sábado, 30 de marzo de 2019

el abate Pierre (Emaús)

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Cambian los referentes con el tiempo. Hace años ‒en el siglo pasado‒, una de las personalidades más admiradas, por su compromiso social, era el Abate Pierre, nombre que había adoptado en la Resistencia de la segunda guerra mundial el francés Henri Grouès(1912-2007). Hombre inquieto, indignado ante las situaciones de exclusión y pobreza, crea en 1949 el Movimiento Emaús (que aquí conocemos como Traperos de Emaús), desde el que cobija a la gente desfavorecida y, al tiempo, denuncia la sociedad que fabrica y permite la penuria en su seno. De ahí que estuviera presente su figura en los grupos de adolescentes y jóvenes que deseaban cambiar el mundo.
Ahora, he topado con un cómic (de 2011) que dibuja su personalidad, partiendo de una serie de visitas que sus autores realizaron sucesivamente a Esteville, en la región de Alta Normandía, donde el movimiento tiene su sede. Se titula así, el abate Pierre ‒con minúscula inicial‒, pues sobra cualquier subtítulo. La autoría principal corresponde a Edmond Baudoin, al que auxilian Georges Carpentier y Alain Royer. A lo largo de la obra, Baudoin expresa las dudas y dificultades con las que se encontró a la hora de plasmar la vida de este hombre simple, que repasó y dio el visto bueno a la historia aquí narrada.
Se trata de la vida de «un hombre que comprendió que la única riqueza que cuenta es la que está en el encuentro con el otro, sea quien sea, y que permite sentir que existes y que te aprecian». Y consiguió que muchas mujeres y hombres no solo recobraran la dignidad, sino que se pusieran manos a la obra, ya que les proponía: “ven, ayúdame a ayudar”. Era un subversivo y un delincuente del orden social injusto.

sábado, 23 de marzo de 2019

Seda. Ha nacido un club de lectura

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Ha nacido, en el mes de febrero, un club de lectura, propiciado por el Ampa de un colegio burgalés. Derivado del primer libro leído ‒Seda, de Alexandro Baricco‒, ha tomado el título del mismo. Después, ha sido el turno de Una lectora nada común (con la que hemos degustado la magdalena de Proust), de Alan Bennett. Y, ahora, estamos con Arte, de Yasmina Reza, con algo de vértigo por tener que subir a las tablas.
Nos gusta decir que Seda es un espacio en el que se habla de literatura. Su tejido flexible exime de tener conocimientos previos académicos para intervenir. Su hechura firme anuncia que solo precisa de invertir entusiasmo y voluntad en las lecturas.
Seda se construye en cada sesión por quienes participamos en su espacio. A veces, descorremos su velo y se nos muestra ese libro que no habíamos sospechado. A veces, cada cual teje un regalo en palabras a quienes le escuchan. A veces, nos desconciertan sus colores, y su tacto sacude brevemente nuestras ideas.
Seda es un territorio singular, único. Quienes lo habitan en esas tardes del viernes en el local del Ampa sienten que la existencia es generosa con ellas. Saben que existe la suavidad.
[La fotografía es del día en que se proyectó el club. Ahora, ya con la docena, el grupo ha aumentado, así que, en la próxima, la pose será más numerosa].

sábado, 16 de marzo de 2019

Fruta prohibida (Jeantette Winterson)

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A una chica de 16 años su madre le pregunta “por qué”; ella le contesta “por qué qué”; la madre no tiene ganas de repetir, pero vuelve a decirle “por qué lo haces”; la chica le dice “porque soy feliz”; la madre queda en suspenso un momento, parece que la situación pueda reconducirse, pero al fin sentencia “¿por qué ser feliz cuando puedes ser normal?” y la echa de casa. Es Jeanette Winterson ‒la hija‒, que tiene relaciones sentimentales con una amiga de la misma iglesia. Había sido adoptada a las seis semanas de nacer. La madre es Loui Winterson, volcada en la causa de las Almas Perdidas de la iglesia evangélica en el condado de Lancashire. Son los años setenta del siglo pasado.
Años después, Jeanette (1959) elige la frase Por qué ser feliz cuando puedes ser normal (2011) para título de su autobiografía, una vez ya ha muerto su madre (y su padre) y es lo suficientemente conocida en la literatura como para publicarlas. Por entonces, ha conocido a su madre biológica.
Un cuarto de siglo antes, algo perdida en Londres, escribe su primera novela, Fruta prohibida (1985), en la que recoge muchos rasgos biográficos. A los ocho años era predicadora en su comunidad. Su talento y voluntad la libraron de ser carne de cañón de una educación en la que recibía maltrato en casa y era sometida a los dicterios de la religión familiar.
Sorprende que tan solo tuviera 24 años cuando termina esta obra (que fue premiada y seriada en televisión). En ella incorpora tres tradiciones fundamentales de occidente: la bíblica (incluida en la estructura), la mítica (de cuentos) y la artúrica.
Y sorprende que, después de lo vivido, no manifieste rencor, sino que deje abierta la puerta del perdón.

domingo, 10 de marzo de 2019

Lluvia de haikus (Sendas de Oku)

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Esta mañana llueve lentamente en la ciudad. Hay quienes van sin paraguas. El ruido del tráfico se ensordece y, sobre él, se escucha el gorjeo de los pájaros desde los árboles próximos. Pareciera una lluvia oriental. En la ciudad vegetal, todavía de invierno, sobresale el verde de los sauces llorones y, aquí o allá, el blanco de algunos arbustos.
También los haikus se han extendido en nuestra civilización occidental. Escribe la poeta Luisa Castro (1966):
Como rama en invierno
así amanezco,
deshojada.
No sé apreciar en su vertiente formal estos poemas (pues desconozco, por ejemplo, la utilización correcta del kigo u otros elementos del mismo), pero he tenido la suerte de que me hayan regalado un ejemplar de la primorosa edición de Sendas de Oku, de Matsuo Basho (1644-1694), traducido por Masateru Ito y revisado por Elena Gallego Andrada ‒obra que tuviera una conocida versión de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya en 1957‒, publicado en Japón en edición bilingüe por la editorial Taiseido.
Los peregrinos japoneses solían escribían sobre su sombrero: "No hay tierra tranquila para vivir en la tierra. Solo mi compañero de ruta y yo". Basho, en uno de sus conocidos viajes (del que dejó este diario, Sendas de Oku), estuvo acompañado por Kawai Sora hasta que este enfermó. En el momento en que Sora lo dejó, le regaló este haiku:
Viajando he de caer,
viajando. Mas con todo
será sobre tréboles.
Se ve que Sora se tomaba la existencia con alegría. Basho, afectado por la ausencia del amigo, escribió:
Desde hoy,
el rocío borrará
lo escrito en mi sombrero.
(Son las lágrimas, la lluvia y la impermanencia. ¿Por qué tanto empeño en marcar los territorios?).

lunes, 4 de marzo de 2019

Leer lo que vemos o lo que queremos

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Al leer el libro Madre e hija (2016) de Jenn Díaz (1988), se me ha ocurrido buscar en internet comentarios a la obra. Los hay variados, desde aquellos que afirman sentirse algo decepcionados, después de haber leído con gusto la producción anterior de la autora, puesto que es una repetición sin pretensiones de intentar dar más profundidad a los personajes, los cuales, con mínimas diferencias, ya han aparecido antes, hasta los que se congratulan que haber encontrado una forma de escribir que les llena, con lo que han disfrutado en la lectura de la misma.
Al tiempo, están quienes dicen que dibuja unos personajes femeninos anticuados, dependientes de los hombres; que la mujer moderna ya no se sustenta en el apoyo que le supone el tener una figura masculina en la cercanía. Argumentan que no les resulta un texto adecuado para los tiempos que corren y se extrañan de que sea una mujer joven ‒tenía 27 años cuando publicó la novela‒ la que la ha escrito.
Por mi parte, estoy disfrutando la lectura de estos personajes (salidos de La tía Tula, Niebla o Entre visillos), por la gracilidad que tiene al narrar las situaciones, las cuales van poniendo sobre la página las múltiples versiones que hay de nuestras vidas. Con la facilidad que le da esa tercera persona para desparramarse -que ya lo dice el título-. ¡Tantas maneras diferentes de vivirla! No hay personajes importantes que desempeñen papeles relevantes en la sociedad, pero están esas casas algo oscuras ‒tal vez húmedas‒ con las habitaciones para sus habitantes y las casas con jardín. ¡Hasta una iglesia!

Eso sí, lo que no queda muy claro es lo de la traducción, pues la obra se editó un año antes en catalán. ¿La escribió en español?

Y, parece que después de esto, llegó Mefistóteles.