jueves, 1 de enero de 2015
¿Por qué escribe usted?
Desde hace unos tres años la Camarera realiza una curiosa actividad, cuyo resultado anota cuidadosamente en un cuaderno: pregunta a la gente que escribe ficción (y que visita el local) «¿Por qué escribe usted?». A primera vista, pareciera empeño inútil (o bastante limitado) al tratarse de una ciudad provinciana. Pero no deja de sorprender la cantidad de respuestas que lleva acumuladas. Gente periodista que se ha dado a la escritura; dos o tres vacas sagradas que se acercan en la semana de la Feria del Libro (celebrada con anterioridad a la de la gran urbe); personas nacidas en la región que giran en las promociones culturales de los entes políticos o económicos territoriales; literatos de la ciudad. En fin, un goteo ante el que ella se las arregla para sacar la conversación con alguno de sus tantos encantos hasta que considera apropiado el momento de deslizarles la susodicha pregunta. No en vano están en una cafetería del centro, con sabor.
Hay de todo en las respuestas de quienes escriben, desde el simple entretenimiento a la necesidad imperiosa de expulsar los demonios que le corroen las entrañas; desde el placer de expresar belleza a la urgencia de transformar la sociedad; desde intentar conocerse a sí misma a tratar de entender a los demás. Yo le digo que, en fin, a mí me parece que lo que más busca la gente es que le quieran y eso es lo que hace que urdan negro sobre blanco. Ayer le hablé de que alguna de las firmas que tiene en su bitácora han dado respuestas distintas según dónde, cuándo y quién les pregunta, y le menciono a Enrique Vila-Matas (al que no tiene encuadernado y se moriría por incluirlo) que se jacta de haber respondido unas veinte maneras distintas a ello. Lo dice en el prólogo a la nueva edición (2005) de La asesina ilustrada, esa casi primeriza novela suya a la que no le vendría mál una corrección (superficial) de estilo, en la que ya pueden verse trazas del enorme escritor que es. Y, sin duda, como también se apunta aquí, lo que hace quien escribe es imitar, es decir, reproducir una actitud ya ocurrida, por lo que habría que abordar a quien primero lo hizo para obtener respuesta satisfactoria a esto.
A mí, por supuesto, no me plantea la cuestión, pues la Camarera entiende que estas (llanas) anotaciones son intrascendentes, impropias de recibir cualquier calificativo coturno.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Alegría de estar viva
Dice así el papel doblado que
hay en la silla: «Agradezco a mis enemigos la energía que descubro en mí. Nunca
hubiera deseado tenerlos. Prefiero que la gente me quiera. Pero, de no contar
con la enemistad de algunas personas, con el diamante hiriente que rayan sobre
mi piel, ahora sería una piedra de cal común que descansa al sol en el lecho de
un antiguo arroyo. Sin embargo, después del dolor de las palabras lacerantes (y
aun vejatorias), la geoda se ha abierto y he descubierto las amatistas,
calcedonias, ágatas y calcitas que conviven en mi interior; los cuarzos diseminan
turquesa y añil por la superficie; las iridiscencias blancas me llenan de
atractivo; el negro me anuncia fuerzas y reinos ocultos. Pocas sensaciones
tengo por más placenteras que el perdón que extiendo sobre ellos».
Me levanto de la mesa donde he
estado en la cafetería, pues la barra estaba ocupada cuando he llegado, y le
pregunto a la Camarera si recuerda quién ha habido en aquel lugar. Me dice que
una mujer morena, de mediana edad, y que le ha sorprendido la viveza de su
rostro al acercarse a pagar. No le doy más explicaciones, pues esta mañana está
muy animado el local. «Ya te comento en otro momento».
Salgo al vientecillo fresco de
esta mañana de escarcha en la que el agua de la fuente del paseo se ha helado.
Es el solsticio de invierno.
lunes, 22 de diciembre de 2014
Lo bello, lo sucio... y lo real
Dice Baroja (Pío) que Francisco
Sancha (1874-1936) dibuja con gran semejanza a lo que es su literatura: un
espacio en el que se produce la confluencia entre lo bello y lo sucio. Algo
necesario ‒pensamos‒ para construirnos en esa tercera dimensión que es la
realidad, lo que cada cual es, pues no nos extinguimos en el choque (más o
menos afortunado) de los contrarios. Somos llama. Y es aquí donde el arte halla
una de tantas utilidades; rehaciéndose, nos construimos en él. Pero no disponemos
de demasiado tiempo para emplear en nuestro conocimiento, ni existen relajados
foros públicos en donde cultivarse. Solo el afán propio y una dosis de ingenio suficiente
nos permiten escapar a la vulgar chanza de la información.
Entretengo varios momentos de
estos días en la lectura de Las chicas de
campo, de Edna O’Brien. Tal vez necesiten sus personajes algo de la
profundidad psicológica de la Lispector, pero no puede dudarse de la maestría narrativa
de la autora irlandesa; tan certera en las descripciones de corta pincelada;
tan cercana en sus personajes, que nos hace sufrir en no pocos pasajes con la
actuación de Caithleen, la adolescente que pasa a la juventud, apartándose sin
querer (y sin remedio) de las relaciones que la sustentaban. De tal modo que,
con sorpresa, nos sentimos letraheridos.
Pintura y literatura en el
empeño de acompañarnos, de conocernos, lejos
de aquellos tópicos de que el arte sirve para transmitir valores (democráticos).
[Por cierto, ahora está visible en el Museo del ABC una muestra de Sancha, casado que
estuvo con una brillante mujer: Matilde Padrós].
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miércoles, 17 de diciembre de 2014
Cantares
Escribe La Mettrie (1709-1751)
en el discurso preliminar a sus Obras filosóficas: «Nuestros escritos no son
para la muchedumbre otra cosa que cantares». Y, sin que tenga mucho que ver,
ello me recuerda una situación del verano pasado. Estábamos en una casa de
montaña un grupo de unas veinte personas pasando el fin de semana. En la noche
del sábado salimos al fresco y nos pusimos a cantar. En fin, intentamos cantar,
pues la mayoría no seguíamos las letras y acabábamos con el lalalala. Entonces,
Marlen, una chispeante alemana, con su deje teutón, dijo: «Cuando yo llegué a
España, se cantaba en todos los sitios».
Y es verdad, pensé. Cuando niño,
al andar por las calles, escuchabas los cantos de las mujeres saliendo por las
ventanas de casa y las chicas siempre cantaban en sus juegos. Los hombres lo
hacían en las faenas. Y qué decir de los mozos en la cantina, después de merendar
los domingos, donde siempre había alguno que comenzaba Cuando yo me emborrachaba / mi madre me iba a buscar…, acompañando
de seguido los demás en su lamento, que también era de llamada a «aquella».
Algún vestigio ha quedado en la ronda por los terrizos de las fiestas de agosto,
cuando ya los ahora casados, al haber apurado tres o cuatro vasos con
melocotón, se atreven con los oxímoron de Que
la nieve ardía. / En el alto del Moncayo / soñé / que la nieve ardía. / Y por
soñar imposibles / pensé / que tú me querías.
Y a ello nos entregábamos en
muchas de las ocasiones de la época de estudiantes, paseando por la alameda pensando
Cuando en la playa / mi bella Lola / su
lindo talle / luciendo va. O al tumbarnos boca arriba, en las noches de
primavera, en lo alto de la escalinata (ya desaparecida) de la catedral vieja
para contemplar con comodidad las estrellas, La torre de mi pueblo / no la puedo olvidar. Por no hablar de
Víctor Jara o de Santa Bárbara, que eso daría para otra anotación.
Mientras esto escribo, escucho Wish it was true de The White Buffalo, con los
auriculares. Pero mi garganta está más seca que antes. Pues a estas
cavilaciones me derivan las palabras del autor de Historia natural del alma y Discurso
sobre la felicidad.
viernes, 12 de diciembre de 2014
Cuidados del campo (o bichos raros)
Hace un año, o así, tuvimos unas
conversaciones con la Camarera sobre campo y ciudad. Macario, que es un hombre
efusivo, decía que no viviría en un pueblo ni de broma; el nació en uno de la
provincia y permaneció allí hasta que hizo la mili, época en la que se apañó
para encontrar trabajo en una fábrica de la capital, pues la dureza de aquellas
tareas no le atraían. Por mi parte, les contaba los encuentros que tuve, en los
años ochenta, con Julián, uno de los personajes más curiosos que conocí por
entonces; había estado en el exilio francés después de la guerra y había vuelto
terminada la dictadura; nacido en un pueblo riojano ‒San Vicente de la
Sonsierra‒, había participado en colectividades agrarias y trabajado en
colectivizaciones de fábricas; con toda su experiencia en situaciones que
exigen sacrificio y generosidad, nos decía: «Con la gente campesina, voy al fin
del mundo; con la gente que trabaja en las ciudades…, hasta la esquina».
Aquello me ha hecho reflexionar
muchas veces. Y este par de semanas en que he estado leyendo para el club de
lectura El viento de la luna, de
Muñoz Molina, me han venido de nuevo a la mente las palabras de Julián. El
libro refleja no solo modos de vida diferentes de ahora y de antes, sino
maneras distintas de relacionarse con los productos de la naturaleza y con la
Naturaleza misma. Habla del cuidado con el que tienen que manipularse objetos o
frutos de la huerta, poniendo especial atención en que no se estropeen o echen
a perder los tomates o higos que están madurando. Pero en la ciudad, ¿qué
atención debemos tener ante los objetos de la mesa de escritorio o en la cadena
de producción?
Tal vez somos bichos raros. Sin tierra.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Risas y música
En estos días tan serios hacemos
un apartado en un rincón y podemos relajar los cuerpos y desconectar las
mentes, al tiempo que incrementamos nuestro diccionario personal con las
definiciones de Les Luthiers sobre el mundo musical, abriendo paso a esas partes
anquilosadas del cerebro, deseosas de la sorpresa:
Director: Persona que, colocada en una tarima frente a una
orquesta, responde al estímulo de la música agitando sus brazos.
Flauta de pan: También llamada pan flauta // Bartolo tenía una (con
un agujerito solo).
Gallo: Ave de corral que anida en las cuerdas vocales de algunos
cantantes.
Jota: Letra que se baila en Aragón.
Notas: Las siete maravillas del mundo de la música.
Plagio: Fuente de inspiración.
Radio: Medio de comunicación que podría haber servido para la
difusión de buena música.
Silencio: Ausencia momentánea de sonido. En algunos compositores,
ausencia definitiva de oyentes.
Ut: En los crucigramas, antiguo nombre de la nota "do".
Zampoña: Instrumento musical venenoso.
Es un extracto de la
contribución «Les Luthiers de la A a la Z», publicado por la revista Claudia en octubre de 1980, donde dan
una definición por cada letra del alfabeto.
(De paso, señalemos el origen del nombre de las
notas musicales, extraídas por Guido de Arezzo, en el siglo XI, de la primera
sílaba de cada verso del poema en el Himno
a San Juan Bautista, compuesto por Pablo el Diácono en el siglo VIII: Ut
queant laxis / Resonare fibris / Mira gestorum / Famuli tuorum / Solve polluti
/ Labii reatum / Sancte Ioannes; Para que puedan / exaltar a pleno pulmón / las maravillas / estos
siervos tuyos / perdona la falta / de nuestros labios impuros
/ San Juan. Más adelante, en el siglo XVII, G. B. Doni sustituye ut por do[ni] para facilitar la pronunciación).
miércoles, 3 de diciembre de 2014
Deseos en el camino a Oz
Los estudios que hace unos años
se hicieron sobre el siglo veinte recogen los acontecimientos que se producen
durante los cien años que ocupa, principalmente en la cultura de Occidente o en
la órbita y el prisma de la misma. Por lo general, se dice que ese siglo
comienza con esperanza, basada en los avances de la ciencia, que iba a propiciar
el progreso de la sociedad, algo que año a año es desmentido por las crueldades
que se suceden en distintos territorios. No todo el mundo opinaba así, claro.
Baste leer a José Martínez Ruiz (1873-1967) en Notas sociales, Literatura, Charivari o Boemia, escritas entre 1895
y 1897, para ver que sostiene la incapacidad de la entonces recién implantada
socialdemocracia de resolver los problemas, pues considera que la civilización
europea está moribunda, incapaz de regenerarse; entrado el siglo veinte, este
autor se transmuta en Azorín y…
Y también hay un acontecimiento
literario que sucede en 1900, que no recogen los manuales de Historia: la
publicación de El mago de Oz, escrito
por Lyman Frank Baum, cuando cuenta con cuarenta y cuatro años, e ilustradas
por William Wallace Deslow. Una historia fantástica que desea amoldarse a las
corrientes pedagógicas del momento y a la infancia de la era industrial. Según
decía en la breve introducción a la primera edición: «Aspira a ser un cuento de
hadas modernizado, en el que se mantienen la alegría y la fantasía, y se
suprimen las penas y las pesadillas». Según suele suceder, su éxito fue
rotundo, aunque nadie sepa exactamente a qué obedeció. De ahí que el Historiador de Oz compusiera otros catorce
textos ambientados en este país.
Desparecen las hadas, los genios
o los enanos. Nada de acontecimientos espeluznantes, de los que puedan
extraerse moralejas. La moral ya la incluye la enseñanza de la época. Ahora se
pretende solo el entretenimiento.
La realidad completó la fantasía
de Dorotea en nuestro camino a Oz.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Flores en la Biblioteca
A finales de noviembre. No la
esperábamos. El río mengua el cauce hasta dejar ver los guijarros en los que se
posan los patos mientras el agua apenas cubre sus pies de guingo, esculpidos en
capiteles visigóticos. Estudiantes que entran y salen en el apremio del dictado
académico y el descuido de la edad proteica. Nada. Que todo iba camino del
invierno, aposentado en las bayas rojas y las flores moradas, cuando se han
presentado tan blancas.
Las ha traído el Jacinto que el
otro día nos regalaron. Apenas me he dado cuenta. Estaba leyendo a José María
Castrillón y me ha parecido que algo se estaba moviendo a mi izquierda. He
mirado y se estaba abriendo el racimo carnoso de esta planta bulbosa, tenida
por la flor de la constancia, del cariño y del gozo del corazón. La teoría dice
que debe plantarse el bulbo en octubre y que la floración, en todo su
esplendor, la conoce en marzo, pero… No sabemos si estas plantas de ahora van a
su aire o es que la Biblioteca es un microclima de espacio-tiempo cuántico.
Por si acaso, le recito los
versos de Castrillón:
mis hijos
lavé sus cuerpos
como una perfección más de la vida
supe entonces que pulía la piedra
donde caerá
su silencio
pero ellos aún aman en las bañeras del sueño
las manos de su padre
[Pertenecen a su libro, Gramos].
viernes, 21 de noviembre de 2014
Los Miserables (con dignidad)
Tengo una entrada para Los miserables en el Fórum, dice la Camarera, señalando
un póster de tamaño considerable que hay estos días puesto en el anunciador de
enfrente, en el paseo. Ya, ya he oído, pero no me van demasiado los musicales,
contesto. Bueno, hombre, pero esto es mucho más que un musical; está basado en una
novela que cambió la vida de muchas personas, remacha con énfasis. ¿De verdad
es eso posible?, replico, al fin y al cabo yo no me considero lector, por lo
que me cuesta creer que se dé algo semejante.
Pues sí, sí que se ha dado. Ha
habido muchas personas que, al leerla, han comprendido que son autónomas y que
nadie puede imponer nada sobre ellas, pues las leyes sirven para quien las
hace. La novela se publica en 1862, obra de Víctor Hugo (1802-1885), aunque el
manuscrito es de 1851, y ese mismo año se traduce al español y se publica aquí.
Desde entonces, su autor es considerado poco menos que un benefactor de la
humanidad por la gente oprimida para la que es como una luz que amplía su existencia.
¡Vaya, vaya!, digo mientras sorbo el café.
Y no solo esta obra. Ya entonces
estaba publicada Las ruinas de Palmira,
del conde Volney, y las obras de Eugenio Sue, Los misterios de París y El
judío errante, más las posteriores del príncipe Kropotkin, entre ellas La conquista del pan, y las del
esperantista Henri Barbusse (aunque después fuera hagiógrafo de Stalin),
destacando El fuego, libro de fuerte
antimilitarismo, fruto de su experiencia en la primera guerra mundial. Después
de leerlas ‒prosigue la Camarera‒ había quien dejaba su puesto en el ejército o
en la policía, o abandonaba su oficio de venta de vino. Ya ves el poder de Los miserables.
Le dije al marcharme: me intriga
qué es lo que vas a hacer después de ver la obra. Por si te sirve, te doy una idea: Nikiforos Vrekatos (1911-1991), ese poeta griego nacido en Esparta, aquella tierra en la que se alimentaban de aceitunas, escribió:
Transmutación
Me vuelvo poesía, huyo del
mundo,
Me reparto
Voy
Hacia afligidos hermanos. A
quedarme en casas donde no entra el sol.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Volcar amor (en uñas)
Anteayer por la tarde,
mientras llovía, un camión cisterna municipal iba regando la calle carretera
que linda con el costado Este de El Parral y el antiguo Hospital Militar.
Debajo del paraguas, iba recordando la escena que acababa de ver: un bebé era centro
de atención de cinco personas adultas, que imaginé eran abuela, abuelo, madre,
padre y, es posible, tía. La abuela me había saludado tan sonriente,
enseñándome a su nieto ‒Rodrigo, me dijo‒, mientras el resto asentían el amable
gesto y hacían lo posible por llamar la atención de la bisoña criatura.
Me sorprendió la solicitud de la
señora para conmigo, pues, desde los años que hace que la conozco, no recuerdo
que nunca me dirigiera una sonrisa; es más, definiría su actitud con palabras
que no vienen al caso. En ello iba pensando ‒decía‒ mientras el camión pasaba a
unos metros y me vino a la mente el Stoner de Stoner de John Williams en el momento que descubre que, para él, la
Universidad en la que ha estudiado y en la que le ofrecen trabajar se ha convertido
en esos años, sin que fuera consciente de ello, en el hogar que no tuvo en la
niñez; bueno, en el calor del hogar, pues sí que se crio su familia.
Natalie Angier en Mujer. Una geografía íntima (2000 y 2011)
comienza su interesante texto relatando una escena similar a la vista por mí
hacía unas horas y apunta que son las uñas la parte del bebé que mayor
atracción ejerce sobre la gente adulta -zonas curvas, según escribe el poeta Jesús Lizano que son las que le atraen-. Libro el de Angier que contiene el
humor necesario para que resulte atractivo y demoledor. Libro amistoso, que
disuelve la tristeza de Stoner y hace
entender por qué los Ayuntamientos riegan la lluvia.
jueves, 13 de noviembre de 2014
VIII Salón Libro Infantil & Juvenil en Burgos
Ahora que las lluvias han hecho brotar la hierba entre la hojarasca y que, en los paseos alejados del centro de la ciudad, es posible pasear con las hojas caídas, cumplimos nuestra cita anual con el Salón del Libro Infantil y Juvenil de Burgos, organizado por las bibliotecas municipales, con la colaboración de la biblioteca pública. Casi somos quintos, pues va por su octava celebración. El cartel anunciador es obra de Miguel Maestro Cerezo. Y cuenta con bitácora realizada por el Colegio público Juan de Vallejo.
La ubicación de este año es novedosa, pues se sitúa en el Monasterio de San Juan, ocupando la exposición el claustro del monasterio y utilizando su preciosa sala capitular para diversos espectáculos y talleres. El teatro se centra en tres clásicos de literatura para gente menuda: Caperucita, La isla del tesoro y Las aventuras de Sherlock Holmes. No faltan actividades creativas y participativas, tal las de pintura de escenas favoritas o de diseño de cómic por parte de las criaturas. Los colegios pueden aprovechar las mañanas de lunes a viernes para concertar visitas.
Interesantes son los encuentros con quienes escriben, Así hacen Alfredo Gómez Cerdá, Ana Alonso, Rocío Antón, Rafael Ordóñez y Manuel Ferrero.
Tenemos la seguridad de que el diligente personal que trabaja en estas bibliotecas de Burgos proporciona al evento un más que lo convierte en experiencia duradera.
La ubicación de este año es novedosa, pues se sitúa en el Monasterio de San Juan, ocupando la exposición el claustro del monasterio y utilizando su preciosa sala capitular para diversos espectáculos y talleres. El teatro se centra en tres clásicos de literatura para gente menuda: Caperucita, La isla del tesoro y Las aventuras de Sherlock Holmes. No faltan actividades creativas y participativas, tal las de pintura de escenas favoritas o de diseño de cómic por parte de las criaturas. Los colegios pueden aprovechar las mañanas de lunes a viernes para concertar visitas.
Interesantes son los encuentros con quienes escriben, Así hacen Alfredo Gómez Cerdá, Ana Alonso, Rocío Antón, Rafael Ordóñez y Manuel Ferrero.
Tenemos la seguridad de que el diligente personal que trabaja en estas bibliotecas de Burgos proporciona al evento un más que lo convierte en experiencia duradera.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Vender la(s) memoria(s)
«Tendrías que vender tus
memorias», le digo a la Camarera, «si nos entendemos en el reparto de
beneficios, yo puedo gestionarlo». «Vamos, no me hagas reír», me contesta ella,
«pero si no eres capaz ni de sacarle jugo al Quijote». «Ya, pero puedo copiar de una excelente maestra». Y,
entonces, le cuento lo de Chateaubriand y Madame Récamier, su amante.
François-René, vizconde de
Chateaubriand (1768-1848), comienza a escribir sus memorias (que también son
confesiones) en 1809, aumentándolas y retocándolas hasta poco antes de su
muerte. Su intención es que se publiquen cincuenta años después de fallecido, pero…
La finalización de su carrera política en 1830 va mermando sus ingresos y
aumentando sus deudas, por lo que Madame Récamier, amante del mismo desde algo
más de una década, convence al vizconde para que realice lecturas públicas en
su palacio en espera de que algún editor pueda adelantarles dinero.
No sucedió tal, por lo que la
mujer se puso a idear otro plan, que esta vez sí dio resultados positivos. Se
formó una sociedad anónima que vendió acciones para comprar los derechos de
publicación de las memorias, una vez que su autor falleciera y el manuscrito
pasara a sus manos. Es decir, eso de la especulación en bolsa con la próxima
cosecha de alimentos es algo antiguo (si bien no deja de ser espeluznante).
Quien más quien menos veía que
Chateaubriand no estaba para mucho, pues ya iba para los sesenta y cinco de
aquellos tiempos, y compró sus papeletas. Pero este se remozó con los dineros y
continuó en este valle de lágrimas durante quince años más, siendo que
bastantes de quienes habían adquirido la ganga se fueron a la tumba antes de
ver medrar su inversión, resultando que las acciones corrieron de mano en mano,
mientras esperaban que la artritis pudiera al fin con el escritor. El mismo año
de su muerte ‒nada de esperar medio siglo‒, poco después de situarlo frente al
mar en la isla de Grand Bé, comenzaron a publicarse los 42 tomos de que se
compone esta magistral obra, Memorias de
ultratumba, fecha en que también se comienzan a publicar traducidas en
Madrid y Valencia.
¡¡Chis!! A la Camarera le da un temblor
la cabeza, despierta, me mira y no sé interpretar sus ojos.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Niño perdido (Thomas Wolfe)
No sé cuánto hace que no leo un
libro así, pues tengo varios asuntos entre manos y mi memoria ha decidido
continuar de vacaciones. Por la mañana,
el trabajo, con estudiantes que van y vienen al mostrador de la Biblioteca,
dejando escaso tiempo para algo que no sea tomar un café y dar la vuelta al
edificio para airearse. Después, los archivos en busca de datos de investigación,
incluido el de la prisión central y provincial y de mujeres y del Penal de
Valdenoceda. Leer el correo electrónico, escribir y contestar, casi siempre con
alguna petición que ocupa tu buena media hora. Redactar algo para que no se
acumulen demasiados contenidos en la cabeza. Leer el libro de la próxima sesión
del club de lectura…
Así que, cuando el otro día miré
los libros de la mesa de propuestas de la biblioteca, no iba con intención de
coger nada. Solo curiosear un poco. Pero… ahí estaba, con su fotografía de los
años treinta de alguna ciudad estadounidense en la cubierta y el color rojo de
la parte superior en el que se lee: Thomas Wolfe, El niño perdido. ¿Qué hacer ante un título tan preñado de
significados (que diría Bajtin)? ¿Y qué hacer ante Wolfe, a mí, que me pirrian
las autobiografías, aunque esta sea una voz indirecta ante el vacío que deja en
su familia la muerte de su hermano Grover de tifus cuando contaba con doce años?
Pues lo cogí. Antes, cometí una torpeza, es cierto. Se me ocurrió enseñárselo a la Bibliotecaria y qué me iba a decir. «Es
delicioso». «Bueno, pues ya que es corto, me lo llevo». Camino de casa, me
pesaba en el bolsillo, diciéndome que no encontraba lugar dentro de mí. Salía
del paso como podía ante él, asegurándole que ni yo mismo conozco todos mis
recovecos, así que seguro que hay un rincón donde estará a gusto. ¡Y, madre mía,
qué noventa páginas! Tres voces familiares distintas para describir una
ausencia tan temprana. Por entonces, en 1904, el escritor tenía cuatro años. Habían
pasado más de treinta y el Tiempo todavía estaba allí. En 1938, Wolfe muere de
tuberculosis.
¿Quién (no) es niño perdido?
miércoles, 29 de octubre de 2014
Hojas de otoño (Constantino Bértolo)
Tal vez sea por la falta de
lluvias, pero este año no encuentro hojas adecuadas para introducir en los
libros (únicamente, a fuer de que alguien de la vecindad pueda afeármelo, me
adentro en el seto de la rosaleda y cojo algunos pétalos). Sí que se llena el
suelo de la rivera de hojas caídas, al igual que sucede con el paseo, pero los
chopos, los sauces, los plátanos, los tilos, los arces o los serbales las lanzan
decaídas, por no hablar de los castaños, que comenzaron a arrugarse en agosto.
Así que (por no doblar las
esquinas, pues es de la Biblioteca) tengo que valerme de marcapáginas para
señalar los lugares por donde voy leyendo La
cena de los notables, de Constantino Bértolo, un tratado sobre la lectura y
la crítica que tiene escaso desperdicio. Elige libros donde la lectura modela a
sus personajes ‒Martin Eden, de Jack London; Naneferkaptah, relato recogido por
Santiago Baraíbar; madame Bovary, de Flaubert‒ para explicarnos las urdimbres
lectoras que cada cual llevamos antes de comenzar cualquier libro y que nos
conectan con nuestra biografía, con el bajaje literario que hemos ido
incorporando y con la ideología con la que contemplamos el mundo y los seres
que nos rodean.
Según Bértolo, los diferentes tipos
de lectura pueden enmarcarse en cinco categorías (entremezcladas entre ellas,
lógicamente):
- - Lectura
adolescente, la que se identifica en demasía con los personajes y nos entran
unas ganas enormes de recomendárselo a alguien (algo parecido a lo que sucede
con el envío de fotografías en el wasap).
- - Lectura
inocente, la del entretenimiento, «chica, no he podido parar; lo he leído de un
tirón de principio a fin», nada de problemas (claro que mejor no averiguar qué
hay debajo de esa inocencia).
- - Lectura
sectaria, la que se acomoda a nuestros modos de juzgar y desecha lo diferente.
- - Lectura
letraherida, la envuelta en la estética, en el modo de narrar, en el entusiasmo
que te hace vivir en plenitud, conformando una hermandad lectora que nos hace
libres (en fin, eso dicen).
- - Lectura
civil, la que parte de que quien lee está inmerso en un determinado contexto
social, cultural y político, atendiendo aspectos individuales, culturales e
ideológicos. Sin duda, parece que esta es la que proporciona mayor libertad.
Podríamos decir que la idea
central del tratado de este crítico y editor lucense es la palabra como
responsabilidad.
(Si alguna pega hemos de
ponerle, es que la cacereña Editorial Periférica compone estos libros con un
tipo de letra demasiado pequeño).
viernes, 24 de octubre de 2014
FELIZ DÍA DE LA BIBLIOTECA Y FELIZ 7 ANIVERSARIO BURGOSTECARIO
Esta fecha siempre la tenemos muy presente porque es un día especial para las bibliotecas y para todos los que trabajamos en ella, por eso, un día como hoy se nos ocurrió la feliz idea de crear este blog en un momento en que las RRSS no tenían esta fuerza actual y eran pequeños esbozos de lo que hoy son, pero mientras tanto la función social la cumplieron los blogs, fue magnífico el acercamiento profesional y de amistad con gente de todo el mundo.
En nuestro caso se nos descubrió el mundoblog a nivel Local (Burgosfera) y tuvimos unos encuentros geniales en todos los aspectos con otros blogueros burgaleses y luego ya dimos el salto hacia otros encuentros más o menos casuales a nivel nacional, "Frikitecaris" fueron nuestros grandes inspiradores porque el primer contacto real fue con ellos, interactuábamos y nos lo pasábamos.... CAÑÓN!!!!
Luego ya a nos dimos a conocer a nivel nacional... tuvo mucho gracia cuando compañeros de otras ciudades y bibliotecas se emocionaban al conocer a alguien de "Burgostecarios".
Hubo también momentos de lucha (como en todo lo que vale), incomprensión y falta de apoyo, pero aquí continuamos hoy, cierto que con otro aire pero con una calidad impresionante gracias a Ignacio Soriano, Lavelablanca, con su bagaje cultural y buen hacer en el mundo de las letras.
Los blogs han repuntado aunque de manera diferente que al inicio, hoy
tienen su sitio en la red, por ello cierto sector ya añejo y con experiencia como nosotros insinuan una vuelta.... ayyyyy!!!! qué tentación amigos!!!!
No obstante le pese a quien le pese (que siempre hay alguien) hemos hecho historia también en el mundoblog bibliotecario, de hecho nuestro nombre luego ha sido inspirador para otros blogs porque ciertamente se parece mucho....
Saludos, ánimos a todos que las cosas se ponen raritas para las bibliotecas y la cultura y aquí seguiremos mientras blogger nos deje, hablando con libertad y poca cordura sobre lo divino, lo humano, con el tono campechano que nos caracteriza porque esto de trabajar en la Huerta del Señor es lo que tiene.
Hala un año más.
En nuestro caso se nos descubrió el mundoblog a nivel Local (Burgosfera) y tuvimos unos encuentros geniales en todos los aspectos con otros blogueros burgaleses y luego ya dimos el salto hacia otros encuentros más o menos casuales a nivel nacional, "Frikitecaris" fueron nuestros grandes inspiradores porque el primer contacto real fue con ellos, interactuábamos y nos lo pasábamos.... CAÑÓN!!!!
Luego ya a nos dimos a conocer a nivel nacional... tuvo mucho gracia cuando compañeros de otras ciudades y bibliotecas se emocionaban al conocer a alguien de "Burgostecarios".
Hubo también momentos de lucha (como en todo lo que vale), incomprensión y falta de apoyo, pero aquí continuamos hoy, cierto que con otro aire pero con una calidad impresionante gracias a Ignacio Soriano, Lavelablanca, con su bagaje cultural y buen hacer en el mundo de las letras.
Los blogs han repuntado aunque de manera diferente que al inicio, hoy
tienen su sitio en la red, por ello cierto sector ya añejo y con experiencia como nosotros insinuan una vuelta.... ayyyyy!!!! qué tentación amigos!!!!
No obstante le pese a quien le pese (que siempre hay alguien) hemos hecho historia también en el mundoblog bibliotecario, de hecho nuestro nombre luego ha sido inspirador para otros blogs porque ciertamente se parece mucho....
Saludos, ánimos a todos que las cosas se ponen raritas para las bibliotecas y la cultura y aquí seguiremos mientras blogger nos deje, hablando con libertad y poca cordura sobre lo divino, lo humano, con el tono campechano que nos caracteriza porque esto de trabajar en la Huerta del Señor es lo que tiene.
Hala un año más.
miércoles, 22 de octubre de 2014
In Memoriam (pálida muerte)
La muerte se esconde en la
niebla. Paseando en el sol, nos dirigimos al teatro donde transcurre el
espectáculo. La cabizbaja misteriosa extiende el pañuelo de seda sobre el
confiado cuerpo que espera ser transformado en paloma. Se difumina la luz y,
ante el asombro general, la fina tela cuelga ahora pesada y oscura. Es el telón, la cuarta pared, sin ni siquiera haber sido precedido por The
End.
omnes eodem cogimur, omnium
versatur urna serius ocius
sors exitura et nos in aeternum
exilium impositura cumbae.
versatur urna serius ocius
sors exitura et nos in aeternum
exilium impositura cumbae.
La barca, aquella que abría
caminos en la mar, iluminando lo antiguo, desparece paulatinamente ante nuestra vista. Para los peces permanece la estela.
Era joven. Y eso duele. Que le
llegue la paz.
viernes, 17 de octubre de 2014
Compasión y éxito
Stig Dagerman (1923-1954) es
otro más de los escritores llegados de joven a la fama, que sucumben a sus
exigencias y se quitan la vida. No sólo por la dictadura del éxito, claro, sino
por su manera de soportarlo. Su madre lo trae el a este mundo en la granja de
sus abuelos y a las dos semanas desaparece sin dar ya señales de vida. Su padre
trabaja en Estocolmo. Así que se cría en un caserón de campo con abuela, abuelo,
tíos, tías, primas, primos y gente asistente más una pléyade de transeúntes que
pasan por allí: pordioseros, gitanos, vagabundos, heridos de guerra… que
duermen alguna noche en el establo. La muerte de su abuelo en un incidente grotesco y la de su abuela,
por la conmoción sufrida, resultan ser unas pérdidas que el joven Stig no
supera, dedicándose a la literatura.
Los estudios de bachiller y de
universidad los realiza en Estocolmo, donde se afilia a la SAC, en la que
milita su padre. Es un tiempo en el que escribe artículos en revistas
revolucionarias y en el que la policía le lee el correo, mientras él trabaja de
chófer, repartidor o lo que encuentra, pues no concibe la existencia parásita.
Cuatro novelas entre los 21 y 26 años (iniciadas con La Serpiente) lo catapultan al reconocimiento,
completadas con teatro, crónicas de viaje y artículos. Las exigencias
editoriales le angustian tanto como el panorama social, cuya destrucción de
vidas es tan evidente. No logra o no se aviene a la disciplina, a ese horario
de trabajador de la pluma que saca libros sobre temas de interés.
Sus cualidades humanas quedan de
sobra probadas en la solidaridad hacia la gente desfavorecida y, en especial,
hacia los exiliados españoles de la guerra 1936-1939 asentados en Suecia. Las
expresa en versos como éstos:
Mejor es aprender
a perdonar a tiempo
a los otros primero
a uno mismo después.
Mejor es aprender
a juzgar tarde
pero si
pero cuándo
a los otros después
a uno mismo primero.
Salud.
lunes, 13 de octubre de 2014
Música infantil
Las obras de creación quedan.
Permanecen en su burbuja. Pero las hay que pueden pincharse y dejar que lluevan
sus elementos mientras alguien sopla desde detrás de la cortina celeste y
dirige la refrescante humedad hacia quienes pasan por allí abajo. Es lo que
sucede con la música. A diferencia que una pintura, una escultura o una
arquitectura e, incluso, un relato (aunque este es susceptible de traducción),
la música puede interpretarse. Puede desmigajarse. Esparcirse en finas gotas o
en súbitos chaparrones. Con independencia de quien la ha creado. El soplo es
quien decide.
¿Puede una criatura saber lo que
hay en la burbuja creada por alguien adulto? Lo que sí puede es interpretarla.
Se dice que para ello se necesita una lógica distinta de la que es necesaria
para crear. Es algo más parecido a lo que sucede en el ajedrez. Con
entrenamiento se puede dominar la técnica que permite llevar adelante la
actividad. Pero no deja de sorprenderme el ver unas manos infantiles delante de
un piano, haciendo de mayor. Imagino que
todos los casos son distintos, que habrá infantes a quienes apenas les
suponga renuncia el tiempo que exige dominar el instrumento, y que habrá otros
que preferirían estar jugando a las tabas o a los bolos.
Queda una sensación hueca, de algo fuera de lugar. Pero, tal vez, no tiene mucho de diferente con el anuncio de entrada.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Cuatreras de tinta
Jessie Hickman es una mujer
nacida en Australia a finales del siglo diecinueve. No pasa a la Historia por ser
alguien que aporte un invento o una idea, sino que es conocida por haberse
ganado la vida apropiándose de caballos u otros elementos necesarios para la
vida que se cruzan en su camino, lo que le aboca ineludiblemente ‒con lentitud‒
a toparse con las normas que rigen la sociedad para quien infringe el sagrado
derecho de la propiedad privada.
Sobre esta azarosa vida, otra
mujer australiana, Courtney Collins, ha entretejido un relato, devenido en
novela ‒Un mal día para nacer, según
han traducido The Burial‒, que
expande la crudeza de la trayectoria cuatrera por sus páginas, a través de
palabras depuradas. Según le va al guión como anillo al dedo, capítulos cortos,
diálogos de apenas una línea, espacios en blanco con construcciones aúreas,
apariciones cortas en escena, naturaleza de río, bosque y montañas, intercambio
de tiempos. Tal vez sobran algunas obviedades de novelista primeriza, pero no
puede negársele a la obra el atractivo que le confiere esa voz recién nacida ‒intemporal‒
que nos narra el entorno hostil y libre en el que vaga la amazona bandolera y
el resto de personajes.
No hay muchos libros que reúnan
tantos comentarios en tan escaso tiempo en este mundo de bitácoras. Ahí tenemos
a Devoradora de libros, y a Cómplice de tus lecturas, y a Adivina quién lee o a Especulacions d’un Neardenthal.
Tal vez no sea para tanto, pero agradecemos lo
eléctrico.
viernes, 3 de octubre de 2014
Otoño cultural
Durante el reciente Festival de
San Sebastián podía verse en sus calles el cartel anunciador de uno de los
documentales que se proyectaban: Ciutat Morta.
Las letras del título se superponen al rostro de uno de los exalcaldes de
Barcelona, pues en esa ciudad es donde fue arrestada en febrero de 2006 Patricia
Heras, estudiante de filología en la Universidad Autónoma barcelonesa, la misma
chica que se tiró por la ventana en abril de 2001, fecha en la que estaba de
permiso penitenciario, al no poder aguantar la presión que le suponía la
situación. Fue a topar en una sala de espera del Hospital del Mar con gente que
había sido herida en el desalojo de una casa okupa, y allí fue la policía
urbana y ‒sin más preguntas (para qué)‒ la detienen.
Después todo un montaje
político, policial y mediático (de esos medios que se dirigen sonrientes a
nuestras vidas), que desarrolla este documental de 128 minutos, y que resume
Albano Dante Fachin Pozzi en cafèambllet. « Por un lado silencio. Por otro,
desinformación al servicio de los planes urbanísticos del ayuntamiento».
Otra narración visual (de la que
ponemos aquí una breve muestra) la tenemos en el documental de Ric Esther
Bienstock y sus cuentos del comercio de órganos ‒Tales from the organ trade‒, ganador del Premio de Amnistía
Internacional. «El largometraje denuncia la vulnerabilidad de las personas
empobrecidas frente al tráfico de órganos, narrando de manera eficaz desde un
punto de vista informativo las conexiones de un mercado negro que no conoce
fronteras». Fases del proceso y agentes macabros a la vista.
Cuentos que cuentan.
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lunes, 29 de septiembre de 2014
Días únicos
Algunos días, la Camarera, los
vive igual que si fueran los únicos de su vida. Dice que los presiente al
despertar. Entonces se levanta, abre el balcón y no se encuentra con
preocupaciones. No importa que las golondrinas ‒hace ya un tiempo‒ hayan volado
hacia el sur o que, al ir camino del trabajo, vea que han podado hasta los
huesos al sauce más hermoso de la rivera. Nada de recuerdos que alteren su
jornada. Yo lo veo al entrar en el café aunque esté vuelta de espaldas. Su
cuerpo tiene el aura del día único. Al volverse, sus ojos inundan mis
barbechos. No, no estamos enamorados. Le pregunto qué es lo que más agradece de
estos días. «No sentir rencor por nada ni por nadie», me dice, y me pone tres
tejas de sésamo con sus blancos dedos.
En estos días ‒para estos días‒
rebusco en mis bolsillos, colmados de papeles. Ahí está El puente que cruza la luna, el diálogo de Tess Gallagher con su
marido muerto, Raymon Carver (1938-1988):
Si me quedo mucho rato junto al río
en noches de luna,
no creáis que mi atención obedece
a lo meramente estético, aunque
eso salve a la luz del día.
Sólo lo que alguna vez llamamos adoración
tiene los pies lo bastante ligeros como para transportar
a los vivos por esa brecha de fulgor.
Y quién dirá que no he cruzado el puente
porque lo haya utilizado como testigo,
para que el agua siguiera siendo agua
y las incongruencias de la luna cartografiaran
la unión de la que estaba
segura.
Y es que hoy, a la Camarera, no
le importa el extrañamiento.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
China, ese país... en la escritura de Mai Jia
«Oriente es Oriente y Occidente
es Occidente», expresa el dicho popular. Parece que solo por conquista o por
colonización aumenta o disminuye el nivel del fluido de cada uno cuando están
juntos. O en la literatura. La escritura de la mente matemática de Mai Jia (Jiang
Benhu) no desorienta nuestras costumbres lectoras, si bien muestra un singular
juego de voces en el desarrollo de El don
(traducido en 2014), al que hemos llegado por casualidad.
[El profesor Jan Liseiwichz] delante de sus discípulos, de pie sobre su plataforma, parecía un poeta, o tal vez un general.
[El alumno Rong Jinzhen lograba desconcertarlo, ya que] a menudo los cálculos demuestran ser un método muy torpe para determinar el futuro, porque hacen pasar lo posible por imposible. Con frecuencia, las personas no se comportan con la pulcritud de los números. Pueden hacer que lo imposible se vuelva posible y que la tierra se convierta en cielo, lo que significa que, en realidad, la distancia entre la tierra y el cielo no es insalvable.
Y casi todo parece inmenso por
allá. Mai Jia (que ha sido militar) pasa tres años en el Tíbet, durante los
cuales lee un único libro. Después, comienza a escribir este Decoded en julio de 1991, en Pekín, y lo
termina en agosto de 2002, en Chengdu. «Durante dos años pasé todas mis
vacaciones en los trenes del sur de China, recorriendo el país para entrevistar
a los cincuenta y un testigos, de edad media o avanzada, que habían presenciado
los acontecimientos de esta historia». Después viene el éxito de ventas y, con
sus posteriores novelas, supera los cinco millones de ejemplares. ¿Cómo medir
algo así, cuando aquí el vender trescientos ya es motivo de notable orgullo?
Jinzhen se casa con Di Li a los
tres días de conocerse, pues ella lo ama como ama a su patria. Apenas unos días
después, él ya no aparece por casa y vive en un edificio cercano. Pero ella
abriga la esperanza de que él albergue amor en algún espacio de su cuerpo. Así,
Mai Jia le hace escribir en su libreta un pasaje del Cantar de los Cantares: «Levántate,
viento del norte; ven tú también, viento del sur; soplad en mi huerto,
despréndanse sus aromas. Venga mi amado al jardín y coma de su dulce fruta».
viernes, 19 de septiembre de 2014
Qué hacer. Rosales
En un rincón del mirador de casa
hay un rosal. No tengo buena mano con él. Me digo que es porque lo compré en el
supermercado y no sabe muy bien de estaciones. Tal vez lo aguachino en la
creencia de que le viene bien el riego frecuente, pero lo cierto es que cuando
la tierra está húmeda, se van secando las hojas hasta quedar completamente
apocado. Entonces lo olvido a la espera de que algún día tenga tiempo de vaciar
el tiesto en una bolsa y echarlo a un contenedor. Cuando han pasado días y
días, incluidos los de espléndido sol, que le dan directamente, en algunas de sus
ramas brotan esas pequeñas hojas que me alegran el día al contemplarlas.
Hace tiempo decíamos ‒se decía‒
que la editorial Akal estaba financiada por un partido (para dedicarse a los
libros universitarios). Editaba libros que, en tiempos algo complicados, podían
contraponerse a los de Rialp o cosas así. En esto que, visitando librerías, se
pueden encontrar unos breves textos (de unas sesenta páginas) que hablan de
educación, muerte digna, crisis ecológica, memoria histórica, fronteras,
educación y otros asuntos de cada día. Tienen su línea, claro, la de la
editorial y la de una fundación, pero vienen a recordar obviedades que solemos
dejar en el rincón.
Por hoy, dado que esta es una
bitácora bibliotecaria, apuntamos la existencia de Qué hacemos para construir un discurso disidente y transformador con
aquello que hoy sirve para enmascarar la realidad y transmitir ideología: la
literatura. No es que pueda hacerse mucho. La ignorancia sí que transmite.
La cultura está en el rincón.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Desde nuestra aldea
¡Qué artes no se desarrollarán por dinero, qué hazañas no llevarán a cabo los más pusilánimes por una compensación razonable! (Stig Dageman)
La Camarera nos habla de su
abuelo Desiderio. De cuando vivía más allá de las montañas del oeste, en una
aldea a la que llegaba un autobús dos veces por semana y en el que las veces
que tenía que viajar al hospital iba en los asientos del techo entre bultos
bien abrigado con la manta de lana comprada por su padre en la feria de mayo.
Sin teléfono. Sin agua corriente en las casas. Se alumbraban con una bombilla
colocada en el hogar que se encendía en las noches de invierno cuando la abuela
Emeteria colocaba la olla trébede en medio de la mesa de la que comía todo el
mundo; bombilla de luz temblorosa que podía cambiarse a lo alto de la escalera
del piso de las habitaciones.
Trabajaba en la mina a cielo
abierto montada con el dinero de una familia del mar ‒se comentaba‒ de las de
la Caja y el Montepío. Lo hacía desde niño, como muchos de los que venían de
las aldeas colindantes, y allí conoció a la abuela. Estaba aprendiendo a leer
cuando ya tenía dos hijas y un hijo. «Todavía conservo ‒nos dice la Camarera‒
un folleto manoseado que él conservaba como oro en paño que le había dado el
maestro. Se titula Al pueblo». Es de lo
poco que trajeron a esta ciudad de mar después de ser despedido con otros por
hacer una huelga en solidaridad con las obreras textiles de unas fábricas que
había en los terrenos donde ahora hay unos hoteles, cinco kilómetros más
arriba.
Cuando iba a preguntarle a la
Camarera si me podía enseñar ese tesoro
impreso, entraron en el bar su hija y su hijo con unas banderas. Venían de
engrosar una cadena humana para pedir no entiendo bien qué.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
La presa (con sin) esperanza
Cuando las deidades, mejor dicho,
cuando alguna de ellas te coge por la garganta y aprieta hasta que la
respiración va apagándose, solo puede librarte de lo exánime que algún mortal
cercene el cuello divino y, de paso, una de tus manos, la que la deidad ha
puesto por reflejo delante para protegerse del tajo que le viene encima.
Entonces ‒si bien la cabeza dorada rueda ya por los suelos‒ odias todo: la
traición de quien intenta ahogarte aprovechando la confianza que tenías en su
relación; la mirada furiosa de quien viene con la hoz y te amanca; la
melancolía que puebla tu ser entero ante el mundo que ya no habitarás; el
futuro.
La vida de Kenzaburo Oé (1935)
en La presa transcurre, posiblemente,
en la isla japonesa de Shikoku, la misma en la que él nace. Su pluma convierte
la niebla en una compañía que refresca o entumece, la vegetación en alimento y
sombra, el agua en diversión y erotismo. Se sirve del vuelo, de lo que
atraviesa el tiempo y el espacio, de lo que pasa. Transforma la caída de lo
hermoso en parábola de la existencia.
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, […] No dejes de
creer que las palabras y las poesías / sí pueden cambiar el mundo. / Pase lo
que pase nuestra esencia está intacta. / Somos seres llenos de pasión. / La
vida es desierto y oasis. / Nos derriba, nos lastima, / nos enseña, / nos
convierte en protagonistas / de nuestra propia historia. Dice parte del
poema de W. Whitman (1819-1892) «No te detengas» (en versión de Leandro Wolfson).
La interconexión está servida. Imberbe y barbudo.
viernes, 5 de septiembre de 2014
Depresión con Tristam Shandy
Desde que la conozco, le vienen
épocas de depresión. Más bien diría que la tiene dentro, tranquilamente
asentada en un rincón y, de cuando en cuando, le surge ‒la depresión‒. La
verdad que no es destructora. Es un estado en el que no desea que exista lo que
le rodea, pero no lo odia ni lo menosprecia. Me dice que le resulta, incluso,
placentero el alejarse de todo bicho viviente, el olvidarse de resolver asuntos.
Se encierra; si es de día, baja la persiana hasta dejar solo visibles las
rendijas entre las lamas, corre las cortinas, enciende la lámpara de luz opaca
y… se pone a leer.
Inútil que llamen al timbre o que
suene el teléfono. No atiende a ello. (Creo que soy la única persona que accede
a ella cuando está así, una vez al año más o menos). Se deja caer sobre el
amplio olmadón con el libro entre las manos y lo lee sin prisa, dejando que el
tiempo corra a su gusto, hasta que los párpados se le van cayendo (en el
descuido del infinito) y las manos se le posan en los muslos, resbalando al
tiempo la lectura hacia un lado. Entonces duerme sin prisa, dejando que el
tiempo corra a su gusto, hasta que los párpados se elevan (en la certeza de lo
intemporal) y las manos recogen la lectura llevándola a los ojos.
Cuando se encuentra así, siempre
lee lo mismo: Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Asegura que solo el descreimiento de un clérigo ‒y
llega a decir que su ateísmo‒ es capaz de describir el tiempo de engendramiento
de uno mismo y la no existencia posterior durante nueve volúmenes a lo largo de
ocho años (1759–1767).
Lo curioso de asunto es que me
ha pegado su manía y yo, de vez en cuando, retomo la lectura de la obra de Laurence
Sterne (1713-1768), que es lo que he estado haciendo este verano en los escasos
momentos que deja la vida en el pueblo para estos menesteres de la letra muerta.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Agua de la vida
El agua quedaba lejos. Había que
coger una caballería y desplazarse medio kilómetro hasta llegar al pozo,
convertido en fuente con la ayuda de una bomba que había que maniobrar y cargar
después de que se ahogara la Dominica al intentar llenar un cántaro. Era joven,
tenía veintiún años, no sabía nadar (al igual que nadie en el pueblo). A su
padre lo recuerdo siempre con el brazalete negro en la manga de la chaqueta.
Los chicos teníamos nuestros
quehaceres y uno de ellos era ir a por agua o guardar el turno hasta que venía
nuestro padre las veces en que se llenaban los cántaros hasta arriba y se
ponían las aguaderas grandes. Además de ello, había que ayudar a nuestra madre
a llevar los trastos de lavar ‒estregadera y jabón‒ al lavadero y volver a tal
hora para recogerlos, mientras otra de las mujeres que había por allí le
ayudaba a levantar el balde encima del rollo de tela que se ponía en la cabeza.
Y qué decir de los ratos que teníamos que pasar recogiendo palitroques debajo
del bardal en el corral para encender el hogar, además de echar, de paso, a las
gallinas. Por no hablar de que en el frontón podía llamarte un hombre y
mandarte al estanco a por caldo y librillo; o una mujer se asomaba cuando ibas
por la calle y te encargaba un aviso en la otra parte del pueblo o un recado a
la tienda.
Las aventuras del día estaban
engarzadas con la vida, devenidas en travesuras en muchas ocasiones. Aquella vez fue en el pozo ancho, que estaban limpiando,
pues se decía que por debajo de allí pasaba un brazo de mar, y desde lo de la
Dominica los Ayuntamientos estaban empeñados en encontrar un buen manantial
para llevar el agua hasta el pueblo. A nosotros nos tenían prohibido asomarnos a él, construido su brocal apenas por una endeble valla de maderos, pero en aquella
ocasión nos necesitaban. Así que, a los más enclenques, nos ataban de una soga
por unas camisas que nos ponían y nos bajaban para que llenáramos un caldero con
la broza que había al fondo del pozo. Íbamos de dos en dos. A mí me tocaba con
el Gabriel.
En una de estas, comenzamos a
remover el cenaco con la pequeña azada y fuimos notando que se abombaba como las
magdalenas en el horno de leña de la tía Pilar al que íbamos a comer los mocos que nos regalaba, mientras el barrillo nos iba cubriendo los pies con suavidad placentera. De repente,
aquello se abrió y brotó un chorro de agua y fango que salió despedido por la
boca del pozo dejándonos en los infiernos. Los dos fornidos mozos que nos
sujetaban, repuestos del susto, comenzaron a tirar de las cuerdas, ayudados por
los curiosos que andaban por allí, apareciendo entre el agua dos peleles sin resuello, penitentes salidos de una larga cuaresma. Fue más el susto que otra cosa. Hasta ese momento nos habíamos ganado tres
pesetas por los calderos llenados, pero alguien ‒no recuerdo bien quién‒ dijo: «Anda,
dales dos duros, aunque también van a cobrar en casa».
viernes, 1 de agosto de 2014
Segadores en el calor.
Como tiempo vacacional, esperando la reanudación del trabajo, podríamos proponer un viaje aventurero en el paquebote Oxus hacia Transoxiana, reino de la legendaria Samarcanda que era su capital, centro del imperio del Gran Tamerlán, en el que Gengis Khan tiñó de rojo su río principal con la sangre de los persas y lo llenó de cabezas cortadas. Pero no, nos quedamos en la Castilla pintada en los cuadros de Gonzalo Bilbao, con unos retales de la siega.
Y con alguno de los versos de Manuel Vilas y su poemario Calor (2008), con referencias a este nuestro tiempo de "España":
Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.
Más "Alcoholismo de circunvalaciones", con guiño a notables noticias recientes:
y la gente termina perdonando al Presidente
del Gobierno y al Rey de España y al Presidente
de la Patronal y al Presidente de la Banca
porque llega el calor y ya da todo lo mismo.
Da todo lo mismo, y eso somos nosotros.
Dichosos días.
Y con alguno de los versos de Manuel Vilas y su poemario Calor (2008), con referencias a este nuestro tiempo de "España":
Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.
y la gente termina perdonando al Presidente
del Gobierno y al Rey de España y al Presidente
de la Patronal y al Presidente de la Banca
porque llega el calor y ya da todo lo mismo.
Da todo lo mismo, y eso somos nosotros.
Dichosos días.
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