbadoras y pesadas como moscardón de campo a mediodía».
Más de una docena nombran a Zogoibi [o el desventurado, de Enrique Larreta, apodo con el que se conoce a Boabdil después de la pérdida de Granada], aunque no falta quien dice «En “prosiverso” los libros de Jorge Luis Borges», caso de Ernesto Mario Barreda.

La Campana de Palo [¿símil de nuestra bitácora?], una vez callado el «bronce armonioso y fúlgido de los remotos tiempos ‒mezcla alquitarada de metales nobles‒, convertida en insonoro y apolillado leño».
[Ilustración de Standstill]

martes, 13 de diciembre de 2016

El padre de Blancanieves (Belén Gopegui y otras fantasías)

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No hace mucho tiempo, en una ciudad mediana del Levante, se me acerca una mujer de aspecto agradable, con algo de misterioso descuido, y me pregunta de manos a boca «¿Has visto a mi esposo?,  hombre, ¿dónde puede estar ahora?». En medio de la sorpresa de la situación, de modo formal, le contesto «Señora, creo que se equivoca. Ni la conozco a usted ni conozco a su esposo». Con gesto enigmático, inclinándose ligeramente hacia mí, dice «Claro que lo conoces. Mi esposo es el zar de Rusia y está aquí de incógnito, esperando su momento. Y también sabrás de la familia imperial. Ella es la que me odia y persigue por ser yo tan hermosa, y quieren…».
En esa misma localidad, hace ya bastantes años ‒las dos únicas veces que he estado allí‒, conocí por breves momentos a una chica hermosa. Era novia de uno de los que trabajábamos en los hoteles en época veraniega. Por cualesquiera fatuidad de juventud, hice de Cyrano en alguna ocasión, pues este chico quería impresionarla con las pretendidas lecturas de las que se pavoneaba ante ella. Su incuria llegaba a que me pasaba las cartas de Isabela ‒que así se llamaba, y no voy a decir dónde vivía‒ para que le diera ideas al contestarla y no se ocupaba de que se las devolviera. Conservo cinco. En una de ellas escribe: «¿Tú sueñas? Yo sueño despierta… ¡Si fuera verdad todo lo que sueño!... Pero, como si fuera; me compenetro tanto con mis sueños que los creo verdad y vivo feliz…». Todavía no sé lo que hacía esta cenicienta con aquel adoquín.
El caso es que me proponía elaborar la entrada sobre el libro El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui (algo premonitorio en algunos aspectos al estar escrito cuando aún no había llegado la crisis), en el que nos plantea la posición que vivimos ante la marcha de la sociedad y si es posible y viable tomar alguna postura de compromiso.
Algo ha hecho que uniera a la mujer del zar a Isabela y a Belén. Tal vez aquellos versos de Eça de Queirós: «Sobre a nudez forte da Verdade / o manto diaphano de Fantasía».

Salud.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Máscaras femeninas (y coro)

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La otra tarde, tomando un café, alguien le preguntó a una amiga viajera viajera de las que estaban allí a qué país, de tantos que ha visitado, volvería. «Sin duda, a Japón», contesto. «¡Anda! ‒dije‒, curiosamente estoy leyendo un libro de esa tierra. Se trata de Máscaras femeninas, de la escritora Fumiko Enchi (1905-1986); tal vez te gustaría leerlo, aunque no sé si te has encontrado en los ambientes que has vivido situaciones y personajes de la novela, pues se presume un mundo profundo entre sus líneas».
El título ‒Onna-men‒ alude a la división en tres capítulos, intitulado cada uno con el nombre de una máscara de madera del teatro Noh: Ryoo no onna, la mujer espíritu o fantasma, demacrada con el paso del tiempo por sus apasionados apegos; Masugami, la joven desquiciada, representada por el cabello enmarañado, símbolo de la mente trastornada; Fukai, mujer de edad mediana, melancólica, desgarrada por la separación del ser querido. En la trama aparecen (algo que me sorprende) los espíritus y sus posesiones de personas. Parece que los hombres son títeres de las firmes voluntades femeninas, aunque estas tienen que sufrir humillaciones debido a la jerarquía social y ello marca su conducta. Narración asombrosa e inquietante. Seducción, infidelidad, lirismo, sutileza…
Estaba comenzando este último párrafo, cuando se me ha aparecido el coro de mujeres del opus 117 de Beethoven, de la ópera Rey Stephen. Me agrada tanto escucharlo que creo que encaja aquí de maravilla (con su regalo final):

Salud.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Béjar (Salamanca). Bibliotecas

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Al escuchar el nombre de Béjar (Salamanca) me viene a los ojos la ladera del Castañar en otoño ‒detrás, la nieve‒. Pasear sus calles y disfrutar de la aparición de esos colores ‒tan cercanos, tan límpidos‒ al asomarse a las callejas transversales resulta embriagador. Quienes se han criado en la influencia de los castaños ya no pueden olvidarlo. Leo Vivencias y experiencias de un bejarano, de Cipriano Blázquez, y Recuerdos de una vida, de Ruperto Fraile, y sus páginas reafirman esta impresión.
Con fama de liberal en el siglo XIX al derrotar a las tropas isabelinas en septiembre de 1868, el Ayuntamiento teje una red de escuelas que bien pueden pasar por modelo en aquellos tiempos. Sin embargo, no faltan dichos como aquel de que Béjar, 40 tabernas y 1 librería. Hoy puede visitarse la biblioteca del Casino Obrero, convertido en ateneo, con inicios en 1882, desde la que se trataba de culturizar al numeroso elemento obrero de la ciudad, pues no en vano era uno de los centros textiles con mayor producción en España (que inicia su declive en favor de Sabadell, Tarrasa o Alcoy, más atentas a las leyes del capitalismo: concentración de capital, comunicaciones, influencias políticas).
Igualmente en un marco especial como es el antiguo convento de San Francisco se halla la biblioteca y archivo municipal, más otras dependencias culturales, en la que consultar los libros arriba señalados o documentos de época, así el censo padrón de habitantes en 1910 (en la que se cuenta con cuatro librerías, que también pueden dispensar zapatos o velas de cera de abeja, las cuales hay en número de 5 en el escudo de la villa).

En la noche, para distraer el día, leo El hijo de Rembrandt, de Robin. Béjar duerme ‒el tren recorriendo sus entrañas‒ en los susurros de sus fuentes, parados el traqueteo de sus máquinas y el repique de sus campanas. En sueños, desde el teatro, planeo sobre la ladera mullida de luz.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Sanar (flores) con versos

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Continúo en la cabeza dándole vueltas a contenidos de La vida secreta de las plantas (2016), así a que no hemos contabilizado las raíces de un árbol o a que un sencillo tallo de centeno dispone de más de 13 millones de raicillas, cuya longitud combinada pasa de 613 kilómentros.
O la vida del químico agrícola y educador Georges Washington Carver (1864-1943), el Negro Leonardo, que se sobreponía a su descendencia de esclavo, y no dudaba en afirmar que las plantas le revelaban secretos ocultos cuando se lo pedía, al tiempo que podía hablar con las hadas (del mismo modo que cualquier mortal que se lo propusiera); su mano con ejemplares enfermos era proverbial; estudió y enseñó (en Tuskegee, donde le llamaban el Mago) con métodos que asombraban al mundo científico, levantándose a las 4 de la madrugada y vagando por los campos –«la Naturaleza es la maestra más excelente, y de ella aprendo lo mejor mientras los demás duermen»–. Entre otros logros, introdujo la variedad de productos que se derivan del cacahuete y de la batata. Presentado ante comisiones ilustres en Washsington, llegaba con su traje de 2 dólares, su flor en el ojal y su corbata casera. Preguntado por qué había despreciado millones de dólares al no patentar sus productos, contestó: «Dios no me cobró nada a mí ni a ustedes por crear los cacahuetes».
Declinó un sueldo astronómico ofrecido por Thomas A. Edison, al igual que el que le ofreciera Henry Ford. En cambio, tenía siempre alguna florecilla en su banco de trabajo, con cuyo contacto, decía, tocaba el infinito, lo invisible, esa suave vocecilla que llama a las hadas. Le gustaban los versos de Tennyson (1809-1892), por su saber instintivo:
Florecilla de la pared hendida,
yo te arranco de la hendidura,
te tengo en mi mano, con raiz y todo,
florecilla…, pero si pudiera entender
lo que eres con raíz y todo, y todo en el todo,
sabría lo que Dios y el hombre.

«Aprendo lo que sé observando y amando todo».

sábado, 19 de noviembre de 2016

Plantas (que sueñan)

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Dice la Camarera, refiriéndose a una cuadrilla algo sospechosa que hay en el paseo, «somos como plantas que se mueven». Y una cliente que lleva unos meses pasando por el local dice: «ya nos gustaría. La especie humana apenas aporta nada a la vida del planeta, sin embargo las plantas son quienes hacen posible la vida en él. La fotosíntesis es la que permite respirar a todo bicho viviente. La humedad del ambiente. Por no mencionar que la mayor parte de los alimentos que tomamos (incluidos los de procedencia animal) provienen de ellas. Además de los beneficios estéticos y espirituales que nos reportan».
Ante ello, la próxima vez que voy a la biblioteca me hago con La vida secreta de las plantas (2016), de Peter Tompkins y Christopher Bird. Cierto que ya Aristóteles dejó dicho que las plantas tienen alma, pero no sensibilidad, lo cual ha quedado obsoleto con estudios posteriores. Linneo (como la Camarera) afirma que son idénticos a los animales y los humanos, excepto en que no tienen movilidad, lo cual ya refuta Darwin, que muestra que incluso las partes más sensibles de las plantas, las raíces y los zarcillos, se mueven con independencia. Goethe y Rudolf Steiner, observadores de ellas, señalan que crecen en direcciones opuestas. Pero es Raoul Francé (1874-1943) quien escandaliza a la filosofía natural de su tiempo al afirmar que se mueven y sienten, llegando a adivinar y buscar la dirección adecuada; no lo notamos porque no nos paramos a observarlo.
Y en esta observación es en la que destaca el indio polímata, físico, botánico Jagadis Chandra Bose (1858-1937), que lanzara ondas electromagnéticas un año antes que Marconi, investigó en fisiología vegetal y construyó instrumentos para estudiarlas. El límite entre lo que solemos tomar como vida animada e inanimada se diluye cuando se presta atención. Las plantas (aun sin sistema nervioso) pueden ser anestesiadas, dormir, despertarse, sufrir los golpes, recuperarse…

Hasta una maceta supone la recuperación del Edén.

domingo, 13 de noviembre de 2016

De películas y arradios

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Escucho las emisiones de Sangre Fucsia en la radioteca de Ágora Sol Radio (nacida en los días pasados de las concentraciones de Sol), que a veces transmiten desde Kasa Pública de Mujeres Eskalera Karakola (ya activa desde 1996). Me gusta no perder comba. En la capital siempre hay más vida, más frescura, sobre todo entre la gente joven, la que aún no tiene compromisos sociales (familia, hipotecas, etc.).
Precisamente ahora que tengo estos días delante el volumen de 1001 películas que hay que ver antes de morir (que ya cuenta con su docenica de años). Lo encontré en el cuarto de debajo de la escalera en la casa del pueblo estos pasados días de cementerio. ¡Cuántas historias se han acumulado para poder ver en una vida breve! Seguramente es uno de esos manuales de degustación cinematográfica en los que la variedad se impone al valor. Curiosamente, no soy persona de cine ‒¿veo un par de películas al año?‒, pero los concisos ensayos que acompañan a la información sobre las películas estimulan la atención llevándola a detalles del argumento, el contexto histórico o cultural más continuas anécdotas sobre cada obra.

No deja de ser una pequeña obra de arte ‒como puede serlo «Agitate in tante pene», de La vergine del sole, de Cimarosa‒ comentar de forma estimulante Viaje a la luna (1902), con la que comienza la relación; o La carreta fantasma (1921), basada ya en una obra literaria de Selma Lagerlöf; o sencillamente en Vivir (Ikura, 1952), en la que la trama del protagonista se confunde con la vida de su intérprete, Takashi Shimura, para decir que el dolor y la felicidad se unen en el parque la vida; o, en fin, Empieza el espectáculo (All that Jazz, 1979), brillante o pretenciosa, según el gusto de cada cual, se mueve entre bastidores y retrata la «excitación obsesiva  y devoradora de quienes se entregan apasionadamente a su trabajo».

lunes, 7 de noviembre de 2016

De personajes bibliotecarios (de Larkin a WikiLeaks)

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Suelo acoger con simpatía los textos de quienes trabajan en las bibliotecas. Es lo que me ocurre con Philip Larkin (1922-1983), poeta inglés que en un principio no es que me tirara demasiado. Pero el hecho de que fuera subdirector en la biblioteca del University College de Leicester, así como en la de Queen’s University de Belfast y, posteriormente, en Hull, me animó a leer con detenimiento sus poemas, algo de lo que me alegro cada vez que vuelvo a ellos. Resulta un observador de gestos cotidianos (Me senté mirándome las botas), desde los que inicia unas reflexiones que hacen de sus versos un proceso, una evidencia de desarrollarse algo que, al final, se transforma en un instante luminoso en el que se aparean experiencia y suceso.
Hombre adusto, enamorado del jazz (al que considera imagen adecuada de la mente), no tiene imágenes amables de la infancia; pasó por ella esquivando la dicha y la desdicha: «No querría que nadie pensara que no sentía aprecio hacia mis padres […] Pero al mismo tiempo eran personas difíciles, y la felicidad no era su fuerte. Y esas cosas se pegan». La edición y traducción que realiza Damià Alou en la reciente Antología poética (2016) dispone de una selección de poemas que no defraudan, como ese Recuerdo, recuerdo que finaliza en «Nada, y todo, ocurre en todas partes».
De otro lado están personajes como Manning, Sweden o Assange, que se encuentran entre los promotores de WikiLeaks, la cual se presenta como un colectivo de historiadores del presente dedicados a la construcción de una gran biblioteca (de la rebelión). La persecución de que son objeto los nombrados no impide que surjan continuamente voces nuevas que alimentan este centro de documentos que denuncian abusos y prácticas del poder. Silvia Arana elabora un artículoenunciando los diez tópicos que la organización ha decidido subrayar de sí misma en los 10 años que lleva de vida.

Según expresa la cita de Carl Sagan con que termina dicho artículo: «...somos la única especie del planeta que ha inventado una memoria comunal que no está almacenada ni en nuestros genes ni en nuestros cerebros. El almacén de esa memoria se llama biblioteca... la salud de nuestra civilización, el nivel de conciencia sobre los cimientos de nuestra cultura y nuestra preocupación por el futuro pueden ser medidos en relación con el apoyo que le brindemos a nuestras bibliotecas».

martes, 1 de noviembre de 2016

Muertes sin ley (hermetismos)

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Hermes Trimegisto elabora las 7 leyes o principios herméticos del universo ‒de afinidad, correspondencia, vibración, polaridad, ritmo, causa y efecto, y género‒ en tiempos del antiguo Egipto. Dice que, observándolas, podemos vivir con calidad, sintiéndonos en nuestro sitio. No sé si estaba en este equilibrio entre polaridades el profesor de filosofía y colaborador de prensa Antonio Aramayona, que a sus 68 años decide morir este verano, quitarse la vida, en un entorno mediático, según él se movía. Deja una carta de despedida (muy difundida) y se ofrece a que un programa de televisión grabe su último mes y medio de existencia. Escribe: «He amado y sigo amando la vida con pasión [...] La muerte no es sino el último latido de la vida, y si la vida ha sido valiosa y buena ha de desembocar igualmente en una muerte digna, apacible y buena».
Por contraste, el mexicano Manuel Acuña (1849-1873) deja no una carta sino un extenso poema antes de que se suicidara a los 24 años a causa del amor (imposible) que profesa a una mujer casada. Nocturno a Rosario (de la Peña y Llerena) es de sobra conocido: «Esa era mi esperanza... / mas ya que a sus fulgores / se opone el hondo abismo / que existe entre los dos, / ¡adiós por la vez última, / amor de mis amores; / la luz de mis tinieblas, / la esencia de mis flores, / mi lira de poeta, /mi juventud, adiós!».
Aquí, en estos días de cementerios, continuaremos necesitando alguna tabla esmeralda para comprender nuestros destinos, para dejar selladas herméticamente, por arte de magia, las cajas de pandora.