jueves, 23 de diciembre de 2021

El Tao del viajero (con Paul Theroux)

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Hace unos días me llegó un correo con la respuesta que había hecho el grupo de practicantes del I Ching Dao de cuál sería la postura correcta como sociedad para el 2022 ante el panorama de pandemia que padecemos. La contestación era el estudio del Hexagrama 6, “El conflicto” (cuyo enlace tengo pendiente de leer). Por aquello de las coincidencias, ocurre que estoy releyendo estos días El Tao del viajero (2011) y he asociado la filosofía de fondo entre estas dos actividades.

Paul Theroux (1941) es de sobra conocido como novelista y autor de libros de viajes. En El Tao del viajero (2011) reúne temas que aparecen en los textos de sus últimos cincuenta años y, además, integra a las personalidades viajeras que le han influido en su caminar, por lo que desgrana frases (en todos los capítulos) de las mismas. Aquí está la sabiduría viajera de Freya Starck, de Samuel Johnson, de Vladimir Nabokov, de Evelyn Waugh, de Mark Twain, de Francis Galton, de Robert Louis Stevenson, etc.

Tao o camino o método o doctrina de quien viaja, que lleva a una reflexión interna del recorrido de la vida. ¿Qué es más importante, tener mucho o necesitar poco? Sin duda, lo primordial es llevarse bien consigo mismo. El subtítulo es significativo: Enseñanzas de vidas en la carretera. «No puedes transitar el camino hasta haberte convertido tú mismo en el camino». El libro está plagado de consideraciones sobre la condición de viajero (y su contraposición, turista), sobre lo forastero, sobre los miedos y neurosis, o sobre el propio escritor como misántropo.

Desde El gran bazar del ferrocarril (1972), libro que le proporcionó reconocimiento general, Theroux ha encarnado la figura viajera solitaria, optimista, curiosa y también acomodaticia, lo que ha desgranado en su obra posterior, que ahora compendia en este Tao del viajero.

Salud

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Literatura soviética (Arrecife y ciencia ficción)

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Una parte notable de la crítica literaria y de la promoción editorial sobre la literatura soviética (o de países que han incluido esa catalogación política) pretende ver en las obras que publicita rasgos de la novela rusa clásica, es decir, de los autores conocidos desde el diecinueve –Tolstoi, Dostoievski, Turgueniev, etc.–. Encontrar parecidos con alguno de ellos es dotar de una posición ventajosa de salida a los relatos del presente.

El autor que nos ocupa, Alekséi Poliárinov (1986), es considerado el «unicornio de la literatura rusa actual» al fusionar características destacables de esta literatura con el ritmo y la intriga de parte de la literatura estadounidense. No en vano, por su primera novela, Centro de gravedad, se le ha comparado con Foster Wallace (del que es traductor al ruso) e, incluso, con Borges.

Arrecife (2020) es una obra sobre la memoria histórica –se basa en una manifestación obrera reprimida con muertos en 1962–, vivida por protagonistas actuales, que dejan al descubierto las fracturas generacionales: la de madres e hijas –Kira, Li y Tania–, y la del bloque soviético y la Rusia actual. Los secretos son la puerta de entrada de la violencia, la cual se alimenta del silencio. Pero, ¿hay solución a esas situaciones? ¿Es posible descubrir la verdad sobre lo sucedido? ¿Sirve para algo el investigarlo? En cualquier caso, la novela tiene ritmo y circulamos por sus 400 páginas con soltura.

Finalizamos este viaje al noreste con Stanislaw Lem (1921-2006, nacido en la parte polaca de la actual Ucrania) y su novela corta El profesor A. Donda. No suelo leer ciencia ficción, y menos si es apocalíptica, pero esta me resulta entretenida, siendo como es una farsa amarga sobre nuestra civilización, que aquí se somete al holocausto informativo y retoma la escritura en tabletas de arcilla a la puerta de la cueva de la que somos expulsados por los gorilas.

Salud

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Un hogar en el mundo (con Amartya Sen y Tagore)

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En el territorio de la creación son frecuentes las conexiones entre sus lugares, ya sean de la ficción, del sonido o de la educación. En alguno de ellos conviven varios sin dificultad. Es el caso de Santiniketan, escuela experimental fundada por Rabindranath Tagore en 1901 en esa pequeña localidad de la Bengala occidental (en la India), que gracias al dinero que recibió del Premio Nobel en 1913 se consolidó como centro universitario de referencia mundial. Experiencia que supera –creemos– a realizaciones como Solentiname, por citar una de América (más centrada en la pintura).

Allí nace (casualmente) Amartya Sen en 1933, a donde vuelve en los años cuarenta a estudiar, con lo que inicia una trayectoria que le lleva a recibir el Premio Nobel de Economía en 1998 (y el Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2021). Emulando el título de la novela de Tagore La casa y el mundo, Amartya escribe sus memorias con el nombre de Un hogar en el mundo. Afirma que no hay por qué tener un solo hogar, lo cual molesta a muchos de los periodistas que le preguntan cuál es el suyo y les responde que «me siento perfectamente en casa aquí, ahora mismo», cuando le hacen la pregunta en alguno de los lugares en los que ha habitado: Santiniketan; Daca (Bangladés), donde crece; Mandalay (Birmania); Calcuta, donde participa en los movimientos estudiantiles; el Trinity College de Cambridge (Inglaterra), etc.

Un hogar en el mundo es un libro de personas y paisajes, además de ideas. Se navega por los ríos de Bengala con la curiosidad de una adolescente. Se asiste a las disputas nacionalistas religiosas entre hindúes y musulmanes, destruyendo los cauces participativos que ambas culturas tenían antes de que los intereses partidistas de grupos y personas “convencieran” a estas comunidades de que eran irremediablemente antagónicas. Se sale de la India para estudiar en Europa y América, y observar el comportamiento humano en los diversos países…

Más de quinientas páginas ante un conversador intuitivo y afable, de palabra precisa, en la que a veces asoma la inocencia.

Salud

martes, 9 de noviembre de 2021

El Ayer de Agota Kristof

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Hace unos días me preguntaban mis sobrinas cuál es la esencia de la literaturidad –no con estas palabras–, y se me ocurrió decirles que era la forma, la manera en la que están colocadas determinadas palabras en el texto, que las diferencia del habla cotidiana, con la pretensión de provocar en quien lee una reacción emocional, reflexiva, estética, recreativa… Según decía aquel novelista, lo que más tiempo quita para escribir es ser escritor/a.

Con Agota Kristof (1935-2011) tengo siempre la sensación de estar en esa literaturidad. No sé, es como la patria, como el mar. Sabes que existe ese lugar en el que tú sucedes (al menos durante su lectura). Ayer (1995, traducida en 2021), una novela desarrollada en siete relatos, mueve a sus personajes –¡¿cómo no?!– en las circunstancias biográficas de la autora, con una prosa de relojería. Se inicia con los versos presagio: «Ayer todo era más bello / la música en los árboles / el viento en mi pelo / y en tus manos tendidas / el sol».

Puede parecer extraño que la escritura de Agota produzca sensaciones de prodigalidad e, incluso, placenteras, pues sus historias –y esta también lo hace; hay quien lo llama feroz nihilismo– presentan el desvalimiento del ser humano que se mueve en el desamparo y desconsuelo en un mundo de alienaciones. Pero no es fácil encontrar novelas que combinen con tanta coherencia estilo y contenido, argumento y narración, gelidez de la aventura y poesía.

La editorial ha decidido que uno de sus colofones sea de Pessoa: «El corazón, si pudiese pensar, se pararía».

Salud

lunes, 25 de octubre de 2021

El canto del pájaro enjaulado (con Maya Angelou)

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 Comencé a leer el libro sin demasiado entusiasmo. Había leído unas cuantas autobiografías y me resultaba redundante. Pero esta tenía la particularidad de estar escrita en la década del sesenta del siglo próximo pasado, y me picaba la curiosidad. Se trata del primer volumen de una serie de siete, en los que la autora habla de su vida. Su título: Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado (publicado en 1969, traducido en 2016), de Maya Angelou (1928-2014, nombre adoptado por Marguerite Annie Johnson, formado por el apelativo cariñoso con el que la llamaba su hermano en la infancia y el apellido Angelos, de su marido griego).

Toni Morrison afirma que este libro abrió el camino de la escritura a las mujeres afroamericanas de Estados Unidos. Y no se ahorra los elogios sobre Maya: «Era generosa, posiblemente demasiado. Tenía diecinueve talentos y usaba diez. Y era verdaderamente original. No habrá nadie como ella». Es probable que sea la primera autobiografía de una mujer negra. Al menos, la primera reconocida universalmente.

La verdad es que sorprende la facilidad narrativa que tiene esta luchadora de los derechos humanos, la adaptación de la voz en sus páginas, que inicia con 3 años y finaliza con 17. Retrata la vida y el pensamiento de la población negra del Sur –los blancos son una quimera; ¿son personas como nosotros?; ¿somos personas acaso?–. Ella se cría, junto a su hermano, con la abuela materna, y va y viene a casa de su madre (en donde la viola a los 8 años el hombre con el que vive, y en donde tiene su hijo a los 16 años). En fin…

Me ha abierto a obras como El pozo de la soledad o la poesía de Paul Laurence Dunbar (1872-1906):

El pájaro enjaulado canta

con un trino de miedo

por las cosas desconocidas

pero aún con anhelo

y su melodía se escucha

en la colina distante

canta a la libertad.

lunes, 11 de octubre de 2021

Con los hermanos Tanner (de la mano de Robert Walser)

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 En estos días en que ha vuelto a celebrarse la Feria del Libro en Burgos, con las novedades editoriales del momento, he viajado algo más de cien años hacia atrás para embelesarme (como hiciera Kafka, exprimiendo cada gota de sus palabras –si bien él lo hacía leyendo en alto–) con Los hermanos Tanner (1907) de Robert Walser (1878-1956). Es su primera gran novela, escrita en Berlín, después de que estuviera una temporada sirviendo en un castillo de la Alta Silesia, pues había estudiado para mayordomo –servir en vez de ser servido–, lo cual se nota en la obra.

Hacía unos años que leí Jacob von Guten, tal vez su novela más conocida, y me agradaba leer de nuevo los diálogos convertidos en monólogos, e incluso los soliloquios, de una, dos o casi tres páginas en los que los personajes muestran su «extraño y fascinante espejo de la vida» (tal como dijera en su momento el poeta Chistian Morgenstern, que se convertiría a la postre en editor de estas novelas).

Experimento con su lectura sensaciones singulares. Sentir que estás con personajes fuera de este mundo –virtuales– y, poco después, con alguien que te transmite alguna de las realidades profundas de la existencia. En todo caso, figuras que no tienen inconveniente en mirar las motivaciones por las que actúan, sean o no contradictorias, y en expresarlas a quienes conviven con ellas. Singularidades que llevan a cada protagonista a que su vida transcurra en soledad, con estrechas conexiones temporales, porque no hay otra manera de hacerlo.

En la novela alterna con su hermana –era el séptimo de ocho hermanos– Lisa, maestra; su hermano Karl, artista de cierto renombre; el viaje que realizó a pie desde Stuttgart a Zúrich; y los oficios subalternos amanuenses en los que trabajó desde que tuvo que dejar los estudios a los 14 años, poco antes de que muriera su madre enferma, a la que le unía un vínculo especial, casi simbiótico.

Salud

martes, 28 de septiembre de 2021

La escuela católica (Albinati)

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 He picoteado algo en este mes de septiembre –La perra, de la chilena Pilar Quintana, una narración desoladora; Devoraluces, relatos de Ángel Olgoso, tan literarios; poemas de Jesús Aller, en su anarquismo budista; Hamnet de Maggie O’Farrel, de argumento descuidado–, pero principalmente lo he dedicado a la lectura de La educación católica del romano Edoardo Albinati (1956). Nada de extrañar este afán, pues el libro cuenta con 1282 páginas de nutrido texto en un cuerpo de letra más bien pequeño. Periodista, escritor y guionista, el autor se entrega a la elaboración de una(s) historia(s) tan en boga en la literatura actual, en la que mezcla hechos reales (biográficos) e imaginación –faena que, por otra parte, siempre se ha cultivado.

Involucrado en proyectos de refugiados, profesor en la cárcel de Rebibbia, en Roma, el autor se vale de asuntos que conoce para tramar su libro, que basa en los 7 años en que estudia en el colegio marista (privado) hasta el inicio de la juventud, muchos de cuyos personajes los recupera en la época en que escribe pasada la cincuentena –finaliza la obra en 2015–. Aunque, según él, «nueve de cada diez líneas de La escuela católica proceden de una aportación externa […] si devolviera lo que no me pertenece, me quedaría sin nada». No le preocupa ello demasiado: «ni sufro ni me avergüenzo por haber causado vergüenza y sufrimiento al tratar asuntos personales, salvo que el resultado sea juzgado mediocre».

«Es guay ser rico e imprudente», escribe para señalar ese aura de superioridad con la que cuenta la gente privilegiada, que, sobre todo, en la juventud, está convencida de que sus actos no les pasan la factura de las consecuencias que tienen para el resto de los mortales. Y se da el caso de que algunos excompañeros de colegio se ven implicados en sucesos luctuosos ocurridos en los años ochenta en el tranquilo barrio de Trieste, el suyo.

Un intento de comprender el mundo, a cuya lectura puedes abandonarte durante unas semanas.

martes, 14 de septiembre de 2021

Ciento cincuenta años de la Biblioteca Pública de Burgos

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 El día de la Exaltación de la Cruz (y del Cristo de Burgos) de 1871 se inaugura la Biblioteca Pública de Burgos o Biblioteca de San Juan, hoy ubicada en la plaza de este nombre (junto al río Vena) en la ciudad castellana del Arlanzón. Ese jueves 14 de septiembre lo hace en el edificio del Consulado del Mar, situado en el Paseo del Espolón.

Desde la Alta Edad Media, la provincia de Burgos cuenta con scriptorios en los monasterios de San Pedro de Cardeña, Oña, San Pedro de Arlanza o Santa María Valeránica, productores de abundantes códices manuscritos, alguno de valor significado por sus iluminaciones, que dieron lugar a notorias bibliotecas eclesiásticas, enriquecidas con la imprenta, caso de Silos, La Vid o Valpuesta. En las desamortizaciones de los siglos XVIII y XIX, sus volúmenes son subastados y parte de ellos pasan al Estado, que trata de agruparlos en bibliotecas –otra parte notable será llevada a París o Londres, y otra caerá en manos desaprensivas–, lo que sucede tras los varios traslados que sufren, con las consiguientes pérdidas.

Al inaugurarse, la biblioteca cuenta con 7621 volúmenes, colocados en las estanterías de roble que se sitúan en la sala del primer piso, iluminada de día por tres balcones y, en la noche, por cinco elegantes lámparas de gas. Durante años, la utilización de la misma se ve condicionada por la escasa adecuación de sus obras a los tiempos modernos. Pero todo se va andando. Ya en 1882 se inicia la Sección de Autores Burgaleses, desde la que nace la importante Sección Local actual, que recibe los ejemplares correspondientes al Depósito Legal provincial. El folleto Historia de la Biblioteca Pública de Burgos (2003) se detiene en mostrar el desarrollo de la misma (que toma por nombre el de Fray Francisco de Vitoria en 1947).

La obra de mayor valor bibliográfico que contiene es la Biblia de Gutenberg o Biblia de las 42 líneas –en papel, no pergamino, descubierta en los años treinta–, única de la que se tiene constancia en la que tomó parte el inventor en 1452. El fondo antiguo lo completa con manuscritos medievales y 119 incunables, entre ellos la traducción de la Divina comedia impresa por Fadrique de Basilea en Burgos. A ello se suman los libros expurgados, los raros y curiosos, los encadenados, más los llamativos.

Cien años después de su inauguración se traslada al edificio construido ex profeso para ella en el solar del antiguo hospital provincial (tras su incendio de 1949), renovado a cristal en 2012 (con la puerta gótica original de 1479 de Simón de Colonia). Hoy es un centro cultural, con servicios y actividades diversos, desde la Sección Infantil a la promoción de la lectura adulta (con doce clubes).

¡Salud, Larga vida!

jueves, 2 de septiembre de 2021

Septiembre

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La llegada de septiembre conlleva el plantearse la temporada próxima. Desechar o renovar actividades. Por ahora, retomamos la bitácora, agostada en los días pasados.

El verano, para nosotros, ha sido de lecturas autobiográficas. Ese género tan bipolar. Denostado por quienes lo creen un ejercicio impostor. Alabado por quienes lo tienen por un acto de valentía que plasma motivaciones vitales. Puede, en fin, que sean biografías. En todo caso –nos parece–, una actividad egocéntrica, que produce beneficios a quien la practica, ya sea escribiendo o leyendo.

Con la costumbre de los últimos años de poner una obra clásica en nuestros días de estancia en el pueblo, nos hemos acompañado de Thomas Bernhard (1931-1988) y sus cinco relatos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño. Publicados entre 1975 y 1982, todavía sorprende hoy su estilo. Lo curioso de ellos es que (en especial por el estudio psicoanalítico que les hizo Louis Huguet) «son tan novelescos como autobiográficas son sus novelas». El propio autor dice en un pasaje que «si no hubiera pasado realmente por todo lo que, reunido, es hoy mi existencia, lo habría inventado probablemente para mí, llegando al mismo resultado». Dos intenciones emergen al iniciar su lectura: leerlas completas y visitar detenidamente Salzburgo.

La otra gran autobiografía leída es la de Tove Ditlevsen (1917-1976), que también podríamos considerar clásica. Bajo el título de Trilogía de Copenhague reúne tres libros publicados entre 1967 y 1971: Infancia, Juventud y Dependencia. Poeta, en primer lugar, lo denota la frase con la que comienza estas memorias: «La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda». Muchas de sus letras están en el acervo del pueblo danés convertidas en canciones. Y también novelista o ensayista. Una vida intensa, compleja y convulsa, de escritora de raza, que acabó con una sobredosis de somníferos. Para leer.

Salud

miércoles, 7 de julio de 2021

La madre en familia con fuerzas especiales

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Al anotar en esta temporada algo más espaciadamente, se acumulan las lecturas y, en la mente, cada una pugna por ser la elegida para aparecer en la bitácora. Hoy emergen dos con fuerza singular: Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan y Fuerzas especiales de Diamela Eltit. De Francia a Chile. Ambas muy dispares en el contenido y la forma.

Delphine de Vigan (1966) es una autora premiada, que está en boga. No es infrecuente que las amistades nos recomienden alguna de sus últimas novelas –Las lealtades, Las gratitudes– o que las encontremos en escaparates y mesas de novedades de las bibliotecas. Una autora que se hace a la escritura desde la experiencia familiar, sobre la que narra. Nada se opone a la noche (2011) –frase de la canción Osez Joséphine de Alain Bashung y Jean Fauque– es la inmersión en el mundo hogareño en el intento por describir la figura de su madre, Lucile, poco tiempo después de que esta se suicidara (tras saber que no superaría el cáncer). Una familia amplia, alegre, patriarcal, matriarcal, sobresaltada por incidentes dolorosos e irremediables que esculpen a quienes la forman.

Hay quienes sostienen que este tipo de libros solo sirven (de terapia) para quienes los escriben. Hay quienes sostienen que este libro les toca, les despierta sucesos claves dormidos, les ayuda a comprenderse y comprender a sus deudos. Es la escritura.

La chilena Diamela Eltit (1949) transita por las formas en Fuerzas especiales (2015), ya desde el título, que remite a la policía y ejército de la dictadura así como a la vitalidad que se necesita para sobrevivir en zonas marginales sometidas a represión y control. La literatura en español de América suele ser más arriesgada que la europea. Capítulos sin separaciones. Prosa encadenada. Expresiones del absurdo. Le ocurre lo que al arte. Exprimirlo es cuestión de práctica. Una vez que la tienes, es una droga. La necesitas.

Salud

domingo, 20 de junio de 2021

Piezas en fuga (Anne Michaels)

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Las novelas que vienen de la poesía son efigies. Espacios en los que se suceden palabras con sentidos. Situaciones en las que el lenguaje construye el pensamiento (y no el pensamiento el lenguaje). Agradezco estas novelas cuando me aburren un poco los argumentos, cuando lo personajes actúan porque tienen que hacerlo.

En Piezas en fuga (1996), de Anne Michaels (1958), se suceden elementos que conforman individualidades que se desenvuelven en momentos sociales e históricos.  Predomina la dispersión. La novela no es lineal. Su protagonista (o sus dos protagonistas o sus tres protagonistas) sobreviven al genocidio nazi sobre el pueblo judío. Un arqueólogo griego, Athos, rescata a un niño, Jacob, y lo lleva a la isla en la que vive, Zakhynthos, en el mar Jónico. Viajan después a Canadá, donde viven hasta que el hombre muere, y el niño-hombre retorna a Idra, la isla del Egeo en la que está la casa familiar del arqueólogo. Allí quedan los cuadernos personales que Jacob elabora hasta su muerte, los cuales son rescatados por Ben, joven a quien conoce en Canadá, sobre los cuales se compone la novela.

El libro construye un ambiente alegórico plagado de elementos científicos y culturales, en el que son fundamentales las fuerzas cósmicas. La geología, la arqueología, la meteorología, la música, la literatura, la historia tienen existencias propias y, al tiempo, se entrelazan. Los cielos, las tierras, los mares, las historias familiares conforman la novela. No necesitan argumentos. Ella es el argumento.

Las piezas en fuga mantienen la unión con una brillante retórica, que habrá quien tome por abstracción, al tiempo que echará en falta una construcción psicológica más elaborada de las conductas personales. Nada, sin embargo, excusa su lectura.

Salud

lunes, 7 de junio de 2021

La muerte del sol (Yan Lianke)

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«Cenizas como plumas de gorrión o de fénix perseguían a la gente, aterrizando sobre la cara y el pelo». «El sol brillaba tanto que se veía la respiración de las flores y los pájaros enganchándose en el aire, emitiendo un ruido leve, como puntas de aguja batiéndose contra los rayos del sol, y a la vez claro, como estrellas que titilan en la noche». Son expresiones corrientes del libro La muerte del sol, de Yan Lianke (1958), traducido recientemente del chino por Belén Cuadra Mora y editada en Automática Editorial, que cuenta con otras obras de este autor.

Allá lejos. Tomar una obra literaria de China es prepararte para entrar en un mundo cultural distinto al que acostumbramos en Occidente, alimentado en la tradición judeocristiana, clásica o artúrica. Un mundo cultural rico y complejo, que ha sustentado durante siglos las creencias y motivaciones de unos pueblos con una civilización –ciencia e industria– superior a la nuestra (hasta que en el siglo XIX impusimos nuestra voluntad gracias a la aplicación de un elemento suyo: la pólvora).

Yan Lianke, en La muerte del sol, confirma el modo de ser oriental. Los personajes se mueven por la escena movidos por impulsos que desconocemos, pero que cuestionan los propósitos autoritarios a los que están sometidos. Los símbolos se suceden al tiempo que la crueldad se instala en el centro de la escena. Una burbuja envuelve a una población y convierte a sus habitantes en sonámbulos (conscientes de que obran en sueños). El propio autor es uno de ellos y deja en el vacío la fuente de la inspiración creadora. No extraña que Lianke –nacido con la revolución– sea un escritor premiado, al tiempo que controvertido e independiente. Criarse y vivir en una sociedad totalitaria imprime carácter.

Salud

jueves, 20 de mayo de 2021

El niño de las chabolas (Azouz Begag)

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 Se han cruzado en mis jornadas cercanas alguna novela –El cuento de la criada, Tres días y una vida– y algún ensayo –Humano, más humano (Una antropología de la herida infinita), Biología cuántica– que no desmerecerían estar comentados en estas páginas, pero me inclino a hacerlo con El niño de las chabolas (1986) de Azouz Begag (1957), porque tiene la frescura de narrar una vida concreta y, además, la infancia de un niño que se cría en una zona de chabolas cercana a Lyon, Villeurbanne, en los años sesenta del siglo pasado. Quienes tienen afición al cine han podido verlo en El chico de la Chaaba (1998).

Begag es conocido por ser autor de novelas, ensayos y guiones de cine, además de haber sido ministro para la Igualdad de Oportunidades (2005-2007) de Francia. Completa su existencia con la investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica en las áreas de economía y sociología. Por ello, sus ensayos y novelas reflejan los problemas de las fronteras y los de la integración de los beurs, jóvenes argelinos de origen magrebí.

Sus padres son de Argelia, pero él nace en Francia. Su padre, analfabeto, le dice un día: «este libro es un pájaro». Y Azouz, efectivamente, voló después de empeñarse en el estudio para salir de las penurias de las chabolas. Sus propios amigos y primos le reprochan que, con el estudio, desee parecerse más a los franceses que a los árabes. Le dicen que es un traidor. Pero él continúa su impulso interior, sin dejar de vivir en su ambiente: recibe palizas de su padre, el que todo lo puede en la familia, o roba una bicicleta y le cambia el color para poder ir con la pandilla del barrio.

Tiene genialidad y rebeldía, y las cultiva en todas sus consecuencias.

martes, 4 de mayo de 2021

Revisiones... (con la familia Oz)

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A la literatura le afectan las revisiones que (por fortuna) realiza la sociedad sobre el enfoque de sus asuntos. En quienes escriben y en quienes leen. En la actualidad, nos encontramos con dos de estas renovaciones, que remueven las actuaciones patriarcales, que sacan a flote el uso y el abuso del poder: los malos tratos en ámbitos familiares –no tienen por qué ser físicos– y el feminismo. Sería deseable que contara cada cual con recursos y con tiempo suficiente para reflexionar sobre ello, y no dejarse arrastrar por las apariencias (que pueden presentarse con formas alarmantes), con lo quel suele pagar gente justa por pecadora. Pero, en fin, algo se mueve.

Hace un par de meses que ha saltado a la palestra el testimonio de Galia Oz Salzberger (1964), escritora de literatura infantil, en el libro autobiográfico Algo disfrazado de amor, en el que afirma que su padre le golpeaba, maldecía y humillaba, de forma habitual, con la intención de quebrar su personalidad. Galia había nacido en un kibutz israelí, se crió allí en la casa comunitaria infantil, y es hija de Nili Salzberger y de Amos Oz (1939-2018), autor este de Mi querido Mijael, Una historia de amor y oscuridad o Una pantera en el sótano, además de textos contra el fanatismo, pues no en vano es una personalidad muy valorada en los círculos pacifistas de izquierda por haberse opuesto a la política de colonización israelí contra el pueblo palestino.

Tanto la madre, Nili, como su hermana mayor, Fania, y su hermano menor, Dean Maccabi, han desmentido estas afirmaciones, y afirman que Amos era un hombre cálido y afectuoso. Aunque el hermano ha matizado que tampoco hay que desoír a Galia y comenta: «En conclusión, tengo una cosa inteligente que decir sobre todo esto. Si en tu familia hay un distanciamiento, relaciones turbias, residuos de años, por la razón que sea, haz todo lo posible por intentar arreglarlo. Yo no sé cómo arreglar tus cosas, solo tú lo sabes. (Cada familia es diferente. Sí, sí, incluso las familias felices)».

martes, 20 de abril de 2021

Memorias coloniales (Isabela Figueiredo)

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Creo que este año no había leído ningún libro editado en 2021. El que comentamos hoy lo está, si bien en su idioma original, el portugués, se publicó en 2009. En su momento, conocí a un exsoldado portugués que había estado en las colonias africanas de su país en los años anteriores a la descolonización (posterior a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974); estaba desquiciado; por las noches gritaba en sueños; le perseguían los fantasmas de hechos innombrables que habían perpetrado allí contra la población negra; sus reacciones eran imprevisibles.

Me cuadra ello con lo narrado por Isabela Figueiredo (1963) en Cuaderno de memorias coloniales. Tiene la particularidad de estar contado por una persona perteneciente a la élite colonizadora. Una singularidad que la aparta de la mayoría de la literatura poscolonial que (por fortuna) tenemos a mano en el último medio siglo. Razón por la que es considerada una traidora por quienes compartieron su época africana, gente que se consideraba con el derecho de actuar como lo hacía. Y razón por la que ha tardado más de treinta años en elaborar estas memorias de su infancia y primera adolescencia en Mozambique, sobre todo en Lourenço Marques, nombre con el que designaban a la actual Maputo.

«La autora revela sin tapujos la violencia y el racismo feroz y normalizado y, ya en Portugal, el peso que le supondría su condición de “retornada”». Igualmente, se muestra la violencia de los días de independencia, en los que se desata la rabia de la población negra hacia la blanca. Se explica, así, el éxito del libro.

Y todo en el contexto de la relación paterno-filial, turbulenta e indestructible, que absorbe a la autora desde niña. Con lenguaje directo -"a mi padre le gustaba follar"-, vivo, embriagador.

domingo, 4 de abril de 2021

Alegría en la lectura (digital o impresa)

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 «Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el Creador en un corto número de formas o en una sola, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, infinidad de formas, las más bellas y portentosas»

Con esta cita del final de El origen de las especies de Darwin, la investigadora y docente Marianne Wolf (1950) mantiene la esperanza de que los modos actuales en los que procesamos el lenguaje escrito, con predominio digital, no precipiten la atrofia de nuestros procesos más esenciales de pensamiento –análisis crítico, empatía y reflexión– en detrimento de la convivencia democrática, especialmente en la población joven. Precisamente, el cerebro humano dispone de plasticidad similar a la de los medios que utilizamos en las lecturas en pantallas.

Pero no está asegurado el proceso positivo. Necesita de la colaboración nuestra. Esta neurocientífica, en Lector, vuelve a casa (2020), alerta de que podemos crear herramientas que suplan capacidades de nuestro cerebro en detrimento de la atención y memoria de que dispone en la actualidad, lo que plantea un futuro que desconocemos. Por si acaso, se centra en la necesidad de la transmisión oral en las criaturas hasta los cinco años; y en la simultaneidad de lecturas en papel y lecturas en pantallas entre los cinco y los diez años.

Todo ello pasa por el Festina lente: «leer rápido (según acostumbramos), hasta tomar conciencia de los pensamientos a comprender, la belleza a apreciar, las cuestiones a recordar, y, si tienes suerte, las ideas a desarrollar». Entonces, la lectura puede contener la alegría que invadía a Dietrich Bonhoeffer en el campo de concentración en sus lecturas, según ha testimoniado en Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio.

Salud

viernes, 19 de marzo de 2021

Voces de la Tierra

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 «Este libro es un manual de astronomía de constelaciones que la tierra esconde, una reflexión colectiva sobre los desaparecidos que aparecen porque lo que los esconde es lo que los conserva, como islas unidas por lo que las separa, el mar».

Como gesto de generosidad amistosa, me envían el libro Las voces de la tierra (noviembre de 2020), publicado por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y por Alkibla. Se trata de una cuidada edición que incluye 39 fotografías a página (impar) completa, realizadas por Antonio Robés, de otros tantos objetos hallados en exhumaciones de fosas comunes de asesinatos del franquismo. En la correspondiente página par figura un texto de personalidades de la cultura de nuestro país.

Incorpora una introducción de 7 páginas elaborada por Emilio Silva Barrera, presidente de la ARMH, impulsor de este proyecto de sociedad civil que, en lo que va de siglo, ha desenterrado tantos cuerpos sepultados por falangistas y adláteres, soterrados en el miedo de sus familiares durante años y orillados por la política desde la Transición –pocas cosas asustan más a la política (de cualquier color) que la sociedad civil–, gracias a la expansión de la Asociación y al esfuerzo colectivo.

Sonajeros, botones, dados, horquillas, gafas, llaves… todavía con restos de tierra fresca. No (me) surgen palabras para explicar el dolor que emana su aura.

Salud

sábado, 6 de marzo de 2021

La presa (de Némirovsky) entre libros no leídos

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 Ojeaba estos días las páginas de la obra en la que un profesor universitario de literatura nos remite a Cómo hablar de los libros que no se han leído (2008). Se trata –resulta evidente– de Pierre Bayard y de las argucias ingeniosas que desarrolla para hacer un recorrido por la literatura moderna –Musil, Lowell, Montaigne, Valéry o Wilde– al tiempo que muestra que eso de la lectura y la no-lectura es algo bastante similar, pues cuando se trata de hablar de libros la personalidad de quien lo hace y la de quien escucha son tanto o más importantes que el contenido de la obra en cuestión.

No voy a dar aquí gato por liebre, ya que sí he leído la novela con la que tenía intención de elaborar esta anotación: La presa, de Irene Némirovsky (1903-1942). Entre las numerosas ofertas a la última del mercado, cuesta esfuerzo reservar tiempo para la literatura precedente. Pero, en este caso, lo he hecho y como suele suceder he agradecido el abandonarme a la prosa certera de la Némirovsky. La obra se publicó en 1938 y se mueve en un ambiente contemporáneo, los años posteriores a la crisis de 1929 en Francia, con exteriores muy presentes e interiores resueltos con trazos precisos en las ambiciones, estados de ánimo y proyectos de sus personajes (incluidos los monólogos que modernizaban aquella literatura heredera de Proust).

De familia acaudalada de Kiev, logró huir a París meses después de la revolución de octubre de 1917, en donde se licenció en La Sorbona. No tuvo la misma fortuna con el dominio nazi. El régimen de Vichy –el de la Francia libre– le negó la nacionalidad, por lo que fue internada en Auschwitz, junto con su marido Michel Epstein, en donde murieron en 1942.

Triste final para literatura tan luminosa.

viernes, 19 de febrero de 2021

Capitalismo de la vigilancia

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Cada vez que leo un libro como La era del capitalismo de la vigilancia (2020) de la socióloga Shoshana Zuboff (1951) me quedo igual de perplejo que cuando nos explicaban en la adolescencia-juventud el modo en que funcionaba la sociedad capitalista de consumo (antes de que llegara la neoliberal, basada en las experiencias únicas, compradas también, claro). «La libertad es una quimera», me decía, y trataba de convencer a quienes me rodeaban de aquella desgracia, al tiempo que me adhería a quienes se habían empapado de dicha teoría. No concebía que pudiera llevarse una vida normal ante tamaña estafa. ¿Cómo no nos rebelamos y rechazamos lo que aceptamos sin más?

Ahora ya no me veo envuelto en esas ansias proselitistas –lo que supone un descanso considerable, si bien la vida pierde en intensidad–, pero me atrae la lectura de estos textos que analizan un lado de nuestro entorno poliédrico. A Shoshana Zuboff la conocí cuando habló en los ochenta (del siglo pasado) de la era de la máquina inteligente, después de lo cual nos llegaron los ordenadores personales y los teléfonos smart –la información como energía–; en los inicios de siglo hablaba de la economía del soporte, la que comprendía los servicios creados a medida de quien consume, ofertados por el capitalismo digital. Con el presente, nos habla de la modulación de nuestras conductas; es decir, somos la materia prima gratuita de la economía «para una serie de prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y ventas».

Sí, de nuevo el capitalismo se las apaña para llegar a «grandes concentraciones de riqueza, conocimiento y poder que no tienen precedente en la historia humana». Son 850 páginas clarividentes, que desvelan al Gran Otro, en una «expropiación de derechos humanos cruciales que perfectamente puede considerarse como un golpe desde arriba: un derrocamiento de la soberanía del pueblo».

Por ello inicia el libro con el número XVIII de los Sonetos de China de W. H. Auden: «Helados por el Presente, su pesadumbre y su ruido, / al despertar suspiramos por un Sur antiguo, / una cálida y desnuda era de instintivo aplomo, / en boca inocente, un sabor a gozo. / De noche, en nuestros refugios, soñamos tener un hueco / en los bailes del Futuro…».

Salud

miércoles, 3 de febrero de 2021

Ojos que (no) ven, con J. Á. González Sainz

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Algo perezoso y ocupado, los días desde la anterior entrada han transcurrido sin que me parara a elaborar en profundidad una nueva, según era mi intención, con algunos comentarios sobre la obra Ojos que no ven, que mi paisano J. Á. González Sainz publicara en 2010 (y que vino a presentar en una librería de Burgos cuatro años después). Lo deseaba hacer porque en estos días el club de lectura Palabras contra el olvido de la biblioteca María Teresa León –obra, a su vez, de Almudena y Lola– lo están leyendo y tienen intención de entablar una charla (por videoconferencia) con José Ángel y con la gente del grupo.

El asunto del que trata la novela es la migración interior española que se produce en pueblos del Sur español de los años sesenta hacia el Norte. En este caso, de una familia. Y, sobre todo, de la forma en que asimila y le asimilan en el lugar en donde se asientan. Ya la primera paradoja se da cuando la pobreza obliga a este desplazamiento en los años del desarrollismo. Para ampliar el contenido del libro, las bibliotecarias aludidas me comentan: «Ojos... trata el tema de Eta y sus terribles consecuencias, sin usar en ningún momento esa palabra y, sin embargo, utilizando otras, tremendamente acertadas, que consiguen sacudir».

Pero no es fácil sentarse a comentar en unas líneas la escritura de este autor (que cruzó el umbral de lo desconocido con Un mundo exasperado en 1995). Tienes la sensación de que no hay demasiados referentes en los que asirse, al igual que no los has tenido para leerlo. Es como si escribiera para él y te preguntas qué haces tú con ese libro entre las manos. Además, con construcciones que desconciertan –¿qué demonios pintan tantos gerundios en ese párrafo?–. Hasta que escuchas un rumor conocido a tus espaldas, El viento entre las hojas –otro de sus títulos–, y sabes que está describiendo situaciones que te conciernen.

Ojalá no fuera tan actual. Desearíamos que la indignidad no hubiera campado a sus anchas. Las amenazas continúan hacia quien escribe y hacia quien disiente.

Salud.

domingo, 17 de enero de 2021

Invierno en confinamiento (con Hölderlin)

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El autor de Hiperión –una de las plumas excelsas– es recordado por haber pasado los últimos 36 años de su existencia confinado en una torre junto al río Neckar–«Hay un olvido de toda existencia, un callar de nuestro ser, que es como si lo hubiéramos encontrado todo»–, en casa del ebanista admirador suyo Zimmer en Tubinga, mientras la madre de Friedich financiaba la manutención.

Friedich Hölderlin (1770-1843), filósofo y poeta –«¿Qué sería la vida sin esperanza?» «Hay un dios en nosotros que dirige el destino como si fuera un arroyuelo, y todas las cosas son su elemento»–, conecta la belleza, lo infinito con lo finito.

Quizás, por ello, recuerdo en estas mañanas blancas, de confinamiento, a ese hombre «golpeado por Apolo», que acepta su locura pacífica sin más y la convierte en cotidiana, interrogando así la normalidad ajena. Me viene a la mente por ello y por su texto sobre El invierno, en el que espolvorea los copos –palabras– con paciencia:

Cuando la nieve pálida embellece los campos

y alto resplandor brilla por la amplia llanura,

suave y distante incita entonces el verano,

la primavera a veces cerca está en tanto la hora cae.

Va la radiante aparición; el aire es más delgado,

el bosque claro; de entre los hombres nadie cruza

por las calles lejanas; y en la calma se engendra

sublimidad, aunque no obstante todo ría.

La primavera no reluce con el brillar de flores

que es tan dulce a los hombres, pero están las estrellas

claramente en el cielo; en el cielo lejano

viéndose con agrado, sin mudar casi nunca.

Como llanuras son los ríos; toda apariencia

también dispersa surge; la leche de la vida

perenne se demora. Y la amplitud de las ciudades

surge con especial bondad en ilimitada distancia.

Salud.

martes, 5 de enero de 2021

Dinero (con la Poniatowska y Annemarie Schwarzenbach)

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Nos construimos en base a diversos elementos que se desarrollan en relación a los distintos factores que inciden sobre ellos. Genética, cultura… y algo más, pues ahí está el Dinero, poderoso caballero. ¿De dónde sale? Es lo que pensaba estos días al leer Las indómitas (2018), de Elena Poniatowska (1932), y ver las diferencias en las condiciones de vida que hay entre la autora y alguna de las mujeres a las que visita para hacer el libro, entre ellas la Jesusa Palancares (o Josefina Bórquez), una de aquellas Adelitas de la revolución mexicana, ahora viviendo en la pobreza extrema, de la que Poniatowska ya escribió en 1969 la novela Hasta no verte Jesús mío.

Y, todavía, ello se me ha hecho más patente con el cómic Annemarie (2019), elaborado primorosamente por María Castrejón y Susanna Martín, que relata la vida de Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), nacida en Zúrich, en el seno de una familia adinerada, gracias a las fábricas que posee. Doctora en filosofía, periodista, fotógrafa, viajera en medio mundo, de lo que son testigos los libros que ha dejado, cuyos textos apoyan las escenas de esta novela gráfica –Muerte en Persia, Todos los caminos están abiertos, El milagro del árbol–, más los que aquí no se citan (pero sí se han consultado): Ver a una mujer, El valle feliz, Con esta lluvia, etc. No extraña que para ambas autoras el proceso de elaboración del cómic haya sido una travesía personal.

Annemarie era lesbiana –Ella, tan amada– y morfinómana. Pasó buen número de temporadas en clínicas de desintoxicación, a veces con tratamiento psiquiátrico. ¿Qué papel jugó el Dinero en ello? Lógicamente, no construyó su carácter rebelde, pero, lógicamente, sí le permitió la vida regalada desde joven en Berlín, París… y salir de las situaciones en que se hallaba tirada. Lo sorprendente de su final es que, después de todas las épocas en que corrió diversos peligros, que la podían haber llevado a la tumba, fue a morir a causa de una caída en bicicleta (y algunas negligencias médicas) en la apacible mansión familiar suiza cercana al lago.