miércoles, 25 de junio de 2014

La Recolectora. Lectura sin vacaciones

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Nueve meses de lecturas compartidas. Comentarios cada quince días en la Casa Redonda. Mundo sin principio ni fin. Sin centro ni periferia. Sin espacio ni tiempo. Literatura. Son:
Cualquier tiempo pasado…, de Victoriano Crémer
Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald
Fiesta en el jardín, de Katherine Mansfield
Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra i Fabra
El amor de una mujer generosa, de Alice Munro
La metamorfosis, de Frank Kafka
Botchan, de Nausume Soseki
El intendente Sansho, de Ogai Mori
El país del miedo, de Isaac Rosa
Para una tumba sin nombre, de Juan Carlos Onetti
Sostiene Pereira, de Antonio Tabucci
Contrato con Dios, de Will Eisner
La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero
Las alas de mi padre, de Milena Agus
La abadesa de Castro, de Sthendal
El pentateuco de Isaac, de Ángel Wagenstein

Y las lecturas vinculantes. En torno del hogar cuando el tiempo es frío. Debajo del nogal cuando llega la primavera. Textos de: Janet Frame, Claes Andersson, E. L. Doctorow, J. M. Conget, Juana de Ibarbourou, Juan Gelman, Mo Yan, Levo Ivo, J. M. Coetze, Esperanza Ortega, Eugenio de Andrade…
Y el silencio. Y la música.

viernes, 20 de junio de 2014

Café(s)

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"el hongo la roya amenaza seriamente el modo de vida y la seguridad alimentaria de los que dependen de la industria del café, especialmente los pequeños agricultores”, reconoce la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (usaid).
Tomamos el café del viernes, edulcorado normalmente con el horizonte de libertad de cuando esperan dos días sin la obligación de los horarios laborales (aunque la Camarera tiene mucho que decir ante eso), pero hoy sabe un tanto amargo. La roya del café ‒Hemileia vastratrix‒ continúa destruyendo plantas en los cafetales de América. Tal vez un 30% de la cosecha. Afectando sobre todo a nueve países, en los que muchas familias dependen de este producto. Detectada ya en el siglo XIX, en Sri-Lanka, pasa en el XX a Brasil, Colombia, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras, Jamaica, Nicaragua, Venezuela. Los tratamientos fitosanitarios han tenido controladas las plagas, pero en los últimos años el problema se desboca: por la inmunidad que adquiere el hongo, por el cambio climático (al subir el calor en zonas altas), por la vejez de los cafetales, por dificultades para plantar variedades más resistentes…
Puede ser que unas quinientas mil personas emigren hacia el Norte rico, además de las que se vean sumidas en la necesidad. El hongo debilita a la planta, impide que madure el fruto y lo hace caer. Se propaga a través del viento.

¡Menudas metáforas para esta soleada mañana de viernes!

lunes, 16 de junio de 2014

Arte

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Después de comer un cuenco de orondas cerezas que no saben a nada, ojeo Lápiz.Revista Internacional de Arte, que va por su número 284, en el año treinta y tres de existencia (por supuesto ya disponible para iPad), y me entero de que la galería Knoedler, de Nueva York, pagó en el año 2001 a la marchante de arte Glafira Rosales 950.000 dólares por una obra atribuida a J. Pollock, Sin título, fechada en 1950. Seis años después, en 2007, el coleccionista Pierre Lagrange la compró por 17 millones (también de dólares), pero cuando quiso venderla en 2011, fue rechazada por las casas de subastas al dudar de su autenticidad (con buen ojo, pues los pigmentos resultaron ser posteriores a la muerte de Pollock). El asunto quedó en que la prestigiosa galería (activa desde 1846) cerró tras entenderse con Lagrange, descubriéndose que Glafira les había colado en los últimos años, además, unas sesenta falsificaciones de artistas de renombre universal.
¡Y yo que me quejaba de unas tristes cerezas! Pero el día está siendo provechoso, pues me he enterado igualmente (aunque no en Lápiz) que El Greco no pintaba por ser religioso ni por estar imbuido de la mística castellana ni fruslerías semejantes. Eso nos lo han contado nuestros intelectuales de principios del pasado siglo ‒Ortega, Unamuno o Cossío, e incluso la joven M. Nelken en Glosario y en El Fígaro‒ influenciados por el francés Maurice Barrès (1862-1923). Sencillamente era un pintor como la copa de un pino, que, por si fuera poco, transgredió en las formas y contornos, pero tuvo una feliz relación con los colores y con el mercado del momento. Vamos, que pintaba lo que le encargaban.

Ya que después de ver la muestra El cuerpo que me lleva del brasileño ErnestoNeto ‒que no todo son jugadores de fútbol‒ no me siento muy puesto en captar el diálogo en pie de igualdad entre su arte y el espacio en el que expone, me he provisto del libro de Saehrendt y Kittl, Arte moderno para inexpertos, y he terminado por no hacer sangre de las cerezas, pues ahí se narra una de las acciones de guerrilla cultural de Bill y James, después de que se hicieran millonarios con la banda KLF en los ochenta, en la que quemaron un millón de libras en una isla escocesa, logrando que permaneciera la ardiente pira durante una rica hora (de la que no se sabe qué pensarán ahora que se encuentran en la ruina).
[Slideshow, de Neto. San Juan, de El Greco].

miércoles, 11 de junio de 2014

Cadenas. Cartas desde la Tierra

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Memoria
Escucho siempre
tu eterno silencio
en la montaña.
Otros tiempos, otras horas,
dificultan el recuerdo.
«¡Fíjate, qué significativo, para pedir la independencia forman cadenas (humanas)!», dice Ana, la dueña del kiosko del Paseo, y en escasos minutos se forma un lío de aquí te espero en la Cafetería. En realidad, Ana es la que regentaba el kiosko en los años pasados, pues ahora está jubilada, con lo que puede tomarse el café sentada tranquilamente en el lado corto de la barra, y no llegar y salir corriendo con la taza humeante como hacía antes. A mí me resulta simpática, tiene esa visión de lo que sucede a su alrededor similar al del díscolo ángel twainiano que, desterrado por una temporada en este planeta, describía lo que aquí pasaba en las Cartas desde la Tierra que enviaba a sus celestiales compañeros (si así los podemos llamar, pues la Escolástica no consiguió discernir a qué sexo pertenecen).
La voz de la Camarera, aprovechando los respiros del personal (que le da su experiencia), nos ilustra: «Ya decía el káiser Guillermo, en 1914, que no existen proletarios en Alemania, sino el pueblo alemán. Y les contó que estaban rodeados por todas las partes, por lo que era necesario una actitud defensiva (lo cual corearon muchos intelectuales)». No estaba enterado yo de estos extremos, aunque algo me sonaba de los diálogos de Günther Anders con Hannah Arendt en La batalla de las cerezas el haber leído que varios filósofos tragaron el anzuelo.
Uno de la mesa violeta, próxima al ángulo del mostrador, pregunta a Ana: «¡Oye! ¿Por qué dices que es significativo lo de las cadenas?». Ésta apura el café con cierta pesadumbre al ver que se terminaba y dice: «Porque es un símbolo de la política. Les están señalando que, si la independencia llega, no se va a escapar ni el apuntador. Pero eso gusta al personal. Tienen empeño en que les aten corto. Es erótico». Y dijo esta última frase sonriendo y guiñando el ojo izquierdo mientras se balanceaba ligeramente en la banqueta.

[Los versos son de Salvador Espriu en Las horas. Ilustración de Kienerk, arte Liberty].

viernes, 6 de junio de 2014

Shubuti. Gozos y sufrimiento

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Cuando alguien pese mi alma en una balanza, me gustaría que encontrara solo el rastro de esa voluntad [de búsqueda]; una obsesión sin medida por desnudar algo en el corazón sombrío, atareado, perdido; por despertar al hombre único que se afana en el tiempo, que teje su tela de araña en el tiempo para cazar solo el espanto y el olvido. Recogía intuiciones por las calles ruidosas, en los rincones del templo y a la orilla del mar. Buscaba siempre, enamorado de una esperanza apenas presentida.
Shubuti es personaje de ficción real. En un monasterio birmano queda, algo mermado, el manuscrito en el que da cuenta de su vida desde que entra de niño en el recinto de piedra y tiene por maestro al Despierto hasta que sale, en la juventud, a vivir sus años de madurez en una localidad marítima, tomando un cuarto en el barrio de pescadores, acudiendo al mercado en el que trabaja de escribiente, accediendo a los goces de la amistad y de la sensualidad. Ya apagándose el deseo, retorna al lugar de la niñez y encara los afanes de los días como un juego, pues sabe que no existe lo que vemos aunque ello tiene necesidad de comenzar y terminar todos los días. En los campos de alrededor ve cómo las gentes trabajadoras tienen que soportar las exigencias abusivas de los tiranos de turno, provocando a veces revueltas, ante las que exclama:
 Cómo oponernos a la injusticia, a la ignominia de la miseria coexistiendo con el derroche. Los viejos códices nos enseñan que la historia se repite, volteando como una rueda siniestra. Los revolucionarios de hoy acaban siendo déspotas mañana, pero la rebeldía es un camino inevitable. / En el monasterio sabemos que el error fatal está en el corazón del hombre. Ahí se le debe buscar y combatir. Sin embargo, para derrocar la tiranía, la recta razón dice que las armas pueden ser necesarias también. / Y hoy hubiera deseado un cuerpo joven para lanzarlo a la batalla por un mundo con menos sufrimiento.
[Shubuti, traducción y edición de JesúsAller, Libros del Peixe, 2014. Uno de esos libros breves para días y días].

lunes, 2 de junio de 2014

Feria del Libro

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«Escribo en dos espacios –nos dice–. El primero es gozoso. Busco y reúno material que pueda servir para la historia que quiero elaborar. Es como sumergirte en la costa, en el agua turquesa atravesada por la luz, donde vas pasando junto a las rocas pobladas de coloridas algas, donde aparece una bandada de pececillos esquivos, donde te encuentras con los ojos de algo desconocido. Te dejas llevar por las invisibles corrientes que salen de lo profundo y, al tiempo, crees descubrir su sistema: su origen y su destino. Y llega el momento en que sientes que se va terminando el aire, que tienes que ascender para respirar, que tienes que ir enlazando todas esas imágenes, sucesos y sensaciones que suceden allí abajo para ti.
»Entonces entro en el segundo espacio. Este es doloroso. Solo con pensar en el volumen amontonado que espera ser puesto en orden, me nacen de diversas partes del cuerpo unas punzadas que me hacen inclinar hacia un lado y otro. Postergo el sentarme. Enciendo el portátil. Miro la hora. Lleno la lavadora como sea y la enciendo. Hasta que la Inconsciencia me sienta, me pone las manos en el teclado y van apareciendo en la pantalla palabras sin un destino específico, pero que sé que irán uniéndose hasta crear ese texto que busca terminar en unas hojas de papel.
»Después, un constante cambiar del gozo al dolor. Oasis en medio de ese trajín tan complicado que a veces resulta la vida. En ocasiones, descubrimiento de la pieza que encaja en el hueco que hace días quedó formado, y trae la explicación de lo que se creía inexplicable. Pocos momentos en la vida como estos de la iluminación; tal vez algunos del amor o de la revolución. Efímeros, pero… Encender el pabilo con mano temblorosa y dejar la palmatoria sobre la pila de documentos».

La Camarera y yo escuchamos absortas la inesperada explicación de quien la hace en la terraza, bajo los plátanos de primavera, ante las casetas de la Feria del Libro.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Tiempo para la virtud o el mérito

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Porque, ¿dónde habrá, aquí en este mundo, una materia de especulación más hermosa, una más agradable visión contemplativa, que la de una acción bella, proporcionada y apropiada? ¿Hay acaso alguna cosa que alegre más sólida y definitivamente nuestra conciencia y nuestra memoria?
Es Shaftesbury (1671-1712) una mente precoz. Al igual que lo había sido Étienne de La Boétie (1530-1563). Pronto comprende cómo está formándose la sociedad. A los 24 años manifiesta que hace ya alguno tiene redactado lo esencial de su obra Investigación sobre la virtud o el mérito, en el que señala que se avecina un vuelco de los tiempos, una coyuntura en la que el absolutismo quedará vencido, dando paso a una sociedad más comunera. Ciertamente, que se producen cambios desde entonces en Europa. El feudalismo y el totalitarismo ceden, pero a costa de instalarse el principio de la desconfianza y el de la reserva. El puritanismo deja una profunda huella.
El niño Anthony Ashley se educa desde los tres años con el filósofo Locke, que tiene buen cuidado en buscarle una nurse que le habla en griego y latín, por lo que, a los once años, se desenvuelve con soltura en los idiomas clásicos. Su abuelo es campeón de los Comunes ingleses, que protagonizan la segunda revolución inglesa en 1688, dando paso a las libertades (religiosa, de reunión, jurídicas, etc.), en la que el nuevo rey le ofrece a Shaftesbury un puesto en el Parlamento, al que el joven de dieciocho años declina, pues quiere entregarse al estudio (lo que lleva a cabo durante cinco años). Ya en el Parlamento, en 1695, vota según la idoneidad de las proposiciones y no según la disciplina de partido, pues está en política «por su amor a la justicia, a la fe, a la honradez, a la promoción de lo público».
Leer (o releer) sus 315 párrafos lleva su tiempo. Tal vez el que ya no tenemos. Para concluir que «así, pues, la sabiduría de lo que rige y es primero y principal en la Naturaleza, hizo que el trabajar por el bien general esté de acuerdo con el interés privado y el bien de cada uno».

viernes, 23 de mayo de 2014

Los puentes de Sthendal

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"Fuera de aquí, yo gobierno y ‒lo confieso para mi vergüenza‒ encuentro algún placer al hacerlo; a vos me someto como un esclavo, pero con un placer que sobrepasa con mucho al de gobernar fuera de aquí. Estoy bajo la influencia de un ser superior; aunque lo intentara, no podría obedecer a otra voluntad que a la suya, y preferiría verme durante toda la eternidad como el último de sus esclavos a ser rey lejos de sus ojos" [Le dice el joven obispo de Castro, Cittadini, a la apuesta abadesa de la Visitación, Elena, en la obra de Sthendal, La abadesa de Castro].
El blanco continúa en el verde. Los pan y quesitos de las acacias llenan el vuelo de los paseos, en los que el viento de estos días cubre el suelo con sus pequeños pétalos, aumentando la alfombra con los milanos de los chopos, renaciendo en cada claro de lluvia. Aun cuando los castaños y los espinos van apocándose, comienzan a salir las flores del saúco. Fácilmente, las preocupaciones dan respiros en los que contraer el síndrome de Sthendal.
La obra de Sthendal (1783-1842) puede hacernos transitar hacia la realidad, pues ya definió su literatura como espejo de la misma. Realidad a la que acudimos sin prejuicios, dejando que sus personajes nazcan, se desarrollen y mueran porque sí, porque el tiempo les lleva a ello. El autor, además, se permite entrar en estas historias para ahorrarnos cientos de aburridas páginas, pues la vida es elipsis, movimientos inesperados, uniones que no se encuentran, mujeres que se disfrazan de monjes, ramo de flores con sangre, madre que miente por el gobierno de la hija, bandidos admirados… Y Elena, Elena, Elena que abraza a Julio.

Detrás del cristal que para el viento de esta tarde, escucho las notas de Adams, otro puente hacia el amor de los cuentos.

lunes, 19 de mayo de 2014

Musas en el viento (con alergias)

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Canta, oh Musa, la cólera aciaga de Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.
Cada vez tengo un mayor convencimiento de que las alergias ‒tan usuales en estos modernos tiempos‒ están provocadas por las musas. Vamos, no es que nos deseen molestia alguna, sino que reaccionan ante el descuido en el que las tenemos. Como su aliado, utilizan el viento, que ha sido siempre su camino ‒pneuma‒ preferido para llegar a la mente humana. Solo hay que estar observando tranquilamente una arboleda en estos días primaverales para ver sus ramas entrecruzarse y comprobar los milanos y flores de castaño que desprenden directas hacia el suelo, hacia nuestro territorio, en diagonales racheadas.
El Canto (o la Voz), la Meditación y la Memoria fueron las tres primeras musas en llegar a este efímero mundo. No se llevaban demasiado bien con las sirenas, así que pronto partieron peras y se instalaron en los montes, bañándose en fuentes y arroyos. Desde entonces han procurado susurrarnos al oído el modo en que nuestro discurso adquiera una elegancia que lo haga presentable en cualquier foro. Pero, qué se yo, según me han dicho, no se sienten atendidas últimamente y, de ahí…, las alergias.
De ahí ‒para aplacar su irritación en lo posible‒ que llegue a las librerías la traducción (ya del 2013, por Herder) de Ilíada y Odisea, el manga, ideado y publicado en Japón por vez primera. Al parecer, les ha gustado el detalle. Recordar Reflexionar Hablar.

jueves, 15 de mayo de 2014

¿Madurar? (Paredes de Salamanca)

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Tomaba el café mañanero el pasado sábado divagando por entre los artículos contra la censura y el incorrecto uso del lenguaje de Larra (1809-1837), allá en Calle del Rector Tovar de Salamanca, delante de uno de los grandes ventanales de que dispone la cafetería de nuestro Fígaro cavilando si ‒en su honor‒ tomaría también unos churros lo que descarté al no haber pedido chocolate, cuando me llamó la atención una pintada que había en el edificio de enfrente (que comparte calle con el colegio Francisco de Vitoria), en la que simplemente se leía ¿madurar?, escrito a tiza o yesón.
Se disiparon mis deseos de acompañar el brebaje y me fijé detenidamente en el mensaje (pues así me pareció aquello), adornado con una serie de elementos: un corazón, una nube, una flor, un sol. Y debajo Lucy y. Mucha atención. Alguien hablaba públicamente a otra persona y deseaba dejar constancia ante el resto de ello. Podría haber vuelto la vista unos años atrás y “deducir” que… Pero preferí contemplarlo ‒suele obtenerse más de la contemplación que de la búsqueda o la persecución‒ como a este nuevo día. Tal vez sea de alguien que termine en la política o en la revolución. Tal vez sea la primera voz propia de una larga existencia reflexiva activa. ¿Qué te parece?
Esta otra sí que la entendí. La (madura) pareja que caminaba delante de mí traducía con mucha seguridad: «Aquí fue el señor mmmm Antonio Nebrisense muy importante que velaba para las barbaridades; bueno, más o menos».
En Calle Libreros, algo más adelante que este Vitor dedicado a Nebrija, batallador contra la ignorancia, se encuentra un tercer mensaje en lo que es un local que no acaba de cuajar como bar:

Riqueza de las paredes.

viernes, 9 de mayo de 2014

Alas de literatura

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«Pues a mí eso no me parece literatura», dice Laura, que se ha sentado conmigo en la cafetería esta mañana. «¿Qué quieres que te diga?», interviene la Camarera, «no hay reglas para dictaminar si algo es literatura o no lo es». «Ya, pero, fíjate, en las treinta páginas que llevo leídas aparece trece veces la palabra magia, lo cual no me resulta muy elegante en la narración de un texto. Creo que magia es de esos vocablos de los que no hay que abusar; se ha convertido en un término comodín; cuando escuchas programas de televisión o radio para niños o en los cuentacuentos, todo es mágico. De tanto utilizarla, pierde sentido y valor». «¡Mujer!», vuelve la Camarera, «hay que tener en cuenta que es una historia en la que se da por sentado que quien narra es una preadolescente, y tiene que darle un aire”. “¡Ya, preadolescente!”, salta Laura, «y habla de Leibniz o de Walter Benjamin como si desayunara con ellos todos los días. O cuando cita frases de su abuelo; ¡mira esta de la página 40!: “Dice que son heroicos oponiéndose a su modelo familiar y encarnan la diversidad necesaria para que el mundo mantenga el equilibrio”. Ni yo misma me suelto con semejante discurso. ¡Para que luego digan que la gente joven adolece de comprensión lectora!».
La verdad que a mi el libro no me disgusta (ni la compañía de la que disfruto ahora, lo que creo que adivinan aunque no diga nada). Está lleno de imaginaciones y, si te abres, sientes que te recorre una corriente marina que deposita caracolas sobre la piel, una brisa azul que sosiega. A todo esto, se trata de Las alas de mi padre, de Milena Agus. Lo demás, eso de si sus páginas son literatura o no lo son, no me interesa demasiado en esta época en que me asomo a la ventana por las mañanas y en los atardeceres para escuchar a las golondrinas.
Son las preguntas de nunca acabar. ¿Qué es literatura de calidad? ¿Qué hace que un libro tenga éxito? ¿Es necesario el reconocimiento?

lunes, 5 de mayo de 2014

Cuerpos (flagelados)

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Mi cuerpo desnudo está aquí
y no en otra parte.
Pasa y verás lo que hay
tras el esmalte de dientes.
Pasa y verás.
    (Miriam Reyes, Bella durmiente, 2004)
Apoyada en la amplia balda que tiene el bar a lo largo de la pared que da a la calle, enfrente de uno de sus ventanales, se ve una pareja de mediana edad sentada en taburetes altos de mostrador. Enseguida les traen una caña (para él) y un vino tinto (para ella), y, a los pocos minutos, un par de platos con comida; en uno, unas tapas de bacalao, gulas y berenjena, más un cuenco de patatas bravas; en otro, unas rebanadas de pan de hogaza con tomate y jamón. Apenas se dirigen la palabra. Comen y beben en aparente tranquilidad, que pasaría por tal si no fuera por los movimientos nerviosos de los dedos al llevarse la comida y la bebida a la boca, y la rapidez con que lo hacen; apenas terminan de engullir algo, cuando él coge el cuchillo y corta de aquí o de allá dos nuevos (futuros) bocados.
Sin que sepa por qué, no puedo dejar de pensar en las flagelaciones  que se infringe la gente penitente, especialmente visibles en los cuadros (o películas) de la Edad Media. Seguramente no tiene nada que ver una escena con la otra, según me dicen mis acompañantes (a quienes cuento mi ocurrencia), pero… esto de la sociedad de consumo.
Escribe Estíbaliz Espinoza (en Número e, 2004):
… y de tal forma los acantilados de esta tierra nos
            predisponen al abismo.
A nosotros, los cyborgs  con un pequeño corazón
            y un hígado pequeño.
Nos reproducimos constantes en ese frío.
Pero fuimos como animales muy calientes, muy
            calientes.
Alguna vez…

[Entre tanto libro, se puede leer El poder del cuerpo. Antología de poesía femenina contemporánea, número 53 de la Biblioteca de Escritoras de Castalia].

miércoles, 30 de abril de 2014

Afirmaciones. Descubrimientos. Consejos

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Antesdeayer hablaba con la Camarera de las afirmaciones que se hacen en muchos libros como si fueran un sesudo descubrimiento que realizan autoras o autores después de profundas observaciones. Le digo que, por lo general, no me gustan, pues me resultan lugares comunes sin que aporten nada a las historias que se narran. Ella me dice que soy un escéptico que no me involucro en los personajes que aparecen en esos textos. «Por ejemplo ‒abro una página señalada del libro que estoy leyendo, cuyo título no voy a mencionar, pues no me gusta‒, mira lo que pone aquí: “Voy a hablar sobre los raros, porque he descubierto a lo largo de la vida que la normalidad no existe y que, en cierto modo, todo el mundo lo somos”. ¡¿Vaya obviedad, no?!». «Bueno ‒me contesta‒, tal vez lo sea para ti, pero hay épocas en la vida que puede que agradezcas el que te digan cosas así».
Continuo en mis trece y le digo que todavía me sientan peor los consejos, entre los que no hace mucho que leí (y, por ello, lo recuerdo) el de Jonathan Franzen, cuando en Más afuera dice: «Pasar por la vida indoloramente es no haber vivido». ¿Qué quiere decir con ello? ¿Justificar el dolor que hay en su vida como si al haber pagado su entrada ya puede enseñar el billete de estar vivo a quienes le rodean para que pueda recibir su reconocimiento? «Creo que estas frases podrían desterrarse de los libros. Que no estaría de más que las máquinas impresoras dispusieran de sentido común y preguntaran si procedía plasmarlas en blanco y negro antes de hacerlo».
«En fin ‒me dice la Camarera antes de traerme el presente de un trozo de bizcocho de naranja‒, ya veo que hoy vienes algo torcido. ¿Qué te parece esto?».
Fog (“Chicago poems”, 1916)

Llega la niebla
con sus mullidas almohadillas de gata.
Se sienta a mirar
la ciudad y el puerto
sobre sus ancas calladas
y luego sigue su camino. 

     (Carl Sandburg, 1878-1967, versión de Miguel Martínez-Lage)

viernes, 25 de abril de 2014

Margaritas, violetas... en el dolor

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Marie Curie (1867-1934) comienza un diario, después de la reciente muerte de su esposo Pierre Curie (1859-19 de abril de 1906), el treinta de abril. Habían estado unos días en Saint-Rémy-lès-Chevreuse, a donde solían ir a descansar, con sus hijas: Irene, de ocho años, y Ève, de catorce meses. Allí la primavera estaba por los prados en los que se tumbaban, riendo las gracias de la pequeña y pendientes de las correrías en bicicleta de la mayor. Se sorprendían de que las aulagas ya estaban florecidas y de que en algún recodo, junto a las charcas, encontraban vincapervincas y violetas.
Camino hacia el trabajo cruzando el silvestre parque de El Parral, una vez que pasado junto a las violetas vincapervincas de La Isla. Voy leyendo las palabras que brotaron de Marie al escribir la presencia de la muerte del ser que más amaba en el mundo, todavía sin creer demasiado en lo que había visto y en la ausencia que la acompañaba. La hierba ha crecido con las últimas lluvias, las margaritas forman alfombras que se me antojan tupidas, pues, al leer, no llevo puestas las gafas. El sol, entre las nubes blancas de este mediodía, ilumina el amarillo del diente de león y de los botones dorados que destacan en estatura del resto de flores en el prado. Desaparece el sendero ante mis pies, que zigzaguean ignorantes de los horarios. Como me ocurre en estas ocasiones, aparezco tarde en el trabajo por lo que me toca salir ya de noche.
Sabemos que Marie y Pierre Curie reciben un Nobel de Física y que Marie repite con otro de Química, el mismo galardón que también alcanzaría la hija de ambos, Irene, y que Ève escribe la conocida biografía Madame Curie (1938). «Me lo trajeron por la tarde. Primero, en el coche, te besé la cara, que apenas había cambiado. Luego te llevamos a la habitación de abajo y te colocamos sobre la cama. Y te volví a besar…».

lunes, 21 de abril de 2014

Bailar. Danzas

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«Vas. Bailas y conectas. Un círculo del que formas parte. Un círculo creado en torno tuyo. Extiendes las manos y se unen a otras manos extendidas.  Se balancea el cuerpo. Los ojos dejan de identificar objetos. La mente pierde recorrido en la sociedad de cada día. Aparece la música allá a lo lejos acercándose por momentos hacia ti, y aquí se queda. Paso paso paso cruza el izquierdo empareja el derecho tacón izquierdo hacia delante cae la espalda en su movimiento natural vuelven a su sitio tacón derecho delante de nuevo la espalda inclinada ligeramente… Los sonidos llegan a ese lugar en que tienes el ritmo. Las manos en contacto se alzan a la altura de los hombros y descienden atraidas por la luz de los pies. Apenas necesitas escuchar las indicaciones. Solamente dejar el cuerpo abierto al continuo movimiento.
»Gritas y contactas. Los sonidos brotan de la garganta hacia el centro del círculo a donde las otras miradas confluyen sorprendentes tranquilas sonrientes. Este los atiende. Se unen con los del resto de gente que lo rodea. Y en su vórtice diluyen la espesura del clamor.
»No sé muy bien qué sucede allí. Paso paso paso se balancea el cuerpo. ¿Solo el cuerpo? El invernal frío de los espacios deshabitados resiste la soleada primavera hasta que la lluvia riega las plantas florecidas tempranamente. En la mesa se conjugan gestos y palabras.
Vuelves y los problemas continúan aquí. O, tal vez, no. Quizá están ahí».
[Puede verse el programa del XII festival Danzassin Fronteras. O actividades como las que realiza El Tilo, en Ribota de Ordunte (Burgos), así danzas rumanas con Daniel Sandu y Noemi Bassani. La ilustración primera es de Matija Jama, El círculo de la danza].

martes, 15 de abril de 2014

Silencio

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«”Tendríamos que aprender a convivir así. Ya somos adultas las tres”, dice ella. “Es cierto ‒contesto‒, solo tenemos que atender nuestros íntimos deseos”. Quedamos en silencio, envueltas en la certeza de estar vivas. Miramos por la ventana, las frentes apoyadas en los visillos transparentes, hombro con hombro con hombro, dejando que los ojos ojos ojos caminen hasta los blancos manzanos de la ladera del sur, atravesando el moderno bulevar que ha construido la gente de esmoquin retirando las vías de tren. (Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido, escribe René Char en Furor y magia).
»Ella yo y ella convivimos. Resulta bastante más fácil de lo que hubiéramos pensado. Flores hojas y frutos. La anciana de la frente arrugada nos narra historia. La mirada fija en una una y una. Nos separan sus palabras. Ella aparece en el desierto, los labios y la piel resecos, da tumbos por las dunas gritando demenciada por el abrasador sol. Yo caigo en furioso río, jugueteada por torbellinos que en la bajada rozan las rocas de la orilla rasgando mi piel. Ella tiene en la boca sabor de fresas. Nos consuela. Le da agua a pequeños sorbos. Apoca mis lancinantes llagas. La anciana grita, pero caminamos sin preocuparnos de sus oraciones, cada vez más alejadas».
Solo tocar la arcilla
Hoy, que poseo el barro y el aliento,
puedo hacerte surgir
de cualquier pentagrama lluvioso,
de cualquier escondido rincón
            donde sueñen las sombras y las arpas giman.
Puedo hacerte emerger,
revestida de espuma,
de un mar enigmático y secreto.

Solo será preciso
acariciar la arcilla,
trazar un simple garabato
            sobre el agua o el suelo
y esperar que el aire pueble las troneras vacías.

[El poema es de Pascual Izquierdo en Alba y ocaso de la luz y los pétalos (2013). Los cuadros: Tres mujeres, de Leger, y The Misses Wickers, de Sargent Singer].

miércoles, 9 de abril de 2014

Golondrinas

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Hace unos días que me asomo al balcón, oteando hacia el sur, por ver si aparece alguna golondrina. No recuerdo bien cuándo llegan otros años, pero es que las estoy echando de menos ya. Será que mi cuerpo las presiente. En realidad (si dejo a un lado las rosas), los gladiolos y las golondrinas son dos de las compañías que más me agradan. Realizan un viaje de treinta días a través de África, cruzan desiertos y cada vez encuentran un ambiente más hostil. Parece que cada año se merma su población en España alrededor de un millón.

La bella golondrina y el viento (Badajoz, 2009), es un breve texto de María José Fernández Sánchez, ilustrado por Juan Manuel Calderón, que podemos llevar (sin necesidad de abrirlo) en el asiento libre del coche, cuando vamos en busca del pájaro azul. O El canto triste de la golondrina (2001), de María Trinidad Crespo. A las que podemos sumar otras muchas golondrinas impresas de este nuestro siglo veintiuno: La golondrina peregrina, Corazón de golondrina, La golondrina roja, Los dos amigos de la golondrina, La golondrina valiente, La golondrina y el colibrí, La golondrina viajera, Liberación de una golondrina, Mariana o La golondrina hija de la libertad, Paulina y la golondrina azul, Sofía la golondrina, La torre de la golondrina, Trayectoria de una golondrina, etc.

El cuento La golondrina enamorada. La novela del maquis La golondrina. Construir El palacio de las golondrinas. Observar Las golondrinas de Kabul. Sin privarnos de los poemas de La risa de la golondrina me despierta, de Dobrina Nikolova. Casi todas ideadas por mujeres.

viernes, 4 de abril de 2014

Arte, camelias, guerras y el camino

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Puede verse estos días en Burgos la delicada exposición El pincel y laespada, referida a Japón, más en concreto a la época Edo (1615-1868), la del proverbial aislamiento del país, en el que una rígida estructura social, con el emperador en la cúspide, era mantenida por gobernadores y samuráis, los cuales se divertían en barrios especiales de las grandes ciudades, donde florecía el arte flotante (Compórtate como la calabaza en el río). Con algunas piezas del período Meiji (1868-1912), ya con intercambio occidental.
La Naturaleza como espectáculo. Las camelias que retornan a nuestro barrio en esos todavía diminutos arbolillos que plantaron hace unos años. Cuenta el afamado narrador japonés Natsume Soseki (1867-1916) que, cuando estuvo estudiando en Londres (donde malvivió), en una ocasión invitó a unos jóvenes londinenses a contemplar  la nieve cayendo y se mofaron de él.
Y, luego, la guerra. Cuántas obras literarias del momento dan fe de la alegría desbordante que se apodera de la juventud cuando se declaran la guerra unos países a otros. Stefan Zweig (1881-1942), testigo de lo que sucede en Salzburgo, lo hace en El mundo de ayer, al anunciarse la entrada de Austria en la primera guerra mundial. Y otro de los que era casi un niño, Ernest Glaesser, confirma el hecho en Los que teníamos doce años (traducido en 1930 en España, época muy antiguerrera en nuestro país). Hoy lo podemos leer en uno de los libros editados al calor (o el frío) de aquel acontecimiento, 14, de Jean Echenoz.
A cada cual, nos queda ese dilema que plantean los versos de Robert Frost (1874-1936) en «El camino no tomado (o no elegido)»: Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo, / Y apenado por no poder tomar los dos /  Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie / Mirando uno de ellos tan lejos como pude, / Hasta donde se perdía en la espesura; […]Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, / Yo tomé el menos transitado, / Y eso hizo toda la diferencia.

lunes, 31 de marzo de 2014

Amor... y algo más

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El pasado jueves me decía la Camarera que había leído unos comentarios de Alessandro Baricco sobre su novela talismán, Seda (1996), en los que decía que si solo fuera una novela de amor no habría merecido la pena escribirla. Y, después ‒mientras me dejaba una teja extra en el platillo, con ese gesto de que sabe que me gustan a rabiar‒, casi me recitó completo un poema que había leído en enero en un sitio web donde colocan uno cada mes, llamado Poesía a pie de calle.
«A ese poeta lo conozco bien», le dije. Roque Dalton (1935-1975) nace y muere en San Salvador, si bien estudió en Santiago de Chile y viajó por Rusia y Polonia. «Y sí, en muchas ocasiones tiene ese algo más»:
Como tú
Yo, como tú,
amo el amor, la vida, el dulce encanto
de las cosas, el paisaje
celeste de los días de enero.
También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.
Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan, de todos.
Y que mis venas no terminan en mí
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.
Poesía a pie de calle es una colección de poesía mural, iniciada en junio de 2013, promovida por Asociación Cultural La Zagüía, en la que participan diversos colectivos: La Palabra Itinerante, La Casa con Libros, etc.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Libros (¿perniciosos?)

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Si habitamos en el número 55 de la Avenida Dropsie, en pleno Bronx, en uno de cuyos extremos podemos tomar el metro alto en la estación volada que allí se levantó (sobornando el constructor del barrio al ingeniero jefe), es que andamos por un espacio literario privilegiado, estamos en las páginas de Contrato con Dios (1978), novela gráfica esencial en la literatura de este género, debida a la pluma y el lápiz de Will. E. Eisner (1917-2005). «Relatos costumbristas, rebosantes de ternura debido a la condición humana» de quienes viven aquí. Solo podríamos añadirle alguno de los personajes que pululan por las páginas de la obra de E. L. Doctorow, tal los vendedores de periódicos ‒canillitas‒ de principios del siglo XX y tenemos en las manos, entre los dedos, ese mundo de papel.
Pero, cuántas veces discutiremos todavía sobre este regalo del destino. ¿Perecerá en su forma clásica? ¿Serán digitales dentro de veinte años? No lo sabemos. Lo que sí me gustaría ahora es reflexionar sobre lo que escribía Ramón Pérez de Ayala (1880-1962) acerca de la lectura temprana: «Sí, Urbano mío; los libros son mi vida, mi mundo, mi naturaleza, y no podría vivir sin ellos. No hagas caso si los abomino. Pero, ¡por Dios!, no leas libros. Quiero decir, no leas libros todavía. Léelos luego, todos los que puedas, a tu tiempo; que colaboren en tus reflexiones sobre tu vida pasada, pero que no se antepongan a tus experiencias provocándote la embriaguez de una vida imaginaria que te dejará inútil para la vida verdadera.

»Los libros son como las fuerzas elementales, como el agua, el fuego, el aire, la tierra, el amor; mortales si te dominan y envuelven, el mejor don de los cielos si los señoreas y limitas en el cauce, en el hogar, en la vela, bajo los pies, en el pecho. ¡Abrázate recio con la vida y con el amor! Oye mis palabras como el grito de angustia de un hombre que quiere salvarse. Tu tabla salvadora la tienes cerca. ¡Abrázate con la vida y con el amor!».
Tal vez el contrato realizado en las lecturas de la niñez..., no se cumple.