viernes, 1 de agosto de 2014

Segadores en el calor.

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Como tiempo vacacional, esperando la reanudación del trabajo, podríamos proponer un viaje aventurero en el paquebote Oxus hacia Transoxiana, reino de la legendaria Samarcanda que era su capital, centro del imperio del Gran Tamerlán, en el que Gengis Khan tiñó de rojo su río principal con la sangre de los persas y lo llenó de cabezas cortadas. Pero no, nos quedamos en la Castilla pintada en los cuadros de Gonzalo Bilbao, con unos retales de la siega.

Y con alguno de los versos de Manuel Vilas y su poemario Calor (2008), con referencias a este nuestro tiempo de "España":

Dios dio a la clase media el buen tiempo y el verano
para que gozasen del baño, del agua y de la luz,
como esperanza y anuncio de un futuro inigualable,
superior al esplendor y el gobierno de los tiranos.
La vida y España siempre estuvieron llenas de tiranos.
 
Más  "Alcoholismo de circunvalaciones", con guiño a notables noticias recientes:

y la gente termina perdonando al Presidente
del Gobierno y al Rey de España y al Presidente
de la Patronal y al Presidente de la Banca
porque llega el calor y ya da todo lo mismo.

Da todo lo mismo, y eso somos nosotros.

Dichosos días.

martes, 29 de julio de 2014

Investigar en la inocencia

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La de Yersin es una posición peligrosa, siempre ha querido lavarse las manos en política, ignorar la Historia y sus repugnantes festines. Es un individualista, como suelen serlo los altruistas. Sólo más tarde, a fuerza de tanto amar a los hombres, uno termina por convertirse en misántropo.
La figura despistada de las personas sabias nos ha sido transmitida como uno más de sus rasgos, de tal forma que nos viene a la cabeza su cabello alborotado o su vestimenta descuidada cuando imaginamos alguien embebido en sus investigaciones. (Existen sobrados casos de que no siempre es así, pero…). Al tiempo, la ingenuidad parece que sea también su compañía. Algo que, con frecuencia, se vuelve contra su actividad, ya que parece que les hace manipulables al entregarse a su actividad sin medir el alcance que otras personas pueden dar a sus descubrimientos. Así, alguien que no puede tolerar que se maltrate a un animal doméstico, es quien pone las bases para fabricar los gases con los que se fumigan pueblos habitados para conseguir que abandonen la tierra en la que viven, pues guarda en su vientre riquezas minerales.

La cita con la que comienza esta nuestra entrada de la salida de julio la tomamos del libro de Patrick Deville, Peste & Cólera (1914), atractiva biografía intelectual y cultural del físico y bacteriólogo Alexander Yersin (1863-1943), descubridor en 1894 del bacilo de la peste.

jueves, 24 de julio de 2014

Con desdén y oro

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No es fácil ahora que las bombas están matando criaturas en nuestros ojos, elaborar una entrada en la bitácora que no se preocupe de ello. Pero hace tiempo que tenía ganas de dedicarle unas líneas a la poetisa cubana Clarilda Oliver Labra, poeta de "lo espiritual cotidiano", y hoy es el día en que lo hago, aunque parezca una frivolidad:

Iba a verle
en cualquier sitio,
él pedía un ron para mezclarlo con mis pupilas;
yo, el crepúsculo,
y me traían una lágrima.

Iba a verle:
a las seis de la tarde,
cuando los combatientes repasan sus fusiles
y los adúlteros se acuestan con mariposas;
a las seis de la tarde,
sin luna,
cuando por los cines naufragan las divorciadas
y los obreros comienzan a bañarse.
A las seis,
con temblor y relente,
con bochorno,
ciega como leche y sed,
iba a verle.
Azogue en su mano,
una extraña,
qué poco de suerte,
subterráneo para reírme a carcajadas.
Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza

iba a verle.

Iba a verle
– he dicho en la hermosura,
mientras recupero el ala que no sirve
y llueven los nísperos,
divagan las márgenes rumorosas.

Iba a verle…
y nos desbaratábamos a besos
y el libro se quedaba a medias
y luego quién creía en los relojes
si al fin se olvidó su boca del binomio de Newton.

Son versos de Desaparece el polvo. De ella dice Agustín Acosta que "no importa que la impresión de un hecho vulgar carezca de espiritualidad: ella le comunica la suya y el hecho aparece espiritualizado. Nada es en ella deliberadamente transitorio. Un instante, en su sentir, tiene atributos de eternidad"

viernes, 18 de julio de 2014

¡Mesita, ponte!

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Connolly escribe que literatura es aquello que se lee dos veces, por lo que me siento bastante excluido del escogido mundo de las letras, ya que el tiempo o las exigencias del cotidiano devenir no me permiten repetir lecturas en la mayoría de los libros que caen a mi alcance.
Digo casi todos, porque en estos días he releído ¡Ponte, mesita!, de Anne Serre, traducido (por Javier Albiñana) a principios de año. Recordaba aquellos personajes salidos de Simsala, el país de los hermanos Grimm, transportados sobre el libro que obedece a fórmulas, los cuales hace tiempo ya que han perdido atractivo para mí, en el que aparecían la mesa, el asno y la estaca.
Pero… cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una heredera de Sade, que domina el arte de narrar atractivo, que reinterpreta esa mesita (no sé si algo forzadamente), la pervierte y la convierte en el lago donde podemos mirar nuestra íntima existencia. Difícil, bastante difícil me parece resolver la primera parte de su relato, y lo hace dejándonos un personaje adolescente con el ansia ya saciada, que tiene que abrir espacios donde habitar.

¿Cómo es la edad madura de alguien que se sabe todos los cuentos? León Felipe mostró su versión. Los demás lo intentamos. Este es un libro que hace pensar.

martes, 15 de julio de 2014

Vidas imaginarias en paraísos terrenales

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Viendo el espectáculo del devenir político y deportivo en días recientes, me viene a la cabeza El cazador de leones, de Javier Tomeo (singular narrador fallecido en 2013; libro este que leí por indicaciones de la Bibliotecaria y que, por cierto, no me entusiasmó en su momento, pero que ha quedado vivo en mi memoria). Parece que todo ocurriera fuera del ámbito vital en el que me desenvuelvo, aunque seguramente sea yo quien está orillado de las corrientes visibles de la sociedad.
Al otro lado del hilo telefónico se oye el relato de viajes fantásticos, leones únicos por cazar, tierras de promisión. Pero los paraísos construidos con bienes terrenales solo existen para la gente pudiente, tal como describe Sebald en ese libro de pérdidas que es Los anillos de Saturno cuando nos lleva al jardín encantado de Yuan Ming Yuan, cercano a Pekin, las laderas de un monte pobladas de palacios, templos, pabellones, puentes… de cedro y mármol, dispersas entre vegetación, lagos y arroyos, repletas de objetos de oro y jade, saqueadas destruidas quemadas por tropas inglesas y francesas en 1860, cuyas llamas crearon una nube de cenizas que el viento transporta a la ciudad, cayendo sobre los cuerpos como si fuera una maldición.

Aunque, tal vez, las gentes comunes tengamos una oportunidad, pues dice Jean Guitton (en El trabajo intelectual) que la privación puede resultar un estado fecundo.

miércoles, 9 de julio de 2014

Enfermedad y Danzas

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La estupidez es una enfermedad extraordinaria: sólo la sufre quien no la padece, los demás.
Nos cita la Camarera, levantando algo la voz, mientras apaga el molinillo del café (sabiendo que nos resulta un ruido muy molesto), y asegura que la ocurrencia pertenece a Voltaire, según ha leído, o, al menos, se le atribuye en las páginas de frases célebres a las que acostumbra mirar de vez en cuando ‒«Es que es muy socorrido para iniciar conversaciones aquí, en la cafetería», dice satisfecha‒. Y no le falta razón, porque enseguida comenzamos a hablar de gente (pública) que se nos antoja estulta.
Me aparto de la barra y me siento junto al ventanal del paseo. La enfermedad llena nuestro cuerpo, vaticina sombras, cierra el entendimiento, nos colma de tristeza, impide que tengamos sueños grandiosos, acerca la arena hasta sepultarnos en su duna de la que escapan sonidos inciertos en la noche, convierte nuestros ojos en espejos, deja sin significado a la muerte.

La mañana abre el azul entre las nubes. Con las danzas el cuerpo mueve la enfermedad, le hace dejar espacios en cuya bóveda entra la música, el movimiento, la expresión; en cuyas paredes se hacen visibles retratos de rostros que pueblan nuestra vida; en cuyo suelo se ofrecen elementos cotidianos en los que nos apoyamos día a día. Las danzas sinfronteras hacen que la enfermedad conviva con la alegre vida que surge de nuestra belleza.

viernes, 4 de julio de 2014

Sueños

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Esta mañana no ha salido el bullicio de las golondrinas. El cielo nublado, medio lluvioso, las mantiene altas, alejadas de la ventana. Las buscaba al levantarme algo sonámbulo, pero no están cerca. Puede soñarse con tormentas de arena y puede ser que te entierren. La Camarera no sabe bien qué decir cuando le cuento la pesadilla de la pasada noche.
Sueño es el título con el que se traduce uno de los relatos de Haruki Murakami (del que solemos toparnos con forofos), anterior a las novelas que le han hecho famoso, pues se publicó en 1990, viendo la luz dos años después en The New Yorker, periódico que ennobleció el relato largo o la novela corta en la segunda mitad del pasado siglo. La editorial incorpora las sorprendentes ilustraciones realizadas por la alemana Kat Menschik, que refuerzan (ya desde su colorido añil plata) el ambiente onírico de la obra y se muestran casi como una película inanimada, a la que podemos insuflar vida al zambullirnos en compañía de la protagonista.
Es lo que sorprende a la Camarera (que fue la que me sugirió esta lectura), la voz de la protagonista o, mejor dicho, la consciencia. «Demasiado intelectual», dice «se nota la gradación de tiralíneas de la historia». La miro abrir el grifo sobre las tazas antes de ponerlas en la bandeja del lavavajillas. «Ya ‒protesto‒, pero llevamos tres días hablando de ello. Algo tendrá.» Y tiene la doble vida, la fluidez del agua, el ímpetu hacia la libertad, la fuerza de la soledad, la atracción de lo desconocido. La bella escritura.

Tiene golondrinas.

martes, 1 de julio de 2014

Raza de patos. Economía sostenible

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En esta lluviosa mañana de primeros julio las crías de patos del Arlanzón están a punto de iniciar su vida por separado. Nadan detrás de la madre y apenas puede distinguirse ya, por tamaño, quién es quién. Me resulta curiosa la visión porque no hace mucho que leía en una revista de economía sostenible que hay comunidades con escasos recursos en países donde las desigualdades sociales son abrumadoras que emplean las ocas para la limpieza de los campos y para su abonado. Ya sé que los patos del río y las ocas de Pomerania tienen sus diferencias, pero yo no estoy muy al tanto de ellas, así que me permito mezclar unos y otras.
El asunto me ha venido a la mente al andar junto al río, porque la pasada semana, mientras ojeaba un periódico de 1935-1936 titulado ¡Campo Libre! ‒haciendo alusión el título del semanario a una corriente emancipadora del campesinado de aquellas fechas‒, leí un artículo firmado por Jesusa G. de Martínez, algo ya no muy común el que en la sección «Divulgaciones agrícolas» viniera escrito un texto por una mujer, que en este caso era avicultora en una granja de Bujedo (Burgos, localidad cercana a Miranda de Ebro, donde se encuentra un monasterio con rica biblioteca) y que el mencionado artículo lo fuera sobre «La raza de patos Khaki-Campbell».

Bueno, a lo que vamos, después de alabar a esta raza por los escasos cuidados que reclama en la cría, pues su precocidad es grande, además de que su incubación (natural o artificial) da mayor número de nacimientos que el resto, habla de que a «los treinta días daremos por terminada su crianza, dejándolos corretear por parados y rastrojeras donde encuentran ellos su alimentación, limpiando los campos de caracoles, limacos y demás bichos que tanto perjudican a la agricultura y para ellos son un gran alimento».

miércoles, 25 de junio de 2014

La Recolectora. Lectura sin vacaciones

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Nueve meses de lecturas compartidas. Comentarios cada quince días en la Casa Redonda. Mundo sin principio ni fin. Sin centro ni periferia. Sin espacio ni tiempo. Literatura. Son:
Cualquier tiempo pasado…, de Victoriano Crémer
Los anillos de Saturno, de W. G. Sebald
Fiesta en el jardín, de Katherine Mansfield
Kafka y la muñeca viajera, de Jordi Sierra i Fabra
El amor de una mujer generosa, de Alice Munro
La metamorfosis, de Frank Kafka
Botchan, de Nausume Soseki
El intendente Sansho, de Ogai Mori
El país del miedo, de Isaac Rosa
Para una tumba sin nombre, de Juan Carlos Onetti
Sostiene Pereira, de Antonio Tabucci
Contrato con Dios, de Will Eisner
La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero
Las alas de mi padre, de Milena Agus
La abadesa de Castro, de Sthendal
El pentateuco de Isaac, de Ángel Wagenstein

Y las lecturas vinculantes. En torno del hogar cuando el tiempo es frío. Debajo del nogal cuando llega la primavera. Textos de: Janet Frame, Claes Andersson, E. L. Doctorow, J. M. Conget, Juana de Ibarbourou, Juan Gelman, Mo Yan, Levo Ivo, J. M. Coetze, Esperanza Ortega, Eugenio de Andrade…
Y el silencio. Y la música.

viernes, 20 de junio de 2014

Café(s)

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"el hongo la roya amenaza seriamente el modo de vida y la seguridad alimentaria de los que dependen de la industria del café, especialmente los pequeños agricultores”, reconoce la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (usaid).
Tomamos el café del viernes, edulcorado normalmente con el horizonte de libertad de cuando esperan dos días sin la obligación de los horarios laborales (aunque la Camarera tiene mucho que decir ante eso), pero hoy sabe un tanto amargo. La roya del café ‒Hemileia vastratrix‒ continúa destruyendo plantas en los cafetales de América. Tal vez un 30% de la cosecha. Afectando sobre todo a nueve países, en los que muchas familias dependen de este producto. Detectada ya en el siglo XIX, en Sri-Lanka, pasa en el XX a Brasil, Colombia, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Honduras, Jamaica, Nicaragua, Venezuela. Los tratamientos fitosanitarios han tenido controladas las plagas, pero en los últimos años el problema se desboca: por la inmunidad que adquiere el hongo, por el cambio climático (al subir el calor en zonas altas), por la vejez de los cafetales, por dificultades para plantar variedades más resistentes…
Puede ser que unas quinientas mil personas emigren hacia el Norte rico, además de las que se vean sumidas en la necesidad. El hongo debilita a la planta, impide que madure el fruto y lo hace caer. Se propaga a través del viento.

¡Menudas metáforas para esta soleada mañana de viernes!

lunes, 16 de junio de 2014

Arte

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Después de comer un cuenco de orondas cerezas que no saben a nada, ojeo Lápiz.Revista Internacional de Arte, que va por su número 284, en el año treinta y tres de existencia (por supuesto ya disponible para iPad), y me entero de que la galería Knoedler, de Nueva York, pagó en el año 2001 a la marchante de arte Glafira Rosales 950.000 dólares por una obra atribuida a J. Pollock, Sin título, fechada en 1950. Seis años después, en 2007, el coleccionista Pierre Lagrange la compró por 17 millones (también de dólares), pero cuando quiso venderla en 2011, fue rechazada por las casas de subastas al dudar de su autenticidad (con buen ojo, pues los pigmentos resultaron ser posteriores a la muerte de Pollock). El asunto quedó en que la prestigiosa galería (activa desde 1846) cerró tras entenderse con Lagrange, descubriéndose que Glafira les había colado en los últimos años, además, unas sesenta falsificaciones de artistas de renombre universal.
¡Y yo que me quejaba de unas tristes cerezas! Pero el día está siendo provechoso, pues me he enterado igualmente (aunque no en Lápiz) que El Greco no pintaba por ser religioso ni por estar imbuido de la mística castellana ni fruslerías semejantes. Eso nos lo han contado nuestros intelectuales de principios del pasado siglo ‒Ortega, Unamuno o Cossío, e incluso la joven M. Nelken en Glosario y en El Fígaro‒ influenciados por el francés Maurice Barrès (1862-1923). Sencillamente era un pintor como la copa de un pino, que, por si fuera poco, transgredió en las formas y contornos, pero tuvo una feliz relación con los colores y con el mercado del momento. Vamos, que pintaba lo que le encargaban.

Ya que después de ver la muestra El cuerpo que me lleva del brasileño ErnestoNeto ‒que no todo son jugadores de fútbol‒ no me siento muy puesto en captar el diálogo en pie de igualdad entre su arte y el espacio en el que expone, me he provisto del libro de Saehrendt y Kittl, Arte moderno para inexpertos, y he terminado por no hacer sangre de las cerezas, pues ahí se narra una de las acciones de guerrilla cultural de Bill y James, después de que se hicieran millonarios con la banda KLF en los ochenta, en la que quemaron un millón de libras en una isla escocesa, logrando que permaneciera la ardiente pira durante una rica hora (de la que no se sabe qué pensarán ahora que se encuentran en la ruina).
[Slideshow, de Neto. San Juan, de El Greco].

miércoles, 11 de junio de 2014

Cadenas. Cartas desde la Tierra

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Memoria
Escucho siempre
tu eterno silencio
en la montaña.
Otros tiempos, otras horas,
dificultan el recuerdo.
«¡Fíjate, qué significativo, para pedir la independencia forman cadenas (humanas)!», dice Ana, la dueña del kiosko del Paseo, y en escasos minutos se forma un lío de aquí te espero en la Cafetería. En realidad, Ana es la que regentaba el kiosko en los años pasados, pues ahora está jubilada, con lo que puede tomarse el café sentada tranquilamente en el lado corto de la barra, y no llegar y salir corriendo con la taza humeante como hacía antes. A mí me resulta simpática, tiene esa visión de lo que sucede a su alrededor similar al del díscolo ángel twainiano que, desterrado por una temporada en este planeta, describía lo que aquí pasaba en las Cartas desde la Tierra que enviaba a sus celestiales compañeros (si así los podemos llamar, pues la Escolástica no consiguió discernir a qué sexo pertenecen).
La voz de la Camarera, aprovechando los respiros del personal (que le da su experiencia), nos ilustra: «Ya decía el káiser Guillermo, en 1914, que no existen proletarios en Alemania, sino el pueblo alemán. Y les contó que estaban rodeados por todas las partes, por lo que era necesario una actitud defensiva (lo cual corearon muchos intelectuales)». No estaba enterado yo de estos extremos, aunque algo me sonaba de los diálogos de Günther Anders con Hannah Arendt en La batalla de las cerezas el haber leído que varios filósofos tragaron el anzuelo.
Uno de la mesa violeta, próxima al ángulo del mostrador, pregunta a Ana: «¡Oye! ¿Por qué dices que es significativo lo de las cadenas?». Ésta apura el café con cierta pesadumbre al ver que se terminaba y dice: «Porque es un símbolo de la política. Les están señalando que, si la independencia llega, no se va a escapar ni el apuntador. Pero eso gusta al personal. Tienen empeño en que les aten corto. Es erótico». Y dijo esta última frase sonriendo y guiñando el ojo izquierdo mientras se balanceaba ligeramente en la banqueta.

[Los versos son de Salvador Espriu en Las horas. Ilustración de Kienerk, arte Liberty].

viernes, 6 de junio de 2014

Shubuti. Gozos y sufrimiento

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Cuando alguien pese mi alma en una balanza, me gustaría que encontrara solo el rastro de esa voluntad [de búsqueda]; una obsesión sin medida por desnudar algo en el corazón sombrío, atareado, perdido; por despertar al hombre único que se afana en el tiempo, que teje su tela de araña en el tiempo para cazar solo el espanto y el olvido. Recogía intuiciones por las calles ruidosas, en los rincones del templo y a la orilla del mar. Buscaba siempre, enamorado de una esperanza apenas presentida.
Shubuti es personaje de ficción real. En un monasterio birmano queda, algo mermado, el manuscrito en el que da cuenta de su vida desde que entra de niño en el recinto de piedra y tiene por maestro al Despierto hasta que sale, en la juventud, a vivir sus años de madurez en una localidad marítima, tomando un cuarto en el barrio de pescadores, acudiendo al mercado en el que trabaja de escribiente, accediendo a los goces de la amistad y de la sensualidad. Ya apagándose el deseo, retorna al lugar de la niñez y encara los afanes de los días como un juego, pues sabe que no existe lo que vemos aunque ello tiene necesidad de comenzar y terminar todos los días. En los campos de alrededor ve cómo las gentes trabajadoras tienen que soportar las exigencias abusivas de los tiranos de turno, provocando a veces revueltas, ante las que exclama:
 Cómo oponernos a la injusticia, a la ignominia de la miseria coexistiendo con el derroche. Los viejos códices nos enseñan que la historia se repite, volteando como una rueda siniestra. Los revolucionarios de hoy acaban siendo déspotas mañana, pero la rebeldía es un camino inevitable. / En el monasterio sabemos que el error fatal está en el corazón del hombre. Ahí se le debe buscar y combatir. Sin embargo, para derrocar la tiranía, la recta razón dice que las armas pueden ser necesarias también. / Y hoy hubiera deseado un cuerpo joven para lanzarlo a la batalla por un mundo con menos sufrimiento.
[Shubuti, traducción y edición de JesúsAller, Libros del Peixe, 2014. Uno de esos libros breves para días y días].

lunes, 2 de junio de 2014

Feria del Libro

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«Escribo en dos espacios –nos dice–. El primero es gozoso. Busco y reúno material que pueda servir para la historia que quiero elaborar. Es como sumergirte en la costa, en el agua turquesa atravesada por la luz, donde vas pasando junto a las rocas pobladas de coloridas algas, donde aparece una bandada de pececillos esquivos, donde te encuentras con los ojos de algo desconocido. Te dejas llevar por las invisibles corrientes que salen de lo profundo y, al tiempo, crees descubrir su sistema: su origen y su destino. Y llega el momento en que sientes que se va terminando el aire, que tienes que ascender para respirar, que tienes que ir enlazando todas esas imágenes, sucesos y sensaciones que suceden allí abajo para ti.
»Entonces entro en el segundo espacio. Este es doloroso. Solo con pensar en el volumen amontonado que espera ser puesto en orden, me nacen de diversas partes del cuerpo unas punzadas que me hacen inclinar hacia un lado y otro. Postergo el sentarme. Enciendo el portátil. Miro la hora. Lleno la lavadora como sea y la enciendo. Hasta que la Inconsciencia me sienta, me pone las manos en el teclado y van apareciendo en la pantalla palabras sin un destino específico, pero que sé que irán uniéndose hasta crear ese texto que busca terminar en unas hojas de papel.
»Después, un constante cambiar del gozo al dolor. Oasis en medio de ese trajín tan complicado que a veces resulta la vida. En ocasiones, descubrimiento de la pieza que encaja en el hueco que hace días quedó formado, y trae la explicación de lo que se creía inexplicable. Pocos momentos en la vida como estos de la iluminación; tal vez algunos del amor o de la revolución. Efímeros, pero… Encender el pabilo con mano temblorosa y dejar la palmatoria sobre la pila de documentos».

La Camarera y yo escuchamos absortas la inesperada explicación de quien la hace en la terraza, bajo los plátanos de primavera, ante las casetas de la Feria del Libro.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Tiempo para la virtud o el mérito

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Porque, ¿dónde habrá, aquí en este mundo, una materia de especulación más hermosa, una más agradable visión contemplativa, que la de una acción bella, proporcionada y apropiada? ¿Hay acaso alguna cosa que alegre más sólida y definitivamente nuestra conciencia y nuestra memoria?
Es Shaftesbury (1671-1712) una mente precoz. Al igual que lo había sido Étienne de La Boétie (1530-1563). Pronto comprende cómo está formándose la sociedad. A los 24 años manifiesta que hace ya alguno tiene redactado lo esencial de su obra Investigación sobre la virtud o el mérito, en el que señala que se avecina un vuelco de los tiempos, una coyuntura en la que el absolutismo quedará vencido, dando paso a una sociedad más comunera. Ciertamente, que se producen cambios desde entonces en Europa. El feudalismo y el totalitarismo ceden, pero a costa de instalarse el principio de la desconfianza y el de la reserva. El puritanismo deja una profunda huella.
El niño Anthony Ashley se educa desde los tres años con el filósofo Locke, que tiene buen cuidado en buscarle una nurse que le habla en griego y latín, por lo que, a los once años, se desenvuelve con soltura en los idiomas clásicos. Su abuelo es campeón de los Comunes ingleses, que protagonizan la segunda revolución inglesa en 1688, dando paso a las libertades (religiosa, de reunión, jurídicas, etc.), en la que el nuevo rey le ofrece a Shaftesbury un puesto en el Parlamento, al que el joven de dieciocho años declina, pues quiere entregarse al estudio (lo que lleva a cabo durante cinco años). Ya en el Parlamento, en 1695, vota según la idoneidad de las proposiciones y no según la disciplina de partido, pues está en política «por su amor a la justicia, a la fe, a la honradez, a la promoción de lo público».
Leer (o releer) sus 315 párrafos lleva su tiempo. Tal vez el que ya no tenemos. Para concluir que «así, pues, la sabiduría de lo que rige y es primero y principal en la Naturaleza, hizo que el trabajar por el bien general esté de acuerdo con el interés privado y el bien de cada uno».

viernes, 23 de mayo de 2014

Los puentes de Sthendal

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"Fuera de aquí, yo gobierno y ‒lo confieso para mi vergüenza‒ encuentro algún placer al hacerlo; a vos me someto como un esclavo, pero con un placer que sobrepasa con mucho al de gobernar fuera de aquí. Estoy bajo la influencia de un ser superior; aunque lo intentara, no podría obedecer a otra voluntad que a la suya, y preferiría verme durante toda la eternidad como el último de sus esclavos a ser rey lejos de sus ojos" [Le dice el joven obispo de Castro, Cittadini, a la apuesta abadesa de la Visitación, Elena, en la obra de Sthendal, La abadesa de Castro].
El blanco continúa en el verde. Los pan y quesitos de las acacias llenan el vuelo de los paseos, en los que el viento de estos días cubre el suelo con sus pequeños pétalos, aumentando la alfombra con los milanos de los chopos, renaciendo en cada claro de lluvia. Aun cuando los castaños y los espinos van apocándose, comienzan a salir las flores del saúco. Fácilmente, las preocupaciones dan respiros en los que contraer el síndrome de Sthendal.
La obra de Sthendal (1783-1842) puede hacernos transitar hacia la realidad, pues ya definió su literatura como espejo de la misma. Realidad a la que acudimos sin prejuicios, dejando que sus personajes nazcan, se desarrollen y mueran porque sí, porque el tiempo les lleva a ello. El autor, además, se permite entrar en estas historias para ahorrarnos cientos de aburridas páginas, pues la vida es elipsis, movimientos inesperados, uniones que no se encuentran, mujeres que se disfrazan de monjes, ramo de flores con sangre, madre que miente por el gobierno de la hija, bandidos admirados… Y Elena, Elena, Elena que abraza a Julio.

Detrás del cristal que para el viento de esta tarde, escucho las notas de Adams, otro puente hacia el amor de los cuentos.

lunes, 19 de mayo de 2014

Musas en el viento (con alergias)

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Canta, oh Musa, la cólera aciaga de Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.
Cada vez tengo un mayor convencimiento de que las alergias ‒tan usuales en estos modernos tiempos‒ están provocadas por las musas. Vamos, no es que nos deseen molestia alguna, sino que reaccionan ante el descuido en el que las tenemos. Como su aliado, utilizan el viento, que ha sido siempre su camino ‒pneuma‒ preferido para llegar a la mente humana. Solo hay que estar observando tranquilamente una arboleda en estos días primaverales para ver sus ramas entrecruzarse y comprobar los milanos y flores de castaño que desprenden directas hacia el suelo, hacia nuestro territorio, en diagonales racheadas.
El Canto (o la Voz), la Meditación y la Memoria fueron las tres primeras musas en llegar a este efímero mundo. No se llevaban demasiado bien con las sirenas, así que pronto partieron peras y se instalaron en los montes, bañándose en fuentes y arroyos. Desde entonces han procurado susurrarnos al oído el modo en que nuestro discurso adquiera una elegancia que lo haga presentable en cualquier foro. Pero, qué se yo, según me han dicho, no se sienten atendidas últimamente y, de ahí…, las alergias.
De ahí ‒para aplacar su irritación en lo posible‒ que llegue a las librerías la traducción (ya del 2013, por Herder) de Ilíada y Odisea, el manga, ideado y publicado en Japón por vez primera. Al parecer, les ha gustado el detalle. Recordar Reflexionar Hablar.

jueves, 15 de mayo de 2014

¿Madurar? (Paredes de Salamanca)

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Tomaba el café mañanero el pasado sábado divagando por entre los artículos contra la censura y el incorrecto uso del lenguaje de Larra (1809-1837), allá en Calle del Rector Tovar de Salamanca, delante de uno de los grandes ventanales de que dispone la cafetería de nuestro Fígaro cavilando si ‒en su honor‒ tomaría también unos churros lo que descarté al no haber pedido chocolate, cuando me llamó la atención una pintada que había en el edificio de enfrente (que comparte calle con el colegio Francisco de Vitoria), en la que simplemente se leía ¿madurar?, escrito a tiza o yesón.
Se disiparon mis deseos de acompañar el brebaje y me fijé detenidamente en el mensaje (pues así me pareció aquello), adornado con una serie de elementos: un corazón, una nube, una flor, un sol. Y debajo Lucy y. Mucha atención. Alguien hablaba públicamente a otra persona y deseaba dejar constancia ante el resto de ello. Podría haber vuelto la vista unos años atrás y “deducir” que… Pero preferí contemplarlo ‒suele obtenerse más de la contemplación que de la búsqueda o la persecución‒ como a este nuevo día. Tal vez sea de alguien que termine en la política o en la revolución. Tal vez sea la primera voz propia de una larga existencia reflexiva activa. ¿Qué te parece?
Esta otra sí que la entendí. La (madura) pareja que caminaba delante de mí traducía con mucha seguridad: «Aquí fue el señor mmmm Antonio Nebrisense muy importante que velaba para las barbaridades; bueno, más o menos».
En Calle Libreros, algo más adelante que este Vitor dedicado a Nebrija, batallador contra la ignorancia, se encuentra un tercer mensaje en lo que es un local que no acaba de cuajar como bar:

Riqueza de las paredes.

viernes, 9 de mayo de 2014

Alas de literatura

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«Pues a mí eso no me parece literatura», dice Laura, que se ha sentado conmigo en la cafetería esta mañana. «¿Qué quieres que te diga?», interviene la Camarera, «no hay reglas para dictaminar si algo es literatura o no lo es». «Ya, pero, fíjate, en las treinta páginas que llevo leídas aparece trece veces la palabra magia, lo cual no me resulta muy elegante en la narración de un texto. Creo que magia es de esos vocablos de los que no hay que abusar; se ha convertido en un término comodín; cuando escuchas programas de televisión o radio para niños o en los cuentacuentos, todo es mágico. De tanto utilizarla, pierde sentido y valor». «¡Mujer!», vuelve la Camarera, «hay que tener en cuenta que es una historia en la que se da por sentado que quien narra es una preadolescente, y tiene que darle un aire”. “¡Ya, preadolescente!”, salta Laura, «y habla de Leibniz o de Walter Benjamin como si desayunara con ellos todos los días. O cuando cita frases de su abuelo; ¡mira esta de la página 40!: “Dice que son heroicos oponiéndose a su modelo familiar y encarnan la diversidad necesaria para que el mundo mantenga el equilibrio”. Ni yo misma me suelto con semejante discurso. ¡Para que luego digan que la gente joven adolece de comprensión lectora!».
La verdad que a mi el libro no me disgusta (ni la compañía de la que disfruto ahora, lo que creo que adivinan aunque no diga nada). Está lleno de imaginaciones y, si te abres, sientes que te recorre una corriente marina que deposita caracolas sobre la piel, una brisa azul que sosiega. A todo esto, se trata de Las alas de mi padre, de Milena Agus. Lo demás, eso de si sus páginas son literatura o no lo son, no me interesa demasiado en esta época en que me asomo a la ventana por las mañanas y en los atardeceres para escuchar a las golondrinas.
Son las preguntas de nunca acabar. ¿Qué es literatura de calidad? ¿Qué hace que un libro tenga éxito? ¿Es necesario el reconocimiento?

lunes, 5 de mayo de 2014

Cuerpos (flagelados)

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Mi cuerpo desnudo está aquí
y no en otra parte.
Pasa y verás lo que hay
tras el esmalte de dientes.
Pasa y verás.
    (Miriam Reyes, Bella durmiente, 2004)
Apoyada en la amplia balda que tiene el bar a lo largo de la pared que da a la calle, enfrente de uno de sus ventanales, se ve una pareja de mediana edad sentada en taburetes altos de mostrador. Enseguida les traen una caña (para él) y un vino tinto (para ella), y, a los pocos minutos, un par de platos con comida; en uno, unas tapas de bacalao, gulas y berenjena, más un cuenco de patatas bravas; en otro, unas rebanadas de pan de hogaza con tomate y jamón. Apenas se dirigen la palabra. Comen y beben en aparente tranquilidad, que pasaría por tal si no fuera por los movimientos nerviosos de los dedos al llevarse la comida y la bebida a la boca, y la rapidez con que lo hacen; apenas terminan de engullir algo, cuando él coge el cuchillo y corta de aquí o de allá dos nuevos (futuros) bocados.
Sin que sepa por qué, no puedo dejar de pensar en las flagelaciones  que se infringe la gente penitente, especialmente visibles en los cuadros (o películas) de la Edad Media. Seguramente no tiene nada que ver una escena con la otra, según me dicen mis acompañantes (a quienes cuento mi ocurrencia), pero… esto de la sociedad de consumo.
Escribe Estíbaliz Espinoza (en Número e, 2004):
… y de tal forma los acantilados de esta tierra nos
            predisponen al abismo.
A nosotros, los cyborgs  con un pequeño corazón
            y un hígado pequeño.
Nos reproducimos constantes en ese frío.
Pero fuimos como animales muy calientes, muy
            calientes.
Alguna vez…

[Entre tanto libro, se puede leer El poder del cuerpo. Antología de poesía femenina contemporánea, número 53 de la Biblioteca de Escritoras de Castalia].

miércoles, 30 de abril de 2014

Afirmaciones. Descubrimientos. Consejos

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Antesdeayer hablaba con la Camarera de las afirmaciones que se hacen en muchos libros como si fueran un sesudo descubrimiento que realizan autoras o autores después de profundas observaciones. Le digo que, por lo general, no me gustan, pues me resultan lugares comunes sin que aporten nada a las historias que se narran. Ella me dice que soy un escéptico que no me involucro en los personajes que aparecen en esos textos. «Por ejemplo ‒abro una página señalada del libro que estoy leyendo, cuyo título no voy a mencionar, pues no me gusta‒, mira lo que pone aquí: “Voy a hablar sobre los raros, porque he descubierto a lo largo de la vida que la normalidad no existe y que, en cierto modo, todo el mundo lo somos”. ¡¿Vaya obviedad, no?!». «Bueno ‒me contesta‒, tal vez lo sea para ti, pero hay épocas en la vida que puede que agradezcas el que te digan cosas así».
Continuo en mis trece y le digo que todavía me sientan peor los consejos, entre los que no hace mucho que leí (y, por ello, lo recuerdo) el de Jonathan Franzen, cuando en Más afuera dice: «Pasar por la vida indoloramente es no haber vivido». ¿Qué quiere decir con ello? ¿Justificar el dolor que hay en su vida como si al haber pagado su entrada ya puede enseñar el billete de estar vivo a quienes le rodean para que pueda recibir su reconocimiento? «Creo que estas frases podrían desterrarse de los libros. Que no estaría de más que las máquinas impresoras dispusieran de sentido común y preguntaran si procedía plasmarlas en blanco y negro antes de hacerlo».
«En fin ‒me dice la Camarera antes de traerme el presente de un trozo de bizcocho de naranja‒, ya veo que hoy vienes algo torcido. ¿Qué te parece esto?».
Fog (“Chicago poems”, 1916)

Llega la niebla
con sus mullidas almohadillas de gata.
Se sienta a mirar
la ciudad y el puerto
sobre sus ancas calladas
y luego sigue su camino. 

     (Carl Sandburg, 1878-1967, versión de Miguel Martínez-Lage)

viernes, 25 de abril de 2014

Margaritas, violetas... en el dolor

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Marie Curie (1867-1934) comienza un diario, después de la reciente muerte de su esposo Pierre Curie (1859-19 de abril de 1906), el treinta de abril. Habían estado unos días en Saint-Rémy-lès-Chevreuse, a donde solían ir a descansar, con sus hijas: Irene, de ocho años, y Ève, de catorce meses. Allí la primavera estaba por los prados en los que se tumbaban, riendo las gracias de la pequeña y pendientes de las correrías en bicicleta de la mayor. Se sorprendían de que las aulagas ya estaban florecidas y de que en algún recodo, junto a las charcas, encontraban vincapervincas y violetas.
Camino hacia el trabajo cruzando el silvestre parque de El Parral, una vez que pasado junto a las violetas vincapervincas de La Isla. Voy leyendo las palabras que brotaron de Marie al escribir la presencia de la muerte del ser que más amaba en el mundo, todavía sin creer demasiado en lo que había visto y en la ausencia que la acompañaba. La hierba ha crecido con las últimas lluvias, las margaritas forman alfombras que se me antojan tupidas, pues, al leer, no llevo puestas las gafas. El sol, entre las nubes blancas de este mediodía, ilumina el amarillo del diente de león y de los botones dorados que destacan en estatura del resto de flores en el prado. Desaparece el sendero ante mis pies, que zigzaguean ignorantes de los horarios. Como me ocurre en estas ocasiones, aparezco tarde en el trabajo por lo que me toca salir ya de noche.
Sabemos que Marie y Pierre Curie reciben un Nobel de Física y que Marie repite con otro de Química, el mismo galardón que también alcanzaría la hija de ambos, Irene, y que Ève escribe la conocida biografía Madame Curie (1938). «Me lo trajeron por la tarde. Primero, en el coche, te besé la cara, que apenas había cambiado. Luego te llevamos a la habitación de abajo y te colocamos sobre la cama. Y te volví a besar…».

lunes, 21 de abril de 2014

Bailar. Danzas

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«Vas. Bailas y conectas. Un círculo del que formas parte. Un círculo creado en torno tuyo. Extiendes las manos y se unen a otras manos extendidas.  Se balancea el cuerpo. Los ojos dejan de identificar objetos. La mente pierde recorrido en la sociedad de cada día. Aparece la música allá a lo lejos acercándose por momentos hacia ti, y aquí se queda. Paso paso paso cruza el izquierdo empareja el derecho tacón izquierdo hacia delante cae la espalda en su movimiento natural vuelven a su sitio tacón derecho delante de nuevo la espalda inclinada ligeramente… Los sonidos llegan a ese lugar en que tienes el ritmo. Las manos en contacto se alzan a la altura de los hombros y descienden atraidas por la luz de los pies. Apenas necesitas escuchar las indicaciones. Solamente dejar el cuerpo abierto al continuo movimiento.
»Gritas y contactas. Los sonidos brotan de la garganta hacia el centro del círculo a donde las otras miradas confluyen sorprendentes tranquilas sonrientes. Este los atiende. Se unen con los del resto de gente que lo rodea. Y en su vórtice diluyen la espesura del clamor.
»No sé muy bien qué sucede allí. Paso paso paso se balancea el cuerpo. ¿Solo el cuerpo? El invernal frío de los espacios deshabitados resiste la soleada primavera hasta que la lluvia riega las plantas florecidas tempranamente. En la mesa se conjugan gestos y palabras.
Vuelves y los problemas continúan aquí. O, tal vez, no. Quizá están ahí».
[Puede verse el programa del XII festival Danzassin Fronteras. O actividades como las que realiza El Tilo, en Ribota de Ordunte (Burgos), así danzas rumanas con Daniel Sandu y Noemi Bassani. La ilustración primera es de Matija Jama, El círculo de la danza].

martes, 15 de abril de 2014

Silencio

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«”Tendríamos que aprender a convivir así. Ya somos adultas las tres”, dice ella. “Es cierto ‒contesto‒, solo tenemos que atender nuestros íntimos deseos”. Quedamos en silencio, envueltas en la certeza de estar vivas. Miramos por la ventana, las frentes apoyadas en los visillos transparentes, hombro con hombro con hombro, dejando que los ojos ojos ojos caminen hasta los blancos manzanos de la ladera del sur, atravesando el moderno bulevar que ha construido la gente de esmoquin retirando las vías de tren. (Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa hacia dónde en el tiempo dividido, escribe René Char en Furor y magia).
»Ella yo y ella convivimos. Resulta bastante más fácil de lo que hubiéramos pensado. Flores hojas y frutos. La anciana de la frente arrugada nos narra historia. La mirada fija en una una y una. Nos separan sus palabras. Ella aparece en el desierto, los labios y la piel resecos, da tumbos por las dunas gritando demenciada por el abrasador sol. Yo caigo en furioso río, jugueteada por torbellinos que en la bajada rozan las rocas de la orilla rasgando mi piel. Ella tiene en la boca sabor de fresas. Nos consuela. Le da agua a pequeños sorbos. Apoca mis lancinantes llagas. La anciana grita, pero caminamos sin preocuparnos de sus oraciones, cada vez más alejadas».
Solo tocar la arcilla
Hoy, que poseo el barro y el aliento,
puedo hacerte surgir
de cualquier pentagrama lluvioso,
de cualquier escondido rincón
            donde sueñen las sombras y las arpas giman.
Puedo hacerte emerger,
revestida de espuma,
de un mar enigmático y secreto.

Solo será preciso
acariciar la arcilla,
trazar un simple garabato
            sobre el agua o el suelo
y esperar que el aire pueble las troneras vacías.

[El poema es de Pascual Izquierdo en Alba y ocaso de la luz y los pétalos (2013). Los cuadros: Tres mujeres, de Leger, y The Misses Wickers, de Sargent Singer].

miércoles, 9 de abril de 2014

Golondrinas

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Hace unos días que me asomo al balcón, oteando hacia el sur, por ver si aparece alguna golondrina. No recuerdo bien cuándo llegan otros años, pero es que las estoy echando de menos ya. Será que mi cuerpo las presiente. En realidad (si dejo a un lado las rosas), los gladiolos y las golondrinas son dos de las compañías que más me agradan. Realizan un viaje de treinta días a través de África, cruzan desiertos y cada vez encuentran un ambiente más hostil. Parece que cada año se merma su población en España alrededor de un millón.

La bella golondrina y el viento (Badajoz, 2009), es un breve texto de María José Fernández Sánchez, ilustrado por Juan Manuel Calderón, que podemos llevar (sin necesidad de abrirlo) en el asiento libre del coche, cuando vamos en busca del pájaro azul. O El canto triste de la golondrina (2001), de María Trinidad Crespo. A las que podemos sumar otras muchas golondrinas impresas de este nuestro siglo veintiuno: La golondrina peregrina, Corazón de golondrina, La golondrina roja, Los dos amigos de la golondrina, La golondrina valiente, La golondrina y el colibrí, La golondrina viajera, Liberación de una golondrina, Mariana o La golondrina hija de la libertad, Paulina y la golondrina azul, Sofía la golondrina, La torre de la golondrina, Trayectoria de una golondrina, etc.

El cuento La golondrina enamorada. La novela del maquis La golondrina. Construir El palacio de las golondrinas. Observar Las golondrinas de Kabul. Sin privarnos de los poemas de La risa de la golondrina me despierta, de Dobrina Nikolova. Casi todas ideadas por mujeres.

viernes, 4 de abril de 2014

Arte, camelias, guerras y el camino

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Puede verse estos días en Burgos la delicada exposición El pincel y laespada, referida a Japón, más en concreto a la época Edo (1615-1868), la del proverbial aislamiento del país, en el que una rígida estructura social, con el emperador en la cúspide, era mantenida por gobernadores y samuráis, los cuales se divertían en barrios especiales de las grandes ciudades, donde florecía el arte flotante (Compórtate como la calabaza en el río). Con algunas piezas del período Meiji (1868-1912), ya con intercambio occidental.
La Naturaleza como espectáculo. Las camelias que retornan a nuestro barrio en esos todavía diminutos arbolillos que plantaron hace unos años. Cuenta el afamado narrador japonés Natsume Soseki (1867-1916) que, cuando estuvo estudiando en Londres (donde malvivió), en una ocasión invitó a unos jóvenes londinenses a contemplar  la nieve cayendo y se mofaron de él.
Y, luego, la guerra. Cuántas obras literarias del momento dan fe de la alegría desbordante que se apodera de la juventud cuando se declaran la guerra unos países a otros. Stefan Zweig (1881-1942), testigo de lo que sucede en Salzburgo, lo hace en El mundo de ayer, al anunciarse la entrada de Austria en la primera guerra mundial. Y otro de los que era casi un niño, Ernest Glaesser, confirma el hecho en Los que teníamos doce años (traducido en 1930 en España, época muy antiguerrera en nuestro país). Hoy lo podemos leer en uno de los libros editados al calor (o el frío) de aquel acontecimiento, 14, de Jean Echenoz.
A cada cual, nos queda ese dilema que plantean los versos de Robert Frost (1874-1936) en «El camino no tomado (o no elegido)»: Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo, / Y apenado por no poder tomar los dos /  Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie / Mirando uno de ellos tan lejos como pude, / Hasta donde se perdía en la espesura; […]Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, / Yo tomé el menos transitado, / Y eso hizo toda la diferencia.