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lunes, 4 de marzo de 2019

Leer lo que vemos o lo que queremos

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Al leer el libro Madre e hija (2016) de Jenn Díaz (1988), se me ha ocurrido buscar en internet comentarios a la obra. Los hay variados, desde aquellos que afirman sentirse algo decepcionados, después de haber leído con gusto la producción anterior de la autora, puesto que es una repetición sin pretensiones de intentar dar más profundidad a los personajes, los cuales, con mínimas diferencias, ya han aparecido antes, hasta los que se congratulan que haber encontrado una forma de escribir que les llena, con lo que han disfrutado en la lectura de la misma.
Al tiempo, están quienes dicen que dibuja unos personajes femeninos anticuados, dependientes de los hombres; que la mujer moderna ya no se sustenta en el apoyo que le supone el tener una figura masculina en la cercanía. Argumentan que no les resulta un texto adecuado para los tiempos que corren y se extrañan de que sea una mujer joven ‒tenía 27 años cuando publicó la novela‒ la que la ha escrito.
Por mi parte, estoy disfrutando la lectura de estos personajes (salidos de La tía Tula, Niebla o Entre visillos), por la gracilidad que tiene al narrar las situaciones, las cuales van poniendo sobre la página las múltiples versiones que hay de nuestras vidas. Con la facilidad que le da esa tercera persona para desparramarse -que ya lo dice el título-. ¡Tantas maneras diferentes de vivirla! No hay personajes importantes que desempeñen papeles relevantes en la sociedad, pero están esas casas algo oscuras ‒tal vez húmedas‒ con las habitaciones para sus habitantes y las casas con jardín. ¡Hasta una iglesia!

Eso sí, lo que no queda muy claro es lo de la traducción, pues la obra se editó un año antes en catalán. ¿La escribió en español?

Y, parece que después de esto, llegó Mefistóteles.

martes, 19 de septiembre de 2017

Un amor imposible (para Christine Angot)

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Recurrir a experiencias personales para tramar una obra de ficción es algo muy común, según sabemos. En la que ahora nos ocupa, el nombre de la protagonista coincide con el de la autora, Chistine Angot (1959, incluso en su primitivo apellido, el materno, Schwartz, antes de que su padre la reconociera legalmente). Es de suponer que la urdimbre también guarda parecido con la vida de quien escribe la novela, en cuyo caso supone un relato vívido, una expresión (a veces descarnada) de las relaciones con su madre, con el fondo del padre Guadiana, que la lleva a contactos incestuosas en la adolescencia.
Un amor imposible (2017) puede impactar. Y más pensando en que tiene base concreta en una persona que nos lo está contando. Poco hay que esforzarse para imaginar la base real de estas situaciones. Sucedidas en nuestro entorno de forma más frecuente de lo que suponemos quienes no estamos sometidos a esas existencias. Ya se había referido la autora a estos hechos en El incesto (1999) y en Una semana de vacaciones (2012), ambas obras polémicas, y ahora se centra más en la convivencia que mantiene con su madre, en donde pasa por la admiración, el rechazo y la reconciliación. (C. Angot no se corta demasiado; incluso, ha sido denunciada [y condenada] por airear la vida privada de personas de su entorno).
No puede decirse que disponga de una literatura brillante. Digamos que es práctica. Es opinión común que no llega al estilismo de la que puede ser considerada su maestra en el escribir: Annie Ernaux (1940). Pero Un amor imposible -el de su madre y su padre, de clase social diferente- va ganando en complejidad según avanzan las páginas. Y, al final, seguramente agradeces el haberlo leído.
[Salud. A la espera de que la vida disuelva los caprichos de quienes gobiernan la res publica].

lunes, 6 de junio de 2016

Tormentas entre líneas

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Somos bastantes quienes admitimos que nuestra vida no está sujeta a sobresaltos dignos de tal nombre. (No quiere ello decir que no se cultiven a nuestro alrededor la sorpresa, las variaciones e, incluso, el dolor profundo). Al menos, esa es la sensación con la que salgo de ciertos libros, entre ellos el que he terminado recientemente: Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff (casada con Claude Lanzmann, autor de Shoah, la película del Holocausto), la cual toma el título del inicio de un poema que compuso su hermano mayor a su madre. Obra aparecida ya en 1992, que ahora edita aquí Errata Naturae y Periférica.
La madre en cuestión, Else, nace en 1893 en Berlín y muere en los años sesenta. Vive su juventud en la ciudad transformada y transformadora, escapando del destino que le deparaba su posición de privilegio como hija de una familia comerciante adinerada judía y casándose en secreto con un artista cristiano, al que ama. ¿Era posible vivir en Berlín y no enterarse de la guerra mundial de 1914-1918? Pues sí, ella lo hizo, al tiempo que vivía su revolución personal ante los designios familiares. Contradicción que nos crea una perplejidad semejante a la que asisten quienes tratan de sintonizar la teoría de la relatividad con la de la mecánica cuántica.
Precisamente, la muerte del hermano de Else (por la gripe española) lleva a la reconciliación familiar, dando paso a una época de abundancia, que promete un futuro dichoso. Pero… las aventuras amorosas del marido introducen a otras mujeres en la vida de Else, llegando a dispensarles su amistad y su animadversión, y, lo que es más señalado, despiertan la capacidad vital de ella. Y, después, el régimen socialfascista la reduce a su condición más mínima, la étnica, la judía. Y aparece el sufrimiento…

Sofía, en Bulgaria, es la otra ciudad en la que se desarrolla la acción. La autora, Angélika, nacida en 1927, apenas reside en el paraíso berlinés. Pronto conecta con los tiempos del gran dolor.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Peter Pan tiene madre

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«Muchas veces me alegro –le digo a la Bibliotecaria– de mi costumbre de no leer novedades en novela, pues así me queda tiempo para emplearlo en otro tipo de libros como autobiografías, ensayos o, incluso, periódicos antiguos, que me reportan grandes satisfacciones». Es lo que a cualquiera puede sucederle con la lectura de Mi madre Margaret Ogilvy, de J. M. [es decir, James Mathew] Barrie (1860-1937, fallecido de neumonía), que ha dado a la luz recientemente la barcelonesa Erasmus Ediciones, en traducción de Carlos Vendrell.

Precisamente, teníamos intención de realizar en esta bitácora una entrada al libro Peter Pan en los Jardines de Kensington (de 1906), cuyas ilustraciones ya merecen una atenta mirada, cuando nos ha salido al paso este relato autobiográfico de su autor, casi único en español, pues el resto de la obra memorialística de Barrie no está traducida. No hay excusa posible para desecharlo de nuestra mesilla de noche. La figura de Margaret se agranda con el paso de las páginas, transmitiendo a su hijo su capacidad fabuladora y su pasión por la lectura.

¿Por qué crecer si su hermano David muere a los trece años (cuando él anda por los seis) en un desgraciado accidente juvenil y la madre queda petrificada en ese instante? ¿Cómo no guardar su memoria intemproral? ¿Cómo no iba a reforzarse la introversión del niño Barrie, deseando permanecer allí hasta la muerte? La prosa transparente, sencilla nos lleva por ese mundo de ternura, no exento de problemas, que puede mostrar la mirada de un niño.

jueves, 18 de marzo de 2010

Infancia Madre

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Toda obra literaria crea y recrea personajes. Es una ficción. Aunque sea muy personal, como la que aquí evocamos: El libro de mi madre (que vio la luz en 1954, una vez había muerto la madre del autor), de Albert Cohen (1895-1981). Pero textos como este están tocados por el don de la literatura y los personajes que caminan en sus páginas –madre e hijo– van encarnándose según las vamos leyendo; van confundiéndose con nuestra vida.
«Llorar a la madre es llorar la infancia. El hombre quiere su infancia, quiere recobrarla, y si ama más a su madre conforme avanza en edad es porque su madre es su infancia. Fui un niño, ya no lo soy y no puedo hacerme a la idea. De pronto, recuerdo nuestra llegada a Marsella. Tenía cinco años. Al bajar del barco, colgado de las faldas de mi madre, tocada con canotier adornado con cerezas, me aterraron los tranvías. Me tranquilicé pensando que dentro llevarían un caballo oculto.»

Las páginas de este librito las leemos y releemos en las más diversas situaciones, pues es uno de esos cuentos que no nos cansamos de repetirnos. Contiene pasajes que nos inquietan especialmente: ¿qué sucede con quienes no tuvieron infancia? (o con quienes no tenemos la conciencia de haberla tenido). Hay infancias sin abuelas y sin abuelos, con madres ocupadas y padres empleados fuera del hogar. Con escasos lugares a los que acudir en las tardes de soledad.
¿Acaso el amor a los libros sea el camino elegido por nuestras neuronas para descansar en el nido?

[Cuadro: Premiers pas, Renoir]