martes, 14 de septiembre de 2021

Ciento cincuenta años de la Biblioteca Pública de Burgos

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 El día de la Exaltación de la Cruz (y del Cristo de Burgos) de 1871 se inaugura la Biblioteca Pública de Burgos o Biblioteca de San Juan, hoy ubicada en la plaza de este nombre (junto al río Vena) en la ciudad castellana del Arlanzón. Ese jueves 14 de septiembre lo hace en el edificio del Consulado del Mar, situado en el Paseo del Espolón.

Desde la Alta Edad Media, la provincia de Burgos cuenta con scriptorios en los monasterios de San Pedro de Cardeña, Oña, San Pedro de Arlanza o Santa María Valeránica, productores de abundantes códices manuscritos, alguno de valor significado por sus iluminaciones, que dieron lugar a notorias bibliotecas eclesiásticas, enriquecidas con la imprenta, caso de Silos, La Vid o Valpuesta. En las desamortizaciones de los siglos XVIII y XIX, sus volúmenes son subastados y parte de ellos pasan al Estado, que trata de agruparlos en bibliotecas –otra parte notable será llevada a París o Londres, y otra caerá en manos desaprensivas–, lo que sucede tras los varios traslados que sufren, con las consiguientes pérdidas.

Al inaugurarse, la biblioteca cuenta con 7621 volúmenes, colocados en las estanterías de roble que se sitúan en la sala del primer piso, iluminada de día por tres balcones y, en la noche, por cinco elegantes lámparas de gas. Durante años, la utilización de la misma se ve condicionada por la escasa adecuación de sus obras a los tiempos modernos. Pero todo se va andando. Ya en 1882 se inicia la Sección de Autores Burgaleses, desde la que nace la importante Sección Local actual, que recibe los ejemplares correspondientes al Depósito Legal provincial. El folleto Historia de la Biblioteca Pública de Burgos (2003) se detiene en mostrar el desarrollo de la misma (que toma por nombre el de Fray Francisco de Vitoria en 1947).

La obra de mayor valor bibliográfico que contiene es la Biblia de Gutenberg o Biblia de las 42 líneas –en papel, no pergamino, descubierta en los años treinta–, única de la que se tiene constancia en la que tomó parte el inventor en 1452. El fondo antiguo lo completa con manuscritos medievales y 119 incunables, entre ellos la traducción de la Divina comedia impresa por Fadrique de Basilea en Burgos. A ello se suman los libros expurgados, los raros y curiosos, los encadenados, más los llamativos.

Cien años después de su inauguración se traslada al edificio construido ex profeso para ella en el solar del antiguo hospital provincial (tras su incendio de 1949), renovado a cristal en 2012 (con la puerta gótica original de 1479 de Simón de Colonia). Hoy es un centro cultural, con servicios y actividades diversos, desde la Sección Infantil a la promoción de la lectura adulta (con doce clubes).

¡Salud, Larga vida!

jueves, 2 de septiembre de 2021

Septiembre

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La llegada de septiembre conlleva el plantearse la temporada próxima. Desechar o renovar actividades. Por ahora, retomamos la bitácora, agostada en los días pasados.

El verano, para nosotros, ha sido de lecturas autobiográficas. Ese género tan bipolar. Denostado por quienes lo creen un ejercicio impostor. Alabado por quienes lo tienen por un acto de valentía que plasma motivaciones vitales. Puede, en fin, que sean biografías. En todo caso –nos parece–, una actividad egocéntrica, que produce beneficios a quien la practica, ya sea escribiendo o leyendo.

Con la costumbre de los últimos años de poner una obra clásica en nuestros días de estancia en el pueblo, nos hemos acompañado de Thomas Bernhard (1931-1988) y sus cinco relatos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño. Publicados entre 1975 y 1982, todavía sorprende hoy su estilo. Lo curioso de ellos es que (en especial por el estudio psicoanalítico que les hizo Louis Huguet) «son tan novelescos como autobiográficas son sus novelas». El propio autor dice en un pasaje que «si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado». Dos intenciones emergen al iniciar su lectura: leerlas completas y visitar detenidamente Salzburgo.

La otra gran autobiografía leída es la de Tove Ditlevsen (1917-1976), que también podríamos considerar clásica. Bajo el título de Trilogía de Copenhague reúne tres libros publicados entre 1967 y 1971: Infancia, Juventud y Dependencia. Poeta, en primer lugar, lo denota la frase con la que comienza estas memorias: «La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda». Muchas de sus letras están en el acervo del pueblo danés convertidas en canciones. Y también novelista o ensayista. Una vida intensa, compleja y convulsa, de escritora de raza, que acabó con una sobredosis de somníferos. Para leer.

Salud

miércoles, 7 de julio de 2021

La madre en familia con fuerzas especiales

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Al anotar en esta temporada algo más espaciadamente, se acumulan las lecturas y, en la mente, cada una pugna por ser la elegida para aparecer en la bitácora. Hoy emergen dos con fuerza singular: Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan y Fuerzas especiales de Diamela Eltit. De Francia a Chile. Ambas muy dispares en el contenido y la forma.

Delphine de Vigan (1966) es una autora premiada, que está en boga. No es infrecuente que las amistades nos recomienden alguna de sus últimas novelas –Las lealtades, Las gratitudes– o que las encontremos en escaparates y mesas de novedades de las bibliotecas. Una autora que se hace a la escritura desde la experiencia familiar, sobre la que narra. Nada se opone a la noche (2011) –frase de la canción Osez Joséphine de Alain Bashung y Jean Fauque– es la inmersión en el mundo hogareño en el intento por describir la figura de su madre, Lucile, poco tiempo después de que esta se suicidara (tras saber que no superaría el cáncer). Una familia amplia, alegre, patriarcal, matriarcal, sobresaltada por incidentes dolorosos e irremediables que esculpen a quienes la forman.

Hay quienes sostienen que este tipo de libros solo sirven (de terapia) para quienes los escriben. Hay quienes sostienen que este libro les toca, les despierta sucesos claves dormidos, les ayuda a comprenderse y comprender a sus deudos. Es la escritura.

La chilena Diamela Eltit (1949) transita por las formas en Fuerzas especiales (2015), ya desde el título, que remite a la policía y ejército de la dictadura así como a la vitalidad que se necesita para sobrevivir en zonas marginales sometidas a represión y control. La literatura en español de América suele ser más arriesgada que la europea. Capítulos sin separaciones. Prosa encadenada. Expresiones del absurdo. Le ocurre lo que al arte. Exprimirlo es cuestión de práctica. Una vez que la tienes, es una droga. La necesitas.

Salud

domingo, 20 de junio de 2021

Piezas en fuga (Anne Michaels)

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Las novelas que vienen de la poesía son efigies. Espacios en los que se suceden palabras con sentidos. Situaciones en las que el lenguaje construye el pensamiento (y no el pensamiento el lenguaje). Agradezco estas novelas cuando me aburren un poco los argumentos, cuando lo personajes actúan porque tienen que hacerlo.

En Piezas en fuga (1996), de Anne Michaels (1958), se suceden elementos que conforman individualidades que se desenvuelven en momentos sociales e históricos.  Predomina la dispersión. La novela no es lineal. Su protagonista (o sus dos protagonistas o sus tres protagonistas) sobreviven al genocidio nazi sobre el pueblo judío. Un arqueólogo griego, Athos, rescata a un niño, Jacob, y lo lleva a la isla en la que vive, Zakhynthos, en el mar Jónico. Viajan después a Canadá, donde viven hasta que el hombre muere, y el niño-hombre retorna a Idra, la isla del Egeo en la que está la casa familiar del arqueólogo. Allí quedan los cuadernos personales que Jacob elabora hasta su muerte, los cuales son rescatados por Ben, joven a quien conoce en Canadá, sobre los cuales se compone la novela.

El libro construye un ambiente alegórico plagado de elementos científicos y culturales, en el que son fundamentales las fuerzas cósmicas. La geología, la arqueología, la meteorología, la música, la literatura, la historia tienen existencias propias y, al tiempo, se entrelazan. Los cielos, las tierras, los mares, las historias familiares conforman la novela. No necesitan argumentos. Ella es el argumento.

Las piezas en fuga mantienen la unión con una brillante retórica, que habrá quien tome por abstracción, al tiempo que echará en falta una construcción psicológica más elaborada de las conductas personales. Nada, sin embargo, excusa su lectura.

Salud

lunes, 7 de junio de 2021

La muerte del sol (Yan Lianke)

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«Cenizas como plumas de gorrión o de fénix perseguían a la gente, aterrizando sobre la cara y el pelo». «El sol brillaba tanto que se veía la respiración de las flores y los pájaros enganchándose en el aire, emitiendo un ruido leve, como puntas de aguja batiéndose contra los rayos del sol, y a la vez claro, como estrellas que titilan en la noche». Son expresiones corrientes del libro La muerte del sol, de Yan Lianke (1958), traducido recientemente del chino por Belén Cuadra Mora y editada en Automática Editorial, que cuenta con otras obras de este autor.

Allá lejos. Tomar una obra literaria de China es prepararte para entrar en un mundo cultural distinto al que acostumbramos en Occidente, alimentado en la tradición judeocristiana, clásica o artúrica. Un mundo cultural rico y complejo, que ha sustentado durante siglos las creencias y motivaciones de unos pueblos con una civilización –ciencia e industria– superior a la nuestra (hasta que en el siglo XIX impusimos nuestra voluntad gracias a la aplicación de un elemento suyo: la pólvora).

Yan Lianke, en La muerte del sol, confirma el modo de ser oriental. Los personajes se mueven por la escena movidos por impulsos que desconocemos, pero que cuestionan los propósitos autoritarios a los que están sometidos. Los símbolos se suceden al tiempo que la crueldad se instala en el centro de la escena. Una burbuja envuelve a una población y convierte a sus habitantes en sonámbulos (conscientes de que obran en sueños). El propio autor es uno de ellos y deja en el vacío la fuente de la inspiración creadora. No extraña que Lianke –nacido con la revolución– sea un escritor premiado, al tiempo que controvertido e independiente. Criarse y vivir en una sociedad totalitaria imprime carácter.

Salud

jueves, 20 de mayo de 2021

El niño de las chabolas (Azouz Begag)

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 Se han cruzado en mis jornadas cercanas alguna novela –El cuento de la criada, Tres días y una vida– y algún ensayo –Humano, más humano (Una antropología de la herida infinita), Biología cuántica– que no desmerecerían estar comentados en estas páginas, pero me inclino a hacerlo con El niño de las chabolas (1986) de Azouz Begag (1957), porque tiene la frescura de narrar una vida concreta y, además, la infancia de un niño que se cría en una zona de chabolas cercana a Lyon, Villeurbanne, en los años sesenta del siglo pasado. Quienes tienen afición al cine han podido verlo en El chico de la Chaaba (1998).

Begag es conocido por ser autor de novelas, ensayos y guiones de cine, además de haber sido ministro para la Igualdad de Oportunidades (2005-2007) de Francia. Completa su existencia con la investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica en las áreas de economía y sociología. Por ello, sus ensayos y novelas reflejan los problemas de las fronteras y los de la integración de los beurs, jóvenes argelinos de origen magrebí.

Sus padres son de Argelia, pero él nace en Francia. Su padre, analfabeto, le dice un día: «este libro es un pájaro». Y Azouz, efectivamente, voló después de empeñarse en el estudio para salir de las penurias de las chabolas. Sus propios amigos y primos le reprochan que, con el estudio, desee parecerse más a los franceses que a los árabes. Le dicen que es un traidor. Pero él continúa su impulso interior, sin dejar de vivir en su ambiente: recibe palizas de su padre, el que todo lo puede en la familia, o roba una bicicleta y le cambia el color para poder ir con la pandilla del barrio.

Tiene genialidad y rebeldía, y las cultiva en todas sus consecuencias.

martes, 4 de mayo de 2021

Revisiones... (con la familia Oz)

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A la literatura le afectan las revisiones que (por fortuna) realiza la sociedad sobre el enfoque de sus asuntos. En quienes escriben y en quienes leen. En la actualidad, nos encontramos con dos de estas renovaciones, que remueven las actuaciones patriarcales, que sacan a flote el uso y el abuso del poder: los malos tratos en ámbitos familiares –no tienen por qué ser físicos– y el feminismo. Sería deseable que contara cada cual con recursos y con tiempo suficiente para reflexionar sobre ello, y no dejarse arrastrar por las apariencias (que pueden presentarse con formas alarmantes), con lo quel suele pagar gente justa por pecadora. Pero, en fin, algo se mueve.

Hace un par de meses que ha saltado a la palestra el testimonio de Galia Oz Salzberger (1964), escritora de literatura infantil, en el libro autobiográfico Algo disfrazado de amor, en el que afirma que su padre le golpeaba, maldecía y humillaba, de forma habitual, con la intención de quebrar su personalidad. Galia había nacido en un kibutz israelí, se crió allí en la casa comunitaria infantil, y es hija de Nili Salzberger y de Amos Oz (1939-2018), autor este de Mi querido Mijael, Una historia de amor y oscuridad o Una pantera en el sótano, además de textos contra el fanatismo, pues no en vano es una personalidad muy valorada en los círculos pacifistas de izquierda por haberse opuesto a la política de colonización israelí contra el pueblo palestino.

Tanto la madre, Nili, como su hermana mayor, Fania, y su hermano menor, Dean Maccabi, han desmentido estas afirmaciones, y afirman que Amos era un hombre cálido y afectuoso. Aunque el hermano ha matizado que tampoco hay que desoír a Galia y comenta: «En conclusión, tengo una cosa inteligente que decir sobre todo esto. Si en tu familia hay un distanciamiento, relaciones turbias, residuos de años, por la razón que sea, haz todo lo posible por intentar arreglarlo. Yo no sé cómo arreglar tus cosas, solo tú lo sabes. (Cada familia es diferente. Sí, sí, incluso las familias felices)».