jueves, 25 de abril de 2019

Anécdotas y biografías

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Cuando alguien cuenta una anécdota de su vida, por sencilla que sea, suele atraer mi atención. A veces maldigo mi pérdida de audición ‒que achaco al ruido de las máquinas de la carpintería en la que trabajé durante años‒, pues me priva de escuchar relatos en los sitios más dispares, tal los trenes o las estaciones. Tal vez por ello, me digo, me atraen tanto las biografías y las autobiografías. En estos días de fiesta, paseando por las estribaciones del Moncayo (en el que ha nevado un poco en la cumbre), en los alrededores de mi pueblo, he estado disfrutando de dos libros de estas características. No sabría con cuál quedarme.
El primero es la biografía Emmy Noether. Una matemática ideal (2011), realizada por David Blanco Laserna, que editó Nivola en la colección La matemática en sus personajes. Su condición de mujer más la de judía le complicaron bastante la vida, pero aun así ha logrado una influencia que pocos matemáticos han logrado. Entre otros logros, Noether (1882-1935) dotó de una base sólida a la teoría general de la relatividad.
El segundo también corresponde a alguien emigrado, exiliado, pero se trata de una autobiografía, la de Atiq Rahimi (1962), titulada La balada del cálamo (2018), un despliegue de recursos en los que entran caligrafías (y calimorfías) y poemas para aderezar recuerdos y reflexiones. Cuerpo y palabras devenidas en dibujos, con una sensibilidad exquisita. Para mi sorpresa, habla del místico persa del siglo XV Rajab Borsi:
Los significados de las letras se encuentran
en la Inteligencia; sus modalidades sutiles,
en el Espíritu; sus formas se hallan en el
Alma; sus huellas están en el Corazón; su
fuerza enunciadora, en la Lengua; su secreto
configurador, en la Audición.
(Así que cada vez lo tengo peor).

miércoles, 17 de abril de 2019

Con los ojos de Jonna (literatura nórdica)

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En el otoño de 2018 llegó a las bibliotecas municipales de Burgos la campaña lectora que estaban promoviendo las embajadas de Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia por España. En ella incluían el libro de una autora y el de un autor de cada país, más un libro infantil, los cuales publicitaban en unas cartelas visibles en los pasillos, en las que se hablada de las vidas de las mencionadas. Casualmente, había leído en los meses anteriores un par de ellos (los cuales reseñé en la bitácora, así Tainaron,de Leena Krohn).

Me gustaron. Así que esta vez he cogido de la mesa de novedades La pequeña Jonna, de la danesa Kirsten Thorup (1942); nacida en la isla de Fionia, hija de un librero, utiliza en sus obras las experiencias infantiles que tuvo en el campo; fue la primera de su familia en ir a la universidad, en la que se licenció en Literatura y Filología inglesa, lo que le sirvió para instalarse durante una temporada en Inglaterra; vuelta a su país, donde es una autora reconocida desde la década del setenta, vive en Copenhague, y allí escribe poesía, teatro, cuentos y novelas.
También me gusta la pequeña Jonna (publicada como Baby, 1973). No es muy corriente encontrar una voz narrativa de una niña de diez años hablando de su existencia infantil, sin que se note que está creada por una persona adulta. Y, todavía menos, dar crédito a la voz de una niña describiendo la vida de mayores, incluso cuando transgrede los umbrales de credibilidad al ocuparse de situaciones en las que no está presente. No importa, de verdad. Todo lo que narra, ocurre. Y ahí está la hermosa y laboriosa Betty, su madre, y sus tres hermanos y su padre y la galería de hombres, mujeres y criaturas que desfilan en esta historia.

La mirada de Jonna focaliza la hipocresía de tanta gente honrada, y percibe su propia pobreza como un lastre existencial.

jueves, 11 de abril de 2019

En la penumbra (al resguardo de la lluvia)

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Cuando leo alguno de los párrafos-diálogos-monólogo de un par de páginas de Juan Benet (1927-1993), me pregunto si es que me sobra el tiempo. Tengo la sensación de estar en unos momentos que no tienen utilidad, que no sé dónde colocarlos en mi existencia. Pero vuelvo de vez en cuando a su escritura. Son escasas las ocasiones en que soy consciente de tumbarme sobre palabras que existen ahí, entre la mente y la arcadia literaria, y con Benet me suele suceder.
Ahora estoy con En la penumbra, publicada en 1989, una de sus últimas obras, cuya publicación coincide con la puesta en marcha de su propia empresa ‒él era ingeniero y había trabajado en varias obras, entre ellas la construcción del pantano de Porma (que desde 1994 se denomina Embalse Benet), en el que quedó sepultado Vegamián, el pueblo de Julio Llamazares‒. Ya la ilustración de cubierta me resulta un acierto: Día de lluvia (1906), de F. W. Benson (1862-1951).
La obra, iniciada y finalizada en octubre, presenta a dos mujeres mientras reflexionan sobre su vida; una de ellas entra en la madurez; la otra tiene cercanos los años de sazón. Al tiempo, esperan a un personaje desconocido que porta un mensaje para la mujer adulta (y, a la postre, también para la joven). En otros meses del año ‒mayo, junio, agosto y septiembre‒ se van sucediendo acontecimiento paralelos, que dotan a la novela de terreno en el que caminar.
Dice la publicidad editorial que es uno de los textos mayores de la narrativa contemporánea, en el que Benet alcanza la más alta de sus cotas, hasta logar una pieza maestra. Yo no digo tanto, pero ‒según he dicho‒ la disfruto.

viernes, 5 de abril de 2019

Las montañas de la mente (o fascinación cultural)

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La fascinación actual por las montañas es, en notable medida, cultural. Eso es lo que viene a decir el británico Robert Macfarlane (1976) en Las montañas de la mente (2005), libro que combina erudición y aventura. Apenas hace tres siglos, eran consideradas lugares de peligro, inhóspitos, aptos para refugio de gente bandolera o perseguida. Sería Thomas Burnet el iniciador de una visión nueva sobre las alturas impactantes en The Sacred Theory of the Earth (1681), continuada por Lyell en los Principles of Geology (1830) o Ruskin en Of Mountain Beauty (1856), quienes extendieron la belleza de estos paisajes, debido a que descubrieron que tenían un pasado, que su forma actual proviene de miles y miles de años en los que la Naturaleza ha escrito su libro. Y, por supuesto, el Nueva Elosía (1761) de Rousseau.
(En Oriente ‒digamos de paso‒, obras como la de Kuo Shi, Essay of Landscape Painting, ya habían afirmado que estos paisajes «alimentan la naturaleza del hombre»).
Después de tres siglos de excursiones geológicas y románticas (con su dosis, en numerosos casos, de intereses económicos), pudo George Mallory (1886-1924) escribir a Ruth turner, su mujer, desde la base del Everest, «Querida mía […], no tengo palabras para describir hasta qué punto me posee», tres años antes de que muriera en sus crestas. O Hergoz (1919-2012), en el Annapurna, cuando se le estaban congelando los dedos (que después le amputaron), «Aquel paisaje diáfano, aquella quintaesencia de la pureza […], aquéllas no eran las montañas que yo conocía; eran las montañas de mis sueños».
Alfred Tennyson (1809-1892) escribe en su elegía de la estasis: «Las montañas son sombras y fluctúan / de forma a forma, y nada queda en pie; / se disuelven como bruma, las tierras sólidas, / como nubes toman cuerpo y se van». Si eso les sucede a ellas ‒majestuosas‒, ¿qué no nos sucederá a la gente mortal?
Claro que no todo el mundo se siente atraído por ellas. Ya los escribía Blake (1757-1827): «El árbol, que a algunos conmueve hasta lágrimas de dicha, es, a ojos de otros, solo un estorbo verde que se interpone en el camino».
Salud.