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jueves, 11 de abril de 2019

En la penumbra (al resguardo de la lluvia)

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Cuando leo alguno de los párrafos-diálogos-monólogo de un par de páginas de Juan Benet (1927-1993), me pregunto si es que me sobra el tiempo. Tengo la sensación de estar en unos momentos que no tienen utilidad, que no sé dónde colocarlos en mi existencia. Pero vuelvo de vez en cuando a su escritura. Son escasas las ocasiones en que soy consciente de tumbarme sobre palabras que existen ahí, entre la mente y la arcadia literaria, y con Benet me suele suceder.
Ahora estoy con En la penumbra, publicada en 1989, una de sus últimas obras, cuya publicación coincide con la puesta en marcha de su propia empresa ‒él era ingeniero y había trabajado en varias obras, entre ellas la construcción del pantano de Porma (que desde 1994 se denomina Embalse Benet), en el que quedó sepultado Vegamián, el pueblo de Julio Llamazares‒. Ya la ilustración de cubierta me resulta un acierto: Día de lluvia (1906), de F. W. Benson (1862-1951).
La obra, iniciada y finalizada en octubre, presenta a dos mujeres mientras reflexionan sobre su vida; una de ellas entra en la madurez; la otra tiene cercanos los años de sazón. Al tiempo, esperan a un personaje desconocido que porta un mensaje para la mujer adulta (y, a la postre, también para la joven). En otros meses del año ‒mayo, junio, agosto y septiembre‒ se van sucediendo acontecimiento paralelos, que dotan a la novela de terreno en el que caminar.
Dice la publicidad editorial que es uno de los textos mayores de la narrativa contemporánea, en el que Benet alcanza la más alta de sus cotas, hasta logar una pieza maestra. Yo no digo tanto, pero ‒según he dicho‒ la disfruto.

lunes, 8 de enero de 2018

Celebraciones de Reinas en Penumbra

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El fuego en el hogar. El agua en la playa. La lluvia en el aire. Elementos básicos. Palabras verdaderas de la poesía. La nieve que ahora baja por el aire servirá para que renazca lo hundido en la tierra hacia la primavera (aunque sería deseable que ciertas cosas que mueren no volvieran a resurgir).
“Celebremos… / los afanes de siempre: / mirar la lluvia fuera, / sentir la niebla dentro, / querer y que nos quieran”. No, no, no es eso, pienso cuando leo los sencillos versos de Rafael Juárez en Una conversación en la penumbra (2015). Precisas, recatadas, hermosas incluso sus palabras, pero no es eso de que “Estoy en esa edad en la que un hombre quiere / por encima de todo ser feliz, cada día. / Y al júbilo prefiere la callada alegría / y a la pasión que mata, la renuncia que hiere”. O, para mayor exactitud, no es solo eso. Está la vida fuera, a nuestro alrededor: gente refugiada, nieve, ira, pobreza, rebeldía, latrocinio… No se puede ser feliz sin su permiso.
Ya, ya sé que es un libro de poemas. No hay que exagerar o pedirle peras al olmo. Y, como dejó escrito Eliseo Diego en Nombrar las cosas, “un poema no es más que la felicidad, que una conversación en la penumbra” (según nos recuerda Pablo Jauralde en la jugosa introducción). Este libro -es cierto- dispone igualmente de reflexiones que ayudan a proveerse para la travesía del año que comienza: “Recoge agua, que también te espera / el camino y no vas hacia la fuente”. Y avisa de lo que nos sucederá cuando tomemos el tren de los acontecimientos y no deseemos estación alguna en la que apearnos: “Adiós una vez más a estos lugares / donde me esperan siempre y nunca llego. / Con la velocidad vuelve el sosiego”.
Abro el libro al azar y, tras el juego inocente -“Tres colorines / y dos palomas / y uno que mire / pasar las cosas”- caigo en alguno de sus sonetos -mi perdición consonante-: “Al ordenar los libros nuevamente / desordeno mis días… / Vuelvo a la inútil condición esclava / de organizar en cada estantería / mi ausencia plena y su presencia hueca”.
Salud.

[Las ilustraciones son Reinas de Fernando Vicente, y Penumbra de Paolo Nozolino].