Hace dos noches no pudimos dormir. Hasta el barco llegaba el sonido de secos impactos provenientes del Este. Según nos íbamos acercando, los identificamos como disparos, a los que pronto se sumaron gritos perfectamente audibles de personas. En alta mar, unos barcos estaban abordando a otro. Pronto supimos el resultado: dieciséis muertos por heridas de bala. Era un ejército contra lo que se ha llamado flotilla humanitaria. Todo un conflicto nada fácil de comprender y resolver: la Franja de Gaza –la gente de Gaza– acordonada por un gobierno exterior que le raciona los alimentos y la libertad, y por un gobierno interior que procura arrebatarle la mente y la voluntad.
Personas que matan por la orden de un Gobierno, para defender una patria. Personas que mueren por ello. Y la literatura ¿qué hace? ¿Crea ficciones fundacionales como sostenía Doris Sommer? ¿Crea heroínas y héroes con pensamientos y propósitos que se identifican con esos Estados, con estas naciones? Michel Foucoult (1926-1984), filósofo y sociólogo estricto, cuando escribía Historia de la sexualidad, afirmó que el deseo sexual podía ser la explicación de todo. ¿Tanto potencial erótico tienen los territorios y los gobiernos como para ser seguidos ciegamente? Si fuera así, malas noticias, puesto que en lo último que se desea entrar es en la comprensión de ese deseo.